Historia al azar: De aquel castigo
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Destino 03. Marte » Realidades (parte I)
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Viernes 16 de Octubre de 2020, 21:15
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Realidades (parte I)

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Realidades (parte I)

 

—¿De Priscilla? —repitió el hombre con el ceño arrugado—. ¿Y eso tú hablando con…?

—Priscilla está muerta, Maks —lo cortó Gabriella sin el más mínimo tacto—. Murió tras dar a luz…a tu hija.

—¿Qué? —Maks palideció y se aferró a su escritorio—. Gabriella…sé que nunca te cayó bien Priscilla, pero esto…esto sí es una broma de muy mal gusto.

—No bromeo, Maks. Priscilla está muerta. Y dejó huérfana a una niña de dos siglos. Sé honesto conmigo, Maks, ¿tuviste o no relaciones sexuales con Priscilla? —el erudito cerró los ojos, como si no pudiera mirarla a la cara—. Maks…dime la verdad…

—Sí…—confesó en lo que casi fue un murmullo—. Pero fue después de que tú me dejaras. Y lo hicimos una vez… —se llevó las manos a la cabeza—. Solo una vez…pero sin protección…por mi señor Chronos, ¿por qué no me notificó nada de su embarazo? ¿Y cómo estás tan segura de que la niña es mía?

Gabriella bufó.

—Basta con que la veas. Es toda tu estampa —se cruzó de brazos—. Y por si fuera poco, heredó tu heterocromía: tiene un ojo rojo y otro azul.

—Por los Dioses… ¿qué voy a hacer ahora?

—¿Reclamarla? —sugirió Gabriella como si fuera lo más obvio—. O si dudas de que sea tuya, hacerte la prueba de paternidad.

—Tú no lo entiendes, Gabriella —Maks negó con la cabeza—. No puedo traerla aquí. Yo…no estoy preparado para cuidar de una niña tan pequeña…

—¿Qué? —Gabriella le dedicó una mirada entre atónita y furibunda—. ¿Me estás diciendo que la vas a abandonar en el Oráculo, sin protección ni nada? ¡Es tu hija, por todo lo santo! ¡No puedes dejarla así como así!

—¡Es una pitonisa de dos siglos! —estalló Maks puesto en pie—. ¡Yo solo he cuidado a niños de ocho para arriba, no a menores! —Gabriella se echó a reír—. ¿Qué es tan gracioso, si se puede saber?

—¿El gran Maks Kotoro le teme a una bebita de dos siglos? —Gabriella se levantó, su rostro encaraba al de Maks con determinación e ira—. Tuviste el descaro de revolcarte con una pitonisa sin usar protección, ahora ve y asume las consecuencias de tus actos, cabronazo de mierda.

—No te permito que me hables…

—¡Al diablo la educación! —gritó Gabriella y dio un puñetazo contra el escritorio—. Esa niñita necesita de sus padres, las pitonisas apenas y la quieren, le descubrí un moratón en uno de sus muslitos mientras jugaba con ella…Te necesita a ti, Maks. Eres todo lo que le queda.

El erudito se dejó caer de regreso en su silla, su faz oculta entre sus manos.

—Sal de mi oficina, por favor.

—Ah, no, no me voy a ir hasta saber que esa pequeña va a estar bien…

—Gabriella, te agradezco todas las molestias que te has tomado con respecto a mi hija pero, ahora, necesito pensar. Así que, de la manera más amable, te pido que te retires.

—Pero…

—¡Que te vayas!

Gabriella no se movió, temblaba de cólera y tenía unas inmensas ganas de abofetear y zarandear a aquel hombre, y no evitó el compararlo con Astucieus, quien se desvivió por Yerik desde el instante en que lo supo huérfano de madre.

—Se llama Pythia —dijo con voz contenida—. Pythia Zukuweit, por si te decides a ir a verla.

Se dio la media vuelta y abandonó el lugar, dando un portazo tras de sí.

El resto de la tarde transcurrió lento y monótono, pero sobre todo, irritante. Gabriella estaba tan frustrada y molesta que a duras penas le tuvo paciencia a Túux, cuando Elizabeth llegó a dejárselo. Por  fortuna, su gobernadora no preguntó nada sobre su estado de ánimo, mientras que Túux debió leer sus emociones porque se mostró muy bien portado y  se dedicó a dibujar y colorear en un rincón del despacho.

