Historia al azar: Los 4 herederos
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Al Otro Lado Del Túnel » Parte I
Al Otro Lado Del Túnel (ATP)
Por NatalieIzaskun
Escrita el Sábado 15 de Enero de 2011, 10:46
Actualizada el Sábado 29 de Enero de 2011, 07:54
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Parte I

    Todos tenemos un lugar al que escaparnos, porque todos sentimos la necesidad de escapar del mundo de vez en cuando. Unas veces ese lugar no existe y para ir sólo es necesario cerrar los ojos y perderte en el mundo de la imaginación. Otras, como ocurre en mi caso, es un lugar real, que por alguna razón, nos hace sentir diferentes, libres.

    Me acuerdo de la primera vez que fuí allí. Era pequeña. Estaba con mis padres y mi hermana mayor visitando a mi abuela en su nueva casa. Después de comer paseamos por la playa con mi tío y su novia, que era de esa ciudad, así que se ofreció a mostrárnosla.

    - Tengo que enseñaros un sitio, - dijo con una sonrisa - os va a encantar.

    Y tenía razón. Llegamos a la zona del puerto, recuerdo lo desagradable que me resultaba el olor a pescado. De pronto me dí cuenta de que nos dirigíamos hacia unmiro detrás del cual había unos montes que me parecieron altísimos, y pensé que nuestra guía se habría equivocado unas calles más atrás, así pues le miré pero ella seguía emocionada.

    - Estamos llegando, - sijo leyendo mi mirada.

    Pronto descubrí un túnel que atravesaba el monte. Intenté adivinar lo que había al otro lado, pero estaba muy oscuro y no parecía tener salida.

    - Vaya, - me dijo mi madre bromeando - la boca del lobo, ¿te vas a atrever a entrar?
    - ¡Claro que sí! - respondí yo, tras lo que me adentré en la oscuridad del túnel, aunque sin separarme mucho de mi padre.

    Según íbamos avanzando, todo se veía cada vez más oscuro. A menudo miraba para atrás, tratando de no perder de vista la entrada, pero pronto dejó de verse.

    - ¡Ay! - me quejé.
    - ¿Qué te pasa? - preguntó mi padre.
    - Aquí dentro es imposible que llueva, ¿no?
    - Es por la humedad, - me explicó mi padre riéndose, se acababa de dar cuenta de que me había caído una gota de agua en la cabeza. - Ten en cuenta que sobre el túnel hay un monte.
    - No es eso, - bromeó mi madre - ¿no te acuerdas? Estamos en la boca del lobo y los lobos tienen saliba, como tú y yo.
    - ¡Qué asco! - dije riendo y salí corriendo para que no me cayera ninguna gota más.

    De pronto, me paré en seco por lo que mis ojos estaban viendo. Precía el paraíso.

    Había un pequeño tramo con cemento a la altura del suelo del túnel, poco más adelante había una pequeña rampa que llevaba a una zona de piedras redondeadas, algunas eran preciosas y las fuí coleccionando durante toda mi infancia; y un poquito más lejos estaba el mar, pues en ese momento la marea estaba baja. Por un momento dudé si era un sueño o si realmente estaba en ese lugar.

    Desde entonces, cada año he atravesado el túnel y pasado horas sola y acompañada en ese lugar que llamé "Al otro lado del túnel". Los primeros años aquello estaba solitario, parecía que los humanos no lo hubiesen descubierto, pues sólo había naturaleza. Íba allí, dibujaba, escribía, pensaba y contemplaba las olas chocando con el muro de cemento, y mojándome en más de una ocasión. Más tarde descubrí que el lugar era más grande de lo que parecía.

    Un día en el que la marea estaba baja exploré las zonas que permanecían cubiertas de agua cuando ésta subía y descubrí unas cuevas sobre las que imaginaba historias como que en la prehistoria vivieron allí los primeros humanos. Buscaba señas en las paredes, algo que hubiera podido servir de hoguera... Cualquier cosa que afirmara lo que imaginaba.

    Cada día, cuando estaba al otro lado del túnel, la marea estaba lo suficientemente baja y estaba segura de que tendría unas horas hasta que subiera de nuevo, exploraba la zona de las cuevas. Y cada día llegaba más lejos. Hasta que un día llegué tan lejos que al mirar atrás sólo ví mar. Había girado alrededor del monte y ya no alcanzaba a ver la zona del túnel.

    Observé la marea un instante hasta que descubrí qure estaba subiendo. El miedo se apoderó de mi cuerpo. A un lado, el mar amenazaba con ahogarme. Al otro lado sólo había una pared de tierra casi vertical. Y debajo de mis pies, piedras redondeadas y resbaladizas. Rápidamente dí media vuelta. Desandé mi camino hasta que el mar no me permitió avanzar por donde había llegado. Me paré tratando de no entrar en pánico. Miré a mi alrededor y encontré y encontré otro lugar por el que ir. Estaba más cerca de las cuevas y las piedras por las que tenía que cruzar eran más grandes y puntiagudas, pero no me quedaba otra salida. Lo atravesé como pude y llegué a la zona del cemento. Me senté en el suelo bien lejos del agua viendo cómo ésta cubría las piedras que acababa de pisar. En pocos segundos, las olas chocaban con la pared de piedra y entraban en las cuevas sin necesitar ser invitadas.


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