Historia al azar: .::Más allá de la soledad::.
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Donde gustes y cuando quieras » Capítulo tres
Donde gustes y cuando quieras (R15)
Por ivii
Escrita el Viernes 5 de Junio de 2020, 17:38
Actualizada el Domingo 12 de Julio de 2020, 21:57
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Capítulo tres

Capítulo tres

Lorcan suspiró, apoyado en el respaldo de uno de los sofás que adornaban la sala común. Eran las diez de la mañana del viernes, y en quince minutos tenían que estar en la clase de Defensa, pero como siempre, Rose aún no se había dignado a bajar. Se preguntó cuándo su amiga aprendería a levantarse a tiempo, pero sonrió levemente al recordar que eso se planteaba todos los años y siempre llegaba a la misma conclusión: la pelirroja no tenía arreglo en ese sentido. Luego, la sonrisa se le borró un poco y se cruzó de brazos, mirando al suelo.  ¿Estaría enfada con él por no haber ido a ayudarla la tarde anterior? Se sintió incómodo de pronto. 
Si estaba enfadada tendría toda la razón, no podía hacerse el tonto. Era la segunda vez que la dejaba plantada, aunque al menos esa última no se había olvidado y había intentado solucionarlo. Pero aún así no sabía con qué iba a encontrarse. 
Posó la vista en las escaleras, y vio a Lily bajando mientras guardaba un libro en su bolso.
-Hey, Lily- la saludó, incorporándose un poco.
La chica alzó sus ojos marrones y los posó en el rubio. Sonrió levemente mientras terminaba de bajar y caminaba hacia él.
-Buen día, Lorcan. ¿Estás esperando a Rose?
El chico asintió, componiendo una mueca de aburrimiento. La pelirroja le sonrió divertida mientras se acomodaba el bolso al hombro.
-Pues yo que tú voy yendo. Rose se fue hace un rato- le dijo.
Lorcan frunció el ceño y se incorporó.
-¿ Cómo que ya se fue?
Lily asintió, cruzándose de brazos.
-Me la cruce temprano, es raro en ella pero hoy parece que madrugó. Dijo que iba a aprovechar a desayunar ya que tenía tiempo. De seguro te espera en clase.
Lorcan no pudo evitar sentir un nudo en el estómago ante esas palabras. ¿Desde cuándo Rose se iba sin él? Eso era extraño. Aunque pensado bien, era una señal clara de enojo. Suspiró y asintió.
-Está bien, gracias, Lily.
La pelirroja era de las pocas personas a las que Lorcan no le había puesto un apodo, ya que solía encontrar siempre uno para todos, pero a ella siempre la llamaba por su nombre. La chica sonrió con amabilidad y se despidió con la mano mientras se acercaba al retrato que daba salida al pasillo. 
-Espera, voy contigo- dijo el rubio, acercándose a ella-. A fin de cuentas no tengo nada que hacer aquí.

***

Rose cerró el sobre y se lo entrego a Ámbar, su pequeña lechuza blanca que la observaba con sus grandes ojos negros en el alféizar de la ventana. La pelirroja le acarició las plumas con cariño, sonriendo.
-Anda, lleva eso y con cuidado que es muy importante.
El ave pareció dedicarle una mirada algo ofendida, cómo si la reprendiera por desconfiar de ella, y emprendió el vuelo. 
Rose suspiró y salió de la lechuceria. Su madre le había escrito el día anterior para ver cómo habían comenzado las clases y de paso comentarle sobre un concurso que se había abierto para futuros estudiantes de Periodismo. Había que enviar un artículo sobre algún tema escrito por uno mismo, y si resultaba entre los tres mejores ganaría una beca para estudiar en la academia de periodismo más importante del mundo mágico. Así que Rose, sin pensarlo demasiado, acababa de enviar la solicitud de inscripción y ya estaba ideando temas para escribir. 
No sabía bien cuando había decidido que quería ser periodista, tal vez desde siempre. Le encantaba leer las distintas secciones de los diarios e investigar sobre diversos temas. Esa era una excelente oportunidad para empezar a planear su futuro, asi que esperaba ganar y pensaba poner todo su empeño en eso.
