Historia al azar: Un Amor para morir
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Dulces Sentimientos » Capítulo 8
Dulces Sentimientos (ATP)
Por AliCe CUlleN
Escrita el Domingo 12 de Abril de 2009, 16:28
Actualizada el Viernes 26 de Febrero de 2010, 11:47
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Capítulo 8

-¿Sí?- respondí al teléfono que sonaba enloquecido. Lo sujeté con el hombro, ya que estaba haciéndome un bocadillo de atún con mayonesa y lechuga, y estaba pringosa. Acababa de llegar de clase y me moría de hambre, como todos los días.

 

-¡Hola Bi! 

 

-¡Ah, Layla! ¿Qué tal?- me pregunté de dónde había sacado mi teléfono. ¿La gente seguía buscando en las páginas amarillas?

 

-Muy bien, ¿y tú?- sin esperar respuesta prosiguió-. Oye, me ha pedido Bates que te llamase. Ha entrado en mi clase y me ha preguntado que si te conocía, le he dicho que sí, me ha dado tu número y me ha dicho que te dijese que le gustaría que vinieses hoy a probar un par de "entrenamientos".

 

Sonreí al escuchar como parloteaba casi sin respirar.

 

-Aunque claro, a lo mejor ya has hecho planes. ¡La verdad, el tío ese está fatal, te podría haber llamado él! Aunque la verdad es que me apetecía hablar contigo. ¿Por qué no hacemos algo luego? Me ha dicho Ian, bueno, solo le he visto un segundo, pero me ha dicho que casi no había podido hablar contigo hoy porque no habéis coincidido en clase y que luego tú te has ido con unas amigas a estudiar a la biblioteca y…

 

-Layla- la interrumpí riendo- ¡vamos uno a uno por favor, que me estás haciendo un lío! Sí, sí que puedo ir hoy al college, lamento informarte de que mi vida social es un rollo. Y sí, supongo que podemos hacer algo después, si no se hace muy tarde.

 

-¡Hay que bien!- me chilló al oído riendo-. Bueno, es verdad, puede que te tires toda la tarde haciendo numeritos raros de magia. Pero bueno, te puedes quedar a cenar en el college. Lo siento, Josh e Ian están castigados sin salir durante una semana, así que nos tendremos que conformar con estar allí toda la tarde. Pero la comida no está mal…

 

"Está loca" pensé, riéndome interiormente. Pero la verdad era que estaba disfrutando con la conversación. Bueno, parecía más un monólogo que un diálogo, pero en fin…

 

-Ajá. Bueno, luego lo hablamos, ¿vale? Porque hablando de comida, acabo de recordar que estoy muerta de hambre.

 

-Sí, claro, Bi. Bueno, pues hasta luego- canturreó-. ¡Ah! Si no puedes venir por lo que sea, llama a Ian, que seguro que no le importa pasar a recogerte.

 

-No te preocupes, puedo coger el autobús-. Me sentí estúpida una vez lo había dicho. "Se nota que no tengo demasiada experiencia con los chicos" suspiré.

 

-Qué lastima. Cualquier excusa habría sido buena. Bueno, ¡un beso Bi!- y con esa intrigante frase, colgó.

 

 

 

 

-Vale, soy muy lista. ¿Y ahora a donde voy?- refunfuñé en voz baja. Acababa de llegar, pero no tenía ni idea de a donde tenía que ir. Y por si fuera poco, me había costado encontrar la puerta principal.

 

Me encogí de hombros y decidí entrar. La gran puerta de madera chirrió cuando la empujé, pero se abrió fácilmente.

 

El interior era muy distinto a la primera vez que estuve allí: ahora mismo había varias personas que se movían de un lado para otro y cruzaban sus ojos con los míos, pero sin prestarme demasiada atención. Era increíble como tan solo una docena de muchachos podía dar tal cambio a el lugar, así como más calidez, aunque recordé que en mi primer paso por allí me había gustado mucho la iluminación y la decoración del college.

 

Estaba estresada y de pie como una idiota cuando oí mi nombre. Salvación.

