Historia al azar: Harry Potter y los Shinigamis
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Quiero ver tus ojos » El tren del mediodía
Historia terminada Quiero ver tus ojos (ATP)
Por ghostofhufflepuff
Escrita el Miércoles 3 de Octubre de 2007, 15:34
Actualizada el Jueves 20 de Agosto de 2009, 06:28
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El tren del mediodía


Capítulo 6
Título: El tren del mediodía
Autor: Jon Cadierno


    Cuando Hermione abrió los ojos a la mañana siguiente, tardó unos segundos en recordar todo lo acontecido la noche anterior. Se quedó mirando el extraño juego de luces que los primeros rayos de sol crearon en su habitación, donde Parvati y Lavender seguían durmiendo profundamente. Tumbada sobre su cama, la chica sonrió al darse cuenta de que no había rastro de lágrimas sobre su rostro. Por primera vez en semanas, Hermione Granger había conseguido conciliar un sueño tranquilo, placentero. Se recostó en el lecho, felicitándose a sí misma por haberse animado a huir del pozo oscuro al que había estado dirigiéndose inexorablemente. De hecho, tardaría en olvidar todo lo ocurrido desde que decidiera salir de las sombras, desde la conversación mantenida con Ginny hasta el intercambio de una mirada tan significativa con Harry, por mucho que él estuviera en la Sala Común y ella, en los terrenos del colegio; desde que sintiera cómo su cuerpo volvía a llenarse de vitalidad hasta el momento en el que Harry y ella huyeron de la Brigada Inquisitorial; desde el momento en el que supieron que sólo había sitio para ellos dos hasta que comprendieron que ya no podrían estar el uno sin el otro.

    Jamás llegó a imaginar que pudiese llegar a leer tan claramente una mirada. En el instante en que Harry abrió los ojos la noche anterior, apostado en una cama de la enfermería, aquellos ojos verdes habían buscado frenéticamente los suyos. Y ella supo porqué. Antes de que Draco Malfoy entrara en el aula donde los dos amigos se habían escondido, un vínculo había surgido entre ambos, una conexión que parecía afectar directamente a sus almas. Ellas habían hablado un lenguaje que aún se les presentaba incomprensible. Secretos del alma. Pero aquella conversación carente de palabras había sido interrumpida, y en el momento en que Harry despertó, pidió ser retomada. Y lo fue, aunque no durante el tiempo que les hubiese gustado.

    No obstante, resultó ser tiempo suficiente para entender que deseaban encontrarse a solas para poder intercambiar algo más que miradas. Ella deseaba hablarle, volver a escuchar su voz, saber si también él anhelaba pronunciar con exactitud lo que el corazón explicaba mediante vuelcos. Por mucho que el vínculo actuara como intérprete de esos secretos, quería estar segura de que nada de aquello se trataba de un engaño emocional. Más que nunca, se moría por encontrar las palabras que valían tanto o más que los secretos del alma. Eran como el punto que ha de cerrar cada frase.

Hermione se levantó, se envolvió en una especie de quimono y se acercó a la ventana. El sol brillaba como nunca, haciendo que la superficie del lago reluciera como si el fondo estuviera cubierto de monedas de plata. El cielo, de un azul intenso, estaba completamente despejado. Al abrir la ventana comprobó que soplaba una suave brisa templada, y allí permaneció por espacio de media hora, apoyada en el alféizar y completamente inmersa en sus pensamientos. Sus ojos se fijaron en una haya cercana al lago, la misma que proyectaba una atractiva sombra en medio del soleado campo. Automáticamente, su mente dibujó dos siluetas bajo el árbol. Estaban sentados a la sombra de la haya, cogidos de la mano, mirándose el uno al otro sin moverse, como si se tratara de un fotograma. Y entonces, las siluetas acercaron sus cabezas, cada uno buscando los labios del otro…

Pese a las ganas de permanecer junto a la ventana por mucho tiempo, sola con sus pensamientos mientras la brisa juguetona alborotaba sus cabellos, Hermione se preparó y abandonó la habitación. Aparte de unos pocos alumnos de primero, la Sala Común estaba prácticamente vacía. Siendo domingo, y por la mañana temprano, los pasillos del colegio estaban desiertos. Una y otra vez, la joven miraba en dirección al árbol junto al lago por cada una de las ventanas. Las dos siluetas seguían allí, unidas en un cálido abrazo. Sonrió para sí.

