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Hary Potter y el legado maldito » Feliz cumpleaños, Ginny
Hary Potter y el legado maldito (R13)
Por Seabrealcierre
Escrita el Lunes 29 de Junio de 2020, 08:58
Actualizada el Miércoles 1 de Julio de 2020, 04:24
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Feliz cumpleaños, Ginny


1. Feliz cumpleaños, Ginny

Devon, Inglaterra.

Precisamente, las afuera de Ottery St. Cathpole.

Inevitablemente, un Harry Potter ya maduro, con su pelo aún negro y revuelto, aunque con algunas canas, sonrío al aparecerse en aquella sala. Los años pasaban, pero allí las cosas parecían no cambiar en lo absoluto: sin hijos en la casa, seguía viéndose revoltosa y apretada, aunque muy acogedora. Al menos para él. La madriguera siempre había sido un hogar. Miró a su alrededor. Detrás suyo, sobre la chimenea, colgaban cientos de dibujos hechos en crayón por los nietos de Molly y Arthur, que, a decir verdad, eran unos cuantos. Harry ensanchó su sonrisa al reconocer un dibujo de su hija Lilly, uno que había hecho a sus cinco años, en donde aparecían todos y cada uno de los miembros de la familia Potter-Weasley. Había tenido que usar dos pergaminos, ya que eran innumerables miembros entre padres, hijos y primos. Ginny, Lilly, sus hermanos, James y Albus, y él, ocupaban el centro del dibujo, mientras que el dibujo era el centro de todos los demás. Aunque Molly no lo admitiera abiertamente, Harry sabía que tenía cierta predilección por Lilly. Ginny decía que eso se debía a que su madre siempre había sentido una profunda devoción por él, por Harry, y porque ella y Hugo eran sus nietos más pequeños. Harry sonreía cada vez que lo veía. Los Weasley siempre lo habían acogido como familia. Molly y Arthur lo habían tratado siempre como a un hijo. Él se sentía pleno y orgulloso: finalmente lo eran. Eran una familia. Una grande. 

El reloj, aquel reloj que no indicaba la hora, sino la ubicación de cada uno de los Weasley, sí lo sorprendió. Le sorprendió que siguiera allí. Llevaba tiempo sin prestarle atención y había creído que una vez que sus hijos se emanciparan dejarían de usarlo. Pero qué equivocado que estaba. Pensándolo bien, conociendo a Molly, no podía pensar lo contrario. Ya no solo figuraban los seis hijos del matrimonio -seis, porque Fred había muerto durante la batalla en Hogwarts, veintidós años atrás-, sino que figuraban también sus nietos. Era en extremo sobreprotectora.

—¡Harry! ¡Oh, Harry! ¡Qué bueno que ya estés aquí! —Oyó exclamar a la señora Weasley detrás de él. Cuando se giró para verla, ella lo abrazó y lo apretó contra su pecho, como siempre, como si aún tuviera trece años—. ¿Qué tal va todo por el Ministerio? —preguntó, sacudiéndole el hollín de su chaqueta.

—¡Molly! —dijo él, no con euforia, pero sí con esfuerzo, debido a que poco lo dejaba respirar. Molly podía ser ya una señora de setenta y un años, pero sin duda no perdía aquel vigor que la caracterizaba—. Cubierto de papeles hasta la coronilla, por eso me he demorado. Si no me pongo al día, Hermione me matará —La señora Weasley le dio unas palmaditas en la espalda, reconfortándolo. Sabía que cuando de su nuera se trataba, esta podía ser implacable.

—Ya sabes cómo es, Harry… Tú ocúpate de no hacerla renegar demasiado…, ¡no vaya a ser que te despida! —dijo entre risas, sin duda de buen humor. Harry torció su gesto. Sabía que su amiga lo respetaba como mago, lo quería en lo personal y bastante toleraba su desorden. Sin embargo, la idea de que pudiera despedirlo no era una tan descabellada. Hermione era responsable y, sí, rigurosa. Él, por su parte, odiaba tener que sentarse a leer reportes infinitos y aplazaba aquello todo lo que podía. Como Ministra de magia, Hermione era excelente, y estaba seguro de que su amistad no ponderaba en el trabajo. Ron tuvo la suerte de no tenerla de jefa durante sus días como Auror. Él era consciente de que ella jamás pondría en riesgo el funcionamiento del Ministerio, lo que hacía que él no tirara demasiado de la cuerda, por miedo a que se rompiera.

