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Destino 03. Marte » Pelea y… ¿amor?
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Martes 1 de Diciembre de 2020, 01:25
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Pelea y… ¿amor?

VI

Pelea y… ¿amor?

 

Gabriella se paseaba de un lado a otro en el despacho de Astucieus. Este, ubicado en la silla que había detrás del escritorio, se cubría la cara con ambas manos. Al frente suyo estaban Elizabeth y Bryant, la primera sostenía a Túux en su regazo mientras le acariciaba el cabello.

—El plan es —dijo más para sí—, que Túux rastree el miedo de Yerik a través de las diferentes dimensiones. Yo iría con él, por supuesto.

—Los Ek Paal tenemos prohibido viajar por las dimensiones—dijo el menor—. Es romper las líneas del tiempo y el espacio, podría alterarse el equilibrio del universo.

—Lo sabemos Túux, pero esto es…importante —el niño miró a la gobernadora—. Quién sabe qué es lo que Ferzeo planee hacer con Yerik, y necesitamos encontrarlo. Por otro lado, Gaby, ¿no sería mejor si voy yo con Túux?

—Ni hablar, Liz, ya no tienes el don de la laceración, ¿recuerdas? Sería una imprudencia si…

—Pero viajar entre las dimensiones también es una imprudencia —protestó Túux con el ceño fruncido.

Se auto cortó al ver a Astucieus levantarse, acercarse a él y arrodillarse enfrente suyo, su gesto suplicante y descompuesto.

—Por favor —dijo con la voz rota—,  haré lo que sea, incluso buscar a tu príncipe en cielo y tierra, pero ayúdame a encontrar a mi hijo, te lo suplico, Yerik es todo lo que me queda…

Gabriella se acercó con cuidado al ministro y posó las manos sobre sus hombros. La mirada de Túux no era la de un pequeño, ahora, quien miraba a Astucieus era una persona adulta, cuya capacidad de análisis y comprensión era igual a la de sus acompañantes. Sin dudas, estudiaba las emociones de Astucieus, el amor profesado hacia su primogénito, que superaba toda barrera, lo llevaba a humillarse ante una criatura muy inferior a él.

—Marte es todo lo que me queda —dijo al fin—. ¿Estarías dispuesto a perderlo todo con tal de ayudarme?

Gabriella arqueó ambas cejas. No lo había pensado así. Al ayudar a Túux, le declaraban la guerra al Rey K'as. Si bien se habían esmerado en ocultar la procedencia del pequeño, tarde o temprano se sabría que era un marciano y, aunque las comunicaciones entre Cultre y Marte estuviesen bloqueadas, K'as se enteraría de que el mayor de los Ek Paal que quedaban buscaba como destruirle. Cultre se vería envuelto en un grave conflicto si no entregaba al niño.

—Sí, lo que sea, sólo trae a mi hijo de vuelta…

Túux suspiró y asintió. Bryant se apresuró en levantar y sentar a Astucieus de regreso en la silla, Elizabeth tomó la palabra.

—Yo te acompañaré… —quiso iniciar.

—Olvídalo —soltaron los tres guardianes a un tiempo.

Elizabeth gruñó.

—No soy una inútil. Si no, ¿para qué me mandaste llamar, Gaby?

—Yo nunca dije que fueras una inútil —respondió la aludida con las manos en alto—. Pero también debes pensar que si aterrizan en una dimensión infestada de demonios, vas a necesitar más que encerrarte en una burbuja protectora en lo que nosotros llegamos a auxiliarte.

Elizabeth bajó la cabeza.

—De acuerdo, ve tú, entonces.

Gabriella asintió y soltó aire, aliviada de que su amiga hubiese comprendido la situación.

—¿Han viajado antes por las dimensiones? —preguntó Túux de repente.

—Sí —contestó esta vez Bryant—. Con ayuda de la puerta. Por sí solos, nosotros no podemos hacer ese tipo de viajes.

—Entonces yo seré su puerta.

— ¿Nos vamos ya? —apremió Gabriella—. Entre más rápido mejor.

Túux se bajó del regazo de Elizabeth, caminó al centro de la estancia y se acuclilló con las manos extendidas al frente, Gabriella imitó la acción y tomó sus manos.

—Concéntrate, Gabriella Altus. Piensa en Yerik triste, asustado. Y no me sueltes, veas lo que veas.

