Historia al azar: El Enfrentamiento
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Quiero ver tus ojos » Quiero ver tus ojos (1ª parte)
Historia terminada Quiero ver tus ojos (ATP)
Por ghostofhufflepuff
Escrita el Miércoles 3 de Octubre de 2007, 15:34
Actualizada el Jueves 20 de Agosto de 2009, 06:28
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Quiero ver tus ojos (1ª parte)

Capítulo 7

Título: Quiero ver tus ojos (primera parte)

Autor: Jon Cadierno

 

 

            Si no fuera por lo mucho que estaba durando, Hermione hubiese creído estar disfrutando de un sueño especialmente feliz. Aunque el avance de la primavera supusiera también el alargamiento progresivo de los días, a ella todos se le hacían demasiado cortos. Lo mejor era que estaban en medio de las vacaciones de primavera, dos semanas en las que aprovechó para estar de Harry lo más cerca posible. Bien es verdad que no había mucho tiempo que perder, pues los exámenes ya comenzaban a estar demasiado cerca, y no precisamente unos exámenes cualquiera, sino los TIMOs. Aun con todo el esfuerzo y sacrificio que suponía tener que quedarse estudiando cuando el sol del exterior invitaba a salir, Harry y Hermione conseguían encontrar siempre un hueco para poder salir y pasear por la orilla del lago, el sitio que más les gustaba.

 

            Cómo conseguían librarse de Ron, era algo que ni ellos mismos sabían, pero finalmente lo conseguían. Habían decidido no hablarle de lo suyo de momento, en parte porque temían un poco cuál podía ser su reacción. Sin embargo, fue Hermione la que habló del asunto con Ginny, que enseguida la abrazó y le dio todo su apoyo. En realidad, la mayoría de las veces que evitaron que Ron se les uniera fue gracias a la pequeña de los Weasley, que no tardaba en inventar cualquier pretexto para recluir al pobre Ron en la Sala Común. Era todo un espectáculo presenciar esos momentos, sobre todo cuando las excusas que daban para salir los dos de la torre de Gryffindor eran cada vez más ridículas.

 

-          ¿A dónde vais?- se interesó Ron una tarde en mitad de las vacaciones, cuando Harry y Hermione se dirigieron hacia el retrato de la Señora Gorda.

-          A la biblioteca, te lo hemos dicho antes.- improvisó Harry.

-          ¿Y os vais a ir sin mí?- preguntó Ron frunciendo el entrecejo.

-          Pero no es necesario que vengas, la señora Pince sólo nos puso el castigo a Harry y a mí.

-          ¿Pero de qué castigo me estáis hablando? ¿Desde cuándo te castigan a ti, Hermione?- el pobre Ron cada vez estaba más desconcertado.

-          ¿No te lo dijimos? Es que estuvimos hablando demasiado alto, y ya sabes lo rápido que se enfada la señora Pince, es una mujer muy irascible.

 

Una vez más, y notando que a Hermione empezaban a acabársele las ideas, Ginny Weasley intervino a tiempo, aunque quizás de una forma un poco dura. Era cierto que en esos momentos, cuando la pelirroja se enfadaba o pretendía hacerlo, su parecido con Molly Weasley era más que razonable.

 

-          ¡Ron, por el amor de Dios! ¡¿Quieres dejarles en paz y ponerte a estudiar?! ¡Si tienen que cumplir un castigo, mejor que no lleguen tarde!

 

El chico también parecía haber detectado la vena de su madre en Ginny, porque se acurrucó en la butaca que ocupaba y se escondió tras el libro de Encantamientos. Harry y Hermione prometieron no alargar mucho más aquella situación, porque su amigo no tardaría en empezar a sospechar. Y cuando el momento de confesarse ante Ron llegó, resultó que todo fue más fácil de lo esperado. Al principio puso cara de incredulidad, como si lo que le contaban formara parte de una inocentada. Luego se quedó un poco apagado, como si pensara que ahora quedaría un poco excluido, que él ya no pintaba nada entre ellos. Sin embargo, fueron Harry y Hermione quienes le aseguraron que todo seguiría siendo como hasta ahora, y que aunque sonara un poco pasteloso, ellos dos le necesitaban.

