Historia al azar: Este bebé es un demonio
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Destino 03. Marte » Tres siglos después
Destino 03. Marte (R15)
Por Kajiura
Escrita el Jueves 30 de Abril de 2020, 00:39
Actualizada el Viernes 31 de Julio de 2020, 23:23
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Tres siglos después

I

Tres siglos después

 

Las estrellas danzantes se reflejaron en sus ojos azules, frescos, llenos de orgullo y satisfacción. Los cerró e inhaló profundo. Sus pulmones se hincharon, agradecidos por el aire limpio. La paz rebosó su corazón y, al volver a abrir los ojos, contempló la inmensidad de su ciudad, su mundo, regocijado, libre de la desdicha. Sonrió con ligereza, y los recuerdos de lo vivido durante aquellos tres siglos llegaron a su mente.

Sí, desde la muerte de Aranea habían transcurrido tres siglos. Reponerse no fue fácil, las muertes de Misaki y Egbert le golpearon. Sus cenizas ahora descansaban en la capilla del Templus. También, un nuevo miembro ingresó al grupo: Andrads non Ludere, el erudito antes rechazado por Zehel y, obsesión enfermiza de Kya, quien se empeñaba en volver al joven un poco más sociable. Lo que la cobriza desconocía, era que el muchacho era así por una poderosa razón: su don de nacimiento consistía en provocar un infarto a quienes le tocaran. Elizabeth conocía el motivo, gracias al acceso permitido a los expedientes de sus subordinados, pero lo mantuvo en secreto por propia petición del Garque. Después de todo, éste ya tomaba las medidas de seguridad necesarias, al enfundarse las manos en guantes de cuero turquesa —el color de su kimono— y mantenerse alejado de sus compañeros.

El único asunto oscuro ocurrido en esos años, era la insólita muerte de la presidenta del Saigrés, Itzal Txaran. Gabriella misma realizó algunas investigaciones, mas los resultados no condujeron a nada, salvo a lo que las pistas ya de por sí claras denotaban: la carroza donde iba la mujer había sido atacada por demonios dakill, si bien Itzal fue muerta de un limpio tajo en la garganta. Al congreso se unió  Âgée Folie, una mujer vivaracha y algo loca, alucinada con aumentar la unión del grupo. Megan, quien ahora era la presidenta, le traía inquina, incluso se atrevía a decir que superaba la profesada a Astucieus.

Quien continuaba con el puesto de Ministro. La razón era que Zehel había tenido una «amistosa» charla con él, en donde el Dios le persuadió de conservar el puesto. Los miembros del Saigrés no protestaron, tampoco lo hicieron los Garque—excepto Gaby, que ya se ilusionaba con mirar a Astucieus un nivel más abajo—y, desde luego, Elizabeth no se quejó. Yerik crecía fuerte, ya caminaba y hablaba. A Elizabeth le encantaba fastidiar a su amigo diciendo que el niño era mucho más comunicativo que él. Le conmovía ver el lado paternal del hombre, al jugar o escuchar atento las largas pláticas de su hijo acerca  de su vida con los Offen.

Suspiró, se separó del ventanal y salió de la capilla de los Dioses. Si se apresuraba, llegaría a tiempo a su cita. Sonrió al recordar a su acompañante, Ian Arzt, actual médico de Yerik. Si bien Elizabeth continuaba ennoviada con Bryant, solía salir mucho con el erudito stiling cuando este se ausentaba de la pirámide, como era el caso; el castaño no estaba debido a tener que ir a descifrar unas escrituras en unas ruinas, en Cultre del Este.

Saludó a los guardias y bajó las escaleras, Ian ya la esperaba un piso abajo. Llevaba puesto unos vaqueros y camisa azules y, al identificarla, soltó una sonora carcajada.

— Nos pusimos de acuerdo, ¿no?

Elizabeth parpadeó y se rio. Ella usaba falda y blusa de mezclilla, además de una chaqueta blanca.

