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Vera verita » Descontrol de lengua
Vera verita (R15)
Por Kajiura
Escrita el Lunes 9 de Agosto de 2010, 18:15
Actualizada el Sábado 8 de Enero de 2011, 13:56
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Descontrol de lengua

Draco salió del aula de Defensa vuelto una furia. Sus pensamientos eran un torbellino confuso, sin saber qué predominaba más: el desconcierto o la rabia. Había metido la pata hasta el fondo. ¡Y con Snape! Tenía que remediarlo a como diera lugar. Pero todavía estaba el hecho de que algo malo iba con él. Recordó lo acontecido en el Gran Comedor: «jajaja…sí, la verdad es que sólo estoy con Pansy porque me encanta manosear su cuerpo…». ¡Qué estúpido! A punto estaba de darse de topes contra la pared cuando sus dos colegas lo alcanzaron entre risas.

—Ha sido muy divertido lo que hizo el profesor —comentaba Goyle.

—¡No le veo el chiste! —rugió el rubio.

—Tú tuviste la culpa —añadió Crabbe—. No debiste contestarle así.

—¿Ah sí? Pues yo creo que la idiotez se me pegó por estar con ustedes.

Se cubrió la boca con las manos. Los ojos desmesurados, mientras su espalda daba contra la pared al verse acorralado. En ese momento odió que los dos gorilas fueran unos ineptos en la magia, pero sí buenos para los golpes. Se le abalanzaron encima y casi lo pulverizan, ni tiempo le dieron a sacar su varita. Lo dejaron allí, maltrecho y con un ojo morado.

—¡Maldita sea! —vociferó colérico. Dio un puñetazo contra la pared y los nudillos le crujieron—. ¡Auch!

Masculló otro improperio y se dispuso a recoger sus cosas, justo en el instante que una chica Ravenclaw pasaba delante de él. Sus hormonas masculinas lo hicieron levantar la cabeza y clavar los ojos en el redondeado trasero que resaltaba a pesar de las telas que amenazaban con ocultarlo.

—¡Hey nena, que culazo tienes!

La Ravenclaw giró en redondo, sus ojos chispeaban iracundos. Malfoy no se detuvo a pensarlo dos veces; se levantó y corrió todo lo aprisa que sus piernas le permitían, no obstante el maleficio lo alcanzó y prendió fuego a su trasero. Corrió un tramo del pasillo como loco, quienes lo veían se burlaban de él y lo apuntaban con un dedo.

—¡Aguamenti! —gritó una voz femenina, de su varita se desprendió un chorro de agua que empapó la parte posterior del rubio y dejó al descubierto unos calzoncillos cuyos agujeros tenían forma de corazón. Las carcajadas aumentaron y, de no ser porque el resto de Ravenclaws protegerían a Luna (quien era responsable de apagar las llamas y con quien Malfoy iba a desquitarse) , Draco se encaminó a su habitación para cambiarse los pantalones… y los calzoncillos.

Llegó sin aliento al aula de encantamientos, McGonagall ya había iniciado la clase. Intentó pasar desapercibido pero la agudeza visual de la profesora frustró sus planes, y sin quererlo su boca formuló una oración:

—Mierda, ¿qué no se supone que a su antidiluviana edad ya no debería ver bien?

La clase entera pareció congelarse. Ron murmuró algo a sus dos amigos y estos sonrieron. McGonagall echaba humo por las orejas. Abrió la boca para soltarle a Malfoy la reprimenda que se merecía, lo que la lengua de éste se le adelantó:

—¿Te ha dado gracia, Weasley? Pues a mi me da lástima ver un sangre pura con una sucia como Granger… claro que en tu caso es la única que se fijaría en ti…

—¡Señor Malfoy! —estalló la profesora—. ¡Cincuenta puntos menos para Slytherin y está castigado!

—¡Pero si sólo he dicho la verdad!

—¡20 menos!

—¡Pero…!

Antes de que su boca condenara de nuevo a los Slytherin, quienes ya de por si miraban asesinos a Malfoy, Crabbe y Goyle lo amordazaron con sus corbatas y lo sentaron a la fuerza. Al principio, el chico agradeció el gesto (salvo que quizás pudieron tratarlo con menos brusquedad, ¡después de todo él no tenía la culpa!), mas al cabo de unos minutos la ansiedad de no poder expresar lo que pensaba con respecto a las constantes participaciones de Granger en la clase resultó una tortura. Por un lado no quería deshacerse de la mordaza, pero por otro su boca deseaba escupirla y soltar la larga lista de insultos que cruzaban en su mente uno tras otro.

