Historia al azar: El Diario de Ron Weasley
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La Gran Guerra » Una buena noticia, por fin
La Gran Guerra (R13)
Por morgana redhair
Escrita el Domingo 27 de Noviembre de 2011, 23:55
Actualizada el Domingo 8 de Abril de 2012, 21:48
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Una buena noticia, por fin

Es casi verano y hace más de un mes que Hermione Granger no duerme sola. Cualquiera que haya conocido hace sólo un trimestre a la joven jefa del departamento de Ginecología y Obstetricia de San Mungo habrá podido comprobar que la mujer seria y discreta tiene una hermosa sonrisa que no racanea a quienes se cruzan en su camino, habrá apreciado un brillo desconocido en sus ojos marrones y habrá visto desdibujarse en su ceño el habitual gesto de concentración.

Hermione no se ha parado mucho a pensar qué está haciendo, pero su carácter la atenaza cuando existe la más minimísima posibilidad de lanzarse sin red a algún lugar turbulento, por lo que hay parcelas de su biografía que prefiere mantener en el más absoluto hermetismo. Al menos, por ahora.  Y nota que cuando es Ron quien parece querer contar algo un poco más íntimo que lo mona que está su sobrina Victorie, ella adopta una postura tan a la defensiva que al muchacho se le mueren las palabras antes de empezar a hablar.

A veces se sorprende dándose argumentos a sí misma de que un hombre con la frecuencia cardíaca y el respirar pausado de Ron no puede entrañar ningún riesgo; alguna noche lo oye revolverse en pesadillas que sí que quisiera desentrañar, para conocer mejor a su compañero de cama, pero no está muy segura de que sea el momento..

Hace más de un mes que se ven todas las noches --o todas las mañanas, si es que la doctora Granger tiene guardia en San Mungo-- y él todavía se resiste a dejar un cepillo de dientes y una muda en la buhardilla de la mujer. Han sido ya muchos cafés, se sonroja mientras lo piensa.  Y aún así, después de amanecer y desayunar juntos, casi en silencio, como esas viejas parejas que no tienen que hablar para decírselo todo, él recoge su chaqueta y sale por la puerta hacia La Madriguera, que es como los Weasley llaman a la casa familiar.

-¿Por qué lo haces? -se atrevió a preguntarle ella una vez. -En tu casa toooooodo el mundo sabe perfectamente que no duermes allí; eres adulto, nadie te va a reprochar nada.

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Cuando Hermione pronunció esta última frase no había caído en la actitud escrutadora de la señora Weasley; en la supervisión permanente que ejercía sobre todos los suyos. Enarcó las cejas y rectificó:

-Bueno, ya sé…, pero tienes más de treinta años; ¡no le puede parecer mal!

-Creo, doctora Granger, que apenas acaba de conocer a Molly Weasley y no sabe cuánto puede reprochar según qué cosas  -le replicó él con gesto de circunstancias.

Y estalló enrnuna carcajada,

Y es que, de un tiempo a esta parte, Hermione se ríe como cuando era niña y su padre le contaba las historias más inverosímiles y descacharrantes después de recogerla en la escuela, mientras caminaban, de la mano, hacia la casa de las afueras con jardín. 

¡Papá y mamá! No sabía dónde más buscarlos. Tendrían que estar en Canadá, que era el lugar de destino final que estaba marcado en los pasajes del barco que salió de Hamburgo, a salvo. No había sido capaz de encontrar siquiera la primera evidencia de que aún estuviesen vivos. ¿Y si había sucedido un naufragio? Al poco de nacer ella se había hundido en el oceáno un trasatlántico que navegaba hacia América; el Titanic, se llamaba, y las víctimas y desaparecidos se contaron por cientos… No quería ni pensarlo.

Se pasaba por la oficina central de Correos por lo menos tres veces a la semana, cuando no más. Hacía tiempo que había agotado la vía diplomática y ahora remitía cartas certificadas y telegramas condado por condado. Y, si hacía falta, seguiría por los ayuntamientos y las pedanías; casa a casa. No le importaba lo grande que fuese aquel país. En su desesperanza, no había procesado la ligerísima mueca de desagrado que esbozaba Ron cuando la acompañaba a la compañía postal y ella no se resignaba a que nunca hubiese noticias de Canadá.

