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Historia terminada Lo que debí haber hecho (R15)
Por Kajiura
Escrita el Miércoles 14 de Diciembre de 2011, 01:20
Actualizada el Miércoles 14 de Diciembre de 2011, 01:39
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Lo que debí haber hecho

«Los personajes mencionados aquí pertenecen a J.K Rowling y son utilizados sin fines de lucro. »

 

Andaba por los pasillos como alma en pena. Bueno, tampoco es que estuviese muy lejos de serlo pero, el resto de habitantes del castillo lo consideraban como alguien con gran porte y autoridad, casi temible. Y más aún los de su «especie».

Sus pensamientos no ayudaban en lo absoluto, ya que para nada eran optimistas. La buscaba a ella, aunque siempre tenía un ojo puesto en su presencia, esta vez pretendía encontrarla y hablarle. La música, la decoración y el espíritu propio de la Navidad supuraban de cada uno de los estudiantes, profesores y de las mismas paredes del colegio. Mas de él nada, ni la más ligera sonrisa que asomara a su rostro.

De hecho, desde aquel fatídico día, ninguna expresión alegre le cruzaba por la cara al recordarla. Ni siquiera en estas fechas. Es que había sido tan estúpido, tan imbécil. Pero ella también había tenido la culpa por haberlo provocado. ¿Qué le hubiese costado acceder a ir con él, ver a su madre y estar con ella hasta el día de su muerte y luego marcharse? Pero no, se había puesto obstinada (más de lo que ya era) y además, lo había herido al grado de humillarlo. De por sí su rechazo le había dolido, como para que encima se burlase de él y lo despreciase.

Respiró hondo, más por costumbre que por necesitarlo en verdad. Debía serenarse si lo que quería era tener una conversación civilizada con ella. Atravesó varios muros e ignoró el montón de elogios que Peeves le lanzó al verlo pasar. Comenzaba a impacientarse, ¿dónde estaría?

De repente, la vio. Flotaba cerca de una de las ventanas, su mirada perdida en el paisaje invernal del exterior. Ella no pareció notarlo, por lo que flotó en su dirección con el mayor sigilo posible, sin embargo ella volvió los ojos hacia él antes de que lograra alcanzarla. Ese simple gesto lo hizo detenerse, a él, al Barón Sanguinario, el fantasma más perverso de todo Hogwarts, a quien nadie lograba parar. Nadie, excepto ella.

—Buenas noches, mi Lady —la saludó con una reverencia impecable—, espero no haberla asustado.

Helena Ravenclaw no contestó. «Como siempre», pensó el fantasma de Slytherin. Aún así no se dejó amilanar. Cuadró los hombros y la miró a los ojos, de haber tenido su corazón habría estado a punto de saltar fuera de su pecho. Pese a ser toda gris era hermosa, sin importar que lo mirase con desagrado él todavía la amaba. En contra del resentimiento, del propio pasado y de la culpa que lo torturaba día con día, él seguía ahí… por ella.

—Sé que no te interesa lo más mínimo hablar conmigo —dijo, ya sin formalidades de por medio—, pero necesito decirte esto y no me importa si lo aceptas o no —ella calló, sus ojos fríos amenazaban con destrozar su temple y decisión—: lamento mucho lo que hice. No hay día en que no me recrimine por ello. Esto —alzó sus cadenas—, es una clara prueba de la veracidad de mis palabras.

—Mereces más que cargar con esas cadenas —escupió Helena rencorosa.

—Es cierto, Merezco sufrir un infierno eterno —Helena se cruzó de brazos y alzó la nariz, acorde—. Pero ya tú te has encargado de hacerlo.

La mujer abrió la boca en una exclamación muda. Apretó las manos y se inclinó hacia él, no consiguiendo intimidarlo. El Barón sonrió complacido, mas de inmediato se arrepintió de haberla hecho enfadar. Con todo y eso se veía linda, la tensión de sus labios y la rabia reflejada en sus ojos le daban un aire de niñita berrinchuda.

— ¿Cómo te atreves? —le espetó—. ¡El único culpable de que ambos estemos aquí eres tú! ¡Si hubieses controlado tu mal genio, nada de esto estaría pasando!

—Puede ser, pero si tú no me hubieses humillado de esa forma muy probablemente no te habría atacado.

—Ah, ¿ahora resulta que yo soy la culpable?