Caminó por los pasillos pensando en eso, y en que ese año sólo quería y debía concentrarse en lo que quería para su vida. Le quedaban solo unos meses de adolescencia, y luego tendría que empezar a dar pasos en su vida adulta. Ya no había tiempo para tonterías, y eso incluía a Lorcan.
El rubio la había estado persiguiendo todo el día, intentando hablar con ella, pero Rose sólo le había sonreído con su habitual amabilidad y no había dicho muchas palabras. Ya ni siquiera estaba enfadada con él, solo necesitaba alejarse un poco para poder calmarse. Lorcan era su amigo, y realmente no quería perderlo, por lo que debía ser capaz de dejar a un lado los sentimientos y seguir adelante, también por ella misma, para poder concentrarse en lo que realmente importaba. 
 -¿Eres Rose Weasley? 
La chica se frenó al ver a un niño de primer año observándola en la entrada de la sala común. Le sonrió y asintió.
-¿Qué necesitas?
-La directora te manda a llamar, te estaba buscando para avisarte.
El niño le sonrió y salió corriendo, sin darle tiempo a responder. Rose suspiró. Eran las seis de la tarde y ahora que al fin había terminado la semana de clases, solo quería tirarse en un sofá a leer. Se giró resignada y emprendió el camino hacia el despacho de la directora, preguntándose qué querría.
Cuando llegó frente a la gárgola pronunció la contraseña, que siempre sabía debido a su condición de Premio Anual.
-Sombrero seleccionador.
La gárgola se movió y la chica ingresó en el despacho. La directora McGonagall, que estaba sentada en el escritorio escribiendo algo, alzó la vista y sonrió amablemente al verla.
-Señorita Weasley, tome asiento. 
La pelirroja asintió y se sentó frente a ella.
-¿Ha pasado algo?- preguntó con curiosidad.
La mujer dejó a un lado el pergamino y se acomodó las gafas.
-Descuide, no es nada grave. Verá, este año hemos empleado un cambio. Los Premios Anuales van a disponer de una sala común propia a partir de mañana.
Rose alzó las cejas.
 -¿Una sala común propia?
 - Así es. Este año es especial por los Éxtasis, y sé que ustedes cómo Premios Anuales tienen varias responsabilidades encima además de los estudios, así que considero que es bueno darles un incentivo. Al tener una sala común propia, podrá estudiar con más tranquilidad y no tendrá que compartir habitación o espacios comunes, considérelo un premio que viene con la insignia- le sonrió levemente.
La chica asintió, algo sorprendida. 
-Va a compartir esa sala común con otro Premio Anual, los hemos distribuido de a dos.
Rose inmediatamente pensó en Lorcan, el otro premio Anual de Gryffindor. ¿Iba a compartir una sala común con él, solos? Eso no iba a ayudar en su tarea de olvidarlo. Bajó la vista a sus rodillas, frustrada.
-Sin embargo, como usted sabe siempre intentamos que haya interacción entre las casas. Es algo que hemos implementado desde la última guerra. Así que no va a compartir la sala con el Premio Anual de su casa, sino con el de otra.
La chica alzó los ojos, aliviada. 
-Está bien, ¿y con quién me toca?
La idea de compartir espacio con alguien a quien no conocía mucho era extraña, pero era mejor que con Lorcan. 
-Eso aún no lo decido, pero lo sabrá mañana cuando se encuentren en la sala común. Estará ubicada en el séptimo piso al igual que las demás. Eso es todo.
Rose asintió y se puso de pie.
-Muchas gracias, directora.
-Hasta luego, señorita Weasley- respondió la mujer, volviendo a sus tareas.
La pelirroja salió del despacho y empezó a caminar hacia la sala común de Gryffindor, pensando en la noticia que acababa de recibir. Se sentía un poco rara, porque estaba acostumbrada a estar con sus compañeras y pasar el rato alrededor de la chimenea con sus primos y amigos. Pero McGonagall tenía razón en cierto punto. Una sala común propia le daría más privacidad y tranquilidad en ese año tan movido, y seguramente no tendría problemas con el otro Premio Anual. En todo caso tampoco tenían que verse todo el tiempo. 
Una vez en la sala común subió a su habitación y se puso a empacar, para mudar todo al día siguiente.
***

Observó la puerta de madera maciza que se alzaba frente a ella, en mitad del pasillo. Alzó una mano y apoyó los dedos con suavidad, y enseguida una luz blanca brilló alrededor de la puerta y está se abrió, dándole paso. 
