Historia al azar: Nueve segundos
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Destino 03. Marte » Realidades (parte II)
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Viernes 16 de Octubre de 2020, 21:15
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Realidades (parte II)

XI

Realidades (parte II)

 

No les costó encontrar mucho los carritos chocones (al final resultó que Yerik había confundido el nombre), ya que parecía ser la atracción más llamativa de todas, lo que le atribuía una fila inmensa de personas que querían subir.

—Oh-oh —comentó Gabriella y señaló un cartel que flotaba en el aire, al lado de la taquilla de boletos, el cual rezaba: «No menores de doce siglos»—…parece que tenemos problemas.

—Yerik, me temo que no te podrás subir a los carritos chocones —le comunicó Astucieus al niño, quien no pudo evitar hacer un puchero—. Es para mayores de doce siglos, campeón.

—¡Pedo yo quedía subidme a los caditos chocantes! —jerimiqueó Yerik—. ¡Mami, has algo pada que me dejen subid!

Gabriella se mordió el labio.

—Tengo un plan, pero no sé si funcione…a ver, Yerik, agárrate fuerte del pantalón de mi kimono.

El niño obedeció y, a los pocos segundos se volvía invisible, Gabriella esbozó una amplia sonrisa mientras que Astucieus arqueaba las cejas de asombro.

—Vaya, Gaby, no sabía que tenías tan desarrollado el don…ahora, enano, no te separes de ella y no hagas ruido.

—¿Pod qué?

—¡Shhh! —lo callaron los adultos.

—Solo has lo que te dijo papá, mi amor.

Se formaron en la fila y aunque la espera fue larga, al final valió la pena, porque la vendedora de los boletos los reconoció y se negó a cobrarles la entrada. Así y con ayuda de un hombre fortachón, Gabriella se subió a uno de los carritos chocones, cuidadosa de que Yerik no fuera a soltar su pantalón por accidente.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó el hombre con los ojos estrechados al oír cómo Yerik se acomodaba en el asiento vecino.

—Soy yo que no me acomodo —Gabriella se revolvió haciendo todo el ruido posible—. Por cierto… ¿cómo me dijo que era lo de los pedales?

El hombre soltó un gruñido medio quebrado, sin creerse del todo la excusa de la Garque. Por fortuna, no revisó el asiento libre.

—El rojo es para acelerar, el azul para frenar. Gire el volante a izquierda o derecha para moverse y no despegue las manos de él, que le servirá para sostenerse de los impactos de otros carritos. ¿Alguna duda?

—Ninguna —le sonrió ella al grandote.

—Ah, y ajústese el cinturón de seguridad. Está algo flojo, pero también le servirá.

—Enterada.

Dejó que el hombretón se perdiera de vista, antes de abrocharse el cinturón de seguridad y hacer lo mismo con Yerik. Al ser ella quien lo había vuelto invisible, era la única también en poder verlo.

—Bien, tesoro, acuérdate de no soltarte de mí —le dijo en un susurro y casi sin despegar los labios—. Si lo haces, volverás a hacerte visible y seguro que nos bajan del juego.

—¿Soy invisible?

—Sí, pero Shhh.

 

Yerik no volvió a emitir sonido. Gabriella comenzó a tararear una cancioncilla mientras aguardaba a que el resto de carritos fuesen ocupados. Dio un respingo en cuanto se hoyó un fuerte zumbido y todos los carritos levitaban unos centímetros en el aire, lo que le indicó a Gabriella que era momento de ponerse en marcha: agarró con fuerza el volante y pisó el acelerador, saliendo disparada hacia delante aunque sin sobrepasar la barrera de la plataforma sobre la que se deslizaban los vehículos. Gritó, extasiada con la velocidad y el viento que le azotaba el rostro, su risa entremezclada con la de Yerik y la de los demás corredores.

Golpeó a varios conductores desde distintos ángulos, siempre pisando el freno unos segundos antes para aminorar el impacto, e impedir así que Yerik saliera volando por los aires. Debían estar a la mitad del tiempo del juego cuando pasó, alguien a demasiada velocidad los impactó por atrás. Por instinto, Gabriella soltó una mano del volante y la extendió hacia Yerik, a modo de barrera protectora. Por fortuna, pudo retener al niño, lo que ella no corrió con tanta suerte y se golpeó el pecho contra el volante. Todo el aire de sus pulmones escapó de súbito, su lengua yéndose hacia atrás y taponando las vías respiratorias, con lo cual le era imposible volver a jalar una bocanada. Intentó desatascar su propia lengua de su garganta, pero no podía, limitada a producir ruidos de asfixia y a ponerse cada vez más morada.

