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Harry Potter Después de la Guerra (Vol. 1) » 4- Experimentos Indeseables
Harry Potter Después de la Guerra (Vol. 1) (R15)
Por eagle
Escrita el Viernes 4 de Septiembre de 2020, 15:51
Actualizada el Miércoles 21 de Octubre de 2020, 15:33
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4- Experimentos Indeseables

―4―

Experimentos Indeseables

 

Ya era de noche. Los mortífagos estaban alejados a varios metros de la carpa, pero dentro del perímetro de encantamientos de protección que la castaña había hecho. Ésta se encontraba dentro y trataba de repararle el brazo a su novio.

― ¡Episkey!

― ¡AY! ― Se quejó, cuyo brazo seguía roto.

― ¡Lo siento! Creí que iba a funcionar, pero… ― Decía mientras lo examinaba. ―, ha mejorado un poco, ¿no crees?

―Sí, gracias Herms, pero es todo por hoy ¿sí? ― Pidió con franqueza. ― Me duele mucho.

―Está bien. ― Aceptó no muy convencida. Él la besó. ― ¿Qué haremos con los mortífagos?

―Pueden ser útiles. ― Confesó esbozando una sonrisa mezclada con dolor.

― ¿Cómo? ― Preguntó desconcertada. ― ¿A qué te refieres?

―Pues… podrías… implantarles otra realidad como has hecho con tus padres. -Hermione lo miró con el entrecejo fruncido, creyendo que aquello era una pésima idea. Ron, continuó contando su ida con más emoción. ―En los libros que leíste, dicen que cualquiera puede hacer el contrahechizo.

―Sí, cualquier GRAN mago o bruja. ― Recalcó.

― ¡Y tú lo eres! —Dijo sonriendo, hablando apresuradamente antes que ella. —El punto es, que se me ocurrió que antes de entregarlos… ―Miró suplicante. ― podrías practicar con ellos… intentar levantar el conjuro.

La chica abrió los ojos como platos y, cruzándose de brazos, exclamó:

― ¿¡Estás loco!? ¡De ninguna manera!

― ¡Hermione! ¿Quieres que tus padres te reconozcan sí o no?

― ¡Sí! ¡Pero esta no es la forma!

La castaña comenzó a molestarse cada vez más. Lo que proponía su novio era completamente una locura e iba en contra de sus principios.

―Entonces dime otra forma. ¡Sabes que estos malditos querían matarnos!

― ¡Lo sé! ¡Pero son personas! ¡No puedo jugar con su memoria como se me dé la gana! ―Le reprochó.

― ¡No vas a jugar! ― Contradijo el chico. ― Tratarás de hacerles lo mismo que quieres hacerles a tus padres, pero antes lo harás con ellos. O dime, ¿A caso vas a probarlo con tus padres primero? ¿Y si algo sale mal?

― Ron no me perturbes más de lo que ya estoy. Sé que puede salir mal, pero no por eso deben pagarlo estos hombres, es decir… sus actos serán juzgados y condenados a Azkaban.

Ron rodó los ojos.

― ¿Hombres dices? Tus padres son buenos, no se merecerían algo malo. En cambio, estas personas, —dijo con asco. —si se les puede decir así, nos habrían matado minutos antes y lo sabes.

―Sí, pero no es excusa. ― Refunfuñó.

―No se trata de dar excusas Hermione. ―Gritó fuera de sí. ― ¿A caso crees que se arrepentirían si nos hubiesen entregado a Voldemort? ¡No! ¡Claro que no! ¡Ellos pudieron haber matado a Fred y no tendrían ningún remordimiento!

―Ron… cálmate. ― Pidió mirándolo a los ojos. Él obedeció.

―No vas a jugar con ellos, te lo aseguro. ― Habló tras varios minutos de silencio. ―Tratarás de hacerles lo mismo que vas a hacer con tus padres, nada más que eso.