—¿Alguien tiene otra duda?

Fue el acabose. La dolorosa tensión de sus dientes se aflojó con lo que la mordaza pudo ser escupida y con ello, la lengua desatada de su acalorada prisión. Los Slytherin no tuvieron tiempo de reaccionar, Malfoy mismo estaba horrorizado.

—Yo, profesora. ¿Su cara de amargada se debe a que nunca tuvo novio?

McGonagall lucía igual a una tetera a punto de explotar: el vapor le salía hasta por las orejas. Ron y Harry ahogaban sus risas tras las palmas de sus manos, Hermione negaba con la cabeza y disparaba al rubio una mirada reprobatoria.

—Lo-quiero-en-mi-oficina… ¡ahora!

 

Sentado frente al escritorio de la subdirectora, Malfoy clavaba las uñas en los muslos y agachaba la mirada. ¿Qué demonios le ocurría? De repente, la puerta del despacho se abrió y dejó entrar a McGonagall; la frente de la mujer se arrugó al verlo, Malfoy agradeció que no fuese capaz de desintegrarlo con los ojos. Ocupó su respectivo puesto e inhaló hondo, el labio inferior del rubio tembló y sin mas soltó a toda prisa:

—¿Esustedasmáticaprofesora? Porqueesoparece…

Los dientes de la aludida rechinaron. Malfoy siguió sin control alguno:

—Debería ir con Madame Ponfrey, dicen que cuando los dientes rechinan es porque tiene lombrices en el estómago…—se cubrió la boca con las manos, aún a sabiendas de que eso no impediría que su desatada lengua continuase—. ¡Acabe de castigarme de una buena vez, por piedad! —exclamó histérico, asemejado a un loco de San Mungo—. Así podré largarme de aquí y dejar de ver su espantosa cara… ¿segura que no es más grande que Dumbledore?

La profesora Mc Gonagall alzó la varita, Draco retrocedió instintivo y con los ojos desorbitados. La varita realizó una floritura y él, sin poder evitarlo, levitó en el aire y le dio la espalda, con el trasero levantado.

—Su castigo, señor Malfoy, será limpiar los inodoros… ¡Sin magia!

La profesora realizó otra floritura y una bota gigante apareció en el aire, que terminó por propinarle un buen punta pie al rubio y lo sacó volando de la oficina, para finalmente aterrizar de bruces en el suelo.

—Ah, lo olvidaba —dijo la voz de la mujer desde el interior del despacho—: ¡20 puntos menos para Slytherin!

 

Aquella noche el postre de la cena para Malfoy, no era más que restregar los retretes sucios del pasillo del cuarto piso vigilado por Filch. La prontitud por ponerlo a cumplir su castigo por parte de McGonagall fue otra tanda de verdades incontrolables dirigidas a diferentes habitantes del castillo.

Lo último que se escuchó decirle a Hagrid, fue algo como: «¡vaya pelambre cochambrosa! ¿A ti te parieron, o te tejieron?». Si el semi gigante no fuese tan pacífico, él sería carnada de hipogrifos. Y lo que más le había chocado, era que Snape ni hizo el intento de rescatarlo del castigo; desgraciadamente por su cara, le parecía bien poco.

Pero en esos momentos, creía que podía vomitar lo poco que había cenado en cualquier momento, aunque agradecía el pañuelo que le cubría la boca y nariz de forma apretada, así se ahogara.

—¡Mueve la mano, Malfoy! ¡Y cuidado con ensuciar a la señora Norris!

Miró con repulsión a la gata de Filch que aparecía por un costado y fue algo que no pudo contener, porque antes de que se percatara, ya se volteaba y su atolondrada lengua hacía de las suyas:

—¡Es un caso grave de falta de mujer, squib! Debería emparejarse con la vieja cacatúa de McGonagall a ver si se arreglan los dos. ¡Y vea para lo que sirve su señora Norris…!

Hubiese preferido quedarse con su lengua loca después de todo. Agarró a la señora Norris que emitió un chillido… y la hundió de lleno en el retrete al cual le removió la porquería con aquel intento de estropajo viviente.

