Historia al azar: Te declaro la guerra
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Destino 03. Marte » Contagio
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Martes 8 de Septiembre de 2020, 01:45
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Contagio

VIII

Contagio

 

El corazón de Elizabeth estaba al saltar fuera de su pecho. Las emociones que lo alteraban eran sin duda felicidad y una dosis de locura. También permanecían otras sensaciones, pero debido a su fija atención en la figura difusa que estaba frente a ella no consiguió identificarlas. La figura le decía algo, mas tampoco pudo descifrar sus palabras. No se movía, la figura sacó entonces  un objeto, cuya brillantez la obligó a entrecerrar los ojos. Extendió una mano, deseosa de tocarlo.

Los golpes a la puerta la despertaron con un sobresalto. Le tomó un par de segundos ubicarse. Gruñó, respondió al llamado y se levantó de la cama a fin de iniciar un nuevo día. Debía terminar unos asuntos antes de ir a ver a los Tasukerusu. Bajó a desayunar, en el camino se topó con Astucieus.

—Buenos días —saludó y reprimió un bostezo—. ¿Dormiste bien?

—Sí. La verdad es que preferiría quedarme en cama —el hombre torció el gesto—. No me apetece salir hoy.

—Me asomé y está nublado, ¿crees que nieve?

—No lo creo, si acaso caerá una helada. Por los dioses, este último mes se fue como agua entre los dedos.

—Dímelo a mí. Gracias a los Dioses que logramos echar en marcha el proyecto para niños desamparados de Cultre del Norte. Me hubiese partido el alma saber de sus muertes por culpa del frío. Por cierto, ¿sabes si Gaby hizo la investigación sobre la demanda de Sheyla?

—Sí —Astucieus suspiró—. No encontró nada.

—Entonces…

—Prefiero no tocar ese tema, Elizabeth.

Ella guardó silencio. Entendía el estado de su amigo. No debía ser fácil. Si Yerik resultaba ser el Príncipe de Marte significaba que tendría que destruir a K'as, cuando a penas era un bebé. No, Yerik no podía destruirle de inmediato, tendrían que esconderlo y entrenarlo hasta que llegase el momento.

Suspiró. Entraron en el comedor. Asombrados, encontraron a Bryant frente a la mesa, sumido en una conversación… ¿consigo mismo?

—Es oficial —declaró a Astucieus, en acuerdo con Elizabeth sobre la demencia del Quinto Garque—, Dikoudis necesita un psiquiátrico.

— ¡No necesito nada! —farfulló el aludido—. Hablo con Túux.

— ¿Túux? —repitió Elizabeth—. Yo no veo a nadie más contigo.

—Eso es porque mi hechizo es efectivo —Bryant hinchó el pecho—. Mientras no lo digan, no lo verán.

—Kare —dijo Astucieus.

Nada pasó.

—Ah ah —Bryant negó con un dedo—. Esas cosas no funcionan. Tampoco si utilizas el hechizo Angru, me encargué de cubrir bien esos detalles.

Astucieus enarcó ambas cejas.

—Me sorprendes, Dikoudis. Jamás pensé que tu cerebro pudiese dar otra orden que no fuese la de mantenerte vivo.

El castaño lo miró de medio lado.

— ¿En serio no pueden verme? —se oyó decir la vocecita de Túux.

—No —respondió Elizabeth—. pero si escucharte. ¿No hay forma de arreglar eso, amor?

—Me temo que no —el joven cabeceó—. Sería como desvanecerlo.

—Algo es  algo.

 

Nada relevante se trató durante el desayuno. El hechizo inventado por Bryant fue comunicado al resto de los Garque, Elizabeth se encaminó rumbo a la puerta. En un inicio había pensado desaparecer, pero quería disponer de tiempo para terminar su lectura sobre los vampiros cultrorianos. Subió al carruaje, se ajustó el cinturón y abrió su libro en la página donde se había quedado:

 

«…los vampiros manifiestan características comunes tales como la híper velocidad, fuerza extrema y la sed de sangre. No obstante, la forma en como consiguen su alimento varía. Algunos trabajan en las prisiones, donde se encargan de ejecutar a los condenados y beben su sangre a modo de pago. El segundo grupo, absorbe la sangre de los enfermos en estado vegetal, con la autorización de los familiares, claro está. Y por último, existen otros que se alimentan de la Hachi, planta cuya sabia se asemeja a la sangre. Aunque la mayoría de los vampiros coinciden en que su sabor no se compara, más de la mitad toma esta opción a fin de evitar las muertes de más cultrorianos. Desde tiempos antiguos, los vampiros han sido una de las especies más marginadas. Se les repudia incluso en algunos bosques, pueblos y ciudades. Debido a esto, se creó el colegio internado «Colmillos Peludos». Su fundador, aún vivo, es mitad vampiro y mitad hombre lobo, así que la escuela no sólo alberga a los bebedores de sangre sino también a sus contrincantes, los licántropos».