A las seis de la tarde, una vez hubo terminado la jornada, Gabriella recogió sus cosas y a punto estaba de irse cuando alguien llamó a la puerta.

—Adelante —suspiró y  volvió a sentarse, hacía rato que Bryant se había llevado a Túux.

La puerta se deslizó sola hacia dentro, Astucieus fue quien atravesó el umbral, con cara de agotamiento puro.

—Hola, Gabriella —la saludó y se acercó a donde ella estaba, si bien no ocupó una de las sillas—. Disculpa que te atrape en tu hora de salida pero, me preguntaba si querrías hacerme el favor de acompañarme a ver a Yerik.

—¿Tiene que ser hoy? —la mujer se deslizó unos centímetros en su asiento, exhausta—. No te lo tomes a mal, Astucieus, pero he tenido un día terrible. Sin contar con que traigo un dolor de cabeza de los mil demonios porque no he comido nada desde el desayuno.

—Entonces déjame invitarte a comer algo, Yerik quiere que vayamos a una feria que se ha puesto cerca de la casa de los Offen.

—¿Y cómo sabes que Yerik quiere ir allí, si no lo has visto?

Astucieus hinchó el pecho con orgullo.

—Parece que ha desarrollado otro don —dijo muy orondo—. Me ha contactado por un canal telepático.

Gabriella arqueó una ceja.

—Ese niño es demasiado listo y habilidoso para su  propio bien —cabeceó—. De acuerdo, iré con ustedes a esa feria.

—Gracias, verás que no te arrepentirás. Te compraré de esos Nuggets de pollo empanizado que vienen con sus salsitas de sabores —le guiñó un ojo y  le tendió una mano—. Vamos, Yerik debe estar impaciente.

Llegaron a casa de los Offen en medio de una explosión de luz. Nada más verlos, Yerik, que jugaba con unos cubos armables en el suelo, se levantó y corrió a abrazar primero a  Astucieus y después a Gabriella.

—¡Viniedon, viniedon, viniedon! —exclamó el niño muy contento—. ¿Vamos a id a la fedia, papi?

—Sí, campeón, lo que primero vamos a pasar a comer algo, porque tu madre se muere de hambre.

A Gabriella le dio un vuelco el corazón al oír aquello último. Astucieus nunca la denominaba como «madre» de Yerik, porque aquello implicaba que los dos tenían algo, cosa que el hombre también pareció darse cuenta porque carraspeó y soltó la mano de la mujer.

—Y dime, mi niño guapo, ¿cómo te va en la escuela? —le preguntó ella para cambiar de tema.

—¡Muy bien, mami! Aunque hay niños malos que me quieden adancad mi leto, dicen que padece piedita de niña.

Gabriella se agachó para quedar al nivel del niño y estrechó los ojos, con lo cual pudo ver las marcas rojizas alrededor de la gema blanca que Yerik portaba justo en el centro de su frente. Asimismo, notó los disímiles arañazos que el pequeño tenía esparcidos por toda la cara.

—¿Y les has dicho de esto a tus maestras, corazón?

Yerik asintió vigorosamente.

—Coden a quitádmelos de encima cuando ven que mis manos se dodean de chispitas…

—¿Chispitas? —repitió Astucieus severo—. Yerik, ¿cuántos dones llevas desarrollados?

El niño llevó los ojos al techo y comenzó a contar.

—Cuato —dijo y alzó cuatro de sus deditos—: la tele-tans-pod-tación, la cudación, la oída de la mente de las pedsonas y mis chispitas.

—Yerik, tienes que tener cuidado con tus chispitas —le dijo su padre arrodillado también para quedar a su nivel—. Puedes lastimar a alguien, o incluso matarlo.

—¡Pedo papi, los otos niños me dasguñan! —dijo Yerik y se llevó las manos a la cara—. Y no puedo cudadme dápido, no sabo cómo…

Gabriella rio entre dientes, antes de acariciarle el pelo con cariño.

