Historia al azar: Cruel Distancia
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Kalodria, Libro I - La Princesa Spika » Capítulo II - Amanecer
Historia terminada Kalodria, Libro I - La Princesa Spika (ATP)
Por Ayashi375
Escrita el Miércoles 1 de Agosto de 2007, 12:02
Actualizada el Jueves 18 de Octubre de 2007, 21:52
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Capítulo II - Amanecer

Despertó a media mañana. No se movió ni abrió los ojos, sólo respiró profundamente. Ah, había tenido una pesadilla sobre una loca que decía ser princesa que lo obligaba a ordenar su cuarto. Suerte que ya había pasado.
Entonces oyó un suave gemido.
Abrió los ojos bruscamente, tan rápido que los ojos le hicieron chiribitas.
Lo que vio lo dejó completamente helado.
Él estaba sentado en su sillón, puesto de cualquier manera, mientras su cama estaba ocupada por una muchacha de largo cabello gris que vestía un disfraz de princesa. La chica se desperezó y bostezó descaradamente, y luego lo miró con ojos curiosos.
- ¿Aún estás durmiendo? – Se quejó. – Eres muy mal siervo. Bueno, no tengo nada más, así que deberás aprender. ¿Por qué no me traes el desayuno a la cama?
- ¡Eres real! – Exclamó Hiden, poniéndose en pie de un salto.
- Claro que lo soy. ¿Qué pasa, Hiden? ¿Realmente pensabas que estabas soñando?
- ¡Esto no puede ser verdad! ¿¡Cómo demonios caíste sobre mi cama?!
- Ah, el hechicero de la corte me envió.
- ¿¡Hechicero?! ¡Tú estás pirada!
- Controla esa lengua, vasallo inútil. Ahora, quiero que me traigas algo bueno para desayunar.
Para su desgracia, Hiden comprobó con horror que su cuerpo se movía solo y salía del bungalow. Entró en la casa por la puerta del jardín. Su padre estaba encerrado en el sótano y su madre aún dormía. Cruzó el salón y llegó a la cocina. Para entonces, estaba agotado por sus intentos de librarse de la manipulación, y desesperado al ver que era imposible.
Abrió la nevera y sacó el cartón de leche. Luego se dirigió al armario, lo abrió y sacó tostadora y pan. Empezó a hacer tostadas, mientras llenaba un cuenco con la leche. Luego lo pensó mejor, tiró la leche y exprimió unas cuantas naranjas; coló el zumo, y lo puso en una taza. Las tostadas salieron, así que las untó con mantequilla y mermelada de fresa.
Se preguntó por qué tenía que hacer aquello. En realidad, ¿por qué lo estaba haciendo? Su cuerpo se movía sin su consentimiento, y no podía evitarlo.
Puso la taza y el plato con las tostadas en una bandeja, y salió de casa otra vez. Entró en el bungalow a tiempo para ver a Spika quitándose el vestido.
Casi se le cayó la bandeja de las manos, aunque llegó a tiempo de ponerla sobre la mesa.
- ¿¡Qué demonios haces?! – Exclamó, dándole la espalda.
- ¿Oh? Pues cambiarme, naturalmente. – Respondió ella, sin dar muestras de pudor. – Esta ropa está sucia y tiene algunas roturas aquí y allá. Arréglalo, aunque no corre prisa. Por lo pronto, necesito que me consigas algo de ropa digna de mí.
- ¿¡De dónde saco yo ropa de chica?!
- Usa la imaginación.
Gruñó por lo bajo y empezó a revolver cajones en busca de algo útil. Vio, por el rabillo del ojo, como la chica se dirigía a la bandeja. Llevaba un corpiño blanco y unos zapatos azules.
- ¿Qué demonios es esto? – Preguntó Spika.
Hiden se volvió hacia ella.
- Una tostada, idiota. ¿Qué más iba a ser?
La jovencita lo miró fijamente. Dejó la comida en el plato y se acercó al rubio. Seguidamente, le dio una bofetada.
- Será mejor que aprendas a comportarte, vasallo, mi paciencia tiene un límite.
- ¿¡Se puede saber de qué vas?!
Hiden le dio un empujón a Spika. No pretendía darle fuerte, ya que el golpe ni siquiera le había dolido. O tal vez no pensara que ella fuera tan frágil. Sea como fuere, la muchacha cayó de espaldas al suelo con un gritito de espanto. Se sentó y lo miró con ojos llorosos. Abrió y cerró la boca varias veces, boqueando como un pez. Luego se echó a llorar.
- ¡Eh, eh, eh! ¡Pero no llores! ¡Oh, vamos! – Hiden se inclinó hacia ella. - ¡Lo siento! ¡No quería darte tan fuerte, en serio! ¡Deja de llorar! ¡Oh, por favor! ¡Mi madre te oirá!
Pero ella no paraba. El rubio gruñó y se arrodilló.
