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Destino 03. Marte » El monstruo. (Parte I)
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Viernes 31 de Julio de 2020, 23:23
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El monstruo. (Parte I)

IV

El Monstruo. (parte I)

 

Dejó el par de perlas en el alhajero en forma de avispa que Egbert le había regalado. En el interior del cesto de basura que había a un lado de su tocador descansaban varios pañuelos de papel con restos de maquillaje. Así, el reflejo en el espejo demostraba lo que en realidad era: una cultroriana mitad dvergar que escondía su fealdad tras capas y capas de cosméticos. Desde niña, su madre había tenido que pintarla para que los niños no se burlasen de ella, así que cuando Egbert le pidió que se desmaquillara la primera noche que pasaron juntos Kya Kalonice no supo qué hacer.

—¿Qué? —dijo estupefacta ante la petición, la cual había sido soltada sin tacto, luego de que se fundieran en un beso apasionado. Kya habría esperado que le pidiese que se quitase la ropa, pero no aquello—. ¿Para qué…para qué quieres que me desmaquille?

—Conozco tu secreto —casi murmuró él sin despegar los ojos de los de ella—. Sé que eres mitad dvergar.

—¿Cómo estás tan seguro? —Kya intentó retroceder pero Egbert la mantuvo bajo su abrazo prensor—. El que me maquille tanto no significa que sea mitad dvergar, puede tratarse de un simple síntoma de vanidad.

—Tuve un siglo para observarte —él le delineó la zona de la clavícula—. Los pómulos y la clavícula sobresalientes, las manos largas y con nudillos nudosos…además, tienes todo el andar de una dvergar mujer: casi de puntillas y como flotando.

—Tú… ¿me espiaste un siglo? ¿Cómo? Yo nunca te vi rondándome…

Egbert dejó caer los brazos a los costados. Suspiró.

—Sé sincera, ¿realmente te habrías fijado en alguien como yo?

Kya bajó la cabeza, ruborizada. Mas el hombre la obligó a mirarlo, levantando su mentón con un dedo. Para su asombro sonreía, una sonrisa sutil pero sincera, sin resentimientos.

—Ahora, ¿te quitarás esa capa de maquillaje que no me deja apreciar tu verdadera belleza?

Kya se ruborizó todavía más.

—¿Por qué no lo hacemos conmigo en este estado? Te prometo que mi maquillaje no se te pegará, no quedará huella de mis besos sobre tu piel.

Egbert negó con la cabeza.

—Si vamos a hacer esto, me gustaría que fuera sin barreras entre ambos.

Kya se mordió el labio inferior.

—Pero…no traigo crema desmaquillante y… ¿qué voy a hacer mañana? Tampoco cargo con todo mi set, ¿cómo voy a maquillarme de nuevo?

Egbert se rio, hurgó en uno de los bolsillos internos de su túnica y extrajo un saquito de satén el cual agrandó tras sacudirlo un par de veces.

—¿Qué es eso? —quiso saber Kya, curiosa.

Egbert le tendió el saco.

—Sapo precavido croa dos veces —fueron sus únicas palabras.

Kya abrió el saco y jadeó al descubrir su contenido. Allí, en el fondo, había una caja de pañuelos desechables, junto con un bote de crema desmaquillante, así como un set de pinturas todavía sellado y envuelto en su papel celofán transparente.

—¿Cómo…cómo sabías que…?

—Porque tuve un siglo para observarte, ¿recuerdas? —le guiñó un ojo.

Kya lo miró. Un siglo para observarla. Un siglo enamorado de ella. Y siempre en secreto. ¿Qué tan grande era el corazón de ese hombre como para admirarla en la distancia? Viendo cómo ella salía con otros hombres y él, relegado a la nada. Los ojos de la cobriza se llenaron de lágrimas y sin quererlo soltó el saco de satén, antes de lanzarse a los brazos de Egbert y besarlo intensamente.

