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Kalodria, Libro I - La Princesa Spika » Capítulo XII - No te vayas
Historia terminada Kalodria, Libro I - La Princesa Spika (ATP)
Por Ayashi375
Escrita el Miércoles 1 de Agosto de 2007, 12:02
Actualizada el Jueves 18 de Octubre de 2007, 21:52
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Capítulo XII - No te vayas

La despertó la luz del sol que se filtraba por la ventana. Abrió los ojos sintiendo algo raro. Por un lado, el corazón le brincaba de alegría; por otro, tenía un peso en el estómago.
Al mirar a su lado, supo por qué, en parte, estaba contenta. Hiden dormía junto a ella, vestido con su horrible pijama de ositos, rodeándola con sus brazos en actitud protectora.
Y al mirar a la puerta recordó por qué le pesaba el estómago.
Kerim los miraba fijamente. Los vigilaba. La puerta estaba cerrada tras él.
- Tomaos vuestro tiempo, alteza. – Dijo en voz baja. – No es necesario volver de inmediato.
Spika asintió con la cabeza, agradecida. El hechicero chasqueó los dedos, y desapareció.
La chica se quedó quita unos segundos más, disfrutando del calor de su compañero, observando su durmiente rostro.
Se sentó con cuidado de no despertarlo, para mirarlo mejor. Entonces vio el collar. Ah, hacía tiempo que no tenía que usarlo. Iba siendo hora de quitárselo.
Intentando no turbar el plácido sueño de Hiden, Spika desató el collar. Sonó un suave “clic” cuando el cierre se soltó. Tal vez fue eso lo que despertó al rubio, o quizá no estuvo nunca dormido, porque de pronto abrió los ojos y cogió a la princesa de las muñecas.
Se miraron a los ojos unos eternos segundos.
- ¿Puedo quedármelo? – Pidió el rubio.
- Oh. Claro.
Volvió a atar el collar. Hiden tiró de ella y la volvió a tender en la cama.
- No te vayas. – Susurró.
- No puedes pedirme eso.
- Ya lo sé. Tienes que volver con tu gente, tienes que ayudarles a volver a ser el pueblo que eran. Pero no puedo evitar desear que te quedes conmigo.
- Ojalá hubiera alguna solución. Pero no la hay. Tengo que marcharme.
El rubio asintió con la cabeza. Acercó su rostro al de ella…Pero se quedó a medio camino.
- Lo siento. – Murmuró.
- ¿Por qué?
- Iba a…
- Sé lo que ibas a hacer.
- …¿Y?
- Puedes hacerlo.
Hiden sonrió. Era extraño verle sonreír.
El muchacho se acercó un poco más. Ambos estaban sonrojados. Titubeó un poco, rozó los labios de la princesa con los suyos…Y, finalmente, la besó.
Fue un beso torpe pero dulce, corto. Vino seguido de otro más largo y apasionado, y luego otro más.
- Para. – Pidió Spika, con los ojos fuertemente cerrados.
- Ah, perdón…
- Es que…Si sigues, yo…no…
- No te atreverás a irte. Lo sé. Y lo siento. No tendría que…que haberlo hecho. – Hizo una breve pausa. – Si no salgo de esta habitación voy a hacer algo muy malo. Con permiso.
Se levantó y salió rápidamente, tropezándose con la puerta.

- ¿Estáis preparada, alteza? – Preguntó Kerim cuando Spika salió de la habitación de invitados, con el vestido con el que llegó puesto.
- Sí. – Respondió, con la voz temblorosa.
- ¿Completamente…preparada?
- Sí, Kerim, lo estoy. Si esperamos más, no me decidiré a irme nunca.
El hechicero asintió. Llevaba una túnica larga de color azul marino y una capa negra con un cuello ostentoso e imposible. Bajaron las escaleras y llegaron al jardín. Los padres de Hiden ya les esperaban allí. La mujer tenía los ojos llenos de lágrimas.
El rubio estaba apoyado contra su bungalow. Cuando Spika y el hombre se acercaron a sus padres, él respiró profundamente y, armándose de valor, caminó hacia ellos.
Cuando llegó a su lado, Kerim se inclinó un poco hacia el muchacho para mirarlo a los ojos.
- Ya me han contado…- Dijo suavemente, mirándolo sin ninguna expresión. - …que estas personas no son tus padres.
- Lo son para mí. – Respondió Hiden de malas maneras.
- Oh, ya. Y dime, ¿el nombre te lo pusieron ellos?
- No. Era la única palabra que yo decía cuando la monja me encontró, así que decidió que me llamaría así. ¿Por qué?
Kerim asintió y se irguió.
- Entiendo. Tu madre estaría orgullosa de ti.
Los cuatro se quedaron helados. Hiden fue el primero en reaccionar.
- ¿Mi madre? ¿A qué te refieres?
- Cabello rubio como la miel, ojos verdes como esmeraldas…Sin duda, eres su hijo.
- ¿Hijo de quién? ¿Sabes quién es mi madre…biológica?
- ¿Kerim…? – Murmuró Spika.
- Sí, Hiden, lo sé. Es mi hermana.


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