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Destino 03. Marte » Encuentros (parte II)
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Domingo 15 de Noviembre de 2020, 14:23
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Encuentros (parte II)

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Encuentros (parte II)

 

Kaled terminó de alinear los ensayos que sus alumnos le habían dejado sobre el escritorio, antes de meterlos en una carpeta y asegurarlos con un broche de palanca.

—Bien, ahora solo tendré que encerrarme en uno de los cubículos privados de la biblioteca para calificarlos… —chistó con fastidio—. Por eso quería la plaza en el Oráculo de Delfos.

—No sufras, creo que estoy a punto de descubrir las lentillas que te cambiarán la vida…

—¿Ramses? —la korman ladeó la cabeza, todavía sin levantarse de su asiento—. No te oí entrar…

 

—Nunca me oyes entrar —rio el vampiro quien cerró la puerta tras de sí. Con un bisbiseo, la hizo relumbrar y en un visto y no visto, estaba sentado sobre la silla de Kaled, con ella sobre las piernas—. ¿Cómo te fue en tu clase de hoy?

—Ramses, por los Dioses, casi haces que me caiga de la silla…

El vampiro soltó una carcajada.

—No seas exagerada, amor, además, lo tengo todo fríamente calculado —la besó en los labios para después, trazar con la punta de la nariz círculos diminutos en una de sus mejillas—. Por todos los señores del cielo, qué bien hueles…

Kaled soltó una risita entrecortada.

—Eso es porque estás olisqueando mi mejilla recién sanada, la que me mordió la demonio spyda. La piel está muy delgada allí.

—Con razón decía yo que hueles a sangre… —Ramses carraspeó—. Pero todavía no respondes a mi pregunta, ¿cómo te fue hoy?

Kaled soltó un bufido enfadado, y se cruzó de brazos.

—Si tenemos en cuenta que los adolescentes son crueles y les gusta arrojarme bolitas de papel diciéndome: «¿adivine quién se lo ha lanzado, sensei?», bien, creo que me ha ido bien.

Ramses suspiró.

—No sabes cuánto me fastidia que te pasen este tipo de cosas, bonita. Pero espero pronto traer la solución a tus problemas…

—Te lo agradezco mucho, amor, pero creo que utilizaré una carta preventoria que tengo guardada…

—¿Cuál?

—Una charla pendiente con la Segunda, la cual me puede abrir las puertas del Oráculo.

—Vaya, ¿y qué tipo de charla es esa?

—Ah, secreto secretito —la korman lo besó intensamente—. Pero te aseguro que utilizaré todos mis recursos de persuasión para convencerla de apoyar mi causa.

—Mmm, yo también planeo usar todos mis métodos de persuasión…—el vampiro le abrió  la túnica y le cubrió de besos el pecho desnudo—, pero para conseguir que te quites la venda para mí.

Kaled se puso rígida y a la vez, muy pálida.

—¿Qué? —tartamudeó—. Estás…estás bromeando, ¿verdad?  —palpó el rostro de Ramses quien, además de permanecer severo, negó con la cabeza—. No, no bromeas pero…Ramses, sabes que eso es imposible.

—No es imposible —el vampiro le besó ambas manos—. Solo te quitas la venda, abres los ojos y ya está.

—Claro, y a continuación te salto encima y te arranco el corazón. ¿En qué rayos piensas, Ramses?

—En que necesito ver tus ojos para terminar mi proyecto con las lentillas. He estudiado a las korman desde que te conocí en la escuela, pero no es lo mismo saber que una mujer enloquece al ver a un hombre, a tomar nota de cómo se le dilatan las pupilas, o algún otro movimiento ocular que pueda tener. Por eso necesito que te quites la venda. Todo saldrá bien, Kaled, sabes que tengo la fuerza suficiente para retenerte.

La muchacha negó, frenética.

—Olvídalo. Tú no estuviste cuando el incidente con Ian, por Zehel, casi lo mato, si él no hubiera atravesado esa pared yo… —se cubrió la boca con una mano, temblaba entera—. No, Ramses, es muy peligroso, no me perdonaría si te pasara algo.

—No va a pasar nada, Kaled, te mantendré inmovilizada mientras observo tus ojos.