Gabriella tomó aire y apretó el agarre. Poco a poco, los rodeó una neblina de polvo luminoso, el zumbido en sus oídos le produjo náuseas, su corazón casi salta fuera de su pecho. El aire desapareció de sus pulmones, su entorno quedó disuelto en un torrente de sombras blancas y negras, ruidos distorsionados, frío afilado. Continuaba acuclillada, pese a que el suelo bajo ella había desaparecido.

Sin previo aviso, la velocidad de su avanzar se vio frenada, aunque  sin traer consigo la inercia. Las formas neblinosas antes irreconocibles, tomaron forma, Gabriella distinguió una habitación, todo menos ellos, continuaban en blanco y negro. Iba a reparar en los decorativos del lugar, mas los ruidos procedentes de detrás de la puerta a su derecha la hicieron fruncir el ceño. Alguien vomitaba. El ruido cesó, un momento mudo le siguió. Luego, la puerta se abrió y dejó ver a un chico que, sin importar que estuviese descolorido, Gabriella pudo identificar.

—Santa Tamara —murmuró—, es Yerik… ¿puede vernos?

—No —Túux mantenía los ojos cerrados—, estamos en el umbral de su dimensión y el canal.

Gabriella contempló al joven Yerik, sus rasgos casi idénticos a los de su padre. Si acaso, conservaba la nariz y manos de su madre. El chico caminó hacia la ventana panorámica del fondo y se apoyó en el marco, la brisa externa agitó su cabellera. Cerró los ojos, el dolor y agotamiento eran dueños de su faz.

— ¿Por cuánto más? —murmuró.

Alguien llamó a la puerta.

— ¿Príncipe Yerik?

La primera palabra le produjo un escalofrío. ¿Príncipe?

—Concéntrate, Gabriella Altus —el apretón de manos y voz severa de Túux la hizo desviar la atención—. Esto no es lo que buscamos, escuchar ahora lo que no nos corresponde podría acarrear desgracia. Es mejor seguir.

Gabriella cerró los ojos y se aferró más al niño. De nueva cuenta, el frío le acuchilló la cara, muestra de que se hallaban en el canal dimensional. El cese repentino de la ventisca le alertó de una nueva panorámica, así que abrió los ojos.

Se trataba de un pasillo muy largo, cuyas paredes laterales desplegaban gran cantidad de símbolos mayas. Giró la cabeza, pisadas fuertes se aproximaban hacia ellos. Se trataba del mismo Yerik, sólo que con menor edad que el anterior.  Mascullaba algo que Gabriella no consiguió entender, hasta que se detuvo y golpeó la pared con un puño, al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Yo ni siquiera quería estar aquí…

—Vámonos —espetó Túux y sin dejar que la muchacha viese más, la arrastró por el canal.

Siguieron durante largo rato, y por tercera vez cayeron en  una escenografía, esta vez, conocida para Gabriella: la casa de Byant. Asimismo, el color  bañó el recinto y sus ocupantes. Quienes no eran nada amigables. Los tres demonios de rostro desfigurado frente a ella le dejaron en claro su naturaleza.

— ¡Vete de aquí, Túux! —gritó y se soltó del niño, los llantos en el piso superior corroboraron que en esta ocasión, el sitio era el correcto.

Saltó a un lado, el ataque reventó el suelo donde segundos antes había estado acuclillado Túux. Gabriella se levantó y encaró a los demonios, sus ojos convertidos en cuencas envinadas, las uñas de sus manos se volvieron garras de águila. Sus enemigos mostraban los dientes, de sus fosas nasales surgía un humo rojizo. Se abalanzaron, esfera eléctrica y hechizos antiguos trancaron su salto de golpe. Gabriella se movió a través del espacio libre, los demonios no tardaron en recobrarse de su ataque inicial e ir a por ella. Subió los primeros escalones, pero algo pesado la aplastó e hizo rodar hacia abajo. Apretaron su garganta, no con intenciones  de estrangularla sino de quebrarle el cuello. Se rodeó de descargas, pero el demonio aguantó incluso las uñas clavadas en su carne. Hubo un estallido, el peso de la bestia desapareció, con lo que pudo respirar. Su cuello palpitaba, mas consiguió hacer a un lado el dolor para continuar con la batalla la cual, se había emparejado.

Túux desapareció ante una orden de Bryant, él, Astucieus y Elizabeth revelaban sus respectivas transformaciones. Arriba, Yerik lloraba.