― ¿Y si saliera mal? ―Preguntó preocupada. ―No quiero causar daños colaterales.

― ¿¡Y ellos a cuántas familias destrozaron!? ¡Innumerables! —Al verla, intentó calmarse, sabía que nuevamente se estaba exaltando. —Sé a lo que te refieres. Sé que a pesar de todo son personas, que no deberían estar como conejillo de indas, pero es por una buena causa. A demás, ¿qué tan mal podría salir? —Dijo acariciándole la mejilla, intentando que sus palabras fueran suficientes para convencerla. —Eres excelente, lo sé y tú lo sabes. A lo sumo pasarán unas vacaciones en San Mungo, y créeme cuando te digo que estarías haciéndoles un favor de ir allí antes de ser encarcelados en Azkaban. 

Esto la dejó reflexionando por varios minutos. Seguía sosteniendo que, aunque fueran mortífagos, no era motivo para probar en ellos sus nuevas destrezas, pero ¿con quién más lo haría? Si algo salía mal con sus padres no se lo perdonaría nunca. Demasiado era llevar con la carga de haberles modificado la memoria. Tal vez, lo que proponía su novio no era lo correcto como a ella le gustaba, pero al menos, tenía que intentarlo.

―Está bien. ― Aceptó aún no muy convencida.

El ojiazul estuvo a punto de festejar por la buena decisión, pero prefirió limitarse para no sentir dolor, y continuó animándola.

―Mañana empezaremos ¿sí? Tienes que confiar, sé que podrás hacerlo.

Por segunda vez en sus vidas, se acostaban juntos. El pelirrojo no pudo dormir debido al dolor, pero le gustaba ver cómo lo hacía su novia. Era muy tierna y no comprendía cómo una chica como ella estuviera con él. Ambos eran muy diferentes, pero a pesar de eso, estaban juntos por más raro que pareciera. Siempre escuchó que los polos opuestos se atraen y tal vez, estaba experimentando aquello personalmente. Sabía lo afortunado que era en tenerla, porque para él, era la mejor mujer de todo el universo.

La noche transcurrió lentamente. Los primeros rayos del sol y el piar de las aves comenzaron a sonar muy temprano para el gusto de Ron, que fue en el momento en el que por fin comenzaba a conciliar el sueño. Trató de ignorar los pequeños cantos alegres de las cotorras y seguir durmiendo, pero unos minutos después oyó gritos desesperados que lo alertaron completamente.

— ¡Mocosos malditos! Libérenos y hagamos esto como hombres si se creen tan buenos como para vencernos. —Gritó Travers. 

—No son más que unos idiotas, mocosos creyéndose el cuento de ser salvadores. —dijo Selwyn. —Son unos cobardes, como toda escoria que conocí en mi vida. 

―No puede ser. ― Murmuró.

Con sumo cuidado, trató de quitar su brazo sano que estaba atrapado debajo de la cabeza de su novia e intentó incorporarse. Sus intentos por no despertarla fueron inútiles. Estaba a punto de salir cuando ella despertó.

―Ronnie, ¿a dónde vas?

―Sólo iba a…

― ¿Siguen ahí, malditos? ¿O fueron corriendo a ocultarse bajo las faldas del Ministerio?

― ¿Qué fue eso? ―Inquirió preocupada.

―Es lo que justamente iba a resolver. Quédate aquí. ― Pidió el chico.

Salió con la varita en alto. Hizo tan sólo unos pasos cuando comenzó a escuchar pisadas detrás de él. Miró por arriba del hombro y comprobó que era Hermione, quien también había salido, apuntando hacia lo desconocido. Se enfadó un poco al ver que ella no lo obedeció, pero estaba claro que ella siempre hacía lo que quería.  

Caminaron pocos metros, cuando volvieron a escuchar los gritos. Los hombres no estaban en el mismo lugar donde los habían dejado. Aparentemente intentaron zafarse de las cadenas, pero todos sus intentos habían fracasado.

