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Hada Madrina » Hada Madrina
Historia terminada Hada Madrina (R15)
Por Kajiura
Escrita el Sábado 6 de Noviembre de 2010, 15:39
Actualizada el Sábado 6 de Noviembre de 2010, 16:06
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Hada Madrina

Capítulos
  1. Hada Madrina

«Cuando se es niña se sueña con tener o ser muchas cosas. Cantante, princesa, la próxima dirigente del país. Se desea tener hijos, una casa espaciosa… un hada madrina. »

 

Terminó de acomodarse el pelo negro tras la peineta. Sus ojos marrones brillaban de entusiasmo ante las diversas poses realizadas frente al espejo. Tras comprobar que todo estaba en orden, salió de la habitación con la mochila sobre el hombro.

Sarah era una chica universitaria común y corriente. De complexión y estatura media, encarrilada en el área de Derecho. Compartía casa con otra joven de su mismo grado: Miley; a la que por cierto, quería como a una hermana. En un inicio, Sarah temía que su compañera de piso fuese alguien problemático o, en el peor de los casos, una perezosa que la tratase como a su criada. Sin embargo,  Miley no era ni una ni otra cosa. Asimismo,  asistía a un club de ajedrez con la mentalidad de que sus oponentes eran sus adversarios legales. Miley siempre le decía lo mismo en cuanto escuchaba esa ideología en voz alta: «estás loca». Sarah se limitaba a reír y a añadir que era divertido.

Bajó las escaleras y atrapó al vuelo el emparedado que Miley le lanzaba. Lo guardó en su bolso deportivo, donde además llevaba una botella con agua.

—Gracias—le sonrió—. ¿Nos vamos?

Miley asintió y le regresó el gesto.

—Por supuesto. Y mejor nos apresuramos que es tarde.

Abandonaron la casa con paso veloz. Al instante, el viento helado del exterior les caló hasta los huesos. Se estremecieron y arrebujaron mejor entre sus abrigos, la época invernal había anunciado su llegada desde la semana anterior. Tomaron el autobús y una vez en la escuela, corrieron todo lo deprisa que sus piernas les permitían a fin de llegar a tiempo. Y lo lograron, entrando tras el profesor que por suerte no les cerró la puerta en las narices. El señor Charleston era un hombre algo amargado. Las clases transcurrieron monótonas, de no ser por un par de chascarrillos que Immanuel soltó entre hora y hora. Recibieron el medio día como quien acepta un vaso con agua en medio del desierto. Los estudiantes agotados y con los pies a rastras, se despedían  entre sí y hacían planes para la tarde. Poner al día los deberes, ir a comer algo, tomarse un café, asistir a la tienda cercana donde había increíbles ofertas. Algunos, al trabajo, otros a sus clases extras como Sarah.

— ¡Qué día! —resopló Miley a su lado.

—Lo sé, ha estado bastante movido.

—Hey, mira eso —dijo y señaló con un pulgar el patio extendido frente a ellas, su ceja arqueada—. Las «tontistas» del equipo de fútbol están en entrenamiento.

— ¿Crees que Dave esté por ahí? —preguntó Sarah mientras atravesaban la explanada verde. Dave era el capitán del equipo de fútbol americano de la escuela. Alto, musculoso. La diferencia entre él y el resto de idiotas grandullones radicaba en que Dave no se creía el macho dominante digno de todas las chicas. No, Dave era todo un caballero y, para fortuna de Sarah, sin compromiso. Tal era su encanto que incluso Evangeline, la capitana de las porristas (o tontistas, como les decía Miley) había intentado cazarle hacía un par de años. Pero ni las increíbles curvas de Evangeline ni su seductora sonrisa lograron engatusarlo. Sarah recordó con algo de vergüenza el instante en que Dave rechazó a la chica más popular del campus. ¿Y por qué vergüenza? Bien, porque el pensamiento que le cruzó por la mente, al igual que a muchas otras chicas, fue el de que Dave era gay. Para alivio de Sarah la suposición era falsa. Resultó que el historial de Dave no era muy alentador, siempre rodeado de cabezas huecas que lo único que pretendían era llevárselo a la cama, para después alardear de ello. ¡Viles zorras!

Se mezclaron entre los bobos que observaban el entrenamiento de las féminas con mini falda. Sarah escuchó la risita soltada por Miley y sonrió. No obstante la felicidad escapó de su cuerpo al detectar metros más allá la figura de Dave, entretenido con una chica sobre sus piernas que reía a causa de las palabras murmuradas en su oído. Algo en el interior de Sarah se hizo añicos, si bien no era la primera vez que veía a Dave con otra muchacha. Además estaba el hecho de que él y ella no eran nada, así que no podía exigirle explicaciones. Era probable que el joven ni siquiera supiese de su existencia. Pese a todo, la escena la tenía paralizada, el estómago encogido y los dedos un tanto crispados. Tarde, la mano de Miley la hizo reaccionar. Y era tarde, porque Evangeline se había dado cuenta y torcía la boca en una sonrisa mordaz.