—Parece ser que sí —juntos avanzaron—. ¿A dónde iremos?

—Con estas pintas, seguro a cantar en un conjunto.

— ¡Ian! Hablo en serio.

—Ya, bueno…mmm… ¿Qué tal el restaurantini italianini?

— ¿El… que? —Elizabeth aguantó la risa—. ¿No se supone sea «el restaurante italiano»?

—Sí, pero como en italiano hay muchas palabras terminadas en i —se encogió de hombros—. Son cinco, así que puedes escoger…

— ¡En serio Megan, será genial!

Elizabeth ahogó un gritito y se separó de Ian cuando la presidenta del Saigrés, en compañía de su nueva compañera, casi los atropella. Más Megan, que miraba el pasillo como esperanzada de encontrar alguna puerta para huir de Âgée. Ésta era una anciana pasada de peso, de pelo largo y trenzado, pómulos flácidos y grandes.

—Ya te dije que no, Folie. Si me disculpas…

— ¡Pero Megan, el Saigrés necesita unidad! Te juro que esta sesión de meditación nos caerá de perlas… quizás nos de artritis, ¡pero eso es lo de menos!

—Folie, no quieras colmar mi paciencia…

— ¿Ves? Necesitas fortalecer esa paciencia, ¡la sesión…!

Elizabeth e Ian aguardaron a que ambas mujeres se perdieran escaleras abajo, antes de echarse a reír divertidos.

—Pobre señora Dadle, si no mata a la señora Folie será un milagro.

—Pierde cuidado —la chica realizó un ademán despreocupado—, seguro Duncan llega en rescate de Âgée.

Ian dejó de reír al ver aproximarse a una chica enfundada con la túnica de los Mantum, pálida, pelo negro violáceo cortado en capas y los ojos vendados. Tomó a Elizabeth por un brazo y juntos se apartaron de su camino, la erudita se detuvo a su lado. El gesto del hombre negro se tensó, Elizabeth permanecía confundida ante ese hecho y el que la desconocida llevase vendados los ojos.

—Buenas noches—saludó con voz atrapante—, Ian, señorita Monanti.

—Buenas noches —saludó él severo, pero sin sonar maleducado—, Kaled.  Mira, te presento a la señorita Elizabeth Monanti.

—Un gusto conocerla, señorita —Kaled estrechó manos con la gobernadora—. Mi nombre es Kaled Mavra, a sus servicios.

—El gusto es mío, Kaled.

—Hacía tiempo que no te veía.

—He estado ocupada —cabeceó Kaled—, intento conseguir una plaza para dar clases en el Oráculo de Delfos. Ya sabes, son puras chicas.

—Claro, un lugar perfecto. ¿Y cómo está Ramses?

—Oh, excelente. Ya sabes, su trabajo no le deja mucho tiempo libre, pero está bien. Conmigo en este estado…—sacudió la cabeza—. En fin.

—Sí, bueno…nosotros nos vamos. Me alegró verte de nuevo, Kaled. Ojalá y consigas el puesto en el Oráculo.

—Suerte en todo, Ian —ella agitó una mano—. Señorita Monanti, que tengan feliz noche.

Kaled retomó su caminar y Elizabeth se dejó conducir por Ian escaleras abajo. Una vez lejos del sonido de los pasos, se atrevió a preguntar:

— ¿Por qué esa chica tenía los ojos vendados?

—Porque es una korman—explicó Ian, su semblante volvía a relajarse—, mujeres que se alimentan de hombres, aunque prefieren sus corazones. Suelen mantenerse en las montañas, ya que los cazadores las buscan por su sangre: otorga inmortalidad. No obstante, al mantener los ojos vendados, su instinto depredador queda obstruido. La visión masculina es lo que las enloquece. Kaled es una de las pocas korman civilizadas. El problema es que su alimentación es costosa.

— ¿De qué se alimenta?

—De quimeras. Una al mes.