—Ya dije que no —ella se levantó, decidida a alejarse del vampiro—. Es más, vete de aquí, por favor.

—Ni hablar, no me iré hasta obtener lo que quiero —el erudito acortó la distancia que los separaba en un parpadeo y rodeó con una mano la cintura de la korman, para con la mano libre alzarle el rostro hasta su nivel—. Voy a quitarte esa venda, te guste o no.

—¡Suéltame, Ramses! —se debatió ella histérica—. No…no me hagas esto…suéltame o pediré ayuda a gritos…

El vampiro pegó la boca a su oído.

—Hechicé la habitación —le susurró con una parsimonia que hizo a la muchacha estremecer—. Cálmate, corazón, confía en mí, todo saldrá bien.

—Te lo suplico Ramses —gimió Kaled sin poder moverse—, no…no uses la hipnosis contra mí, no soy una de tus ratas de laboratorio… ¡soy tu novia!

—Y precisamente porque eres mi novia necesito que hagas esto…es por tu bien…ahora, quítate la venda.

Como una autómata, Kaled se retiró la venda de los ojos, si bien mantenía estos fuertemente apretados. Ramses, sin inmutarse por los temblores que la sacudían o las lágrimas que le resbalaban faz abajo, le quitó la venda y la arrojó a un lado. Acto seguido, le inmovilizó los brazos contra el cuerpo y volvió a pegar sus labios contra su oreja.

—Abre los ojos, Kaled.

—No… —sollozó la erudita con los párpados temblándole—. Por lo que más quieras Ramses, no me obligues a hacerlo…

—Es por tu bien, mi vida…abre los ojos.

Entonces, pasó: los párpados de Kaled se alzaron con lentitud, sus ojos color vino fijos en la cara del vampiro quien se mantenía inescrutable. Lo primero que ocurrió fue que la muchacha emitió un gruñido bajo, peligroso; sus músculos tonificándose  debajo de las prendas que la enfundaban. Después, pasó lo que Ramses deseaba ver: las pupilas de la joven se estrecharon y contrajeron, hasta volverse finísimas agujas negras casi invisibles.

—Eso es, a eso me refería… —comentó el erudito como quien estudia a un roedor ponerse agresivo ante la inoculación de una sustancia. Mientras tanto, Kaled se retorcía furiosa entre sus brazos—. Ahora, solo aguanta así unos minutos más…

Kaled le gruñó, y en un movimiento certero, lanzó su cabeza hacia delante tal cual víbora al ataque, sus dientes fueron a desgarrar la piel del hombro de Ramses quien gritó pero no la soltó.

—Quita tus sucias manos de encima de mí, asqueroso macho de mierda.

Ramses rio entre dientes.

—Ah, con que puedes hablar durante la transformación…interesante dato… ¿Qué más puedes hacer, lindura?

—Arrancarte la yugular con los dientes, por ejemplo.

Kaled iba a lanzarse contra su garganta, pero ante un destello de los ojos del vampiro se quedó quieta, paralizada en pleno acto.

—Pierde por completo la razón y no le importa despedazar a su presa antes de hacerse con su corazón —habló él más para sí mismo que para su novia—. Mmm, los ojos permanecen dilatados…bien, creo que es todo lo que puedo recoger sin enfrascarnos en una pelea cuerpo a cuerpo —tomó aire y agregó—. Ahora, Kaled, quiero que me escuches con mucha atención: perderás la consciencia en cuanto te suelte, y dejarás que vuelva a colocarte la venda sobre los ojos. ¿Entendido?

La korman soltó una carcajada escalofriante.

—¿En verdad crees…?

—Uno… —comenzó a contar el vampiro, si bien el dolor en su hombro aún palpitaba, eso no desviaba su concentración.

—¿…que tus fútiles artimañas?

—Dos….

—¿…me harán caer?

—Tres.

La soltó. Al principio, dio la impresión de que Kaled le saltaría encima pero no fue así, la korman puso los ojos en blanco y se desmayó, Ramses la sostuvo antes de que golpeara contra el piso.

