Historia al azar: TRIÁNGULO AMOROSO
Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú




 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
Quiero ver tus ojos » Secretos del alma
Historia terminada Quiero ver tus ojos (ATP)
Por ghostofhufflepuff
Escrita el Miércoles 3 de Octubre de 2007, 15:34
Actualizada el Jueves 20 de Agosto de 2009, 06:28
[ Más información ]

Secretos del alma

Capítulo 5
Título: Secretos del alma.
Autor: Jon Cadierno


    Harry no podía quitarse de la cabeza la vívida imagen de Hermione bajo aquel aguacero, la cabeza gacha, el dolor reflejado en su rostro, semioculta en aquel paisaje gris y neblinoso que caracterizó el día de San Valentín, dos meses atrás. Durante todas aquellas semanas no había encontrado una explicación a su negativa a la hora de ayudarle con Cho. Se había enfadado con ella porque de pronto se mostraba reacia a seguir aconsejándole, y aquello le había desconcertado mucho. "¡¿Qué demonios te ocurre, Hermione?!" Ahora lamentaba haber pronunciado dichas palabras, las que precedieron a casi dos meses de silencio entre ambos. "Creí que me ayudarías con Cho". Y entonces, Hermione murmuró tres únicas palabras que, si bien lo significaban todo para ella, Harry no supo entenderlas. "No puedo, Harry".

    Sentado sobre el alféizar de la ventana más próxima a su cama, la mañana de aquel último día de marzo tan próximo a las vacaciones de Pascua, Harry echaba de menos oír la voz de Hermione. Ella ya no hablaba con él, pero Harry ni siquiera la escuchaba conversar con nadie más. Ya no contestaba a las preguntas de clase; subía a su dormitorio a hacer los deberes en vez de en la Sala Común, junto al fuego, como acostumbraban a hacer; había dejado de preocuparse por sus obligaciones como Prefecta de la casa Gryffindor; era un silencio eterno.

    Desde que se marchó de aquel paraje junto a Hogsmeade dejándola sola en medio de la lluvia, Harry no había cesado de arrepentirse de lo que dijo. Deseó viajar atrás en el tiempo y volver a aquel mismo lugar, aunque le hubiese gustado aterrizar en el momento que hizo que su amiga decidiera no volver a ayudarlo con su novia. Deseó volver a dejar que aquel aguacero le calmara su enfado, con el único propósito de convencer a su amiga para que le contara lo que le ocurría. Lo que fuera, con tal de no repetir sus últimas palabras, las que sin duda tanto debieron herirla.

    El recuerdo de aquel día de los enamorados no era precisamente agradable. En un principio, se había sentido feliz al comprobar que Cho y él tenían mucho de qué hablar, llegando a la conclusión de que era una chica alegre y divertida. Todo marchó perfectamente hasta que tuvieron que poner los pies en aquel empalagoso salón de té de Madame Pudipié, donde Harry no supo ni siquiera qué decir. Al aire libre, lejos de querubines y parejas que no paraban de besarse, Harry se había sentido perfectamente. Le habría gustado haberse acercado a la misma colina donde habría de discutir con Hermione, desde donde se podía ver la hermosa calle principal; le habría gustado haber ido a Las Tres Escobas y tomarse una cerveza de mantequilla en su compañía, claro que sin tener que preocuparse de la entrevista con Rita Skeeter; habría preferido ir a Honeydukes y decidir junto a ella los dulces que podrían comprar para compartirlos en lo alto del pueblo, solos, donde habrían podido hablar tranquilamente de sus cosas, sin la presión que suponía el estar pendiente de si debía besarla ya o si aún era demasiado precipitado. Sin embargo, nada de aquello ocurrió. Como siempre, el tema de conversación viró hacia Cedric y Cho se convirtió en un mar de lágrimas. En aquel momento, nervioso y crispado como estaba, no había sabido escoger las palabras adecuadas, aunque seguía pensando que Cho no habría debido conversar sobre Cedric.

    Paradójicamente, el día de San Valentín se convirtió en el día del desamor. A las dos semanas de aquella lluviosa jornada, Cho y él se habían reconciliado, aunque apenas se habían visto el uno al otro. No obstante, había alguien con quién deseaba juntarse más que con nadie más, alguien a quien había visto durante todos y cada uno de los días transcurridos desde entonces, cuarenta y cinco para ser exactos, pero que no conseguía reconocer. Vagaba cual fantasma, ajena a todo y a todos, ajena a sí misma.

