Historia al azar: Noviembre Sin Ti
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Fotografía » Capítulo 1
Historia terminada Fotografía (ATP)
Por Ayashi375
Escrita el Miércoles 26 de Septiembre de 2007, 08:52
Actualizada el Miércoles 26 de Septiembre de 2007, 08:53
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Capítulo 1

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  1. Capítulo 1
El primer amor de Tobías fue a los dieciséis años, en el parque. Su mejor amigo, Esteban, había pasado las vacaciones en el extranjero, en Grecia, y había traído multitud de fotografías para darle celos.
La joven en cuestión salía en unas cuantas fotos, pero nadie habría reparado en ella. Al fin y al cabo, estaba allí por casualidad. Era una turista más, o eso parecía. Sentada en un banco detrás de los padres de Esteban, con un batido de lima en sus manos; corriendo por detrás del amigo de Tobías, haciendo volar la falda de su vestido azul; riendo con gracia de algún chiste desconocido.
Tobías no dijo nada cuando la vio, pero supo que, indudablemente, se había enamorado. Y no precisamente porque la chica fuera guapa. En realidad, era del montón. Larga cabellera castaña, indomable, encrespada, con el flequillo largo cayendo suavemente a los lados de su rostro menudo de piel rosada; unos ojos redondos, de un color azul claro muy exótico, de mirada curiosa y distraída; labios finos, pintados de un marrón pálido; toda ella no parecía muy alta, aunque por las fotos no podía estar seguro, y no era exactamente delgada, sino más bien rellenita.
Con todo, Tobías lo supo. Aquel era el amor de su vida. Durante años había estado esperando algo, a alguien, pero no sabía exactamente de quién se trataba, qué era. Ahora sí. Era a ella.
Suponía que era estúpido preguntarle a Esteban por la encantadora desconocida que lo había dejado prendado desde unas fotografías que no estaban enfocadas a ella, así que no lo hizo. Por el contrario, buscó la que más le gustaba (ella salía sentada en una cafetería, con los hombros y la cabeza asomando por detrás de Esteban, y miraba distraídamente a un lado, con la barbilla apoyada en su mano abierta y el codo probablemente puesto sobre la mesa.
Una vez encontrada la fotografía, le pidió a Esteban si podía hacerle una copia.
- Quédatela. – Respondió él. – Pero no te masturbes mirándome, tío, que me da grima.
Cuando llegó a casa, recortó la foto para quedarse sólo con lo que se veía de la muchacha, y la guardó en su cartera junto a la foto de su difunta hermana pequeña y de su mejor amiga, Sofía.

