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Crónica de una visita desde arriba. » Nieve lila.
Historia terminada Crónica de una visita desde arriba. (ATP)
Por Hannele
Escrita el Lunes 5 de Abril de 2010, 14:46
Actualizada el Lunes 5 de Abril de 2010, 15:12
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Nieve lila.

Capítulos
  1. Nieve lila.
Sebastián un día no se despertó. Un día pernoctó y nunca más sus ojos se abrieron para ver la luz que entraba por la ventana de su dormitorio.
Su esposa Alicia nunca más le hizo el desayuno, él no volvió a quejarse de la espalda cada vez que subía las escaleras y sus nietos no le pidieron que les comprara helado.
Sebastián murió.
    
Tuvo una cena -un estilo de reunión para recordarlo-, organizado por su hija. Al festín fueron sólo sus familiares y el dueño de la verdulería -el que tenía la hija dentista- porque lo apreciaba mucho y por eso le vendía los tomates con descuento.
Sus otros amigos se habían muerto. El único que seguía vivo era Roberto, que se había ganado la quiniela, había abandonado a su mujer y se había ido a vivir a Cuba, con una morocha y una rubia de veintitantos.

Lo velaron y le dieron un jarrón marrón a Alicia.
Y con un "sentimos su pérdida" -uno más de los tantos que había escuchado Alicia- creyeron los de la funeraria consolar un poco a la viuda.

Alicia no lloró en ningún momento, pero no por eso no lo extrañaba. No sólo había sido su marido, si no que había sido un amigo. Un amigo confidente. Un amigo verdadero.
Con valor, intentaba consolarse cada día, pero a veces las grandes pérdidas cuestan más que nada.

El jarrón marrón era lo único que le quedaba de Sebastián a Alicia. A ella le costaba mucho concebir que aquella carcomita alguna vez había sido su esposo. Más arduo le resultaba entender que nunca más lo vería.
A veces, incluso se olvidaba. Algunos días, se despertaba y sonreía. Hasta que abría los ojos, veía el otro lado de la cama vacío y se le hacía un nudo en la garganta.
Y un nudo en la garganta dura todo un día. O lo suficiente como para amargarlo por completo.

Alicia estuvo imaginando lugares donde depositar la harinita.
Inventó selvas tropicales con flores naranjas, que se abrían solo si se cantaba una canción. Otra zona posible fue un mar rosado, donde los cangrejos saludaban al sol en cada atardecer.
Alicia se decidió por una montaña. La más alta y la más lejana, estaba rodeada por agua. Y no paraba de nevar. Nieve violeta por todos lados. Y él abrazándola, intentándola proteger del frío.
Sebastián amaba la nieve, aunque no la hubiese nunca visto.

A pesar de todas estas especulaciones, Alicia nunca tiró el polvito -aquella mugrecita que antes solía ser su esposo- a ningún lado.
No porque esos lugares fueran producto de su mente -ella estaba dispuesta a recorrer todo el planeta, toda la galaxia, sólo para descubrirlos- si no porque aquella casona era grande. ¡Se sentía tan sola! Sebastián, aún dentro de un jarrón, la hacía sentirse más segura.
Al principio, sus hijos la llamaban. Pero pasaron las semanas, los meses, y poco a poco, se fueron olvidando de la anciana Alicia; las cosas volvieron a ser como eran antes, cuando sólo se reunían en los cumpleaños y en los días de fiesta.
Poco a poco, la gente se fue olvidando del rostro de Sebastián. Y con su cara, el dolor que debía conllevar Alicia.
Muy despacito, se olvidaron de ella también.

Resultó que un día, Romina -que era la hija mayor de ambos- llamó llorando a Alicia. Se peleaba seguido con su pareja. Él se había ido del departamento en pleno centro que compartían y ella se sentía sola -pero no tan sola como Alicia-.
Cocinaron sopa y le pusieron mucha zanahoria, como a las dos les gustaba.
Romina durmió en el cuarto que ocupaba cuando era chica con su hermana y que, cuando las dos fueron grandes y se marcharon a la universidad,  lo usó su hermano Leandro porque era más espacioso que el propio.
Alicia, en cambio, se quedó tejiendo en la cocina, sentada en una sillita.

