Historia al azar: Envidia ¿sana?
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The Flame of the Valar » Capítulo Dos: ¡Idiota de Tuk!
The Flame of the Valar (ATP)
Por La Autora
Escrita el Lunes 15 de Junio de 2020, 22:45
Actualizada el Lunes 13 de Julio de 2020, 12:42
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Capítulo Dos: ¡Idiota de Tuk!

Capítulos
  1. Capítulo Uno: A Ciegas
  2. Capítulo Dos: ¡Idiota de Tuk!
  3. Capítulo Tres: Condenados
  4. Capítulo Cuatro: Tres Contra Uno
  5. Capítulo Cinco: El Primer Amor
  6. Capítulo Seis: El Precio Más Alto
  7. Capítulo Siete: A Salvo
  8. Capítulo Ocho: Demasiado Pronto
  9. Capítulo Nueve: Un Último Entrenamiento
  10. Capítulo Diez: Rohan Va a la Guerra
  11. Capítulo Once: Llegada a Sagrario
  12. Capítulo Doce: Sin Retorno
  13. Capítulo Trece: Dorado Reencuentro
  14. Capítulo Catorce: Recuerdos Que Lastiman
  15. Capítulo Quince: Namárië
  16. Capítulo Dieciséis: El Folde Este
  17. Capítulo Diecisiete: Capitana
  18. Capítulo Dieciocho: Ghân-buri-Ghân
  19. Capítulo Diecinueve: Un Corazón Herido
  20. Capítulo Veinte: Muerte
  21. Capítulo Veintiuno: La Batalla del Pelennor
  22. Capítulo Veintidós: El Principio del Fin
  23. Capítulo Veintitrés: Los Planes Finales
  24. Capítulo Veinticuatro: Las Piezas Faltantes
  25. Capítulo Veinticinco: El Lamento de los Valar

Capítulo Dos:

Merry y Pippin danzaban sobre una mesa, rodeados de hombres de Rohan que aplaudían al compás de la música y los animaban. Aragorn hablaba con varios soldados de la marca. Lyanna y Legolas se encontraban en la barra de bebidas, donde Éomer les servía cerveza a sus compañeros. En eso llegó Gimli al lado del elfo, pidiendo dos pintas. Éomer se las entregó.

- ¿Les sirvo a ustedes? - les preguntó el hombre a Legolas y a Lyanna. Gimli soltó una carcajada.

- ¿Un elfo bebiendo cerveza? - siguió riendo - Esa sería una historia que nunca me creerían en Erebor - comentó. Lyanna, quien se había relajado más desde que la fiesta había dado inicio, alzó las comisuras de sus labios. Legolas lo miró, desafiante.

- Estoy seguro de que podría beber más jarras que tú - presumió, haciendo que los hombres que se encontraban alrededor reaccionaran ante aquel comentario frenéticos y emocionados. Gimli arqueó sus cejas y arrugó su nariz.

- ¡Bien! - exclamó, mientras le extendía su jarra - ¡Que gane el último hombre que quede en pie! - y con eso dicho, comenzó a beber del vaso. Los hombres gritaron alegres al ver que se trataba de una competencia. Legolas se acercó el vaso a su nariz, sin estar seguro si aquella bebida le iría a gustar. Lyanna, por fin, esbozó una amplia sonrisa.

- No va a morderte - le dijo, agilizando sus sentidos para identificar que el elfo se había llevado el vaso a la nariz - Y tiene mucho menos alcohol que el vino - Legolas rio ante el comentario de la Valië y procedió a beber de la jarra. Su sabor no le molestó en absoluto, y logró terminársela bastante rápido para luego tomar de otro vaso. Gimli ya llevaba cinco jarras.

- ¿Qué hay de ti? - preguntó Éomer a Lyanna. Ella volteó su cabeza al origen de la voz del hombre, y podía jurar que tenía en su mano ya lista otro vaso de cerveza. Lyanna rio.

- ¡Ja! A los Valar no nos afecta el alcohol, nuestra sangre es capaz de disolverlo. Sería una competencia injusta - exclamó ella. Éomer sonrió.

- ¿No lo es ya? - cuestionó, refiriéndose a que Legolas era un elfo, cuya raza no necesitaba de comida o bebida para ganar fuerzas o perderlas. Aunque el alcohol les hiciera efecto, se tendría que necesitar una buena dosis de este para inmovilizarlos. Mucho más de lo que los mortales requerían. Lyanna sonrió.

- Bueno, no por algo se les conoce a los enanos por su testarudez - bromeó la Vala.


El silencio de la madrugada invadía Edoras desde la entrada a la ciudad hasta la habitación más escondida en el castillo del rey. La fiesta había terminado hacía ya varias horas, y los que aún se mantenían sobrios habían tenido que quitar todas las mesas y levantar los platos y vasos del festín. Como había gente del Folde Oeste quedándose en Edoras, pues habían perdido sus hogares en el ataque de Saruman, los habían repartido en las habitaciones que quedaban en el castillo. Lyanna les había cedido su habitación a un grupo de ellos. Éowyn le había cedido su habitación, pues ella había decidido dormir aquella noche en el salón principal. Y en la habitación de Aragorn, Legolas y Gimli se habían sumado Gandalf y los hobbits, y un par de ciudadanos más que aún cabían.