― ¿Ya están listos para terminar con esto? ― Chilló Selwyn. —Espero que sean conscientes a quienes se enfrentarán.

Los chicos cruzaron miradas. La castaña lo miró con dureza y a toda velocidad, volvió a meterse en la tienda. El pelirrojo siguió vigilándolos, sin dejar de apuntarlos con la varita. Minutos después, la chica reapareció cargando entre sus brazos diferentes tipos de apetitivos.

―No estarás hablando enserio, ¿verdad?

Ella sólo se limitó a mirarlo, abriendo un paquete de galletas.

―Son personas, Ronald. Deben alimentarse. ―Contestó luego de darles la comida.

Cuando Hermione intentó alimentarlos, Travers le escupió la bebida en su cara.

— ¿Qué carajos pretendes? Sangre sucia inmunda. No me vengas con tu estúpida amabilidad.

—Preferiría morir antes que comer de tu asquerosa mano. —Replicó Selwyn.

Esto desató la furia de Ron. Segundos antes de actuar, vio tristeza en sus ojos castaños. Más irascible que nunca, a uno le propinó una patada en el estómago, y al otro le dio un golpe de puño seco en el rostro. Solo bastaron unos segundos para que de la nariz de Selwyn comenzara a brotar un chorro de sangre.

Hermione intentó calmarlo.

—Que sea la última vez que se dirijan a ella de esa forma, ¿me oyeron? Si tan solo lo intentan una vez más…

— ¿Una vez más y qué, imbécil? —Lo desafió Travers.    

—Les cortaré la garganta y dejaré que mueran lentamente.

―Ron no digas eso. —pidió, mirándolo a los ojos azules, intentando que la paz vuelva a ellos. —No valen la pena.

Ron seguía con el puño cerrado, manchado con sangre.

—Será mejor que comiences, así nos libramos pronto de estos. —Dijo con desdén y se fue a buscar unos bocadillos para ella.

Pasados unos minutos, una vez que Ron amordazara a los hombres, la castaña procedió a implantarles otra realidad para, de esta forma, poder dar inicio al contrahechizo.

―Bien, comencemos. Intenta concentrarte ¿sí? ― Pidió, haciéndole masajes en el hombro. ― Trata de desear bien lo que quieres, pensar en lo que quieres que recuerden y luego… hazlo. Sin dudar. Sé que lo harás bien, eres extraordinaria. ― Dijo besando su frente.

Hermione tomó su varita. Respiró hondo, trató de concentrarse lo más que pudo, pero la imagen de sus padres venía a su cabeza y no veía a aquellos hombres como los mortífagos que eran, sino como a sus padres. Imaginaba que ellos estaban atados allí y ella debía salvarlos.

 ― ¡Remorandum! ―Gritó.

La varita lanzó una luz amarilla y los hombres dieron un quejido.

― ¡Qué nos ha hecho! ― Chilló Selwyn.

― ¡Que alguien nos ayude por favor! ¡Estamos secuestrados! ― Pedía Travers desesperado.

Cuando los chicos se acercaron a ver, Hermione en lugar de implantarles un recuerdo de la realidad, les había hecho grandes ronchas rojizas en el rostro, las cuales provocaban aparentemente un gran dolor.

―Está bien Herms, se lo merecen, ¿no lo crees? ― Opinó divertido.

Aquello le resultó difícil de negar.

― No quiero tenerlos aquí y torturarlos. No somos como ellos.

―Lo sé. Nuestro objetivo no es torturarlos ni vengarnos, entiende eso. ¿Qué sugieres? ¿Los dejamos así o…?

―Dictamo. ―Respondió con rapidez. ― Eso los ayudará, creo que me queda un poco.

Se dirigió a la tienda, y, frustrada, buscó la botellita que tenía y se la aplicó a los hombres mientras se retorcían de dolor.