—Oh, mi ranita… —sollozó Kya con fuerza, entre sus manos sostenía una foto de ella con Egbert, tomados de manos—. ¿Por qué me dejaste? —hipó—. No, más bien, ¿por qué tenías que enamorarte de mí? Estoy maldita…todos a los que quiero acaban muertos…No importa qué me diga la psicóloga, lo mejor es que me limite a entablar relaciones superficiales… —aguardó, la imagen de Andrads Non Ludere estallando en sus pensamientos—. Ni hablar, a ti también te mantendré alejado, así se me parta el alma en dos.

Dejó la foto en su buró y se acostó a dormir, las antorchas del techo extinguiéndose con una palmada.

 

 

 

Tras despejarse la luz, los llantos asustados de Yerik llegaron a sus oídos. Pero no era el mismo llanto que emitía ante un capricho o su próxima partida. No, estos sollozos emanaban un miedo que, incluso a él, le erizaba los vellos del brazo.

—Ya bebé, ¡mira, papi está aquí! No llores…

— ¡Papi, papi!

Astucieus recibió al niño, éste enterró la cara en su pecho y lo aferró con fuerza desesperada, su cuerpo temblaba aterrorizado.

— ¿Qué pasó? —preguntó a la señora Offen, preocupado por la reacción del infante.

—No sabemos, estábamos a punto de dormirnos cuando lo escuchamos gritar. Fuimos a ver qué pasaba pero no había nada. Osahar revisa por segunda vez la habitación, Yerik no ha parado de llorar y menos quiere quedarse allí.

Astucieus abrazó a su hijo con fuerza, temeroso de que los estremecimientos de éste se convirtieran en convulsiones.

—Shhh, calma, todo está bien, nada va a pasarte, no lo voy a permitir…

—Papi no, no Quiedo papi, no…

—¿Qué es lo que no quieres, Yerik? —le preguntó él en un tono suave—. ¿Que yo me vaya?

—No papi, no Quiedo estad aquí, no Quiedo…

—¿Por qué? ¿Qué te asustó?

Yerik hipó y lloró con más fuerza. En ese mismo momento, el Sr. Offen bajaba las escaleras.

—Ah, ya está aquí señor Ministro… no encontré nada en la habitación del niño, no sé qué pudo asustarlo así. Salvo esto, estaba debajo de la cama.

Les mostró a los demás un colgante con un medallón que brillaba y se apagaba por intervalos.

—Es el medallón anti-demonios que Altus le hizo -lo recibió y se lo colocó a Yerik alrededor del cuello—. ¿Por qué te lo quitaste, hijo?

—Eso fue más culpa mía —dijo Patricia Offen con gesto afligido—. Hace unos meses murió el bebé de una de las vecinas por dormir con una medallita puesta, al parecer se ahorcó y yo…temí que a Yerik le pasara lo mismo así que opté por colgar el medallón en su cuna durante las noches…

— ¡El monstuo! —gritó Yerik con una angustia que Astucieus jamás le había oído—. ¡El monstuo me quitó mi leto, papi!

—¿Cómo era el monstruo, Yerik? ¿Puedes decirme?

—Tengo miedo… —sollozó el infante—. No Quiedo estad aquí, papi, pod favod no Quiedo estad aquí…

—De acuerdo —accedió el hombre, las manitas del niño se retorcían involuntarias—, te llevaré conmigo, pero necesito que te calmes, ¿sí? Ya —paseó de un lado a otro de la habitación y frotó la espalda del pequeño—, tranquilo, todo está bien…

Astucieus cerró los ojos. El bebé no se calmaría, no si continuaba allí. No obstante, el único lugar seguro a donde se le ocurría llevarlo era el Templus. Alzó los párpados.

—Voy a llevármelo —dijo a los Offen—, mañana por la mañana lo traeré para que desayune.

—Está bien —aceptó Osahar—, y lamentamos no ser de ayuda en esta ocasión.

—No hay problema, ya hacen bastante con cuidarlo.

—Adiós bebé —se despidió Patricia y le acarició la cabeza—, sueña bonito, prometo prepararte tu desayuno favorito para mañana, ¿sí?

—Si —Yerik le besó una mejilla—. Te Quiedo musho.

