Historia al azar: Toda Una Vida
Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú




 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
Destino 03. Marte » Un conflicto productivo
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Viernes 16 de Octubre de 2020, 21:15
[ Más información ]

Un conflicto productivo

XII

Un conflicto productivo

 

A la mañana siguiente, en su despacho, Gabriella ocupó la silla detrás de su escritorio. Sobre el mismo yacía una revista abierta, cuya lectura dejó a medias debido a la interrupción de la presidenta del Saigrés. La tomó y leyó el encabezado: «cómo sobrellevar a los amigos dementes».

—Absurdo —rió y negó con la cabeza—. ¿Quién tendría a un amigo demente?

En ese preciso momento, la puerta de su oficina se abrió y dejó entrar a Kya, con una bata blanca sobre el kimono de Garque, guantes a juego en las manos, gafas que aumentaban cinco veces el tamaño de sus ojos, además del pelo alborotado y un labial humeante sujeto con ayuda de unas pinzas.

La pelirroja pasó la mirada de su amiga a la revista.

—Retiro lo dicho —murmuró.

— ¡Gaby! —Kya esbozaba la perfecta sonrisa de una maniática—. ¡Lo he conseguido, lo he conseguido!

Gabriella temía preguntar.

—Eh… ¿qué es lo que has conseguido, Kya?

— ¡Esto! —la cobriza alzó el labial—. ¡Es lo que Andrads y yo necesitamos para estar juntos!

—Kya, sabes bien que eso es…

—No —la cortó ella muy seria—. Sólo espera, mañana estarán los resultados.

Y sin más, abandonó la habitación.

 

La flama apenas perfilaba la sombra que con lentitud, se acercaba a la cama. La sombra se inclinó sobre esta, el cuerpo dormido no se inmutó. Tocó el cuerpo y permaneció así durante largo rato. Andrads abrió los ojos y su primera visión fueron los párpados cerrados de Kya Kalonice, aunque su cerebro no registró a la primera el significado de aquello. Segundos más tarde, la sorpresa y el horror se hicieron presentes en todo su cuerpo.

—¡Kalonice! —gritó y se incorporó, ella le miraba sonriente—. ¿Pero que…? —se llevó las yemas de los dedos a los labios, el calor de los femeninos continuaba allí, tal cual hormigueo—. Espera… tú… ¿me besaste?

— ¡Sí! —saltó la cobriza, Andrads estaba estupefacto—. ¿Lo ves Andrads? ¡Te dije que iba a luchar por nuestro amor!

—Pero eso es imposible… Kalonice… yo… tú… mi don… estás bien…

La joven indicó sus labios con un dedo. Eran de un rosa brillante.

—Creé un labial inmune a tu don —explicó. Andrads la miraba fascinado—. ¿A que es genial?

— ¿Qué ingredientes usaste? Kalonice, podría inventarse una poción para…

—¿Y dejar que otra mujer te bese? —se indignó Kya—. ¡Ni hablar! Yo seré tu única dueña.

— ¿Mi dueña? —la emoción inicial se desvaneció en un parpadeo—. ¡No soy un objeto! Y… ¡fuera de mi habitación! ¡No tienes derecho a entrar así como así!

— ¡Mira que eres mal agradecido!

— ¿Qué? ¡Yo nunca te pedí nada! Así que… ¡fuera!

—Bien, ¡me largo!

Quedó envuelta en puntos de luz y desapareció.

 

Andrads no dejaba de refunfuñar mientras avanzaba por la calle. Llevaba gafas oscuras y ropas casuales, ya que Elizabeth le había dado el día libre para que fuese a visitar su antiguo hogar: el Orfanato Central. En realidad, visitaría a la directora de éste, con motivo de su cumpleaños. No obstante, lo ocurrido en la mañana con Kalonice le tenía aún molesto. La muchacha estaba más latosa que de costumbre, y él menos tolerante.

—Es una egoísta, ¡esa fórmula ayudaría a muchos! ¿Por qué no se pone a pensar que hay otros en mis mismas condiciones?

