Historia al azar: Me Adelantè Al Futuro.
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Dulces Sentimientos » Capítulo 5
Dulces Sentimientos (ATP)
Por AliCe CUlleN
Escrita el Domingo 12 de Abril de 2009, 16:28
Actualizada el Viernes 26 de Febrero de 2010, 11:47
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Capítulo 5

El hombre que entró en la habitación tenía el pelo gris, y aspecto cansado. Sus ojos, también grises, así como su vestimenta, se fijaron en mí, y sonrió amablemente. Luego paseó su mirada por el resto del cuarto y dedicó a Ian una mirada algo severa.

 

-Deberías haberme avisado. Podríais haber estado el peligro.

 

-Lo sé. Pero pensé que sería lo más rápido, y con lo débil que estaba no habría podido defenderse en caso de problemas- dijo, señalándome.

 

-Bueno, lo hecho, hecho está- murmuró con un suspiro acercándose a mí-. ¿Qué tal te encuentras, Bridget?

 

-Algo confundida, señor. Pero me siento perfectamente, gracias- contesté con sinceridad. Noté los ojos ardientes de Ian posados sobre mí en cada momento, pero no me atreví a mirarle. Mis ojos expresarían demasiado en ese momento, estaba segura. Pese a todo, mi cabeza parecía estallar por todas las preguntas que me surgían cada instante: ¿qué hacía ese hombre allí? ¿Qué era ese sitio? ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo había conseguido esquivar, o lo que fuera que hubiese pasado, a un camión gigantesco?

 

-Te entiendo- dijo con tranquilidad- y ahora mismo tendrás las respuestas. Pero antes, Ian, si no te importa…

 

El chico relató con todo lujo de detalles lo que había pasado aquella tarde: habíamos quedado en el centro comercial y pensaba llevarme a un lugar concreto, la multitud nos separó y yo fui a cruzar…

 

-Cuando se dio cuenta había un camión acercándose más rápido de lo permitido. Bridget se quedó paralizada, supongo que por el miedo. El corazón se me paró cuando lo ví…- el mío en cambio comenzó a latir desenfrenadamente cuando oyó la frase- no sabía cómo pararlo, lo podía hacer explotar, por supuesto, pero eso habría supuesto la muerte del hombre que iba dentro y puede que de la propia Bridget, que se encontraba muy cerca…

 

Abrí la boca ante aquellas palabras para intervenir, pero el hombre de gris,  que seguía junto a mí, posó una mano sobre mi hombro para que permaneciera en silencio.

 

-El camionero vio algo tarde a Bi, pero aún así, intentó frenar. Estaba tan cerca que yo lo sabía, la iba a aplastar, y me sentía tan inútil… la iba a matar- la voz le tembló ligeramente al final de la frase, lo que me enterneció e hizo que aún hubiera menos posibilidades para mí de apartar la vista de Ian, aunque este, por primera vez, rehuía mis ojos verdes.

 

>> Pero Bridget logró recobrar el movimiento, aunque tarde. Sin embargo, se agachó como para esperar el golpe, hubo un fogonazo de luz… y el camión cayó hacia un lado, con la parte delantera arrugada, como si se hubiese chocado contra una pared- continuó, repitiendo sus propias palabras- lo que no percibió la gente era la inmensa cantidad de energía que salió de ella, de Bridget… pero alguien como yo, con los sentidos tan desarrollados, lo percibió claramente.

 

>> No me dio mucho tiempo a sentirme aliviado o sorprendido. Me abrí paso entre la gente y la encontré allí en el suelo, y aunque le costaba respirar y se encontraba muy débil, estaba viva. La cogí en brazos, sabiendo que si no nos dábamos prisa, estaríamos en peligro, pues sin duda, los cazadores no tardarían en localizarnos.

 

Tras sus palabras, la habitación se quedó en silencio. Se podía oír el fuerte viento silbando entre los árboles y golpeando las ventanas de cristal.

 

Pero yo tan solo intentaba asimilar la información proporcionada. Según el relato de Ian, una energía proveniente de mi interior había frenado al vehículo en seco. Bien, la parte de la energía consumida coincidía con mis recuerdos y sensaciones. Pero yo lo atribuía más bien al cansancio y no a un fenómeno sobrenatural como pretendía dar a entender él.

 

-Es imposible- espeté, rompiendo el silencio- ¿quieres decir que he hecho… magia, o algo por el estilo?

 

Ian y Joan, su amigo, cruzaron una mirada. El hombre, sin embargo, me taladró con sus ojos grises. Con un suspiro, comenzó ha hablar:

 

-Me llamo Thomas Bates. No es la primera vez que nos vemos, ¿no es así? Me has visto en el hospital, velando por tu amiga Gladys- puso énfasis en la palabra "velando"-. Supongo que te preguntas que hago aquí. También te preguntarás porqué tardaste tanto tiempo en despertar tras el incendio y por qué Gladys despertó hace tampoco y no dejan visitarla. Tengo respuestas para todo eso, sí. Pero nuestra historia remonta muchísimos siglos atrás.

