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La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 9: Los Misterios Del Mar
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
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Capítulo 9: Los Misterios Del Mar

El tiempo transcurría lentamente, los segundos eran minutos; los minutos, horas. Namirielle contemplaba impotente lo que ocurría a su alrededor, sin poder hacer nada para cambiarlo.

Avistó el timón y vio a Korsten allí, sus manos sujetándolo con firmeza mientras procuraba dirigir el barco, cosa difícil debido al oleaje provocado por el gran monstruo marino que intentaba hundirlos. Namirielle se encaminó hacia allí esperando estar más segura.

Cuando al fin logró alcanzar el puesto de mando, se percató de que allí el suelo parecía moverse menos bajo sus pies. Miró con perspicacia al Rey Oscuro, quien aún no se había percatado de su presencia. Parecía concentrado en lo que estaba haciendo, los nudillos de las manos blancos por su lucha con el timón.

—No tengas miedo —habló él en voz baja, ausente pero consciente de la muchacha a su lado—. Te prometí que estarías a salvo.

—El barco no va a resistir…

—Lo hará si yo quiero.

Ella observó el mar, las grandes olas causadas por el titán marino, los poderosos tentáculos azotando la cubierta. Vio a varios hombres siendo golpeados y llevados a las profundidades. Se estremeció en respuesta.

—Olvídate de ellos —le dijo Korsten, advirtiendo su angustia—. Aquí arriba no estás segura, vuelve a tu camarote.

—Tampoco estaré a salvo allí ¡El barco se hunde!

—No se hundirá —afirmó él. Se le veía tranquilo, sereno y muy seguro de sus palabras. Namirielle era todo lo contrario—. Haz lo que te digo.

Echó una última mirada a la cubierta pasada por agua. El número de marineros menguaba a cada segundo, perdiéndose el manejo del navío. El único que parecía tener el control allí era Korsten, además del monstruo marino.

Cuando se alejó del timón volvió a sentir las sacudidas del barco con la violencia inicial, confirmándole que de forma mágica el Rey Oscuro las mitigaba en el puesto de mando. A punto estuvo de salir disparada hacia el mar, solo el agarrarse a un barril logró evitarlo. 

Se quedó ahí un momento, atrapada entre el barril y varias cajas grandes y pesadas que pronto dejarían de estar allí como todo en la cubierta. Su mirada iba de los titánicos tentáculos abrazando la estructura del barco cada vez con más fuerza, a los marineros desesperados; todos ellos estaban tan impotentes e incapaces de hacer algo como la muchacha. Se preguntó cómo Korsten podía estar tan convencido de que mantendría el barco a flote; ni el mejor de los marineros lo haría, no contra aquel ser que los reclamaba bajo el mar.

Un fuerte tirón y el barco se hundió un poco más por uno de los costados. Namirielle se soltó del barril, deslizándose por la resbaladiza cubierta hasta alcanzar un mástil donde se aseguró. En ese momento pudo ver los ojos de la criatura, igual a un pulpo corriente pero de tamaño titánico. Intercambiaron una mirada.

Durante un momento olvidó el violento bamboleo del barco, los gritos, las olas azotando, solo existían ella y aquella criatura que la miraba atentamente como si la conociera. Parecía intranquilo, recelando de aquel barco surcando su territorio, no supo cómo lo sabía pero era así. No había maldad en él, solo miedo, no muy diferente del que ella sentía.

Soltó el mástil, acercándose lentamente con paso distraído pero seguro por primera vez desde que abandonó el camarote, deteniéndose a poco más de un metro de la borda sin dejar de mirar al gigantesco pulpo a los ojos. 

— ¿Qué te ocurre? —Le preguntó la muchacha, su voz apenas audible en el caos.

Uno de los tentáculos se aproximo a ella, quien no se movió, misteriosamente segura de que no iba a hacerle daño.

Pero el tentáculo se detuvo abruptamente en el aire, apenas a un metro de la joven, retorciéndose una y otra vez. Namirielle frunció el ceño, percibiendo dolor en el cefalópodo. Se acercó más, tocando el tentáculo con las manos húmedas, sintiendo su dolor y reconociendo la magia oscura que lo atacaba ferozmente. Sin duda Korsten había pasado a la ofensiva, tal vez temiendo que la arrastrase al agua.

—Tranquilo —susurró, acariciando su resbaladiza piel cobriza—. El dolor se irá, Korsten no te hará daño. Tranquilo.

Recordó una vez que Jaridia se había caído y arañado las rodillas cuando eran niñas. Namirielle había hecho lo único que se le había ocurrido entonces para aplacar su llanto: cantar. Y lo logró.