Bufó y cruzó la avenida. En realidad, no conocía a nadie más que tuviese su mismo don. Se adentró en la siguiente florería, sin sospechar si quiera de la figura que le pisaba los talones.

—Buenos días —saludó a la dependiente—, quisiera comprar un arreglo floral.

—Desde luego, ¿qué tipo de flores le gustarían?

—Margaritas y girasoles, por favor.

— ¿El arreglo lo desea grande o pequeño?

—Grande.

—Claro, claro —la dependiente le extendió un catálogo—. Escoja la forma, si gusta puede sentarse en los butacones —indicó con un dedo el campestre mobiliario ubicado en una esquina—. En cuanto se decida, me avisa.

—Gracias —Andrads se acomodó y empezó a hojear el catálogo, imágenes de arreglos en forma de  corazón, estrella, luna y un sinfín más desfilaron ante él. Tan concentrado estaba en verlos que no prestó atención al cliente que ahora charlaba con la dependiente de la florería, y que de hito en hito le miraba. Al terminar, el cliente no estaba y la dependiente aguardaba a escuchar su decisión.

—Quiero este —señaló el arreglo en forma de astro solar plasmado en la página—. ¿Le llevará mucho tiempo?

—Mmm, quince minutos, quizás.

—Excelente, entonces iré a realizar otras compras y volveré después.

—Como quiera, señor.

Andrads salió y caminó hacia la tienda de dulces, donde compró una caja de bombones y otra de chocolates. Pidió que se los envolvieran con papel de regalo y se detuvo a mirar a los transeúntes, a una prudente distancia de él un montón de niños se amontonaban para comprar un globo.

—«Pobre hombre» —pensó—, «carga con tantos globos que ni se ve…»

Se contagió de las risas infantiles y regresó a la florería. Sin previo aviso, el vendedor de globos exclamó:

— ¡Shu! —por entre la mercancía asomaron unos ojos rosados, la voz surgida era femenina—. ¡No me dejan ver!

—Pero queremos globos —pidió una niñita.

—Y yo a mi hombre —gruñó la mujer—, pero por desgracia no todo se puede tener en esta vida.

 

Una vez el arreglo floral estuviese listo, Andrads se encaminó al orfanato. En esta ocasión, sus instintos le alertaron de una presencia a su espalda. Giró la cabeza, mas nadie seguía sus pisadas. Frunció el ceño, el acoso constante de Kya comenzaba a volverlo paranoico.

«¿Y desde cuando es Kya y no Kalonice?». Le reprochó una vocecita en su interior. Decidió ignorarla, la sensación de persecución volvió a asediarlo. ¡Qué ridículo! Estaba en una vía muy transitable, la gente le pasaba de lado sin reparar en quien era —gracias a la bendición de las ropas casuales y las gafas—, por tanto nadie lo perseguía.

Se sintió aliviado al divisar a lo lejos el orfanato. Era un  edificio rectangular, de tres pisos, rodeado por un jardín inmenso con juegos en la parte posterior. Pintado con el blanco y guinda, tenía un letrero justo arriba de la entrada que rezaba: «Orfanato Central».

Un torrente de emociones lo inundaron al momento. Si bien su infancia no había sido del todo memorable, existían momentos que le llenaban de dicha. Sólo tuvo dos grandes amigos: Alexa y César, quienes se rehusaron a ser adoptados hasta que él encontrase una familia; en este caso, hasta que el erudito del Templus lo recogió. Y la directora a quien quería como a su madre, lloró su partida. Era ella quien también tenía uno de sus broches. El otro lo conservaban Alexa y César, ya casados.

Cruzó el umbral de la entrada y se aproximó a la recepcionista, quien se hallaba entretenida en la lectura de una revista de chismes.

—Buenos días.

— ¿Si? —ella ni lo miró.

—Tengo una cita con la directora…

—Si, si, pase. ¿Es usted el señor Andrés no?

—Sí.

—Bueno, la directora lo espera.

—Gracias.

Se adentró en un pasillo a la izquierda. A pocos metros, tropezó con una puerta cuya placa tenía inscrita: dirección. Tocó con los nudillos, sin tener que esperar demasiado a la invitación verbal y el chasquido de dedos abrir la puerta para él.