 

Al girarme vi a Josh que se acercaba con una sonrisa en los labios.

 

-Menos mal que llegas- le saludé. Se rió y me dio un abrazo como saludo.

 

-Pareces perdida.

 

-No, que va. Solo estaba admirando la decoración- ironicé. Bueno, no era del todo mentira.

 

-Anda, vamos- me dijo, conduciéndome hacia otra puerta más grande-. Layla se acaba de dar cuenta de que no te había dicho donde tenías que ir y hemos salido Ian, ella y yo a buscarte. Que bien que hayas sido tan fácil de encontrar- me explicó riendo entre dientes.

 

-¿Y qué voy ha hacer?

 

-Bueno, te van a atar una silla y te van a dar unas leves descargas para ver cómo reaccionas y si tienes un nivel de defensa lo suficientemente alto para que active tus poderes- me miró muy serio.

 

Mi cara debió de transformarse en una mueca de horror, porque rompió en estruendosas carcajadas y estuvo así un rato mientras repetía:

 

-¡Era broma, era broma!

 

-¡Bi!- dijo una voz con alivio. Me giré para ver a Layla corriendo hacia mí y seguida de Ian.

 

Layla frenó, encarnando una de sus delgadas cejas en dirección a Josh.

 

-¿Y a ti que te pasa?

 

-Hola- me saludó Ian con su gran y preciosa sonrisa.

 

-Hola- le devolví el gesto, pero fue más breve que de costumbre, y él lo notó.

 

-¿Nerviosa?

 

-Bueno, tu gran y simpático amigo me ha estado metiendo miedo, así que sí, nerviosa- contesté, lanzando una mirada asesina hacia Josh, que rió aún más fuerte y se agarraba a Layla que le daba palmaditas con cara de "si no hay más remedio…"

 

-Pues no le hagas ni caso, es imbécil- gruñó Ian, dándole una colleja a Josh-. Será mejor que te acompañe yo.

 

¡Sí, ya lo creo, una gran idea!

 

-Vale- me despedí de la pareja con un movimiento de mano y seguí a Ian dando brincos de lo nerviosa que estaba.

 

-Oye Bi, ¿qué te parecen Layla y Josh?- me preguntó de pasada; aun así, no me engañó. Estaba deseando escuchar mi respuesta.

 

-¡Son geniales!- parloteé con entusiasmo-. Muy simpáticos y agradables.

 

-Y medio locos.

 

-Bueno, Dios los cría y ellos se juntan- cité con una sonrisa traviesa en los labios. Ambos reímos alegremente, y mi felicidad se hizo más amplia si cabe al ver como brillaban sus ojos azules, emitiendo destellos de entusiasmo.

 

-Oye, ¿quieres que me quede?- me preguntó de repente, parándose delante de una inmensa puerta, como no, de madera de nogal. Estaba tallada con miles de detalles y figuras, y hasta yo supe enseguida que era un sitio importante, casi sagrado.

 

Lo medité durante un segundo, pero la respuesta escapó de entre mis labios sin que la hubiese meditado a fondo. Y me sorprendió, porque, aunque no era lo que quería, si era lo que creía correcto.

 

-Creo que es mejor que vaya yo sola- le expliqué con una confianza que no sentía. Él asintió, de acuerdo con mi decisión.

 

-Solo tienes que cruzar esa puerta. Allí te dirán que hacer- tragué saliva y asentí. Sentí el sudor del nerviosismo en mis palmas, pero eso me enfadó. ¿Qué me pasaba últimamente? Yo siempre me había considerado valiente, orgullosa, fuerte y sincera. Y ahora estaba continuamente nerviosa, no inquieta como antes, no, nerviosa. Y constantemente tenía miedo. Y no lo iba a permitir. Iba a seguir siendo yo misma.

 

Y con estos pensamientos, que me llenaron del valor que siempre me había acompañado, crucé la puerta con decisión, dedicándole una última dulce sonrisa a Ian, que me observaba con el ceño fruncido, pero que enseguida cambió la mueca por una mucho más tierna, más acorde con su rostro.