—¡Ve a por Yerik, Altus! —gritó Astucieus—. ¡Nosotros nos encargamos de ellos!

Los Dakill ilesos rugieron y saltaron sobre los tres guardianes. Gabriella se encaminó hacia las escaleras, mas el Dakill libre se levantó y atacó con ferocidad. La chica se defendió, a ella se unió una descomunal serpiente ardiente, convocada por Astucieus.

— ¡Vete! —apremió el reptil con la voz del Ministro—. ¡Rápido!

La Segunda corrió y subió los peldaños de dos en dos. Torció a la derecha, los gritos de Yerik provenían de la última habitación. Tomó el pomo, lo giró y abrió.

Ahogó un grito. El chorro de llamas estuvo a punto de achicharrarle la cabeza, de no ser porque se agachó. Cayó a gatas, en sus cuencas envinadas se reflejó la quimera que le bloqueaba el paso.

—Hola.

Levantó la mirada. Al lado de una cuna, un hombre apuesto y vestido con túnica púrpura le observaba. Dentro de la cuna estaba Yerik. El hombre rió entre dientes, cruzado de brazos.

—Me alegra conocerte, Gabriella Altus. Soy Ferzeo, amo del inframundo y todas sus criaturas. ¿Te gusta mi quimera? Es muy cariñosa, aunque tiende a jugar de forma…ardiente.

— ¡Tele transpórtate, Yerik! —vociferó la joven, la quimera gruñó y flexionó las patas—. ¡Huye!

—Oh, Yerik se divierte conmigo —Ferzeo chasqueó los dedos, el aura que rodeaba la cuna se dejó ver por unos segundos—. No creo que quiera irse.

— ¡Eres un…!

Sus blasfemias se perdieron en el rugido de la quimera. Cayó de espaldas,  las mandíbulas se dirigieron hacia su cuello, listas para destazarlo de una mordida. Sin embargo, las garras de la mujer fueron más rápidas y se hundieron en la garganta de la quimera, a Gabriella no le importó que un chorro de sangre la bañase entera.

— ¡No!

De los brazos de Ferzeo surgieron tentáculos que zumbaron en dirección a la muchacha. Aprisionaron su cuerpo y lo trozaron, Gabriella gritó y perdió la concentración en su presa. Intentó lanzar algún hechizo, pero entre más poder liberaba el agarre de los tentáculos se fortalecía. Los huesos le chascaron, sus pulmones se comprimieron. Como si no fuese suficiente, los tentáculos desarrollaron ventosas que no tardaron en comenzar a succionarle las energías. Se sacudió, sus alaridos habían sido acallados. Se ahogaba, y las fuerzas que utilizaba para atrapar una última bocanada eran absorbidas. Perdió la visión al los tentáculos encerrarla en un capullo, las carcajadas de Ferzeo y sollozos de Yerik se perdieron a lo lejos.

De pronto, el apretón dejó de prensarla. Cayó de lado, el aire se filtró por una rendija. Sintió fresco, sus músculos comenzaron a recobrar la sensibilidad. La sonoridad llegó a sus oídos, alaridos tortuosos fue lo que captó. Abrió los ojos y se movió, segura de estar cubierta por hematomas. Distinguió el rostro de Astucieus, aunque sólo por unos segundos. El ministro fue arrasado junto con Bryant, la pared contra la que chocaron se resquebrajó. Al otro extremo, Ferzeo se levantaba, trémulo y jadeante. Había sido torturado por el castaño. A la estancia llegó Elizabeth, acompañada por su chaniro.

Gabriella se levantó, sin importarle el agotamiento físico. Ferzeo rió y crispó los dedos, sus ojos rebozaban perversidad y demencia.

—En verdad —dijo, y la tierra tembló—, no quería que Yerik viese esto, pero no me dejan otra opción.

Abrió la boca…

El estallido salido de la nada cegó a todos. Un siseo, y el grito del Dios infernal retumbó entre las paredes. Gabriella sacudió la cabeza, sin pasar por alto la tibieza que bañaba la habitación. Parpadeó, una figura brillante le daba la espalda, Astucieus y Bryant se arrastraron hasta ella.

— ¡Regresa a donde perteneces, Ferzeo! —imperó Zehel con voz gloriosa—. ¡Desaparece o mi ira entera caerá sobre ti!