Avanzó, la puerta se cerró una vez estuviese en el interior. Era una oficina rectangular, poco decorada: un librero a la izquierda y otra puerta a la derecha. Suelo alfombrado, escritorio y sillas de ébano verde. Tras la mesa, esperaba una mujer bronceada, guapa en rasgos, cabello oscuro y ojos ocultos detrás de unas gafas finas. Enfundada en una blusa blanca, saco y falda larga color caqui, zapatillas a juego.

—¡Mírate nada más! —exclamó y se levantó—. ¡Estás guapísimo! Pero bueno, ¿no piensas darme un abrazo?

El Garque se guardó las gafas oscuras, dejó las cosas sobre el escritorio y atrapó a la directora en un cálido abrazo. Esta le correspondió, el muchacho experimentó una seguridad que pocas veces le acompañaba.

—Te eché de menos —comentó al separarse.

—Yo igual —la directora se secó los ojos—. Cuando recibí tu carta el corazón me dio un vuelco. ¡Tanto tiempo sin verte!

— ¡Lo que me faltaba!

Tanto Andrads como la mujer se sobresaltaron al la puerta abrirse con un estrépito. Bajo el marco, Kya los miraba iracunda, la recepcionista lloraba por su revista incinerada.

— ¿Ka-Kalonice? —balbuceó él—. ¿Me seguiste hasta aquí?

Kya echaba humo. También estaba vestida con ropas casuales.

— ¡Yo nunca te he sido infiel, Andrads! —vociferó—. ¡Incluso invertí parte de mi tiempo para…!

—Kalonice…

—… ¿Y tú me engañas con una vieja decrépita?

—Kalonice…

— ¡Ni siquiera me llamas por mi nombre! ¡Después de todo lo que he hecho por ti!

—Kalonice…

— ¡Nos besamos dos veces! ¡No una, dos! ¿Acaso eso no importa?

—Señorita…

— ¡Tú no te metas, lagartona!

— ¡Kalonice!

— ¿Qué diablos quieres, rompe corazones poco hombre?

—Esta mujer —los ojos de Andrads chispeaban—, es la directora del orfanato. No la veo desde que ingresé al Templus, es como mi madre.

Los ojos de Kya se abrieron en exceso. Parpadeó, sus mejillas encendidas. Esbozó una ridícula sonrisa.

—Ah… adiós.

Agitó una mano en el aire y abandonó el orfanato a paso veloz.

La directora soltó la carcajada. Andrads cerró la puerta, sumamente indignado.

—Lo lamento tanto, Haba.

—No sabía que ya tenías novia.

—¡Ella no es mi novia! —se escandalizó—. Sólo un loco estaría con esa mujer.

—Pero ella dijo que se besaron…

— ¡Mentira! Que ella me besara es diferente.

—Pero… ¿qué hay de tu don, Andrads?

—La primera vez me noqueó para conseguirlo. Por desgracia corrió con suerte.

— ¡Andrads! Espera, ¿te noqueó? —Haba arqueó ambas cejas—. ¿Esa chica?

—Tiene un zumbido somnífero.

La directora se cubrió la boca con una mano.

— ¿Y la segunda vez?

—Fue hoy en la mañana —de forma inconsciente, se pasó los dedos por los labios—. Creó un labial inmune a mi don, lo traía puesto.

— ¿Y qué sentiste?

— ¿Cómo que qué sentí? —bufó—. ¿Tú qué crees?

—No sé, tú dime.

El Garque volvió a resoplar, en especial por el repentino aceleramiento de su corazón.

—Eso no importa. ¡Entró a mi habitación como si nada! ¿Y qué si durmiese desnudo?

—Andrads, tú no duermes desnudo.

— ¿Y si lo hiciera?

—Creo que exageras. Además, si diseñó un labial así, por lo menos deberías estarle agradecido.

—Agradecido estaré cuando esa mujer me deje en paz.

—Bueno, como quieras. Pero insisto en que deberías reconsiderarlo. Esa joven debe amarte mucho si ha llegado tan lejos.