 

>> Hace mucho tiempo, puede que desde que las primeras generaciones de humanos pisaron la Tierra, han nacido unas pocas personas con dotes especiales. Puede que una entre un millón, pero las antiguas leyendas describen a esas personas como seres más especiales que las demás restantes. Los elegidos por los dioses, decían, los protegidos. Personas marcadas para llevar acabo una misión, gente en minoría a la que se le ha prohibido llevar una vida normal.

 

Su voz se tiñó por un instante de un tono amargo, pero no hizo más pausa y continuó:

 

-Estaban destinados a ser grandes. Dependiendo de las diferentes culturas, se les conocía como Dioses, ángeles, magos… hoy en día nadie cree en ellos.

 

>> Esas personas, como ya te he dicho, tenían dones, y no se integraban con normalidad en la estricta sociedad. Hoy en día, pese a pasar desapercibidos, tienen una doble vida y no pueden tener una existencia normal. Los dioses son caprichosos, Bridget: un don a cambio de una vida de servidumbre.

 

>> Te preguntarás qué son estos dones de los que te hablo continuamente: son muy distintos, pero puede haber personas con el mismo don, como por ejemplo la clarividencia, que se da con frecuencia, aunque algunos dotes son únicos.

 

>> Aquí, en este lugar en el que te encuentras, enseñamos a explotar el potencial de nuestros alumnos, y realizamos las clases más ajustadas al don del estudiante para enseñarle a manejar su poder.

 

>> Los dones, como ya te he dicho, son muy diferentes. En esta habitación, por ejemplo, te encuentras con alguien con el don de la invisibilidad; con el de la telepatía, otro de los más conocidos, aunque no por ello menos sorprendente; y con eh… con alguien capaz de manejar el fuego.

 

Mire a Ian todavía sin poder creer nada de lo que me decían. ¿Qué esperaban, que me lo creyera así por las buenas? Me habían hablado de dioses, ángeles, seres extraordinarios, poderes especiales que no seguían las normas de la naturaleza tales como la invisibilidad o la telepatía, en los que, como muy bien había dicho el señor Bates, nadie creía hoy en día.

 

Me sentí asustada de repente. ¿Qué hacía en aquel lugar de locos? Me había traído mi amigo contando una historia imposible… ¿por qué? Esa gente no... Mejor dicho, el señor Bates no me transmitía confianza… ¿y si Ian no era en realidad la persona que yo creía que era?

 

-Supongo que querrás pruebas- continuó el señor Bates diciendo tranquilamente, como si me hubiese leído el pensamiento.

 

Mi reacción había sido visiblemente comprensiva. Supuse que no era la primera vez que contaba esa historia. Me estremecí de pies a cabeza.

 

-Ian- llamó el señor Bates.

 

Dirigí mi mirada hacia el muchacho. Mis ojos verdes chocaron con los suyos de azul zafiro, que volvieron a rehuirme. Un color como el que jamás había visto, frío como el hielo, pero cálido y tierno a la vez. La sensación de frialdad era únicamente provocada por el color, porque la intensidad con la que miraba más bien abrasaba la piel. Por lo menos a mí.

 

-¿Qué quieres, qué haga estallar la puerta en llamas? Te recuerdo que el que paga aquí no soy yo.

 

Le observé, sorprendida por su tono rebelde y desafiante.

 

-Está bien- contestó impasible Thomas Bates, como si no se hubiese dado cuenta de la frialdad de mi compañero.

 

Se levantó de forma que pudiera tener una buena visibilidad y clavó sus ojos grises, fríos pero amables, en los míos. Me dedicó una suave sonrisa tranquilizadora, e, inmediatamente después, sacudió la mano con un movimiento suave y elegante.

 

Instantes después, ví con la mayor sorpresa de mi vida, como su cuerpo iba desapareciendo lentamente.

 

Solté un grito ahogado cuando su cabeza desapareció pero una voz salió del lugar donde segundos antes había estado su boca.

 

-No somos tan diferentes, Bridget.

 

Me levanté bruscamente, casi sin darme cuenta. Esa frase me aterró demasiado, no supe comprender porqué. No sé si me daba miedo ser diferente, como él, o simplemente es que estaba histérica.

 

-Tranquila, Bi- me susurró con suavidad una voz al oído, mientras unos brazos agarraban con dulzura mis hombros, por detrás de mí. No necesité girarme para ver quien era, porque ya conocía bien aquella voz, pero su simple contacto le habría delatado aunque no hubiese dicho nado. Su piel ardía.