-Vaya sistema- murmuró Rose, mientras entraba en su nueva sala común con el baúl y la mochila a cuestas.
McGongall le había comentado que en vez de un retrato para la entrada, la puerta tendría un hechizo de identificación, y solo si ella o el otro Premio Anual la tocaban se abriría. 
Adentro, la recibió un sala no muy grande pero bastante cálida. Las paredes eran de piedra, y el piso de una madera clara que brillaba con la luz del sol que entraba por dos ventanales enormes que mostraban todos los terrenos. En un rincón, un chimenea era rodeada por dos sofás, en tonos gris y negro y repletos de almohadones de diferentes colores, y una mesa de madera en el centro acomodaba una alfombra que invitaba a apoyar los pies descalzos. Un poco más allá, una mesa de madera con sillas de color acompañaba un armario pequeño. Al abrirlo Rose descubrió varias bebidas y golosinas, y sonrió feliz. Al lado, una biblioteca de tamaño medio repleta de libros completaba el rincón. Se giró hacia la derecha, y observó una puerta. Fue hacia allí y al abrirla descubrió un baño bastante amplio en colores claros, con una bañera oculta tras una mampara de cristal opaco, un lavabo con varios cajones y un espejo enorme, y un inodoro. Había un pequeño armario blanco con toallas y espacio para guardar algunas pertenencias. Rose volvió a la sala y miró alrededor, buscando otro baño, pero no lo encontró. ¿Tendría que compartir baño con el otro Premio Anual? No es que le espantara, pero le parecía un poco incómodo. Se encogió de hombros y subió una escalera que se encontraba en la pared de enfrente. Arriba, enfrentadas, había dos habitaciones exactamente iguales. Cama de dos plazas con sábanas neutras, una cómoda y un escritorio. 
Sonrió y soltó un suspiro. Le gustaba ese lugar. Eran las once de la mañana del sábado, y la pelirroja, enfundada en un vestidito liviano de verano se dispuso a llenar esa habitación de cosas lindas, para convertirla en su lugar. El otro Premio Anual aún no había llegado, y se preguntó con curiosidad quién sería, pero pronto se olvidó, entretenida con la decoración.

***

Un trueno resonó con fuerza, haciendo temblar los vidrios. Eran las diez de la noche, y afuera llovía torrencialmente. Rose estaba sentada en uno de los sofás, leyendo un libro. Visto y considerando que el otro Premio Anual no había aparecido en todo el día, suponía que ya no iría a esas horas, por lo que se había bañado y puesto su pijama, que consistía en una blusa blanca de tirantes y un short corto color rosa. Había pasado casi todo el día en su nueva sala común, incluso comiendo allí. En parte lo había hecho para evitar ver a Lorcan, pero ciertamente se había mantenido ocupada decorando su habitación. Y ahora allí estaba, disfrutando una perfecta noche de sábado en soledad.
Bueno, disfrutando era un decir. Otro trueno resonó y la pelirroja saltó en su sitio, asustada. No le gustaban demasiado las tormentas, pero su miedo se debía al libro que tenía entre las manos. Era un compilado de relatos de terror de un autor muggle, que su abuelo le había regalado en vacaciones. Podría decirse que Rose Weasley era masoquista, porque era el ser más asustadizo del mundo, pero aún así leía historias de terror. En sus propias palabras, le gustaba sentir esa adrenalina, aunque luego le costase dormir. 
Se acomodó en el sofá, apretando el libro entre sus manos. No seas tan cobarde, le susurró una vocecita muy parecida a la de su hermano en la cabeza. Entonces, la puerta de entrada se abrió haciendo un ruido, y Rose tiró el libro, sobresaltada.
 -¡Ahhh!- chilló, tapándose los ojos para no ver.
Silencio. 
La pelirroja bajó las manos y abrió un ojo con miedo. Y entonces el desconcierto la hizo olvidarse del susto. 
Scorpius Malfoy, vestido con ropa muggle y con un baúl en la mano, la observaba sorprendido. 
-¿Scorpius?- preguntó la pelirroja-. ¿Eres tú?
El rubio alzó una ceja.
-No, soy un holograma.