El guardián torció los ojos. Sin embargo, el malestar no mitigó a la hora de salida. Todo lo contrario, las palabras de su madre sustituta no paraban de girar en su cabeza. Asimismo, no conseguía olvidar los labios de la cobriza sobre los suyos, esa fiereza con la que reclamaba su cariño, ¿sería cierto que Kya le amaba? Nadie había llegado tan lejos por él, nadie había soportado durante semejante tiempo sus rechazos, Kya llevaba con ello tres siglos…

Dio un respingo al sentir una mano ajena deslizarse entre la suya. Al mirar a un lado, se encontró con la responsable de su confusión emocional.

—Kalonice yo…

La aludida negó con la cabeza y apretó el agarre.

—¡Oh que lindos los novios!

La última palabra trastornó a ambos.

— ¡No somos novios!

—¡Sí lo somos! —exclamó Kya tal cual niña con juguete nuevo—. ¡Somos novios y…!

— ¡No! —él soltó su mano—. ¡Estoy harto, no soy nada tuyo y nunca lo seré! ¡Jamás me involucraría con una muchacha loca como tú! —los ojos rosa se ahogaron en lágrimas, pero eso no lo frenó—. ¡Eres odiosa, una molestia, una piedra en el zapato! ¡Nunca seremos nada, no pienso mezclarme con alguien de tu raza ni aunque fueses la única mujer en la faz del planeta! ¡Así que…!

—Shhh —lo acalló Kya, su cara bañada en lágrimas y la voz rota. Andrads cesó de gritar—. ¿Escuchaste eso?

— ¿Escuchar qué? —el párpado izquierdo le palpitaba.

—Eso fue el crash de mi corazón —hipó, Andrads puso los ojos en blanco—. Bien, si quieres que pare así lo haré. No volveré a molestarte, Non Ludere.

Giró sobre su eje y corrió sin dejar de llorar. La pronunciación del apellido de Andrads levantó los murmullos, por lo que el Garque tuvo que rodearse de puntos de luz para salir de allí lo antes posible.

Al caer la noche, la culpa devoraba a Andrads como nunca lo había hecho. Los melodramas de Kya no lo habían molestado antes, mas ahora le torturaban. En los ojos de la cobriza no se reflejó una actuación o una simple llamada de atención, sino dolor; su cara húmeda, su voz rota, herida en serio.

El enojo lo embistió de nueva cuenta, si sentía todo aquello es que existía algo más hacia la joven. Y eso no le gustaba, sin importar como fuese Kya ella se merecía algo mejor, no un hombre al que sólo pudiese tocar con los labios.

Parpadeó. La lucidez del verdadero amor que Kya le profesaba llegó a su alma y lo hizo estremecer, dolido y más culpable que al principio. Kya no quería su físico, ni tener inagotables noches de sexo. Kya se bastaba con mirarle, caminar a su lado, tomarle una mano, aunque tuviese que tenerlas enfundadas. Sólo pedía que le dijese: «te amo», posar sus labios sobre los suyos, sin profundizar, un amor puro y sincero.

—¡Soy un imbécil! —bramó, se aferraba la cabeza con las manos—. ¡Lastimé a la mujer más noble de todo el globo!

Cerró los ojos y apretó las manos. Si se lamentaba no iba a conseguir el perdón de Kya. Respiró hondo, acto seguido apoyó las manos sobre el tocador y abrió los ojos, su mirada baja.

Ofrecer una disculpa a la Tercera significaba que le interesaba, o de forma más concreta, que estaba enamorado de ella. Descubrir esto no ayudó, la culpa latió con mayor fuerza. ¿Y si Kya no lo perdonaba? El estómago se le encogió al considerar esa posibilidad. Si ocurría, entonces habría perdido a la única mujer con la que podría haber creado futuro.

—Al menos lo intentaré.

Salió de su habitación y se dirigió hacia la de la susodicha, dudoso en llamar a la misma. Golpeó un par de veces, sin recibir respuesta. Quizás Kya estaba en el comedor, en la cena no se presentó.

