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Destino 03. Marte » Exceso de lágrimas
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Viernes 31 de Julio de 2020, 23:23
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Exceso de lágrimas

III

Exceso de lágrimas

 

—Sí, al menos los manuscritos estaban donde los dejó.

Elizabeth y Astucieus avanzaban rumbo al comedor, la primera ya con sus tapones en su lugar; Kya se encargó esa misma noche de conseguirle a Túux un par. Bryant había recuperado los escritos intactos, y había permitido que el niño pasara la noche con él. Gabriella volvió a la pirámide y, una vez su jefa estable, procedió a ofrecerle explicaciones de su ausencia. Se le actualizó de todos los hechos mas, como era de esperarse, la muerte de su padre no le permitía establecer conjeturas.

— ¿Crees que el señor Wáay se comunique a través de los Besgins?

—En absoluto —dijo Astucieus—, si Marte está en guerra, las comunicaciones con otros planetas deben estar bloqueadas. Ya escuchaste, K'as asesinó a los Ek Paal para evitar que pidiesen auxilio.

—Por cierto —Elizabeth recordó lo acontecido en el restaurante—, anoche el señor Tie tuvo una reunión con el señor Yafeu.

Astucieus prestó atención a cada palabra de su gobernadora. Sin embargo, su semblante permaneció impávido, al contrario del femenino.

—Lo de la reunión no me sorprende. Es más, creo saber el tema a tratar. Cada cinco años Cultre establece convenio con diferentes planetas, a fin de realizar intercambios de alumnos entre las diversas escuelas de estos y las nuestras. Tie es el encargado de que los Besgins no distorsionen la información a transmitir. En realidad, todo lo relacionado con esos convenios lo debería ver el inepto de Dikoudis, pero pues Tie se lleva bien con él así que suele ayudarlo con estas cosas. Y como la última vez no hubo problemas —se encogió de hombros.

— ¿Y qué hay con lo del uso de su don?

—Su protegido está enfermo —Astucieus cabeceó—, hace tres días que me pidió permiso para ir a verlo. Supongo que volvió anoche.

—No tenía idea de que el señor Tie tuviese a un protegido… ¿Y por qué no me dijiste de su salida?

—Porque a diferencia tuya, jovencita, yo  tengo que terminar tu trabajo inconcluso, todo para que salgas con ese chocolate andante de Arzt.

— ¡Oye! ¡No le digas así!

—Ya, lo siento Lizz, en verdad olvidé mencionarte lo de la salida de Tie. He estado tan atareado que ya no sé donde tengo la cabeza.

—Bueno, no importa. Al menos me quedo tranquila con eso. ¿Y cómo te fue ayer con Yerik?

—Admito que es demasiado listo para mi gusto—gruñó—, pero bien. Cada día me recuerda más a su madre.

—Mmmmm, yo siento que se parece más a ti.

—Sí, bueno —el Garque hinchó el pecho—, ¿y quien cuidará del Ek Paal hoy?

—Bryant.

—Pobre criatura.

Elizabeth le fulminó con la mirada y terminó de entrar junto con él al comedor, ocupado ya por Bryant, Túux, Kya y Gaby, la última cabizbaja y concentrada en su jarra de chocolate.

— ¡Ely! —saltó la cobriza, y reemplazó al instante su expresión animada por una de total abatimiento—. ¡Oh Ely, es terrible!

— ¿Qué es terrible, Kya? —preguntó la muchacha y ocupó su puesto.

— ¡Andrads! ¡No bajó a desayunar! ¡Pidió que le subieran la comida al cuarto! ¿Crees que esté enfermo?

—No Kya, seguro fue sólo un antojo.

—O quizás no quería toparse contigo —murmuró Astucieus por lo bajo.

— ¡Ja! —se mofó la Tercera—. Para tu información, Astucieus, Andrads me profesa una adoración secreta.

—Si claro, y te la profesara más si dejaras de maquillarte tanto el rostro.

— ¿Crees que es demasiado? —Kya se palpó la cara—. ¿Tan mal me veo?

—No Kya, te ves…

—Terrible.

— ¡Astucieus! —lo regañó Elizabeth, Kya parecía haber sido bombardeada con lodo—. No es cierto Kya, te ves…te ves muy linda.

—Ah…—dijo la aludida en tono ausente—, cla-claro, yo…ya terminé. Los veo después, chicos.

Se levantó y salió taciturna del lugar.