―Hermione tranquila, ¿sí? Mejor lo intentamos a la tarde o mañana. Ahora deberías descansar tu mente, despejarte un poco. ¿Qué te parece si caminamos un rato? Sólo digo para que te despejes. ―Propuso.

―Sí, creo que es lo mejor, pero… ¿Y si aparecen más? Tu estas con el brazo roto, te lo recuerdo.

―No lo creo. —dijo serio. —Éstos con suerte llegaron hasta aquí, y sin memoria, atados y vendados, no son un peligro. ― Sonrió. ― Con respecto a mi brazo, bueno… ¿podrías arreglarlo?

            ―No quiero arriesgarme. Necesitas crece-huesos y no tengo.

            ―Vamos, intenta nuevamente. Tal vez con eso se me pase.

            ― ¡Necesitas crece-huesos! ―Volvió a repetir.

            ―Pero Hermione, creo que…

― ¡Episkey!

― ¡AY! ¡Demonios! ―Se quejó. —No sé si es peor saber o no que lo harás. —Dijo haciendo muecas de dolor.

― ¡Lo siento Ronnie! ― se acercó para examinarlo. ― Te lo dije, no funciona así, necesitas…

—Está mejorando Herms, mira.

El brazo estaba menos hinchado y el chico notó como los huesos se le estaban acomodando lentamente

―Creo que un par de días más y ya está.

―Tal vez, eso espero. —comentó más aliviada. — ¿No deberías enviarle un patronus a tu familia? Deben estar preocupados.

―Cierto, lo olvidé por completo.

Apuntó su varita, y realizando movimientos ondulantes, murmuró:

― ¡Expecto Patronum!

Un hermoso Terrier salió de su varita, dando volteretas entre ambos y, después de corretear, se quedó parado frente a él, esperando el mensaje.

―Diles que estamos bien, ya encontramos a los Granger. ― Murmuró. Dicho esto, el perro desapareció.

―Te sale muy bien Ronnie. ―Opinó mientras le acariciaba su pecosa cara.

―Es por los recuerdos. ― Reconoció embobado. ― Nuestro beso en la Sala de los Menesteres, cada momento que pasaste a mi lado, cuando me cuidaste en la enfermería en el sexto año… todos los recuerdos en donde estás presente son los momentos más felices que tengo.

Los chicos se besaron y comenzaron a caminar. Ron estaba tranquilo y seguro de que no habría más mortífagos ahí, al contrario de Hermione, la cual estaba muy nerviosa y atenta a todo. A pesar de su notable inseguridad, pasaron un agradable día recorriendo las calles australianas y siguiendo a sus padres sólo por el gran deseo que tenía de verlos. Cuando regresaron a la noche, los hombres aparentaban estar dormidos.

Pasaron algunos días, en los cuales todas las tardes espiaban a los Granger cuando éstos salían del trabajo. Un día, la chica hasta tropezó con ellos a propósito sólo para poder sentirlos. Cada noche se sentía fatal, era muy doloroso tenerlos tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, pero la compañía de su novio amortiguaba su dolor. En las mañanas, ella intentaba hacer el hechizo una y otra vez y, como siempre, volvía a fallar. Ya no tenía más dictamo para aplicarle a los hombres, y éstos tenían la cara al rojo vivo. Ahora por última vez, la chica volvía a intentarlo, pero en ese momento estaba muy concentrada y segura de sí.

Susurraba y repetía el nombre de su hechizo una y otra vez. Pasar los días espiando a sus padres hacía que el deseo de recuperarlos sea cada vez mayor, lo que impulsaba a su vez su completa concentración en lo que estaba por hacer.

—Sé que puedes. —le dijo Ron, frotándole la espalda.

La castaña tomó aire y temblorosa tomó la varita. Se acercó a los hombres con paso firme, levantó su brazo, apuntó y haciendo algunos movimientos de muñeca, exclamó con claridad:

― ¡Remorandum!