 

Giré con soltura el pomo de la puerta y entré.

 

 

 

 

-Buenas tardes, Bridget- me saludó con una leve inclinación de cabeza Thomas Bates.

 

-Buenas tardes.

 

-Señorita Wells- murmuró con amabilidad otra voz a mis espaldas. Me giré y observé en silencio a la mujer que se ocultaba entre las sombras. Finalmente, avanzó y pude verla con claridad: una señora ya algo mayor me sonreía levemente. Tenía el cabello cano, pero su cuerpo parecía atlético y fuerte. Su rostro era de facciones suaves y algo estropeadas por la vejez, pero mantenía la dulzura en su rostro. Yo la conocía.

 

-Buenas tardes, señora.

 

-Puedes llamarme Constance. No sé si me recordarás. Nos encontramos un par de veces cuando tu amiga Gladys estaba ingresada- frunció el ceño al pronunciar la palabra "amiga". Asentí con la cabeza y miré a Bates, que se acercó a mí y posó delicadamente su mano en mi hombro para indicarme que le siguiese.

 

-Está bien, Bridget. Para empezar, queremos saber lo que eres capaz de hacer. Por lo que parece, puedes crear campos de fuerza, pero puede que el alcance de tu poder sea mayor, y es lo que vamos a averiguar hoy.

 

-Puede que hoy no tengamos resultados- intervino Constance. Vaya nombre…- pero si sigues nuestras instrucciones y practicas, avanzarás enseguida. Pero lo que quiero decir es que no te preocupes si no sucede lo que te pedimos.

 

Asentí con la cabeza a todo lo que decían, pero la verdad, estaba impaciente por aprender. Aprender quién era. Encontrar respuestas para conocerme a mí misma.

 

-Muy bien, Bridget, es sencillo. Concéntrate en la energía de tu interior, y cuando la hayas encontrado, cuando la palpes, déjala explotar. Tienes que sentir que podrías correr más veloz que un coche, que podrías saltar una montaña o hacer explotar el mundo al dejar escapar esa energía que contienes. ¿Sabes de qué te hablo?

 

Ah, sí, lo conocía muy bien. Era lo que sentía antes de empezar una carrera; la adrenalina corriendo por mis venas, la energía en cada punto de la superficie de mi cuerpo, las chispas invisibles que parecían surgir de la punta de mis dedos, esperando hacia fuera y dejarme ganar.

 

¿Pero si era eso a lo que se referían, por qué no había sucedido en todas esas ocasiones, por qué no había creado campos de fuerza entonces?

 

-Lo que tienes que hacer es acumular esa energía en tus manos, empujarla hasta concentrarla en el lugar apropiado. Luego, tienes que visualizar… hummm, veamos… ¿no te acuerdas de lo que sucedió en la carretera, con el camión?

 

-No. Solo recuerdo que tenía miedo y que grité con todas mis fuerzas. Y luego, de repente, el camión tenía la parte delantera abollada como si se hubiese chocado contra una pared y estaba volcado sobre un lateral en el suelo.

 

-Bueno, Ian dijo que habías creado un escudo material contra el que chocó el camión. Explicó que era invisible, pero que debido a su costumbre a tratar con ese tipo de cosas, lo percibió a la perfección. Debiste de gastar mucha energía- Bates me escrutó con ojos inquisidores. Aparté la mirada, molesta.

 

-Entonces tienes que concentrar toda tu mente en cambiar la composición del aire- interrumpió Constance. La miré como si estuviese loca-. Imagina que puedes hacer sólido lo gaseoso y que eres capaz de crear una fuerte pared en frente de ti. Y cuando lo veas en tu mente como si lo estuvieses viendo con los ojos, haz salir esa energía de ti concentrándote en la imagen de tu cabeza. Si lo haces bien, notarás como una especie de descarga pasa por tus dedos y luego los abandona con brusquedad. Y tú, aunque los demás no podamos verlo, serás capaz de admirar el escudo que has creado. ¿Estás preparada?