—Yo también chiquito, ya no llores, ¡dormirás con tu papi!

Yerik esbozó una media sonrisa y apoyó la cabeza sobre el hombro de su padre, quien al crear distancia entre los Offen, desapareció envuelto en una explosión.

Reaparecieron justo en la habitación de Astucieus, el Garque respiró aliviado al sentir el cuerpo de Yerik relajarse. Caminó hacia la cama y lo  acostó, Yerik protestó al percibir la separación próxima.

—Sólo déjame quitarme el uniforme —le dijo en voz baja, Yerik lo liberó y Astucieus se despojó de su kimono con gran esfuerzo, luego regresó a la cama y permitió que el niño se acurrucara a su lado—. Cierra los ojitos, nada puede herirte aquí, yo no te voy a dejar…

Yerik relajó los párpados, sus manos aún aprisionaban la camisa del pijama de Astucieus. Con un suspiro quedó dormido, Astucieus no tardó en imitarlo.

Sin embargo, los sueños del Ministro fueron inquietos, con lo que se despertó cada hora, a fin de verificar el bienestar de su hijo. Las pesadillas tenían como centro la faz aterrorizada de Yerik y las carcajadas de Ferzeo. Alrededor de las cuatro de la mañana desistió de conciliar el sueño, además de percatarse de la fiebre que acosaba al bebé. Se levantó y buscó en el armario la medicina, midió la dosis y despertó a Yerik para que la bebiera. Éste refunfuñó al principio, pero volvió a dormirse segundos después.

Astucieus contempló al niño. No podía quitarse de la cabeza la idea de que quizás, el pánico de Yerik tenía como motivo a algún enviado de Ferzeo. Después de todo, el amuleto de Gabriella había reaccionado. Apretó las manos. No lo permitiría, antes Ferzeo tendría que pasar sobre su cadáver. Desapareció los utensilios con un chasquido de dedos y se acostó de regreso, al final cayó rendido, abrazado a Yerik.

Lo despertaron un par de risas… ¿un par? Abrió los ojos de golpe y se incorporó. Túux y Yerik jugaban sobre la alfombra. Quiso cometer dos asesinatos: uno contra el mayor de los infantes y otro, contra Elizabeth por no asegurarse de que el marcianito se quedase en su habitación. Se aclaró la garganta, ambos niños interrumpieron sus juegos para mirarle.

—Túux, ¿qué haces aquí?

—Él estaba aburrido —dijo el niño mestizo—, y Elizabeth Monanti no llegó a dormir.

— ¡Papi no! —regañó Yerik—. ¡Niño bueno!

Astucieus rió.

—No lo dudo —miró mejor la expresión confusa de Túux—. ¿No entiendes nada de lo que dice, cierto?

—No —confesó él—, sólo interpreto sus emociones.

Astucieus asintió.

—No puedes quedarte, Túux. Regresa a la habitación de Elizabeth, yo debo llevar a Yerik con sus abuelos para que desayune.

Túux le frunció el ceño.

— Pero no quiero quedarme soli…¡Ah!

— ¿Qué ocu…?

—Mi cabeza —gimió Túux con las manos en dicha zona—, me duele… duele mucho…

— ¿Alguna emoción…?

—No, es…otra cosa…ah… ¡tienes que ayudarme, me va a matar!

— ¿Qué tiene el niño, papi?

Astucieus cargó a Túux y lo acostó en la cama, éste se retorció y desbordó lágrimas dolidas. Yerik se puso de pie y estiró el cuello, su faz inquieta.

—Haz que desaparezca —suplicó Túux con ojos y dientes apretados—. Por favor, quita el dolor, quítalo o moriré…

Astucieus frunció el ceño. Desconocía si sus habilidades funcionaban igual en los marcianos, mas nada perdía con intentarlo. Crispó los dedos por encima del niño, sus ojos ardieron…

Túux dejó de gemir y retorcerse. De pronto, sus ojos se abrieron, la pupila dilatada al máximo. Al abrir la boca, produjo un sonido desacorde con su aspecto:

—No te atrevas a manipular a este niño, guardián cultroriano.