Elizabeth silbó.

— ¿Y cómo la conociste?

—Fuimos novios.

— ¿En serio? ¿Y por qué terminaron? —preguntó Elizabeth, aunque ya sabía la respuesta; recordaba a la perfección aquella charla en la biblioteca con sus amigas hacía más de tres siglos.

—Ella terminó conmigo —Ian hizo una mueca—, después de que casi me mata. Ocurrió tras haber dormido juntos, Kaled despertó y olvidó que estaba a mi lado.

— ¿Y qué hiciste?

—Todo pasó muy rápido, corrí con suerte. Luché con ella y cuando logré liberarme, atravesé la pared y eché seguro a la puerta. Luego esperé a que se calmara. Estaba asustado, nunca quise que termináramos. Desde un principio sabía que conllevaba estar con alguien así, pero Kaled insistió y rompió comunicación conmigo. Corren los rumores de que estuvo a punto de dejarse ciega al iniciar su relación con Ramses. Claro que éste no lo permitió. Es un científico. Tengo entendido que quiere encontrar algún tipo de lente que ayude a Kaled.

—Es muy lindo de su parte. Bueno —cambió de tema, al notar el gesto de su amigo—, ¿a dónde iremos?

—Tú decide. La última vez lo hice yo.

—Mmm, ¿qué tal el restaurante de Don Tommaso?

—Me parece excelente, ¡las pizzas de ahí me vuelven loco!

Elizabeth asintió acorde e inició una charla menos relevante. Salieron por la parte trasera del Templus, el carruaje ya los esperaba. Al mismo tiempo, otro coche de la  pirámide dejaba salir a un Vlad Tie de mirada preocupada y manos retorcidas. Elizabeth frunció el ceño. Vlad los esquivó sin siquiera mirarlos, sumido en sus propios asuntos.

— ¿Pasa algo?

Elizabeth dio un respingo y subió al transporte, donde Ian la esperaba. Entró y cerró la puerta, todavía inquieta.

— ¿Viste su rostro? —le dijo al joven negro—. Estaba raro.

—No, la verdad no me fijé.

—Es extraño, creí que el Saigrés estaba dentro del Templus.

—Pues al parecer no todos.

Elizabeth cabeceó sin abandonar la expresión. 

—Oh vamos Lizz, relájate —Ian se estiró en su puesto—. Disfruta la noche.

—Sí, tienes razón —ella esbozó una media sonrisa—. Quizás sólo sea paranoia mía.

—Por cierto, ¿el señor Dikoudis ya volvió de esa investigación?

—No, todavía anda en ello. Esas grutas son complicadas de descifrar. Le dije que regresara a dormir, pero se ha apasionado tanto  que apenas viene a darme el informe.

—Suele suceder. Cuando me asignan alguna investigación puedo pasarme días en el laboratorio sin comer o dormir.

—Supongo. La verdad me contagia su entusiasmo al decirme que logró descifrar otro símbolo —rio—. ¡Uno! Y casi hace fiesta.

— ¿Y qué hay de la señorita Kalonice? ¿Se cansó de perseguir al señor Non Ludere?

—No, y no creo que lo haga. Le he insistido muchas veces, aunque da lo mismo porque parece como si le hablara a la pared —bufó—. Es muy necia. Y algo me dice que la psicóloga con la que va la alienta a seguir con lo mismo.

—Le ha de gustar.

— ¡Claro que le gusta! Eso es obvio.

— ¿Y entonces? ¿Por qué intentas separarlos?

—Eso se escucha muy feo —Elizabeth frunció los labios—. Y sabes que no puedo decirte. Además, a Andrads no le gusta Kya. La ha rechazado un centenar de veces.

—Bueno, bueno. Por cierto, ¿viste el periódico?

—No, ¿qué hay?

—Encontraron a un hombre muerto. Un pobre diablo alcohólico, lo extraño fue la forma en como murió.

— ¿Cómo murió?