—¿Dónde están los demás? —preguntó. No solo deseaba cambiar de tema, sino que llegaba media hora tarde. Seguro el resto ya estaba allí, pero la casa estaba por demás silenciosa.

—Hermione, Fleur y Ginny están en la cocina, y creo que Ron también. Los demás están afuera, ayudando a Arthur. Montaremos una tienda. Somos demasiados y es una noche increíble de verano, ¿no crees?

Efectivamente, varios de ellos estaban en la cocina. Fleur, Hermione y Rose se dedicaban a decorar la torta de cumpleaños; Ginny servía unas copas de jerez y, como de costumbre, Ron importunaba: de la mesa, había robado una varita de regaliz que ahora masticaba, a la vez que charlaba con su hermano George de negocios, más precisamente de sus negocios conjuntos en la tienda de Sortilegios Weasley. Cuando se presentó, todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo para saludarlo, salvo Ron y George, que solo interrumpieron su conversación para largar un "Qué tal, Harry". Harry se acercó a su esposa, la rodeó por la cintura y le dio un tierno beso en la mejilla. "Feliz cumpleaños", le susurró al oído. No fue mucho después que por la chimenea de la cocina aparecieron dos personas. Al verlos, Molly les regaló una forzada sonrisa y, con la excusa de ver cómo iban con la tienda, se escabulló de la cocina. Ron por poco se atraganta con un pedazo de su varita.

—¿Qué hace él acá?

—Tampoco puedo decir que sea un placer verte, menos a punto de morir ahogado por un caramelo —replicó Malfoy—. ¿Estás seguro de que apareces en los cromos de las ranas de chocolate? Parece mentira que se te considere alguien importante. 

Draco Malfoy iba acompañado por un chico que era indudablemente su hijo: misma nariz, mismo pelo rubio, por poco blanco, mismos ojos grises. Scorpius, detrás de su padre, sonrió con timidez y saludó a todos con un gesto de mano. Ron no pudo evitar notar cómo se ruborizaba y apartaba la vista al cruzar miradas con su hija, lo que de pronto le quitó el apetito y lo hizo dejar el dulce sobre la mesa.

—Lo invité yo —replicó Ginny—. Sin duda Albus va a estar muy contento de verte, Scorpius.

—No todos podemos decir lo mismo... —agregó Ron.

—¡Ronald! No seas infantil —Lo retó Hermione. Él solo se encogió de hombros. 

—No te preocupes, Hermione, no es necesario —dijo Draco a la vez que fulminaba a Ron con la mirada—. Nosotros sí sabemos comportarnos. Además, Scorpius está más que contento de poder ver a sus amigos y eso es suficiente para mí. Te agradezco esto, Ginny —Luego miró a Harry, quien estaba próximo a él, y dudó si extenderle la mano o no. Tras pensarlo un momento, lo saludó con un gesto de cabeza y Harry hizo lo mismo, visiblemente incómodo. Harry, al igual que Ron, no podía decir que estuviera contento de tener a Malfoy entre ellos; más bien, le era demasiado extraño. No se acostumbraba. Si bien su trato era cordial, la animosidad entre ellos había existido siempre. Hoy, adultos, se respetaban; aunque no podía decir que lo considerara un amigo o que fuera a considerarlo uno alguna vez.

Ginny se acercó a ellos; le extendió una copa de jerez a Draco y tomó a Scorpius de la mano.

—Albus está afuera, con el resto —le indicó—. Puedes ir con ellos —Scorpius le dio las gracias y cruzó la cocina, no sin antes detenerse al lado de Rose. Al hablarle, otra vez no pudo evitar el calor en sus mejillas.

—¿Quieres venir conmigo? —le preguntó con un dejo de esperanza en su voz. Rose alzó la vista y, luego de dudar un instante, decidió acompañarlo.

—¡Rose! —la llamó Ron con autoridad y poniéndose de pie, llamando la atención de todos. No es que él no fuera un padre que impusiera límites o que no retara a sus hijos; lo hacía, pero pocas veces les hablaba en ese tono, sin duda más característico de su esposa. Le temblaba la voz, visiblemente molesto, lo que desencajó a su hija, que se volteó a verlo con el ceño fruncido—. No puedes dejar a tu madre y a Fleur haciendo todo el trabajo.

—Pero…

—Mejor terminas primero, ¿no? Yo creo que sí.

Hermione revoleó los ojos.