A diferencia de antes, la varita lanzó una luz blanca y los cuerpos de los hombres se relajaron y a continuación, comenzaron a gritar:

― ¡Maldita sangre sucia! ¿Qué demonios me acabas de hacer? ― Se quejaba Travers.

― ¡Te arrepentirás de esto Weasley! ¡No creas que somos los últimos en el mundo! ― Amenazó Selwyn.

― ¡Bien hecho Hermione! ―La abrazó con emoción y ella lo abrazó aún más fuerte.

― ¡Te amo! ― Exclamó emocionada.

Los chicos se besaron por unos minutos y luego el pelirrojo se detuvo al escuchar que los hombres seguían maldiciéndolos.

― ¡Cállense idiotas! ¡Si no fuera por mi novia ya los habría matado!

Verlos allí le hacía irritarse mucho. Demasiado tal vez. Respiró hondo, se tranquilizó y mirando fijamente a su novia, preguntó:

― ¿Estás lista? Ahora iremos por tus padres.

- ¡Sí! ― Afirmó alegremente.

La chica estaba feliz y comenzó a pensar que si no fuera por el apoyo y el aliento constante del pelirrojo no lo habría logrado o… si él no la acompañaba, probablemente habría sido capturada por los mortífagos o quizá la habrían matado.

Salieron del parque y una vez en el centro, Hermione informó que sus padres estaban en una tienda a dos cuadras de donde se encontraban. Caminaron con rapidez y, aun así, esos pocos metros le parecieron eternos. Cuando llegaron al lugar, observaron a través de la ventana y allí los vieron, comprando apetitivos y felices como de costumbre. Esperaron a que emprendieran el conocido camino hasta su hogar y los siguieron. En el momento en que los Granger abrían la puerta, se acercaron corriendo y susurraron a la vez:

― ¡Desmaius!

Ésa fue la única forma que encontraron para dejarlos inconscientes por, al menos, unos minutos para poder ingresar a la casa.

Levitaron los cuerpos y los acomodaron en el sillón de la sala. Los señores Granger parecían dormidos. A pesar de saber que sus padres sólo se encontraban inconscientes, sin daño alguno, le daba un poco de nostalgia verlos en esa situación. Ron percibió esto, por lo tanto, se acercó más a ella, le tomó la mano y susurró:

―Puedes hacerlo, tranquila. Confía en ti misma y tendrás al mundo a tus pies. ―Finalizó besándola tiernamente.

Como respuesta, le sonrió con nerviosismo. Tomó aire varias veces, buscó su varita, se concentró y los apuntó:

― ¡Remorandum!

Lo dijo lo más fuerte y claro que pudo. Como antes, de la varita salió una luz blanca que iba directo a la cabeza de su madre.

― ¡Remorandum! ― Repitió, esta vez, apuntando a su padre.

La chica estaba muy preocupada y abrazó al pelirrojo ocultando su cara en su pecho, esperando el efecto de su hechizo. Algunos minutos pasaron y nada había cambiado. Ambos comenzaban a impacientarse, hasta que en un momento percibieron cómo el cuerpo de los adultos se relajaba. Sólo bastaron un par de segundos para que el tedioso silencio acabara.

― ¿Hija? ― La señora Granger comenzaba a despertarse, tocándose la cabeza y mirándolos muy extrañada.

― ¡Mamá! ― Exclamó feliz.

La chica soltó a su novio y se abalanzó sobre su madre comenzando a llorar de la emoción.

― ¿Qué sucede Hermione? ― Preguntó su padre, quien estaba tan sorprendido y confuso como su madre.

Hermione los abrazó lo más fuerte que pudo y así permanecieron por unos instantes. Desde el otro lado de la sala, el chico observaba feliz la escena familiar. Luego, se separaron un poco y ella permaneció sentada en medio de ambos.

― ¿Dónde estamos cariño? ― Inquirió su madre. ― Pareciera como si este lugar lo… recordara.