Esta vez no había tenido que ir --con la ansiedad pintada en los ojos-- hasta el suntuoso edificio de los carteros y los telégrafos, con sus manguitos blancos y sus movimientos mecánicos, que la trataban con amabilidad, pero con cierta displicencia. Una de las enfermeras más jóvenes de la planta le entregó en mano un telegrama, en su propio despacho, justo cuando se estaba lavando las manos tras una cesárea especialmente complicada.

-Pasa, Greten -invitó a la muchacha. -¿Harías el favor de acercarme esa toalla?

La joven asintió y la doctora, después de notar el tacto limpio y áspero de la tela e nsus manos, cogió el papel sin mirar el remitente y se lo metió en el bosillo de la bata blanca. Greten hizo ademán de abandonar el cuarto, pero Hermione la detuvo.

-Espera, Greten. ¿Cómo está tu madre?

Vio que a la chiquilla, de natural concentrado y taciturno, que le recordaba tanto a ella misma, se le ponía un velo de tristeza en su mirada.

-Está completamente demenciada, doctora Granger, no sé si voy a tener que ingresarla en un sanatorio mental, porque no sé qué hacer con ella. Cada vez que vengo a trabajar y se queda sola me encuentro una desagradable sorpresa en casa y tengo miedo de que algún día se haga daño y yo…., yo

Greten lloró amargamente. Tenía diecisiete años, pero parecía mucho más joven. Hermione la enterró entre sus brazos y la dejó desahogarse. Todavía recordaba lo maltrecha que había llegado a San Mungo un año antes. Quería ayudar. Greten lo había perdido todo en la guerra, excepto a una madre que sobrevivió en cuerpo, pero cuya cabeza había decidido marcharse de vacaciones para no asumir el triste balance del horror. Y aún así, fue de las primeras que después de la rendición del Tercer Reich se presentó para ayudar, a cambio de nada.

A Hermione le admiró la determinación de la niña y se volcó con ella. En sólo unos pocos meses, Greten consiguió obtener por libre el título de Enfermería y ya estaban preparando ambas los exámenes de acceso a la universidad.

-¡La universidad, doctora! ¿No será demasiado para mí?. Nadie de mi familia ha ido a la universidad. Tengo un primo que se sacó por el nocturno el bachiller superior, pero la facultad de Medicina son palabras mayores -había confesado Greten cuando la jefa del departamento de Obstetricia le comunicó sus planes.

Pero estaba decidido. Hermione se había propuesto que aquella chiquilla voluntariosa fuese la primera universitaria de su familia.

Ahora Greten se enjuagaba las lágrimas y sorbía la nariz como una niña pequeña.

-Sé que mamá ya nunca estará bien, pero no quiero perderla a ella también. No sé si soportaría sentirme completamente sola -dijo la muchachita, ahora más serena.

Qué bien comprendía la joven Granger los temores de la aún más joven e inexperta Greten. No se lo dijo a la enfermera, pero se lo hizo saber tocándole suavemente la mejilla.

-Lo solucionaremos -aseveró la doctora. -Ya lo verás.

Nota mental: Ahora que te has comprometido, no puedes defraudar a la pobre Greten.

Hacía 45 minutos que había terminado su turno y Hermione Granger se soltó el pelo; una abundante melena castaña que siempre llevaba recogida para trabajar, por cuestiones mínimas de higiene y para facilitar el calzarse esos gorros de quirófano que había instaurado como norma en toda la planta de natalicios, pese a que algunos de sus colegas hombres decían despectivamente que parecían "enfermeritas con cofia". ¡Serán cretinos!

Empezó a desabrocharse la bata, pero antes cayó en la cuenta de que tenía algo urgente que atender. Sacó del bolsillo el telegrama que le había entregado Greten. ¡Bien!, se dijo, con entusiasmo, cuando vio que el mensaje estaba datado en Edimburgo y que en el remitente se leía Minerva McGonagall.

Se colgó el bolso y salió corriendo de San Mungo. Más de uno enarcó las cejas cuando vio correr a la siempre correcta doctora Granger, vestida de calle, hacia la puerta principal. No es que fuese la primera vez; qué va, pero hasta ahora las carreras eran hacia el quirófano o a la sala de partos y no hacia el exterior del hospital.

HermionernGranger no valoró mucho el efecto que causaban en los demás su prisa y sus mejillas coloradas. Había quedado para tomar (¡ejem!) un café con Ron y se moría de ganas por contemplar en todo su esplendor la sonrisa que le dedicaría el hombre cuando le dijese que Minerva McGonagall había conseguido una partida de penicilina para el sanatorio de tuberculosos en el que estaba ingresado Bill Weasley.

Una buena noticia, por fin.



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