Rose se sintió idiota al darse cuenta que había preguntado una tontería, y carraspeó, incómoda. 
 -Así que contigo es con quién comparto la sala- murmuró, mirando hacia todos lados.
Scorpius no respondió en un principio, y Rose vio como el chico paseaba sus ojos por la mesa del centro, dónde varios envoltorios de dulces y migas invadían el espacio. 
Rose, algo avergonzada, se movió dispuesta a disimular el desorden, y entonces reparó en un pequeño detalle. Estaba en pijama, sin sostén. Y su camiseta blanca dejaba poco a la imaginación. Con la velocidad de un lince, alcanzó una manta gris que adornaba el sofá y se cubrió entera, tanto que solo se le veían los ojos. Scorpius no parecía haber notado nada, sino que seguía observando el lugar con su expresión serena, aunque tenía el ceño levemente fruncido. 
-Yo… estuve todo el día aquí, así que comí algunas cosas- dijo Rose, pateando un paquete de papitas bajo la mesa.
Scorpius posó sus ojos en ella.
-¿Qué es ese olor?
La pelirroja alzó una ceja, interrogante. 
-¿Olor?
El rubio soltó el baúl y se acercó, mirando todo con atención. Rose reparó entonces en el plato con sobras que había sobre la mesa, escondido entre tantos envoltorios.
-Oh, es lo que quedó de mi cena. Es una sopa de verduras que cocina Hagrid, y hoy fui a verlo un rato así que me dio un poco.
Scorpius la miró, esta vez con algo de asombro.
-¿Comes comida de Hagrid? Tengo entendido por Albus que cocina horrible.
La chica frunció el ceño.
-No te metas con Hagrid. Y no todo le sale bien, pero esa sopa me encanta.
El rubio suspiró.
-Pues tira eso. Huele horrible y va a impregnar toda la sala.
Rose frunció aún más el ceño. Estaba empezando a molestarse. ¿Qué se creía Malfoy dándole órdenes como si esa fuera su casa? Abrió la boca para responder, pero el chico se cruzó de brazos y le dedicó una mirada intimidante. Rose se sintió un cachorrito regañado, y suspiró, dispuesta a hacerle caso. Entonces recordó el detalle de su atuendo.
-Tíralo tú- respondió, sin mirarlo.
Scorpius frunció el ceño y se acercó un paso.
-Huele horrible y tú te lo comiste, así que hazte cargo. Y de paso habría que ordenar este desastre- dijo, volviendo a mirar el desorden en la mesa y el suelo.
Rose resopló.
-Pues lo siento, pero no puedo moverme de aquí ahora- dijo, molesta.
El rubio alzó una ceja.
-¿Te quedaste pegada al sofá?
La chica volvió a resoplar, sintiendo como se ponía colorada.
-No. Pero estoy en pijama. Y no duermo con sostén, la camiseta es blanca… dos más dos, Malfoy.
Scorpius se enderezó y carraspeó, incómodo. 
-Pues…yo…- se rascó la cabeza-. Pues sube a cambiarte y baja. Te ayudaré a ordenar esto.
Dicho eso se puso a juntar papeles, sin mirarla en lo más mínimo. Rose, envuelta en la manta, corrió cómo pudo escaleras arriba. Dos minutos después bajó, vestida con el vestido que había usado durante el día y ya menos avergonzada.
Entre los dos limpiaron la sala y Rose se deshizo de los restos de sopa. Para cuándo terminaron, estaban agotados y  afuera ya había dejado de llover. Scorpius suspiró y tomó su baúl.
-Voy a ducharme y a dormir. Hasta mañana.
Pero Rose lo detuvo antes de subir las escaleras.
-Si vas a ducharte debo advertirte que solo tenemos un baño- le dijo, señalando la puerta a su derecha.
El rubio titubeó unos segundos, y Rose pensó que al igual que ella iba a quejarse por tener que compartir baño, pero no dijo nada. Sólo asintió y subió a dejar el baúl en su habitación.
Una vez arriba, Scorpius abrió una puerta y se encontró una habitación que claramente ya estaba ocupada. La cama tenía un acolchado rojo oscuro, y en la pared donde se apoyaba, sobre el respaldo, miles de dibujitos de colores adornaban la pintura blanca. Scorpius los reconoció enseguida, eran los mismos que había en el libro de Rose. Sobre la cómoda vio algunos objetos de belleza, y en una de las mesitas de luz, un foto de la chica con Albus y otros amigos reposaba. Suspiró y se dispuso a salir, y entonces algo en el suelo lo detuvo. 
