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Sin Nada En Mi Lengua » El Piano
Sin Nada En Mi Lengua (R15)
Por ontzilore
Escrita el Sábado 9 de Enero de 2021, 17:22
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 17:13
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El Piano

Agosto de 1981

Un piano apareció en la sala de personal en su tercer día como profesor.

El viejo vertical reemplazó a un hundido asiento de dos plazas de terciopelo rojo que había estado languideciendo en el rincón más alejado de la habitación. Severus había cometido el error de sentarse en la monstruosidad sólo una vez; temiendo estar en inminente peligro de ser devorado vivo y eructado por el fondo en forma de polvorientos conejitos lanudos, se había levantado sin elegancia y nunca volvió a intentar sentarse allí. Extrañamente, el tejido del banco acolchado del piano era del mismo terciopelo gastado que el sofá, y Severus se preguntó si los Elfos Domésticos simplemente estaban siendo tacaños o si él estaba justificadamente paranoico al imaginar alguna especie de mensaje críptico sobre el significado de la vida.

Ignoró el piano durante semanas; olía fuertemente a una de las trampas más chapuceras de Dumbledore. Aun así, el instrumento lo llamaba como una sirena sobre las rocas, las broncíneas curvas de roble reluciendo seductoramente con la promesa de la música.

Fue un miércoles ventoso, de cielo azul, cuando finalmente se rindió a la tentación. Como el miembro más joven del profesorado y apenas dos años después su propia graduación, Severus se encontraba a la deriva y sin amigos, en relaciones ambiguas e inciertas con los demás habitantes del Castillo. Así que, cuando entró en la sala de profesores - algo que todavía sentía bastante como una invasión - para encontrarse benditamente solo, Severus se dirigió directamente al piano, todo el trabajo de corrección olvidado.

Para su gran sorpresa, el piano no sólo estaba bien afinado, sino que el banco acolchado contenía una pila maravillosamente gruesa de partituras de música Muggle. Con cautela, se sentó, pasando un largo dedo sobre las teclas.

Do, Re, Mi, Fa…

Las notas eran brillantes y puras, mezclándose con la luz del sol que entraba a raudales a través de las ventanas geminadas para crear un tipo completamente diferente de magia. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, aflojando algunos nudos: aquí, al menos, había algo que sabía cómo manejar con confianza.

Sus primeros compases de Schubert fueron vacilantes y toscos; habían pasado más de cinco años desde que Severus había visto siquiera un piano, ni mucho menos había tocado uno. Con una mueca, volvió a levantarse, se despojó de la túnica y la levita, y flexionó sus estrechos hombros. Respirando profundamente, comenzó de nuevo.

Siéntate derecho, recitó, susurros del pasado llenando la habitación como rayos de sol errantes. Toca con los hombros, no con las muñecas. No golpees las teclas, acarícialas…

Una nota, y luego dos; un acorde, luego un compás completo… y simplemente así, Severus estuvo absolutamente perdido.

La música fluyendo de sus dedos se sumergió y se remontó, de algún modo logrando aflojar los fuertes escudos Oclumánticos que habían congelado todo salvo su furia y su miedo; cada arpegio abatiéndose erosionó el hielo hasta que el sonido y el sentimiento fueron una gloriosa confusión ondeando a través del aire.

Abruptamente, la magia terminó.

La sala se había vuelto sombría y helada, el sol se había hundido tras las montañas en el extremo más lejano del Lago Negro. Las muñecas y los dedos le dolían abominablemente, y su cuello tenía la tortícolis más peculiar. Moviéndose con cautela sobre el banco, Severus miró tras de sí y se congeló; la sala estaba llena de silenciosos miembros del profesorado mirando fijamente.

En un instante, Severus sintió que su rostro se encendía y se apresuró a apuntalar sus escudos. Nunca había pretendido exponerse de tal modo, y nunca habría continuado tocando si hubiera sabido que había una audiencia…

"Eso fue magnífico, Severus." Una forma robusta se desprendió de la pared, y con un movimiento de varita, encendió las lámparas de la habitación. Aurora Sinistra - una profesora que nunca le había dado ni la hora del día - le dedicó una cálida sonrisa. "No tenía idea de que tocabas, ni de que tocabas tan bien. Todos hemos estado sentados en la oscuridad durante casi una hora porque no queríamos molestarte."