—Le sacaron los intestinos.

Elizabeth jadeó y se estremeció.

—Santo Zehel, ¡no tenía idea! Gaby no me dijo nada… ¿Mencionaron el nombre?

—Sí —Ian arrugó el ceño en señal de concentración—. No recuerdo el nombre, aunque se apellidaba Tempra.

— ¿Tempra? —Elizabeth se puso lívida—. ¿De pura casualidad su nombre no era Marco Tempra?

— ¡Marco! ¡Sí, ese era el nombre! ¿Por qué? —preguntó él alarmado de su cara—. ¿Lo conocías?

—Yo no, pero Gaby sí: era su padre.

— ¿Qué cosa? —saltó Ian—. Por todos los señores del cielo, es horrible. Pero dices que ella no te comentó nada… ¿será que no lo sabe?

—No lo sé.

Aunque Elizabeth estaba segura de que Gabriella sí estaba enterada. La cuestión era que la relación de ésta con su padre quedó destrozada después de su madre morir. El señor Tempra se volvió alcohólico y Gaby sólo tenía cinco. Su padre la golpeaba al grado de dejarla inconsciente. Debido a esto, Gaby aprendió a controlar a la perfección su don natal: la invisibilidad, el cual utilizaba para esconderse de él. En ocasiones su vecina la escondía y cuidaba, ya que su hija era la mejor amiga de Gabriella. Al cumplir los ocho, la mujer contactó con uno de los eruditos del Templus y envió a Gaby allí; al ella no tener madre, y con su padre incapacitado para cuidarla, quien tenía autoridad era su vecina.

Por tanto, desconocía si su amiga manifestaba algo. Quizás sí, ya  hablaría con ella mañana temprano. La carroza se detuvo, Elizabeth e Ian descendieron y entraron al restaurante a esas horas saturado. Varias mesas se distribuían por toda el área, altas, con banquillos de madera, cuadros italianos en las paredes, flores multicolores, colgadas en el techo y que bajaban de vez en cuando, apuntaban a los vasos de los clientes y disparaban la bebida deseada.

Caminaron hacia el mostrador, dos jóvenes charlaban en un italiano impecable.

—Buenas noches…

— ¡Oh! —una de ellas los miró y sonrió afable—.  Buenas noches.  Benvenuto al ristorante de Don Tommaso, ¿mesa para dos?

—Sí, por favor.

— ¿Prefieren aquí, o en el área de reservados?

—En un reservado —dijo Ian al notar la incomodidad de Elizabeth hacia el montón de miradas curiosas.

La joven salió de detrás del mostrador y los condujo entre mesas y bancos, hasta subir por una escalera de caracol que conducía al segundo piso, espacioso y repleto de reservados. Entonces, una de las puertas de estos se abrió y dejó salir a dos hombres: uno de físico atractivo, alto y orejas puntiagudas, enfundado en una túnica negra, bordada con estrellas plateadas. El segundo, era nada más y nada menos que Vlad Tie. Tanto éste último como la pareja se petrificaron en su sitio, el acompañante de Vlad lució alarmado ante la presencia de la gobernadora.

—Buenas noches, señorita Monanti —el cultroriano logró recuperarse—, señor Arzt, que agradable sorpresa encontrarlos por aquí.

—Desde luego —los ojos de Elizabeth chispearon astutos—, una verdadera sorpresa.

—Oh —Vlad carraspeó—, permítanme presentarles a Ubaid Yafeu, es…

—El director  de los Besgins. Nos conocimos hace un año, cuando necesité comunicarme con Saturno. Un gusto volverlo a encontrar, señor Yafeu.

—El gusto es mío, señorita Monanti.

—Bueno —dijo Vlad con una sonrisa tensa—, nosotros nos vamos. Que disfruten la velada.

—Gracias.

Erudito y elfo les pasaron de lado y se perdieron escaleras abajo, Elizabeth permaneció inmóvil un momento hasta que Ian la tomó de un brazo y entró en el reservado que la recepcionista les indicó.

