Historia al azar: Sentimientos encontrados
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Vera verita » Indicios
Vera verita (R15)
Por Kajiura
Escrita el Lunes 9 de Agosto de 2010, 18:15
Actualizada el Sábado 8 de Enero de 2011, 13:56
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Indicios

Aquella mañana Ginny se encaminaba al Gran Comedor algo avergonzada, cortesía de sus compañeras de habitación. La habían escuchado en su danza prehistórica y pensaban que le daba un ataque epiléptico. Disimuló al decirles que le gustaba cantar en la ducha. Ellas le advirtieron que cantara para sí misma si no quería derrumbar el castillo. Llevaba en su mochila el pergamino con el dibujo de Malfoy garabateado. Aún no confiaba del todo en el hechizo, quizás fuese otra de las locuras de Luna.

Entró en el Gran Comedor y se escurrió al lado de Harry, quien la recibió con un beso. Pudo ver de reojo la mesa de Slytherin, donde Malfoy hacía arcadas en un gesto de burla, Crabbe y Goyle reían como gorilas descerebrados a cada lado de él, en una rara parodia de guardaespaldas.

—¿Cómo estás? —le preguntó Harry.

—Divina —contestó radiante. Hermione le dedicó una sonrisa de ánimos—. Mucho mejor que ayer.

—Te veías un poco… atolondrada —Harry frunció el ceño—. No parecías coordinar bien.

—Y no lo hacía —gruñó. Se recuperó al ver la cara preocupada del chico—. Ya no pasa nada, tantos deberes me ponen de cabeza.

Comenzaron a desayunar. Ginny no dejaba de echar miradas furtivas a la mesa de Slytherin, ¿cómo diantres se iba a enterar que su hechizo había funcionado? No podía acercarse a la mesa con la mejor de sus sonrisas y decir: «disculpa, Malfoy, ¿últimamente has tenido muchos deseos de decir sólo la verdad?». Si lo hacía, el premio gordo sería otra maldición de torpeza.

Malfoy no parecía haber cambiado nada. Sus inútiles amigotes reían como si hiciese los mejores chistes del mundo, ella estaba consciente de que todo era para hacerle la pelota debido a la influencia de su padre. Ginny emitió un gruñido quebrado. Maldita la hora en que Luna le sugirió el hechizo. Cambió de opinión a los segundos siguientes, cuando ocurrió algo extraño en la mesa Slytherin.

El grupo que rodeaba a Malfoy hizo un silencio mortal. Casi parecía que los ocupantes del Gran Comedor se habían quedado mudos. Ginny se volteó sin disimulo. Los Slytherin miraban a Malfoy pasmados, éste a su vez había adquirido un suave color rojo sin poder identificarse como vergüenza o rabia. Pansy era la única de pie, toda crispada, e hizo algo inaudito: abofeteó a Malfoy con fuerza y se largó del Gran Comedor a toda prisa.

El rubio se quedó anonadado, sin siquiera tocarse la zona afectada. Acto seguido soltó una risa tonta que fue secundada a los pocos segundos y Ginny se relajó. Había sido extraño la bofetada, ¡nada menos que a manos de Pansy, que era capaz de ponerse de alfombra para que él la pisoteara!, pero, ¿quién alguna vez no había querido reubicarle la cara a Malfoy? Estaba como había comenzado: sin poder vengarse.

Cuánto se equivocaba.

El desayuno terminó en su usual monotonía con la desaparición de los platos sucios. Los estudiantes se enfilaron hacia la salida en un tumulto confuso, sólo tenían cinco minutos para llegar a sus clases correspondientes. Harry besó a Ginny a modo de despedida y desapareció en la marea de cabezas. Ella sin saber por qué, se quedó clavada en el lugar. Su primer turno era Pociones. A pesar de no ser una clase idolatrada, tampoco estaba mal. Con Slughorn de profesor las cosas se relajaban.

—¡Estás en medio, Weasley!