—Se dice: «sé», no «sabo», mi niño —agregó y le besó la frente—. Y para curarte rápido tienes que concentrarte, imaginar cómo tus heridas se van cerrando poco a poco hasta dejar piel limpia y sana.

—¿Por qué no lo intentas ahora? —sugirió Astucieus—. Los arañazos que te quedan son chiquitos, ya casi ni se ven.

—Bueno… —Yerik miró a uno y luego a otro—. Está bien, lo intentadé.

Cerró los ojos y apretó las manos en puños, su ceño fruncido de concentración. Pasaron dos, tres minutos…entonces, las ligeras líneas carmesí comenzaron a desvanecerse, hasta que por fin no quedó ninguna. Fue que Yerik jadeó y abrió los ojos, ambos adultos lo recibieron con palmas de entusiasmo.

—¿Lo conseguí? —preguntó el infante—. ¿Pude cudadme?

—¡Todo todito! —Gabriella le pasó su espejo de bolsillo, Yerik sonrió con amplitud al ver su piel limpia de arañazos—. ¡Mi niño es grande grandote!

Gabriella tomó en brazos a Yerik y lo alzó en el aire, dando vueltas hasta que el recuerdo de la pequeñita Pythia estalló en su mente, haciendo que toda la rabia e impotencia volvieran y la hicieran romper en llanto, mientras abrazaba a Yerik con fuerza.

—¡No llodes, mami! —se alarmó el niño y se revolvió para verla a la cara—. ¿Quiedes que cude a la bebita dubia de tu mente?

—Oh, Yerik…hasta tú muestras más compasión con ella…no, mi amor, ella…ella estará bien.

—Gabriella… —Astucieus le quitó al niño con cuidado y lo puso en el suelo—. ¿De qué bebita habla Yerik? Y tú, enano, no se hace eso de meterse en la cabeza de la gente sin su permiso —añadió y le dio un coscorrón a su primogénito.

—¡Ay! ¡Papi, no lo hago apopósito! ¡Es que la gente piensa muy fuedte!

—No culpes al niño, Astucieus —ella aceptó el pañuelo que el hombre le tendía—. Yo…no pude evitarlo, se trata de la hija de Maks pero…este no quiere reconocerla y la madre, Priscilla, murió en el parto. Y ya sabes lo susceptible que soy con los niños huérfanos de madre…

—Bueno…si quieres, podemos volver a la pirámide y dejar la ida a la feria para mañana.

Gabriella miró a Yerik. En secreto, el niño le pestañeó y le hizo un puchero adorable. Gabriella lo picó con un dedo en las costillas.

—No, vayamos hoy —dijo y recuperó la sonrisa al ver al rubiecito celebrar en silencio—. No se me olvida tu promesa acerca de los Nuggets de pollo.

Luego  de que Yerik recogiera sus juguetes, él, su padre y Gabriella salieron de la casa de los Offen, caminando y entremezclándose con la gente de la feria como una familia más, con el niño tomado de sus manos entre ambos. Llegaron a un puesto que vendía pollo frito, para acto seguido localizar una mesa libre entre todas las que ya estaban ocupadas.

—Allí hay  una —anunció Astucieus de repente y soltó a Yerik para que corriera a apartarla en lo que él y Gabriella vadeaban el resto de mesas hasta alcanzar la suya—. Muy bien, ustedes espérenme aquí, voy  a pedir un cubo de Nuggets.

—¡No olvides las salsitas de sabodes, papi!

Astucieus despeinó a su hijo con cariño.

—Claro que no, enano. Espérame aquí y hazle caso a Gabriella en todo, ¿de acuerdo?

—Sí, papi.

Astucieus se alejó, Gabriella aprovechó para entablar una amena conversación con Yerik.

—¿Y a qué juegos vas a querer subirte, corazón?

—¡A los caditos chocantes, mami! —exclamó él con emoción—. Son nuevos —le explicó al ver su cara confusa—. Padecen unos zapatos gandotes, en donde te metes y conduces muy dápido, chocando a otos caditos como el tuyo. ¡Pum, pum, pum!

—¿Y tú cómo sabes todo eso?