 

-Sí, pero tengo una pregunta- dije con rapidez-. ¿No se supone que si suelto toda mi energía me quedaré sin fuerzas?

 

-Sí, así es. Pero antes de que te enseñemos a controlar el paso de la energía por tu cuerpo, debes aprender a acumularla y a soltarla en forma de campos de fuerza- me explicó Bates-. Pero no te preocupes; hasta para alguien experimentado, es muy difícil liberar toda la energía que posee. Cierto que liberarás mucha y te sentirás muy débil, pero no llegarás a desvanecerte. Cuando te desmayaste esa vez, fue más debido a la impresión que te llevaste.

 

-Vale, estoy preparada- les informé. Ellos asintieron con la cabeza, pero Bates volvió a abrir la boca:

 

-No te asustes si una vez liberada tu energía te encuentras mucho más sensible. Es algo que siempre ocurre. Bien, cuando quieras. Y tranquila, Bridget. Eso es esencial.

 

Asentí con los ojos cerrados y me concentré; pronto me sentí muy activa, con ganas de correr peleando contra el viento, de explotar en estruendosas carcajadas y de gritar muy fuerte, feliz. Esa parte la había hecho bien, es la que llevaba practicando toda mi vida cuando tocaba motivarse para ganar algún deporte. Siempre que me sentía así, tenía la sensación de que iba a explotar de un momento a otro.

 

Ahora, tenía que llevar toda esa energía que me recorría el cuerpo con un agradable sentimiento hacia mis manos. Poco a poco, fui empujando esa especie de "poder", y para mi sorpresa, noté que funcionaba y que se desplazaba lentamente hacia donde yo quería. Finalmente, lo conseguí; notaba en mis manos un agradable cosquilleo, y me las imaginé brillantes y repletas de luminosidad como dos soles recién recargados de su luz.

 

¿Y ahora? "Visualizar el escudo, transformar lo gaseoso en sólido, cambiar su composición molecular" me repetí interiormente. "Visualizar el escudo, transformar lo gaseoso en sólido, cambiar su composición molecular…"

 

 

 

Salí exhausta pero orgullosísima de mí misma. ¡Lo había conseguido! ¡Sí! Y me sentía genial, especial y libre. Pero, ay, como quería estar ahora mismo en la cama…

 

Salí del pasillo y torcí a la izquierda, por donde había ido con Ian. Si no recordaba mal, ahora entraría en una pequeña y acogedora sala con un montón de estantes llenos de libros, una chimenea y mullidos sillones…

 

Ajá. Y allí estaban ellos, en un rincón al lado de la chimenea, apretujados en uno de los pequeños sofás. Layla leía muy concentrada su libro; Josh movía con los ojos cerrados la cabeza al ritmo de la música, balanceando también los pies descalzos, que descansaban encima de las rodillas de su amiga; e Ian, sentado en el suelo y apoyado en el sofá, escudriñaba en silencio las llamas de la chimenea.

 

Pese a que la sala estaba llena, no había demasiado ruido; la gente se entretenía charlando y riendo, o leyendo y escuchando música como mis amigos. A pesar de ello, les agradecí el tono en el que hablaban, bastante suave y agradable al oído, sobre todo para mí, que la cabeza me daba vueltas.

 

Me acerqué a ellos, todavía con esa sensación de paz y orgullo que había adquirido en la sala donde había realizado La Prueba, como lo llamaría a partir de ahora, y me dejé caer al lado de Ian con suavidad.

 

-Hola- susurré. Layla estaba tan enfrascada en su lectura que no se había enterado de que había llegado, y Josh permanecía con los ojos cerrados, así que nadie me agobió a preguntas sobre la prueba.

 

-Eyy- me dijo en voz muy bajita, con una sonrisa bailando en sus labios. Debió de ver mi cara de sueño, porque sonrió aún más, y me atrajo dulcemente hacia a él poniendo un brazo sobre mis hombros. El corazón se me paró durante un segundo y acto seguido comenzó la carrera de siempre. El pobre se estaba volviendo loco.