 

Elizabeth enarcó ambas cejas. Ahora entendía el por qué de que Astucieus comentara que el director de «Colmillos Peludos » estaba loco. A nadie en su sano juicio se le ocurriría mezclar a dichas especies.

Cerró el libro y se dedicó a contemplar el paisaje a través de la ventana. Llegaron al límite permitido por la puerta en menos tiempo del que había esperado, bajó del carruaje y le indicó al conductor que no la esperara y cruzó la pared de plasma con los ojos cerrados y la respiración contenida. Pese a eso, una imagen se definió a lo largo y ancho de su campo visual. Confusa, con matices en blanco y negro.

Se trataba de una cama y, en ella se apreciaba a alguien dormir. Con todo y que  ese alguien tenía una forma extraña, Elizabeth notó una protuberancia en la que debía ser su cara. Estrechó los ojos, del lado derecho de la cama se erguía otro cuerpo. Aseguró  que éste si era humano. Tenía los hombros caídos, muy tieso. Entonces, la sombra murmuró algo, Elizabeth no consiguió entender lo que decía. Sin embargo, el timbre le resultó en extremo familiar.

De repente, el panorama se disolvió y Elizabeth fue expulsada, sin lograr reprimir un gritito. Impactó contra algo acolchonado. Permaneció inmóvil varios segundos, luego se levantó y sacudió la cabeza, sus rizos caían sobre  un  traje ejecutivo de tres piezas. Se sonrojó, su falda llegaba a medio muslo, con lo que sus tentadoras piernas lucían y sus atributos superiores se asomaban entre el saco y la blusa de escote en v.

— ¿Señorita Monanti?

Parpadeó. Frente a ella yacían parados un hombre y una mujer. Baja estatura, complexión delgada y ojos a penas rasgados. La fémina llevaba el largo pelo negro recogido en una bien elaborada trenza, mientras que su pareja mostraba la cabeza alopecia.

— ¿Ustedes son…?

—Yota To —se presentó la mujer con una mano extendida—. Y él es mi hermano, Hayate to. Somos Tasukerusu.

—Es un honor conocerla—dijo Hayate y estrechó la mano de Elizabeth.

—El último guardián que nos visitó fue el señor Thrampe —agregó Yota—. Añorábamos verla.

— ¿Y este lugar? —Elizabeth miró curiosa a su alrededor.

—Hayate es maestro de Artes Marciales —explicó Yota—. Éste es el salón de clases…

 

Túux lucía igual a un animal de zoológico. Sentado en una silla, era observado por los demás Garque. En su frente, una bombita escarlata brillaba justo en el centro.

— ¡Oh Túux, es un barrito! —exclamaba Kya emocionada—. Tu primer barrito, ¡ya eres un niño grande!

—Me duele —se quejó el niño—. Kya Kalonice, no me gustan los barritos.

La muchacha le sonrió enternecida y se inclinó para besar la bombita.

—Descuida, te aplicaré una de mis cremas para desvanecértelo.

—No sé —Gabriella toqueteó  la bomba—, Túux es demasiado pequeño como para tener barritos.

Astucieus se abrió camino y sin previo aviso, pinchó el granito hasta explotarlo. Túux gritó, de su erupción brotó un pus repugnante.

—Puaj —el Ministro arrugó la nariz—, que asco.

Y sin más, embarró el pus en una de las mejillas de Bryant.

— ¡Guácala! —saltó el aludido—. ¿Qué soy? ¿Tu servilleta?

—Algo así —dijo Astucieus y se encogió de hombros.

— ¡Me duele! —lloró Túux—. ¡Kya Kalonice, me duele mucho!

—Ahora si la hiciste, Astucieus —Kya fulminó al ministro—. ¡Lastimaste al niño!

El aludido hizo un ademán indiferente.

— Por cierto, ¿dónde está Non Ludere?

