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Alice Longbottom: Un remedio arriesgado » Visitas inesperadas
Alice Longbottom: Un remedio arriesgado (ATP)
Por MariaAl0402
Escrita el Miércoles 27 de Mayo de 2020, 12:57
Actualizada el Martes 7 de Julio de 2020, 09:13
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Visitas inesperadas

Alice entró en la habitación y cerró la puerta con cuidado. Sabía que no debía estar allí, pero aun así, se había escapado de su habitación aquella noche. En la habitación había tres camas, tres armarios y una puerta que daba a un baño. Dos de las camas estaban ocupadas. En la más alejada dormía un hombre rubio, más joven que ella, que murmuraba en sueños algo sobre autógrafos. Pero la cama que a ella le interesaba era la del medio.

Augusta le había hablado de él. Sabía que ambos habían acabado en el hospital por la misma razón, aunque no le habían querido especificar cual, no aún, al menos. Se acercó a la cama y se colocó a su lado. Lo observó. Parecía dormir tan plácidamente. Inconscientemente, una sonrisa se asomo por sus labios. Parecía tan en paz. Incluso cuando no lo recordaba, no podía evitar sentir una agradable sensación al contemplar su rostro.

Llevo una mano a la mejilla de él y la acarició suavemente deseando recordar, recordar todos aquellos momentos de las fotos que Augusta le había enseñado. Parecían muy felices juntos. Encima, tenían un hijo. Un hijo que se había criado catorce largos años sin sus padres. Augusta parecía una gran persona y una gran abuela y aunque ya no era la Alice que ella recordaba, la nueva Alice se sentía una horrible madre por no haber estado ahí para su hijo, un hijo que ni siquiera conocía aún. 

Se dejó caer en una silla situada junto a la cama y se llevó las manos a la cara. Había demasiadas cosas que no recordaba, demasiadas personas, demasiados lugares, demasiados recuerdos… Se sentía muy vacía y al mismo tiempo, abrumada por todo lo que estaba sucediendo.

Miró de nuevo a Frank Longbottom. Se suponía que era su marido, pero aparte de aquella ligera y agradable sensación, no sentía nada más. No sabía porque se había enamorado de él y le habían informado que el ni podía hablar y apenas se movía, tampoco podría decirle nada. No podía decir que estuviera enamorada en aquel momento.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando soltó un suspiro y se levantó de la silla. Echó un último vistazo a Frank. Acarició levemente su brazo que sobresalía por debajo de la sabana y sacudió la cabeza apartando la mano rápidamente como si pudiese despertar en cualquier momento. Se sentía demasiado confundida. Abrió la puerta y salió de la habitación casi con prisas.


En Hogwarts, el curso iba todo lo bien que podía ir con Umbridge como profesora y el ministerio metiendo sus narices, aunque algunos alumnos ya compensaban sus pésimas clases con el ED, que Harry Potter y sus dos amigos habían creado no mucho antes. Los alumnos de Gryffindor de quinto curso se encontraban en clase de transformaciones la cual estaba a punto de acabar. 

Terminaron de copiar los apuntes sobre la nueva transformación de aquel día y tras recibir los deberes, McGonagall les dejó marchar.

—Señor Longbottom —llamó la profesora McGonagall mientras todos se ponían en pie y cogían sus mochilas. Neville se giró a mirar a la profesora nervioso mientras los demás salían del aula—, tengo que hablar con usted

—¿O-ocurre algo, profesora? —pregunto el chico

—Vayamos a mi despacho —dijo la profesora McGonagall

Neville asintió temeroso, se colgó la mochila de un hombro y salió del aula siguiendo a la profesora rumbo a su despacho. Este no estaba muy lejos del aula. Llegaron enseguida. McGonagall abrió la puerta y le dejó pasar. Neville tragó saliva y entró a la habitación. Lo que no se esperaba en absoluto fue a quien vio allí.

—¿Abuela? ¿Que haces aqui?

—Les dejaré solos —dijo la profesora McGonagall saliendo del despacho y cerrando la puerta

Neville miró a su abuela confundido

—¿Qué ocurre?

—Se trata de tu madre, Neville —dijo su abuela

—¿Que? ¿Le ha pasado algo? ¿Que ha pasado? —preguntó Neville atropelladamente con preocupación en su tono

—No, no, Neville, tranquilo, no es nada malo —dijo Augusta—. Al menos en gran parte

—No entiendo —dijo el joven

—Verás, hace unas semanas, el doctor Murray me informó de un nuevo tratamiento para males provocados por maldiciones para el que tenían grandes esperanzas —comenzó Augusta—. Tu madre fue una de las seleccionadas para la fase de pruebas.

—Entonces, ¿está bien? Has dicho que no era nada malo —preguntó Neville esperanzado

—Sí —contestó Augusta sonriendo—. Tu madre se ha recuperado completamente, pero… el tratamiento tuvo un efecto secundario que no se esperaban

—¿Qué… qué efecto? —preguntó Neville temeroso

—Neville… Ella no recuerda nada —dijo Augusta—. Es amnesia

—¿No… no me recuerda? —pregunto Neville dejándose caer en una de las sillas del despacho

Augusta miró a su nieto con tristeza y se acercó a rodearlo entre sus brazos. Neville se inclinó inconscientemente para apoyarse en la mujer

—Lo siento mucho, Neville —dijo Augusta—. Quizá no debí haber dado permiso para que le administraran el tratamiento.

—¿Que? —Neville se apartó—. No, hiciste bien, abuela. Aunque no me recuerde, me alegro de que ya este bien. Es mi madre y nada lo cambiara

—Puede que no sea definitivo, el doctor dijo que podría recordar, aunque no sabe cuánto tiempo le podría llevar —dijo Augusta—. Pero la razón principal por la que necesitaba decírtelo, y no por carta, es porque en unos días le darán el alta, Neville, y estará en casa, por si decides volver estas navidades.

Neville no contestó. No de inmediato. A pesar de la noticia de la amnesia, no recordaba ocasiones en las que hubiera estado más feliz. Su madre se había recuperado, estaba bien e iba a volver a casa. Por supuesto que quería volver aquellas navidades. Iba a ser duro que ella no le recordara, era cierto. Pero era su madre y necesitaba verla. Quizá podría ayudarle a recordar. No sabía cómo, pero lo intentaría. Haría lo que fuera por tenerla de nuevo.


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