—Lamento mucho haber tenido que recurrir a estos métodos, preciosa, pero no tenía otra opción —la besó en la frente y la colocó con cuidado sobre el suelo, para por consecuente tomar la venda que había tirado a un lado. Seguido, le cubrió los ojos aún cerrados, antes de darle ligeras palmaditas en las mejillas—. Vamos, pequeña, ya puedes despertar.

La vio arrugar la cara y removerse en su sitio, mas no fue sino hasta que habló que pudo declararla despierta.

—¿Ramses? —preguntó confundida—. ¿Qué…qué hago en el piso? ¿Y por qué huele tanto a san…? —se pasó la lengua por los dientes—. ¡Sangre! —se incorporó de un salto—. ¡Lo hiciste, usaste la hipnosis y tu fuerza sobrenatural para manipularme! ¡Te dije que te atacaría! ¿Qué tan mal herido estás? ¡Por Zehel, dime algo!

El vampiro se echó a reír.

—Cálmate, Kaled, solo me hincaste los dientes en un hombro, pero ya la herida se está sanando. Estaré bien.

—Te odio… —le reprochó ella con la voz rota—. Pasaste por encima de mis deseos como si no te importara, como si fuera otro de tus experimentos…no vuelvas a hacerme algo como esto, Ramses, o no te lo perdonaré.

—Lo siento, amor mío, pero trata de entender, lo hice por un bien mayor, para terminar las lentillas que te permitirán ver sin necesidad de esconderte. Te amo, Kaled Mavra, y nunca haría nada que te hiciera daño.

—Yo…yo también te amo —ella lo rodeó por el cuello con mucho cuidado de no rozarle los hombros, ya que no sabía cuál era el que estaba herido—. Pero no vuelvas a hacerme algo como esto, Ramses, o no te lo perdonaré. No, escúchame —lo cortó antes de que él lo hiciera con ella—. Lo de menos es que tengas la hipnosis y la fuerza sobrenatural a tu favor, una parte de ti es cultroriana y eso te hizo dueño de un corazón, a diferencia de los vampiros natos, si yo te atravieso el pecho te mataría. Y nunca, nunca me perdonaría algo como eso.

Él la besó con suavidad.

—De acuerdo, no volveré a manipularte.

—Más te vale —ella se separó y lo golpeó con suavidad en el pecho—. O juro por todo lo santo que te quedarás sin novia —se levantó—. Ahora acompáñame hasta la biblioteca, que quiero terminar  mi trabajo antes de ir a ver a la señorita Altus.

 

Mientras tanto, cierta guardián pelirroja se aferraba la cabeza con ambas manos. Estaba sola en su oficina, libre de pendientes laborales, mas no de dilemas emocionales.

—Por qué… —dijo al aire—. Por qué tenía que decirle eso…yo…no estoy enamorada de Astucieus Thrampe, ¿o sí?

Cerró los ojos y se cubrió la cara con las manos. Casi al instante, su mente le trajo el recuerdo de una tarde, donde ella y Astucieus jugaban con Yerik a la pelota, el niño en medio de los dos saltaba todo lo alto que podía para interceptar el balón.

—Enano, enanito, Yerik Thrampe es muy bajito —le cacareó el hombre al niño que por más que lo intentaba, no conseguía atrapar la pelota.

—¡No soy enano! —protestó el infante con un nuevo salto y el ceño fruncido—. ¡Es que ustedes lo lanzan muy alto! ¡Mami, aviéntamelo un poquito más bajito!

Gabriella, con una risa entre dientes, hizo rodar la pelota por el piso hasta los pies de Yerik quien, la atrapó y la alzó triunfal por encima de su cabeza.

—¡La tengo, la tengo, la tengo! —canturreó el niño dando brinquitos—. ¡Te toca estar en medio, mami!

—Yerik, ya te expliqué que Gabriella no es…

—Déjalo, Thrampe —lo cortó la mujer con un ademán displicente—. Yo le he dado permiso de llamarme así, aunque él sabe perfectamente que su madre está en el cielo.

—Gaby es mi mami de cadiño —asintió Yerik y fue a abrazar las piernas de la muchacha—. ¿Eso no te gusta, papi?

Astucieus soltó aire.

—No pasa nada, campeón, solo no lo digas delante de extraños, ¿de acuerdo?