—No le hagas caso, ve —contradijo a su esposo y Fleur le dio la razón—. Nosotras podemos terminar, no falta nada —Ron abrió la boca para protestar, pero ella le lanzó una mirada que decía: "ni se te ocurra". Ron sintió que el corazón se le caía al piso; al menos eso creyó ver Harry en la expresión desesperada y descontenta de su amigo mientras veía a su hija desaparecer con Scorpius. Lo vio moverse, nervioso, agarrar una copa de jerez y tomársela de un trago. Luego la llenó otra vez.

—¡Por qué! —le gritó a Hermione, explotando—. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué me desacreditas frente a Rose?

—Porque estás siendo irracional y egoísta.

—¿Cómo puedes decirme eso? ¡Sé perfectamente que no te gusta, Hermione! Solo lo dices por pura educación y porque Malfoy está en esta habitación.

Malfoy lo observó de brazos cruzados, bebiendo un trago de jerez. Parecía divertido. A decir verdad, a Harry también le divertían bastante los celos de Ron; pero, por el otro lado, se puso en sus zapatos: agradeció que Lilly aún tuviera doce años y no pensara en novios y amores. Por ahora. Si lo hacía, no era algo que él supiera. Además, él tampoco podía decirse contento por la amistad de su hijo con el hijo de Draco. La respetaba, nada más. Malfoy no era, lo que se dice, santo de su devoción. No se imaginaba teniéndolo de yerno. Pero creía, también, que nada pasaba entre los adolescentes, eran solo ideas de Ron. A ver…, era claro que a Scorpius le interesaba, todos lo notaban; ya Hermione le había comentado que Ron había tratado de esconder algunas de las cartas que Scorpius le había enviado a su hija durante el verano.

—No nos corresponde a nosotros decidir el interés amoroso de nuestra hija —le aclaró en un suspiro, como si no fuera la primera vez—. Además, no creo que Rose esté interesada de esa forma. Sea como sea, no puedes hacer nada.

—¡Claro que sí! Te juro, Hermione, que si ese chico sigue revolotéandole a mi Rosie la encerraré todo el año en su habitación; hablaré con McGonagall para que curse sus materias desde casa.

Hermione, Fleur y Ginny soltaron una inevitable risita.

—Rose tiene catorce años, no es más una niña, Ronald. Y por si no lo notaste, es una mujercita muy inteligente. Sea como sea, sabrá lo que hace.

—¡Catorce años! ¡Es una nena! No puedes decirme que no te importa, Hermione, porque no me lo tragaré. No entiendo cómo pudiste invitarlos a mi casa —dijo, dirigiéndose a su hermana.

—Tranquilo, has de cuenta que soy invisible —agregó Draco.

—Esta ya no es tu casa, es la casa de mamá y papá.

—Y estoy seguro —dijo mientras acaba lo que quedaba en su copa y se limpiaba con el dorso de su manga— de que mamá tampoco lo aprueba —Se volvió hacia Malfoy—. ¡No sé como tú no haces nada! Si no mataste a Lucius de un disgusto con tu casamiento, lo matarás de un disgusto si permites que tu hijo engatuse a mi bebé.

—¿Bebé? —repitió Hermione asombrada—. ¿Desde cuándo le dices "bebé" a Rose? Moriría de la vergüenza si te escuchara.

—Sí, Weasley, no sé cómo todavía no murió de la vergüenza contigo —aprovechó Draco para agregar, sin poder evitar retribuirle el comentario. Ron apretó los puños, pero él volvió a su expresión de regocijo. La locura de Ron por la situación le parecía venganza suficiente.

***

—¡Qué bueno poder vernos antes del comienzo de clases! —le dijo Scorpius a su amigo,  feliz, a la vez que chocaba con él su vaso de cerveza de mantequilla. Habían decidido sentarse alejados de la carpa en donde estaban todos, sobre el césped—. ¿Qué tal el viaje?

—Bien, supongo… No lo sé. No soy muy fanático de las salidas familiares, ¿sabes? Es incómodo viajar y que la gente te reconozca o te frenen para pedirle a tu padre que firme autógrafos o se saque fotos. Tampoco soy como James, que se cuelga de su fama.

—Oh... —musitó—. Veo que nada sigue mucho mejor…

—A veces me gustaría tener otro padre, ¿sabes? Pasar inadvertido. Estoy cansado de ser el hijo hazmerreír de Harry Potter. El hijo torcido que acabó en Slytherin. Estoy cansado de que me comparen con él —resopló.