-    ¿Una partida de ajedrez, Harry?- la voz de Ron le llegó distante.
-    ¿Eh? No... no me apetece mucho...
-    Como quieras.- Ron le miraba curioso, incluso algo preocupado.- ¿estás bien?
-    Sí, sí, no te preocupes...
-    ¿Seguro? Bueno, entonces iré al campo de Quidditch a practicar un poco antes del almuerzo. Si quieres, allí estaré.
-    Gracias, Ron.- Harry dibujó una casi imperceptible sonrisa.

Harry observó a Ron coger su escoba y dejar la habitación, que volvió a quedar envuelta en silencio. Volvió a mirar por la ventana hacia los soleados terrenos, donde los alumnos disfrutaban del sábado lo mejor que podían, contentos sin duda de la llegada de la ansiada primavera. Se fijó en dos personas que caminaban tranquilamente hablando entre ellas. No le fue difícil distinguir la roja cabellera de Ginny Weasley, aunque parpadeó varias veces para asegurarse de que era Hermione la que paseaba junto a ella. Incluso desde aquella altura, Harry pudo asegurar que su amiga irradiaba una luz en la que nunca, hasta ese momento, se había fijado. Su rostro había vuelto a adquirir un color que sugería que había vida dentro de ella.

Sonreía.

Hablaba.

Volvía a ser ella.

Harry notó que el nudo que le había oprimido el estómago durante varios días se aflojaba lentamente. Él también sonrió.

Observó cómo Hermione y Ginny se sentaban a la sombra del árbol bajo el que solían descansar en días como aquel. Cuando quiso encontrar una respuesta a la cuestión que planteaba la aparición de aquella nueva Hermione, Harry se perdió. Quizás había decidido que ya era hora de poner fin a aquello y fuera a hablar con él en cualquier momento. Quizás había decidido olvidarle porque ya no albergaba esperanzas de que él le pidiera perdón. Quizás sólo se mostraba tan alegre con Ginny, que era la única que, preocupándose por ella, había querido hablarle desde hacía varias semanas. Eso era algo que Harry no había hecho, y no era más que otro motivo para sentirse claramente arrepentido, avergonzado de su propia cobardía. Había dejado que el tiempo pasara sin hacer nada, pues poco a poco, creyó ir llegando a la explicación que justificaba el comportamiento que Hermione había tenido aquel día bajo la lluvia. Él había sido un egoísta. Acabó por darse cuenta de que estaba pidiéndole demasiado, y no pudo culpar a su amiga por negarse a ayudarle con algo que él mismo era perfectamente capaz de solucionar. Desde que había llegado a esta conclusión, no deseaba más que encontrarse con ella y suplicarle que le perdonara.

Nunca era el momento adecuado. Sabía que cuanto más posponía este encuentro, mayor se hacía la distancia entre ambos. Cuando reunía el suficiente valor como para ir en su busca y pedir perdón, ella desaparecía. Escondida entre sus sábanas, se la había imaginado triste, convertida en un mar de lágrimas, pues sus enrojecidos ojos cada mañana, en la mesa del desayuno, la delataban…

Llegado el momento, se dijo que ya no podía ocultarlo por más tiempo. Desde el primer intento por acudir a ella con el único fin de hablar, Harry se dio cuenta de que existía una especie de cepo que le impedía dar un paso hacia ella. Había intentado ignorar esa extraña sensación ocultándola con una frase que cada vez tenía menos sentido: "Ahora no es el momento". A medida que los días transcurrían y sus horas de sueño disminuían, se daba cuenta de que cualquiera hubiese podido ser el momento oportuno. Pero, ¿qué era lo que le impedía acercarse a ella? ¿Cuál era la causa de aquella estúpida cobardía que en otras situaciones hubiese conseguido superar, pero que ahora suponía uno de los mayores esfuerzos de su vida? No estaba seguro de querer saberlo, aunque pudo jurar, aún aquel último día de marzo, que la respuesta estaba grabada a fuego en su corazón.

El sol de filtró por la ventana desde la que Harry observaba a Hermione, iluminándole el rostro. Como si hubiese percibido un súbito resplandor, la chica se giró y su mirada se encontró momentáneamente con la de Harry, que la observaba sin pestañear, absolutamente enfrascado en sus pensamientos. Quiso observar su reflejo en el cristal frente a él, pero sólo acertó a ver dos resplandecientes ojos verdes, los que habían hecho que Hermione se volviera en su sitio y los mirara.  