Pasaron tres años.
Tobías siempre había sido popular entre las chicas. No en vano era atractivo, dulce y atento. Tenía el cabello castaño, un poco largo, sedoso y liso, que se ataba normalmente en una cola sobre la nuca, aunque algunos mechones caían alrededor de su rostro ovalado de piel bronceada; tenía los ojos del color de la miel clara, casi dorados, de mirada tierna, alerta y brillante; no era muy alto, ni tampoco muy robusto, pero el conjunto de sus facciones lo convertían en uno de los mejores partidos del trabajo, el instituto y la universidad.
Durante su infancia y la primera parte de su adolescencia, él pedía disculpas a las chicas que pretendían convertirse en sus novias, y decía que no estaba interesado. Ellas prometían esperar lo que hiciera falta, aunque muchas ya tenían pareja a las pocas semanas.
No obstante, desde que encontró las fotos de la mujer de su vida, la respuesta era distinta.
- Lo siento, estoy enamorado de otra chica.
No daba más detalles, porque los desconocía. Tampoco decía que todo lo que conocía de ella era algo de su aspecto, porque lo habrían tomado por loco. No, si la gente preguntaba él se limitaba a sonreír con picardía y no responder.
Habían pasado tres años. La fotografía seguía en su cartera, bien guardada, y la miraba constantemente, sobretodo durante la noche, antes de irse a dormir; entonces la sacaba, la besaba y la dejaba sobre la mesita, y sólo por la mañana volvía a guardarla.
Tobías estudiaba filología inglesa en la universidad de Barcelona, en la ciudad, pero vivía en Martorell, así que cogía el tren todos los días. Había comenzado hacía poco, pero ya tenía un grupo de amigos y unas cuantas chicas que babeaban por él. El joven lo sentía por ellas.
Una mañana despertó con una rara sensación en la boca del estómago. No era una sensación desagradable, como si fuera vomitar, sino algo como nerviosismo, un presagio, un buen presagio. Pero no supo definirlo, así que se limitó a seguir su rutina, como todos los días.
Tomó la fotografía de su amada y la besó tiernamente. Luego se vistió, guardó la foto en la cartera y ésta fue a parar al bolsillo trasero de su pantalón, como siempre sujeta por una cadena enganchada en una de las presillas.
Desayunó rápidamente, le dio un beso a su madre, palmeó la espalda de su padre y, al pasar por el recibidor, recogió su mochila cargada de material universitario y besó la fotografía de su hermana pequeña. Luego salió y se dirigió a la estación.
No tardó en llegar, y el tren se detuvo en la vía 2 a la hora exacta. Había mucha gente, pero Tobías tenía un don especial para encontrar sitio.
Pasó un tramo del viaje sin novedad. Gente que subía, unos pocos que bajaban, nada más. Pero en Hospitalet algo cambió.
Las puertas se abrieron, bajaron unas cuantas personas y subieron unas cuantas más. Y entre las que subieron había una muchacha de más o menos su edad, cabellera castaña y ojos exóticos y azules. Tobías la habría reconocido en cualquier lugar.
Oh, sí, se había cortado el pelo, que ahora le llegaba por encima de los hombros y estaba casi liso del todo; también llevaba gafas, unas gafas ovaladas de finos hierros negros; parecía haber adelgazado un poco, lo cual era normal habiendo pasado tanto tiempo desde las fotos. Vestía una falda por encima de las rodillas, oscura y de tela tejana, y una camisa blanca con los dos primeros botones abiertos; probablemente los había dejado así para mostrar su colgante en forma de pentágono, y no era consciente de que mostraba un escote de lo más sexy.
La joven trató de buscar un lugar para sentarse; arrastraba tras de sí una maleta de sorprendentes proporciones, y parecía cansada, pero nadie parecía reparar en ella excepto para lanzarle una mirada fulminante al recibir un empujón involuntario.
Tobías se obligó a esperar. La muchacha se acercaba, no tardaría en llegar hasta él. Esperó. Esperó.
Y, cuando la tuvo al lado, le tocó el brazo. La chica dio un respingo y lo miró con sus hermosos ojos azules. Él sonrió tranquilizadoramente.
- Hola. – Saludó, con mucha, mucha suavidad.
Ella titubeó, sin entenderle. Tobías probó con el inglés.
- Hola. – Repitió.
- ¡Ah! Hola. – La chica respondió con una sonrisa, hablando en un inglés perfecto y con una voz limpia y fresca, como el canto de los pájaros. – Perdona, es que no hablo español todavía.
- Siéntate aquí, si quieres.
Tobías se levantó.
- ¿Qué? ¡Oh, gracias! No hace falta, yo…
- Por favor, insisto.
Finalmente consiguió que se sentara, sonriéndole con infinito agradecimiento. Se quedó junto a ella, aferrándose a la barra de metal del techo. Su corazón latía, desbocado, pero nada en su aspecto denotaba el nerviosismo.
- ¿Grecia? – Preguntó con suavidad, intentando no parecer descortés.
- Inglaterra. – Respondió ella. - ¿Por qué Grecia?
- Dicen que los griegos son buenos con las lenguas, y no pareces norteamericana, no tienes un acento tan cerrado.
- Curioso razonamiento.
Estuvieron unos minutos en silencio, en los que ella se volvió hacia la ventana y miró afuera distraídamente.
- ¿Puedo saber qué trae a una chica sola aquí, a Barcelona? – Preguntó Tobías.
- ¿Eh? – La muchacha volvió a la realidad y lo miró con una sonrisa y las cejas alzadas. – Ah, estudios. Bueno, eso y problemas con mis padres. Quería irme de casa un tiempo, así que conseguí una beca en la universidad de Barcelona y una residencia relativamente barata en la ciudad.
- ¿Estás realmente sola? ¿No tienes conocidos por aquí?
- Oh, sí, un primo segundo. Bueno, no estoy segura de la relación sanguínea que nos une. Algo así como que él es el hijo de la hermana del marido de una prima de mi madre, algo por el estilo.
A Tobías le gustó que fuera tan abierta hablando. Eso lo haría más fácil. Podría acercarse, ganarse su corazón y, con el tiempo, decirle que la amó desde el primer momento en que vio sus fotografías.
- ¿Vas a vivir con él?
- Oh, no, no sabe que estoy aquí. Es que hace tres años que no nos vemos, y sólo nos hemos carteado para navidad, así que me parecía poco ético plantarme allí y decirle: hola, Esteban, vengo a vivir contigo una temporadita.
Tobías alzó las cejas.
- Esteban. – Musitó.
- Sí, es el nombre de este primo segundo…o lo que sea.
- Tres años.
- Sí. – La chica pareció confundida. – Hace tres años coincidimos en Grecia, de vacaciones, ¿por qué?
El chico no pudo menos que reírse por la irónica situación.
- ¿Qué? – Preguntó ella, perdida. - ¿Qué pasa?
- ¿Puedo saber tu nombre? – Fue lo que dijo él, después de negar con la cabeza e inclinarse un poco sobre la muchacha con una sonrisa divertida en los labios.
- Oh. April.
- Yo soy Tobías.
- ¿Sí? ¡Qué curioso! Te llamas como el mejor amigo de mi primo.

Aquella noche, Tobías dejó a April en el portal del bloque donde viviría. Había pasado el día enseñándole lo que había podido de Barcelona, habían intercambiado números de móvil y habían prometido encontrarse al día siguiente.
April lo miraba ahora marcharse calle abajo desde la ventana de la habitación. La puerta se abrió, y un muchacho rubio entró.
- ¿No te lo dije, April?
Esteban pasó el brazo por detrás de los hombros de su prima lejana.
- Está loquito por tus huesos.
La muchacha se sonrojó y apretó contra su pecho un pequeño álbum lleno de fotografías del amor de su vida, el mejor amigo de su primo Esteban, llamado Tobías.


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