—Ahora si te pasaste —le espetó Elizabeth a Astucieus—. ¡Sabes lo susceptible que es Kya con respecto a su físico!

—Yo sólo respondí a su pregunta.

Elizabeth gruñó, y decidió mejor atragantarse de palitos de queso y leche.

—Que les aproveche —susurró Gabriella y se levantó.

—Ella sí que está rara —apuntó Astucieus.

— ¿A dónde iremos hoy, Bryant Dikoudis?

—Volveremos a las grutas de ayer. Tengo que terminar de descifrar sus símbolos.

—Mi mamá me contó que una vez, el abuelo la llevó a Cultre del Este. Ahí probó las mejores mazorcas asadas del universo.

—Las grutas a las que iremos, están en Cultre del Este. Si quieres, en cuanto termine podemos ir al pueblo a conseguirte esas mazorcas.

— ¡Si! ¡Voy a probar las mazorcas más deliciosas del universo! Oye, ¿por qué Gabriella Altus está triste?

—No sé, pero yo también la noté apagada.

—Asesinaron a su padre.

— ¿El qué? —exclamaron Astucieus y Bryant a un tiempo.

—Piensan que a lo mejor estaba metido en el tráfico de drogas.  Lo encontraron muerto en un callejón, con heridas feas. «Le sacaron los intestinos» —agregó para sus dos amigos.

Bryant se estremeció. Astucieus hizo una mueca.

—Los broches —dijo el Ministro—, ¿sabes si Altus…?

—Ninguno de sus broches los tenía su padre.  Descuida, no hay peligro.

—La partida de un ser querido —comenzó Túux—, siempre provoca dolor. Con el tiempo, nos damos cuenta que nuestros seres no nos abandonan, porque viven en nuestro corazón, al igual que su amor. Lo importante es recordarlos con cariño.

—Tienes toda la razón, Túux —sonrió Elizabeth—. Ni yo lo habría dicho mejor.

Y le guiñó un ojo. El infante sonrió.

—Anda, termina tu desayuno. Bryant, más tarde te visitaré para verificar que todo marche bien. ¿De acuerdo?

—Claro.

 

Andrads repasaba las actividades a realizar aquella mañana. De hito en hito su mente figuraba el rostro de Kya, desilusionado al no verle bajar a desayunar. Sonrió, satisfecho por su acción. Mantener apartada a esa chica era lo mejor que podía hacer por ella.

Tal y como si la hubiese invocado, Kya Kalonice apareció en la esquina siguiente. No parecía haberlo detectado, caminaba hacia él de forma mecánica y con la mirada perdida. El Garque quiso formar parte de la pared, ¡tanto que había hecho para esquivarla! Disimuló su frustración y preparó de antemano lo que le diría a la cobriza si le preguntaba el por qué de su ausencia. No obstante, ella le pasó de lado, tal cual alma en pena. La observó alejarse, entre asustado y aliviado. Con todo, el desconcierto pudo más.

— ¿Kalonice?

La chica ladeó la cabeza.

— ¿Si, Non Ludere?

El hombre estuvo a punto de correr hacia ella y tocarle la frente con el dorso de la mano. ¡Estaba enferma! O quizás era un Aposhii que le daría gusto por un día…

— ¿Estás bien, Kalonice?

—Sí.

—Ah…está bien.

La muchacha continuó con su avanzar y Andrads parpadeó, ahora asustado. ¿Qué habría ocurrido en el desayuno? ¿Acaso tanto le afectó a la joven su ausencia?

 

— ¿Y esos símbolos son muy difíciles de descifrar?

—La verdad si.

— ¿Puedo ayudarte?

Bryant rió entre dientes.

—No lo creo, están escritos en idiomas que no conoces.

— ¿Como qué idiomas?

—Chino, egipcio antiguo, y otras lenguas.

—Ah.

Torcieron en la bifurcación correcta y Bryant ubicó a Túux a un costado de la estancia, mientras él extraía su material de trabajo y revisaba sus notas previas. De nuevo, lo descifrado acudió a su cabeza: «tres son + fuertes que uno».

— ¡Eso yo lo entiendo!

Bryant miró a Túux.

— ¿Qué?

— ¡Eso de allí abajo, lo sé, son números!

Bryant pasó la vista del niño a los símbolos y viceversa.