Así permaneció durante más de una hora, y si no hubiera sido por las réplicas de su estómago vacío, no se habría movido de allí. Encontró a Ron en el Gran Comedor, algo decepcionado por la ausencia de su amigo en el campo de Quidditch. Harry se disculpó, pero sus palabras no hicieron sino desconcertar a Ron aún más, quien repetía cada poco tiempo si se encontraba bien. Sintió ganas de hablarle de muros invisibles, cosquilleos en el estómago y noches en vela, pero no sabía por dónde empezar.

Por suerte, Harry encontró cierto alivio en la última reunión del ED aquella misma noche. Allí estaba Cho, esbelta, radiante, sonriente. Y allí estaba Hermione, su rostro iluminado, sus ojos llenos de vida, hermosa. Se encontró así mismo dándose cuenta de que no podía dejar de mirarla, y sentía un vuelco en el corazón cada vez que sus miradas se encontraban. En aquellos breves encuentros, Harry creyó intuir una sonrisa en sus labios que hizo que él mismo reviviera y regresara del limbo de tinieblas en el que había estado atrapado.

Todo lo que aconteció desde la llegada de Umbridge hasta que Harry pudo librarse de Malfoy se convirtió en una especie de película a cámara rápida. Lo único que recordaba con una mayor nitidez era haber corrido hasta ella, haberla desatado y haber huido juntos de la Sala de los Menesteres para esconderse en cualquier lugar. Aquella noche no llevaba la capa invisible, y si la llevaba no se acordó de ponérsela por encima para que fuera imposible encontrarlos. Aquella noche, toda su atención recaía sobre Hermione. Quería estar seguro de que se encontraba bien, y por encima de todo, quería pedirle perdón. De lo que ya no estaba tan seguro era de si quería decirle algo más…

Sentados en aquella esquina del aula, Harry solamente se percató de la sangre que al parecer emanaba de sus labios cuando Hermione la limpió con un sencillo hechizo. Se fijó en que ella le miraba atentamente; parecía preocupada. Un rayo de luna caía sobre ella, iluminándole sus ojos color de color canela, de tal forma que parecían dos piedras de ámbar. Creyó que no debía aplazar más el momento de disculparse.

-    Hermione, yo…Yo quería disculparme por todo lo que ha pasado, ¿sabes? N-no era mi intención herirte… Creo que he sido un egoísta.

Ella lo miró con tristeza. Le aseguró que era ella quien le debía una explicación. Él le dijo que eso no era así, que él era quien no debía haberle pedido que le ayudara en algo así. "Y ya es hora de que actúe por mi cuenta". Supuso que estas palabras tenían un determinado significado para Hermione, uno que seguía relacionando a Harry con Cho. Sin embargo, y en lo más profundo de sí mismo, esa frase adquiría un matiz que bien podía interpretarse de otro modo, de un modo que tan solo su corazón era capaz de descifrar.

Y entonces ocurrió que Hermione pronunció unas palabras que acabaron por desconcertarle aún más en un principio, pero que a la vez que veía la luna reflejada en cada uno de sus ojos ambarinos, se fueron convirtiendo en un mensaje que venía de lo más profundo de su ser. "Harry, no lo entiendes… Yo jamás podría negarte mi ayuda. S-si por algo consigo sentirme bien, es cuando sé que he podido ayudarte. Es m-mi mayor satisfacción".

-    Pero, ¿y lo que ocurrió en Hogsmeade? Creí haberlo entendido…

Ni siquiera supo porqué había dicho aquello. Era como si su ser estuviera dividido en dos; por una parte, el que creía estar precipitándose en tomar una decisión; por otra, el que le decía que en cada uno de ellos vivía el alma del otro. Por suerte o por desgracia, fue la primera parte de su ser la que habló aquella vez. Sólo entonces comprendió, por medio de una de las miradas más significativas que había compartido jamás, que acababa de formular la pregunta que Hermione más temía, y cuya respuesta más ansiaba conocer.

Cuando el hechizo de Draco Malfoy impactó contra Hermione, Harry supo que ya era demasiado tarde para defenderse. Al igual que hasta el momento en que su enemigo entró al aula, su mente seguía muy lejos de allí, la imagen de Hermione siempre presente. En aquel último recuerdo antes de caer aturdido por un segundo hechizo de Draco, Harry y Hermione estaban solos, lejos de todo el mundo, sonriendo por haber logrado lo que querían; estar el uno junto al otro. No oyó ni escuchó la única frase que Malfoy pronunció antes de dejarlo inconsciente; lo único que consiguió distinguir fue una intensa luz roja que puso fin al placentero pensamiento que le rondaba en la mente.

