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Alice Longbottom: Un remedio arriesgado » Encuentro en el hospital
Alice Longbottom: Un remedio arriesgado (ATP)
Por MariaAl0402
Escrita el Miércoles 27 de Mayo de 2020, 12:57
Actualizada el Martes 7 de Julio de 2020, 09:13
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Encuentro en el hospital

El veinticinco de diciembre, Neville despertó más ilusionado que cualquier otro año. Aunque aún así, cierta tristeza lo seguía invadiendo. Por fin iba a tener unas Navidades con su madre, unas que recordara, si, era cierto, pero su padre seguía en el Hospital tan mal como siempre. A veces había pensado que quizá hubiera sido mejor que hubieran probado el tratamiento con su padre en lugar de con su madre. Su padre estaba peor. Su madre al menos podía hablar y moverse, aunque fuera poco. Su padre se pasaba los días incapaz de levantarse de la cama o hablar. Claro que por eso no se alegraba menos de que la elegida hubiera sido su madre. Lo que le preocupada es que si su padre se encontraba en peor estado era que el tratamiento no funcionara tan bien con él cuando arreglasen lo del efecto secundario.

La primera mitad de la mañana transcurrió tranquila. Neville desayunó con su abuela y su madre, un delicioso desayuno preparado por su abuela. Luego, intercambiaron unos pocos regalos y madre e hijo se fueron a dar un paseo antes de que, casi dando las once, los tres se fueran para el Hospital San Mungo. 

Mediante la red flu, llegaron al Caldero Chorreante. Desde allí, como siempre, solo fueron dos paradas de metro hasta la calle donde se encontraba el hospital. Todo seguía siendo igual de siempre. Solo iban a visitar a su padre, en lugar de a los dos, pero aun así, Neville lo sintió raro.

Al llegar a la cuarta planta del hospital, justo delante de la puerta de la habitación, Alice se detuvo.

—Quizá… quizá debería esperar fuera —dijo

—¿Que? ¿Por qué? —preguntó Neville

Alice miró a su hijo, pero ninguna palabra salió de sus labios. No sabía cómo explicárselo.

—No… no quiero volver a esa habitación —mintió. 

—Alice, ¿ocurre algo? —preguntó Augusta

—Yo… No puedo —dijo Alice—. Yo… Yo estoy aquí… y él… No puedo. Ni siquiera lo conozco, no sin recordar. Y… no siento lo que debería.

—Por favor —dijo Neville, y tomó la mano de su madre apretándola suavemente—. Yo quiero que entres conmigo

Alice lo miró. Luego, miró a Augusta, que le sonrió con un leve asentimiento, como tratando de tranquilizarla. Alice respiró hondo y asintió.

—Está bien —dijo

Augusta abrió la puerta y entró primero en la habitación. Su hijo y su nuera la siguieron. Los tres se acercaron a la cama de Frank. Inconscientemente, Alice apretó la mano de su hijo, pero este no se quejo. Al contemplar el rostro de Frank Longbottom, no pudo evitar volver a acordarse de aquel sueño que había tenido. No había vuelto a tener otro parecido. Levantó la mano izquierda, con la que no tomaba la mano de su hijo, y la posó despacio sobre el brazo de Frank. 

—Lo siento —vocalizó con los labios sin apenas abrir la boca, pero sin llegar a pronunciar palabra, ni siquiera en un susurro.

—¡Neville! —alguien exclamó de pronto

A su lado, su hijo dio un brinco y se encogió, como si una bala hubiera pasado rozándole la cabeza. Alice miró alrededor y descubrió quién había llamado a su hijo. No se había fijado al entrar, pero junto al hombre rubio y joven que también estaba en la habitación había cuatro jóvenes, debían de ser de la edad de Neville. Un chico y una chica pelirrojos, una castaña y un joven de pelo azabache, con gafas y una curiosa cicatriz en la frente.

—¡Somos nosotros, Neville! —exclamó el pelirrojo, muy contento, poniéndose en pie—. ¿Has visto…? ¡Lockhart está aquí! ¿A quién has venido a visitar tú?

—¿Son amigos tuyos, Neville, tesoro? —preguntó gentilmente Augusta, y se acercó a ellos.