Su madre observaba con mucha atención toda la casa y en una esquina, vio a un chico: flaco, alto, de cabello tan rojo como el fuego y de ojos celestes. Lo conocía, era el mejor amigo de su hija, pero no comprendía su presencia en el lugar. Lo último que recordaba era estar en la sala de estar en Inglaterra, a punto de tomar el té y era justo como estaba en ese momento, sólo que no era la misma sala y no había té. La ropa de su hija era distinta y el cabello lo tenía más enmarañado que de costumbre.

―Estamos… estamos en Victoria, Australia. Ha pasado cerca de un año desde que se fueron de Londres. —Comenzó diciendo. — Les… les tuve que...que… ― Le daba pavor que sus padres se enfadaran con ella, pero ya había comenzado y lo mejor era terminar. Sin darse cuenta, empezó a sollozar. ― Tuve que modificarles la memoria. ¡Perdón!

― ¡Hija! No llores. ―Pidió su padre, acariciándole la espalda. ― Creí que habíamos quedado de acuerdo que no harías magia en casa, un poco sí, sólo para practicar por cuestiones académicas, pero no hacia nosotros, cielo. —Dijo confundido.

― ¡Estaban en peligro! ― Exclamó exasperada.

Hermione comenzó a contarles todo lo que había sucedido hasta ese día; desde que les modificó la memoria hasta cómo se desató la Batalla final en el colegio y habían vencido. Incluso les contó que Ronald Weasley, su amigo pelirrojo ahora era su novio. Hugo Granger se paró y fue directo hacia el chico. Ron se puso nervioso. Hugo lo miró seriamente, inspeccionando cada parte de él, como si estuviera analizando si era lo suficientemente bueno para su hija. Por un instante, el chico se imaginó que lo sacaría a patadas de la casa, por la expresión tan reservada del hombre. Al contrario de todas las pavadas que se había imaginado en esos milisegundos, Hugo lo abrazó tan fuerte como pudo.  

―Debo agradecerte por proteger a mi hija todo este tiempo y por acompañarla hasta aquí.

Era espectacular haberse ganado de manera tan fácil la confianza del señor Granger. De seguro que los novios con mucha suerte conseguían palmaditas en la espalda, en cambio él directamente recibió un abrazo reconfortante de su suegro.

—Señor Granger, puedo asegurarle completamente que su hija está en muy buenas manos.

Ante esas últimas palabras se avergonzó de sobremanera e intentó corregirse.

—Soy muy buena persona, la conozco desde los once años y nunca dejaré que nada ni nadie la lastime, la cuidaré con mi vida y…

—Tranquilo muchacho. —dijo Jean Granger. —Eres un estupendo candidato para mi niña. Muchas gracias Ronald. -Luego se volteó a ver a su hija y agregó: ― Los felicito a ambos por lo valientes que han sido todo este tiempo y por tomar grandes riesgos y comprometidas decisiones.

La chica volvió a abrazar con fuerza a su madre. Esta vez, también se sumó su padre y arrastraron a Ron para el emotivo abrazo.

―Hija, quiero que volvamos a Londres, a casa. ― Pidió su madre.

―Está bien mamá. Iré a sacar los pasajes para mañana, ¿les parece bien?  ― Ellos asintieron. ― Con Ron tenemos que arreglar unas cosas y vendremos por la mañana a recogerlos.

―Pero regresan para la cena, ¿cierto? ― Inquirió su madre.

―No lo creo mamá, debemos hacer algo antes. Es algo… confidencial.

― ¿Y dónde van a dormir? ― Preguntó muy interesado el Sr. Granger.

―Estamos cerca de aquí, no se preocupen. ―Avisó la chica mientras abría la puerta de entrada. ― ¡Los vemos mañana! ­

Salieron de allí para ir directo al aeropuerto. Mientras hacían la fila para sacar el pasaje, Ron la abrazaba por la cintura tiernamente.