 

Apoyé la cabeza en su hombro, fuerte y seguro, e inspiré profundamente su aroma, que me confundía y abrumaba. Allí delante de la chimenea y abrazada por sus ardientes brazos se estaba tan a gusto…

 

-¿Qué tal te ha ido, pequeña?- preguntó con sincera curiosidad a la vez que apartaba un mecho de mi cabello que había caído sobre mis ojos.

 

-Te lo… te lo mostraría, pero no sé si tengo fuerzas- bostecé, acurrucándome.

 

-Entonces mejor mañana. Debes de estar cansadísima. Además, yo ya he visto lo que eres capaz de hacer- levanté la vista hacia él en busca de sus ojos y me guiñó uno de ellos.

 

-Sí, mejor mañana. Ahora debes ayudarme a escapar de Layla y Josh… ¿cómo puedo salir sin que me vean? ¿Por la ventana del baño?- bromeé.

 

-Bueno, creo que estos dos no se enterarían de nada aunque les cayese un trozo de techo en sus grandes narizotas- susurró Ian riendo en voz baja. Otro bostezo por mi parte, interrumpido por una leve carcajada ante su comentario.

 

-Tengo suerte de que mañana haya puente- murmuré, con los párpados pesados-. Si no, creo que sería incapaz de levantarme de la cama.

 

-Ostras, me había olvidado- se espabiló Ian-. Mierda, pero yo estoy castigado sin salir de aquí, así que peor todavía que si hubiese Instituto… así por lo menos me daba un poco el aire.

 

-Es verdad, me lo ha dicho Layla. ¿Qué habéis hecho?

 

-Bueno, hay un chaval, Derek, que me toca mucho las narices- dijo con el rostro sombrío y la voz dura- y estoy harto de soportar todas sus tonterías. Así que me limité a decirle lo que pensaba de él cuando me soltó una frase típica de las suyas y me empujó contra la pared. Fue un imbécil, ya que tenía poco que hacer, la verdad, sus poderes son mentales y lo único que sabe hacer es detectar las mentiras, y por tanto, ser un mentiroso de primera; y aunque es bueno en la lucha cuerpo a cuerpo, sin querer le chamusqué un tanto las mangas de su jersey…- se rió de nuevo, agitando el pecho de forma que yo, apoyada en él, también me movía-. No le pasó nada, claro, en cuanto me di cuenta de que me pasaba de la raya, lo apagué, pero en ese momento apareció Constance y olió el humo…

 

-¿Y Josh que tiene que ver con eso?

 

-Nada, Josh iba con Constance, castigado por otra cosa- rió.

 

-Pues…- empecé a decir, pero Layla tiró el libro al suelo y me miró con entusiasmo, haciendo que Josh abriese los ojos y se quitase los cascos.

 

-¡Eh! ¡No sabía que estabas aquí! ¿Hace mucho que has llegado?- preguntó sintiéndose culpable y mordiéndose el labio inferior.

 

-¿Qué tal ha ido?

 

-Bieeeeeeeen- contesté, bostezando por enésima vez. Me sonrieron con compasión.

 

-Bueno, eso es genial. ¿Sabes? Josh tardó una semana en aprender a manifestar su poder- cuchicheó Layla.

 

-¡Y tú cinco días, idiota!- replicó indignado su amigo.

 

-Sí, bueno, el mejor fue Ian, solo tardó dos- musitó con un mohín-. Aunque aquí no había nadie para saber si es verdad, eh… pero en fin, que no te preocupes si no te sale…

 

-Layla, deja de agobiar a Bi, está cansada- se quejó Ian. Luego, añadió con orgullo en su voz-: Además, quién te ha dicho que no lo ha conseguido…

 

-¿Qué?- preguntaron al unísono ambos, con los ojos abiertos como platos.

 

-Bueno, debo de haberme pasado allí como tres horas. Si no hubiese conseguido nada, ¿no habría sido un poco decepcionante?