Comenzó a escuchar los gritos de la gente que la veía ahogarse, mas nadie acudió en su auxilio. Perdió el control de su don volviendo a Yerik visible, quien lloraba en silencio. Repentinamente, apareció Astucieus en su campo de visión, mismo que ya empezaba a tachonarse de puntos negros.

«Astucieus…me muero…»

«No, Gabs, no te vas a morir…» —los ojos del Garque se contornearon de rojo, Gabriella sintió su lengua desenredarse de a poco, lenta y dolorosamente: «Vamos…maldición…desatáscate…»

«Astucieus…» , Gabriella puso los ojos en blanco: «No…puedo…más…»

El hombre la tomó por los hombros.

«¡No, no, Gaby, quédate conmigo! —se aterró el Garque al verla languidecer. Mas con un chasquido, la lengua de la mujer por fin se desenroscó, Astucieus no lo dudó dos veces y  tras abrirle la boca con su don de manipulación, le metió dos dedos hasta tirar del órgano y aplastarlo al frente. Utilizando todavía su don, obligó a los pulmones a inhalar aire, Gabriella recobró la consciencia y tosió con fuerza a la par que respiraba ya libre de la obstrucción—. Gracias, Tamara… ¿estás bien, Gabs?

Ella asintió, mas de pronto sollozó y se abrazó a Astucieus, quien se vio desconcertado los primeros segundos, no obstante le regresó el gesto a los instantes siguientes, además de depositarle un suave beso en el cabello.

—¡Un niño menor de doce siglos! —bramó de improviso la voz del hombretón, con un grueso dedo señalaba a Yerik—. ¡Está prohibido que suban niños menores de doce siglos, está…!

—¡Cállate! —vociferaron Astucieus y Yerik a un tiempo.

El hombre se quedó balbuceando un montón de cosas inteligibles. Yerik, ya recuperado, abrazó a la Garque la cual pareció agradecer el gesto, porque se tranquilizó lo suficiente como para separarse de Astucieus.

—Creo que es mejor que nos vayamos —le susurró él a Gabriella—, estamos llamando mucho la atención.

Gabriella asintió, se quitó el cinturón de seguridad, hizo lo mismo con Yerik y tras sacar su propio pañuelo, se limpió los ojos y se sonó la nariz. A continuación, aceptó la ayuda de Astucieus para salir del carrito, Yerik los siguió dando saltitos.

La siguiente parada la hicieron en un puesto de algodones de azúcar, en donde Astucieus compró uno para cada uno antes de proseguir al juego de canicas. Los adultos no sabían si lo hacía al azar o a consciencia, pero Yerik tiraba las canicas siempre a las cifras más altas, con lo que al final se ganó una alcancía  que representaba a Zehel en todo su esplendor.

—Nopes —dijo el niño y señaló el tablero con las canicas todavía estratégicamente encajadas en los agujeritos con números debajo—. Tengo cincuenta y cinco puntos, lo que me hace ganadod de un pemio más gande.

El dependiente del juego, un hombre medio desdentado, le gruñó de lado a Yerik y señaló una hilera de peluches que había en lo alto de una estantería.

—Escoge uno —fue todo lo que le dijo.

—¡Quiedo el dagón! —exclamó Yerik con entusiasmo—. ¡El dagón blanco con nego!

—¿Quién te enseñó a sumar, Yerik? —le preguntó Astucieus estupefacto.

—Mi abuelito —respondió el niño con la nariz alzada—. Es fácil, papi. También sé destad.

—¡Tenemos un niño súper inteligente! —celebró Gabriella y abrazó a Yerik por la espalda. El pequeño rubio recibió su peluche y lo espachurró, contento—. Y no es un dragón cualquiera, mi cielo, es un kodoran, un dragón mágico muy especial. Se identifica por tener los ojos de color verde, ¿lo ves? Los dragones comunes los tienen negros.

—Ah…ya entendí.

—Bueno, enano, ¿a qué juego quieres subirte ahora? Y escoge bien, porque solo me queda dinero para dos juegos más.

—¡A la dueda de la fodtuna! —miró a los dos adultos—. ¿A ese juego sí nos podemos subid los tes, vedad?

—Por supuesto —Astucieus lo cargó y lo puso sobre sus hombros—. Vamos.