—Fue a recoger a Elizabeth —respondió Gabriella igualmente molesta.

 

Y en efecto, el Cuarto al mando regresó con la gobernadora al cabo de las dos horas, Kya fue la primera en recibirla de forma efusiva y con un sonoro beso en la mejilla.

— ¡Ely! ¿Cómo te fue?

—Muy bien Kya —sonrió la gobernadora—. Pero… ¿por qué llora Túux?

—Elizabeth Monanti —sollozó el infante—,  ¡me duele mucho, mucho!

— ¡Dios! —la joven se había fijado en el grano reventado que emanaba pus justo en el centro de la frente del niño—. ¿QUÉ ES ESO?

— ¡Túux ya es un niño grande, Ely! —exclamó Kya en tono orgulloso. Se enjugó una lágrima—. Que lindo…

—Bryant y Astucieus analizan el pus en el laboratorio —aclaró Gabriella al la mirada de su amiga buscar una explicación.

—Pero si Túux estaba bien en la ma…

—¡¡Aaahhh!

Todos miraron a un tiempo hacia la puerta cerrada del laboratorio, de cuyo interior habían surgido idénticos gritos.

— ¿Qué…?

— ¡Mis manos, mis manos!

— ¡Mi cara!

— ¿De qué te quejas Dikoudis? ¡Tu cara ya es fea por naturaleza! ¡Mira mis manos, se pudren!

Elizabeth irrumpió en el laboratorio y al encontrar la escena, ahogó un grito. Astucieus y Bryant tenían bombas que les sobresalían de la piel, rojas, el primero en las manos y el otro en toda la cara. Detrás suyo entró Gabriella, quien soltó la carcajada sin poder contenerse.

— ¡Santo Zehel! —dijo Kya—. ¿Qué les pasó?

— ¿No es Ovio? —intervino Andrads—. De algún modo se contagiaron de Túux.

—Es cierto —Gabriella esbozó una sonrisa burlona en dirección a Astucieus—, Thrampe reventó la bomba de Túux y untó el pus en la mejilla de Bryant. Tiene sentido.

— ¿Ves? —vociferó Bryan medio histérico—. ¡Todo es tu culpa!

—Llamaré al doctor Hisho —dijo Elizabeth.

—Espera —la detuvo Gabriella—. ¿Cómo le explicarás que se contagiaron? Hisho no podrá ver a Túux.

—Mmm, le diré que Bryant amaneció enfermo y que Astucieus estudiaba sus bombas cuando una de ellas explotó y así se contagió.

—Esperemos que no sospeche —comentó Andrads.

—No lo hará —aseguró el castaño—, el doctor Hisho me ha atendido desde que soy un bebé.

—¿Y cómo es que un médico de la pirámide te atendía a ti en exclusiva? —quiso saber Astucieus.

Bryant se encogió de hombros.

—Mis padres siempre se han llevado bien con Vlad, así que este enviaba al doctor Hisho para atendernos a mí y a mi hermano.

Astucieus estrechó los ojos.

Pero el Dr. Hisho no atendió sólo a Bryant y Astucieus. Al llegar a la enfermería, encontró a cinco guardianes en cama, llenos de bombas en distintas zonas del cuerpo. Gabriella tenía infestadas las manos, Elizabeth la cara y Kya…no se sabía porque estaba cubierta con las mantas hasta la cabeza.

— ¿Pero que…? —el hombre parpadeó, inmóvil bajo el marco—. Creí que los señores Thrampe y Dikoudis eran los únicos enfermos.

—Sí, al inicio así era —informó Elizabeth—. Pero luego todos nos contagiamos. Lo cual me parece absurdo, ¡yo ni siquiera lo toqué!

—Pero Kya te dio un beso—apuntó Gabriella—. Y ella había besado antes la bombita.

—Entonces —Hisho soltó una risita—, el único que se salvó es el señor Non Ludere —miró los guantes del aludido—. Es usted muy afortunado, señor.

— ¿Puede curarnos, doctor? —preguntó Astucieus.

—Claro, no es la primera vez que veo estas cosas. He de advertirles que estarán así una semana, el resto de sus cuerpos no tardará en cundirse en unas cuantas horas.

— ¿Cundirse? —gimió Kya y se quitó las mantas. Sus labios estaban deformes—. Tiene que ser broma, ¡mi cuerpo no puede…!

—No es broma, señorita Kalonice —la cortó Hisho en tono paternal—. Por desgracia así es esta enfermedad.