Un empujón por un hombro casi la lanza de bruces a los pies de los estudiantes. Se recuperó al instante justo para ver a Malfoy y sus amigos, quienes le hacían muecas de burlas mientras seguían el camino de Harry.

—Firmaste tu muerte, Malfoy —gruñó ella agitando la varita frente a su rostro—. ¡Ahora sí tengo deseos de vengarme!

—¿Hablas con los Chizpurfle?

Giró en redondo. Allí estaba Luna que la miraba con curiosidad.

—¿Con los… qué?

—Los Chizpurfles hablan —explicó Luna como si dirigiese una conferencia—, emiten susurros en tu oído si van a comerse tu varita, si vas a darles algo a cambio, un frasco con poción vieja estará bien.

—No hablo con los Chizpurfles —reaccionó Ginny. Se abstuvo de rebatir tan estrambótico argumento. Comenzó a caminar junto a Luna rumbo a las mazmorras, a la clase de Pociones—. Sólo… estaba molesta. El hechizo que me diste no funcionó, ¡Malfoy no se ve… raro! Es el mismo de siempre.

—¿Y cómo lo sabes?

Ginny se detuvo. Luna siguió su trayectoria en apariencias, sin notar que su compañera se quedaba atrás.

—Los duendes saben mucho de esos hechizos, pero si tienes dudas, ¿por qué no lo compruebas?

Ginny se quedó sola en medio del vestíbulo. Luna había bajado las escaleras a las mazmorras. Abrió su mochila y echó un vistazo adentro. Allí estaba enrollada la revista del quisquilloso, además del dibujo de Malfoy garabateado. También estaban sus libros y una cajita roja con una enorme W grabada en dorado. Sonrió con malicia.

En menos de dos minutos se encontraba sentada en la clase de Pociones mientras todos se arremolinaban alrededor. Luna lucía distraída a su lado, como si no quisiera dar cuenta de lo que su amiga haría. Ginny había llegado a una cadena de conclusiones impulsadas por el sólo recuerdo del empujón de Malfoy en la mañana, de lo pésimo que la había pasado el día anterior y otros aditamentos: quería vengarse de Malfoy a como diera lugar, para lograrlo, lo había hechizado, ¡pero no sabía si había causado efecto! Y para saberlo, tendría que…

Con disimulo, sacó algo del bolso y lo observó unos segundos. Parecía un pequeño pedazo de turrón con un extremo rojo y otro naranja.

¡Saltarse las clases!

El último alumno entró, Slughorn cerró la puerta. Estaba indecisa, era un turrón sangranarices, invento de sus hermanos Fred y George. No era peligroso, había visto a otros chicos usarlo y nada les ocurrió. No obstante su sentido del deber la presionaba.

—No puedo creerlo —pensó. Dio un respingo al sentir un siniestro deja vù—. Yo… no, no puedo hacerlo… ¡Sí, Malfoy debe pagar! No… esto está mal… ¡Es un maldito hijo de su mami! Ay no, Gryffindor perderá puntos… ¡Pero quiero saber!

—¡Yo, profesor!

Ginny se atragantó de repente. El turrón rojo le había llegado a la campanilla al Luna empujarla en su afán por contestar. Hizo ridículos aspavientos igual a una grulla en vuelo, lo cual hizo que Slughorn se acercara preocupado y Luna le palmease la espalda. Ginny se puso tan roja como su pelo y como si fuese poco, de sus fosas nasales comenzó a brotar sangre fresca en chorros que casi la terminan de ahogar.

—No tiene buen aspecto, señorita Weasley —murmuró Slughorn blanco de la impresión.

—¿Chorrear sangre no es suficiente? ¿O también tengo que escupir una tripa? —gruñó ella internamente. Luna la hizo levantar la cabeza y fue peor—. ¡Debo… ir…!

—A la enfermería, claro, señorita Lovegood, ¿podría…? 

—Seguro.

Luna la ayudó a levantarse. Toda la clase las siguió con la mirada, los miembros de Slytherin cuchicheaban burlones a su paso. Una vez pasadas las mazmorras, Luna soltó el brazo de Ginny.