—Pometido —Yerik se colocó en el lugar donde antes había estado Gabriella, esta fue a sentarse en posición de loto en medio de los dos varones—. ¡Ahora te toca atapadla a ti, mami! ¡Ahí va!

La arrojó todo lo alto que pudo en dirección a su padre, no obstante Gabriella apenas y estiró los brazos para atraparla.

—Eso es trampa, Altus, ¡esfuérzate por agarrar el balón! —demandó Astucieus quien volvió a lanzar la pelota hacia su hijo.

Entonces sí y, a pesar de hallarse sentada en posición de loto, Gabriella realizó un salto espectacular y atrapó el objetivo en el aire, Yerik estalló en aplausos y vítores.

—¡Tramposa! —exclamó Astucieus y dio una pataleta contra el suelo—. ¡Cuando él la lanzó apenas y alzaste los brazos, pero vengo yo y das un brinco de gimnasia impecable!

—Eso no es trampa, se llama haber llevado gimnasia en tu época de estudiante —Gabriella hizo rodar el balón con un dedo—. Anda, no seas berrinchudo, te toca ir al centro.

—Sí, papito, no seas bebé.

—Ya verán los dos —Astucieus se posicionó en el lugar de Gabriella—. ¡Pagarán caro sus confabulaciones!

Gabriella rio y se descubrió el rostro, ligeramente húmedo a causa de algunas lágrimas que se le habían escapado.

—Oh, Yerik… —dijo con una sonrisa leve—. Tú tienes la culpa de que sienta esta revolución de sentimientos por tu padre… ¿Y ahora qué voy a hacer?

Llamaron a la puerta. Gabriella se apresuró en secarse la cara con un pañuelo de papel que desechó en el cesto de basura.

—Adelante —invitó, y la puerta se deslizó sola hacia dentro.

Quien entró fue Kaled Mavra, guiándose por un cayado de madera largo que movía de izquierda a derecha mientras avanzaba. Una vez cerrada la puerta, Gabriella anunció:

—Puede retirarse la venda, señorita Mavra, solo estamos usted y yo.

Kaled dejó apoyado el cayado contra una de las sillas, antes de quitarse la venda que le cubría los ojos. Al abrirlos, tardó unos segundos en acostumbrarse a la claridad del recinto.

—Buenas tardes, señorita Altus —saludó con una grave reverencia—. Espero no haberla interrumpido en algo.

—Para nada, señorita Mavra, tome asiento, por favor.

—Gracias —ella ocupó un lugar frente a la Segunda—. Imagino que se preguntará qué hago yo en su despacho… —Gabriella le sonrió y asintió—. Bueno, verá señorita Altus, no sé si recuerde nuestra última conversación…

Gabriella estrechó los ojos.

—Sí, más o menos, pero refrésqueme la memoria, si es tan amable.

—Bien pues, hablamos sobre ese pequeñito, Yerik, y sobre el hecho de que debía mantener en secreto lo codiciado que era para Ferzeo…

—Sí, lo recuerdo a la perfección —Gabriella entrecruzó los dedos sobre el escritorio—, también le dije que si podía hacer algo por usted, no dudase en pedírmelo.

—Sí…sobre eso…verá, estuve buscando una plaza en el Oráculo de Delfos, pero me la negaron —torció el gesto—. Sus argumentos fueron que aunque todas eran chicas, también contaban con empleados hombres y visitantes del mismo género, lo que me volvía a mí alguien peligroso.

—Eso me suena a pobres excusas —rebatió Gabriella con el entrecejo fruncido—. ¿Les insistió que en caso de estar en presencia de un caballero, usted se cubriría los ojos?

—Sí, pero no me hicieron caso —la korman dio un manotazo sobre la mesa—. Por eso vengo ante usted, para reclamar que se me haga justicia, e intervenga por mí…por favor, señorita Altus, usted estudió conmigo, sabe que el Oráculo de Delfos es el mejor lugar para mí para trabajar.

—Lo sé pero…existe un pequeño inconveniente, señorita Mavra, y es que dentro del Oráculo hay una pitonisa que no me guarda especial afecto y que por ende, podría interferir en mi negociación con la directora del lugar.

