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Alice Longbottom: Un remedio arriesgado » Una vieja amiga
Alice Longbottom: Un remedio arriesgado (ATP)
Por MariaAl0402
Escrita el Miércoles 27 de Mayo de 2020, 12:57
Actualizada el Martes 7 de Julio de 2020, 09:13
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Una vieja amiga

Alice ya llevaba dos días en casa de Augusta. La casa no era muy grande. Frank era hijo único y nunca habían necesitado más habitaciones. Neville ya dormía en la antigua habitación de Frank. Nunca habían tenido habitación de invitados. Si tenían alguno, arreglaban el sofá para que fuera una cama lo más cómoda posible. Aquella vez, Alice no dormiría en el sofá, Augusta había decidido convertir el viejo despacho de su fallecido marido en una habitación. Nadie usaba esa habitación desde que su marido había muerto.

En los dos días que llevaba allí, Alice no había salido de casa para nada. Se pasaba el tiempo dando vueltas por la casa o sentada en su cama, pensando en su vida, en la vida que no recordaba. No solo se trataba de su esposo y su hijo, tampoco recordaba toda su educación, ni su trabajo, ni el resto de la gente que conocía, ni todas las experiencias que había vivido y la habían hecho ser como Augusta le contaba.

Tenía casi cuarenta años. Había perdido más de una década de su vida. No tenía ni idea de cómo rehacer su vida a esas alturas sin recordar qué era lo suyo, que se le daba bien. Empezar de cero parecía realmente difícil.

Dio un respingo cuando de pronto llamaron a la puerta. Augusta no estaba en casa, había ido a la compra. No tenía ni idea de quién podía ser. Pero se levantó y bajó al piso inferior. Al abrir la puerta, se encontró allí con una mujer, quizá de su misma edad, morena, de pelo largo, rizado, pero recogido en un moño en aquel momento. Era ligeramente más baja que ella y de piel también ligeramente morena.

—Alice… Merlín —dijo la mujer con la sorpresa en su voz y sin levantar apenas el tono—. Vi la noticia del tratamiento en El Profeta y Augusta me contó algunas cosas. Pero es increíble… Quería visitarte antes, pero he estado muy ocupada

—Lo siento, ¿nos conocemos? —dijo Alice

—Ah, cierto, tu amnesia —dijo la mujer—. Soy Kathleen, Kathleen Novak, Kath para abreviar. Éramos buenas… muy buenas amigas en el colegio.

—¿En serio? 

—Si, desde el primer momento en el tren en primer año —dijo Kathleen—. Me defendiste de unos Slytherin que se metían conmigo por ser hija de muggles. Y eso que ellos debían ser de quinto o sexto.

—¿De verdad? —preguntó Alice—. Siento no acordarme

—Tranquila, no pasa nada —dijo Kathleen—. Se que lo recordarás, seguro. Eras una luchadora. Solo tienes que intentarlo y esforzarte por ello.

Alice soltó una risa silenciosa, pero irónica

—No me siento nada una luchadora. Llevo dos días sin salir de esta casa sin saber qué hacer con mi vida

—Alice, lo recuerdes o no, yo se que lo eres, y aunque te cueste un poco, porque entiendo que ahora no veas el futuro muy brillante, se que lo intentarás.

—¿Yo era la luchadora y tu la animadora? —preguntó entonces Alice con un tono divertido que no supo de dónde había salido

Kathleen soltó una leve carcajada

—Ahí está, ahí está la Alice que yo conozco —dijo—. ¿Sabes? Aunque no recuerdes nada, creo que en el fondo sigues siendo la misma Alice de siempre. Solo tienes que buscarla.

Alice sonrió. Creía poder entender porque se había hecho amiga de aquella chica.

—Oye, por cierto, no es por nada, pero ¿que te parece si continuamos hablando dentro? —preguntó Kathleen

—¿Que? Oh, claro, perdona.

Alice se apartó para que Kathleen pasara dentro de la casa y cerró la puerta después. Ambas entraron al salón y se sentaron en el sofá.

—Y, Ari… ¡Perdón! Kath… —se corrigió rápidamente Alice cuando el primer nombre le salió, por alguna razón, automáticamente.