Gabriella se movió para poder ver al Dios quien, extrajo de su pecho una daga luminosa, la zona en la que se había clavado se ramificaba, igual que un veneno avanza por las venas. Asombrada, Gabriella se dio cuenta de que Ferzeo estaba pálido, asustado.

—Esta vez —dijo rabioso—, dejaré que te salgas con la tuya. Pero sepas que regresaré, y ni todo tu poder podrá detenerme.

Con un estallido, desapareció. Zehel se giró hacia Yerik, pasó la mano por encima de la cuna y deshizo la barrera. Tomó al niño, caminó hacia Astucieus y le regaló una sonrisa de lado.

—Eso para que veas que el cielo sí responde con igualdad a los ataques del inframundo… —agarró el medallón de Yerik, medio cuarteado y terminó de partirlo en dos, Gabriella jadeó por lo bajo—. Tu intención fue buena, Gabriella Altus, pero me temo que no suficiente. Le otorgaré a Yerik un amuleto más poderoso que lo defienda de los entes oscuros hasta que llegue el momento de cumplir su destino.

—¿Incluso de Ferzeo? —preguntó Astucieus.

Zehel asintió. Posó un dedo sobre la frente de Yerik. En esta se dibujó un círculo perlado, que resaltó en una gema. Los ojos de Yerik se cerraron, el niño quedó envuelto en un resplandor que se extinguió al poco rato, el Dios lo devolvió a los brazos de su padre.

—Han de volver a su época —él colocó su mano debajo de su mentón—. Mucha suerte, guardianes.

Sopló su aliento sobre los cinco, el canal de traslado los devoró en un parpadeo.

 

—Gabs, ¿puedes oírme?

La mencionada se removió bajo las mantas.

—Mierda… —farfulló y se quedó muy quieta, sus ojos abriéndose despacio—. ¿Por qué siento como si una manada de hollechats me hubiese pasado por encima? Y…¿por qué estoy en mi habitación, y en camisón?

—¿No recuerdas nada?

Gabriella miró mejor a Elizabeth. Su amiga tenía una fea herida en proceso de cicatrización en una mejilla.

—¡Ferzeo! —exclamó de repente y se incorporó—. ¡Ay! Maldición… ¿pero qué…?

Las sábanas que la cubrían se habían deslizado y ahora, podía apreciar su cuerpo lleno de moretones.

—Joder, dime que Bryant y Astucieus no están igual.

—No, tú fuiste la más afectada de todos, fuiste quien más tiempo encaró a Ferzeo.

— ¿Y Yerik? —preguntó.

—En mi habitación —Se escuchó decir una nueva voz. Astucieus terminó de entrar al recinto, cubierto con una bata negra pero sencilla. Escudriñó los ojos de Gabriella—. Está dormido, sano y salvo.

—¡Astucieus! —lo regañó Elizabeth—. ¡No puedes entrar así como así! ¿No ves que Gaby está en camisón?

Astucieus enarcó una ceja. Ruborizada, la pelirroja se cubrió con las mantas hasta el cuello, al hombre le hizo gracia su reacción porque sonrió, mas no apartó los ojos de los de ella.

—Elizabeth, todas las noches nos vemos en bata de dormir a la hora de la cena, ¿por qué habría de ser diferente un camisón?

—Porque este es más ligero y además, es de tirantes —se cruzó de brazos—. Así que nada, sal de la habitación y…

—¿Tú cómo estás? No pareces haber sufrido mayor daño.

Astucieus se abrió la bata en la zona del pecho, Gabriella jadeó al ver las horribles quemaduras que, pese a que sanaban lentamente, se veía que dejarían cicatriz.

—Cortesía de los dakill que me acorralaron —Astucieus cabeceó y volvió a cubrirse—. De no ser por la intervención del chaniro de Elizabeth, creo que no la habría contado.

—Nuestro señor Chronos tuvo a buen enviarlo —asintió Elizabeth—. Yo también creí que no la libraba en un par de veces.

—Pues si a esas vamos —comenzó Gabriella—, ninguno de los cuatro estaría aquí sin la intervención de nuestro señor Zehel.

Astucieus bufó.

—Te aseguro, Gabriella, que Zehel intervino nada más porque no quiso quedarse atrás ante la intervención de nuestro señor Chronos.

Gabriella lo miró con una ceja en alto.

—¿Tan rufián lo crees?

—No lo creo, lo conozco. Él es así.

—Al menos nos libró de esta —apuntó Elizabeth.