Astucieus se detuvo en el acto. El nuevo timbre de Túux era el de un hombre mayor.

— ¿Cómo sabes…?

—Soy el brujo Wáay —informó el niño—, tutor de Túux. He vigilado el trayecto seguido por mi protegido, el Quinto al mando lo encontró —hubo una pausa—. Escucha, no tengo mucho tiempo. De hecho, creo que esta será la primera y la última vez que podremos hablar.

—Túux nos habló sobre el príncipe…

—Calla —atajó Wáay—, se encuentran cerca. Conseguimos una hebra de cabello de la Reina, la hemos utilizado para derramar un hechizo sobre Túux, el cual, si todo marcha bien, provocará reacciones en el niño, reacciones que quizás revelen partes del pasado de la Reina, así podrán dar con ella.

— ¿Por qué derramar el hechizo sobre Túux? ¿Por qué no en uno de ustedes?

—El hechizo sólo funciona en los Ek Paal.

—Entiendo…¿podría decirme algo sobre la reina?

—Se sabía poco de ella. En realidad, su compromiso con el Rey nos sorprendió a todos. Era una belleza sobrenatural, rubia, ojos claros, se rumoreaba que procedía de Venus. Al principio no nos simpatizó, pero ella se ganó el cariño de todos después de haberse casado con K'as. El Rey también la busca, aunque dudo que sepa si quiera que está en Cultre. De todas formas, tengan cuidado.

— ¿Sabe quién la transportó hasta aquí?

—No. La abuela de Túux se llevó esa información a la tumba. Las memorias que se manifestarán en el niño son nuestra única esperanza, por favor, no nos abandonen…

— ¿Señor Wáay?

Silencio. Las pupilas de Túux se contrajeron y recuperaron su tamaño, luego el niño tuvo un estremecimiento y quedó inconsciente.

 

—«Elizabeth, contesta».

La aludida refunfuñó  y se cubrió con las mantas hasta la cara.

—«Vamos Elizabeth, esto es urgente, contesta».

Chistó fastidiada. Se descubrió, abrió los ojos y buscó con la mirada a quien la llamaba. Confundida, comprobó que el entorno que la rodeaba no era el de su habitación.

Prendas de su kimono y el de Bryant yacían regadas por el suelo, el espejo en forma de hipocampo le regresó su propia imagen desnuda hasta los hombros, cubierta por las mantas. Estaba en el dormitorio de Bryant, luego de que él se ausentase durante tanto tiempo ambos habían reclamado la cercanía y el calor del cuerpo del otro.

—«¡Elizabeth!» —la voz que tronó en su cabeza la hizo saltar—. «Demonios, ¡contesta!

—« ¿Qué pasa? » —era Astucieus.

—«El señor Wáay se ha comunicado».

—« ¿Qué? Oh por Zehel, ¿hablaste con él? »

—«Sí, es por eso que necesito que vengas. Te  esperaré en el Gran Salón, ¿de acuerdo? Mientras, contactaré con el resto del equipo.»

—«De acuerdo. Pero no es necesario que despiertes a Bryant, yo lo haré, pasé la noche con él.».

—«Me lo imaginé, Túux dijo que no llegaste a dormir anoche.»

Elizabeth se ruborizó.

—«Bueno, te veremos en el gran salón» —dijo y rompió comunicación.

Se volvió hacia Bryant. Su novio dormía plácidamente a su lado, Elizabeth lamentó el tener que despertarlo.

—Amor… —dijo y le acarició una mejilla. Bryant siguió sin moverse, a lo que su novia se incorporó y trazó un camino de suaves besos desde su cuello hasta sus hombros—. Bryant Dikoudis, es hora de levantarse…

—Mmm, ya  quisiera despertar así todos los días… —por fin, el castaño alzó los párpados. Con una mano, rodeó la cintura de Elizabeth mientras que con la otra, tanteó en su mesita de noche hasta encontrar sus gafas—. Hola, hermosa, ¿cómo dormiste?