—No —él bajó las defensas, lo mismo el tono de voz, derrotado por haberla hecho sentir mal—. Escucha, lo que pasó no tiene remedio, por tanto no importa quién tuvo la culpa. Lo que quiero decir es que lo siento, siento haberte asesinado, siento mucho no haber podido cumplir tus expectativas y que por eso me rechazases. Porque sé que fue por eso, sé que te merecías algo mejor que yo. Por eso te dejé ir, para que encontrases a esa persona digna de tu corazón. Pero ese día… —calló, en un intento por no echarlo a perder todo—, no voy a echarte nada en cara. Creo que ambos hemos tenido el suficiente tiempo como para saber qué hicimos mal cuando estuvimos vivos. Sólo quería que supieras cuánto lamento todo y que si bien no puedo devolverte la vida, siempre estaré ahí para cuando me necesites. No, no digas nada —la cortó al verla abrir la boca, con intenciones no precisamente de decir algo agradable—, déjalo así.

Se alejó un tanto de ella, sus ojos fijos sobre los suyos, intensos, con una chispa que Helena no había notado antes. Y por más increíble que pareciera, experimentó un escalofrío, de esos que cortan la respiración a los mortales; uno que la dejó ahí, clavada frente a él, sin poder dejar de mirarlo.

Entonces, algo en el ambiente cambió. Las paredes dejaron de ser grises, alargadas en troncos que culminaban en pinos magnánimos, Helena se sorprendió detectando su peculiar olor. El suelo dejó de estar hecho de piedra, ahora bajo sus pies se extendían las ramas, el frío lograba calarla. Era imposible, ¡estaba muerta! Y como si no fuera suficiente, algo en su interior saltó una, dos, tres veces; su corazón volvía a bombear sangre, a ruborizarla debido a los ojos que la penetraban con una pasión que jamás creyó posible en él.

El Barón Sanguinario se le acercó despacio, como si tuviese miedo de espantarla; o más bien, como si solicitase su permiso para acercársele. Helena lo dejó avanzar, escucharlo romper las ramas con cada paso hizo crecer su emoción. En verdad estaban vivos, los dos, inmersos en aquel bosque de antaño. No obstante, esta vez él no llevaba un cuchillo, sólo sus manos que se posaron sobre sus mejillas y le alzaron el rostro, sus labios tan cerca que sus alientos se mezclaron.

— ¿Qué… qué haces? —musitó ella en un hilo de voz, pero sin hacer el ademán de querer detenerlo o apartarse.

—Lo que debí haber hecho ese día —respondió él en un susurro—, en vez de haberte apuñaleado.

Acortó la distancia existente entre los dos, Helena no puso resistencia ante la entrada de la lengua invasora. Al inicio el beso fue sutil, casi aterciopelado, tal y como ella siempre había soñado. Mas fue tornándose profundo e intoxicante, en un arranque ella se pegó a él y perdió el dominio de sí misma, mas el Barón supo contenerse y separarse a tiempo, con la respiración entrecortada y los ojos cerrados.

Helena no podía creer lo que acababa de hacer. La sensación de estar viva desapareció poco a poco y, al abrir de nuevo los ojos, la panorámica había vuelto a ser la del castillo, con el Barón frente a ella también observándola. En su cabeza una sola pregunta giraba descontrolada: « ¿fue real?» Saber la respuesta le asustaba, lo que él pareció leer su mente y declaró en voz baja:

—Sí, fue real.

Helena se asustó. ¿O era enfado? No, tal vez… ¿emoción? Sacudió la cabeza. ¿Cómo iba a estar emocionada? ¿Es que el beso le había gustado?

—Tranquila, no se lo diré a nadie. Y tampoco tiene que repetirse. Sólo… gracias por permitirme enmendar mi error.

— ¿Cómo lo has hecho?

El Barón sonrió místico.

—Hay magia que incluso los fantasmas podemos hacer —inclinó la cabeza—. Con permiso y feliz navidad, señorita Ravenclaw.

Giró sobre su eje y se alejó de ella, Helena se mordió el labio sin saber si actuar o no.

— ¡Barón! —lo llamó justo antes de que se perdiera entre una pared.

Él la miró extrañado.

— ¿Sí?

Helena esbozó una ligera sonrisa.

—Feliz navidad para usted también, Barón.

El Barón Sanguinario sonrió, asintió y se hundió en el muro, teniendo por primera vez en siglos la mejor navidad de su fantasmagórica existencia.



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