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Next to me » 03. Consuelo en rojo brillante
Next to me (R13)
Por Dak-knee33
Escrita el Lunes 17 de Agosto de 2020, 09:57
Actualizada el Miércoles 16 de Septiembre de 2020, 13:51
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03. Consuelo en rojo brillante

Mi padre era Sam Radford, tenía cincuenta y tres años. Era alto, con un cuerpo fuerte y robusto, nadie podría meterse con él porque saldrían perdiendo de un solo puñetazo. Aun me parecía raro que Sam no haya tirado golpes a sus ex compañeros de Hogwarts, siendo humillado por varios solamente por ser soñador, querer un mundo sin guerras ni conflictos que perjudicarán a todos.  A los dieciocho años, conoció Roma y La Toscana con una de sus primeras novias de Hogwarts. Luego, hubo una traición y se separaron. Conoció a mi madre en una fiesta de Año Nuevo, mientras entraba a la academia de auror londinense. Logró todos sus sueños, y aun quería seguir viviendo y cumplirlos.

Llegó a casa con una sonrisa perfecta, sus manchados dientes torcidos por los cigarrillos de años y años consumidos pintaron el esmalte de su dentadura. Me encontraba escuchando la radio, una serie de noticias mágicas acerca de la situación de nuestra comunidad; cómo íbamos a superar la pérdida de jóvenes magos y brujas, qué pasaría con el Ministerio y el trío dorado serían nombrados como héroes mágicos por vencer a tan temprana edad ser los vencedores del mago oscuro.

-¿Puedes acompañarme, Greta?-pidió mi padre, dejando su portafolio sobre un mueble, no borraba su sonrisa de haber tenido un buen día en su oficina, seguro atrapando a otros prófugos.

-Claro, voy.

Me reincorporé del sofá de estilo victoriano, lo seguí a la calle y las farolas del exterior iluminaban en pequeños destellos blancos las aceras húmedas por una leve llovizna pasada en la tarde. Mi padre me llamó, guiándome al garaje que teníamos, bastante amplio para meter dos vehículos. No sé que necesitaba a las nueve de la noche para solicitar mi ayuda, esperaba que no fuera capturar algún zorro porque el último me mordió un pie. Sam levantó la persiana con un botón de su llavero, poco a poco, dejó ver su Nissan gris y otro vehículo que nunca vi. Era rojo, pequeño y los neumáticos eran nuevos, se notaba que brillaba. Recordé que mi madre dijo que él tenía algo para darme, un regalo sorpresa y se trataba de esta Scooter roja, ideal para jóvenes.

-¡¿En serio?!-exclamé sin creer. Pensé que nunca aceptaría comprar una motocicleta.

- No llegará al espacio, pero podrás estar más independizada.

-Genial- dije aun sin creerlo. Mi padre me entregó las llaves, sonrió.

-Ve a dar una vuelta- sugirió Sam con una sonrisa. Me empujó con suavidad, ya que no salía de la sorpresa- ¡Sube, vamos!

-Bien, bien- dije recuperando la compostura.

Encendí el nuevo vehículo, escuchando el suave ronroneo del motor. Sam me entrego un casco negro con un fénix pintado en dorado, debajo estaban mis iniciales; G. A. R.

Greta Aileen Radford.

Salí del garaje, mientras mi padre sonreía satisfecho de darme un consuelo en rojo brillante. Llegué a la calle, avanzando luego de que cruzará una camioneta y disfruté de lo ligera, silenciosa y simple que era mí Scooter. Aprendí a conducir  a partir de los dieciocho, mí primo, Carl Radford que, ahora vivía en Bulgaria para formar parte de ser profesor de Transformaciones en Durmstrang. Él me enseñó a dominar el equilibrio del vehículo, fue complicado y estresante sin embargo, aprendí luego de unos tres meses de intentarlo con una moto híbrida. 

Las calles principales del barrio londinense se abrían paso a una velocidad adecuada, veía las casas simples y blancas, donde los vecinos se saludaban al salir de compras o, por educación. Las farolas iluminaban todo con cierta debilidad, me costaba ver la ruta con el visor del casco, lo levanté viendo el camino, un poco mejorado. Frené de golpe, cuando un cuerpo se cruzó delante, saliendo de la nada.

-¡¿Qué haces?!-espetó la voz masculina.

-¡¿De dónde saliste?!-le dije a la vez. 

-¡Mira por dónde vas!

-¡Y, tú, respeta el paso peatonal, menso!

El chico vestía de negro, con una gorra que cubría su rostro entre las sombras no lograba verlo y él tampoco podía verme, por el casco que no dejaba mostrar parte de mi cara. Ambos gruñimos. Él se fue, protestando y quejándose de mi imprudencia. La culpa no fue mía, él se atravesó desde algún punto o salió detrás de un auto estacionado. Quería que sintiera culpa. 

Imbécil.





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