 

Por mucho que ambos desearan lo contrario, la velocidad con la que volaba el tiempo no perdonaba ni siquiera durante el tiempo que pasaban juntos. Cada vez que se sentaban junto a la orilla del lago y dejaban que las horas pasaran mirándose, sonriéndose, confesándose y besándose, deseaban que alguien detuviera el tiempo. Sin embargo, nunca era suficiente. Por mucho que hubieran decidido destruir cualquier barrera que entre ellos se interpusiera, cada día quedaba algo por contar. Y si al día siguiente retomaban sus conversaciones donde lo habían dejado, nunca parecían haberse contado todo. Pero, con todo, Hermione valoraba las horas transcurridas junto a Harry por encima de todo. Era imposible dejar de pensar que sus más profundos deseos se estaban haciendo realidad, y en consecuencia, cada día temía más y más que todo aquello se acabara. Era miedo lo que sentía, miedo a que ocurriera algo malo que los separara para siempre, miedo a que Harry desapareciera de su vida sin haber disfrutado de los secretos que escondía el amor.

 

Víctimas del rápido transcurso del tiempo, las vacaciones de primavera quedaron pronto atrás, y esto supuso la llegada del último trimestre, sin duda el más duro para los alumnos de quinto año. En cuanto las clases terminaban y cenaban a toda prisa, todos se dirigían a sus respectivas salas comunes para estudiar todo lo posible antes de que el sueño les venciera. Pero la proximidad de los exámenes no era lo único que preocupaba a los tres amigos. Con Dumbledore fuera de la escuela, Hogwarts corría más peligro que nunca. Voldemort seguía ahí fuera, seguía en busca de esa arma de la que Sirius habló al final del verano. Harry había tenido nuevos sueños, en los que había presenciado al Señor Tenebroso castigar a varios de sus secuaces por no haber conseguido algún objetivo en concreto. Y con Dolores Umbridge como nueva directora, la posibilidad de sentirse seguros era más bien remota.

 

Así, el último trimestre, cuando el sol calentaba los terrenos y era imposible disfrutarlo, llegó a su fin antes de que se dieran cuenta. Los TIMOs se acercaron como depredadores, haciendo imposible pensar en otra cosa que no fuera la preparación de una poción envejecedora, el movimiento exacto de varita para transformar una mofeta en un jarrón o el hechizo que evitaba que los objetos se rompiesen al caer al suelo. Examen tras examen, los chicos y chicas de quinto curso notaron que el cansancio les invadía, no en vano pasaban gran parte de la noche estudiando. Sin embargo, la perspectiva de esos últimos días de curso, cuando todos estaban libres de exámenes y deberes, era un buen motivo para querer hacer los TIMOs lo mejor posible. En el caso de Harry y Hermione, su verdadera motivación era así mismo la de disfrutar de la brisa templada de verano, de la libertad que suponía pasear por los terrenos sin tener que preocuparse de nada más que de la felicidad del otro.

 

Solos, el uno junto al otro, inseparables, compartiendo miradas que sustituían cualquier palabra. Los únicos conocedores de un lenguaje carente de sonidos, letras y reglas ortográficas, pero repleto de significados. Un lenguaje que sólo ellos entendían.

 

Después de una fácil prueba práctica la mañana de un miércoles a mediados de junio, en la que Harry maravilló a todos los examinadores tras haber conjurado un perfecto patronus, llegó el TIMO de Defensa Contra las Artes Oscuras, el último de todos. Hermione, que no había quedado satisfecha con el examen práctico, estaba deseando demostrar a Dolores Umbridge que sabía incluso más que ella sobre la materia. Aquella tarde, todos los alumnos de quinto curso entraron al Gran Comedor, que como venía siendo costumbre, se había convertido en una gigantesca sala repleta de pequeños pupitres, donde a cada uno de ellos le esperaba pluma, tinta y varios rollos de pergamino.

 

La profesora dio la vuelta a un gigantesco reloj de arena, e inmediatamente después, se oyó el rasgueo de decenas de plumas. "PRIMERA PREGUNTA: Explicar detalladamente las diferentes maneras de reconocer y acabar con una banshee". Por supuesto, Hermione se sabía la respuesta, y en poco tiempo ya la tenía contestada. Pero algo ocurrió antes de que pudiera empezar con la segunda pregunta. Pudieron escucharse pequeñas explosiones que parecían proceder de los pisos superiores del castillo, unas explosiones que fueron ganando intensidad progresivamente. Los alumnos dejaron de escribir y se giraron hacia las puertas del comedor, y no hubo nadie que se lo impidiera. La profesora Umbridge también miraba en dirección al Vestíbulo con el espanto dibujado en el rostro. A las explosiones se les sumaron unos silbidos que acabaron por aclarar que se trataba de una exhibición interna de fuegos artificiales, que no tardaron en entrar en el Gran Comedor y llenarlo todo de fuegos, chispas y formas de colores. Umbridge gritó de rabia; los alumnos lo hicieron de alegría. En medio del espectáculo pirotécnico, dos personas entraron en la estancia volando en escoba y agitando sus varitas de tal manera que los exámenes saltaron por los aires. Eran, por supuesto, Fred y George Weasley, que protagonizaron la despedida más impresionante jamás vivida en Hogwarts. Dejando atrás los vítores de los alumnos y a una horrorizada Dolores Umbridge, los gemelos abandonaron la escuela, libres por fin, dispuestos a darle comienzo al futuro que siempre habían soñado.