"Mis disculpas. No pretendía monopolizar el espacio…" comenzó Severus, poniéndose apresuradamente la levita y preguntándose cuán rápido podría huir a las mazmorras sin parecer tonto. ¡Idiota! Deberías haber tenido al menos el suficiente cuidado como para conjurar hechizos de detección…

El semblante de la profesora de astronomía se volvió irónico. "Oh, no me malinterpretes, muchacho. Tu actuación fue un agradable regalo después de un día duro. Espero que podamos volver a escucharte."

Un coro de acuerdo se unió a sus palabras y Severus se detuvo, observando brevemente las expresiones a su alrededor. Por una vez, la gente estaba mirándolo con evidente aprobación en lugar de disgusto helado; incluso McGonagall se había relajado lo suficiente como para no parecer que estaba chupando limones.

Quizá, pensó, sólo quizá pueda utilizar esto en mi beneficio…

Entonces la mirada azul fríamente calculadora de Albus Dumbledore colisionó con la suya, y casi se estremeció ante lo que vio; puede que fuera un Mortífago mascota, pero no le entregaría voluntariamente al Director nada más de su alma de lo que ya tenía.

"Debo coincidir con Aurora. Ésa fue toda una actuación."

Visiones de ser explotado para tocar para los estudiantes, o peor todavía, el Ministerio, llenaron la cabeza de Snape. ¡Nunca! "Fue la única, se lo aseguro," dijo, tomando su trabajo de la mesa y volviéndose hacia la puerta.

"Es una lástima," murmuró el mago más viejo. "Claramente, el Castillo consideró adecuado trasladar el piano a la sala de profesores por una razón. Y como bien sabes, siempre se brindará ayuda en Hogwarts a quienes la soliciten."

Por mucho que sus palabras fueran conciliatorias, había una amenaza que acechaba justo bajo la superficie. No te hagas ilusiones. Tu trabajo aquí no es hacer amigos…

Snape hizo un gesto de desprecio. ¡Lo sé, bastardo!

En un remolino de túnicas, se marchó.

*********

Naturalmente, no fue la única.

Dos semanas después, Severus se coló en la sala de profesores tras las rondas nocturnas y tocó durante casi cinco horas; cuando finalmente cayó en la cama, durmió como un muerto y despertó con la mente más despejada de lo que lo había hecho en meses.

Algo tenía que romperse, lo sabía; uno no puede bailar en el filo de la navaja entre dos amos - ¡además de la docencia y las obligaciones de Jefe de Casa! - y no resbalar sin algún tipo de salida. La Oclumancia sólo podía llegar hasta cierto punto, y ya le habían ordenado que dejara de asignar tantas detenciones a los pequeños bastardos. Decidió continuar con sus conciertos nocturnos, al diablo con el reproche tácito de Dumbledore.

Sin embargo, una conversación oída por casualidad varios días después cambió radicalmente su enfoque. Severus no había estado precisamente al acecho - tenía tanto derecho a estar en el balcón del cuarto piso como cualquier otro - pero había declinado anunciar su presencia cuando McGonagall y Madame Pomfrey deambulaban por allí. Su falta de atención dejó claro que estaban teniendo una jugosa conversación, y él se deslizó más adentro de las cortinas cuando se hizo obvio que la charla trataba sobre él.

"¿Ha vuelto a tocar?" preguntó Pomfrey.

"No lo atraparías en ello. Sin embargo, varios retratos lo han oído tocando a altas horas de la madrugada."

"Es una pena. Debo decir que creo que es dulce que sea demasiado tímido para tocar frente a cualquiera. Demuestra cuánto significa para él."

"Merlín sabe que no es del tipo tímido para nada más."

Pomfrey dio un resoplido divertido. "¿Todavía te duele que superara a cada uno de tus Gryffindor en los E.X.T.A.S.I.s, querida?"

"Apenas. Lo único que me duele es la mano, y eso se debe a la pura longitud de sus trabajos que califiqué a lo largo de su carrera estudiantil. Aun así, imagino que está probando su propia medicina ahora que está enseñando."

Las mujeres se quedaron en silencio antes de que Pomfrey volviera a hablar. "Albus no parecía muy complacido por la reacción a su actuación."

