Historia al azar: un despertar sin retorno
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Kalodria, Libro I - La Princesa Spika » Capítulo VIII - Por qué estoy aquí
Historia terminada Kalodria, Libro I - La Princesa Spika (ATP)
Por Ayashi375
Escrita el Miércoles 1 de Agosto de 2007, 12:02
Actualizada el Jueves 18 de Octubre de 2007, 21:52
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Capítulo VIII - Por qué estoy aquí

Cuando Spika echó a correr, Hiden sintió puro pánico. Se la llevaba. Se llevaba su cinta, la cinta de su madre, su preciado tesoro. No pudo moverse. No pudo actuar. Igual que cuando lo acosaban, se quedó paralizado.
Entonces la princesa se volvió y dio unos saltitos hacia atrás, alejándose. Reía con dulzura, juguetona, apretando firmemente el puño con el que sujetaba la cinta, zarandeándola.
- ¡Atrápame si puedes!
Al oír su risa, al ver sus movimientos gráciles, Hiden entendió que lo que ella pretendía no era robarle su tesoro, hacerle daño; lo que Spika intentaba era hacerle olvidar todo eso, intentaba divertirlo, jugar con él.
- ¡Como te pille, princesita de pacotilla…! – Exclamó el rubio, intentando parecer jovial, echando a correr tras ella.
No tardó en alcanzarla, pero fue una carrera en la que se divirtió como no recordaba haberse divertido nunca. Oía la risa carismática de la chica, y le encantaba, cuanto más la oía más ganas tenía de que no parara nunca.
Cuando llegó hasta ella, trató de cogerla del brazo. Spika intentó zafarse y tiró, pero Hiden la sujetó con fuerza de la manga. Tropezaron y, como si fuera una película, cayeron, él sobre ella.
La princesa estalló en carcajadas, boca abajo, un poco encogida y manchada de polvo. El rubio intentó no reír, aunque no lo consiguió. Después de casi un minuto de permanecer en el suelo en la misma posición en la que habían caído, Hiden se puso de pie y le tendió una mano a Spika. Echó de menos estar tendido sobre ella.
- Toma, tu recompensa. – Dijo la chica, aún medio riendo, dándole la cinta.
- Gra…gracias. – Respondió él. – Estás llena de polvo.
- ¡Oh, no!
Spika empezó a dar golpecitos sobre la ropa, intentando expulsar la suciedad. Sin darse cuenta, el rubio también empezó a darle palmaditas en la espalda, quitando el polvo.

La princesa se sentó al borde del barranco.
- Es peligroso. – Le advirtió Hiden.
- No te preocupes.
Spika se quitó los zapatos y los calcetines, y lo dejó todo a un lado. Se quedó con las piernas colgando en el precipicio. Se desperezó y miró hacia el bosque virgen que se alzaba al otro lado. El rubio optó por quedarse tras ella y coger un palo. Empezó a hacer fintas y florituras a una distancia prudencial de la princesa para no golpearla.
- Hace cuatro semanas, empezó.
Hiden se paró en seco y miró la espalda de la princesa.
- ¿El…qué? – Hizo cautamente, dejando el palo en el suelo.
- Todo. Llegaron de ninguna parte. Los que vivimos en Kalodria-capital nos enteramos por los mensajeros. Atacantes, decían los informes, que habían entrado por Karotia y habían destrozado tres pueblos distintos en un día. No quedaban ni los cimientos. Pulverizaban lo que encontraban a su paso, quemaban los cuerpos y esclavizaban a los niños. Fue horrible, y pensar que era sólo el primer día…
Hiden se quedó detrás de Spika. No podía verle la cara, pero tampoco quería. Sabía lo que vería: dolor.
- En esas cuatro semanas, llegaron a la capital. Lo habían destruido todo. Todo. – La voz de la princesa se quebró. – Todos los pueblos, las ciudades, las aldeas…Todos estaban muertos, Hiden. Habíamos enviado mensajes a nuestros aliados en busca de ayuda, pero nadie respondió. Estábamos solos. Entonces, ayer por la mañana, llegaron. – Spika empezó a temblar visiblemente. – Se veía la humareda en el horizonte, a la frontera de la ciudad. Envié a mi dama de compañía a buscar a su familia y ponerla a salvo, y corrí en busca de mis padres. Pero el palacio era un caos. Todos intentaban huir. No conseguí llegar a la sala del trono. El hechicero…me encontró y me llevó a la torre más alta. Me dijo que esperara, y se fue. Miré por la ventana. Lo quemaban todo. Eran soldados uniformados de negro, sus armas eran negras, llevaban el rostro cubierto. Y se acercaban. Gritos, fuego, sangre…La gente corría sin parar.
Spika se detuvo para tomar aire. El rubio se imaginó el rostro de la princesa manchado de lágrimas, y se le oprimió el corazón. Trató de imaginar el dolor que sentía, su pueblo en llamas, y él mismo sintió ganas de llorar.
- Cuando caía la noche, yo ya no podía rezar más. Les supliqué a todos los dioses y protectores que nos ayudaran, pero nadie acudió. Estábamos solos. Y el palacio era la última frontera. – Spika se llevó las manos a la cara para secarse las lágrimas. – El hechicero entró en la torre. Le dije que me llevara con mis padres, pero no quiso. Dijo que tenía que irme, que tenía que ponerme a salvo…Hizo el hechizo, y mientras lo hacia me dijo que tuviera cuidado, que no destacara, que me enviaría a otro mundo y, si sobrevivía, vendría a buscarme en cuanto pudiera.
La princesa respiró entrecortadamente y se volvió de medio cuerpo hacia Hiden. Tenía las mejillas empapadas, el ceño arrugado. Trataba de sonreír, pero era una sonrisa que mostraba el dolor, el miedo y el sufrimiento por el que estaba pasando.
- Así llegué a tu casa. Por eso abandoné mi hogar. Yo quería quedarme, luchar por mi tierra, pero el hechicero me lo impidió. Por eso estoy aquí, Hiden. Yo no quería venir. Quería quedarme. No me dejó, y ahora me pregunto si podré volver alguna vez. Y si vuelvo, ¿qué encontraré? ¿Habrá algún rastro de mi gente? ¿Quedarán supervivientes?
El rubio no fue capaz de escuchar más. Quería que callara. La rodeó con sus brazos y la apoyó en su pecho, intentó reconfortarla con su calor, aunque sabía que era inútil. Y Spika lloró amargamente su pena, descargando todo lo que había intentado ocultar por guardar la compostura y negarse a sí misma el mayor de sus miedos: ser la única habitante de Kalodria que quedaba con vida. Estar sola.


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