 

-Vaya, es verdad, has estado mucho tiempo- confirmó Josh, mirando la hora-. Normalmente las pruebas duran una hora u hora y media… Es raro…

 

-¡Pero es increíble que lo hayas conseguido a la primera!

 

-Que va, ya quisiera yo que hubiese sido a la primera- murmuré medio dormida. "Quiero dormir", pensé con otro gran y sonoro bostezo. No recordaba haber tenido tanto sueño nunca. Me pesaban los párpados y luchaba contra ellos con las fuerzas que me quedaban.

 

-Vale, ya. Cerrar la bocaza, mañana si queréis la bombardeáis a preguntas, pero ahora nos vamos a casa- les informó con firmeza Ian, incorporándose con suavidad y ayudándome a levantarme.

 

-¿Cómo vamos a volver?- pregunté soñolienta. Me había encantado su moto, pero no me apetecía demasiado que el viento frío me espabilase, y además, quería estar calentita.

 

-Te acompaño en autobús-. Debí de murmurar algo que la verdad, ahora no recuerdo, porque se rieron y Layla me dijo:

 

-Tú de lo único de lo que te tienes que preocupar es de no llevar esa cara de grogui o tu padre no te dejará salir con nosotros nunca más.

 

Moví la mano en un gesto de despedida e ignoré su comentario.

 

-¡Eh, esperad!-ambos nos giramos hacia Josh, que se deba golpecitos en la sien-: Estás castigado, amigo.

 

-Ah, joder, es verdad- me miró con la disculpa asomando en sus ojos perfectos.

 

-No te preocupes, sé donde está la parada del autobús- le tranquilicé esbozando una sonrisa.

 

-Ya, pero quería acompañarte hasta casa…

 

-No seas tonto- le hice una mueca-. ¿Ir conmigo hasta allí, cuando ahora mismo estoy muerta de sueño y no soy la mejor compañía del mundo, y gastarte dos euros más para volver tu solo?

 

Sonrió y asintió:

 

-Exacto.

 

Sacudí la cabeza y puse los ojos en blanco.

 

-Tranqui, Ian, yo la acompaño hasta la parada- decidió Layla, levantándose de un brinco.

 

-No gracias; no soy una niña pequeña, no necesito niñera- protesté refunfuñando.

 

-Estás muerta de sueño, Bi. Si no voy allí te quedarás dormida en un banco, o en un mejor caso, si no doy instrucciones al conductor para que te avise cuando te toque bajar, a saber donde acabarás- los chicos rieron y yo me limité a sacarle la lengua, sabiendo que tenía razón.

 

-Vale- acepté. Acto seguido, entrecerré los ojos y les señalé con un dedo acusador-, pero que sepáis que os pasáis de sobre protectores.

 

-Sí, sí, anda vamos…- me dio la razón como a los locos y me empujó hacia la puerta.

 

 

 

 

Me desperté a las diez, con un leve dolor de cabeza. Me revolví en el edredón, intentando escapar de las pesadas sábanas, y como resultado, conseguí golpearme la cabeza contra el cabecero blanco de la cama. "Genial" pensé, frotándome la cabeza y parpadeando para contener las lágrimas de dolor. "Ahora sí necesito un gelocatil".

 

Me levanté dando tumbos y subí las persianas de las grandes puertas de cristal que daban a la terraza, dejando entrar los rayos matutinos del sol. Inspiré hondo al notar la caricia de la luz en mi piel, morena aún en pleno otoño, debido a la sangre española de mi madre. Dejé que la luz calentase lentamente mis brazos durante unos segundos, y finalmente, me dirigí a la cocina.

 

-Buenos días, papá- saludé alegremente, posando un beso en su mejilla. Me dirigí a la cafetera y me serví el café en mi taza favorita, del Pato Donald.

 

-Buenos días, cariño. ¿Qué tal has dormido? Ayer parecía que no podías con tu alma.

 

-Bien, bien…- contesté distraída mientras metía la taza en el microondas. Lo cierto es que llevaba varios días sin sufrir mis pesadillas.