—¿Buscas a Kya, verdad?

Dio un respingo y viró la cabeza. Altus le miraba severa, seguro ya estaba enterada de todo. Ella y Kya eran amigas íntimas.

—Sí. ¿Sabes dónde está?

Gaby asintió.

—¿Podrías decirme?

—No. Kya no quiere verte. Y tiene razón —le fulminó—. Esta vez sí te excediste, Andrads. Es cierto que Kya llega a ser desesperante a veces, pero eso no te da derecho a humillarla, y menos en público.

—Ya lo sé —el hombre suspiró—. Soy un estúpido, Kya… —Gabriella lució asombrada de la pronunciación del nombre—, se ha dedicado en cuerpo y alma a conquistarme, incluso diseñó un labial inmune a mi don. Y a mí se me ocurre tratarla así.

—Bueno, tampoco puedes ni puede obligarte a quererla.

—Lo curioso es —dibujó una sonrisa irónica—, que lo ha logrado.

—Andrads, no es lo mismo compañerismo a…

—No estoy confundido, Gabriella. La verdad es que Kya me gusta mucho, lo que no lo aceptaba por miedo, por idiota. Pero… —soltó aire—, bien dicen los mayes: «nunca se sabe lo que se tiene hasta que se pierde».

—Quizás no sea demasiado tarde, si le ofreces una disculpa y le dices lo que sientes puede que te perdone.

—¿Me dirás donde está?

—En la capilla de los Dioses. Toca antes de entrar, la dejé en una charla con la Diosa Afrodita.

—Lo haré. Y gracias por la información.

—De nada.

Se cubrió con puntos de luz y desapareció.

Al materializarse en el lugar señalado, pegó una oreja a la puerta y, al no escuchar nada, la abrió. Allí estaba Kya recargada sobre una columna, la vista fija en el baile estelar que se observaba a través del cristal. No se inmutó ante la interrupción, así que Andrads terminó de entrar y la alcanzó.

—Kya…

La muchacha inclinó la cabeza, en señal de que lo oía.

—Yo… lamento lo que pasó en la mañana, no debí gritarte así. Tú sólo querías ayudarme, tienes razón, soy un malagradecido.

Kya hizo un ademán con una mano, sin importancia.

—Y… —Andrads carraspeó—, la verdad es que me negaba a aceptarlo Kya… me gustas mucho, nadie me había tratado antes tal y como tú lo haces, menos hacer tanto por…

—Dices —le interrumpió y le miró por primera vez—, ¿que te gusto porque soy la única mujer que puede besarte sin morir?

—No, no, el labial es algo que aprecio muchísimo, pero no me refiero sólo a eso. Tú… has soportado mis rechazos durante tres siglos y…

—Eso es cierto —la calma con la que le hablaba le arañaba el corazón—. He aguantado rechazos, malas caras, humillaciones, pero creo que he llegado a mi límite.

Andrads sintió pánico. Algo le oprimía el pecho.

—¿A qué te refieres?

—Estoy harta —le estaban dando una cucharada de su propia medicina. Aunque hubiese preferido que Kya le gritase a escucharla en ese tono gélido—. Cansada de rebajarme por ti. De hacer todo y recibir nada. Y no me importa si ya te diste cuenta de que me amas —atajó al verlo abrir la boca—. Perdí mi dignidad, mi identidad. Y no creo que ningún hombre que te haga eso merezca la pena.

—Kya por favor…

—No. Se acabó, Non Ludere. ¿Querías que te dejara en paz, no? Bien, eso haré. Te dejaré tranquilo para estar yo también tranquila. Tuviste tu oportunidad y la desaprovechaste. Y no puedes decir que el tiempo no te alcanzó, porque fueron tres siglos. Tu estupidez ya no es problema mío.

—Kya yo…

—Kalonice, si no es molestia. Que tengas buenas noches, Non Ludere.

Andrads no logró detenerla. Kya se esfumó. Petrificado, la grieta en su interior sangraba. Al instante, buscó cierta estatua con la que minutos antes, Kya había mantenido una conversación. No le costó encontrarla, la rabia y el rencor lo hicieron temblar.

