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Vera verita » Maldiciones
Vera verita (R15)
Por Kajiura
Escrita el Lunes 9 de Agosto de 2010, 18:15
Actualizada el Sábado 8 de Enero de 2011, 13:56
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Maldiciones

Ginny corría por los pasillos como si de ello dependiera su vida. Y en parte así era, porque se le hacía tarde para la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Resultaba extraño, ya que no había sentido el transcurrir del tiempo en la hora del desayuno.

Bueno, quizás no sería tan extraño si se tuviese en cuenta que Draco Malfoy tenía metida su varita en el asunto. Con un hechizo de torpeza podía conseguirse efectos tales como la pérdida de la noción del tiempo, o el mismo extravío al intentar localizar un aula que se frecuentaba desde años. En cualquier caso, Ginny no era consciente de esto. De lo que sí era consciente era que Snape le quitaría todos los puntos a Gryffindor esa mañana.

Frenó al hallarse frente a la entrada del salón de clases. No necesitó llamar, sus ruidosos jadeos captaron la atención de toda la clase y por supuesto, de su querido profesor.

—¿Puedo… pasar? —articuló a duras penas.

Snape la evaluó de arriba abajo y arqueó ambas cejas.

—Cincuenta puntos menos para Gryffindor —dijo y los integrantes de la casa gimieron por lo bajo—. Cualquiera que la viera con esa pinta, señorita Weasley, diría que acaba de venir de una sesión pasional con su… ¿novio? Sí, creo que eso es Potter —Ginny se puso colorada hasta las orejas—. Pase, y pobre de usted si hace algún acto indecoroso, porque me encargaré de expulsarla no sólo de mi clase.

Deseosa de que la tierra se la tragara, Ginny entró en el salón y ocupó su puesto habitual ante las risitas fastidiosas de los Slytherin. No se dio cuenta que el tipo de atrás le introducía las puntas del cabello en un tintero.

—Ahora —siguió Snape—, copiarán la lección que habla de este hechizo para así asegurarnos de que sus pequeñas mentes no lo olvidarán. Gryffindor, quiero cincuenta centímetros de pergamino. Slytherin… me conformo con veinte.

Los integrantes de la casa escarlata abrieron las bocas en un mudo gesto de protesta. Snape los ignoró de forma olímpica.

—¿A qué esperan? —dijo y estrechó los ojos—, es para hoy.

Se escuchó el rasgar de plumas y gruñidos inconformes, entre ellos los de Ginny. Por desgracia, el hechizo de torpeza continuaba latente en la pelirroja, que tuvo que repetir tres veces su trabajo debido a las insistentes equivocaciones.

—«¿Pero qué demonios me pasa hoy?» —pensó fastidiada y con la cara moteada de tinta. Cualquiera diría que estrenaba pecas—. «¡Todo me sale mal!»

Llegó el término de la clase, Ginny escribió su nombre en el pergamino y lo entregó a Snape. Este le dio un vistazo y luego la miró con una ceja en alto, como con pena.

—¿Cuánto se supone que deba ponerle a esto, señorita Weasley?

Ginny parpadeó sin comprender a qué se refería el mago. Snape alzó su manuscrito y lo mostró a toda la clase que, curiosa como era, se giró a mirar.

Fue entonces que la chica comprendió.

Por toda la hoja se extendían dibujitos infantiles que representaban caras bobas o ridículas, además de la palabra «torpe» en distintas posiciones.

La clase entera estalló en carcajadas. Por si no fuera poco, una chica de Slytherin gritó a todo pulmón.

—¡Miren, el cabello de Weasley cambia de color!

Ginny tiró de su pelo y descubrió que en efecto, sus puntas estaban húmedas e iban y venían en un torrente de colores. Apretó los puños y los dientes, la cara le ardía de la vergüenza. Recogió sus cosas y a sabiendas de que a Snape le daría lo mismo cualquier explicación que le diese, corrió salón afuera.

Y a los dos metros…

¡Pataplán!

No dijo nada. Ya era mucho el esfuerzo que realizaba para no soltarse a llorar. Se levantó y maldiciéndose por haber tropezado con sus propios pies, continuó su escapatoria.

Se detuvo en el cuarto de baño e intentó quitarse la tinta multicolor del cabello. Todo fue inútil. Sacó su varita dispuesta a utilizar magia mas, puso mayor énfasis en determinada parte del hechizo, con lo que su melena se inflamó en llamas.

—¡Mierda, mierda, mierda! —gritó y dio saltitos en un solo lugar—. ¡Apágate… aguamenti!

De la punta de la varita surgió tal chorro de agua que su dueña tomó un baño por segunda vez en el día. Al menos las llamas estaban bajo control.

—Merlín me odia —concluyó.

La torpeza la siguió en transformaciones. Se suponía que debían transmutar sus libros en armadillos, pero lo único que logró fue cambiar la cubierta de cuero por otra indescriptible.

Las siguientes clases no fueron mejor. Todos los hechizos armaban un caos, a la hora de participar se le enredaba la lengua, los objetos resbalaban de su mano con facilidad y, en una ocasión por poco se estrella contra una pared. Casi canta de felicidad a la venida de la hora del almuerzo. Rumbo al Gran Comedor se topó con Hermione quien le hizo notar que llevaba papel higiénico pegado en el zapato. Con un gruñido se deshizo de él, la castaña se percató de su malhumor acumulado.

—¿Mal día?

—Pésimo —farfulló en un suspiro cansino—. Parece que hoy me levanté con el pie izquierdo.

Prosiguió a narrarle a Hermione todos los acontecimientos matutinos.

—Mmm —Hermione se rascó el mentón—, más que un mal día suena a una maldición de torpeza.