Alice se fijó en que parecía que Neville deseaba estar en cualquier otro sitio. Recordó que su hijo le había dicho que nunca le había contado a nadie lo que les había pasado a ella y a Frank. Un intenso rubor se estaba extendiendo por las rollizas mejillas del chico, y no se atrevía a mirar a los ojos a ninguno de sus compañeros.

—¡Ah, sí! —exclamó su abuela mirando fijamente al chico de las gafas, y le tendió una mano para que él se la estrechara—. Sí, claro, ya sé quién eres. Neville siempre habla muy bien de ti.

—Gracias —repuso el joven, y le estrechó la mano. Neville no lo miró: se quedó observándose los pies mientras el rubor de su cara se iba haciendo más y más intenso.

Ahora fue Alice la que apretó suavemente la mano de su hijo para tratar de tranquilizarlo. Trató de sonreírle, pero su hijo seguía mirando abajo.

—Y  es  evidente  que  vosotros  dos  sois  Weasley  —continuó  Augusta,  y  ofreció majestuosamente su mano primero a Ron y luego a Ginny—. Sí, conozco a vuestros padres, no mucho, desde luego, pero son buena gente, son buena gente… Y si no me equivoco, tú debes de ser Hermione Granger. Sí, Neville me lo ha contado todo sobre ti. Sé que lo has ayudado a salir de unos cuantos apuros, ¿verdad? Mi nieto es buen chico, pero me temo que no tiene el talento de su padre. —Y esta vez señaló con la cabeza la cama de Frank.

Alice frunció levemente el ceño al escuchar aquello. Sabía que seguramente Augusta no lo decía con mala intención, aun así no le gustaba que lo hubiera dicho. Neville no tenía porqué tener el talento de su padre, ella estaba segura de que tendría sus propios talentos.

—¿Cómo? —dijo el pelirrojo, perplejo—. ¿Ese de allí es tu padre, Neville?

—¿Qué significa esto? —preguntó Augusta con brusquedad—. ¿No has hablado de tus padres a tus amigos, Neville? —Éste inspiró hondo, miró al techo y negó con la cabeza—. ¡No tienes nada de qué avergonzarte! ¡Deberías estar orgulloso, Neville, muy orgulloso! Tus padres no entregaron su salud y su cordura para que su único hijo se avergüence de ellos, ¿sabes?

—Augusta, eso no es cuestión de vergüenza, y no creo que sea así —intervino Alice levantando la voz—. A veces, las cosas duelen demasiado como para revivirlas contándolas a otros

—¿Es tu madre, Neville? —dijo la castaña suavemente mirando a su compañero

—Lo soy, soy Alice —contestó la mujer sonriendo amablemente

—Encantada de conocerle, señora Longbottom —dijo la castaña—. Creo que leí un artículo en la que se la mencionaba, sobre un tratamiento del hospital

Alice respiró hondo. Sabía que aquel tema no era ningún secreto en su mayor parte. En el artículo no habían mencionado el tema de la amnesia.

—Si, antes me encontraba también aquí... —dijo Alice

—A Alice y a mi hijo —habló Augusta— los torturaron hasta la demencia los seguidores de Quien-vosotros-sabéis. —Hermione y Ginny se taparon la boca con las manos. Ron dejó de estirar el cuello para mirar al padre de Neville y puso cara de pena—.  Eran aurores,  y  muy  respetados  dentro  de  la  comunidad  mágica. Ambos tenían y tienen dones extraordinarios.

Pero no fueron suficientes para evitar perder catorce años de vida, catorce años de la vida de su hijo, y evitar la situación en la que se encontraba, fue lo que pensó Alice, pero no quiso decirlo en voz alta. No dudaba de aquellas palabras que muchos repetían y sabía que ni los mejores eran invencibles, pero desde que se había recuperado, eran muy pocos los momentos en los que se sentía que podía ser tan buena y poderosa como decían.

—Bueno, será mejor que volvamos —dijo entonces Augusta con un suspiro—. Ha sido un placer conoceros.

Alice pronunció las mismas palabras sonriendo a los cuatro jóvenes. Parecían buenos chicos. Y a pesar de la repentina timidez de Neville con ellos, seguramente al estar ellas, parecían que se llevaban bastante bien. Y a Alice le alegró saber que Neville tenía buenos amigos en el colegio. Miró una última vez a Frank, tan impasible como siempre, y salió de la habitación junto a Neville y Augusta.


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