—No, mira, esos no pueden ser números —intentó explicarle—. Los de arriba, son letras, por tanto…

—Son números—insistió Túux—. Estoy seguro.

—No, son letras…

—Números…

—Que no, son letras…

—Números…

—Letras…

—Números…

—Le…argh, ¿para que discuto contigo? Si el erudito soy yo.

Bryant gruñó de medio lado y le dio la espalda a Túux, se enfurruñó en su sitio y encerró en el desciframiento de los culpables de aquella discusión. Al poco rato el niño se quedó callado, divertido ante la alteración del Garque que iba en aumento, al no tener éxito.

— ¿Te rindes?

—Nunca.

—Si te rindes, te digo que números son.

—No.

— ¡Que orgulloso! —el niño negó con la cabeza a modo de reprobar la actitud de Bryant.

— ¡No soy orgulloso! —se exasperó el muchacho, a punto de desgarrar uno de los pergaminos—. ¡Yo…yo…! A ver, si te crees tan listo, descífralos entonces.

Túux esbozó una sonrisa autosuficiente, y apuntó con un dedo al primer grupo de símbolos.

—Son números mayas, lo que están encimados unos con otros. Esos son un cinco, un dos y un diez.

Bryant parpadeó, atónito. El mocoso tenía razón, ¡eran números mayas encimados unos con  otros! Resignado y humillado, no le quedó más opción que copiar las cifras que Túux le dictaba, en su cabeza la voz de Astucieus lo torturaba: «inútil, inútil». Se deprimió al grado de dejar a un lado la interpretación del mensaje, y desapareció con Túux rumbo al pueblo. Pasaban de las dos de la tarde, así que a donde quiera que viese encontraba puestos de mazorcas asadas. Le compró dos al niño y, contempló la posibilidad de morir atragantado con una.

—Tengo sed —anunció Túux de repente—. ¿Qué beben en Cultre aparte de leche con chocolate, Bryant Dikoudis?

—Ah…muchas otras cosas. Mira, ahí venden aguas de sabores. Vamos.

Se acercaron al puesto y Bryant pidió un agua de fresa, la pagó y ofreció a Túux quien la recibió con cara horrorizada.

—Esto es sangre —dijo alarmado por el color del agua—. ¡Sangre, los cultrorianos beben sangre!

—No Túux, no es sangre, es…

— ¡Buaaaa es sangre…sangre de personas!

—…agua de fresa. No, no llores, ya… —empezaba a ponerse histérico, la gente a su alrededor lo miraba ceñuda—, deja de llorar, ¡no es sangre!

— ¡Desalmados, gente sin corazón…Buaaaa beben la sangre de los demás! ¡No se quieren!

—Túux por favor deja de llorar —suplicó el Garque desesperado y frustrado de no ser capaz si quiera de calmar a un infante—, no es sangre, es agua, agua coloreada… ¡Soy un incompetente, no puedo ni callar a un niñito de seis siglos! "¡Elizabeeeeth!"

Un estallido repentino provocó varias exaltaciones, Elizabeth parpadeó confundida ante la escena.

— ¿Pero qué…? ¿Por qué…por qué lloran?

— ¡Es sangre!

— ¡Soy un inepto!

Elizabeth no supo si reírse o alarmarse. Bastaba con ver el vaso con agua de fresa que Túux sostenía para deducir lo que había ocurrido.

—Túux, no llores —dijo en tono suave y le quitó el vaso al niño—, es agua con sabor a fresa —sorbió de la pajilla—, ¿ves?

Túux abrazó a Elizabeth sin dejar de llorar.

—Toma —dijo ella a su deprimido subordinado—, deberías tomarla, tiene bastante azúcar y te quitará la depresión.

Bryant aceptó el vaso y sorbió grandes tragos, Elizabeth soltó una risita divertida.

—Ya, amor, no llores. No eres un inepto —le dijo, a fin de consolarlo—, ¿por qué no te tomas el día? Yo cuidaré a Túux.

Bryant soltó un gruñido quebrado ante la mención del nombre, el susodicho todavía medio hipaba y se frotaba la nariz. Asintió, Elizabeth sonrió y se volvió hacia el pequeño.

— ¿Listo para irte?

— ¿Bryant Dikoudis ya no me cuidará?

—No, te cuidaré yo.

— ¡Que bien! Me cayó mal.

Bryant crispó los dedos, Elizabeth aguantó la risa y aferró a Túux por una mano, antes de desaparecer envuelta en un estallido de luz.