—Enseguida les atienden.

Una vez cerrada la puerta, Ian se volvió hacia la joven, que miraba algún punto del espacio. Si bien él no conocía al tal Yafeu, la presencia de Vlad lo desconcertaba.

— ¿Lizz?

—Dime.

— ¿Estás bien?

—No lo sé.

—A mí tampoco me da buena espina —comentó Ian—. ¿Para qué querría el señor Tie estar en dos lugares al mismo tiempo?

—Me gustaría saberlo —suspiró abatida—. ¿Y qué hacía con el director de los Besgins?

— ¿Qué son los Besgins?

—No sé si deba decirte, Ian —Elizabeth hizo una mueca—. Se supone es secreto. Sólo los eruditos Supremos y los Garque conocen de su existencia.

—Oh, bueno—el aludido lució resentido—, si no puedes decirlo no hay problema.

—No, mira… —se mordió el labio—. ¿Prometes no decirlo a nadie?

—Claro, ¿cuándo he sido chismoso?

—Bien, los Besgins, son un grupo de elfos, especialistas en establecer comunicación con otros planetas o galaxias. Suelen trabajar con el Tercero al mando, a fin de ayudarle con eso de las relaciones comerciales y demás.

—Creí que para ello el Tercero se valía de la puerta.

—A veces los mensajes de los otros planetas son cortos,  atravesar el portal para eso sería una pérdida de tiempo. El Tercero sólo cruza si el asunto a tratar es importante o secreto. Si no, los Besgins toman el recado y lo hacen llegar a su destinatario.

— ¿Y cómo establecen contacto con los otros planetas? ¿Abren portales?

—No, crean estrellas fugaces. En ellas depositan los mensajes y las envían a puntos clave, donde otros elfos o centauros las reciben y decodifican.

—No logro imaginármelo —Ian parpadeó confundido—. ¿Cómo se pueden crear estrellas fugaces?

Elizabeth rio entre dientes.

—Ya te he dado demasiada información. Confórmate con eso.

Ian frunció los labios. La puerta se abrió y una Dvergar entró a por la orden.

— ¿Qué ordenarán?

—Una pizza de cuatro quesos, por favor.

— ¿Tamaño?

—Mediana.

—Enseguida se las traigo. Sus bebidas —señaló las flores del techo con un gesto de la cabeza—…sólo pídanlas.

—Gracias.

Ian aguardó a que la camarera se fuera antes de retomar la conversación:

—Entonces, ¿por qué crees que el señor Tie estuviera con ese elfo?

—Sin dudas para establecer contacto con otro mundo. Lo que… ¿Cuál? ¿Con qué propósito? No parecía alegrarle mi presencia, y al señor Yafeu menos. ¿Viste sus caras?

—Sí —asintió él—. Lizz, deberías contarle esto al señor Thrampe. Igual y es imaginación nuestra, pero de todas  formas, es mejor prevenir que lamentar.

—Lo haré —acordó la chica—. Astucieus sabe cómo actuar en estos casos.

 

Bryant suspiró y se frotó los ojos. Miró su reloj de mano: las  dos de la mañana. Arqueó las cejas, asombrado de la rapidez con la que el tiempo había transcurrido. Echó un vistazo a su alrededor, iluminado por su flama blanca en lo alto. Las paredes de piedra brillaban húmedas, grabadas con infinidad de símbolos extraños, retorcidos, tan antiguos como los inicios de Cultre. Para otros, aquello no eran sino simples garabatos incoherentes, sin embargo, para él, eran misterios que esperaban pacientes a ser desvelados. Obras de arte, guardianas de milenios de historia, el diario de sus antepasados. Por lo común, la tarea de descifrar códigos distantes del Templus la realizaban otros eruditos, a menos que ellos no pudiesen, se la enviaban hasta la pirámide. Excepto ahora. Los eruditos copiaron todos los símbolos, mas al terminar, estos habían desaparecido. Era como si las grutas no deseasen dejar salir la información, al menos no por alguien que no fuese un Garque, porque ni él ni cualquier otro de sus compañeros presentaban problemas para transportarla.