—¿De qué pitonisa se trata, si se puede saber?

—Priscilla Zukuweit.

En contra de lo que Gabriella esperaba, Kaled sonrió.

—En tal caso pierda cuidado, Segunda: hace tiempo que Priscilla Zukuweit dejó este mundo. No es que me alegre particularmente, sobre todo porque dejó una hija huérfana, pero…

—¿Una hija? —la cortó Gabriella al momento—. ¿Sabe cuántos siglos tiene la niña?

—Dos siglos. ¿Por?

Gabriella sintió palidecer. Tuvo que aferrarse al borde del escritorio para resistir el repentino mareo que la había acuciado.

—Bien… —quiso sonreír, pero lo único que consiguió fue formular una mueca—. Iré a hablar en su defensa, señorita Mavra.

—¿De verdad? —el rostro de la muchacha se iluminó—. ¡Oh, gracias señorita Altus, muchas gracias!

—No tiene de qué…ahora, si me disculpa, tengo que ir al Oráculo cuanto antes para zanjar esta situación. Espere mi respuesta para mañana, a más tardar. No me busque, yo le haré llegar una misiva con las firmas y los sellos de su admisión al Oráculo de Delfos.

—Sí, sí, sí —Kaled estrechó y agitó con vehemencia la mano de su Segunda—. Esperaré paciente, señorita.

Se vendó de regreso los ojos y abandonó el despacho tarareando algo. Una vez sola, Gabriella se dejó caer en su silla y se llevó los puños cerrados a las sienes.

—¿Con que solo amigos, verdad, Maks? —dijo con rabia en el timbre—. Pero esta vez no caeré en tu juego…ah, qué demonios, de todos modos iré a ver a esa niña para ver si se le parece.

Se rodeó de puntos de luz y desapareció.

Reapareció a las afueras del Oráculo de Delfos, los guardias la dejaron pasar nada más verla. Bien fuera por su puesto entre los Garque, bien fuera por la cara que debía tener, la recepcionista la hizo pasar al despacho de la directora en cuanto ella solicitó una audiencia con la susodicha.

—Señorita Altus —dijo la directora puesta en pie apenas la vio entrar—. ¿A qué debo la visita de la Jueza mundial de Cultre?

Con gran porte, Gabriella expuso el caso de Kaled y cómo le habían negado la plaza. Nerviosa, la directora expuso sus razones para tal hecho, a lo cual Gabriella argumentó que eso era discriminación y que estaba yendo en contra de la ley al negarle el puesto a alguien que tenía cubiertas todas sus inquietudes. Por fin y tras meditarlo algunos segundos, la directora accedió a darle la plaza a Kaled con la condición de que tomara las precauciones antes mencionadas. Gabriella se comprometió a responder por ella ante cualquier incidente, y antes de arrepentirse de lo que diría, pidió ver a la supuesta hija de la difunta Priscilla Zukuweit.

—Por supuesto que puede verla, Segunda, pero y si no es indiscreción, ¿para que querría hacer tal cosa? No es más que una chiquilla conflictiva…

—¿Conflictiva? —Gabriella arqueó ambas cejas—. ¿Cómo puede ser conflictiva una pequeña de dos siglos?

—Siempre se anda escapando de las cuidadoras —bufó la directora de brazos cruzados—. Y todavía no descubrimos cómo lo hace. Y le encanta ir a jugar con ese gato negro pulgoso —volvió a bufar—. Comienza a darnos verdaderos dolores de cabeza, si me permite decir. Pero venga, la llevaré a la estancia donde tenemos a todas las pitonisas de su edad…Ojalá supiéramos quién es el padre, porque aunque nosotras hacemos todo lo posible, siento que a esa pequeña le hace falta amor.

—Tal vez yo pueda ayudarlas con eso —comentó Gabriella mientras avanzaban. La directora la miró con súbita atención—. Es probable que yo sepa quién es el padre, pero necesito mirar primero a la niña para ver si se le parece. Si es así, no dude que iré a notificarle lo sucedido con Priscilla y esa pequeña…seguro él querrá hacerse la prueba de paternidad.

La directora asintió.

—¿Y cree que quiera llevarse a la niña?