 

            Al igual que el resto, Hermione aplaudió este espectáculo. A decir verdad, hubiese preferido terminar el examen, pero tratándose de una arpía como Umbridge, le quitó importancia. Todos habían salido al exterior, donde la hierba refulgía bajo el sol estival. Aún esquivando fuegos artificiales que habían adquirido formas de serpientes, aves fénix e incluso dragones, Hermione se giró hacia Harry, que aclamaba a los gemelos junto a Ron. Durante un par de segundos, sus miradas se encontraron en mitad de un mar de alumnos que saltaban, gritaban y reían.

 

Sólo un par de segundos. Ese fue el tiempo que transcurrió hasta que algo empezó a ir mal. La mirada de Harry se apagó de repente, la sonrisa desapareció, pero nadie excepto ella parecía darse cuenta de lo que ocurría. Antes de poder reaccionar, Harry hizo amago de apoyarse en Ron y cayó al suelo estrepitosamente. Hermione corrió hacia él apartando a la gente del camino, preocupada por lo que pudiera estar pasando. Ron también se giró por fin, y poco a poco, los vítores se fueron apagando a medida que los alumnos se iban dando cuenta de que Harry Potter parecía haberse desmayado. Hermione pidió que se apartaran y se agachó junto a él, palpándole la cara, agarrándole las manos, rogando que despertara. Mientras, él yacía sobre el césped seco del exterior, mucho más pálido de lo normal y murmurando cosas ininteligibles. Ni Ron ni Hermione eran capaces de imaginar lo que Harry estaba presenciando, pero él tampoco hubiera deseado que sus amigos presenciaran cómo Lord Voldemort torturaba sin compasión a Sirius Black.

 

* * *

 

-          Harry, necesitamos estar seguros de que Voldemort no ha vuelto a colarse en tu mente.- Hermione intentaba hacerle entrar en razón, pero parecía que nada le iba a hacer cambiar de opinión.

-          Hermione, no podemos perder tiempo. Está a punto de matarlo.

-          Pero Harry…

-          Hermione, Harry tiene razón, deberíamos ir.- intervino Ron tímidamente.

-          Harry, por favor, escúchame. Todo esto podría ser una trampa de Voldemort, podría estar usando a Sirius como cebo, se le da bien jugar con las mentes de los demás.

 

Ginny, Luna y Neville también estaban con ellos. Cuando Harry hubo despertado, habían entrado rápidamente en el castillo y buscado un aula vacía para comentar lo ocurrido. Ninguno dijo nada, pero una cosa era segura. Le habían asegurado que si decidía ir al Ministerio en busca de Sirius, irían con él. Formar el Ejército de Dumbledore no había sido un pasatiempo, era hora de que Harry aprendiera que no estaba solo, que nunca lo iba a estar. El chico miró a Hermione con gravedad.

 

-          No podría quedarme aquí sin hacer nada. Sé que Sirius está en peligro, Hermione, tenemos que ayudarle. Confía en mí.

 

Aquello no era lo que ella esperaba oír, pero se vio obligada a aceptar que dijera lo que dijese, Harry iba a escapar a Londres en busca de su padrino.

 

-          Sólo una cosa.- dijo Ron al ver que Hermione decidía no replicar.- ¿Cómo se supone que vamos a llegar hasta el Ministerio de Magia?

-          Bueno, está bastante claro, ¿no?- todos miraron a Luna sin comprender, pero ella sonreía.

 

Surcar los cielos agarrada a una criatura que ella no podía ver no era una sensación muy agradable. Cuando los thestrals cogieron altura y las ciudades se convirtieron en telarañas de luz anaranjada, Hermione esperaba resbalar y caer al vacío de un momento a otro. No obstante, su mayor preocupación era otra. Era imposible dejar de pensar que todo aquello no era más que una trampa de Voldemort, estaba convencida de que Harry había mordido el anzuelo, y a cada milla que avanzaban hacia el sur, se sentía más culpable. Quiso gritarle en las alturas, pedirle que dieran media vuelta y volvieran a resguardarse en Hogwarts. Ese sentimiento de culpa le acompañó durante el resto del viaje hasta aterrizar en el callejón de la cabina telefónica, y creyó que acabaría desbordándola mientras atravesaban el Atrio, bajaban traqueteando en el ascensor hasta el Departamento de Misterios, escogían puertas al azar en una sala circular, atravesaban más y más salas y llegaban a la Sala de las Profecías.