—Puedes tomarte aquí el antídoto.

La pelirroja sorprendida, miró la parte naranja del turrón que aún sostenía en su mano. Se la tragó de un bocado. El flujo de sangre cesó al momento.  

—¿Cómo lo…?

—No fuiste muy discreta al sacarlo —repuso Luna encogiéndose de hombros. Frunció el ceño—. Pero me ofende que no creas en los hechizos de duendes.

Sin decir otra palabra, le dio la espalda y se regresó a las mazmorras. El impacto pasó en sólo segundos ante la posibilidad abierta ante sí: era libre de averiguar si Malfoy era víctima de su hechizo. Se limpió la sangre seca con un giro de varita. Lo primero que necesitaba, era ser invisible a los ojos de todos. 

La atacaron los nervios en la habitación de Harry al buscar su capa invisible. Neville entró a toda prisa a por unos libros, y ella no tuvo otro remedio que deslizarse bajo la cama de su novio… llena de telarañas e insectos muertos en estado de momificación. Salió de allí maldiciendo, llena de mugre, con la firme idea de mandar a Harry a limpiar su habitación después de clases y si se negaba, se creía capaz de usar la Imperio.

Descubrió la capa en el fondo del baúl junto con el horario de sus clases. Lo consultó, ya que Slytherin tenía clases en conjunto con Gryffindor. Vio un turno libre, y el siguiente sería Defensa Contra las Artes Oscuras. Resopló. Genial. Su favorito. Con Snape allí las cosas se complicaban. Se echó la capa sobre los hombros y salió de la habitación antes de que alguien más regresara a buscar algo.

Esperó en la puerta de la clase. Debía ver dónde se sentaba Malfoy para poder plantarse a su lado. El primero en pasar fue Snape quien casi le cepilla la nariz al abrirla más de la cuenta. Aguantó el aliento. Los alumnos llegaron en tropel, abordaron la clase como si se tratase de alguna función especial de entradas agotadas. Ginny los entendía. Con Snape o eras puntual, o te enterraban en el Bosque Prohibido.

Vio pasar a Harry, su hermano, Hermione, de cerca los seguían Malfoy, Crabbe y Goyle. Notó que el rubio apenas hablaba, aunque tenía la misma expresión arrogante de siempre. Se deslizó tras el último estudiante y se colocó justo detrás de la silla de Malfoy. No estorbaba, sabía que los de atrás verían a través de ella. Snape encaró la clase en un giro. Se hizo un silencio abrumador.

—¿Aún me miran? Vuestra prioridad en mi clase es sacar sus libros y entregarme sus redacciones, pobre del que tenga que suspender —dedicó una mirada desagradable a Harry—, ¿tengo que ayudarlos a coordinar más neuronas?

El ambiente se volvió total movimiento. La mala suerte hizo que Malfoy alzara su silla al acomodarse y una pata cayó justo encima de un pie de Ginny quien emitió un gemido ahogado. Se cubrió la boca de forma compulsiva, Malfoy miraba directo hacia ella. El chico se encogió de hombros, sacó su libro y un rollo de pergamino malamente escrito. A Ginny se le salieron par de lagrimones al sentir removerse la silla sobre su pie con saña. Se mordió un puño en parte para ahogar los sonidos, en parte para no darle a él una colleja que lo incrustara de nariz en la mesa. Malfoy pesaba una tonelada. 

—Tu mami, tu mami, tu mami… —la pelirroja respiró en cuanto el palo la liberó—. Si no tuviera tantas ganas de vengarme…

Volvió a contener la respiración. Snape estaba allí, inclinado sobre la tarea de un indiferente Malfoy.

—Esto no está correcto —musitó el profesor. Nadie más podía escucharlo, salvo Ginny y el mismo rubio—. Sólo te exigí un pie, aquí veo apenas dos párrafos, ¿por qué no la hiciste? 

—Era mejor despalillar a los de primer año que hacer un estúpido deber. Deje de darme lata.