Gabriella caminó a la par de ellos, sintiéndose dichosa a pesar del susto que se había llevado en los carritos chocones. Quedó maravillada con el juego de la rueda de la fortuna ya que, en vez de tener los clásicos asientos con su barra protectora, tenía unas mini pagodas hechas a base de pura herrería y en la cual te metías para disfrutar del trayecto. Y fue un trayecto espléndido, Yerik gritaba de alegría y alzaba los brazos cada que iban de bajada. Una vez terminó el juego, se encaminaron a su última parada, el carrusel de unicornios, que estaba armado con unicornios de verdad, solo que estos eran incapaces de despegar los cascos del suelo giratorio del carrusel.

—¡Miren! —exclamó Gabriella de repente—. ¡Están sacando fotos para entregártelas dentro de llaveritos en forma de corazón! ¿Nos sacamos una? Yo lo pago —agregó al ver cómo Astucieus contaba las monedas que le quedaban.

—¿Segura? —preguntó Astucieus dubitativo—. Si no están muy caros, puedo pagarte uno…

Ella negó con la cabeza.

—Olvídalo, lo pago yo. Prácticamente tú has invitado toda la salida a la feria. Vamos, que quiero que nos saquen la foto arriba del carrusel con Yerik.

Se acercaron al discreto pero bien ubicado módulo de fotografía, Gabriella fue quien apalabró todo y, luego de comprar la entrada de Yerik para el carrusel, sentaron al niño en uno de los unicornios y se colocaron detrás de él, Gabriella sintió un estremecimiento placentero cuando Astucieus le pasaba un brazo alrededor de la cintura y la atraía hacia sí. Se animó a recostar la cabeza sobre su pecho, su oído captando el rítmico latido del corazón del hombre.

—¡A la una… —comenzó a contar el fotógrafo, con un mushirokusa plateado  en la espalda—, a las dos…y a las tres… ¡digan «feliz»!

—¡Feliz! —soltaron Yerik, Gabriella y Astucieus a un tiempo.

Hubo un Flash desde los ojos del inmenso escarabajo que dejó medio turulatos a todos, después, el fotógrafo maniobró las patitas del animal y tras asentir, Gabriella y Astucieus bajaron del carrusel.

—Agárrate fuerte, enano —le dijo el Garque a su primogénito—. Y recuerda, no azotes al pobre unicornio, que no puede despegar las patitas del carrusel.

—Sí, papi —dijo Yerik y acarició la larga y plateada crin del animal, que dio un relincho contento—. Qué bonito edes…

El carrusel se puso en marcha y Yerik se agarró a las riendas con un grito ahogado, más, al sentir cómo el unicornio movía su grupa de arriba abajo, haciéndolo rebotar alegremente sobre él. Astucieus y Gabriella le decían adiós cada vez que pasaba delante de ellos, al terminar el juego los tres se dirigieron a la cabina fotográfica en donde le entregaron a Gabriella un llaverito en forma de corazón con la foto que se habían sacado dentro. Conforme con el resultado, Gabriella pagó su recuerdo y se lo metió en uno de los bolsillos de su kimono. Estaban a punto de teletransportarse a la casa de los Offen cuando les llegó el mensaje telepático.

«¿Astucieus? ¿Gabriella? ¿Dónde están?»

«¿Elizabeth?», Astucieus se acomodó mejor a Yerik entre sus brazos, el pequeño ya entrecerraba los ojillos de cansansio: «¿Qué sucede? Estamos en la feria, pero ya vamos para la casa de los Offen.»

«¡No! ¡Quédate donde estás, Astucieus! ¡Bryant y Megan están donde los Offen!»

Astucieus y Gabriella intercambiaron una mirada de circunstancias.

«¿Y qué hace la señora Dadle en casa de los Offen?». Quiso saber la Segunda.

«Quiere ver a Yerik. Patricia le ha dicho que tú y yo nos lo hemos llevado a la feria, pero ella dice que esperará a que regresemos para verlo.»

—Entonces dame al niño —habló Gabriella y extendió los brazos hacia Astucieus—. Y espérame en un lugar…privado —agregó y le dio un frugal beso en una mejilla.

El Garque cedió, mas Yerik se despertó al intercambiar de brazos, sus ojitos dilatados y confundidos miraron a todas partes.

—¿Qué pasó? ¿Ya llegamos a casita? Mami, Quiedo mi lechita con chocolate.

—No, corazón, todavía no llegamos, de hecho vamos a conocer a una mujer delante de la que no me podrás llamar mami, ni mencionar nada sobre tu padre, ¿me entiendes?

—Sí, ma…Gaby.

—Muy bien, vámonos. «Elizabeth, ¿dónde estás?»

«En la salida de la feria. Aquí te espero.»

Gabriella tomó distancia y desapareció, reapareciendo al lado de una Elizabeth que todavía llevaba el uniforme.