 

Astucieus posó la mano sobre la puerta y empujó, las siglas AT relumbraban en su dorso. Al concentrarse en su horizonte, sus ojos se abrieron desmesurados, el corazón se le subió a la garganta. Entró hecho una exaltación y cerró la puerta,  la visión frente a él era catastrófica.

Ahí, sobre el escritorio, estaba Yerik, entretenido en rayar con un lapicero el trabajo que le había llevado semanas en terminar.

— ¡Yerik Thrampe!

Con un sobresalto, el susodicho dejó caer el lapicero y volvió su atención hacia Astucieus, sus labios se curvaron en una sonrisa inocente.

— ¡Papi!

Astucieus se dividió entre el llanto y el colapso.

— ¿Qué…como…? —pasó las hojas y se dio cuenta de que la mitad del folio estaba manchado—. ¡Ay, Yerik! —rugió molesto—. ¡Esto era importante, ahora tendré que rehacerlo!

El niño hizo un puchero.

—Esta vez no —dijo Astucieus muy serio—. Lo que hiciste estuvo mal, ¡las cosas de papá no se tocan! Y te dije que no volvieras a usar la tele transportación, ¿o no te lo dije, Yerik?

—Shi, papi…

— ¿Y por qué me desobedeces? ¡Tus abuelos seguro están al borde de la histeria! Ahora que lo pienso —frunció el ceño—, ¿cómo llegaste aquí?

— ¡No! —Berreó el niño y arrojó un pisapapeles—. ¡No Quiedo a papi! ¡Papi malo!

—Ah, y encima de todo me montas un berrinche…

— ¿Señor Ministro?

El aludido perdió el color. La voz del otro lado era la de Duncan. En un intento desesperado por ocultar a Yerik, lo cargó y metió debajo de su escritorio, levantó el pisapapeles y ordenó el resto de cosas, sus pies inmovilizaron el cuerpecito. Apenas contorneó los ojos, Yerik abrió y cerró la boca sin emitir sonido alguno.

—Adelante.

La puerta se abrió sola y Duncan entró, el erudito llevaba un fajo de pergaminos entre los brazos, su faz denotaba cansancio.

—Buenos días, señor Ministro —saludó e inclinó la cabeza—. Buscaba a la señorita Monanti, pero me dijeron que salió, así que le dejo estos documentos.

—Sí…—Astucieus quiso meterle una patada a Yerik, quien golpeaba con los puños sus pies a fin de liberarse—, yo se los hago llegar.

—De acuerdo, también dígale que…

Astucieus casi no escuchó el mensaje de Duncan. Se aferraba a la mesa y mordía la lengua, su frente empezaba a rezumar gotas de sudor, producto de las punzadas en su espinilla, causadas por los dientecillos de Yerik.

—S-Sí, y-yo le digo —le lagrimearon los ojos—. Ah…e-en cuanto llegueeeee…

— ¿Está bien?

— ¡Siii! —el Garque hizo una cara muy graciosa—. ¿No necesitas que te acompañe a la puerta, verdad?

—Eh…no, no es necesario.

Duncan, extrañado, se levantó. Astucieus chasqueó los dedos y la puerta se abrió, fuera el hombre esta se cerró de golpe.

— ¡Aaaaahhh Yerik eres un…! —se metió un puño en la boca para ahogar la maldición, el niño dio un gritito al recuperar su voz. Astucieus se levantó  y dio saltitos, con su mano libre se aferraba la zona herida—. ¡Ven acá, de esta no te salvas!

El hombre se lanzó debajo del escritorio y Yerik desapareció, con lo que el Garque volcó el mobiliario y provocó un estruendo. Astucieus se levantó y rastreó a Yerik,  el pequeño le sacaba la lengua detrás de la silla.

— ¡Ya verás!

Se irguió  en todo su esplendor…

— ¿Serpentina fogosa?

Astucieus alcanzó el cesto de basura y sepultó con él a Yerik, de nueva cuenta sus ojos se contornearon y el niño dejó de sacudirse y gritar. Al otro lado, Gina Daring esperaba respuesta.

— ¿Qué quieres?

— ¿Puedes abrirme? Necesito hablar contigo

—No, no puedo abrirte. Estoy ocupado.

—Desde luego, pero prometo cerrar los ojos para no ver a tu chica desnuda.