—Bueno… todo ha salido mejor de lo que había pensado.

Hermione lo miró confusa.

—Hablo de tus padres, de conocerlos como tu novio. Creo que sumé muchos puntos al acompañarte hasta aquí. —Hermione rió.

—No había mejor momento en el que se enteraran de lo nuestro. Mis padres son un poco anticuados, ¿no viste cómo mi padre se puso un poco loco al no saber dónde dormiríamos?

—Sí, capté eso. —dijo entre risas. —Es entendible, eres su única niñita pequeña que está volando del nido.

Sacaron los pasajes; saldrían a las ocho de la mañana. Aún debían resolver las cosas que tenían pendientes lo más rápido que podían. Regresaron a toda velocidad al parque. Al entrar al perímetro de los encantamientos protectores, aún permanecían allí los hombres, atados y sin poder ver. Hermione se adentró en la tienda para guardar sus pertenencias, mientras él intentaba invocar a su patronus. Avisó a su padre del viaje que harían y le pidió que enviara a Kingsley de inmediato con un par de aurores por cuestiones de seguridad. Se alejó lo suficiente para esperarlos y, un par de minutos más tarde, llegaron, tal como lo había esperado.

―Ron, recibí el mensaje urgente de tu padre. ¿Todo está en orden? — Inquirió Shacklebolt. 

―Sí, nada de qué preocuparse. ― Le aseguró. ― Vinimos aquí para buscar a los padres de Hermione y nos topamos con un par que querrás conocer.

Adentró al grupo de aurores hasta llegar hacia donde estaban los mortífagos.

― Buen trabajo chicos, los felicito. No debería sorprenderme, pero es algo para alegrarse un poco. Veo que han podido manejarlo perfectamente.   

Hermione al oír voces, salió de la tienda y saludó amistosamente a los recién llegados.

― ¿Con lo de tus padres necesitan ayuda? ― Preguntó el hombre robusto, mirando a la castaña.

―No, gracias, ya los encontramos. ¿Cree que puede haber más mortífagos por aquí?

―No lo creo. En Londres estamos ubicándolos de apoco, es un trabajo un poco pesado, pero necesario. Muchas gracias por avisarnos.

Kingsley se despidió de los chicos y se dirigió hacia afuera del perímetro de encantamientos, arrastrando a los capturados con la ayuda del resto de su equipo. Justo antes de desaparecerse, Selwyn los amenazó:

― ¡No te salvarás Weasley! ¡Te lo puedo asegurar!

Los chicos hicieron caso omiso a esa insignificante intimidación. A la mañana temprano, levantaron la tienda y se dirigieron a buscar a los padres de la chica

Luego del largo viaje, llegaron a Londres a las once de la noche. El chico sabía que era momento de separarse por un tiempo. Tan solo pensar en aquello era algo extraño, puesto que habían pasado más de un año conviviendo juntos, con Harry, pero entendía que debía quedarse con sus padres a que la mimen un poco. Apartados de los señores Granger, se despidieron.

―Debo quedarme con ellos, Ron. ― Susurró.

―Eso ya lo sé, bonita. —dijo acomodándole un mechón de cabello detrás de su oreja. —Se me hace difícil por todo el tiempo que estuvimos juntos. —Hermione asintió, ligeramente triste. —Vamos, ve con ellos y disfrútalos más que nunca. Ya están a salvo.

—Te amo Ronnie. —dijo tomándolo de las solapas de la cazadora y, poniéndose de puntillas, le plantó un beso.

—Creo que nos han visto. —Comentó él, mirando sobre el hombro de ella.

Las mejillas de Hermione se encendieron ligeramente.

—Nos vemos.

Él no se fue hasta que la castaña se desapareció a lo lejos en un taxi con sus padres. Soltó un suspiro de alivio y sonrió para sí.

   —Misión cumplida.


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