Historia al azar: Estudiar con Tom Riddle
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Kalodria, Libro I - La Princesa Spika » Capítulo VI - Sin Pasado
Historia terminada Kalodria, Libro I - La Princesa Spika (ATP)
Por Ayashi375
Escrita el Miércoles 1 de Agosto de 2007, 12:02
Actualizada el Jueves 18 de Octubre de 2007, 21:52
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Capítulo VI - Sin Pasado

Cuando termina de hablar, respira profundamente y me mira con una sonrisa orgullosa. Ama su hogar. Ama a su gente, ama a sus dioses, adora sus pueblos, sus ciudades.
- Spika...
- Princesa, Hiden, princesa. No puedes tratarme con tanta familiaridad.
- Si tanto te gusta tu reino, si tanto amas absolutamente todo lo que hay en él…¿Por qué te fuiste? ¿Por qué viniste aquí?
La sonrisa se le quiebra y desaparece. Algo en mis palabras le ha dolido. Mira hacia otro lado, pero veo su expresión de dolor. También lo he visto esta mañana mientras me cambiaba; al girarme hacia ella, vi que estaba distraída, que sufría. Quiso esconderlo, reprimirlo. Lo consiguió. Esta vez, no puede.
Pero tampoco me contesta. Abre la boca para hablar, pero no le salen las palabras. En cambio, las lágrimas empiezan a asomar en sus ojos, por más que ella lucha por contenerlas.
Le pongo la mano en el hombro, aunque no estoy seguro de tener derecho a esa confianza.
- No llores. – Le pido. – No me lo cuentes si te hace daño. Cuando estés preparada, te escucharé. Hasta entonces, puedo esperar.
Asiente con la cabeza y murmura un apenas audible “gracias”. Le doy una palmadita y llevo los libros a la estantería.
Con la charla, ya casi se nos ha hecho la hora de comer.

Cuando llegamos, mi madre está acabando de poner la mesa.
- Ya le he contado a tu padre lo de…bueno, nuestra visitante. – Dice con dulzura, titubeando. – Ha dicho que te quedes tanto tiempo como quieras, Spika.
- Prin-ce-sa. – Nos recuerda la chica.
- Oh, lo siento. Princesa. Espero que te guste nuestra comida.
- El cocinero de palacio estudió toda la vida, y aún estudia, para cocinar lo mejor de lo mejor, con el sabor más exquisito sin dejar de lado el aspecto saludable. No creo que sea mejor que eso. No obstante, tendré que resignarme.
Mi madre sonríe, con cariño, sin frustración o enfado. Ella es así. Si siente enojo, se lo calla. Nunca la he visto enfadada.
Le pido a Spika que se siente a la mesa y luego voy a ayudar a traer la comida. De primero hay ensalada y un poco de pica-pica: gambas, berberechos, espárragos, patatas fritas…De segundo hay pollo asado, de ese tan rico que hace mi madre al menos un domingo al mes. Espero que la maldita princesita mimada sepa apreciar el esfuerzo y el sabor.
Mi padre llega. Es un hombre muy jovial, de barba de varios días, muy desarreglado. Tiene el pelo negro, como mi madre. Saluda a Spika sin dar muestras de clase, y ella le lanza una mirada de desconfianza. En seguida parece considerarlo un bufón divertido, porque ríe en cuanto lo mira.
La comida va bien. Yo estoy sentado junto a la chica de cabello gris, y mis padres delante nuestro.
Me fijo en cómo come Spika. Bien erguida, usando para todo los cubiertos. ¿También se comerá el pollo así?
Apenas un minuto después, descubro que sí.
- Oye, Hiden. – Dice de pronto, mirándome.
- ¿Qué?
- ¿Por qué llevas eso?
Señala mi mano derecha. Se ha fijado en la cinta blanca que llevo atada a la muñeca.
- Ah, bueno…- Pienso que no quiero contestar a esa pregunta, pero no sé cómo evadirlo.
No obstante, no hace falta. No exactamente.
- Eso es…- Dice mi madre, sonriendo. – El único recuerdo que tiene de su madre.
- ¿Perdón? – Spika se muestra sorprendida, y yo me hundo en mi silla, deseando desaparecer.
- Mi marido y yo adoptamos a Hiden cuando él tenía aproximadamente ocho años. La verdad es que acordamos la edad, porque no sabemos qué años tiene en realidad: Hiden no recuerda nada de su infancia. Su primer recuerdo, dice, es el de estar en la cama del orfanato.
- La monja que lo acogió…- Prosigue mi padre, ahora serio. Por favor, que no sigan. – Dice que lo encontró a los pies de un árbol, con los ojos abiertos pero sin reaccionar a nada, quieto como si estuviera muerto, pero con pulso. Estaba desnudo, y apretaba con fuerza la cinta. No lograron quitársela nunca.
- Cuando lo vimos, decidimos que tenía que ser nuestro hijo. Verás, soy estéril, Spika, así que no puedo tener descendencia. En cuanto vi a Hiden, me dije que, si hubiera tenido un niño, tenía que ser como él. Así que tramitamos los papeles, y lo adoptamos.
El silencio cae sobre la mesa durante un segundo. Yo clavo la mirada en el pollo de mi plato. He perdido el apetito. Odio hablar de esto. Odio recordar que mis padres no son mis padres. Odio pensar que no tengo infancia. Odio mi vida.
- Pero, si no recuerdas nada, ¿cómo sabes que esa cinta es de tu madre? – Pregunta Spika. Su tono parece confundido.
- No tengo ningún recuerdo más allá de la cama en el orfanato, pero tengo la sensación…El pálpito, supongo, que esto era de mi madre biológica. Pienso que era la cinta que usaba para atarse el pelo.
Tal vez sea sólo una ilusión, una fantasía, una mentira en la que creo con intensidad. Tal vez sea falso. Pero necesito creer en ello. Y no sé por qué. Sé que a mis padres les duele que guarde esa cinta. Sé que les duele recordar que no soy su hijo. Pero no puedo evitarlo.
- Hiden piensa que a nosotros nos hace daño esa cinta. – Dice de pronto mi madre.
La miro bruscamente, y ella sonríe.
- Pero no es verdad. – Prosigue. – Sabemos perfectamente que no es nuestro hijo biológico, y no pretendemos que lo sea. Hiden es nuestro hijo, nosotros le hemos criado. Y eso es lo que importa.
- Comprendemos que necesite algo que lo ate a su pasado, a pesar de no recordarlo. – Dice mi padre. –Entendemos que necesite la cinta para acordarse de que una madre lo dio a luz.
Bajo otra vez la mirada. Oh, no…mis ojos están llenos de lágrimas.


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