"No. No lo estaba."

"Así que, ¿fue el Castillo el que trasladó el piano a la sala, entonces?"

"Hasta donde yo sé, sí."

"¿Ha sucedido eso antes? El Castillo actuando de tal manera, quiero decir."

"Es raro, pero sí."

"¿Por qué?" La voz de Pomfrey bajó cuando se alejaron más, y Severus se esforzó para oír sus siguientes palabras. "Si se puede confiar en él ahora, ¿por qué Albus se opondría a algo tan inofensivo como un piano?"

"No lo sé, Poppy, de verdad. Los dos han estado siempre en desacuerdo. Además, ya conoces a Albus. No puede soportar nada que no pueda controlar."

"Hombres…"

"En efecto."

*********

Severus reflexionó sobre la conversación durante varios días. Era reacio a revelarse más, y tocar el piano siempre había sido un acto intensamente privado. Pero había otras consideraciones a tener en cuenta; debía ser visto haciendo aliados en el Castillo, o el Señor Tenebroso lo reemplazaría de la manera más dolorosa; el castigo habitual de una convocatoria era lo suficientemente malo como era. Ser pillado tocando el piano había suavizado notablemente las actitudes del personal, y sería un buen comienzo para formar más conexiones positivas. Que la acción también revolvería las plumas de Albus Dumbledore era una bendición inesperada…

Tendré que ser cuidadoso y no dejarme perder en la música. ¿Hechizar el banco, quizá?

*********

Inesperadamente, se encontró nervioso cuando se acomodaba para tocar; Severus prácticamente podía contar con los dedos de una mano la cantidad de veces que había tocado para otros. Hojeando las partituras, le molestó ver que no sólo su mano estaba un poco inestable, sino que tampoco estaba completamente seca.

Eres un Mortífago grande, malo… ¿por qué te importa, de todos modos? Pensaban que no eras más que escoria como estudiante, ¡y sus opiniones apenas son mejores ahora!

El flujo cáustico y amargo de resentimiento ante el pensamiento calmó sus nervios: en verdad, no le importaba lo que pensaran. Severus no estaba haciendo esto por elogios - simplemente era un medio para un fin. No confiaba en Dumbledore para mantener su parte del trato, y si alguna vez iba a compensar lo que había hecho, tenía que tener más partidarios que un viejo homosexual soltero, afeminado y crítico.

Bien. ¿Algo de Bach, quizá? ¿Chopin? No, necesito algo más vistoso. Khatchaturian, creo…

*********

Sorprendentemente, funcionó como un encantamiento.

Para la segunda semana de octubre, ya no era una isla en sí mismo; varios de los maestros más experimentados habían decidido ser sus mentores en los métodos más arcanos de dirección de los estudiantes, y podría contar con ellos para respaldarlo cuando Dumbledore tratara de favorecer descaradamente a su Casa en asuntos de disciplina. Lo mejor de todo, significaba una razón prefabricada para tocar el piano, y Severus estaba satisfecho de cuán rápido sus lecciones estaban regresando a él.

Había estado peleándose con un pasaje particularmente intrincado cuando una esbelta mano se deslizó junto a la suya y elegantemente sacó la melodía. Al levantar la mirada, Severus se sobresaltó al ver que el miembro pertenecía nada menos que a Minerva McGonagall.

Ella le sonrió levemente burlona cuando vio su expresión. "No eres el único que sabe tocar aquí, ya sabes."

"Y yo que pensaba que era el único que se benefició de un enfoque más… polifónico de la educación temprana."

"Nuestros números son escasos pero poderosos," retrucó McGonagall. "Y no te dejaré que destroces a Tovey de esa manera. Si vas a tocar algo de un escocés en mi presencia, será mejor que lo hagas correctamente. Déjame sitio y te enseñaré cómo se hace."

A pesar de sí mismo, a Severus le divirtieron los modales de la mujer mayor; sabía que ella no era tan arrogante como aparentaba, pero se le hacía extraño que interactuara con él de un modo tan agradable. Obedientemente, se corrió rápidamente y ella se sentó en el banco acolchado, haciendo una mueca.

"Las bragas de Nimue, pero este banco es incómodo. Parece como si alguien hubiera hechizado la maldita cosa…"

Severus apuntó a la inocencia alegre. "¿Y quién se complacería en cometer un acto tan mezquino y pueril?"