—Como una reina —Elizabeth le acarició el pecho desnudo y lo besó en la boca—. Oye, yo podría quedarme aquí toda la mañana pero, Astucieus me contactó por el canal telepático y…

Le contó todo lo que el ministro le había comunicado. Bryant la escuchó con atención, mas soltó aire en cuanto Elizabeth hubo terminado.

—Y yo que quería hacerte el amor de nuevo…

Elizabeth se sonrojó hasta las orejas.

—¡Bryant, tenemos trabajo! —dijo y lo golpeó con suavidad por un hombro—. Y tú pensando en…en esas cosas…

El aludido soltó una carcajada. Acto seguido, besó a su novia en la frente.

—Lo dije solo para mortificarte —confesó con una media sonrisa burlona—. Ya, ya, no me mires así. No lo vuelvo a hacer. Anda, tenemos que alistarnos o Astucieus vendrá a buscarnos.

Ella le dio un corto beso en los labios.

—Te veré en el gran salón —dijo y se desembarazó del abrazo de Bryant, antes de recoger su ropa y desaparecer con rumbo a su dormitorio para ducharse y cambiarse.

Una vez lista, Elizabeth  se dirigió hacia el Gran Salón, el resto de los Garque  la esperaban. Todos ocupaban su respectivo cojín frente a sus estandartes, aunque, a diferencia de las caras concentradas que Elizabeth esperaba encontrarles, tenían rostros preocupados y asustados. Recorrió a cada uno con la mirada, algo confusa, hasta que chocó con Kya, cuyo semblante era cadavérico, sus ojos rosados hundidos en profundas ojeras, la piel presentaba una palidez mortífera. Si bien ella conocía el motivo de semejante aspecto, ver a su amiga así le impactó tanto como a los otros.

— ¿Kya?

—Dime —respondió esta con voz de ultratumba.

—Eh… ¿te sientes mal?

—No.

— ¿Estás triste?

—No.

—Y… ¿por qué no te maquillaste hoy?

—Porque el maquillaje es malo, Lizz. Maltrata la piel.

—Ah… está bien…

Ocupó su puesto y dirigió su atención a Astucieus.

— ¿Y bien? ¿Qué te dijo el señor Wáay?

—Bien, en realidad el señor Wáay dijo poco. Y por la forma en cómo se cortó la comunicación, no creo que vuelva a ponerse en contacto. Me dijo que la Reina era rubia y de ojos claros. Desconocía la forma que utilizó para llegar aquí, también dijo que  lanzó un hechizo sobre  Túux. El niño manifestará de alguna forma las memorias de la Reina, al parecer lograron hacerse con una hebra de cabello.

— ¿En serio? ¿Cómo lo hicieron?

—No tengo idea. Ya te dije, el señor Wáay apenas pudo darme la información esencial.

—Bien, ahora sólo nos queda esperar a las señales de Túux. ¿Dónde lo dejaste?

—En mi habitación. Se desmayó después de romperse el contacto.

—Rubia y de ojos claros —pensó Bryant en voz alta—…mmm… eso nos ayuda un poco, digo, de los millones de mujeres que hay en Cultre…

—Hay que vigilar a Túux de cerca —habló Andrads, sin poder apartar los ojos de Kya—. Sugiero que si la señorita Monanti no puede cuidarlo todo el tiempo, se lo encargue a cualquiera de nosotros que esté desocupado.

— ¿Y si le pedimos a alguien más que lo haga? —sugirió la cobriza todavía con ese timbre—. Algo así como una nana.

—Ajá —dijo Astucieus—, ¿y vamos a confiarle la salvación de Marte a…?

—No —Elizabeth suspiró—, nosotros lo cuidaremos. Sugiero que establezcamos un horario, Andrads, ¿podrías diseñar uno para mañana?

—No hay problema.

— ¿Y quién lo cuidará hoy? —preguntó Gabriella.

—Yo puedo tenerlo en la tarde —dijo Elizabeth—, en la mañana me es muy difícil, es cuando más atareada estoy.

—Va por dos —agregó la pelirroja cruzada de brazos.