 

            La enormidad de esta sala les sobrecogió a todos. Envuelta en una luz fantasmagórica, la estancia estaba repleta de altísimos estantes que formaban centenares de pasillos. En cada una de las baldas de cada una de las estanterías, decenas de esferas de todos los tamaños descansaban emitiendo una luz muy débil, casi imperceptible. A medida que iban avanzando hacia el pasillo que Harry había visto en el sueño, observaron que a cada una de estas esferas le correspondía un nombre, como si tuvieran dueño.

 

-          Harry, ésta lleva tu nombre.- susurró Neville. Habían llegado al pasillo noventa y siete.

 

Hermione se acercó junto a Harry hasta el lugar donde descansaba una esfera en particular. La cogió, la sostuvo en las manos; sin embargo, él no parecía interesado en la profecía que llevaba su nombre. Al contrario de lo que esperaba y de lo que les había contado a todos, no había nadie en aquel pasillo. Y aún más: allí no había rastro de ningún enfrentamiento, nada que indicara que Voldemort había torturado allí a una persona, nada que mostrara que la víctima había opuesto resistencia. Hermione jamás podría olvidar la mirada de Harry cuando se volvió hacia ellos. Era el reflejo de la preocupación, del dolor, de la letal incertidumbre. Y entonces, una voz:

 

-          Ahora, Potter, entrégame la profecía.

 

La voz de Lucius Malfoy sonó fría, distante, pero no por ello dejó de recorrerles el cuerpo como si se tratara de una corriente eléctrica. El mortífago, que escondía su rostro tras una máscara negra, tenía el brazo estirado hacia el grupo de amigos. Hermione se fijó en que Malfoy no estaba solo. Pronto, nuevas figuras empezaron a aparecer y se colocaron a ambos lados de Lucius, todos con la varita mágica preparada. "Jamás", le oyó decir a Harry. Malfoy intentó tentar a Harry prometiéndole hablarle del origen de la profecía, de la causa de que sus padres hubieran muerto. Pero Hermione sabía que Harry no cedería, y él se lo confirmo al momento, ordenándoles a todos que lanzaran hechizos destructores a las enormes estanterías. En medio de una lluvia de astillas y cristales, los seis amigos corrieron y buscaron la salida, algo que parecía imposible en aquel laberinto. Los mortífagos aparecían por todas partes, lanzándoles hechizos e intentando bloquearles. Aún así, consiguieron alcanzar la puerta y, sin que pudieran evitarlo, se vieron expuestos a una caída de más de veinte metros, una caída que fue súbitamente frenada centímetros antes de chocar contra un suelo de piedra. Se trataba de una especie de anfiteatro, en el centro del cual y situado sobre una tarima también de piedra, había un arco en ruinas. Por alguna razón, Harry y Luna se sintieron atraídos por esta pequeña construcción, argumentando que podían escuchar voces provenientes del otro lado del arco. Hermione tuvo la sensación de que ese arco no se encontraba allí por casualidad, pero antes de que pudiera pedirles que se alejaran inmediatamente, volvían a tener compañía. Aparecidos como de la nada, los mortífagos apresaron a todos excepto a Harry, que al ser el portador de la profecía, no debía ser atacado. Hermione quedó atrapada en manos de un mortífago especialmente grande y de aspecto trolesco, que la mantenía empotrada contra la pared y apenas le dejaba respirar.

 