Yerik se señaló la sien y sacó un pedacito de la lengua.

—Lo vi en las mentes de las pedsonas que pasan pod la casa —dijo con aire de catedrático—. También me quiedo subid a la dueda de la fodtuna, al caducel de unicodnios y quiedo jugad canicas.

—Vaya, quieres hacer muchas cosas…pero primero hay que ver si te dejan subir a todos esos juegos, mi amor, porque imagino que deben tener rango de edades.

—¿Qué es dango de edades, mami?

—Significa que dependiendo tu edad o estatura, es al juego donde te dejarán subir.

Yerik hinchó el pecho, y Gabriella tuvo que aguantar la risa por lo similar que se veía a Astucieus.

—Pedo mami, yo soy gandote, segudito me dejan subidme a todos los juegos.

Gabriella le acarició una mejilla.

—Ya lo veremos, ya lo veremos.

—Mami, ¿te puedo peguntad algo?

—Lo que quieras, mi amor.

—¿Pedo pometes que no vas a llodad?

Gabriella no contestó. Permaneció meditabunda unos segundos, sabedora de por dónde iba a ir la pregunta de Yerik, mas al final asintió.

—Te lo prometo.

—La nenita dubia de tu mente…Pyth…Pythia… ¿está enfedma de los ojitos?

Gabriella rio.

—No, corazón, lo que pasa es que tiene un ojito azul y uno rojo. Así nació, no es que esté enferma ni nada por el estilo. ¿Por?

—Ah…—el niño se ruborizó y a Gabriella se le derritió el corazón—. Es que me gustan sus ojitos. Mas, el de colod dojo.

—Bueno, si la vuelvo a ver, te prometo que te la presento.

—¡Gacias!

Astucieus tardó en llegar unos minutos más, por lo que al poner al centro el cubo de Nuggets aún humeantes al centro, Gabriella y Yerik no pudieron sino babear y aguantarse las barrigas rugientes.

—¡Yo quiedo cinco Nuggets papi, yo quiedo cinco Nuggets! —demandó Yerik con su platito de cartón entre las manos.

—Claro que sí, campeón. Sólo déjame partírtelos a la mitad porque están muy calientes.

—¿Aderezos de qué trajiste? —preguntó Gabriella destapando los trastecitos donde venían las salsitas.

—Agridulce para Yerik, Mostaza con miel para ti y Jamaica para mí.

—¿Cómo sabías que me gustaba el aderezo de mostaza con miel? —le cuestionó la pelirroja asombrada.

Astucieus hizo un ademán indiferente.

—Alguna vez lo mencionaste en el comedor.

Gabriella no habló, aunque su asombro continuó más que latente. Si Maks había adivinado alguna vez alguno de sus gustos, estaba segura que era gracias a su don de la telepatía, no a haberle prestado atención una sola vez a alguno de sus comentarios.

—¿Y yo, cuantos me puedo comer? —preguntó y se asomó al cubo—. Porque me muero de hambre.

—Tenemos derecho a diez cada uno, pedí una orden de treinta.

—Entonces, me comeré los diez que me tocan.

—Y yo… ¿puedo guadad mis otos cinco Nuggets pada el desayuno de mañana, papi?

—Olvídalo, Yerik, me los voy a comer yo. Para mañana ya van a estar todos patitiesos y, además, no pienso cargar con el cubo por toda la feria solo por cinco Nuggets.

Yerik iba a protestar, pero se tragó sus quejas en cuanto su padre le puso el plato repleto de mitades de Nuggets enfrente.

Comieron sin intercambiar palabra, demasiado hambrientos como para desviar la atención de la comida. Al terminar los invadió un agradable sopor, al menos para los adultos, porque Yerik estaba listo para ir a recorrer la feria de cabo a rabo.

—¡Vamos a los caditos chocantes! —proclamó puesto en pie—. ¡Vamos, vamos, vamos!

—Yerik, ¿no puedes esperar quince minutos a que nos haga digestión la comida? —el niño negó con la cabeza—. De acuerdo, vamos allá… —recogió los platos, los recipientes y el cubo de cartón—. Pero cada quien carga con su botella de agua.

—¡Pometido, papi!



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