—¿Qué haces aún con el kimono reglamentario? —le preguntó Gabriella a su amiga mientras le pasaba el dragón de peluche para poder acomodarse mejor a Yerik entre los brazos—. La jornada terminó a las seis de la tarde y…

—Para ti, la jornada terminó a las seis de la tarde —la interrumpió Elizabeth con los ojos en blanco pero con una sonrisa—. Porque mientras tú  te ibas de rositas con Astucieus, yo me quedé sacando todos sus pendientes.

Gabriella se puso colorada.

—Yo…lo siento, Lizz…

Ella realizó un ademán indiferente.

—No sufras —dijo y le guiñó un ojo a su subordinada—. Para eso estamos las amigas, ¿no?

Gabriella esbozó una tímida sonrisa.

—Sí, supongo que sí.

Ambas se teletransportaron a la casa de los Offen, en donde Megan se puso en pie nada más verlas materializarse.

—¿Qué son estas horas de llegar? —les increpó con su habitual mal talante—. Son casi las diez…el niño tiene que levantarse temprano mañana para ir a la guardería. Pero con lo agotado que lo dejaron…

—Mañana es fin de semana, señora Dadle —la cortó Gabriella entregando a Yerik a la señora Offen. Esta vez, el pequeño ni se inmutó—. Podrá dormir todo lo que quiera. Además, si nos hemos tardado tanto ha sido porque quería subirse a un montón de juegos, y no pudimos evitar darle gusto.

—Pero si la prensa las ve con ese niño, pensará que es su hijo y…

—No pensarán nada, porque el niño no se parece a ninguna de nosotras —intervino Elizabeth—. Medio mundo sabe que es hijo de Beryl Wonna, aunque el secreto sobre quién es su padre se lo haya llevado ella y la señora Txaran a la tumba.

Megan bufó.

—De todas formas, yo deseaba entrevistarme con él…pero me lo han traído dormido. ¿Qué se supone que haga ahora?

—¿Volver otro día? —sugirió Elizabeth con una ceja arqueada.

Megan la apuntó con un dedo, amenazante.

—No quieras pasarte de lista conmigo, Monanti. ¿Crees que tengo todo el tiempo del mundo? Y por si fuera poco, cada vez que vengo necesito de una escolta —señaló a Bryant con un ademán exasperante—. ¿O es que deseas que tu novio arriesgue la vida cada vez que venga a ver al niño?

—Por si no lo ha notado, señora Dadle, cada uno de nosotros va a tener que arriesgar su vida cada vez que usted quiera venir a ver a Yerik. Hoy le tocó al señor Dikoudis, pero mañana puede tocarme incluso a mí. Así que le recomiendo deje sus rabietas para otro momento porque, como bien dijo, es tarde y creo que debería marcharse.

La erudita abrió y cerró la boca, roja de la rabia, empero se volvió hacia Bryant con brusquedad y le dijo.

—Vámonos ya, señor Dikoudis —el castaño le tendió un brazo que ella agarró con sus uñas como garras—. Volveré, señorita Monanti, y esta vez nadie me impedirá hablar con ese niño.

—Despreocúpese, señora Dadle, no es tal nuestra intención.

La mujer tembló, pero desapareció junto con Bryant al quedar envuelta en puntos de luz.

—¡Wow, Lizz, eso es tener carácter! —saltó Gabriella—. A mí las piernas comenzaron a temblarme cuando esa vieja sacó lo de la prensa…pero tú te la sacudiste de forma magistral.

—Sí, Gabs, pero ella tiene razón: si ven a Yerik con Astucieus y contigo demasiado seguido, podrían sacar conclusiones apresuradas. Mas, si conectan el parecido de Yerik con Astucieus.

Gabriella asintió, su entrecejo fruncido.

—Tienes razón, la próxima vez nos disfrazaremos.

Elizabeth cabeceó.

Luego de despedirse de los Offen, las dos Garque se teletransportaron rumbo al Templus, aunque en direcciones opuestas. Gabriella tenía planeado darse una ducha rápida antes de contactar a Astucieus por telepatía, sin embargo, cuál fue su sorpresa al encontrar al hombre envuelto en una bata negra, sentado al borde de su cama.

—Astucieus —tartamudeó y cerró la puerta de golpe—. ¿Qué…qué haces aquí?

—Dijiste que te esperara en un lugar privado —le sonrió él de lado—…y tu habitación me pareció un lugar más que privado.

