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Kalodria, Libro I - La Princesa Spika » Capítulo XI - Te quiero a ti
Historia terminada Kalodria, Libro I - La Princesa Spika (ATP)
Por Ayashi375
Escrita el Miércoles 1 de Agosto de 2007, 12:02
Actualizada el Jueves 18 de Octubre de 2007, 21:52
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Capítulo XI - Te quiero a ti

Cuando el hechicero, llamado Kerim, estuvo algo más recuperado, explicó con pesadumbre lo que había ocurrido en Kalodria.
Una vez la princesa Spika estuvo a salvo en otro mundo, él buscó al rey y la reina, pero, por desgracia, el palacio cayó antes de encontrarlos.
Kerim despertó en un lugar oscuro y húmedo, iluminado con antorchas y hogueras. Había mucho humo. Por un aterrador instante pensó que se encontraba en las ruinas de palacio, sepultado, y que ya no quedaba nada de su hogar.
Pero entonces vio un rostro amable y anciano que se inclinaba sobre él. Tardó unas horas en poder incorporarse, pues tenía muchas magulladuras y quemaduras producidas por el derrumbamiento y el fuego. Una vez pudo sentarse, la gente que había en la cueva le explicó que eran los supervivientes de Kalodria.
Algunos se ocultaron cuando empezaron a llegar los atacantes. Otros, fueron huyendo conforme los soldados se acercaban a sus pueblos. Los últimos eran los que, milagrosamente, lograron huir del enemigo.
Kerim contó con pesar que apenas eran treinta y dos hombres y cuarenta mujeres. Había una docena de niños, no más.
Necesitó varios días para recuperarse, y otros pocos para recuperar la posición exacta de la princesa y así poder ir a buscarla.
Spika escuchó todo con semblante serio, sin mostrar ninguna emoción. Al finalizar, asintió.
- Debo suponer que…No has dado con mis padres.
Kerim se temía esa pregunta, porque hizo una mueca y se volvió hacia el otro lado.
- Lo…Lo lamento, princesa. Probablemente, el rey y la reina hayan…
Ella volvió a asentir con la cabeza y respiró profundamente.
- ¿Cuándo me llevarás a casa?
Hiden se estremeció y cogió la mano de Spika con fuerza. Ella lo entendió como una señal de apoyo. Kerim vio lo que era: un desesperado intento por atar a la princesa a su lado.
- Este amable matrimonio que me acogió cuando llegué me han pedido que espere a mañana. Quieren despedirse de vos como es debido. Al amanecer la llevaré a casa, si es vuestro deseo.
- No hay una casa a la que volver. – Recordó Spika con amargura.
- Sí la hay. Kalodria nunca morirá, princesa. No, mientras aún haya gente que la ame, y mientras haya alguien que dirija a su pueblo.
- No hay nadie así. Mi padre está muerto.
- Pero vos seguís viva.

La despedida fue una fiesta. Había música, globos, confeti y mucha comida. Intentaba ser alegre, pero nadie logró arrancar una sonrisa de los labios de Spika. Su corazón lloraba, aunque no permitiera que sus ojos también lo hicieran. Hiden fue el que acabó declarando que eso sólo hacía que alargar la agonía: debían irse ya a dormir.
Kerim se quedó en la habitación de invitados de la casa grande, aunque puso muchas objeciones a que Spika y Hiden durmieran bajo el mismo techo.
- Mi señora, es un hombre joven, ya sabéis que a esta edad…
- Kerim, Hiden tiene una voluntad de hierro. No me tocará.
- ¿No deberíais castrarlo para estar segura, alteza?
- Llevo ocho días durmiendo en la misma habitación que mi siervo, y nunca ha habido ningún problema, así que no voy a castrarlo ahora.
- Pero, mi señora…
Spika se marchó, dejando a Kerim con la palabra en la boca.

En cuanto la puerta estuvo cerrada, Hiden se metió en la cama con Spika.
- ¿Qué haces? – Preguntó la princesa, en un tono bastante desagradable.
- No me digas que ahora te importará que comparta tu cama. – Replicó él.
- Quiero estar sola.
- Mientes. Lo que quieres es llorar sola. Y eso no voy a consentirlo.
- No voy a llorar.
- Pues no llores. Pero deja que duerma una última vez contigo.
La chica abrió la boca para replicar, pero se hundió en la mirada del rubio, y acabó asintiendo con la cabeza. Dejó que él la abrazara por la espalda, con cuidado, rodeando su cintura cariñosamente. Estuvieron en silencio unos minutos.
- Hiden…- Susurró Spika.
- ¿Qué?
- Estoy asustada.
Su voz se quebró. El muchacho la apretó más contra su pecho.
- Lo sé, pero no tienes por qué estarlo. Volverás con tu gente.
- Mi gente se ha convertido en menos de un centenar de fugitivos. ¿Estarán los soldados montando colonias en nuestro territorio? ¿Dónde viviremos? ¿Quién nos gobernará? Kerim quiere que lo haga yo, porque soy la princesa heredera, pero no estoy lista para dar órdenes a un pueblo.
- Bueno, a un siervo se las das bastante bien. No creo que sea muy diferente. Además, el hechicero estará contigo, ayudándote.
- Lo sé, pero…Oh, Hiden, tengo miedo…
El rubio la volvió y la abrazó fuertemente.
- No te preocupes, no hay nada que temer. Estoy contigo.
- ¡Sí, Hiden, pero ¿por cuánto tiempo?! ¡Me voy al amanecer, Hiden, y ya no estarás conmigo, ya no podrás abrazarme cuando llore ni apoyarme cuando tenga miedo!
- …Pero Kerim podrá hacerlo.
- Yo no quiero a Kerim. Te quiero a ti.


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