"Oh, se me ocurren una o dos personas," dijo ella con sequedad, y sacó su varita. En un destello, canceló su hechizo y transformó la superficie en algo mucho más cómodo y que daba más apoyo, dando un suspiro de satisfacción cuando lo hizo.

"Ahora, presta atención…"

*********

Fue una manera extrañamente agradable de pasar un cuarto de hora; Minerva lo desafió a un dúo al final, y demostraron estar bien conjuntados como pareja.

"¿Dónde aprendiste a tocar?" preguntó Severus, sorprendiendo a ambos con la cuestión.

Ella le dio al tablero una cariñosa caricia. "De mi padre. Era un vicario bastante dispuesto musicalmente, y yo tocaba la mayoría de domingos en la iglesia hasta que vine a Hogwarts. Después de eso…" La pena profundizó el esmeralda de sus ojos. "Bueno, después de eso las cosas se volvieron mucho más espinosas, y tocaba sólo ocasionalmente."

Severus había olvidado que ella era mestiza al igual que él, y el arrepentimiento de ella por los caminos no seguidos tiró de algo bastante incómodo en su interior; estaba demasiado cerca de las circunstancias de su propio pasado para asumirlo cómodamente.

"Nuestra dualidad causa todo tipo de complicaciones, ¿no?" reflexionó él retóricamente. "Mucho más fácil ser lo uno o lo otro, creería…"

McGonagall ladeó la cabeza, mirándolo fijamente por un largo momento. "Quizá." Su voz se volvió sardónica. "Por desgracia, como mujer y bruja, he descubierto que uno nunca puede escapar de las complicaciones inherentes de las dicotomías sociales, por mucho que lo intente."

"Freud tenía bastantes cosas que decir sobre ese tema…" replicó Severus maliciosamente, incapaz de resistirse a picar a la mujer.

"Freud estaba lleno de mierda, y lo sabes. Mucho mejor leer a Mary Wollstonecraft si vas a perder el tiempo con la filosofía Muggle."

Él chasqueó en desaprobación. "Qué vergüenza, Profesora. ¿No es la búsqueda de conocimiento por el bien del conocimiento un deber sagrado?"

"Oh, no te lo tomes demasiado a pecho…" Con admirable velocidad, cambió de tema. "Hablando de educación, ¿cómo diantres aprendiste a tocar? No recuerdo que tu Madre tuviera inclinación musical."

Snape bajó la mirada a sus pálidas manos, todavía curvadas sobre el patrón alterno de teclas blancas y negras. A pesar de que era una pregunta sencilla, la respuesta era cualquier cosa menos eso; podría mentir, o podría responderla sinceramente y arriesgarse a delatarse. Minerva McGonagall había sabido desde hace mucho quién y qué era él - y lo más importante, lo que había sido. Era una mujer inteligente, y la idea de que reconstruyera la verdad de lo que había hecho era aterradora.

Ah, pero el tiempo del orgullo ha pasado, ¿no? Es tan buena como la segunda de Dumbledore, y necesitas que te vea como algo más que un monstruo y un Mortífago. Esto no se trata de ti. Se trata de proteger a Lily, y si McGonagall cree lo que tienes que decir, entonces Lily está más segura…

"No. Mi madre no tenía amor por la música. Mi padre sí, aunque eso fue algo de lo que no me enteré hasta mucho después de comenzar a tocar." Severus tragó saliva, forzando la siguiente frase. "Lily… la madre de Lily me enseñó, en realidad."

Por segunda vez esa tarde, sus palabras sorprendieron a McGonagall. Él vio la miríada de preguntas que su respuesta provocó, pero para su propio estupor, ella le ofreció una salida fácil.

"Ésa debía ser toda la historia."

Los aromas dominantes del salón de los Evans se precipitaron de regreso a él entonces: aceite limpiador de limón y horneado fresco, con sólo un toque de almidón de la colada. Luego estaba el siempre presente parloteo de la radio de la cocina y Lily pasando las páginas de un libro mientras estaba tirada en el suelo junto al piano… Él nunca había sido un niño feliz, pero aquellos momentos robados habían sido lo más cercano a la dicha que jamás había experimentado.

"Supongo que lo es."



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