— ¡Miren nada más! —exclamó la porrista—. ¡A Saigston le gusta Dave! —la escuela entera estalló en carcajadas. Ni Miley ni Sarah lograron moverse. Un ardor cubrió la cara de la segunda, avergonzada. Desvió los ojos para no ver a Dave, que seguro la miraba con una mezcla de compasión y pena—. ¡Pobrecilla, su príncipe azul ya tiene a otra! ¿Alguien sabe el número de un hada madrina para que le ayude a deshacerse de su rival?

Las carcajadas aumentaron con lo que el cuerpo de Sarah se sacudió colérico. Sus temblores sacaron a Miley del trance, quien la arrastró lejos de la multitud que la señalaba y hacía muecas a su paso. No supo cómo es que contuvo la ira y no le rompió la cara a más de alguno, pero al fin se detuvieron a una calle de la facultad. Ambas callaban, Sarah optó por cerrar los ojos y hacer respiraciones profundas.

—Lo siento.

Sarah abrió los ojos, ya más sosegada. Miley la estudiaba con los hombros caídos y la mirada llena de culpabilidad.

— ¿Lo sientes? —repitió desconcertada—. Pero si tú no has hecho nada.

—Bueno, debí sacarte antes de ahí —se movió incómoda—. Pero la verdad es que Evangeline me ha pillado tan de sorpresa como a ti.

—Oh, no te culpo. Lo cierto es que sí me vi algo tonta, Dave y yo no tenemos nada así que él es libre de hacer lo que quiera.

—Buen punto —Miley sonrió—. Y no sabes cuánto me alivia saberte tan centrada. Yo creo que la que ansía derribar a la novia de Dave es Evangeline.

— ¡Vieja bruja! —escupió Sarah y ambas rieron con ganas—. Seguro que se muere de celos.

— ¿Y tú? —la picó Miley—. ¿No sientes ni una pizca de celos de esa chica?

—Bah —miente, porque algo ruge en sus entrañas—. Ya te digo, Dave puede hacer lo que quiera con su vida.

—De acuerdo. ¿Irás a tu club de ajedrez?

— ¿Y por qué no habría de ir?

Miley se encogió de hombros.

— ¿Para evitar la vergüenza?

— ¡Tonta! —rio y la golpeó suave en un brazo—. No tengo nada de qué avergonzarme.

—Está bien, está bien. No he dicho nada. ¿Te veo en la noche?

—Hasta la noche.

Lo cierto fue que no debió asistir a su club de ajedrez. Quizás sus compañeros no se atrevían a preguntarle directamente acerca de lo acontecido, pero sí que murmuraban entre sí. Al menos podía decir que había sobrevivido a los acontecimientos con bastante coraje. Dave se le acercó al verla salir del club y le pidió disculpas por la actitud de Evangeline. ¡Qué lindo! Si sólo no estuviera con esa tipeja… ¡No! Sacudió la cabeza, ¿qué rayos le pasaba? ¡El hombre tenía derecho a salir con quien quisiera! Resopló molesta consigo misma. Cruzada de brazos en el autobús, se dirigía rumbo a casa. Por una fracción de segundo estuvo tentada a bajarse e ir en busca de la novia de Dave para…para… ¿para qué? ¿Suplicarle que lo dejara y así poder estar ella con él? ¡Qué patético!

— ¡Qué locura! Ni siquiera sé donde vive ni su nombre. Además, yo no soy así. Me rebajaría al nivel de Evangeline. A la cual por cierto, no estaría mal estrangular…

Rechazó la idea, aunque los pensamientos psicópatas la acompañaron durante todo el trayecto. Al llegar a su casa encendió la luz, su ceño se tornó fruncido por encontrarla apagada. Miley le tiene fobia a la oscuridad. Se encaminó a su habitación y a punto estaba de subir las escaleras, cuando un hedor inundó sus fosas nasales y la obligó a taparse la nariz con una mano.  

—Miley, por todos los santos, ¿qué estás…?