Gimli roncaba estrepitosamente. Había caído ante la competencia contra Legolas junto cuando el elfo comenzaba a sentir el alcohol haciendo efecto en su cuerpo. Todos se encontraban durmiendo, incluso Gandalf, quien guardaba la Palantír en sus brazos.

Lyanna había decidido ir a la habitación de Éowyn para tener un momento a solas con ella misma. Donde pudiera tomarse el tiempo de evaluar su nueva realidad. Legolas, por otro lado, no había regresado a su habitación. Como todos ahora descansaban, y Sauron estaba de regreso, había preferido montar guardia, con su vista fija en el este, hacia Mordor.

Al encerrarse en la habitación, Lyanna recostó su espalda contra la puerta y presionó sus ojos. Llevó sus manos hasta el nudo de la venda y se descubrió la mirada. Todo en la habitación se veía borroso, desenfocado y apenas visible. Una tenue luz de vela iluminaba el lugar, pero gracias a ella pudo identificar qué la rodeaba. Una gran cama se encontraba frente a ella, y un clóset que cubría toda la pared se ubicaba a su derecha. La puerta del baño estaba a su izquierda. Al caminar, sintió una alfombra de pelaje de animal en sus pies, y al llegar a la cama supo reconocer las suaves telas de las sábanas.

Se deshizo del vestido y buscó en el armario algo adecuado para descansar, cosa que lograría identificar por el tipo de tela. Si esta era suave, entonces era un camisón para dormir.

Cuando lo encontró y se lo puso, se sentó en el borde de la cama. A punto estaba de recostarse cuando sus sentidos se agudizaron y la presencia maligna de Sauron le puso los pelos de punta. Lyanna maldijo el haber dejado sus armas en el cuarto que le había asignado.

Pero no sentía el cuerpo de Sauron cerca, sino solo su maldad. La Vala no tardó en adivinar que aquello tenía que ser obra de la Palantír. Alguien la estaba usando, aunque Gandalf había dado estricta orden de no hacerlo.

Caminó hasta la cama, tratando de encontrar el pedazo de tela que cubría sus ojos. Pero se dio cuenta que se estaba demorando mucho, así que, tras gruñir, se dirigió de nuevo a la puerta y salió del cuarto, dirigiéndose hasta la habitación donde sus demás compañeros estaban. Tuvo que fiarse mucho de sus instintos para saber en dónde tenía que doblar, si una pared o un pilar estaba cerca, y qué puerta tenía que abrir.

Antes de que pudiera girar la perilla de la habitación tras la que podía sentir que provenía la presencia de Sauron, un mal presentimiento la invadió. Era su Llama, una de las Llamas que había depositado en sus compañeros se estaba resistiendo al poder de Sauron. Y, debido a la fuerza con la que luchaba, solo podía tratarse de una.

Lyanna abrió la puerta y en su mente se hizo presente la imagen de lo que estaba pasando. Pippin había caído en un trance tras haber sido torturado en su mente por Sauron mediante la piedra vidente. Aragorn estaba también en el suelo, con sus brazos debilitados al haberle quitado la Palantír al hobbit. Y Legolas ahora intentaba deshacerse de aquella piedra que tenía en sus manos, pues se la había sacado de las manos al montaraz. Pero Lyanna sabía qué significaba aquello. Sauron iba a sentir la presencia de Lyanna en él, en la estrella que portaba. Y si no se daba prisa, iba a obligar al elfo a decirle qué quería decir aquello.

La Vala corrió hasta su encuentro y, de un manotazo, le quitó la Palantír de las manos. Cuando la piedra sintió el poder de la Vala ordenarle cerrar toda conexión, las imágenes se detuvieron. Legolas había caído, débil también, al suelo. Era como si la Palantír le hubiese exprimido sus fuerzas.

Gandalf estaba alterado.

- ¡Idiota de Tuk! - gritó, volteándose a Pippin, pero al ver que el hobbit seguía sin reaccionar, corrió hasta este y comenzó a usar su poder para que despertara. Lyanna se agachó y alzó sus brazos, buscando a Legolas. Este, al ver que la Vala intentaba llegar a él, le extendió su brazo. Lyanna dejó escapar un suspiro al saber que se encontraba bien.

- ¡Mírame! - escuchó que decía Gandalf - ¿Qué fue lo que viste? - Pippin respiraba agitadamente, aún viendo las imágenes en su cabeza.

- Un árbol - susurró el hobbit - Un árbol blanco, en un patio empedrado. Estaba muerto... y la ciudad estaba en llamas - Lyanna volteó su cabeza hacia la voz de Pippin, mientras se imaginaba aquellas palabras en su mente.

- Minas Tirith - susurró Lyanna, espantada de pensar que aquel era el plan de Sauron. Aunque claro que lo había considerado.

- Lo vi... lo vi a él - la voz de Pippin se fue cortando, y aunque Lyanna no podía verlo, el rostro de este comenzaba a expresar terror - Oí su voz en mi cabeza - tanto Gandalf como Lyanna sabían que se refería a Sauron.

- ¿Qué le dijiste? - preguntó el mago. Pippin presionó sus ojos, no queriendo recordarlo, pero sabía que tenía que hacerlo - ¡Habla!

- Me preguntó mi nombre. No se lo dije, y me lastimó - Gandalf no dejaba de mirarlo - Me preguntó por Lyanna... y por el Anillo - la expresión del hobbit estaba al borde del colapso. Gandalf lo sacudió.

- ¿Y qué le dijiste? - le preguntó. Pippin lo miró directo a los ojos.




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