—¡Es tu culpa! —reclamó a la Diosa—. ¡Tú le aconsejaste que me dejara! ¿Qué clase de Diosa eres? ¡Se supone debas fomentar el amor, no las separaciones!

—Y eso hice, Andrads.

La estatua cobró vida y color, la piel cubrió el granito y los ojos brillaron. Afrodita era una mujer cuya belleza hipnotizaba. Tenía los ojos almendrados, cada uno con la mitad del iris de color verde y la otra mitad en azul. El pelo, lacio y castaño, se alzaba en un peinado en forma de flor y caía en rizos hasta la cintura,  sobre sus tentadores senos. Estos, al igual que el abdomen, estaban pintados con sutiles trazos rosa, a fin de dibujar una blusa esotérica. Nada de telas. Andrads agradeció que la Diosa luciese una falda larga, plegada y de seda hasta los tobillos, o su cordura habría colapsado. Asimismo, diamantes a juego se incrustaban en los antebrazos, el centro del pecho y algunas zonas del estómago.

—Antes de amar a alguien más, debes aprender a amarte a ti mismo. Y Kya perdió ese amor hacia sí misma durante estos tres siglos. De igual forma, tú necesitas hacer lo mismo.

El cultroriano no dijo nada. Tampoco le interesaban las palabras de la Diosa. Estaba furioso, dolido, frustrado. Quería aferrarse a la divinidad y ver como fallecía de un infarto, aunque sabía a la perfección que eso no ocurriría gracias a que esta era inmortal.

—Ah, ahora sí te gusta tu don —comentó Afrodita divertida ante su cara—. Claro, le has encontrado una utilidad.

El hombre rechinó dientes.

—Ahora no razonarás nada —suspiró—, es mejor que vuelvas a tu dormitorio, mañana tendrás la mente más lúcida. Quiérete a ti mismo, Andrads. Con todo y dones.

Subió otra vez a su pedestal y se petrificó, de regreso en estatua.

Andrads desapareció, el torrente de emociones lo sacudía.

El inconveniente fue que estaba tan alterado que conciliar el sueño resultó una odisea. Las palabras afiladas de Kya, aunadas al semblante expresado seguían en su cabeza. El cansancio lo venció cerca de las cinco de la mañana, él se levantaba a las siete. Estaba agotado, sin apetito ni ganas de ver a Kya. Así que se vistió y acudió a sus labores diarias.

Quizás se debió a su aspecto, pero el Coronel no lo molestó en toda la mañana. En ese tiempo libre, Andrads se vio tentado de volver a la pirámide y dormir un poco, mas el mar de sus ideas empezaba a tornarse turbulento. Las emociones cesaron sus ataques, con lo que lo dicho por Afrodita inició una revolución. «Quiérete a ti mismo, Andrads. Con todo y dones».

Tal vez  si se aceptaba tal y como era cambiaría su actitud y, Kya regresaría a su lado. Se llevó las manos a la cara, fatigado en todos los sentidos. Respiró hondo, en su vida se había sentido así de desdichado. En el transcurso de la mañana, no consiguió recuperarse y, tampoco le apetecía almorzar en la pirámide. Se encaminó mejor al Midorirus, e esquivó las muchas miradas.

Apreciarse era difícil. Con el simple contacto físico, podía llegar a matar a alguien. Había pasado con su madre, con la mujer que lo recibió al nacer y una de las educadoras del orfanato. En su adolescencia tuvo pocos amigos, y su única novia lo dejó por que no podía besarla. No obstante, el nacer así no era su culpa. Su intensión no fue asesinar a nadie y, si la joven en cuestión lo cambió por otro, es que no lo amaba tal y como juraba.

—Aún así, duele.

La mirada se le empañó. Se apresuró en secarla con la manga del kimono; a lo lejos sus oídos captaron risas acercarse. Le rodeaban muchos sonidos, mas estos eran familiares. Desvió su atención y descubrió que quienes gozaban el momento eran Kaled y Ramses, la «pareja irónica« del Templus. El nombre se lo dieron los mismos estudiantes, en especial las chicas. Consideraban muy romántico el que se relacionaran aún y con semejantes riesgos.