Fue como a eso de medianoche cuando Alicia lo vio. No estaba muy segura cuando tiempo llevaba allí, pero Sebastián la miraba, sentado en la otra butaca.
Se notó que estaba siguiendo el ritmo de la aguja porque tardó en dejar de ladear la cabeza cuando Alicia se detuvo por la sorpresa.
Fue un desconcierto, pero de los buenos.
Alicia se levantó tan rápido de su puesto y se lanzó tan velozmente sobre él, que se hizo mucho daño en la cintura, pero no se quejó. Él se reía y se limitaba a rodearla con sus viejos brazos.
Esa vez tampoco lloró, pero esa vez tampoco fue porque no estuviera feliz.

—Sebastián, ¿dónde estuviste? ¿Por qué me dejaste?
—Alicia, ¡si supieras dónde estuve! Siento mucho haberte abandonado acá, pero me llamaron para subir y resultó ser ese tipo de invitaciones que uno no puede denegar, si no, creéme, no me hubiese ido tan apresuradamente. Te hubiese esperado, todavía quería hacer un par de cosas.

Aflojó el abrazo y se levantó a buscar dos tazas. Mientras, puso la pava sobre la hornillo.
Ella, en cambio, se sentó. Lo único que hacía era sonreír.

—Te extraño mucho.

Él le sonrío de costado, de esa forma que sonreía siempre porque tenía un diente torcido y nunca había querido ir al dentista.

—Y no sabés como te extraño yo, Ali. Algún día vas a venir conmigo. Todos vienen para allá.
»No sabés como son las cosas en ese lugar. ¿Te acordás de Pedro? Los sábados salimos a pasear, cuándo vos vas al mercado. Otros días nos quedamos a jugar a las damas.
» A la tarde, cuando mirás la novela, yo me pongo al lado tuyo.
—La próxima vez que esté mirando Amores al Límite, voy a acordarme que estás sentado conmigo. Aunque podrías dejarte ver.
—No, Ali, no puedo. Me escapé por esta vez, no más. Pero voy a seguir mirando la televisión con vos.

Sebastián se levantó y puso dos saquitos en la tazas, mientras las llenaba con agua.

—Aprendí a jugar al ajedrez. Yo siempre te decía que la vida no alcanzaba para hacer las cosas que uno quería hacer. Bueno, comprobé mi teoría, pero no estaba del todo completa.
—¿Aprendiste bien, Sebastián? ¿Contra quién competís?
—Contra el marido de Silvia, tu amiga.
—¿Y ella, que hace?
—Se dedica a charlar con tu otra amiga, la de la vuelta de la esquina... ¿Cómo se llamaba?
—Jimena.
—Esa misma. Jimena.

Hablaron de muchas cosas esa noche. Se rieron todo el tiempo y Sebastián confesó que, un día que había bajado a espiar a Leandro, se enteró que su mujer estaba embarazada, se lamentó un poco de no haber podido ser abuelo antes. Alicia le contó sobre sus amigas y le mandó muchos saludos a su papá.

Cuando Romina se despertó, encontró a su mamá con la cara sobre la mesa, abrazando un jarrón marrón con polvito adentro.
Estaba muerta.

Aquel día nevó en pleno Mar del Plata. Como si no fuese lo suficientemente raro, la nieve tenía un extraño tinte lila, muy leve.

Nadie nunca pudo y podrá explicar ese hecho.
Creo que ni siquiera yo, que los observaba desde una estrella cercana, puedo distinguir si fue un sueño o la más pura y tierna realidad.
Pero desde arriba, aquí, al lado mío, Alicia y Sebastián pueden.

X
Para los curiosos que siempre quieren saber más:
No, no soy católica. Esta historia, por si no lo vieron, no tiene nada que ver con el cielo y el infierno.
Pero pensar que nuestros seres queridos están siempre mirándonos, lejos pero al mismo tiempo cerca, es en algo que sí creo.
Más allá de las posibles interpretaciones del fic, lo importante es el amor del ambos. Nada más.

¿Ustedes? ¿Qué opinan? ¿Qué fue?


Yo sigo apostando por la magia.
Y no de las que sale de las varitas. Las que salen del corazón.

El amor es mágico. Sigan amando.


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