 

Respiré hondo, todavía de cara al hombre invisible. Las manos de Ian me acariciaban a fin de tranquilizarme, y lo hacían, pero también provocaban que mi corazón latiera frenético.

 

-Lo siento, no quería asustarte- la cara del señor Bates apareció de nuevo, sonriéndome a modo de disculpa. Logré dominar ese nerviosismo irracional que me acababa de poseer, y cabeceé como para decirle que no tenía importancia.

 

-Bridget, te he traído aquí para protegerte de los cazadores- intervino Ian, con una de sus manos todavía agarrando mi brazo, quemándolo con su agradable temperatura. Otra vez nombraba a aquellos cazadores. El nombre parecía sacado de un cuento de ciencia ficción- pero tarde o temprano te tendría que haber traído para que conocieras tu naturaleza, una vez habiendo visto lo que ha pasado esta tarde. Pero si no quieres seguir escuchando esto ahora, puedo comprenderlo. Te prometo que nos podemos ir, si quieres.

 

Me habló con firmeza y seriedad, ignorando a Joan, y más todavía a Thomas Bates. Sus ojos azules ardían con fuerza, afirmando que no era una prisionera, que estaba allí para conocer mi historia y nada más, y que cualquiera que dijese lo contrario, se tendría que enfrentar a él.

 

Suspiré interiormente. Su simple presencia había apagado el miedo que había estado allí apenas hacía un minuto. Ahora no tenía ningunas ganas de marcharme. Ni tampoco de escuchar lo que tuviera que contarme aquel extraño hombre. Me conformaba con bucear en la profundidad de sus ojos.

 

-Estoy bien, Ian- susurré- de verdad.

 

-Como te he dicho en este college enseñamos a nuestros alumnos a manejar sus dones- evité una mueca de sorpresa: eso no era una mansión, si no uno de los centenares de colleges que había en Oxford- y nos sentiríamos llenos de gratitud si decidieras aprender junto a nosotros. Estudiaríamos tu don a fondo, y luego te enseñaríamos a utilizarlo. Joan e Ian viven aquí, junto a muchos más alumnos que cada día mejoran en el aprendizaje. Por supuesto, asisten a las clases obligatorias, como cualquier otro adolescente. Los que lo desean pueden tener estudiar aquí, en el college, pero también hay gente que lo hace en institutos, como Ian.

 

>> Me gustaría poderte explicar el inmenso mundo de nuestros… poderes, por así decirlo, con mucha más tranquilidad. Sin embargo, ahora es tarde y por lo que sé, tu padre vendrá a buscarte enseguida. Puedes venir cuando quieras Bridget, serás bienvenida siempre. Además, creo que hay preguntas que aún no he contestado, y sé que a esta edad tenéis todos una curiosidad insaciable.

 

Hice una mueca al ser tratada como una cría. Ni por asomo lo era, había sufrido demasiado como paro no ser más madura. Había cargado con el peso de la muerte de una madre sobre mis hombros desde que era pequeña; había sido una madre para Johnny todo ese tiempo; hacía la comida y limpiaba la casa todos los días, complementándolo con los deberes, el estudio y el deporte que hacía. Y miles cosas más que habían hecho que dejara escapar la niñez entre mis dedos antes de tiempo.

 

Pero el señor Bates tenía razón: mi curiosidad era insaciable y aún tenía mucho que saber: las dudas sobre Gladys, cómo funcionaban aquellos dotes, por qué se daban en algunas personas y en otras no, qué demonios eran los cazadores…

 

Me levanté para irme y dar las gracias a Joan y a Thomas Bates por su hospitalidad. Ian estaba preparado para acompañarme, y mi padre estaría aquí en breves. Tenía pensado regresar, por supuesto, aunque aún no había decidido nada sobre lo de las clases esas. Además, aunque sabía que en el fondo sí que había creído la historia de Bates, no quería hacerlo. Quería más pruebas.

 

Salimos en silencio del college. No nos cruzamos con nadie, por lo que supuse que los alumnos estaban cenando o no había tanta gente como Bates me había hecho creer.

 

En el exterior ya era de noche. El viento era frío, y soplaba con fuerza, haciendo a los árboles sacudir sus hojas. El silbido del viento me resultó reconfortante, pese a enrojecer de frío mis mejillas por el cambio de temperatura: siempre me había encantado el viento.

 

-Brrrru- resoplé. Era una noche bastante fría, y eso que aún estábamos comenzando el otoño. Pero en Inglaterra nunca se sabe, en verano puede hacer más frío que en un día de invierno.

 

-¿Quieres mi chaqueta?- me preguntó Ian, sonriendo en la oscuridad.

 

-No, no te preocupes, gracias. No estará muy lejos… ¿O sí?

 

-No, pero toma- se desabrochó la cremallera y me pasó un bulto arrugado.