 El castaño miró a Astucieus.

—Ni hablar, yo estoy tan ocupado como ellas.

—Andrads no puede —se adelantó Elizabeth al ver al Quinto al mando con intenciones de pedirle que la hiciese de niñera—. Me hará un favor y estará ocupado toda la mañana.

— ¡De acuerdo! —gruñó Bryant—. Lo cuidaré yo.

—Excelente. Iré a traerlo para que desayune y luego te lo llevas tú. Lo recogeré para la hora del almuerzo.

—Ya está —habló Kya—. Si me disculpan, debo trabajar.

— ¿No vas a desayunar?

—No.

Kya desapareció y su gobernadora profirió un suspiro, sus ojos elevados contra el techo. De repente, se crispó.

— ¡Es tu culpa! —reclamó a Astucieus—. ¡Tenías que decirle lo del maquillaje!

—Me vas a disculpar, Elizabeth, pero el estado de Kalonice raya en la enfermedad. Para mí que es más que depresión. Debería verla un médico.

—Kya no está enferma…

—No sé Elizabeth —intervino Bryant—, Astucieus tiene razón, eso es más que depresión.

—Perdón que pregunte —dijo Andrads—, ¿qué le dijo el señor Thrampe a la señorita Kalonice?

—En pocas palabras —Elizabeth le dedicó senda mirada asesina a su mano derecha—, que era fea.

— ¡Oye! —protestó el susodicho—. Yo no le dije eso. Sólo le sugerí que utilizara menos maquillaje.

Gabriella bufó.

—Ay, Thrampe, tenías que abrir tu bocota.

—Si Kya utiliza mucho maquillaje —empezó Elizabeth—, es precisamente para ocultar el aspecto que acaban de ver —todos, excepto Gabriella, la miraron perdidos—. Kya es mitad dvergar. Desde niña, su madre la maquillaba para que los otros niños no huyeran despavoridos al verla.

Los tres Garque jadearon.

— ¿Su madre era una dvergar?

—Sí.

—Su padre debió de estar loco para fijarse en ella…

— ¡Astucieus!

—Ya, bueno, por mí dile que le compro la tienda de maquillaje entera con tal de que oculte esa imagen, ¡casi me mata de un susto al llegar aquí! Pensé que era un muerto o algo así.

—Los veo en el comedor —Elizabeth se levantó, resentida con el ministro—. De castigo, Astucieus, te toca despertar a Túux y llevarlo a desayunar fuera del Templus.

— ¿El qué? —saltó él—. ¿Estás loca? ¡Yo odio a los niños! ¡Apenas y puedo con el mío!

—Pues más te vale que no los odies, porque a partir de mañana convivirás con uno varias horas. Y pobre de ti si me entero de que Túux la pasó mal, porque te saturaré de trabajo. «Y no verás a Yerik en un mes» —amenazó.

Astucieus iba a replicar, mas Elizabeth desapareció antes de que si quiera pudiese abrir la boca.

 

—¿Dónde estás, Pythia Zukuweit? —masticó una pitonisa mientras miraba detrás de las cortinas de la habitación que fungía como corral gigante de infantes—. ¡No estoy para bromas!

Las cinco bebitas de un siglo a tres se sobresaltaron. Un par de ellas hicieron pucheros. Sin embargo, la que buscaba la pitonisa, la pequeña Pythia de dos siglos, hija de la fallecida Priscilla, no emitió sonido, no apareció por ningún lugar.

—Día que me asignan de cuidadora, y pierdo a una —maldijo, agotada.

—¿Quién se perdió, Adela?

La mencionada se volteó para sentirse atrapada. La coordinadora del jardín, la severa y recta Fullare, la observaba con los ojos estrechados. Las bebitas, si ya estaban intimidadas por el malhumor de su cuidadora, se encogieron ante la presencia de la mujer más vieja. Fullare repasó con la mirada a las niñas y puso los ojos en blanco.

—Otra vez Pythia, ¿cierto? —afirmó más que preguntó. Adela bajó la cabeza—. No te aflijas. Esa niña nos está dando dolores de cabeza.