En un impulso, Andrads se puso en pie y llegó a ellos, la pareja se detuvo en seco.

—¿Podemos ayudarle en algo, señor? —interrogó Ramses.

—Sí, ¿les molestaría tomar una taza de té conmigo?

El dúo se mostró desconcertado.

—Supongo que está bien —habló Kaled.

—Gracias.

Entraron en la cafetería y pidieron sus órdenes, acto seguido Andrads inició el interrogatorio.

—Pareceré entrometido, pero necesito aclarar varios conflictos internos y ustedes se ve que manejan situaciones similares a la mía.

—No se aflija —le tranquilizó Kaled—, nosotros encantados de ayudarle.

—Bien…—se movió incómodo en su silla—, señorita Mavra, ¿alguna vez a herido a alguien por culpa de su… habilidad? Perdón si la hago sentir mal, es que…

—Está bien, no pasa nada. Sí, he despedazado a varios hombres a lo largo de mi camino.

— ¿Y cómo maneja esa situación? ¿Cómo sobrelleva la culpa?

—No le voy a mentir, señor. Hay momentos en los que me siento la mujer más desgraciada del universo —Ramses apretó su mano—, pero he aprendido que habrán cosas que pueda controlar y otras que no. No pedí nacer Corman. Tengo dos opciones, vivir con ello o quedarme sentada, con miedo y sin gozar mi vida. Siempre se toman las precauciones, mas a veces es imposible tomarlas todas.

— ¿Usted… se quiere a sí misma?

—Hay momentos en los que me odio —confesó Kaled—, otros en los que estoy en paz conmigo misma. Reconocer que se tienen limitaciones, como cualquier otro individuo ayuda a manejar la situación. Todos tenemos problemas, incluso hay quienes están peor que nosotros, y llevan sus asuntos de mejor forma. Todo se basa en qué actitud tomemos frente a los conflictos. Es natural que se sienta mal, pero debe recordar que no puede cambiar su condición.

Andrads miró a Ramses.

—Me ocurre lo mismo —le rectificó éste.

—¿Cómo manejan su relación? Quiero decir, el señor Saa debe controlarse para no morderla a usted y, asumo que verlo a los ojos resulta una enorme tentación.

—Eso no nos impide amarnos —respondió el vampiro—. Ya lo dijo Kaled antes: hay gente peor que nosotros. Los límites existen, la mayoría de veces, sólo dentro de nuestra mente. Yo sé a qué me arriesgo al estar con Kaled, pero eso no me importa porque soy feliz, y ella lo es conmigo, pese a saber lo que soy. Las recompensas de nuestra relación superan a los riesgos, ¿qué perdemos con intentarlo?

— ¿La vida? —sugirió Kaled con una risita.

—Sí, pero igual la perdemos al separarnos, al no atrevernos. La vida es una aventura, señor. Hay que arriesgarse

Andrads se concentró en su taza de té. Los eruditos tenían razón. Existían cosas que él no lograría cambiar, mas su actitud frente a las adversidades era algo que dependía al cien por cien de él. Su don natal no tenía por qué ser un obstáculo para alcanzar la felicidad. La cuestión era, que Kya no deseaba ya nada con él.

—«No en estos momentos, aunque puede que al ver mi cambio…»

No obstante, los cambios tardaban en darse. Al Kya tratarlo como a un compañero, no culparse resultaba casi imposible. Los primeros dos meses le atormentaron cada uno de sus días. A principios del cuarto mes, Andrads no era el único que notó el cambio en su actitud. El resto de los guardianes lo reconoció, rezaba para que Kya lo hubiese tomado en cuenta. La cobriza brillaba igual que siempre, existían ratos en los que Andrads la veía más hermosa, alegre y fresca. Tal vez los dos necesitaban distanciarse.

A mediados de mes el Cuarto al mando tomó la decisión de reconquistar a su damisela. Le envió flores, mas estas terminaron en la basura, medio incineradas. Cartas que jamás fueron contestadas, joyas devueltas, entre otros obsequios. El error garrafal a cometer fue cuando se le ocurrió enviarle chocolates, a lo que Kya se puso histérica y le gritó que si lo que pretendía era engordarla, que se comprara un cerdo.