 

-Te vas a congelar- protesté.

 

-Nunca tengo frío- me dijo con una carcajada. Recordé su piel siempre ardiente y le toqué el brazo desnudo levemente con la yema de mis dedos. Pese a llevar una fina camiseta blanca de manga corta, estaba tan caliente como siempre.

 

-¿Por qué?- murmuré.

 

-¿No has oído a Bates?- susurró con la voz algo lúgubre. No sabía por qué, pero algo en la actitud de aquel hombre le había molestado profundamente.

 

Intenté recordar algo que hubiese dicho que diera sentido a mi pregunta, pero no lo encontré. Le sonreí y me encogí de hombros.

 

-Te lo enseñaré. Pero no hoy- me prometió.

 

Anduvimos otro trecho más mientras el rebelde viento alborotaba mis cabellos. Miré de reojo a mi acompañante. Su piel morena hacía que fuera aún más difícil distinguir sus rasgos en aquella negrura, y apenas podía ver el brillante color de sus ojos. Le sorprendí revolviéndose el pelo, como si estuviera muy concentrado pensando.

 

-Bi…

 

-¿Sí?

 

-¿Vas a volver o solo era una trola?

 

-Creo que nunca me has visto mentir- dije levantando una ceja, mientras una sonrisita asomaba en mis labios- si no, te habrías dado cuenta.

 

Se rió conmigo, soltando unas carcajadas alegres.

 

Finalmente, llegamos al parque del que me había hablado. Estaba cerca del college, pero este no se veía desde donde nos encontrábamos. Ahora entendía lo que me había dicho antes Ian: "No es conveniente que sepa demasiado".

 

-Ian- llamé, sentándome en un columpio; mi padre aún no había llegado.

 

-¿Humm?

 

-¿Qué son los cazadores?- pregunté con curiosidad: me tenían intrigadísima.

 

-Eh, pues…- noté su vacilación y no quise meterle en un compromiso.

 

-No te preocupes- interrumpí, bajando la vista. Ya me enteraría, después de todo.

 

Se sentó en el columpio de al lado sin hacer ruido. No hubiera sabido que estaba allí si no se hubiese encendido una luz de repente. Giré la cabeza automáticamente para ver que había sido y me quedé boquiabierta: una débil llama alumbraba su rostro perfecto que me miraba con seriedad. Pero lo increíble era que el fuego salía de su dedo índice, como si fuera un mechero.

 

-¿Qué…? ¿Cómo…?- logré balbucear. Pero ya lo había entendido, la voz de Ian surgió de mis recuerdos y disparó en mi mente: "lo podía hacer explotar, por supuesto"; "¿qué quieres, qué haga estallar la puerta en llamas?"; y al señor Bates diciendo: "te encuentras con alguien con el don de la invisibilidad; con el de la telepatía; y con eh… con alguien capaz de manejar el fuego".

 

-Vaya…- observé fascinada la débil llama que prendía de su dedo y luego dirigí la vista a sus ojos, que me observaban con desconfianza.

 

-¿No te molesta?

 

-¿Por qué iba ha hacerlo?- pregunté confundida por la pregunta. Recordé su resistencia a haberme respondido antes al preguntarle por su temperatura.

 

-Bueno, después de todo, soy un bicho raro capaz de prender fuego a cualquier cosa- murmuró con la voz dura.

 

-Y yo uno que al parecer puede crear campos de fuerza…- susurré.

 

Levantó la mirada y observó detenidamente mi semblante. No, claro que no me molestaba… más bien me hipnotizaba. No sabía si era porque era él quien hacía el fuego, pero estaba segura de que con cualquier otra persona también me habría sorprendido.

 

Solamente estaba… abrumada. No podía asimilar todo aquello de golpe. Estaba tan confusa… mi mundo se había puesto boca a bajo de repente: todo en lo que no creía resultaba ser verdad. Si me hubiesen dicho que los reyes magos estaban tomando ahora mismo el sol en el Caribe, habría sido capaz de creérmelo.

 

-Es que temía que…- dijo en voz baja, cortando la frase al final.

 

-¿El qué?

 

-Bueno, he visto tu reacción frente a Bates, y tenía mie… eh… bueno, no quería ver el rechazo en tus ojos, ni que pensaras que me había acercado a ti solo para traerte a un lugar lleno de gente extraña, utilizándote.

 

Se sonrojó levemente ante su desliz, del que yo en ese momento no me percaté, y me concentré en lo último que había dicho, lo de que me había utilizado.

 

Mi primera reacción fue de dolor y traición. Le habían obligado a vigilarme, claro. No era una casualidad haberme encontrado con Ian así, y que luego resultara que era igual que los tipos esos. Igual que yo.

 

Retuve las lágrimas y evité sus ojos, clavándolos en la grava del parque.