Allí, sobre la madera, había una pequeña montaña de ropa arrugada, a los pies de la cama. Para vergüenza del rubio, en lo alto de la pila relucía un sostén blanco con borde de encaje. 
Scorpius cerró la puerta de un golpe, sintiéndose idiota y pervertido. Aunque quién la mandaba a Rose a ser tan desordenada. O peor, a no avisarle cuál era su habitación. Resopló mientras entraba en la puerta de enfrente, y esa vez si encontró un cuarto impoluto que debía ser suyo. Entró y se apoyó en la puerta una vez cerrada, cansado. Tenía la sensación de que compartir sala común con Rose no iba a ser muy fácil.
***

Eran las dos de la mañana, y Scorpius seguía con los ojos abiertos de par en par, mirando el techo de su nueva habitación. No podía dormir, y suponía que se debía a estar en un lugar al que no estaba acostumbrado. Se giró en la cama por décima vez, suspirando. 
Cuando McGonagall le había avisado que compartiría sala común con otro Premio Anual, la idea le había resultado un poco molesta. Él se caracterizaba por ser alguien más bien solitario, y sólo Albus podía jactarse de ser alguien que lo acompañaba sin problemas. Su madre siempre decía que había sacado ese aura serena y distante de su padre, y lo regañaba un poco por no tener más amigos o una novia (o novio, le había aclarado, asegurando que no le importaría si elegía otro tipo de gustos). Pero a Scorpius esas cosas le preocupaban poco. Siempre había sido así, disfrutaba la soledad y solía estar muy metido en su mundo interior. 
Ahora que encima sabía quién era su compañera de sala común, la cosa era más incómoda aún. No es que Rose Weasley le cayera mal, las pocas veces que había hablado con ella había sido agradable. Pero no la conocía, y hubiese preferido estar solo. Aunque si lo pensaba bien, estar allí era mejor que dormir en su habitación de Slytherin, dónde el único amigable era Albus. Sus otros dos compañeros, Dolohov y Green, no habían hecho más que molestarlo desde primer año, y aunque el rubio había logrado mantenerlos a raya gracias a un par de amenazas (y unas cuantas golpizas de Albus), seguían siendo algo insufribles.
Resopló y se sentó la cama, cansado de dar vueltas sin poder pegar ojo. Al final decidió bajar, a ver si leyendo un rato le venía el sueño. Tomo un libro y salió de su habitación. 
Abajo, la sala se mantenía serena y por los ventanales enormes podía verse el cielo aún tormentoso de esa noche, aunque ya no llovía. Estaba a punto de acomodarse en uno de los sofás, cuando un ruido lo detuvo. Miró la puerta cerrada del baño, aguzando el oído. Pero no hizo falta, porque una tos y un gemido se oyeron con claridad. Scorpius frunció el ceño y se acercó a la puerta.
 -¿Rose?- dijo, golpeando la madera con suavidad.
Del otro lado sólo se oyó otro gemido. 
 -¿Te encuentras bien? 
Volvió a golpear la puerta, comenzando a preocuparse.
-Voy a entrar- avisó, y sin esperar más abrió la puerta.
Rose estaba sentada en el suelo, apoyada en el lavabo y con cara de dolor. Se agarraba las rodillas, con los ojos cerrados. Scorpius se arrodilló frente a ella.
 -¿Qué tienes?
La pelirroja abrió los ojos y Scorpius notó enseguida que tenía fiebre. Le puso una mano en la frente y sintió la piel caliente. Rose gimió de nuevo.
-Me duele mucho el estómago. He vomitado tres veces- dijo, apoyando la cabeza en las puertas blancas del lavabo.
Scorpius frunció el ceño.
-Algo debe haberte caído mal. Ven, vamos al sofá, estás volando de fiebre.
La chica negó con la cabeza, y el rubio no pudo evitar compararla con una niña de cinco años.
-Prefiero quedarme cerca del inodoro, por las dudas. 
El rubio suspiró y se puso de pie.
