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Hary Potter y el legado maldito » Ignorantia legis neminem excusat
Hary Potter y el legado maldito (R13)
Por Seabrealcierre
Escrita el Lunes 29 de Junio de 2020, 08:58
Actualizada el Miércoles 1 de Julio de 2020, 04:24
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Ignorantia legis neminem excusat

3. Ignorantia legis neminem excusat 

 

LA MANCHA DE LA FAMILIA POTTER

Hace seis años que el famoso Auror, aquel hombre al que muchos aún llaman El elegido, nos deleita con su presencia cada primero de septiembre en su rol de padre abnegado, demostrando que siempre habrá un hueco para la familia en su apretada agenda como jefe del Departamento de Seguridad Mágica. También hay que decirlo: son pocas las apariciones familiares que hemos podido presenciar desde que Ginevra Weasley, ex-Arpia de Holyhead, y nuestro Elegido consumaron su matrimonio, siendo que la familia Potter prefiere mantenerse al margen de nuestra comunidad mágica. En caso de mostrarse públicamente, como hemos podido apreciar cuatro años atrás durante la final del mundial de Quidditch, siempre podremos contar con un sector VIP y vigilancia alrededor de nuestro héroe, y con un sinfín de misterios rondándolo, lo que nos instala la misma pregunta que por entonces: ¿será que esta familia no es tan feliz como nos quieren vender? Diremos que no todo son sonrisas y buenos deseos en el andén 9 y ¾ de la estación King's Cross, donde alumnos de todas las edades esperan partir con destino a Hogwarts. "Un escándalo. Jamás vi cosa igual, mucho menos en una situación de este talante", nos confiesa Bessie Brown, quien ha podido presenciar la escena o, mejor dicho, el escándalo que ha involucrado a su corresponsal de El profeta y en el que, por suerte, nadie ha resultado herido. ¿Será que la fama le habrá nublado el juicio? Como no podía ser de otra manera, ha contado con la colaboración de uno de sus más antiguos amigos, Ronald Weasley, nada más y nada menos que el marido de nuestra actual ministra, a quien -debemos decirlo- no hemos visto presente en dicha ocasión, siendo así como los chismes de matrimonio acabado apuntan fuertemente a ellos. ¿Habrá decidido, nuestra ministra de magia, que está para algo mucho mejor? Queriendo consultarla, el Ministerio ha respondido por ella, con sus habituales palabras esquivas y un tanto agresivas, alegando que la señora ministra "no tiene tiempo para cotilleos". Fueron los rumores acerca de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado los que llevaron a nuestra corresponsal a la plataforma, quien, en pos de hacer su trabajo, instó al menor de la familia Potter, Albus Severus, a responder unas preguntas. "Si no hubiera sido por la brusca intromisión de su padre, la que me sorprendió, debo decir, la entrevista se hubiera cerrado sin inconvenientes", nos cuenta Rita Skeeter. Parece ser que Potter no es tanto un héroe para su familia, sino más bien una figura déspota que apela a la coacción. "El pobre chico estaba aterrado. Notarán su rostro compungido en el retrato". Nuestras cámaras han podido captar el instante de la tragedia en el que Harry Potter abusa de su fuerza física, arremetiendo contra nuestros reporteros al desear impedir que las palabras broten con fluidez de la boca de su hijo, que, queda claro, tiene mucho que decir. ¿Será que estamos ante un hecho de abuso doméstico? ¿Será que en el fuero interno familiar Potter es un hombre de temer? "Qué desean ocultarnos, esa es la pregunta", manifiesta Skeeter, quien -nos adelanta- prepara una segunda edición de la biografía de Harry Potter, una engordada, ya que "hay mucho más por decir", alegando creer, en lo personal, que los dichos acerca del menor de la familia están lejos de ser habladurías…

 

            Harry dejó sobre su escritorio el ejemplar de El profeta, abierto en el artículo que ocupaba dos páginas y, por supuesto, claro, gran parte de la primera plana. No acabó de leerlo. No esta vez. Había pasado toda la mañana en su despacho del Ministerio intentando evitar el contacto con cualquier persona de su departamento o de departamentos que dependieran del suyo; mejor dicho, con cualquiera que se quedara mirándolo y en su mirada advirtiera la no presunción de inocencia. Estaba acostumbrado a las habladurías y susurros; había crecido con ello y había aprendido a tolerarlo, a no darle importancia. Pero esto era distinto y le provocaba un malestar desconocido. Sentía una fuerte opresión de pecho, una bronca inusual, una excesiva vergüenza y angustia, algo que no había sentido ni con la primera publicación de su biografía no autorizada; ni siquiera entonces, durante aquella época oscura, había sentido algo igual al ser llamado mentiroso. Sucedía que ahora no hablaban solo de él, sino que era su familia la que estaba involucrada: Ginny, Albus… Era su rol paterno el cuestionado; y no, no le importaba que pudiera creerse de él. Ellos sabían. Ellos, su familia, lo conocían. Pero el ataque era deshonesto; se sentía desarmado porque rebotada en cada uno, sobre todo en sus hijos. Y sus hijos eran una extensión de él. Dolía más que lo que alguna vez había dolido aquella cicatriz.