 

-Ah, ¿no? Mucha casualidad, ¿no crees?- resoplé con la voz fría y carente de emoción.

 

-¿Qué?- jadeó- ¡ya te he dicho que no ha sido por eso!

 

-Ni siquiera lo había pensado, Ian- entonces sí que le taladré con la mirada. Mis ojos lanzaban llamaradas y sentía como la furia se extendía alejándome de mi carácter habitual. Conmigo nadie jugaba. Nadie-. ¿Pero no crees que, bueno, resulto ser de los raros, como tú los llamas, y justo cuando demuestro mis "dones" estoy delante de una persona que me lleva inmediatamente con su gente diciéndome que me tengo que unir a ellos por el bien de los demás?

 

Estaba gritando. Él aguantaba mi enfado con el semblante serio y la mandíbula tensa, pero en sus ojos pude adivinar un sentimiento de… ¿culpabilidad y pena?

 

-Bi, por favor, escúchame antes de decir nad…

 

-¡No quiero seguir escuchándote, Ian!- ladré. Siempre había tenido un genio muy vivo- ¡solo has jugado conmigo! ¡Te has hecho pasar por mi amigo para traerme aquí cuando llegase el momento! ¡Estabas aquí para vigilarme!

 

Me puse de pie impulsando con fuerza el columpio y me alejé de él con grandes zancadas. La sangre me hervía y odiaba ese sentimiento. Me había traicionado. Le importaba una mierda, solo seguía órdenes.

 

-¡Bridget, escúchame!- una mano aferró con fuerza mi muñeca e hizo girarme, para enfrentarme a él. Lo hizo con brusquedad, de modo que choqué con su pecho y al levantar la cara para mirarle, nuestras narices casi se rozaban- No te he utilizado nunca. Nunca, ¿me oyes? Y siento que lo creas. Lo siento muchísimo. Crees que yo solo…

 

-Que solo te mostrabas amigable porque te lo había pedido Bates.

 

Mi voz sonó ahora débil y cargada de tristeza. Ya no quería marcharme, solo apoyar la cabeza en su pecho y que me dijera que eso no era cierto, que no tenía nada que ver con lo que de verdad había pasado. Quería creer que de verdad era mi amigo. Que podía confiar en él.

 

Sus ojos, que ardían con fuerza, abrasadores por la frustración que sentía cuando me había sujetado, también parecieron perder fuerza. Me miraron con la misma expresión que suponía que tenían los míos y me pedían perdón por hacerme daño.

 

-No es así. No cómo tú crees- murmuró-. De alguna manera, Bates y los Superiores sabían que iba a llegar otro a Oxford, donde tienen su… refugio, por así decirlo. Sabían que era joven y que iría a algún instituto. Era de vital importancia encontrarle antes que los cazadores, claro. Yo iba al instituto de esta zona, y me pidieron que vigilara por si fichaba a alguien que pudiera ser… de los nuestros.

 

>> No únicamente a mí, claro, también pidieron a los demás chavales que estudiaban fuera que buscaran. Por otra parte, ellos no dejarían de estar atentos.

 

>> No me gustaba lo que me habían pedido: yo no estaba allí para hacer espía de nadie, solo quería estudiar, como un alumno más. Pero les dije que sí solo para que dejaran de darme la brasa.

 

>> Llegó el primer día de instituto y me lo volvieron a recordar: "estate atento", me dijeron. Pensé ir y si veía algo fuera de lo común, informar, pero no buscar debajo de las piedras a esa persona que tanto ansiaban encontrar. Llegó mucha gente nueva al colegio, como siempre. En mi curso, solo estabais tú y Gladys, pero nadie había dicho que al que yo buscaba tenía que ser de mi edad, y por otra parte, yo no conocía a toda la gente del colegio ni por asomo, por lo que no tenía ni idea de si gente de otros cursos había llegado allí ese año o si por el contrario, estaban allí desde antes que yo.

 

>> Admito que no me lo tomé muy enserio; como ya te he dicho, no me gustaba ese trabajito que me habían encasquetado, y no le di mucha importancia. Ya tenía suficiente con pasar desapercibido y parecer un chico normal.

 

>> Pero no pude evitar fijarme en ti… y en Gladys. Me recordaba demasiado a alguien, estaba seguro de que la había visto en alguna parte, y además era tan independiente y fría… solo le interesaba ir contigo. Parecía ser tu guardaespaldas.

 

Seguíamos pegados, inconscientemente. Nuestra respiración era lenta y relajada, acompasada. Yo estaba inmersa en lo que me estaba contando, y él parecía muy concentrado.

 

-Erais las dos muy distintas. Tú graciosa, divertida y despreocupada… y ella… ella era una amargada. Si quieres mi opinión, te pegan mucho más Geena y Miriam.