— ¿Cuál chi…? ¡Acaba de largarte, Daring! ¡Yo ni siquiera soy tu jefe, ve a molestar a Altus!

—Es de ella que quiero hablarte.

— ¡Pues ahora no puedo, así que esfúmate!

Gina iba a replicar, mas el estallido a su espalda la hizo girarse con los ojos cubiertos.

— ¡Hola, Elizabeth!

—Hola Gina, ¿y eso tú por aquí?

—Quería hablar contigo o con el avinagrado del otro lado —indicó con un gesto de la cabeza la puerta—, pero ya que estás aquí te digo: he notado apagada a mi jefecita, ¿sabes lo que le pasa?

—Te lo explico en mi despacho.

—Bien. Ah, y yo tú hablaba con vinagrito, eso de que se besuquee allí dentro con su limoncita no se me hace ético.

— ¡Vinagre tu abuelo! —gritó Astucieus—. ¡Y no me besuqueo con nadie!

—No, intentas dejar descendencia.

— ¡Te voy a…!

—Pasemos a mi despacho, Gina —Elizabeth abrió la puerta vecina—. Tú también entra, Túux —añadió en idioma maya.

El niño pasó seguido de Elizabeth, la chica cerró la puerta y se giró a Gina.

— ¡Wow, tu oficina es genial!

Elizabeth sonrió. Ella opinaba lo mismo. El suelo hecho a base de zafiro, pared izquierda plateada. Por otra parte, la pared derecha simulaba el espacio glaseado de estrellas, que sincronizadas escribían el nombre de la gobernadora o alguna frase célebre de sus escritores favoritos. A espaldas del mobiliario, una pared oscura mostraba una luna descomunal, de cuyos bordes salía un Chaniro en miniatura, que avanzaba hasta el medio y la rasgaba para dibujar el escudo cultroriano, antes de voltearse a la audiencia, guiñar un ojo y desaparecer con un pin.

—Gracias —la chica caminó hacia el muro estelar y extrajo un par de estrellas—. Toma una, son de chocolate con menta.

— ¡Súper!

— ¿Quieres una, Túux?

— ¿En Cultre se comen las estrellas?

—Sólo estas. Anda, toma una.

El niño recibió la estrella y le pegó un mordisco.

— ¡Chocolate! Aunque…sabe a otra cosa…

—Es menta.

— ¿Y ese pequeño es…?

—Un visitante —Gina arqueó ambas cejas—. Es largo y complicado de explicar. Ahora —la muchacha ocupó su puesto detrás del escritorio—, a lo que nos atañe: Gaby está así porque perdió a su padre biológico, asesinado por no se sabe quien.

—Cielos —la adolescente pestañeó—, es…es terrible. Espera, ¿no será el hombre que encontraron con los intestinos de fuera, verdad?

—El mismo.

—Ya veo, Farfalla estaba molesta por la intervención de Gabriella en el caso, sentía que la subestimaba.

—Nada de eso, Gaby quería, con justo derecho, realizar las investigaciones ella misma.

— ¿Y encontró algo?

—Nada seguro, aunque sospecha que su padre estaba metido en algo relacionado con las drogas.

Gina hizo una mueca.

—Aún así, no me gusta verla triste.

—Ni a mí. Pensaba darle una vuelta —suspiró—, pero me topé con una pila de trabajo horrenda al llegar aquí.

Gina soltó aire.

—Le compraré una caja de chocolates antes de irme -dijo y se levantó—. Te veo luego, Elizabeth.

Elizabeth cabeceó, acompañó a la adolescente hasta la puerta, la despidió y se volvió hacia la pila de documentos que la esperaban.

—Los veo después -dijo para sí—. Túux, ¿te puedo dejar aquí unos minutos? Necesito ir a ver a Gaby.

—¿Me das papel y lápiz para dibujar?

—Claro -la chica rebuscó entre sus cosas una libreta con hojas limpias y se la extendió a Túux, junto con un lápiz—. Aquí tienes. No me tardo, pórtate bien.

—Sí, Elizabeth Monanti.

Elizabeth  desapareció y reapareció en la oficina de Gabriella, su cara pasó a ser de desconcierto total ante la panorámica: Segunda y Tercera lloraban a lágrima viva.

— ¿Y ahora ustedes por qué lloran? —quiso saber, segura de nombrar aquella fecha «el día de los llorones».

— ¡Me veo fea!

— ¡Me quedé huérfana!