Abrió los ojos para descubrir que aún seguían en el aula iluminada por la luz de la luna. Hermione, que seguía inconsciente, había caído sobre su costado y no daba señales de despertarse. Asimismo, Harry se encontró apoyado sobre el costado de su amiga, y de no haber sido por los sonidos de combate que llegaban desde el pasillo al otro lado de la puerta, habría permanecido así hasta que ella volviera en sí, escuchando su lenta respiración y admirando el dulce perfume que parecía emanar de su cuerpo. Decidió dejar allí a Hermione prometiéndole, susurrándoselo al oído, volver cuanto antes. Así, abrió la puerta, asomó la cabeza y tuvo que agacharse para que el hechizo de Pansy Parkinson no le diera en la cara. En medio de una nube de polvo y astillas, Harry corrió a refugiarse tras una armadura cercana, varita en mano. Observó que Luna se batía en duelo con un Slytherin dos veces más grande que ella, y decidió atacarlo desde allí antes de que Luna acabara yendo a la enfermería partida en mil pedazos. Su hechizo le golpeó de lleno en el pecho y Harry se apresuró a unirse a Luna para que le informara de lo que estaba ocurriendo.

-    ¡Harry! No tienes buen aspecto, ¿sabes? ¿Tú también te has contagiado de gripe de dugbog? Mi padre asegura que pueden salirte unos granos del tamaño de…
-    ¡Luna! ¿Dónde están los demás? ¿Los han capturado? ¿Han conseguido esconderse?
-    ¿Qué? ¡Ah! Neville está luchando en el pasillo de al lado contra ese tal Goyle, y Ginny acaba de toparse con Draco Malfoy. Qué buena luchadora es… Y muy simpática, por cierto. - a Luna no parecía importarle que pudieran atacarlos en cualquier momento; es más, parecía decidida a hablar de Ginny como si estuvieran sentados a una mesa de Las Tres Escobas tomando una cerveza de mantequilla.
-    Ya, bien, ¿y Ron? ¿Y los demás miembros del ED?- Harry estaba apunto de perder la paciencia.
-    Creo que a tu amigo lo han cazado. Snape, si no me equivoco.- dijo Luna con serenidad.- No sé muy bien lo que pensar de ese hombre...

En ese momento, un hechizo les pasó rozando sus cabezas y fue a parar contra un gran jarrón que se hizo añicos al instante. Luna y Harry corrieron a resguardarse, aunque acabaron en el corredor donde Neville, Ginny, los gemelos Weasley y Ernie Macmillan luchaban contra miembros de la Brigada Inquisitorial. No había profesores por ninguna parte. Con sus varitas preparada, Harry y Luna se unieron a los del ED y pronto, entre los aturdidos y entre los que habían huido, no quedaban más de tres. Uno de ellos era Malfoy, y Harry sintió que la sangre le hervía de odio hacia él. Se aseguró de acorralarlo en un pasillo sin salida, algo apartado del corredor donde se había librado la pelea principal. Iban avanzando sin parar de lanzarse hechizos, sin percatarse de que a su paso estaban dejando un rastro de jarrones, puertas y retratos rotos.

-    Creía que aún conservabas algo de dignidad, Potter, pero ya veo que tanto tiempo con esos sucios Weasley te han vuelto como ellos. ¿Cuándo vas a aprender a diferenciar entre mago y escoria, Potter? Porque de eso es de lo que estás rodeado... - le espetó Draco Malfoy conjurando encantamientos escudo y lanzándole haces de luz roja casi al mismo tiempo.- ¡Púdrete con tu novia sangresucia!
-    ¡No la llames sangresucia delante de mí!- el odio le cegaba. Jamás había sentido tantas ganas de torturar a alguien. Lo hubiera hecho allí mismo hasta que le suplicara que parara. No iba a tolerar que menospreciara de esa manera a sus amigos.
-    ¡Ah! ¿Así que admites que es tu novia?- Draco se deleitaba con cada una de sus palabras. Al igual que en otras ocasiones, sus ojos grises destellaban de felicidad.- ¿Y qué hay de Chang? ¿Aún no lo sabe? Eres un maestro, Potter...