 

Fui a protestar al hablar así de mi amiga, no sabía que le pasaba con ella, pero no iba a permitir que dijera esas cosas. Sin embargo, él me lo impidió, poniendo suavemente el dedo índice sobre mis labios, pidiéndome silencio y confianza. Le concedí ambos.

 

-Tú… bueno, me llamabas la atención. Eras diferente a los demás. Quise saber más cosas de ti, y en contra de lo que había hecho siempre, intenté trabajar amistad. Lo que te ha contado Bates: como somos distintos, no debemos tener amigos fuera de este lugar- hizo un gesto refiriéndose al college, mientras sus ojos brillaban con melancolía- ya sabes, demasiados secretos para una buena amistad. Pero decidí saltarme todas las reglas y saber más cosas sobre ti. Por entonces ya casi me había olvidado de lo que me habían pedido, o por lo menos, me daba igual.

 

>> Pero… Gladys. Esa chica me recordaba a alguien, y no conseguía averiguar a quién. Me miraba con odio y repulsión, y te intentaba alejar de mí, aunque no te dieses cuenta. Sí, muy curiosa también… pero me caía fatal.

 

>> Entonces, un día después de dirigirte por primera vez la palabra, me dirigí rápidamente hacia el aula de Física y Química. Aún no había tocado el timbre, y por lo tanto estaba vacía. Me dispuse a sentarme en mi sitio pero algo me detuvo: estaba seguro de que mi primera impresión no había sido la correcta, y sí que había allí alguien. Escudriñé la habitación pero no lograba ver a nadie. Pero de repente, se llenó de gente.

 

>> No era una Gladys, eran como quince. La misma mueca de odio me observaba desde todos los rincones de la habitación. Me sentí desorientado, pero un recuerdo me iluminó: un día caluroso en el que nos habíamos encontrado con una cazadora, y esta, consiguió escapar. Y del mismo modo: multiplicándose a ella misma. Ese era su don, y lo sabía utilizar, no había fallo alguno en sus clones que pudiera usarse en su contra.

 

Jadeé de forma audible por la sorpresa. ¿¡¿Gladys?!?

 

-Los Superiores no se habían equivocado, llegaría otro, sí, pero los cazadores también lo sabían, y le estaban buscando.

 

>> Tu amiga tendría que haber supuesto que no podía conmigo sola. Su poder era… para crear confusión, para distraer. Pero no era el apropiado para luchar contra mí.

 

>>  Me vi invadido por la culpabilidad: debería de haber hecho caso a la petición de Bates. Pero no había tiempo para eso: las Gladys me rodeaban y tenía que hacer algo, porque ella sabía luchar, y sus clones también sabrían hacerlo.

 

>> No se me ocurrió otra cosa que dejarme llevar por el instinto y disparar una bola de fuego contra la primera fierecilla que se me acercó. Era pequeña pero hábil, y sobre todo, muy astuta.

 

>> Por eso mismo, supo esquivarla. Mi propio fuego lamió las mesas y se extendió poco a poco. Las Gladys iban desapareciendo entre un agudo chillido cuando las llamas las alcanzaban. Cuando el fuego creció, desaparecieron todas de golpe y solo quedó una: la verdadera Gladys estaba paralizada por el miedo contra la pared, y supuse que por eso habían desaparecido las demás. El humo se extendía y si no la sacaba de allí moriría. Yo no corría peligro y podía haberme quedado viendo como mi enemiga se moría por el humo que entraba a sus pulmones o por… algo peor.

 

>> Pero no soy un asesino, Bi. La iba a sacar de allí cuando… una melena castaña y pelirroja apareció ante mis ojos. Me aparté tras la cortina de humo para no ser descubierto, pero tan solo eras tú. Sacaste de allí a Gladys, pero tardaste lo tuyo. Ella era como un peso muerto y tú tenías que hacer todo el trabajo. Iba a actuar ya, tenía miedo por vosotras, estabais tragando demasiado humo. Pero la sacaste tú solita. Yo estaba… sorprendido por tu valentía y fuerza de voluntad, y por la fiereza con la que habías decido sacar de allí a tu amiga por tu cuenta, mientras que otro habría ido a por ayuda. No, otro ni siquiera habría entrado en la habitación.

 

>> Pero, contra lo que yo creía, volviste. Ya casi no podía ni verte, el humo era demasiado denso y las llamas demasiado intensas. Solo oía tu tos enfermiza. Al final te encontré: parecías buscar algo con desesperación y estabas apunto de desmayarte. Tu cara sudorosa por el calor iba a perder el sentido en unos segundos. Antes de que eso ocurriera y cayeras sobre las llamas que ya te rodeaban, salté y te cogí entre mis brazos.

 

Le escuchaba con la boca y los ojos abiertos como platos y escuchando como nunca su relato. Sus ojos azules, cuyo destello casi no se distinguía en la noche, me observaban intensamente.