Después de un ligero desayuno, se dirigió a la enfermería. Cuando alcanzó las puertas de la estancia, inspiró profundamente antes de entrar. Estaba a punto de reencontrarse con Harry, a solas. Dado que recibiría el alta aquella mañana, le sugeriría dar un paseo alrededor del lago, una ocasión perfecta para dejar que sus almas hablaran. Sin embargo, se llevó una sorpresa no muy agradable cuando, una vez dentro, comprobó que ya había alguien hablando con él, y ese alguien no era otra que Cho Chang. No pudo verla, ya que a ambos les ocultaba una cortina. Reprimiendo las ganas de echar a la de Ravenclaw a empujones, Hermione se escondió tras la cortina alrededor de la cama que Malfoy había ocupado durante la noche por su culpa (o gracias a ella), situada en la misma fila. La voz de Cho sonaba abatida, entrecortada; la de Harry, firme, segura.

-    …Harry, ella no pretendía hacerlo, no era su intención…
-    Si de verdad le hubiera importado el Ejército de Dumbledore, jamás habría hablado.- Harry habló de manera tajante, con una frialdad poco usual en él.

Hermione supo entonces que se referían a Marietta Edgecombe, la amiga de Cho. La noche anterior, poco después de que Harry fuera trasladado a la enfermería, había descubierto que había sido Marietta la que se había chivado a Umbridge. No le sorprendió en absoluto que Luna le informara que la "culpable" se negara rotundamente a ser vista. Intentando no sentir remordimientos, se había felicitado a sí misma por la eficacia de sus hechizos. Tampoco era de sorprender que, durante la cena de la noche anterior, la chica de Ravenclaw y su cara desfigurada por los granos fuesen uno de los temas de conversación estrella. Sin embargo, había algo que todos se preguntaban: ¿Dónde estaba Dumbledore? Tras la pelea contra los miembros de la Brigada Inquisitorial, Ron, que lo había presenciado todo en el despacho del director, no había parado de rememorarlo, pero como aún no había llegado a oídos de todos los alumnos, ya se podían oír decenas de diferentes versiones. Hermione, que había escuchado la versión original, estaba deseando hablar con Harry sobre este asunto, sobre el hecho de que la escuela era ahora más vulnerable a posibles ataques sin Dumbledore, pero sería después de tratar otros temas más personales. Sólo de pensar en cómo dirigirse a él y con qué tema comenzar una prometedora conversación, sintió como si tuviera mariposas en el estómago.

-    Harry, ella no quería que Umbridge se enterara, nunca quiso…- intentaba explicar Cho.
-    …¿Traicionar al ED? ¿Dejarnos sin grupo de defensa? Por lo que parece, es algo que no le importaba demasiado, ¿no? Al fin y al cabo, iba a las reuniones por que tú se lo pedías.
-    Por supuesto que le importaba, pero Harry, sólo era… un grupo de alumnos de defensa, nos estábamos… preparando para algo a lo que no nos vamos a enfrentar…
-    ¿Eso es lo que piensas? ¿Sólo un grupo de defensa?- saltó él, incrédulo- ¿Es esa tu manera de justificar lo que ha hecho tu amiga?- se hizo un incómodo silencio durante unos segundos.- Si defiendes a Marietta, defiendes a Umbridge…

Hermione, escondida tras la cortina a escasos metros de Harry y Cho, escuchaba atentamente. Percibió enfado y rabia en el tono de voz de su amigo, que dadas las circunstancias eran fácilmente justificables. En Cho notó, por otro lado, que estaba cada vez más a la defensiva, algo que contrastaba con el tono de súplica de un principio. Pudo oír su agitada respiración, y no le costó imaginársela fulminando a Harry con la mirada, temiéndose unas palabras que Hermione intuía a distancia.

-    Cho… Lo siento, pero creo que ya no quiero seguir con esto.- Hermione supo que su amigo evitaba la mirada de Cho.
-    ¿Es por ella?- insinuó la de Ravenclaw tras otro tenso silencio, haciendo que a Hermione le diera un vuelco el corazón.- ¿Es por Hermione Granger?

Volvió a hacerse el silencio, más prolongado e incómodo que el anterior. ¿Tan rápido se había extendido el rumor sin duda diferido por Malfoy? ¿Sabía el colegio entero lo que había ocurrido la noche anterior en un aula perdida del piso séptimo? Hermione no quiso esperar la respuesta de Harry. Tenía miedo de escuchar lo que no quería o no podría soportar, de saber que la relación de Harry con Cho acababa de llegar a su fin por motivos ajenos a ella, a Hermione. Cerciorándose de que Madame Pomfrey seguía en su despacho, rehizo sigilosamente sus pasos hasta la puerta. Ya encontraría la manera de comunicarle que le esperaba en los jardines.