—No lo sé, después de todo, se supone que el Oráculo de Delfos es el lugar idóneo para las pitonisas, ¿no? Y a todo esto, ¿cómo saben que nació siendo una?

—Porque todas las pitonisas, sin excepción, nacemos con una marca en forma de reloj de arena justo en el talón derecho del pie.

Se detuvieron frente a una puerta detrás de la cual se oían multitud de balbuceos y risitas infantiles. La directora no llamó a ella, sino que abrió y entró de primera en la estancia, Gabriella no tuvo problemas para detallarla en toda su amplitud por encima de su hombro. Era un espacio amplio, con cunas y cojines esparcidos por todo el suelo, en donde gateaban un montón de niñitas de entre uno a tres siglos.

—Buenas tardes, Helena. ¿Todo en orden?

—Sí, señora directora —dijo con reverencia la pitonisa de cabello castaño ondulado—. ¿Hay algo que pueda hacer por ustedes? Buenas tardes, señorita Altus.

—La señorita Altus quiere conocer a Pythia, Helena. ¿Dónde está? No la veo por ningún lado…

La pitonisa sonrió y se llevó un dedo a los labios.

—Dónde, dónde se esconderá Pythia… —dijo, y fue caminando de puntillas en dirección a unas cortinas largas que cubrían un ventanal—. Humm… ¿será que está por aquí?

Corrió las cortinas de golpe, dejando a la vista a una pequeñita que bien podría pasar por un ángel, con el pelo rubio peinado en bucles y los ojos eterocromáticos medio cubiertos por sus manitas de dedos separados.

—¡Bú! —soltó la niña la mar de contenta y dio palmadas sin dejar de reír.

«La madre que lo parió…» Pensó Gabriella para sus adentros: «Tiene la nariz y el mentón de Maks…y los ojos…heredó su heterocromía…esa niña es hija suya.»

—Aquí la tiene, señorita Altus.

Gabriella recibió el cuerpecito y no pudo menos que sonreír cuando la nena agarraba con una manita uno de los aretes de flor que Astucieus le había regalado. Podría estar enfadada con los padres de esa pequeña, pero con ella, no. Después de todo, ella no había pedido venir al mundo.

—Hola, Pythia… ¿cómo estás?

—Oa… ¿Quién ées tú?

—Me llamo Gabriella, soy…soy una nueva amiga…pero tú puedes decirme Gaby.

—¿Aby?

—Sí, «Aby». ¿Quieres que juguemos a algo?

—¡Anín! ¡Pumpios, ato!

—Quiere ir al jardín de juegos —explicó Helena ante las miradas confundidas de las otras dos—. Específicamente, a los columpios. Ah, y también quiere jugar con el gato negro que ronda los jardines.

—Bien, entonces condúzcanos al patio de juegos —dijo Gabriella y se acomodó mejor a la niña entre sus brazos—. Creo que tengo un par de minutos para jugar en los columpios.

—¿Está segura, Segunda? —le interrogó la directora titubeante—. No nos gustaría que perdiera su tiempo con una chiquilla huérfana.

—No voy a perderlo, directora —Gabriella se volvió a la mujer mayor y la miró de forma asesina—. Y a partir de ahora, le recomiendo cambiar su actitud hacia esta niña, porque estoy casi segura de que tiene padre, y es alguien muy afamado y reconocido en el Templus.

—Yo…lo siento, señorita Altus. No…no volverá a suceder. Venga conmigo, la acompañaré al jardín de juegos.

Ella asintió con porte, y avanzó detrás de la directora por los largos corredores del Oráculo de Delfos, hasta alcanzar una salida trasera la cual conducía a su destino. No obstante, la mujer apenas pudo jugar con Pythia unos quince minutos, ya que tenía que volver al trabajo y deseaba pasar a ver a Maks para darle la noticia.

—Maks, que bueno que te encuentro aquí —dijo la pelirroja muy seria y se  sentó frente al erudito quien, no tuvo otra opción más que mirarla a la cara si bien parecía estar ocupado en calificar algunos trabajos de sus alumnos—. Acabo de regresar del Oráculo de Delfos, y te traigo noticias de Priscilla.

 

 



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