Se encontraba en Cultre del Este, sólo, sin más ayuda que sus propios conocimientos y presupuesto suficiente como para pagar una cómoda posada donde le diesen comida y atención de primera calidad. No obstante, despegarse de su labor le resultaba imposible, a duras penas llevaba a Elizabeth el informe y acudía al pueblo a comer algo. Acampaba al aire libre, en realidad se contentaba con las rocas ubicadas en las afueras de las grutas.

Repasó con la vista el montón de símbolos, mientras en su mente parte de la traducción resonaba clara:

 

T R E S   S O N   +   F U E R T E S   Q U E   U N O

 

Horas y horas le dio vuelta al posible significado de semejante oración, pero lo único que conseguía era un agudo dolor de cabeza y confusión gratuita. Lo mejor era terminar de descifrar el mensaje en completo y después analizarlo. Recogió sus cosas y se encaminó hacia la salida, cuidadoso de no resbalar. Las goteras repicaban en la inmensidad, el frío aire adherían a su cuerpo sus ropas: un vaquero negro y una camisa verde pastel. Los pelos de la nuca se le erizaron. ¿Era por el frío? Aceleró el paso con el corazón agitado y un extraño instinto de abandonar las grutas lo más pronto posible. Al la sensación de ser perseguido aumentar, miró por encima de su hombro y al no detectar a nadie, corrió con todas sus fuerzas despreocupado del moho en el suelo que quizás lo haría caer.

Vislumbró la salida a pocos metros más, todavía con aquellas sensaciones al acecho. Entonces, el sonido de una explosión llegó a sus oídos, acompañado del temblar de la tierra y un torrente de aire que le dio de lleno y derribó hacia atrás, con lo que sus gafas y el morral donde llevaba sus instrumentos de trabajo volaron lejos de su alcance. La espalda le punzaba, su cabellera castaña agitada ante semejante ventisca, los ojos cerrados, para así protegerse de la grava flotante. En cuestión de segundos quedó cubierto con tierra y piedrecillas, al final el silencio nocturno lo engulló todo.

Tosió y sacudió la cabeza. A tientas, buscó sus gafas y las limpió con agua brotada de su mano. Al principio surgió sucia, aunque logró despejarlas, encender de nuevo su flama y observar su entorno. Aquí y allá había tierra, piedras sueltas, algunas provenientes del exterior y otras desprendidas de las mismas grutas. Se puso de pie, sin preocuparse por encontrar su morral. Terminó de abandonar la caverna, su paso dubitativo, alerta a cualquier improvisto. Una vez fuera, sus ojos mostraron confusión y espanto.

Frente a él no había nada más que un cráter gigantesco, cuya profundidad superaba los cinco metros y que, despedía una brillantez perlada, incitante. Bryant se detuvo en el borde, aunque sin lograr distinguir nada. El resplandor disminuyó poco a poco y, para asombro del castaño, desveló  a un  niño  mestizo, delgado y de ojos muy grandes, que manifestaban temor y curiosidad. No parecía contar con más de seis siglos, vestido con una túnica hecha de plumas de colores. Sentado en el suelo, se estudiaba las manos, su entorno, palpaba la tierra bajo él. De repente, sus ojos  chocaron con los de Bryant, inocentes y alarmados. El castaño sacudió la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.

— ¿Estás bien? —preguntó sin saber si el infante conocía su lengua.

—No —el niño negó con la cabeza, sus palabras eran torpes—, yo…maya…

— ¿Hablas maya? —preguntó Bryant, esta vez en el idioma propio.

—Sí —respondió el aludido en dicho idioma, todavía pasmado—. ¿Quién eres tú?