—Espera, espera, me has llamado Ari… —dijo Kathleen—. Si es que está claro que todos tus recuerdos están escondidos en algún lugar de tu mente. Solo tienes que rebuscar un poco

—¿Que? ¿Por qué lo dices? —preguntó Alice

—Ari, Ariana Beackley —dijo Kathleen—. Era otra de nuestras amigas

—¿Era? —dijo Alice

—Si… Murió… Murió en la guerra —dijo Kathleen con tono apagado—. Hacía mucho que no pensaba en ella, la verdad…

—Lo siento —dijo Alice

—Tranquila, es solo que no esperaba que la mencionaras —dijo Kathleen soltando un suspiro—. Entonces, ¿qué vas a hacer?

—No lo sé —admitió Alice—. En el hospital dicen que lo mejor es recuperar la rutina, pero han pasado más de diez años, es muy difícil.

—Es cierto, tu rutina de entonces no la puedes recuperar, Neville ya no es un bebe —dijo Kathleen—. Pasabas mucho tiempo con el, ahora el ya esta en Hogwarts.

—Y eso, eso es otra cosa —dijo Alice—. Me he perdido tantas cosas…

Su voz se fue apagando conforme terminaba la frase. Volvía a pensar en ello, y no le gustaba. No le gustaba no recordar a su hijo, un hijo al que había dejado tantos años, aunque no porque quisiera. Pero se sentía bien hablando con Kathleen. Sentía que podía confiar en ella y hablar de cualquier cosa. Seguramente habían llegado a estar muy unidas.

—¿Tu que crees que debo hacer? —le preguntó

—No lo se, Alice, no puedo ni imaginarme cómo lo debes estar pasando —dijo Kathleen—. ¿Va a venir Neville por navidades?

Alice asintió.

—Yo aprovecharía todo el tiempo posible con él —dijo Kathleen

—¿Y si él no quiere? —dijo Alice—. He estado mucho tiempo ausente, Kath.

—Querrá, creeme. Confieso que no lo conozco mucho, pero querrá —dijo Kathleen—. Seguro que está muy feliz por esto. El y Augusta iban siempre que podían a visitaros a ti y a Frank.

—Frank… —musitó Alice, pero Kathleen la escuchó

—¿Qué ocurre?

—El sigue en el hospital —dijo Alice

—Ya, lo sé, lo siento.

—No, no lo sientas, es solo que… no se, me sabe mal, porque es el padre de mi hijo, pero… —dijo Alice—, pero ya esta. Se supone que es mi marido, pero no siento nada por el, no recuerdo porque me enamoré de él. Es un completo desconocido para mi. Augusta me ha hablado de él, si, pero no es lo mismo que si lo recordará, que si recordara como nos conocimos y nos enamoramos.

—Fue bonito —dijo Kathleen—. El era un año mayor que nosotras, y siempre fue muy amable y servicial. En el primer año de colegio nos ayudó más que cualquiera de los prefectos de la escuela, incluso aunque fuéramos de distintas casas. El era Gryffindor, nosotras Hufflepuff. Así os hicisteis muy amigos desde el principio, pero no te empezó a gustar hasta quinto. En sexto comenzasteis a salir, porque en quinto el tuvo otra novia. Y cuando estábamos en séptimo, os enviabais cartas todos los días, y aprovechabas cada fin de semana en Hogsmeade para verlo, incluso aunque sólo pudierais veros un rato porque él estaba ocupado con alguna actividad de la Academia de Aurores —inconscientemente, una sonrisa se había formado en los labios de Alice mientras la escuchaba—. La verdad es que estabais muy enamorados. Erais una de las parejas más adorables que he conocido.

Tras toda aquella explicación, Alice no supo qué decir. Todo el mundo le decía lo mismo sobre Frank y ella, lo felices que eran, lo enamorados que estaban. Pero eso no hacía más que hacerla sentir peor por Frank. La sonrisa de su cara fue desapareciendo. Un suspiro escapó de sus labios. Quería recordar, era cierto. Quería recordarlo todo. Quería recordar y que Frank se recuperara, estar tan enamorada de él como se suponía que debía estar, que todo pudiera ser como debía ser, como antes, como le contaban. Pero la realidad estaba muy lejos de eso. Podía ser que ella no recordara nunca, que Frank nunca se recuperara, y aunque pasaran ambas cosas, las cosas no podrían volver a ser como antes. No podían recuperar todo el tiempo perdido. Neville no podía volver a ser un bebé. Nada podría ser igual.


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