Sin poder evitarlo, la garganta se le desgarró en un alarido al tiempo que la mochila resbalaba de su hombro. Se tambaleó, el mundo a su alrededor dio vueltas. El suelo estaba bañado en sangre, cuyo olor nauseabundo era el que amenazaba con asfixiarla. Se aferró del marco de la puerta a fin de no desplomarse. En el centro de la estancia se erigía una silla funesta, ocupada por un cuerpo inerte. La cabeza de la víctima caía sobre su pecho, adornada con un cuchillo carnicero en la nuca. El pelo rubio y largo se desparramaba sobre los hombros y brazos. La boca abierta estaba taponada con una mordaza, los ojos desmesuradamente fijos en los papeles que se esparcían a sus pies.

Sarah no pudo más con el shock y se dejó caer al suelo, sin saber si vomitar o correr lejos de la escena. Una parte de ella le gritaba que hiciera lo segundo, pero el horror era tanto que  sus músculos no le respondían. De pronto, se fijó en los papeles. Eran de distinta índole, mas varios de ellos correspondían al género periodístico. La fotografía impresa en uno la impulsó a tomarlo y leerlo. Continuó con el resto de documentos, cuya información le heló la sangre e hizo recordar los hechos de medio día. Tembló descontrolada y lloró, porque nunca en su vida había presenciado cosa igual y, porque ni en sus más oscuros pensamientos le habría deseado semejante destino a la muchacha muerta en la silla.

La víctima…era Evangeline.

Los pasos a su espalda la hicieron  levantarse de un brinco. Se giró, una idea superpuesta en su mente aterrorizada: la asesina sigue ahí.

Buscó en todas direcciones algo que pudiese servirle de arma. Al no encontrarlo, el pánico brotó de lo más hondo de su corazón y se deslizó a través de sus venas, sutil, venenoso. Se lanzó a abrir todas las gavetas, las pisadas resonaban cada vez más cerca. Ni un cuchillo, tenedor o tijeras. ¿Es que la homicida había sacado todos los objetos cortantes? Los tacones repiqueteaban al contacto con la madera. «Toc, toc, toc». La histeria se desbordó por cada poro de la piel de Sarah, el sudor helado volvía sus manos resbaladizas. Ya no había tiempo, la asesina estaba allí, podía sentir su presencia a su espalda. Giró sobre su eje y afianzó el cuchillo que Evangeline tenía clavado en la nuca, dispuesta a sacárselo por más espantoso que fuera. Pero entonces ella llegó, con lo que Sarah se petrificó en el acto.

Cuando se es niña  se sueña con tener o ser muchas cosas. Cantante, princesa, la próxima dirigente del país. Se desea tener hijos, una casa espaciosa… un hada madrina. Sarah siempre quiso tener una, pero nunca pensó que sería una muchacha cuya demencia se debía a una humillación idéntica a la suya. O que sería justo la persona que la analizaba con la tez relajada, una tranquilidad que no llegaba a los ojos dilatados. El pelo, enmarañado y cobrizo, un vestido rosa y unas alillas mal hechas. Ladeaba la cabeza en un gesto que pretendía ser infantil, pero que aterrorizaba cada fibra nerviosa del cuerpo de Sarah.

La novia de Dave.

En ese momento, Sarah cayó en la cuenta de que Miley debía estar en casa. Un hueco abismal se abrió en su estómago. ¿Habría corrido Miley la misma suerte que Evangeline? Rezaba para que no fuese así. Pero el anhelo era demasiado fuerte como para ser verdad. La muchacha esbozó una sonrisa que lo único que consiguió fue acentuar sus facciones trastornadas. Sarah retrocedió como si le hubiesen asestado un golpe en el estómago. Apretó las manos en puños y adoptó una cara severa, que pretendía expresar la valentía inexistente en su ser.

— ¿Dónde está Miley? —preguntó autoritaria, mas la voz se le quebró en la última sílaba.

—Muerta —respondió la otra con total serenidad. En la mano derecha un cuchillo se empuñaba, calcomanías de estrellas decoraban el mango en una grotesca imitación de varita mágica—. Le dije que me ayudara y se negó —miró a Evangeline y soltó una carcajada maniaca—. ¿Estaremos mejor sin ella, a que sí?

— ¡Estás loca! — —gritó Sarah. Su cabeza se movía a derecha e izquierda, renuente a aceptar la realidad. Miley estaba muerta, esa maldita lunática había matado a su amiga, su casi hermana. La rabia estalló en su interior a una velocidad de vértigo y  reclamó ser liberada—: ¡Miserable, Miley nada te ha hecho! ¡Maldita…maldita enferma!

Despacio, la asesina apartó su atención del cadáver para detenerse en Sarah. Ésta se encogió atravesada por la ira ajena. El arrebato había desaparecido y muy tarde, comprendió una cosa:

Nunca, por nada del mundo, hagas enfurecer a un hada.

 

FIN

 



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