—Sí. Y le dio un nuevo amuleto a Yerik. No es que desprecie el que tú le habías hecho, Altus, pero tal parece que ya no era suficiente.

—Y hablando de Yerik… —la Segunda miró a su superiora—. Liz, ¿te importaría dejarme a solas con Thrampe?

La mencionada la miró confundida.

—¿Así, en camisón? ¿No prefieres que te ayude a ponerte una bata encima?

Gabriella pareció meditarlo. Al final, negó con la cabeza.

—No, me duele todo el cuerpo, la bata solo rozaría más los cardenales y me provocaría más dolor.

Elizabeth no lució muy convencida.

—De acuerdo, tú mandas —se levantó y alejó unos pasos de la cama—. Cualquier cosa, estaré en el dormitorio de Bryant, velando su recuperación.

Y sin más, desapareció envuelta en un resplandor.

—Toma asiento —invitó Gabriella señalando con un gesto de la cabeza la silla que había frente a un escritorio. Astucieus la jaló hasta colocarla al lado de ella—. Bien…lo que te voy a decir es muy serio e importante, Astucieus. No me atreví a decirlo delante de Elizabeth porque creo que es algo que debes meditar y sopesarlo en privado antes de tomar una decisión.

Astucieus arqueó ambas cejas.

—¿De qué se trata?

—Mientras viajaba con Túux —explicó Gabriella—, creo que caímos en distintas fases de su futuro. En una de esas fases, él estaba en una recámara, y alguien llegaba a buscarlo. Lo llamó Príncipe.

El ministro se enderezó, rígido.

— ¿Príncipe? ¿Estás segura que era con él?

—No había otro Yerik en la habitación. De hecho, no había nadie más que él.

— ¿Le llamaron por su nombre?

—Sí. «Príncipe Yerik». ¿No dijo el señor Wáay que la Reina era rubia y de ojos claros? —le interrogó ella al ministro. Éste asintió—. Puede ser… quizá el varón que la abuela de Túux vio en su premonición no fuese el hijo de la Reina, sino su nieto. Piénsalo. ¿Cómo era Sheyla?

—Rubia y de ojos claros… —Astucieus se estremeció—. Pero no es posible, Beryl fue producto de una violación.

—Eso dicen las pitonisas —apuntó Gabriella—. Si Sheyla fue violada, debe existir alguna demanda en contra del violador ¿no? Podría investigar…

—Espera —la detuvo Astucieus—. Esto es una tontería, Yerik no puede ser el príncipe de Marte.

— ¿Y por qué no?

—Porque…eso significaría que…

—Yerik debe asesinar al Rey K'as —terminó la mujer por él.

— ¡No! —rió Astucieus incrédulo—. Que absurdo, Yerik es sólo un niño….

—Eso sólo es una escusa para aumentar la seguridad alrededor de él —dijo Gabriella en tono gentil—. Nada es seguro, pero si resulta que sí, y K'as viene a cazarle…es mejor prevenir. Kya y Andrads… sé que sabrán guardar el secreto. Debemos contarles todo lo que pasó hoy.

Astucieus pareció meditarlo.

—Convoca una reunión en el gran salón. Yo iré a mi habitación para traerte un ungüento para acelerar la desaparición de esos cardenales.

—No…no es necesario —dijo ella ruborizada—. Creo que con lo que me puso Ely tendré…

—Gabriella, apenas y puedes moverte. Además, no quiero que Yerik te vea así de mal herida.

La mujer enarcó una ceja.

—¿Y desde cuando nos hablamos por nuestros nombres?

Esta vez, fue el turno de Astucieus para ponerse nervioso.

—No lo sé…aunque si no quieres que lo haga, puedo…

—No, me gusta cuando me llamas por mi nombre —se apresuró en decir la joven erudita—. ¿Y a ti? ¿Te puedo seguir diciendo Astucieus?

—Claro, faltaba más —el hombre se levantó—. Ahora, contacta a cada uno de los del equipo y cítalos en el gran salón dentro de dos horas. Yo iré por ese hungüento.

—Gracias, eres muy amable.

Dubitativo, Astucieus acarició una mejilla de la mujer. Al principio ella se sobresaltó, pero luego cerró los ojos y disfrutó del contacto masculino.

—Peleaste con uñas y dientes con tal de salvar a mi hijo, y eso, para mí, no tiene precio.