—Mi nombre es Bryant Dikoudis, Quinto al mando de este planeta. ¿Tú quién eres?

— ¿Eres un Garque?

—Sí, ¿cómo te llamas?

—Túux.

Bryant ahogó un grito y retrocedió un paso. La tierra había sobresalido en peldaños firmes, por donde el pequeño subió y le dio alcance. Sin previo aviso, lo derribó de espaldas con una facilidad asombrosa, con lo que quedó encima de él y lo miró de forma estrecha.

— ¿En serio eres un Garque? —preguntó y aplastó su nariz contra la de Bryant.

—¿De dónde saliste?

Túux se levantó y señaló al cielo.

—De Marte. Soy un Ek Paal.

Bryant enarcó ambas cejas, escéptico.  Los Ek Paal, eran seres pertenecientes al planeta Marte, capaces de viajar tal cual estrellas fugaces a través de todo el universo.  Inteligentes, su percepción del mundo difería a la del resto de los marcianos, con el amor como bandera. No era la primera vez que veía a uno, pero de eso hacía ya tiempo. Aunque eso explicaría como el niño hablaba maya: Marte estaba conformado por Atlantes y mayas.

—No me crees —apuntó Túux. Se pellizcó la túnica—. Si no fuese un Ek Paal,  ¿por qué traigo puesto esto?

— ¿Dónde están tus padres?

—Muertos —los ojos del niño se apagaron—. No importa, ellos aún  viven en mi corazón, su amor me da fuerzas.

—Pero… ¿qué haces aquí? ¿Y por qué viajaste sólo?

—Marte no es nada —Túux se estremeció y abrazó a sí mismo—, el odio y el dolor están sentados en el trono, la gente…la gente está vacía, los centauros dicen que Cultre nos salvará.

— ¿Cultre? ¿Qué hay aquí que salvará tu mundo?

—No lo sé —los ojos de Túux se llenaron de lágrimas—, el brujo  Wáay sólo dijo que buscara al príncipe y lo trajera, él volvería a localizarme, yo… debo encontrar al príncipe…

Se cubrió la cara con las manos al romper a llorar.

—Tranquilo —Bryant lo abrazó—, todo estará bien, descuida, los Garque te vamos a ayudar. ¿De acuerdo? No llores.

—Yo no quería venir —hipó Túux—, pero era el Ek Baal más grande de todos…

— ¿Qué les pasó a los otros?

—Están muertos, el Rey K'as los asesinó. No quería que otros planetas se enteraran de la desgracia de Marte, lo quiere todo para sí. Luego el brujo Wáay se enteró de que el príncipe era el único capaz de salvarnos, y nos lo dijo a todos.

— ¿Cómo supo eso?

—Mi mamá se lo dijo. Mi abuela trabajaba en el palacio, era la nana de la Reina, ella le ayudó a escapar y le dijo a mi madre que la había mandado a Cultre, porque el fruto de su vientre estaba en peligro. Después sacó a mi mamá del castillo y la dejó con mi abuelo, a los dos días supieron que el Rey K'as la había matado. Entonces la guerra se desató. Yo no quiero que muera más gente, tengo miedo…

Bryant apretó el abrazo y acarició su cabeza. Túux terminó por quedarse dormido, el Garque  lo tomó en brazos y desapareció con él, un rayo de luna golpeó su morral semi-sepultado.

De pronto, alguien surgió de entre los árboles y avanzó entre las piedras, se detuvo y agachó, su mano enfundada tomó el morral sucio.

 

***

N/A:

¡Hola, gente!

Y aquí estoy yo de vuelta con la tercera parte de mi consentida y amada saga Destino. Espero que este primer capítulo les haya gustado, porque a mí me ha encantado releerlo y reescribirlo.

Y pues nada, que espero con ansias sus comentarios, ya saben, alimentan mi alma de literata y me animan a seguir adelante.

Un abrazo a todos, ¡se les quiere!



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