 De pronto, la puerta de su despacho se abrió de par en par, rebotando contra la pared y sacándolo de su ensimismamiento. Vio a Hermione apuntarlo con su varita, o eso creyó por un segundo.

 —¡Incendio!  —gritó. Entonces el ejemplar de El profeta que descansaba delante de sus narices se prendió fuego. Harry vio cómo su cuestionado retrato, un retrato de él con pelo alborotado, de facciones rígidas, de ojos desorbitados, que tironeaba de un Albus que luchaba por soltarse, se consumía para acabar siendo ceniza.

Recién entonces, Hermione cerró la puerta y se quedó allí, parada y de brazos cruzados. Sus marrones ojos parecían más oscuros en aquel momento; su mandíbula estaba tensa y su pecho subía y bajaba debido a su respiración nerviosa. Harry sintió un cosquilleo incómodo en la nuca, uno que le bajó por la columna. Ahora entendía a su amigo cuando decía que trataba con todas sus fuerzas no hacerla enojar. Revolvió su cabeza buscando algo coherente que decir, dos o tres palabras que pudieran calmarla, pero no surgió nada brillante.

—Hermione, si estás acá por la noticia…, yo… —comenzó a balbucear.

—Considerando que estás acá, muy cómodo, leyendo El profeta… —lo interrumpió en un tono tembloroso de voz—, espero que todo el trabajo acumulado desde hace días esté ya terminado.

—Lo tendré todo listo para la tarde. Me quedaré horas extra si es necesario, Hermione. Lo prometo.

—No —le respondió. Fue solo entonces que relajó su gesto y él notó cierta compunción en su expresión—. Lo siento, Harry —acabó diciendo al ocupar el asiento que estaba frente al suyo.

—¿Qué quiere decir "lo siento, Harry"? No te entiendo, Hermione.

Ella apartó la vista. Prefirió que sus ojos recorrieran la biblioteca del despacho, no tan completa como la suya, con tal de no tener que mirarlo. Aquel dolor punzante en el pecho que Harry había sentido durante todo el día, de repente se hizo más fuerte. Ella inspiró hondo. Él no pudo hacer otra cosa que contener la respiración.

—Tengo que suspenderte. Lo siento.

—¿De qué estás hablando? —inquirió aturdido. Ella volvió a cruzar miradas con él. Tenía los ojos brillosos, como si estuviera conteniéndose las lágrimas, y no había señal en ella de que aquello correspondiera a una broma de mal gusto—. ¿Todo esto es por el artículo? ¿Es en serio, Hermione?

Ella frunció los labios, cerró los ojos por un instante. Harry, desde donde estaba, no la vio, pero ella apretó los puños sobre su túnica.

—Somos personas públicas, Harry. Ya no eres solo el famoso "niño que vivió" o "El Elegido"… Eres el jefe del Departamento de Seguridad Mágica, tienes a más de once departamentos dependiendo de ti, somos el máximo órgano de gobierno de la comunidad. ¡Es mi responsabilidad! ¿Cómo crees que luce todo esto? Te acusan de violencia, Harry, eso es grave.

—¡Pero es mentira!

—Ya lo sé —elevó la voz por sobre la de él y fue firme en su aseveración. La firmeza de su aseveración también le indicaba que no iría a cambiar de opinión—. Pero la noticia existe. No solo existe, sino que está ilustrada. ¡Por las barbas de Merlín, Harry! ¿En qué pensabas? Tú y Ronald. Los dos. A Ronald lo acusan de destruir la vuelapluma de Rita. Dicen no solo que actuaste con violencia contra Albus, sino que además agredieron a la reportera. Entiéndeme, por favor. No me cae bien Skeeter, no veo en ella ninguna buena intención, nunca las ha tenido, pero está claro que ha ido perdiendo el filtro con  los años y que no tiene ninguna intención de dejarte bien parado. 

 Harry se echó hacia atrás, pegando su espalda contra el respaldo de su asiento. Se quitó los anteojos para limpiarlos, frotándolos con la tela de su túnica, aunque solo fue una maniobra de distracción: necesitaba concentrarse en otra cosa.

—¿Por cuánto tiempo?

Ella suspiró.

—Por el tiempo que sea necesario… Deberías agradecerme que no te despido, Harry. No lo hago ni deseo hacerlo. Solo deseo que tú y el tonto de mi esposo entiendan que no pueden ir por la vida haciendo escenas como esa. Ya no. Espero que todo esto sirva para que recapacites sobre ello.

 —Lo único que quería era que Albus no cometiera una locura… —musitó. El nudo de su garganta no le permitió hablar más fuerte. Toda esa inusitada e inusual angustia escalaba en él a una velocidad insospechada.

Hermione dejó su lugar para acercársele. En cuclillas, para quedar a su altura, tomó una de sus manos entre las suyas.

—Harry… Sé el padre que eres. Sé que deseas lo mejor para él, sé que no estás contento con esto; pero parte de nuestro trabajo como padres es dejar que ellos mismos decidan y se equivoquen. Sé que lo sabes. Solo tienes que tenerlo presente, nada más. No puedes salvarlos siempre. No es ese tu deber.



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