Gabriella lo miró. Para su pesar, el hombre retiró los dedos de su rostro, dejando un cosquilleo agradable allí donde la había rozado.

—No tienes que agradecer. Lo volvería a hacer de ser necesario. Sabes que me he encariñado muchísimo con Yerik.

Astucieus rio entre dientes.

—Y él contigo —se rascó la nuca—. En fin, te veré en un instante.

Y tomando distancia entre ella, desapareció.

 

 

 

 

 

 

 

Andrads mascullaba cosas inteligibles mientras avanzaba por un largo y mareante pasillo color amarillo con franjas negras. Adelante, la puerta de granito rosa se definió, la imagen de la avispa sobre ella.

Si bien el estado actual de Kalonice no era su culpa, el verla deprimida le resultaba incómodo. Estaba tan acostumbrado a su timbre agudo, su caminar saltarín, esa pícara sonrisa…

Se detuvo asustado. Era su imaginación, ¿o Kya Kalonice comenzaba a agradarle? Abrió los ojos en exceso, retrocedió un paso y negó frenético. ¡Kya Kalonice no podía agradarle!

— ¿Qué demonios me pasa?

Se percató de que respiraba entrecortado. Intentó calmarse, ordenar sus ideas y emociones. «Es obsesión»; sentenció una voz. «Kalonice  está casi en mi sopa, es normal que me vuelva adicto a sus disparates». Clavó sus ojos en la puerta. «Es mi compañera de trabajo, una desquiciante y loca compañera de trabajo. Odiosa, entrometida y terca. Y yo no puedo fijarme en ella porque además de mi problema, no soporto sus cursiladas, ni tenemos nada en común».

Asintió satisfecho con sus conclusiones. Llamó a la puerta.

—«Lo hago sólo por lástima» —se aseguró a sí mismo.

—Adelante.

La puerta le permitió el paso, el Garque se armó de valor y atravesó el umbral. Esperaba que las nubes y ponys detrás de la mujer modificaran su tristeza por alegría al verle, mas continuaron tal y como estaban. Kalonice no tenía mejor aspecto que en la mañana, los hombros caídos y la mirada apagada.

— ¿Qué se te ofrece, Non Ludere?

—Nada en especial —realizó un ademán indiferente—. Sólo pasaba a saludarte. En la mañana estabas algo… triste.

—Ya. Bueno, se me quitará.

—Yo no creo que seas fea —soltó sin pensarlo—. Con o sin maquillaje, lo que importa es el interior. Además, tú eres una persona muy entusiasta. No deberías dejar que los comentarios del señor Thrampe te afecten.

—Gracias —Kya parpadeó—. Es muy lindo de tu parte.

Minutos más tarde, Andrads caminaba por la calle, cabizbajo al no tener éxito en levantar los ánimos de la cobriza. Pateaba pedacitos de ámbar cuando…

— ¡Non ludere, espera!

Se giró. Una renovada Kalonice trotaba hacia él, su rostro maquillado estaba de vuelta. El hombre desarrolló un tic nervioso en la comisura de los labios, seguro de que se arrepentiría.

—Kalonice —forzó una leve sonrisa—. Me alegra verte mejor…

—Gracias por esperarme —jadeó de improviso—.  ¡Oh no! ¿Tomar una malteada contigo? Que pena…

— ¿Eh?

—Bueno, ya que insistes, pero tu pagas, ¿eh?

Y sin darle tiempo a reaccionar, se enganchó de uno de sus brazos y lo arrastró calle arriba.

Dos horas después, Andrads estaba sentado en una de las tantas mesitas de la plaza burbuja, mareado a causa de los incansables parloteos de Kya, quien comentaba la dieta a seguir para desaparecer las calorías de la malteada, el helado y el pastel que se había zampado.

—«Idiota, idiota, idiota» —se reprochaba en su fuero interno—. «Tenías que contentarla, ¡deprimida estaba mejor! »

—« ¿Kya, Andrads? »

La cobriza dejó de hablar. Andrads casi canta.

—« ¿Sí? » —respondieron los dos a un tiempo.

—«Reunión en el Gran Salón. Ahora. »

—«Enseguida vamos».

Andrads pagó la cuenta y él y Kya abandonaron la plaza, para desaparecer en una calle desierta y reaparecer en el pasillo que llevaba al Gran Salón, en el Templus.

—Espera —lo detuvo Kya—…yo… te agradezco todo lo de hoy. Me la pasé fabuloso.