Elizabeth se golpeó la frente con una mano.

—Kya, por Zehel, no te ves fea. Eres muy linda, muchos eruditos te codician.

— ¡Pero Andrads no! ¡Uso demasiado maquillaje!

—Ah…eh… ¿y por qué no te pintas con menos maquillaje?

— ¡Soy una porquería de mujer!

— ¡Kya! No digas eso, ¡eres una gran chica!

—Sí Kya —Gabriella hipó—, eres muy guapa.

—Oh vamos chicas, ¡arriba el ánimo! —intentó levantarlas la gobernadora—. ¿Qué les parece si almorzamos juntas?

—Yo no quiero ir —Kya terminó de embarrarse el maquillaje—, estoy demasiado deprimida.

—Yo tampoco —rechazó Gaby—, además, iré a recoger las cenizas de mi padre.

—Oh por favor chicas, se despejarán y la pasaremos bien.

—Lo pensaré —dijo Gaby—. Supongo que necesito distraerme.

— ¡Excelente! ¿Y que hay de ti, Kya?

—No sé…

—Hablaremos de ropa…

Los ojos le brillaron.

—Y de zapatos…

—Quizás…quizás me anime. ¿A que hora iremos?

— Pues si nos vamos ahorita, podremos entrar a  ese restaurante de comida griega que tanto nos gusta.

—Está bien —aceptó Gabriella—. Por cierto, con todo esto apenas he pensado en el pequeño Túux… ¿cómo está? Creí que Bryant lo cuidaría.

—Sí, hasta que Túux se asustó con un agua de fresa.

Les contó el incidente en Cultre del Este. Las chicas rieron.

—Ha de ser desesperante no conocer las costumbres ni el idioma de un lugar —apuntó Gabriella—. Si tan sólo pudiésemos ayudarlo…

—Tenemos muy poca información —cabeceó Elizabeth—, es mejor esperar a que el señor Wáay se comunique con el niño.

—Ya —Kya se levantó—. Bueno, yo mejor me voy a mi despacho.

—¿Te irás a arreglar para el almuerzo? -le preguntó Gabriella.

—Tal vez. Nos vemos, Ely.

La cobriza desapareció con un estallido, las otras dos se miraron.

—No va a venir —dijeron a un tiempo.

 

Andrads se detuvo frente a la puerta de… ¿granito rosa? Que mostraba a una avispa pintada en su superficie. Enfrentó un conflicto interno, ¿llamaba o no llamaba? Tomó aire, alzó un puño y lo volvió a bajar. No, entrar a ese despacho era cometer suicidio. ¡Igual que entrar al manicomio! Aunque…la expresión demacrada de Kalonice no dejaba de atormentarlo, quizás su ausencia en el desayuno la había golpeado demasiado…

—« ¿Y eso qué? ¡Si lo que quieres es apartarla! Resentida contigo no querrá acercársete».

Suspiró. Aún así, se preocupaba. Si la mujer caía en depresión era probable que dejara de desempeñar su trabajo como debía ser, y el único culpable sería él. Además, Elizabeth se molestaría porque después de todo, la cobriza era una de sus mejores amigas.

Se decidió. Llamó a la puerta con gesto arrugado, tal y como si tocase a algún recinto explosivo. Se escuchó un lúgubre: «pase», y la puerta se deslizó adentro, el Garque sostuvo la respiración.

De inmediato, comprobó su teoría de que el sitio se asemejaría a un manicomio.

Cada pared estaba teñida de un tono distinto de rosa. Incluso la posterior, hecha de nubes del mismo color, manifestaba la emoción nublada de su dueña quien, al identificarle, sufrió una transformación, las nubes a su espalda formaron el nombre: «¡Andrads!»; en mayúsculas y encerrado dentro de un corazón gigante, flechado y con alas.

— ¡Andrads! —dijo ella radiante—. ¿En que puedo servirte?

El hombre se quedó sin habla, sus ojos desorbitados no conseguían despegarse de los ponys y unicornios que danzaban en torno a su nombre, el corazón que lo resguardaba había empezado a palpitar.

—Ah…yo…sólo vine a ver si estabas bien y…como veo que sí… ¡adiós, Kalonice!

Y cerró la puerta de golpe.

—Seguro mi rostro maquillado le aterroriza —se lamentó la muchacha y el corazón detrás suyo se rasgó por la mitad, mientras los ponys lloraban.

 



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