A Harry se le revolvió el estómago. Sabía que Malfoy se encargaría de propagar la noticia, y era evidente que lo que fuera que el chico contase llegaría a oídos de Cho... No quería hacerle daño, prefería poner fin a lo suyo de una manera formal, intentando que le afectase lo menos posible... Sin embargo, aquello parecía bastante difícil. El malestar que sentía fue convirtiéndose en odio añadido al anterior, en ganas irresistibles de hacer sufrir de dolor a la persona con la que se estaba batiendo en duelo.

Llegaron al fondo del pasillo, donde un magnífico ventanal ofrecía una vista preciosa del lago iluminado por la luz de la luna. Malfoy caminaba de espaldas al ventanal, esquivando con cada vez mayor dificultad los hechizos de Harry. La pérdida momentánea de reflejos hizo que un haz de luz azul impactara contra Malfoy y que este se estrellara contra la cristalera, haciendo que ésta se resquebrajara y estallara en miles de pedazos. El corazón de Harry se paró durante unas milésimas de segundo. No podía creer que Malfoy hubiera caído al vacío... Aquello era algo que no deseaba a nadie, quizás sólo a Voldemort, pero no a Malfoy...

Se aproximó lentamente al borde del ventanal, dejando que la brisa nocturna se colara por el enorme hueco que había dejado la cristalera y le acariciara el rostro. Donde deberían estar los invernaderos, Harry sólo alcanzaba a distinguir una oscuridad impenetrable, la misma que podía estar ocultando el cuerpo sin vida de Draco Malfoy... Las antorchas que iluminaban el corredor parpadearon hasta apagarse, una tras otra, envolviendo a Harry en una penumbra que comenzaba a oprimirle el pecho.

-    ¿Harry?

La voz de Hermione le llegó distante, como si aún permaneciera en el aula él la había dejado con la promesa de volver. Cuando se volvió hacia la voz, en cambio, descubrió que su amiga le observaba, varita en mano, desde la entrada al pasillo. Harry quiso suplicarle que había sido un accidente, que no había querido que la pelea llegara a tal extremo. Pero antes de que una sola palabra escapara de su boca, Hermione señaló a su espalda gritando algo incomprensible. Lo último que Harry recordaba era haber salido despedido hacia arriba, además de haber sentido un dolor punzante en la cabeza. Malfoy no había caído al vacío, e incluso se las había apañado para atacarle por la espalda. Antes de que la negrura lo invadiera todo, Harry tuvo una última visión de Hermione, que apuntaba a Malfoy con su varita. ¿Le habría sucedido algo?

Cuando, horas después, despertó postrado en una mullida cama de la enfermería, comprobó que Hermione estaba bien. Tanto ella como Ron, Ginny, los gemelos y Madame Pomfrey rodeaban su lecho observándolo con gesto preocupado, aunque cuando vieron que abría los ojos, todos le sonrieron abiertamente. El sol naciente se filtraba por las ventanas de la estancia envolviéndolo todo en una cálida luz dorada. La enfermera se retiró tras dejar un vaso con una pócima azulada sobre la mesilla de noche, dejando claro que la visita no debería durar más de quince minutos.

-    No me mire así, señor Weasley. Su amigo estará de alta esta misma tarde; era un simple golpe en la cabeza, nada más.

En cuanto se hubo retirado a su despacho, Ron y Ginny se apresuraron a contar todo lo que había sucedido; cómo Marietta Edgecombe había soplado el secreto del grupo de defensa; cómo Ron había sido capturado y llevado al despacho de Dumbledore, donde el director se había declarado responsable de la creación del ED y había huido de forma espectacular, aturdiendo a los miembros del Ministerio; cómo algunos de los miembros del ED habían conseguido llegar a salvo a sus salas comunes mientras el resto luchaba contra los de la Brigada Inquisitorial; y cómo, según les había contado Hermione, Malfoy había conseguido agarrarse al saliente del ventanal, atacar a Harry por la espalda y recibir un poderoso hechizo de Hermione que también había hecho que lo llevaran a la enfermería.

Aquel amplio relato de Harry llegó a sus oídos de la misma manera distante en que le había llegado la llamada de Hermione horas atrás. Su atención se centraba en ella, la persona que le miraba sin parpadear, ofreciéndole la sonrisa más bella que Harry había visto nunca. No hizo falta que ninguno d los dos hablara. Supo, a través de su mirada, que ambos estaban deseando quedarse solos. Era el momento de recuperar el tiempo perdido. Era el momento de conocer mejor el fragmento del alma del otro que anidaba en el interior de cada uno. Era el momento de amar.

























« Tierna luz de esperanza Comenta este capítulo | Ir arriba El tren del mediodía »


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino

contacto@potterfics.com

Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.