 

-Me encargué de que las ambulancias os atendieran y de contar mi propia historia: te había visto entrar desde lejos y no había podido detenerte, y como no salías, fui a buscarte y os encontré a las dos. Ví como Bates aparecía y me miraba intentando adivinar, pero lo que no me esperaba fue que actuase como si fuera pariente de Gladys.

 

>> No despertasteis tan rápido como deberíais porque los míos ya sabían quién era Gladys y les interesaba que estuviese dormida. Por tu parte, les pedí que te dejaran descansar y también te aplicaron un poco de sedante. El médico que os atendió era también de los nuestros, alguien con un don que había decidido no utilizar, pero hizo ese favor a los Superiores ya que entendió que estaban tratando con una cazadora y que la tenían que tener controlada. También fue él el que se encargó de los papeleos y de que nadie sospechara que Thomas Bates no era en realidad familiar de Gladys. Al parecer no tenía padres y vivía en un orfanato, aunque casi nunca pasaba su tiempo libre allí. Supongo que se iría con los cazadores.

 

Escudriñé en la oscuridad esperando que siguiera, pero permaneció callado un momento, pensando.

 

-Esas son las dos historias que querías saber- me dijo, dedicándome una media sonrisa- Hasta hoy no sabía quién eras, pero supongo que lo sospechaba. La verdad es que después de lo de Gladys todos estaban tan alterados que nadie me recordó nada y yo tampoco es que me diera cuenta de que tenía delante a la persona que buscábamos.

 

-Lo siento, Ian, tenía que haber creído lo que decías, pero no sé, entiéndeme tú también…- de repente me sentía fatal por haber dudado de él, y por otro lado, su relato me había enternecido por alguna razón.

 

Me sonrió con dulzura y me apretó cariñosamente el brazo.

 

-Si te he dicho antes lo de que no te pensaras que era por eso, era porque yo inmediatamente te habría culpado. Supongo que tú no eres tan mal pensada- respondió, con un guiño del ojo.

 

-Humm…

 

Tenía tantas preguntas por hacerle que me dolía la cabeza.

 

-¿Y cómo sabía Gladys que era yo la que buscaban los cazadores? ¿Y por qué no pidió refuerzos al reconocerte?

 

-Creo que no lo sabía, sino que su fuente de información es algo más fiable que la nuestra. Y supongo que le pasó igual que a mí, le sonaba y me odiaba, pero no me recordaba. Cuando al fin lo hizo, supongo que intentó vencerme sola para ganarse el reconocimiento de los suyos.

 

Se encogió de hombros.

 

-¿Y cuál es vuestra fuente de información?

 

-Adam. Él es capaz de ver el futuro, pero es joven y no domina del todo su don. Aún así hemos ganado mucho con él, antes los cazadores se nos adelantaban siempre.

 

-¿Y me vas a decir que son los cazadores?- pregunté una vez más. Mi curiosidad parecía divertirle.

 

-Eso prefiero que te lo cuente Bates. Cuenta unas historias estupendas, ya lo has visto.

 

-Tú lo has hecho mejor- le aseguré, sonriendo.

 

Me guiñó el ojo, pero no habló.

 

-Oh, venga, no seas vago- le piqué.

 

-No lo hago por pereza- protestó- es que esa historia no me gusta.

 

Su frente se pobló de arrugas de profundo desagrado y no quise insistir más, así que cambié de tema.

 

-Oye Ian…

 

-¿Si?

 

-¿Y Gladys? ¿Dónde está?

 

Dio un paso atrás separándose de mí y me dirigió una mirada culpable.

 

-No lo sé, Bi, no lo sé… Espero que no le estén haciendo pasarlo mal porque si no, sería culpa mía… además, solo tiene dieciséis años.

 

Añadió eso como para convencernos de que siendo tan joven no la estarían maltratando para conseguir información ni nada por el estilo.

 

Abrí la boca para decir algo, pero las luces de un coche barrieron el parque. Ambos levantamos la mirada y pude distinguir el passat azul oscuro de mi padre esperándome. Ian me dirigió una mirada y sonrió con dulzura.

 

-¿Te acompaño hasta el coche y hacemos un poco de teatro?- dijo en voz baja como si estuviera conspirando y guiñándome el ojo.

 

-No creo que haga falta- respondí riendo-. Muchas gracias por todo, Ian. Y lo siento- antes de irme, le devolví la chaqueta de cuero, que olía a él.

 

-No pasa nada. Un placer salvarla, señorita.

 

-Te prometo que no lo tendrás que hacer nunca más - suspiré, aunque le dediqué una sonrisa-. Hasta luego.

 

-¡Espera, Bi!- me llamó- ¿te veo mañana?