-Si te quedas en el suelo frío te hará peor. Vamos, tienes que bajar esa fiebre. Te daré un recipiente por si vomitas.
Rose refunfuño de nuevo, pero Scorpius la ignoró y la ayudó a pararse, llevándola hasta el sofá con cuidado. La sentó ahí, y la envolvió con una manta. 
-Espera aquí- dijo, y subió rápido las escaleras hasta su habitación.
Bajó a los dos minutos con una poción rosada, y se sentó al lado de Rose.
-Bebe esto, es poción para el dolor de estómago. 
Le acercó el frasco a los labios pero la chica giró el rostro con cara de asco.
-Huele feo.
El rubio rodó los ojos. Vaya inmadura.
-Weasley, te hará bien. No me obligues a dártela a la fuerza.
La pelirroja resopló, pero acabó bebiéndose el líquido, haciendo arcadas al sentir el sabor amargo. 
-Puaj. Eres mala persona- le dijo, acurrucándose en la manta.
Scorpius dejó el frasco en la mesa y la miró con cansancio. 
-Recuéstate, en un rato deberías sentirte mejor. 
-El cubo…- murmuró Rose, removiendose  en el sillón.
Scorpius la miró sin entender, hasta que cayó en que la pelirroja hablaba del recipiente dónde podría vomitar en caso de emergencia. Sacó la varita y transformó un adorno de la mesa del centro en un cuenco de plástico, que puso en el suelo a los pies de la chica. Rose sonrió, aunque se pareció más a una mueca.
-Sí que eres bueno en Transformaciones- le dijo, apoyando la cabeza en el respaldo.
El rubio sonrió de medio lado.
-Deberías recostarte.
Rose volvió a negar con la cabeza, ya con los ojos cerrados.
-Me siento mejor sentada.
Scorpius no dijo nada, y se acomodó en el sofá. Se quedaría con ella un rato, por las dudas. La fiebre era traicionera, y si llegaba a levantarse sola podía desmayarse. Fue al baño y mojó una toalla pequeña con agua fría, que luego puso sobre la frente de la chica. Rose se quejó un poco, aunque parecía haberse dormido ya. Scorpius suspiró y se sentó a su lado, cerrando los ojos con cansancio. Vaya noche de sábado.
Los rayos del sol lo despertaron a la mañana siguiente, y el rubio achino los ojos intentando ver algo. Le dolía el cuello y sentía las piernas algo a alambradas. Bostezo y abrió los ojos, enfocando la sala común a su alrededor. Miró el reloj que reposaba sobre la chimenea. Las seis de la mañana. Suspiró y giró el rostro, y entonces el sueño pareció desaparecer de golpe. 
Frente a él, a pocos centímetros, apareció el rostro de Rose, que dormía profundamente. Estaban excesivamente cerca, la chica aún envuelta en la manta y con una mano apoyada en el estómago del rubio. Scorpius se quedó congelado, algo asombrado de tenerla tan cerca. 
Sin moverse, paseó sus ojos por el rostro de la pelirroja, que parecía estar en un estado de serenidad absoluta. Rose tenía una piel blanca y suave, algo sonrojada en ese momento, y unas pocas pecas adornaban su nariz pequeña. Scorpius pensó que la chica tenía la nariz de una niña. Con los ojos cerrados, pudo apreciar unas pestañas pelirrojas bastante largas que acompañaban unas cejas bien marcadas. Su ojos se posaron inevitablemente en unos labios bastante carnosos, y descubrió un lunar pequeño y oscuro justo al lado del labio inferior, a la derecha. Quitó la vista, y entonces volvió a quedarse congelado. 
Rose había abierto sus ojos miel, algo verdosos por la luz del sol que los bañaba, y lo observaba fijamente, algo sorprendida. Scorpius se quedó mudo, sin saber bien qué hacer. 
Se miraron sin mover ni un músculo, ambos paralizados por esa cercanía. 
Así comenzó el domingo.


Y aquí tenemos el pequeño suceso que va a terminar de unir a estos dos ;) A preparase porque esto se va a poner divertido XD 
Gracias por los lindos comentarios que dejaron, no saben cómo me anima! La historia es para ustedes, así que es importante saber lo que piensan! 
Les mando abrazos virtuales!! Hasta el próximo capítulo :)



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