 

-Ajá- volvió a concentrar su atención en el periódico-. Ah, he hecho tortitas. He conseguido rescatar dos antes de que Johnny las engullese.

 

-¡Genial!- canturreé entusiasmada.

 

-Bueno, ¿y qué tal el colegio? ¿Y los compañeros? Lo siento, Bi, sé que no os he atendido demasiado desde que estamos aquí, pero yo también necesitaba adaptarme a mi nuevo trabajo. Aunque supongo que eso no es excusa. No volverá a pasar- se disculpó, dejando caer las gafas de lectura por su larga nariz para enfocarme mejor.

 

-No fe freocufes- farfullé con un gran trozo de tortita en la boca-. No te preocupes, Johnny y yo lo entendemos y queremos ayudarte.

 

Le di un gran abrazo y continué devorando la especialidad de mi madre, mientras le observaba con atención. Sabía que todo era muy duro para él sin la compañía y el apoyo de mamá y que la echaba terriblemente de menos. "Yo también te echo de menos, mamá", pensé, conteniendo las lágrimas y dejando que el pelo ondulado me tapase la cara para que papá no se diese cuenta. A pesar de ser un hombre alegre y ocupado, y que pasaba todo el tiempo que podía con nosotros, tenía sus momentos de bajón. Era capaz de sentarse en un sillón durante horas con la mirada perdida, sin que Johnny ni yo fuésemos capaces de devolverle al mundo real, con nosotros; esos momentos nos angustiaban muchísimo: era palpable su tristeza, su necesidad de estar con la persona a la que más amaba. Y nos dolía a nosotros también. Claro que nos dolía; nos destrozaba. Cuando mi padre al fin reaccionaba, era yo la que me derrumbaba en silencio. Hasta entonces, en esos momentos- que ahora eran menos frecuentes, pero que seguían sucediendo de vez en cuando-, Johnny y yo le observábamos con el corazón en vilo ocultos para que no supiera que le mirábamos al recordar sus mejores instantes que se habían transformado de la noche en la mañana en sus más profundos anhelos, y compartir de esa forma su sufrimiento.

 

-Bueno, cariño, cuéntame cosas- pegué un respingo y parpadeé varias veces antes de estar segura de que mi cara parecía alegre, y me atreví a mirarle.

 

-Bueno, el colegio me va bien… La media de los controles hasta ahora es más o menos un 8 o un 7,5… menos en física. En esa seguiré siendo nula para siempre. Es algo… horrible.

 

-Lo sé, en eso saliste a mí- rió-. A tu madre se le daban bien. Y no te preocupes por lo de la arquitectura. Siempre la acabas sacando.

 

Me conocía bien; desde pequeña soñaba con ser arquitecta. Bueno, no es del todo cierto. Mi sueño era ser fotógrafa. Viajar por todo el mundo e inmortalizar los recuerdos, y más tarde, mostrárselos al mundo. Pero cuando comprendí que tendría pocas salidas, decidí hacer arquitectura. Dibujaba muy bien y estaba decidida ha hacer una carrera artística. Pero la física siempre lo fastidiaba todo. Era una asignatura importantísima si quería estudiar eso, y la llevaba francamente fatal.

 

-Y los compañeros son todos muy majos- proseguí, testaruda. No me iban a fastidiarme la mañana ni Newton ni sus leyes-. Aún no conozco a demasiada gente, pero Geena y Miriam me caen genial. Y sus amigos… Y luego están Ian, Layla y Josh. Son amigos de Ian que no van al instituto, pero son muy simpáticos…

 

Levanté la mirada y vi los ojos de mi padre cargados de ternura. De un color chocolate, grandes e inocentes, me observaban con tanto amor que le estreché en un imprevisto y cálido abrazo. Y quise contárselo todo. Absolutamente todo. Lo de mis poderes, lo del college… para demostrarle que confiaban en él, que me tenía allí, y que me tendría para siempre.

 

Pero claro, no pude.

 

 

 

 

 

 

 




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