—Solo tiene dos siglos. ¿Cómo puede ser tan enérgica? —se quejó Adela.

—Preguntémosle cuando la encontremos. Además, ¿qué puedes esperar de ese engendro con un ojo rojo, que mató a su propia madre al nacer? —dijo Fullare y alzó la nariz—. Vamos, hermana Adela. Por desgracia, necesitaremos a más personas que también busquen. Nos llevará toda la mañana… y parte de la tarde también. Esa condenada chiquilla sabe esconderse bien.

Mientras las pitonisas revolucionaban Delfos para encontrar a Pythia, la pequeña, con pasitos torpes de quien todavía no se fortalece del todo y la mirada heterocrómica perdida, se escabullía por un pasillo. Veía algo insólito, imposible para su edad. Pythia, desde hacía algunos meses, era capaz de ver el futuro tres veces al día. El futuro que ella, a sus dos siglos, deseaba: llegar a los jardines del Oráculo. Allí, el campo de juegos era infinitamente más interesante que una habitación cerrada y otras cinco bebitas babeantes. En ese lugar escapaba de los empujones, pellizcos, tirones de pelo y nalgadas de las pitonisas. Allí ella era libre.

Por supuesto, en su cabecita el panorama no lo procesaba con tantos detalles. Le bastaba alejarse de la incomodidad, del dolor. Le bastaba explorar el jardín. Era como perseguir un sueño bonito. Salvo que, cuando "despertaba", se asustaba un poco. Porque a una niña de dos siglos le resultaba difícil separar el futuro del presente, una supuesta fantasía de la realidad.

Así que cuando la pequeña Pythia se adentró en el jardín interno y las plantas la cubrieron, el presagio terminó. La niña se tambaleó al mirar a su alrededor con demasiado ímpetu. Alzó una mano y tocó las hojas de los helechos, acarició las flores cercanas. Se agachó hasta que la túnica gris barrió el suelo y pudo ver las hormigas corretear sobre la tierra. Con cuidado, apoyó un dedo en la senda de las criaturas. Estas se detuvieron ante el obstáculo en la vía. Pythia dejó escapar una risita cuando los animalitos palparon su dedo con ayuda de las patas, las antenas, el cuerpo, y decidieron rodearlo para continuar camino.

El maullido la hizo levantar la cabeza. Allí estaba el gato negro que vivía en el jardín. Con su cola peluda, las orejas en alto, la naricita moviéndose sobre el hocico. Y los ojos avellanados, inteligentes, sabios. Pythia rio, feliz. Extendió las manos.

—¡Ato, ato! —llamó—. ¡Ato, men!

El animal la complació. Se deslizó con elegancia junto a ella y se frotó contra las manos con un ronroneo. Como siempre, Pythia le sostuvo la cola con cuidado y el gato la llevó a través del jardín. Como un tren extraño de locomotora-peluda y vagón-niña. Pythia reía, gozosa. Intentaba tocar el vuelo de las mariposas. Se asombraba de los lagartos verdes que saltaban de hoja en hoja. Señalaba al cielo, a las aves que volaban, libres. De repente, el animal se detuvo. Se quedó muy quieto, con la vista fija en un punto. Avanzó despacio, con cautela, aplastado contra el piso. Pythia lo imitó y gateó detrás de él todo lo silenciosa que pudo. Las voces de dos mujeres flotaron hasta ellos. El gato se acurrucó sobre la tierra y Pythia hizo otro tanto, animalito de cabellera dorada y ojillos brillantes de colores desiguales.

—Su expediente académico, señorita Mavra, es brillante. Por esa parte, estaríamos encantadas de tenerla aquí impartiendo clases. Sin embargo, tenemos inquietudes acerca de su condición de Corman…  

—No existe ningún peligro real para las pitonisas —explicaba una de las mujeres con voz aterciopelada—. Solo enloquezco ante la visión de un hombre. Impartiré las clases de Oscurantismo y Amuletos sin incidentes.