 

-No sé si sabré llegar, pero… sí, sigo teniendo curiosidad.

 

-Bien- una sonrisa perfecta relampagueó en su rostro, mostrando unos dientes blanquísimos-, hasta mañana entonces.

 

-Hasta mañana- rectifiqué.

 

 

 

 

-¡Bridget! ¿Estás bien?- mi padre salió apresuradamente por la puerta del conductor antes de que me diera tiempo de llegar hasta el coche.

 

-Sí, papá- respondí, abrazándole- solo ha sido un bajón de azúcar.

 

-Me asustó la llamada del chico, y he tardado un montón en llegar hasta aquí- dijo con el ceño fruncido.

 

-No te preocupes, estoy como siempre.

 

Subí en el asiento trasero, donde dormía roncando ligeramente Johnny. Le aparté el pelo de la cara y le tapé con un jersey de papá que había allí encima.

 

Inmediatamente después, nos alejábamos rápidamente del college hasta el Oxford que yo conocía, donde las historias fantásticas estaban guardadas en los cuentos juveniles. El runrún del coche me adormeció hasta que me sumí en un sueño intranquilo.

 

 

 

 

Me tumbé en la hamaca de la terraza, mirando el sol del temprano amanecer. Una taza de café humeante me esperaba encima de una bandeja en la mesa contigua, junto con el resto del desayuno.

 

Pero yo me hallaba muy lejos…

 

No podía dejar de pensar en todo lo que había sucedido el día anterior. La noche había sido intranquila y apenas había podido descansar: la pesadilla de siempre junto a otras nuevas me habían impedido dormirme profundamente y había cabeceado en un extraño sopor que no me salvaba de los pensamientos y las voces de los recuerdos.

 

Ahora pensaba en Gladys: ni siquiera mi pequeña y fría amiga era normal en ese mundo de locos. Amiga, pensé con tristeza. La rabia ya había pasado: la única que había estado vigilándome e interpretando un papel había sido Gladys, no Ian. La única que se había hecho pasar por mi amiga era ella. La que me había intentado apartar de los demás también había sido ella. Ahora su… traición me dolía más que enfurecerme.

 

Y por otra parte…

 

Me miré las manos, como si fuera la primera vez que las veía. ¿De verdad habían sido capaces de parar a un camión ellas solas? No ellas, sino yo. Necesitaba despejarme y olvidarme de todo por un momento.

 

Me tomé el desayuno rápidamente y corrí a mi habitación a cambiarme. Me puse un pantalón de chándal y una camiseta vieja y me hice apresuradamente una coleta.

 

-¡Johnny!- grité-. ¿Has desayunado ya?

 

-No chilles- me respondió soñoliento desde la puerta. Se frotaba los ojos y estaba despeinado. Bufé.

 

-¿Es que nadie madruga aquí, o qué?

 

-¿Qué querí…? ¿Qué querías?- preguntó interrumpido por un bostezo- Ah, por cierto, ¿estás bien? Menudo susto nos pegaste ayer. ¿Qué pasó? La verdad.

 

Ahora parecía completamente despejado.

 

-Eres un cotilla. Fue un bajón de azúcar, de verdad- puse un tono burlón en las dos últimas palabras y sonreí- vístete, nos vamos a correr.

 

-¿Enserio? ¡Wao! ¡No hemos ido ha hacer footing desde que nos fuimos de Bath!- salió de la habitación corriendo, después de darme un repentino abrazo, y cerró de un portazo la puerta de su cuarto.

 

-¡Pero desayuna algo!

 

Al rato estaba ya esperándome en la puerta de la entrada mordisqueando unas galletitas.

 

-¿Vamos?

 

 

 

 

Cuando regresamos, eran las doce del mediodía. Papá estaba regando el jardín con su camiseta vieja del Liverpool.

 

-¿Qué tal el día, chicos?

 

-Yo estoy muerto- gruñó Johnny dejándose caer al césped mojado.

 

-Genial- contesté yo con entusiasmo. Me encantaba correr y notar como los músculos se tensaban y destensaban alternativamente. Lo había echado de menos, no corríamos desde que nos habíamos mudado, y a mí me encantaba hacer footing junto a mi hermano, gritándole y animándole para que fuera más rápido. Y notar el viento frío en la cara, moviendo mi pelo. Eso sí que era una maravilla.

 

-Ah, Bi, te ha llamado Ian Dexter. Dice que pasará a recogerte a las cinco y media.

 

Me dirigió una mirada inquisitiva, pero yo no le miraba: mi corazón ya había dado un brinco y saltaba enloquecido en el pecho.

 

Correr era algo curioso: me alteraba demasiado el humor.

 

 

 

 

FIN!espero que os guste!por favor dejen comentarios!me animan mucho a seguir :) un beso y gracias por leer!x)          



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