—¿No es fantástico? ¡Debería montar su propio negocio de limpiador de cañerías y claro, estará como en casa entre tanta mierda!

Filch casi tenía los ojos fuera de sus cuencas mientras la señora Norris chillaba revuelta como una batidora contra las paredes asquerosas del inodoro. A Malfoy le corrían las lágrimas de impotencia y resignación.

—¡En detención… usted… detención! —rugió Filch de repente descompuesto por completo.

—¡Oh, que miedo, que miedo! —se burló Malfoy. Si tan solo dejase de agitar a la señora Norris dentro del retrete…—. ¿Y nunca le habían dicho que es terriblemente feo? ¡Seguro que si lo atropella un auto muggle, quedaría mejor, y…!

Malfoy no pudo continuar porque Filch le apretó el cuello y se lo llevó a rastras.

Fue una media hora larga colgado por los tobillos en la oficina de Filch. Para colmo, las cadenas de las que siempre hablaba el conserje con satisfacción, no estaban en tan buen estado, y temía morir de la infección al día siguiente de tanta herrumbre impregnada en su piel no acostumbrada a tales maltratos. Y como estaba solo sin tener a quien soltarle alguna barbaridad, pudo pensar un poco. En realidad, estaba en extremo confundido. Siempre fue bueno en ocultar cosas… al menos en determinadas situaciones. ¡Pero ahora era un completo descontrol! Aquello era una verdadera tortura y comenzaba a sospechar que alguien tenía que ver con sus repentinas ansias de vociferar lo que en realidad pensaba, ¿pero quién?

La puerta de la oficina se abrió y entró Filch luciendo atormentado y acompañado por nada menos que Sybill Trelawney, la cual llevaba un jersey blanco con finas rayas negras. La mujer dio un salto al verlo y se cubrió la boca con las manos.

—¡Santo Delfos! —murmuró. Malfoy vio su oportunidad de librarse de aquel maldito castigo, la excesiva cantidad de sangre le bombeaba potente dentro del cráneo—. ¡Señor Filch eso… eso está prohibido, lo sabe! ¿Cómo puede tener a ese muchacho ahí…? Claro que, eso ya lo sabía…

Malfoy abrió la boca, pero para su desgracia, se expresó cómo menos deseaba hacerlo:

—¡Argh, no se me acerque, vieja loca! ¡Casi juro que levanta vuelo, con esa cara de libélula desnutrida que tiene…! ¿Y qué diantres le pasó con ese jersey, la crió una cebra, o la parió una libreta de caligrafía?

La cara de la mujer se transfiguró en cuestión de segundos y sus ojos tras sus gafas hasta le parecieron terribles.

—Déjelo ahí una hora más, señor Filch —gruñó con voz extraña—. Y si puede, lo pincha un poco con ese hierro oxidado que tiene en el fondo de su cajón. Buenas noches.

Malfoy vio como su esperanza se iba de la oficina hecha una furia y miró a Filch que intentaba, sin lograrlo mucho, que la señora Norris no pareciera una cosa marrón disecada y por demás, apestosa. Malfoy tuvo que apretarse la boca con las manos para no soltar algo más y lograse que lo pusieran de alfombra en el Gran Comedor.

Filch lo dejó libre más por su silencio que por otra cosa. Malfoy descubrió que se había mordido tan fuerte la lengua, que había logrado hacerse un poco de sangre. De regreso a la sala común de Slytherin… surgió el pequeño problema de que sus compañeros no lo dejaron pasar. Los había abochornado y hecho perder tantos puntos durante el día, que la determinación tomada era no dejarlo dormir allí.

Pensó ir donde Snape para que restaurase el orden, pero recordó que las relaciones entre el brujo y él no estaban en su mejor momento, y entonces se ganaría el peor castigo de su historia. Así que deambuló unos minutos por el pasillo, con la esperanza de que sus compañeros de casa dejaran de montar guardia en la entrada de la sala común. Al quinto intento se ganó un hechizo noqueador que lo dejó fuera de combate al menos diez minutos. Finalmente, se acurrucó en una esquina de uno de los pasillos y, justo antes de quedarse dormido, se prometió a sí mismo que encontraría al culpable de su descontrol de lengua costara lo que le costara. Y lo iba a pagar.

 



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