—No ha sido nada.

—Y…—crispó los dedos de forma imperceptible—, sé que muy en el fondo, tu existencia gira en torno a mí. Así que tengo la obligación de…

— ¿Eh?

Relajó los dedos.

—… mantener viva esa existencia.

Andrads no pudo esquivar el zumbido. Sus párpados cayeron, al igual que su cuerpo. Kya se arrodilló a su lado, con la respiración agitada. Delineó con los ojos cada facción del hombre, extasiada. Cerró los ojos y se inclinó sobre él…

—«Esto es maravilloso» —pensaba, el reclinar lento—, «voy a besar al hombre más guapo del Planeta… Zehel, gracias por otorgarme este don… el corazón va a escapárseme…» —apoyó los labios sobre los masculinos—. «Santos Señores del Cielo, es mejor… como… como si algo me cortara el aire… ah… hay tanto amor en él que me lastima… me… me duele hasta los hombros…» —abrió los ojos desmesurados, mas sin separarse del Garque—. «Me…me ahogo…ah…duele…»

— ¡Kya!

El timbre le resultó desconocido. La oscuridad la cegó.

 

—Vamos linda, despierta.

Acató la orden con un gruñido. Desde arriba, Gabriella la observaba atenta.

—Gaby… tuve un sueño increíble —dijo embelezada.

—Cuéntamelo.

—Soñé —Kya suspiró—, ¡que besaba a Andrads!

—Kya…

—Dime.

—No fue un sueño. Lo besaste.

—¡Oh por Zehel! —saltó la cobriza—. ¡No fue un sueño, no fue un sueño! Ay Gaby, fue fantástico, ¡él en verdad me ama! De hecho, me ama tanto que su cariño hacia mí casi me mata.

—Esos son los síntomas de un infarto.

Kya miró a Elizabeth. la soberana yacía de pie frente a la puerta cerrada. No parecía muy contenta.

—El don natal de Andrads —espetó la gobernadora—, Kya, es provocar un infarto a quien le toque. ¡Por eso no te dejaba acercártele!

—Entonces yo…

— ¡Pudiste morir allá afuera!

Kya bajó la cabeza. Elizabeth echaba chispas por los ojos.

—Entonces… lo nuestro es algo imposible.

—Me temo que sí —dijo Gabriella.

— Yo… —sus ojos se llenaron de lágrimas, con ambas manos se cubrió la boca, ahogando un sollozo—. Bueno, su-supongo que es mejor así.

—Kya… —Gabriella le acarició la cabeza—, linda, no te pongas así…

—Sí Kya —la rabia de Elizabeth parecía haberse evaporado ante la tristeza ajena—. No llores, verás cómo con el tiempo encuentras a alguien mucho mejor para ti.

—Ustedes no lo entienden —negó la cobriza con la cabeza—. Estoy maldita, primero Egbert y ahora Andrads…

—Kya, tú no tienes la culpa del don natal de Andrads —aseveró Gabriella con el ceño fruncido.

—No, Gaby, pero sí tengo la culpa de haberme enamorado de él. No, es más, considero esto un castigo divino por haber matado a Egbert.

—Pero Kya, ¡tú no mataste a Egbert! —abogó la gobernadora—. Fue Aranea, y en tal caso, si quieres echarle la culpa a alguien, cúlpame a mí, por haberlos enviado a una misión suicida.

—Ya basta las dos —reprendió Gabriella—. Ninguna de las dos tuvo la culpa, fueron esas hijas de puta quienes hicieron volar a Egbert en mil pedazos. Y sobre Andrads…Kya, ¿no me dijiste que la psicóloga te alentó a acercártele?

—Sí Kya…en todo caso, yo debí advertirte, pero Andrads me había pedido encarecidamente que no dijera nada, ninguno de los dos pensamos en tu zumbido somnífero.

La cobriza suspiró y sacudió la cabeza, sus ojos parpadeando mucho para librarse de las lágrimas las cuales, no llegaron a caer.

—Déjenme sola —pidió y volvió a acostarse en la camilla, hecha un ovillo—. Necesito pensar…

Las otras dos se miraron compungidas.

—De acuerdo —aceptó Elizabeth y la cubrió mejor con las mantas—. Después te pondré al corriente de la reunión.

Tomaron distancia, y juntas desaparecieron rumbo al gran salón.

 

 



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