Caminó por pasillos vacíos e iluminados cálidamente por el sol matutino. Era realmente agradable pasearse por la escuela sin cruzarse con nadie, observar los terrenos soleados desde las alturas, fijarse en detalles del castillo que en otras circunstancias habrían sido inadvertidos. Aquella calma le proporcionaba una lucidez que le ayudaba a concentrarse en aquello que más deseaba decirle. Buscó palabras que, encadenadas entre sí, pudieran formar mensajes claros y contundentes, pero tiernos y esperanzadores a la vez. Cuando descendió por la escalinata de mármol, la tibia brisa que ya había sentido en su habitación volvió a envolverla con suavidad, una brisa que traía consigo un embriagador aroma a flores blancas y hierba fresca.

Al igual que el castillo, los terrenos de Hogwarts estaban vacíos. Los rodeaba un silencio roto ocasionalmente por el sonido de los árboles del Bosque Prohibido, oscilando a causa de la brisa, un sonido semejante a un aplauso lejano. Se acercó lentamente al árbol junto a la orilla, pensando en ocupar un lugar próximo al de casi cinco meses atrás, cuando se vio acompañada irremediablemente por el frío, la nieve, unas esferas de luz parpadeante y miles de dudas que acabaron por converger en una decisión equivocada. De cara al lago, con el castillo a su espalda, Hermione se sentó a la sombra del árbol con las piernas cruzadas y la espalda recta, meditando. Los minutos pasaron, y con ellos se fueron los fantasmas que habían estado habitando su cuerpo, absorbiendo lentamente su alma queriendo convertirla en uno de ellos, en un ser transparente, carente de vida y sentimientos, espectros incapaces de saber qué significaba el amor.

Se quitó la túnica y la depositó con delicadeza sobre el césped, pues el sol de aquella mañana de domingo calentaba como el de los primeros días del verano. Se desprendió de los zapatos y de los calcetines, deseosa de sentir del tacto suave y fresco de la hierba en sus pies. Una hoja cayó del árbol bajo el que ella se encontraba, ejecutando una alegre coreografía hasta que se posó con delicadeza sobre el agua. Según observaba las tímidas ondas que la hoja había provocado al caer sobre la superficie del lago, Hermione se fijó en que la silueta de alguien más se dibujaba en el agua, de pie a su lado. Antes de que pudiera darse la vuelta, Harry ya se había acomodado junto a ella. Se miraron durante unos pocos segundos, durante los cuales, la chica quedó hipnotizada por la intensidad con la que el verde de sus ojos brillaba bajo el sol del mediodía.

-    Debes creer que soy un estúpido.- susurró Harry cuando sus miradas se hubieron separado para volver a centrarse en el cielo reflejado sobre el lago.

Hermione supo de qué estaba hablando. Recordó lo que Harry le había dicho tan sólo unas horas atrás, pese a que parecían haber transcurrido días. "Creí haberlo entendido…". Pero en realidad, no había comprendido nada hasta que sintieron cómo un vínculo surgía entre ellos cuando se escondieron en el aula vacía, antes de ser descubiertos por Malfoy. Había comprendido que en cada uno de ellos vivía parte del alma del otro, que aquel era el momento de subirse al tren que pasaba frente a ellos y dejar que el tiempo hiciera el resto, aprovechando cada segundo de su existencia y sin preocuparse de cuál sería el destino.

-    Si es así, no me importaría volver a cometer estupideces como ésta.- Hermione habló sin mirarle, aunque de su mente era imposible apartar aquellos ojos verdes.

Harry se volvió hacia ella y la contempló en silencio con una casi imperceptible sonrisa en los labios, un gesto que fue traduciéndose en otro de compasión. Se sentía culpable por haber sido tan estúpido y haber dejado que Hermione sufriera tanto, por no haber sido lo suficientemente sensible como para leer el dolor en los ojos almendrados de su amiga. Había sido un completo egoísta, y ahora era desmerecedor de alguien con un corazón más grande aún que su astucia. Las palabras vinieron a él por sí solas, en una urgencia por pedir un perdón sincero que él seguía sin creer suficiente.

-    Perdóname, Hermione.- la voz se le quebró al poco de comenzar, con lo que no se sintió incapaz de decir mucho más.- Te pido perdón por todo lo que ha pasado, por lo mal que te he hecho sentir, por...
 
