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Destino 03. Marte » Encuentros
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Viernes 16 de Octubre de 2020, 21:15
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Encuentros


IX

Encuentros (parte I)

 

Sobrevivir a la semana de enfermedad resultó una odisea, en especial para los hombres. Una vez sanos, los Garque regresaron a sus actividades rutinarias, Andrads estuvo a punto de hacer fiesta por ello. Tampoco él lo había pasado bien en su ausencia. Cubrirlos a todos casi lo vuelve loco.

 

El año nuevo llegó, por lo que los Garque se hallaban reunidos en el gran salón. En el centro del círculo sagrado descansaba una ánfora de descomunal tamaño, en compañía de una muñeca de Kya en tamaño natural.

—Creo que no hace falta preguntar para quien es eso —comentó Astucieus en un bisbiseo a Gabriella.

—Bien —la cobriza bamboleó su cabellera—, yo diré los nombres y los mencionados vienen a por sus postales. ¡Andrads! —dijo en tono melódico—, esta es de mí para ti.

Indicó la figura gigante. Andrads tragó en seco.

—No te preocupes —Kya hizo un ademán ligero—. Yo la llevo a tu habitación.

Chasqueó los dedos, la figura se cubrió con puntos de luz y luego estalló.

—Te esperará recostada sobre la cama —añadió y le guiñó un ojo.

Andrads estaba horrorizado.

—Ahora… —Kya sacó una postal—. ¡Cachán! ¡De Amie para Gaby!

—¡Oh, que bien! —la aludida se levantó—. Gracias, Kya.

—De nada amiga. Mmm, esta es de…uuuhhh, ¡de Bryant para Elizabeth!

—¡Genial! —la gobernadora casi corrió cual niña pequeña para recibir su tarjeta—. Yo también te hice una, amor.

—Gracias, hermosa. Espero te guste la tuya.

—¡De Ian para Elizabeth!

—Dame eso…

—¡Ni te atrevas, Astucieus! —Elizabeth le lanzó tal mirada a su amigo, que éste volvió a sentarse en su almohadón—. Gracias, Kya.

—De nada —Kya continuó, un dibujo de Yerik fue entregado a Astucieus.

Bryant recibió una postal de sus padres y de Elizabeth. Otras más a Astucieus—una de Gabriella, otra de Elizabeth y la otra enviada por Megan Dadle, con una sola palabra: «muérete» —, varias más a Andrads, Gaby, Túux— cada uno de los presentes le mandó una—, y chocolates de parte de ella para todos, aunque a Andrads le regaló un kilo para él solo, con el mensaje: «te amo» grabado en las envolturas.

—Gracias por mi postal, Elizabeth Monanti.

—No es nada, Túux. Muchas gracias a ti por el dibujo.

—Me salió de repente —el niño se encogió de hombros—. Apenas me fijé de que lo había hecho.

Kya y Elizabeth se miraron suspicaces.

—«Hay que revisar el dibujo» —concordaron.

 

 

—¡Es la reina! —soltaron los seis al unísono.

—Tiene que serlo —afirmó Gabriella—. ¿Ven su corona?

—Y tiene las manitas sobre el vientre —dijo Kya—. ¡Seguro se refiere a que está embarazada!

—Aún así —habló Andrads—. Esto no nos aclara nada.

—Guarda el dibujo, Elizabeth —indicó Astucieus—. No hay nada que deducir de él.

 

Gabriella caminaba por los pasillos de la pirámide. Se sentía nerviosa, sus pensamientos eran un torbellino que le causaban mil sensaciones en el corazón. Se encaminaba a un despacho que no visitaba desde hacía tres siglos: el despacho de Maks Kotoro.

«Tamara, dame fuerzas para enfrentarlo». Pidió para sus adentros: «Por favor, que los recuerdos no me traicionen…»

Se detuvo frente al linaje Kotoro, tomando una respiración profunda en cuanto oyó el «pase». La puerta se deslizó sola hacia dentro, mas Gabriella fue incapaz de dar un paso al interior de la oficina. Como siempre, Maks se encontraba enfrascado en algo, en este caso, en la lectura de un libro el cual, marcó antes de cerrarlo y levantar la cabeza.

—Buenos días, hüteur Kotoro —lo saludó Gabriella todavía sin entrar, reparando en cada una de sus facciones, en cómo los siglos no habían dejado mella en él—. ¿Interrumpo algo? Porque puedo venir más tarde…

—No, no —la cortó él puesto en pie, con el libro entre los brazos—. Tú…Usted…pase, por favor, Segunda. Enseguida la atiendo, sólo déjeme ir a guardar esto.

—Claro.

Finalmente, la pelirroja se adentró en la estancia y ocupó una de las sillas que había frente al escritorio de cristal ahumado. Contempló su alrededor con disimulo, percatándose de las nuevas vitrinas, el mobiliario ya existente durante su última visita pero cambiado de lugar. Se tragó un suspiro al pasar un dedo por la orilla del escritorio, libre de polvo; su memoria traicionándola al traerle a la mente la noche en que Maks le hizo el amor sobre aquella mesa. Cerró los ojos, su corazón retumbando dentro de su pecho cuando, para su sorpresa, a la imagen del erudito se sobrepuso la de Astucieus acariciándole una mejilla tras el enfrentamiento con Ferzeo.