Se levantó, sus ojos fijos en ella, como los de una serpiente, hipnotizante, atrapantes. Gabriella no pudo moverse, su respiración entrecortada, su corazón a mil por hora. Astucieus le dio alcance y la rodeó por la cintura, sus labios rozando los suyos en una caricia sensual, juguetona, su nariz se desvió hacia su cuello e inhaló profundo, guardando en sus memorias el aroma dulzón de su perfume.

—Tan hermosa… —murmuró el hombre contra su oído. Gabriella se estremeció y suspiró—. Tan auténtica…eres única, Gabriella Altus.

—Bésame —susurró la pelirroja echándole los brazos al cuello—. Acaríciame, Astucieus…

Él regresó su atención a los labios de la mujer. Los recorrió con un dedo pero no los besó, Gabriella abrió entonces los ojos y los fijó en los oscuros de Astucieus, hambrientos pero dudosos de si debía o no dar rienda suelta a su pasión.

—¿Estás segura de esto? —le interrogó él y acarició una de sus mejillas con el dorso de su mano—. Ten en cuenta que nos llevamos diez siglos de edad y… —Gabriella rio—. ¿De qué te ríes?

—De que eres un amor —ella le besó la punta de la nariz—. Olvidas que estuve con un hombre que me llevaba eones de edad. No me importa cuántos siglos nos llevemos, Astucieus Thrampe, lo único que me interesa es lo que siento aquí —le puso una mano sobre su acelerado corazón—, y aquí —le llevó la otra mano a su entrepierna, cálida y húmeda pese a las telas que la cubrían—. Así que déjate de rodeos y acaba de besarme…

Él obedeció. Atrapó su labio inferior y lo relamió, mordisqueándolo hasta que la hoyó gemir. Despacio, sus manos hicieron arte sobre su espalda y abdomen, todo por encima de la tela del kimono, y aun así, Gabriella se sentía arder. La mujer hundió sus manos en la cabellera de Astucieus y ejerció una ligera presión, gesto que el hombre interpretó como que podía intensificar las caricias. Pero él quería tomarse su tiempo, sin apresurarse. ¿Para qué apresurarse?

Su lengua buscó la de Gabriella y la saboreó, siempre suave, sin prisa. Ella echó la cabeza hacia atrás y él bajó por su cuello entre besos y mordiscos, sus manos comenzaron a quitarle las capas y capas de tela que la recubrían. Conforme su piel quedaba al descubierto, Astucieus la marcaba con sus besos y caricias, Gabriella no tardó en despojarlo de la bata negra y así, los dos caminaron hacia la cama imperial que había al fondo. Astucieus lamió cada una de las cicatrices del cuerpo de Gabriella, mientras que ella recorría la larga y perlada que sobresalía en su abdomen.

—Te amo… —susurró Astucieus—. No sé cuándo ni cómo, pero estás en mis pensamientos a diario, a todas horas. Te has convertido en la mujer de mis sueños, Gabriella Altus.

—Astucieus… —las manos de la mujer divagaban entre la espalda, los hombros y el pelo del Garque—. Dilo de nuevo, di que me amas y júrame que nunca me vas a abandonar…

—Te amo…y juro por mi hijo que nunca te voy a abandonar…

Astucieus se irguió y alcanzó el preservativo que había dejado sobre la mesita de noche. No cometería el mismo error que cometió con Beryl. Lo destapó y tras colocárselo con precisión, alineó su cuerpo con el de Gabriella, quien lo recibió en su santuario de alegría y calor. Él salió y entró en ella, primero con decadencia y luego cada vez más rápido, Gabriella moviéndose a la par suyo, jadeando y sintiendo cómo el corazón le retumbaba dentro del pecho, con tanta fuerza que creyó que se le escaparía.

—Astucieus…no…puedo…

—No pienses, Gabs —él unió su mente con la femenina, sus ojos contorneados de rojo al transmitirle todo lo que ella  le estaba haciendo sentir—. Solo…déjate llevar…

Gabriella así lo hizo. Y fue así que compartió con Astucieus más que un orgasmo, compartieron sensaciones, sentimientos e ideas. Fue una cosa que Gabriella nunca había experimentado, ni siquiera con Maks, por lo que se aferró a ello y lo disfrutó al máximo.

—Te amo… —murmuró la pelirroja una vez el torbellino hubiese pasado y los ojos de Astucieus hubiesen vuelto a la normalidad—. Te amo tanto, Astucieus, tú y tu hijo se han robado mi corazón.

—Y tú el nuestro —él la besó—. Prométeme que no le harás ningún tipo de daño a Yerik, Gabriella.

—Te lo prometo…cuidaré de tu hijo como si fuera el mío, Astucieus. Es una promesa.

Él asintió, y volvió a unir su boca con la de ella.

 

 



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