Podía ver cómo Lucius volvía a acercarse a Harry con el brazo estirado hacia él, prometiéndole que si le entregaba la profecía, él y sus amigos podrían marcharse sin sufrir daño alguno. Y entonces ocurrió. Media docena de luces blancas, como gigantescas luciérnagas, iluminaron la estancia en penumbra y se abalanzaron contra los mortífagos, haciéndoles retroceder y liberar a sus presas. Hermione apenas pudo fijarse en lo que ocurrió después. Tuvo el tiempo justo para entender que varios miembros de la Orden del Fénix acababan de venir en su ayuda. Después, se vio a sí misma blandiendo su varita y esquivando más maleficios, algunos de ellos letales. En un momento dado, se oyó un grito por encima del tumulto de la pelea. La profecía acababa de romperse, y una figura nacarada se elevaba despacio en el aire, pronunciando unas palabras que nadie llegó a escuchar. Bellatrix Lestrange se acercó entonces a Hermione y elevó su varita contorsionando la cara en una mueca asesina, y ambas se enzarzaron en un duelo mágico. La chica aguantó todo lo que pudo, pero un haz de luz roja le golpeó de tal manera que fue lanzaba por los aires, aterrizando estrepitosamente en el suelo, inconsciente. Si Bellatrix Lestrange no acabó con ella, no fue por falta de ocasión. Frente a ella, en la tarima, su primo Sirius se enfrentaba a Lucius, y esa era su oportunidad. Hermione, que yacía inerte y oculta tras un murete, estuvo lejos de poder escuchar las dos palabras que se llevaron la vida de Sirius Black, lejos de ver a Harry mirar el velo ondeante que colgaba del arco, que parecía ocultar a su padrino. Lejos de presenciar la desoladora imagen de Harry buscando tras el arco y asumiendo que Sirius no iba a volver jamás.

 

Cuando despertó poco tiempo después, sólo se escuchaban gritos lejanos, provenientes de salas contiguas. Se apoyó en un hombro y miró a su alrededor, creyendo estar sola. Y entonces todo se le vino de golpe, todo lo que había visto antes de caer inconsciente, y quiso correr, encontrar a Harry y abrazarlo. Pero en ese momento alguien se acercaba a ella. Era Ginny. Gritó su nombre, se agachó junto a ella y le palpó el rostro preocupada, buscando su mirada para asegurarse de que estaba bien. Hermione se incorporó lentamente. Miraba sin ver, lo único que quería era estar con Harry, comprobar que seguía vivo.

 

-          Ginny, ¿dónde está Harry?- Hermione no sentía la presencia del chico allí, intuía algo malo.

-          Ha ido tras Bellatrix Lestrange, ella ha…    

 

Pero Hermione no esperó a saber lo que la mortífaga había hecho. Siguiendo otra intuición se levantó, y dejando atrás a Ginny y sus súplicas para que volviera, echó a correr gradas arriba y abrió la primera puerta con la que se topó. Ni siquiera se preguntó lo que podría haber al otro lado. Siguió abriendo puertas y cruzando habitaciones hasta que llegó al pasillo que llevaba al ascensor. Subió hasta el Atrio, y lo que vio le paralizó el corazón. Harry yacía inconsciente en el suelo, protegido por una de las figuras doradas que componían la gigantesca estatua central. Y en mitad del colosal pasillo a cuyos lados se situaban decenas de chimeneas, Dumbledore y Voldemort libraban el mayor duelo de varitas que ella había visto jamás. Escondiéndose detrás de lo que quedaba de fuente, arrastrándose por el suelo para evitar ser vista y alcanzada por una maldición, consiguió llegar hasta donde estaba Harry. Escondida tras una columna y la figura del mago dorado, se arrodilló junto a él con lágrimas en los ojos, incapaz de quitarse de la cabeza los peores pensamientos. Voldemort estaba allí, y quizás Dumbledore había llegado demasiado tarde. Le zarandeó la cabeza, le besó repetidas veces en la frente mientras las lágrimas le empapaban el rostro, pero Harry no despertaba. Respiraba, lo comprobó, pero ella deseaba estar segura de que se encontraba bien.

 

"Harry, por favor, despierta". Dumbledore y Voldemort continuaban luchando en mitad del Atrio, desafiando todas las leyes, conjurando una magia que estaba únicamente al alcance de ellos dos. Hermione continuó hablándole a Harry, susurrándole en el oído, pidiéndole que aguantara, que pronto acabaría todo. Sintió miedo, necesitaba compartir esa mirada que conseguía tranquilizarla, que le hacía sentirse segura, protegida. Era una mirada que conseguía ahuyentar cualquier temor, algo difícil de explicar. La necesitaba, más que nunca.

 

-          Harry, quiero ver tus ojos…

 

 

Continuará.

 

 

 

Nota del autor: Quisiera disculparme por la tardanza, he estado muy atareado y no he podido escribir tanto como me habría gustado, pero aquí está, ¡por fin! Espero que hayáis disfrutado del nuevo capítulo. Habrá otros más, aunque queda poco para el final. Intentaré no demorarme demasiado. Una vez más, muchísimas gracias por leer esta historia, es un placer escribir este fic. ¡Hasta pronto!



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