—Tenemos algunos trabajadores masculinos en el Oráculo. Y una determinada afluencia de visitantes. ¿Cómo tendría planeado enfrentar eso, señorita Mavra?

—Evitando tales áreas. Y, de ser necesaria mi presencia, me vendaré los ojos.

Se hizo el silencio mientras la pitonisa escribía algo en su agenda y la aspirante Mavra aguardaba. Pythia jugaba con algunas piedrecitas desprendidas de la tierra. Arrugó la nariz. El gato negro se apretó contra ella, inquieto. Si la niña hubiese sido un poco mayor, habría captado el mensaje del felino. Pero como solo tenía dos siglos y no comprendía la importancia de escuchar y mantenerse callada, Pythia estornudó.

Las mujeres se sobresaltaron. Kaled Mavra se inclinó sobre la capa de vegetación y la apartó, rezando para que no se tratara de alguien de sexo masculino. Por fortuna, encontró a una niñita rubia, una muñeca, princesita de cuentos de hadas con la nariz roja y mocosa a causa de frotársela con las manos. Antes de que la pequeña pudiese huir, la pitonisa que acompañaba a Kaled la agarró por el cuello de la túnica y de un tirón la puso en pie.

—¡Más cuidado! —protestó Kaled—. ¡Es muy pequeña!

—Volvió a escaparse de las cuidadoras —dijo la pitonisa sin soltar a la niña, que comenzaba a sollozar—. ¡No se hace, malcriada!

Con la agenda, la pitonisa le pegó en un muslo a la niña. El gato negro saltó de entre las plantas con un bufido. La pitonisa iba a proseguir con el castigo físico, pero la visión del animal furioso la disuadió. Se contentó con agarrarle una manito con fuerza, para que no pudiera escapar.

—Siempre aparece en un lugar diferente —rumió la pitonisa. Pythia emitía pucheros y extendía la mano libre hacia el gato, que se estiraba para rozarle los dedos con la nariz a modo de consuelo—. ¡Maldita criatura!

—Tiene heterocromía —Kaled frunció el ceño—. ¿Un ojo azul, otro rojo…? Extraño. ¿Es pitonisa? ¿Dónde están sus padres?

—No sabemos nada del padre —la mujer tiró de Pythia para apartarla del gato. La niña sollozó—. Y su madre fue Priscilla Zukuweit…

—¿La amiga de Beryl Wonna? —se asombró Kaled y examinó con ojo crítico a la niña—. Decían que era muy talentosa, pero discreta.

—En efecto —la pitonisa invitó a Kaled a seguirla por el jardín—. Por desgracia, la muerte se las llevó a ambas durante el parto. El de Beryl resultó un varón, que fue adoptado. Pero esta, Pythia, hija de Priscilla, nació pitonisa. Se queda con nosotras. Y está resultando más una desventaja que ganancia.

Indolente, la mujer arrastró a Pythia detrás de Kaled.

—¡Ato! —llamó la niña, llorosa—. ¡Atooo!

El animal emitió un maullido agudo en medio del camino. Pythia se retorció para soltarse, pero solo ganó uñas enterradas en el brazo.

—¡Atoooo! ¡Atoooo!

—¡Basta! —espetó la pitonisa y la sacudió—. ¡Vas a marear a todos con esos chillidos! Ahora hay que bañarte. ¡Quién sabe las pulgas o la sarna que pueda tener ese animal! Disculpe el incidente, señorita Mavra. Si es tan amable de esperar en la recepción… a mi regreso, tendré una respuesta a su solicitud.

—Espero con ansias que sea positiva —dijo Kaled con una sonrisa y la mirada fija en Pythia, que hipaba de pura congoja.

—Ya veremos.

La pitonisa se llevó a Pythia a tirones mientras la niña volteaba la cabeza, en busca del jardín que tanto le gustaba y el gato negro que siempre jugaba con ella. El jardín, por fortuna, estaba allí. El gato, no. La niña rompió a llorar de puro desconsuelo y obtuvo una sacudida nada amable antes de que la entraran en las instalaciones de Delfos.

 



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