Aquella noche, Andrads no logró pegar ojo y, al salir el alba, desesperado y con una idea en mente, salió en busca de Kya. Ella estaba sentada sobre la hierba, cerca del lago. Túux la acompañaba, los alumnos disfrutaban del día sin clases. Varios eruditos realizaban desayunos campestres, Elizabeth, Astucieus, Gaby y Bryant jugaban  una partida de cartas.

—¿Kalonice?

Kya levantó la mirada.

—¿Sí, Non Ludere?

—¿Te importaría hablar conmigo unos segundos?

—Oh, lo siento, pero estoy ocupada —señaló a Túux con la cabeza—. Leo un cuento.

—«¿Te das cuenta que los demás creen que lees en voz alta sólo para ti? »

—«Sí, pero no me importa».

Túux se incorporó, se estiró y corrió hacia Elizabeth. Kya iba a gritarle que no se fuera, mas eso delataría la presencia del niño. Gruñó y cerró el libro, Andrads aprovechó el acto y se sentó a su lado.

—Tenías razón —comenzó a decir—, si no te aceptas tal y como eres y te aprecias no puedes corresponder a otros.

Kya no dijo nada. Miraba el césped.

—He aprendido a quererme, ahora quisiera amar a otros —posó su mano sobre la femenina—. Quiero… amarte a ti. Dame otra oportunidad, Kya.

—Lo siento —alejó la mano—, pero no estoy interesada en ti.

—Antes lo estabas.

—Tú lo has dicho: «antes».

—Por favor Kya, te demostraré que no soy el mismo. Déjame reponer los siglos en que…

—En que me humillaste, me rechazaste… no Andrads, no caeré esta vez.

—Esta vez será diferente, yo soy diferente. Lo has visto en estos meses, soy otra persona…

—Ya dije que no. Disculpa —hizo el ademán de levantarse—, iré a jugar…

—No te voy a dejar ir —Andrads la tenía sujeta de la muñeca—. No hasta que me digas en la cara que me detestas.

—Andrads, no seas ridículo. No hay nada entre tú y yo. Nunca lo hubo.

—Pídeme que me largue —musitó el Garque—. Si en verdad crees que no valgo la pena mírame a los ojos y dímelo. Lo hiciste cuando sí me lo merecía, hazlo ahora entonces.

—Andrads por Zehel, todo el Templus está aquí. Déjame ir.

—No. Si a ti no te importa lo que digan los demás a mí tampoco.

Kya volvió el rostro e hizo contacto visual. Andrads percibió el cambio. Temblaba.

—Kya —llamó la atención Gabriella. En efecto, todos los presentes los observaban—. Perdónalo. Él es distinto. Te lo ha demostrado. Todos lo hemos visto.

—¡Además, está guapísimo! —exclamó otra erudita.

—El amor —intervino Elizabeth—, se demuestra con acciones, no con palabras.

—Cualquiera comete un error —siguió Bryant—. Y si muestra mejorías, ¿por qué no perdonarlo?

—¡Bésalo ya, Kya! —gritó a lo lejos otra mujer, a la que Kya reconoció como su hüteur.

—Maestra yo…

—¡Beso, beso, beso! —empezaron a corear un grupo de adolescentes, seguidas del resto del público—. ¡Beso, beso, beso!

—Perdóname, Kya.

Ella lo estudió unos segundos, mas al final se acercó y le dio un beso profundo. El Templus entero estalló en vivas. De repente, Andrads se dio cuenta.

—Kya —dijo al separarse—… mi don… creí que tus labios sólo podían rozarme.

—Anoche terminé la píldora —declaró Kya con voz entrecortada—. Estaba tan deprimida que la confundí con un caramelo y me la tomé.

Todos se rieron. Los novios se besaron de nuevo.



« Realidades (parte II) Comenta este capítulo | Ir arriba


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino

contacto@potterfics.com

Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.