Vio a Snape crisparse. También Malfoy lució paralizado en su silla, el cuello rígido, como si no hubiese querido decir eso. El brujo se inclinó más hacia él.

—No puedo hacer maravillas por ti, Draco —le susurró. Recogió el pergamino—. No puedo aprobar este patético intento de redacción. Después de clases, te quiero en mi oficina para que termines…

—¿Ocupar mi tiempo en escucharlo? Vaya a chupársela a su madre.

Ginny creyó que Snape explotaría. Malfoy volvía a tener un rictus, pudo ver su cara volverse más blanca. Estaba claro que nunca se había enfrentado así a Snape. Éste actuó como si no hubiese escuchado nada. Aunque le dedicó una mirada desagradable al rubio antes de avanzar. Ginny vio a Malfoy pasarse las manos por la garganta de forma nerviosa. Se movió, quería una panorámica de su cara. Se lo encontró confundido, sin dejar de mirar furtivamente alrededor. Sólo para fastidiarlo, le pellizcó la nuca y él se giró con cara de loco desquiciado que casi la hace soltar la carcajada.

Una vez Snape hubo recogido todas las redacciones inició la clase. Una muy aburrida. Ginny comenzaba a valorar el sentarse en alguna silla vacía y dormir. Malfoy no hablaba, sólo tomaba sus apuntes. Ni siquiera molestó a Harry, a nadie. Parecía querer aislarse. Ginny tampoco la pasó bien. Debía quitarse del camino de Snape, quien dilataba sus fosas nasales como si supiese que allí había alguien que no debía estar. Soportó el respaldar de la silla de Malfoy encajado en su estómago, y si a eso se le sumaba la chica Slytherin de atrás que corría su mesa con brusquedad… los sándwiches estaban mejor que ella.

Al finalizar el primer turno estaba hecha una lástima. Tenía sed, el estómago hecho pedazos, otro golpe de la silla de Malfoy y vaciaba la vejiga. Y lo peor: no había señales claras de que el hechizo lo hubiese afectado. Claro, ¡no hablaba!

El segundo turno se inició más movido. Era una clase práctica. Ginny siguió a Malfoy como su sombra. No contó con los hechizos a diestra y siniestra que casi le volaron la capa. En más de una ocasión estuvo segura de que su mano derecha se agitó fuera de la invisibilidad. Optó por agacharse detrás del rubio para usarlo de escudo. Mejor él que ella. Lo malo fue al Malfoy esquivar un hechizo en un rápido retroceso, a Ginny no le dio tiempo a gatear fuera de su alcance…

—¡BUAAAARGH!

¡PATAPLÁN!

 Malfoy terminó de espaldas en el suelo piernas arriba. La clase se paralizó para a los segundos siguientes estallar en carcajadas. Ginny aprovechó para deslizarse a un lado. Snape se acercó a ayudarlo, mas él le dio un manotazo brusco a su mano extendida.

—Déjeme en paz —gruñó—. Sus manos deben estar tan grasientas como su pelo, apuesto a que no se lo lavó en seis meses.

Se escuchó un «jiiich» colectivo.

—Puede —Snape apretaba tanto los dientes, que a Ginny no le sorprendería verlos saltar de sus encías—. Pero tú no te has lavado la boca en dieciséis años.

Snape le apuntó con su varita y Malfoy se atragantó con un buche de burbujas rosadas lo cual aumentó el volumen de carcajadas. En cuanto Snape se volteó, las risas murieron.

—¿Alguien más desea un lavado gratis? —musitó el brujo. Todos negaron aceleradamente—. Sigan en sus actividades, ¡es para hoy!

Mientras todo se reanudaba, Ginny veía a Malfoy arrastrado por el suelo, humillado, escupiendo restos de pompas de jabón ahora adheridas a su cabello rubio en forma de raros bucles.

Se abstuvo de reírse con ganas.

¡El hechizo Vera Verita había funcionado, y estaba más activo que nunca!

 



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