Scorpius torció su gesto. Entendía el malestar de su amigo.

—Podría ser peor —le dijo, intentando consolarlo, aunque sin suerte. No conocía muy bien a Harry Potter, pero no parecía un mal padre; así y todo, desde que conocía a su amigo que sabía de la tensa relación, una relación que parecía no prosperar de ninguna forma. Discutían siempre. Albus solía enfrentarlo constantemente. Eran muy diferentes. Imaginaba que para Harry tampoco debía ser fácil. Por su lado, su relación con su padre era buena; su vínculo era fuerte y estaban más que unidos; al fin y al cabo, solo se tenían el uno al otro desde que su madre había muerto.

De pronto, Rose se acercó a ellos. Traía un ejemplar de El profeta en la mano. Se sentó al lado de Scorpius y le extendió el diario.

—Están en primera plana —le dijo.

—¿Cómo? —dijo Albus, visiblemente aturdido, mientras pegaba su cabeza a la de su amigo para poder leer también.

 

CONTINÚAN LAS ESPECULACIONESpor Rita Skeeter

Sucedieron años desde que el rumor se instaló en la comunidad mágica. Un rumor que podría ser cierto, a pesar de las negativas del Ministerio, desde el que alegan que todo giratiempo ha sido destruido, pero ¿podemos confiar en el Ministerio? No sería la primera vez que nos mienten sin escrúpulos, considerando, además, a la Ministra como íntima amiga de El elegido. Dicho rumor afirmaría que el único hijo de Lucius y Narcisa Malfoy exmortífagos— no podía tener hijos, por lo que, desesperado por tener un heredero poderoso e impedir que se extinguiera la estirpe de los Malfoy, utilizó giratiempo para enviar a su fallecida esposa, Astoria, al pasado y concebir un hijo con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Tal vez el rumor sea solo eso, un rumor, pero nadie ha podido afirmar lo contrario. Al mismo tiempo, hoy surge otra hipótesis que se asienta aún más: se dice que Albus Severus Potter, hijo del famoso Harry Potter, quien acabó en Slytherin, podría ser parte de este rumor. ¿Cómo? Siendo él El heredero y teniendo a Scorpius Malfoy como su fiel sirviente, repitiendo un patrón que en tiempos oscuros hemos visto. No está clara la base de esta hipótesis y su origen, aunque aseguraré su buena fuente: el propio Ministerio. Lo cierto es que Albus Potter es el estigma de su familia: un niño incomprendido, diferente, que ha acabado en la casa de Hogwarts que más mortífagos ha generado, siendo esto, quizás, un presagio para su padre. ¿Será que desde la destrucción de quien ya sabemos algo sobrevivió en él y lo traspasó a su hijo? No sería tan descabellado, considerando la conexión que —se sabe— existió entre el Señor de las tinieblas y Harrry Potter. ¿Acaso Scorpius Malfoy no es más que un lacayo encubridor?

Seguiremos investigando.

 

—¡Qué ridiculez! —vociferó Albus, visiblemente molesto, al acabar de leer—. ¿Qué problema tiene esa señora? ¿No se cansa de decir mentiras?

—Supongo que parte de su trabajo es decir mentiras… —dijo Scorpius, sin poder creer que aún siguieran con eso y que ahora, además, involucraran a su amigo.

—¡Era lo único que nos faltaba antes de comenzar otro año escolar! —siguió protestando. "Lo lamento, Albus —dijo Rose—, ya pasará". Scorpius suspiró mientras vio a Rose alejarse. Ella se lamentaba por Albus y no por él, y eso lo entristecía. Claro que también lo ponía triste que su amigo se sumara un problema y otra razón para sufrir el bullying de sus compañeros. Pero él cargaba con esa teoría hacía años y pensaba, no equivocadamente, que había más razones para creer el rumor que recaía en él. Lo de Albus era una tontería sensacionalista.

—Oye, Albus… No crees que tu prima se crea todo eso, ¿o sí?

Albus se restregó la cara, visiblemente enfadado.

—No lo sé.

—Espero que no.

—Ey, sé lo que sientes, pero no es momento, ¿no crees? Estamos a menos de un mes de comenzar  el colegio. No creo que Rose vaya a ser un fastidio o que deje de tratarnos. Ella misma ha podido comprobar lo inteligente y buena persona que eres…

—Ya… ¿Nuestros padres lo habrán leído?

Albus se encogió de hombros.

—Sea como sea no le darán importancia. 



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