- Se lo ruego, princesa Spika, perdóneme…- Pegó el pecho al suelo y juntó las manos en señal de súplica.
El llanto remitió en un par de segundos.
- Bueno. – Hizo ella, aún hipando. – Que no vuelva a…a repetirse. Búscame algo de ropa, rápido.
Hiden volvió a los cajones. Mocosa estúpida…Se había tenido que rebajar a su nivel de locura para hacerla callar. ¿Eso tenían que hacer los psiquiatras, seguirles el juego a los lunáticos como esa tal Spika? Suerte que esa no era su vocación.
Después de darles tres vueltas a toda su ropa, suspiró con resignación y sacó una camiseta y unos pantalones, prendas que le habían quedado algo pequeñas.
- Es lo mejor que he encontrado. – Dijo en tono brusco, tirando las ropas sobre la cama. – Pero tendrás que quitarte esa cosa.
La princesa, que bebía el zumo de naranja con cautela y ya había terminado las tostadas, lo miró de reojo.
- ¿El qué? – Dijo tras dar un último sorbo. - ¿El corpiño? ¡Ni en sueños!
- Pues si no lo haces, no podrás ponerte esa ropa.
- ¿Por qué?
- Porque no hacen juego.
Dio en el blanco. Pensó que las combinaciones de ropas sería la perfecta excusa para que esa loca no destacara con medio corpiño asomando por debajo de las prendas, y tuvo razón. Spika hizo una mueca y torció los brazos hacia atrás para desatarse. Por su expresión de frustración, no lo conseguía.
- ¿Qué, “princesita”, te ayudo? – Se burló Hiden.
- Ya iba siendo hora de que te ofrecieras. – Respondió ella, dándole la espalda.
- No voy a hacerlo.
- Claro que lo harás. Desátame el corpiño.
Para su desgracia, se encontró de nuevo con el cuerpo funcionando por sí mismo, obedeciendo las órdenes de la princesa. Se puso en pie, se situó tras ella y empezó a desatar botones.
- ¿Es que en tu casa no tenéis sentido de la vergüenza? – Preguntó. – No sé, quedándote en paños menores delante de un chico…
- Eres mi siervo, así que no te atreverás a tocarme. De todos modos, sí, creo que lo más apropiado sería mandarte castrar.
- ¿¡Mandarme qué?!
- Es lo más seguro. Siempre he tenido damas de compañía, nunca siervos, pero madre sí ha tenido, y, lógicamente, los castró para no correr riesgos. Es cierto, los hombres, aún siendo siervos, sois muy animales en el sentido sexual. Será mejor que te haga castrar, sin duda.
- ¿¡Pero tú estás loca?! ¡Ni soñarlo!
Desató el último botón. Spika se apartó y se quitó el corpiño. A Hiden se le ocurrió que la castración no era tan mala idea.
El cuerpo desnudo de la joven era perfecto. Era delgada, aunque ya no tan acusadamente, tenía la piel tersa y blanca, unos senos redondos, no muy grandes. Parecía tener las medidas idóneas. Sus piernas eran largas y firmes, igual que sus brazos. El rubio la miró, boquiabierto, mientras ella, sin pudor, se acercaba a la cama y examinaba la ropa.
- ¡Arg! ¡Pantalones! Nunca me he puesto uno de estos, son de mal ver para una chica. ¿Es que no tienes faldas?
- Er…N…No, lo cierto es que no. – Musitó Hiden, clavando su mirada de adolescente enamorado en los pechos de Spika.
- Oh, bueno, tendré que arreglármelas con esto…
El rubio se sintió desilusionado cuando la camiseta cubrió el cuerpo de la que se hacía llamar “princesa” hasta medio muslo. Luego se reprendió mentalmente por no saber controlar sus estúpidas hormonas. Ah, maldita pubertad…
- ¿Qué tal me queda? – Preguntó Spika, vestida completamente. – ¿No tienes un espejo?
- No. – Respondió él con brusquedad.
Se arrodilló a los pies de la chica y dobló varias veces los bajos de los pantalones. Quiso saber por qué lo estaba haciendo. Que se tropezara si quería. Sí, que se tropezara, que cayera al suelo y se partiera la cabeza. Así le ahorraría problemas.
- Oh, gracias. – Dijo Spika.
- ¿Desde cuando las “princesas” dan las gracias? – Replicó Hiden de malas maneras.
- Es lo lógico, hay que ser agradecido.
- Bah. – Se apartó de ella con asco. – Date la vuelta, voy a cambiarme.
- No sientas vergüenza, no voy a mirarte con deseo como tú has hecho conmigo.
- Quiero que te gires.
- No lo haré. Cámbiate y ponte algo más decente que eso.
Nuevamente, su cuerpo obedeció sin chistar a la orden dada. Le dio la espalda a Spika y se dispuso a cambiarse la ropa.


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