Hermione se giró y le cogió la mano derecha con su izquierda, en un gesto que pedía que no continuara. Dibujó una bonita sonrisa que no consiguió contagiar a Harry, de modo que se vio obligada a transformar sentimientos en palabras.

-    Harry, por favor, no puedo dejar que te sientas culpable. Esto n-no ha sido fácil... Yo... Yo te he puesto en una encrucijada, has t-tenido que elegir, también has sufrido por mi culpa. - Estaba nerviosa, apenas sabía lo que decía, pero él pareció saber por dónde iba.
-    Elegir ha sido lo más fácil, Hermione.- estas palabras hicieron que ambos volvieran a mirarse fijamente, sus ojos destellando bajo el sol en una extraña mezcla entre dolor y compasión.- Lo difícil es entender por qué no lo hice antes.

Siguieron observando sus propios reflejos duplicados en los ojos del otro, sus manos aún entrelazadas. Las imágenes de ella, verdes, ligeramente difuminadas sobre las dos esmeraldas relucientes de arrepentimiento; los reflejos de Harry, ambarinos, más nítidos si cabe a causa del baño de lágrimas que cubría los ojos de Hermione. Nunca había escuchado nada así proveniente de Harry, nunca creyó posible que él hubiese podido comenzar a mirarla ya no sólo como amiga, sino como una parte necesaria que suplicaba algo más que el amor de una amistad.

-    Sé que estabas en la enfermería mientras hablaba con Cho.- le dijo Harry bajando un poco la voz, en un tono que no pretendía ser acusador.

Hermione agachó un poco la cabeza en un intento de ocultar su rostro sonrojado. Él le acarició la mano con los dedos, queriendo decirle que siguiera mirándole, que tenía algo que contarle, algo que resumió en un monosílabo para Cho, ni siquiera eso, pues la respuesta a aquella última pregunta la leyó ella en los ojos de Harry, los que le comunicaron que sí, que era por Hermione.

-    Las cosas con Cho no volvieron a ser lo mismo desde el día de San Valentín.- cada uno por sus motivos, ambos sintieron un vuelco en el estómago al recordar aquel día.- Me di cuenta de que no nos comprendíamos el uno al otro, siempre acabábamos discutiendo por algo. Entonces… Entonces supe que… que estabas tú, y que por encima de todo tú me comprendías, porque siempre me habías comprendido y ayudado. Pero creí que era algo imposible, que era una locura… Pensaba que esto no podría pasar nunca. Quise volver a centrarme en Cho, intenté comprenderla, pensando que lo nuestro no podría funcionar. N-no supe entenderte, Hermione.

Harry habló sin apartar su mirada del rostro de Hermione, que fue volviéndose poco a poco hacia él. Las últimas palabras provocaron que ella le cogiera las manos con más fuerza aún, siempre observando su propio reflejo verde en los ojos del chico.

-    Nada de eso tiene sentido ahora, Harry. Lo único que importa es que estamos aquí, juntos, aprendiendo de nuestros errores, comprendiendo cosas que aún no habíamos entendido.

Compartieron una nueva mirada y sonrieron aliviados, sintiendo que el dolor se perdía en el silencio de la mañana. Ella supo entonces que aquella burbuja que, una noche atrás, los había mantenido ajenos a la realidad, estaba envolviéndolos de nuevo. Sólo había sitio para ellos dos, y aunque los jardines del colegio hubiesen estado abarrotados, como acostumbraban a estarlo en cuanto la primavera traía los primeros días soleados, para ellos seguiría siendo igual, un espacio donde nadie más podía molestarlos, un mundo personal y a la vez compartido donde nada excepto la tibieza del sol y el sonido distante de los árboles ondeando conseguían adentrarse.

Como si se tratase de sus últimos instantes de vida, Hermione vio pasar por su mente una sucesión de imágenes que abarcó todos los episodios de aquella particular odisea. Pudo verse a sí misma sentada en la nieve con los pies apoyados sobre la superficie helada del lago, cuando había llegado a la conclusión de que lo mejor era dejar las cosas como estaban, que la felicidad de Harry suponía la suya propia; del mismo modo, recordó aquella tarde en Grimmauld Place abrazada a él, intentando convencerle de que no los abandonara, que él no era una mala persona; milésimas de segundo después, la escena se tornó gris y lluviosa, donde pudo volver a ver el rostro de Harry mirándola desconcertado, preguntándole qué demonios le pasaba, por qué no le ayudaba como antes, y por un instante se vio sorprendida por el mismo dolor que llegó a sentir en dicha ocasión, cuando creyó que su amistad estaba en peligro; no pudo evitar rememorar los días aún más grises que siguieron al de San Valentín, unos días en los que su existencia quedó reducida a la de alguien que no encontraba consuelo suficiente en nada, alguien que sintió mil lágrimas emanar de sus ojos cada noche, en el silencio que se sumaba al dolor y a la incertidumbre; pero, por encima de todo, aquel flash-back se centró en las últimas veinticuatro horas, un período durante el cuál las luces de la esperanza volvieron a iluminarla, veinticuatro intensas horas que habían significado un antes y un después en su vida.