—¿Eh? —dijo Ginny desconcertada—. Nunca había escuchado eso.

—Claro que no, es un hechizo muy estúpido. Yo lo conozco porque en algún momento se lo vi practicar a Fred… o George, da igual quien lo hizo —Ginny se rió—. Se lo lanzó a Malfoy.

—¡Ah, genial! —ironizó la pelirroja—. Y a mí me toca pagar los platos de esos dos. Deja que los agarre… Ahora que lo pienso, me crucé con Malfoy en la mañana pero como siempre, lo ignoré. ¿Puedes contrarrestarlo?

—Pues… no sé a ciencia cierta cuál sea el contramaleficio, pero si quieres puedo intentar algo.

Ginny soltó aire resignada.

—Adelante.

Se quedó muy quieta delante de Hermione y cerró los ojos. Segundos más tarde, su amiga le indicaba que podía abrirlos.

—¿Funcionó? —preguntó sin percibir nada especial en su cuerpo. Aunque cuando Malfoy la hechizó tampoco había sentido nada.

—No lo sé. A ver, lanza un hechizo contra… —sacó una pluma de su mochila—: esto.

—¿Y si la derrito o algo?

—¿Quieres saber si esto funcionó, si o no?

—Si…

—Entonces hazlo.

Ginny se armó de valor y apuntó con la varita.

—¡Wingardium leviosa!

La pluma despegó del suelo y se elevó a la altura de los ojos de Ginny que jubilosa, la tomó y entregó a Hermione con una amplia sonrisa.

—¡Eres lo máximo, Hermione!

—Oh vamos —dijo la aludida con el pecho henchido de orgullo—, no es para tanto. Ahora será mejor que nos demos prisa, Ron y Harry deben estar al volverse locos en el Gran Comedor.

Ginny asintió, recogió sus cosas y siguió el andar de la castaña. El almuerzo transcurrió con normalidad, esta vez la menor de los Weasley sí se dio cuenta de la mirada que Malfoy no despegaba de ella. Parecía molesto de ver a la chica liberada de su maldición. Le disparó una mirada de odio y, al terminar la hora de descanso, se encaminó con Luna a la orilla del lago negro. Tenían una hora libre así que Ginny la aprovechó para despotricar contra Malfoy. Luna ni le prestaba atención, enfrascada en la lectura del quisquilloso… al revés.

—… ¡Es un maldito hurón albino! Pero ya verá, juro que me vengaré…

—Vaya, este artículo está interesante…

—… le voy a meter una lagartija en los pantalones…

—…mmm…

—O un purgante…

—Chispas, eso no lo sabía…

—O… no, ¡es que se merece algo peor!

—Ooohh…

—¡Voy a…! ¿Luna, desde hace cuanto que no me escuchas?

—Desde que salimos del castillo.

Ginny la miró de medio lado.

—¡Qué amiga! —bufó—. Por Merlín, si fuese algo más grave a ti te valdría queso.

—Malfoy es Malfoy —Luna se encogió de hombros y colocó el ejemplar en diagonal—. Aunque si te interesa, hay un artículo que habla acerca de un hechizo para decir la verdad.

—Luna, para eso sirve la veritaserum. Además, ni esta logra resultados cien por ciento efectivos.

—Oh, pero este es un hechizo recomendado por los duendes.

—Los duendes no pueden hacer hechizos.

—Eso es porque no les dan una varita. Pero hay otro tipo de hechizos que sí pueden hacer, y este es uno de ellos.

Ginny rodó los ojos y la dio por caso perdido.

—Claro, lo que tú digas.

—Yo sólo decía que sería divertido —dijo la rubia sin enfadarse porque la tomaran a loca—. El efecto no se acabaría hasta que lanzaras el contra hechizo.

Ginny pareció meditarlo.

—¿En verdad crees que funcione?

—No lo sé, pero nada pierdes con probar ¿no?

—Supongo. ¿Qué hay que hacer?

—Aquí dice que tienes que conseguir una foto, estatuilla o dibujo que lo represente.

—Dibujo —escogió Ginny.

—Mmm, habrá que hechizarlo para que no se moje.

—¿Para qué no se moje?

—Sí, dice que tienes que danzar desnuda bajo la lluvia.

—¿Qué? —casi gritó la chica—. ¿Des…? ¡Olvídalo! ¡No voy a hacer nada de eso!

—Bueno, no es exactamente bajo la lluvia, sólo bajo agua que cae. ¿Crees que cuente la regadera?

—Luna, no voy a bailar bajo la regadera con un dibujo de Malfoy en la mano.

La rubia la miró durante largo rato…

 

°*°*°*°*°*°*°*

 

—No puedo creerlo —decía una Ginny empapada bajo la ducha—, lo que hace uno para vengarse…

Clavó sus ojos en el pergamino que mostraba la imagen del rostro de Malfoy dibujado por Luna. El gráfico estaba protegido con magia a fin de no estropearse por el agua, añadido de igual manera a la pared.

Ginny empezó a moverse tal y como Luna le había enseñado. Sus pies golpeaban el piso y salpicaban, la espalda un tanto encorvada y los brazos ocupados en realizar torceduras, elevados por encima de la cabeza.

—¡Aaauuu… me siento ridículaaa… zisca, ñisca, maldito seas Malfoooooy… alelelisca… quiriquiquita, cuasi guanzka, vera verita!

Extendió los brazos hacia la imagen, mas no ocurrió nada.

—Qué fiasco —se quejó.

De pronto, las líneas que marcaban la faz de su rival cobraron vida. Al final, se apreciaron una serie de palabras.

 

«Sin mentiritas mentiritas

Has de vivir, Draco Malfoy.

¡Vera verita!»



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