«¿Qué demonios me pasa?». Se cuestionó a sí misma: «Yo…no puedo sentir algo por dos hombres, en especial si uno de ellos es Astucieus Thrampe…»

—Listo —la sacó de sus cavilaciones Maks—. ¿Se encuentra bien? Está un poco…ruborizada.

—Sí, sí —contestó ella abanicándose con una mano—. Es…es el calor. El uniforme hace que me sofoque bastante.

El hombre chasqueó los dedos, con lo que una brisa venida de ninguna parte inundó el despacho, y envolvió a Gabriella haciéndola soltar aire, aliviada. Lo del calor no era mentira, aunque dudaba que sus mejillas ardiesen únicamente por eso.

—¿Mejor?

—Sí, muchísimas gracias.

—¿Gusta algo de beber? Puedo ofrecerle una refrescante limonada, para aplacar estos calores.

—Sí, gracias, estaría bien.

Lo vio adentrarse de regreso en su habitación, Gabriella no pudo menos que hundirse en su silla. Guardar las apariencias le estaba costando más de lo que había pensado. Maks regresó con los vasos de limonada bien fría al cabo de unos segundos, Gabriella bebió dos largos tragos antes de volver a dejar el vaso sobre el escritorio.

—Delicioso —comentó y se limpió la boca con una servilleta que el erudito le tendió—. Usted siempre tan amable, hüteur Kotoro.

—Y dígame, señorita Altus, ¿a qué debo que la Segunda al mando me visite?

Gabriella se puso seria.

—Verá… —tragó saliva—. ¿Puedo hablarte de tú, Maks?

El aludido parpadeó y arqueó ambas cejas, asombrado.

—Por supuesto —la miró dubitativo—. ¿Y yo? ¿Me dejas tutearte?

Gabriella soltó una risita nerviosa.

—Faltaba más —los dos se sonrieron, como si hubiesen derribado una enorme barrera que los separaba—. En fin —Gabriella carraspeó—, verás Maks, asesinaron a mi padre y por la forma en la que lo hicieron, creemos que iban tras de mí. Así que y, disculpa si con esto te ofendo pero, necesito saber si le rebelaste a Priscilla información privada de mí, o a algún otro desconocido con el que hayas charlado estos últimos tres siglos.

El hombre frunció el entrecejo.

—Para nada me ofendes…mmm… —entrecruzó los dedos sobre la mesa—. No, que yo recuerde, no le hablé de ti a nadie, ni siquiera a Priscilla.

—¿Seguro? ¿Sigues…sigues todavía con ella?

—Gaby, nunca tuve nada con ella. No obstante, es cierto que como amigos que éramos pude haberle contado algo, pero no fue el caso. Lo que tuvimos, todo lo que tú me contabas era solo nuestro y de nadie más.

Gabriella bajó la mirada, y suspiró.

—Maks…¿puedo hacerte otra pregunta?

—Adelante.

—El día en que terminé contigo…no sé si te acuerdas, pero sufriste un ataque magyassu…

—Cómo olvidarlo, pusiste a la pobre Priscilla en un serio aprieto.

Gabriella curvó los labios en una sonrisa de lado.

—En mi defensa, diré que se lo tenía bien merecido…pero a donde quiero llegar…Maks, ¿te auto provocaste ese ataque para chantajearme?

El aludido la miró con los ojos muy abiertos, entre incrédulo y estupefacto.

—Gabriella por los Dioses…¿cómo puedes pensar eso? Además de que es imposible provocarse un ataque magyassu; este solo se manifiesta ante una situación de mucho estrés, una impresión muy grande o agotamiento extremo.

—Es que yo… —por fin, ella lo encaró—, durante estos tres siglos pensé…

En silencio, Maks se levantó y arrodilló al lado de la Garque, quien sentía un nudo estrangulador oprimiéndole la garganta.

—Gabs, mi hermosa Gabs —le tomó ambas manos—, ¿cómo puedes pensar eso de mí? Yo te amaba…te…te amo —se corrigió con una mirada sincera que hizo estremecer a la mujer—. Nunca recurriría a artimañas tan bajas para obligarte a algo, mucho menos, si ese algo es estar conmigo.

—Maks yo…lo siento, estaba tan dolida, tan furiosa que no pensé…

El erudito no la dejó terminar. Se incorporó y antes de que ella reaccionase, atrapó su boca en un beso profundo. Sin embargo, Gabriella se separó, sus manos puestas sobre el pecho masculino a fin de interponer distancia entre ambos.

—No… —murmuró—. No, Maks, ya no. Lo nuestro se terminó hace tres siglos. Ahora…creo que me estoy enamorando de otra persona —dijo, para sorpresa suya, con una franqueza inusitada—. Volver contigo sería traicionar mis sentimientos hacia esa persona.

—Ya veo —Maks se separó y soltó aire—. De cualquier forma, sabes que estaré siempre para ti, ¿verdad?

—Lo sé —ella le acarició una mejilla—, y te lo agradezco enormemente —Maks le besó la mano con la que lo había acariciado, Gabriella se levantó de súbito y lo soltó—. Adiós, Maks. Y gracias por la ayuda.

—Adiós, Gabriella, y que los Dioses guíen cada uno de tus pasos.

La mujer asintió, giró sobre sus talones y abandonó la oficina a toda prisa.

 



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