Aislados del mundo entero, cada uno perdido en la mirada del otro, acercaron lentamente sus cabezas hasta que sus labios se encontraron. Se besaron con dulzura, con delicadeza quizás, como si temieran romper el hechizo que los mantenía unidos. Hermione cerró los ojos y suplicó por que el tiempo se detuviera y nunca más tuviesen que separarse. Sintió una sensación de vértigo, como si hubiera comenzado a elevarse en el aire. Unas lágrimas comenzaron a recorrer su mejilla, lágrimas de felicidad, de inmensa placidez por sentir los labios de Harry rozando los suyos, por respirar su olor, por poder acariciar su fino y revuelto cabello azabache, por poder tenerlo en sus brazos.

Cuando se separaron, abrieron los ojos y volvieron a sonreír. Harry la miró un poco desconcertado al ver el rastro de lágrimas en los ojos y en las mejillas de Hermione, pero toda preocupación se esfumó en cuanto ella le habló, liberando un mensaje guardado en el alma. "Te quiero". El chico enredó una de sus manos en el cabello de Hermione, que ondeaba alegremente al compás de la brisa, sujetando con la otra la mano de la joven. "Yo también te quiero". Y la besó con más pasión que la primera vez, queriendo dejar claro que había tomado una decisión y que su corazón no mentía. Ella creyó estar en uno de los sueños que la habían visitado durante las noches en las que conseguía conciliar el sueño durante unas pocas horas, pero sonrió para sí al percatarse de que aquel momento era aún mejor. Porque, por encima de todo, era real. Estaba besando a Harry. Nadie la iba a despertar. Con su mano libre acarició la espalda del chico, y fue subiendo con calma hasta el cuello. No llevaba capa, iba vestido con la camisa y el jersey de lana que formaban parte del uniforme de la casa Gryffindor.

Volvieron a separarse ansiosos por observar cada uno el rostro del otro, por perderse en la belleza que los envolvía. Hermione acarició el rostro de Harry con ternura, leyó cada centímetro de su cara, deteniéndose con frecuencia en los pómulos, con la excusa de deleitarse con el color sobrenatural que teñía el iris de sus ojos. La tibieza procedente del sol y el embriagador aroma a flores que se extendía por los terrenos fueron su única compañía durante aquella mañana. Nada importaba que los alumnos más pequeños decidieran disfrutar del calor en los jardines, tampoco algún ocasional silbido procedente de las ventanas del castillo. Harry y Hermione únicamente tenían ojos para el otro, y para nada más.

Las horas transcurrieron, el sol comenzó a declinar y tanto el lago como los terrenos de Hogwarts quedaron iluminados por la luz del crepúsculo; pero el tiempo no pasaba para ellos, el vínculo los mantenía ajenos a todo, incluso al avance de las agujas del reloj. Cuando rehicieron el camino hasta las puertas de roble, cogidos de la mano, los rodeaba un paisaje pintado de siluetas con un cielo ardiente salpicado de estrellas. Quizás en otras circunstancias, la maravillosa estampa no habría escapado a su interés. Sin embargo, sus ojos no podían ver más allá de la burbuja que los rodeaba. Más atractiva que cualquier puesta de sol era la perspectiva de despertar a la mañana siguiente con el recuerdo de una tarde como aquella, con el sabor del último beso aún en los labios.


"Nota del autor: Para empezar, me gustaría dar las gracias a todos los que han leído los capítulos que he publicado hasta ahora. Es muy bonito saber que hay gente deseando leer próximos capítulos. Esta historia tendrá más capítulos, aunque puede que el siguiente tarde en ser publicado. Estoy en la universidad y no tengo todo el tiempo que me gustaría para escribir, pero prometo publicar cuanto antes. Gracias otra vez a todos los seguidores de esta historia, de verdad".



 


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