La cobriza adoptó un gesto traumático y se desmayó.

— ¡Kya!

—Tranquilas, es el susto. Estará bien. Caballeros —agregó hacia Bryant y Astucieus—. Este virus es más agresivo en los barones, así que deberán tener paciencia.

— ¿Cuál es el origen de este virus? —interrogó Astucieus.

—No hay un factor único —explicó Hisho desde el laboratorio—. Yo sólo lo he visto manifestarse una vez, en un niño  que lo desarrolló como alergia a la gelatina.

Más tarde, los guardianes gimoteaban en sus camas. Hisho les había aplicado las respectivas medicinas y ahora estaban cubiertos con bombas carmesí.

—No se preocupen —les tranquilizó Andrads—. Yo me haré cargo de sus trabajos mientras se recuperan —abrió la puerta—. Les traeré el almuerzo en un rato.

— ¿Te vas? —se lamentó Kya—. ¡No me abandones, Andrads! ¡Te lo suplico! ¡No puedo vivir sin ti!

El muchacho arqueó una ceja.

—Adiós, Kalonice.

Y salió del recinto.

— ¡Nooo! —dramatizó Kya con una mano en el pecho—. ¡Vuelve, amor mío!

Se volvió hacia los otros para ver si le prestaban atención, pero Gaby, Elizabeth y Túux jugaban palitos chinos mientras Bryant y Astucieus se enfrentaban en ajedrez. La Tercera se enfurruñó y acostó de regreso, con los brazos cruzados.

No obstante, Andrads no llegó a la hora del almuerzo. Ordenó que les llevaran a sus amigos la comida a la enfermería, él estaba muy ocupado en el trabajo. Al anochecer, las risas femeninas estallaron: las ronchas de los barones brillaban tal cuales luciérnagas.

— ¡No le veo el chiste! —gruñó Astucieus—. ¡Argh, me va a dar migraña esta luz!

—Bueno chicos —el trío sacó cada una un par de antifaces, que llevaban grabados los ojos de sus respectivos animales—, que sueñen bonito.

— ¡Oigan! —protestó Bryant—. ¡Queremos uno de esos!

— ¡Pues lo siento! —sentenció Kya—. Yo misma se los ofrecí junto con los uniformes y los rechazaron.

— ¡Porque en ese momento no eran útiles!

—Mmm, que pena—Elizabeth les dio la espalda—. Hasta mañana.

—Kya Kalonice—habló Túux—, ¡Túux no se deja dormir!

—Ohohoh —la cobriza se compadeció del infante—, no sufras, con esto podrás dormir.

Y sacó otro antifaz que colocó sobre los ojos del pequeño.

— ¡Kya! —saltaron Astucieus y Bryant—. ¡Queremos uno!

—No lo merecen —la joven se cubrió con las mantas hasta el cuello—. Que les sirva de lección por despreciarme.

—P-Pero…

—Dulces sueños, chicos —terminó la conversación Gabriella.

 

A la mañana siguiente, Bryant y Astucieus manifestaban enormes ojeras y bolsas bajo los ojos. Los enfermos sobrantes, aunque adoloridos y cansados, tenían mejor pinta.

—Kya Kalonice —dijo Túux de pronto, el niño saltaba inquieto sobre su cama—, ¿podrías venir un momento?

—Claro.

La muchacha se levantó y acercó su oído a la boca de Túux, todos observaban la escena.

— ¿Qué? —frunció el ceño. Acto seguido, jadeó y abrió en exceso los ojos—. ¿Qué te pica allí abajito?

—Sí —Túux se puso colorado.

Elizabeth y Gaby se giraron hacia Astucieus y Bryant con risas contenidas y semblantes malévolos.

— ¿A ustedes también les pica?

— ¡No! —rugieron ellos escandalizados, sin dejar de dar saltitos sobre la cama igual a como lo hacía Túux.

Las dos rieron entre dientes.

 

 

Querido Amo:

Las cosas se han complicado. Los Garque tienen oculto al ek paal, y no he logrado dar con él. Incluso he probado con algunos hechizos reveladores, en caso de que lo hubiesen vuelto invisible, mas tampoco consigo resultado.

No se preocupe, seguiré adelante.

 

Firmó, releyó la nota y la dobló. Guardó el pergamino, sus ojos relumbraron en las penumbras.

—No me rendiré.

Se guardó la nota y caminó fuera del recinto.

 



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