Hizo lo mismo ahora. Empezó a cantar suavemente, su dulce y cristalina voz un susurro del viento apenas audible en el caos reinante, subiendo cada vez más hasta que se impuso a él, llegando a la criatura atormentada.



Luz de luna que iluminas el camino. Nos conduces por el mar, de regreso al hogar, de regreso a los sueños.

Te reflejas en el mar, el espejo de los cielos. Las nubes te resguardan, cortinas de algodón que se deshacen. Gotas de cristal cayendo, resbalando por mi rostro. No nos rendiremos, el amor nos hará fuertes.

La luna nos guiará por el camino correcto.





Mientras cantaba las estrofas familiares, una lluvia fina y delicada comenzó a caer. Namirielle no fue consciente de ello hasta que terminó su canción, totalmente mojada de cabeza a los pies. Tampoco se había dado cuenta de la luz blanco-azulada que la envolvía, pero los demás marineros sí lo hacían, también Korsten junto al timón. Él la había estado observando todo el tiempo, asegurándose de que estaba bien y protegiéndola del monstruo marino. Ahora podía sentir cómo su magia era contrarrestada misteriosamente por la muchacha, liberando a la criatura.

Namirielle, ajena a las miradas de asombro, sonreía al titánico cefalópodo. Sabía que había aliviado su dolor, lo sentía al tocar su rugosa piel: ninguna magia estaba atacándolo ya. También parecía haberse calmado.

—El barco se está hundiendo —le hablaba como si pudiera entenderla, para ella indudable tal cosa—. Por favor, libéralo y déjanos marchar. Necesito llegar a la isla.

El cefalópodo hizo un sonido de protesta, sus tentáculos acercándose a la muchacha para tocarla con una suavidad y delicadezas tan grandes como él mismo. Namirielle supo que no quería que se marchase.

—Hazlo por mí, libera el barco —suplicó—. Te prometo que volveré. Vendré a visitarte muy pronto.

Ante aquella afirmación pareció pensarlo. Tras unos largos instantes, finalmente liberó el navío de sus tentáculos, dejándolo libre de nuevo y retirándose. Uno de los tentáculos le acarició una mejilla a la joven a modo de despedida. Ella sonrió más, agradecida, sin moverse en ningún momento mientras observaba el regreso de la criatura a las profundidades del mar.

Para cuando despertó de su pequeño trance y se volvió, encontrando que los tripulantes la miraban como si de una aparición se tratase, frunció el ceño.

Korsten se unió a ella entonces. Lo miró sin entender nada.

— ¿Por qué me miran así? —Preguntó.

Él tardó un poco en responder. También la miraba, pero a diferencia de los marineros su asombro no resultaba tan evidente.

—Son burdos hombres de mar, no están acostumbrados a la belleza —ella ladeó la cabeza, sin comprender muy bien—. Será mejor que regreses a tu camarote e intentes descansar. Aquí ya no puedes hacer nada más. 

Asintió, abrazándose a sí misma. Estaba completamente mojada, el camisón pegándose a su piel de forma desagradable, el chorreante cabello aplastado contra su cuello y espalda. Empezaba a sentir mucho frío y la manta con la que subió a cubierta se había perdido en medio del caos. Necesitaba secarse.

—Tú no estás mojado —Observó. De hecho era el único allí que aún seguía seco.

Una de las comisuras de sus labios tiró hacia arriba.

—Un pequeño truco.

— ¿Cómo el de minimizar los temblores en el puesto de mando mientras manejabas el timón?

—Algo así.

—Podrías ser más concreto —Sugirió.

— ¿Acaso deseas aprender de mí?

—No me gusta mojarme —Repuso.

—No estoy tan seguro de ello —se movió, colocándose entre la muchacha y las intensas miradas de los marineros—. Ve abajo. Ahora.

Sonaba como una orden, algo habitual en el Rey Oscuro cuando no le hablaba a ella, pero Namirielle lo dejó pasar y obedeció. Bajó por la trampilla, recorriendo el camino de vuelta a su camarote.

Había entrado agua, por lo que tampoco allí pudo encontrar la calidez seca que tanto ansiaba. Afortunadamente los destrozos en aquella parte del barco resultaron ser mínimos. Esperaba que también lo fueran en el resto del navío.

Sin otra ropa para dormir que la puesta, tuvo que ponerse su vestido blanco de nuevo. Trenzó los largos rizos chorreantes y se tumbó en la cama con una manta seca, la única que encontró, enrollándola alrededor de su cuerpo. No sería capaz de dormir en lo que quedara de noche.

Al día siguiente, subió a cubierta de nuevo por la tarde. Presentaba un mejor y seco aspecto pero los destrozos seguían allí, no podrían reparar nada hasta que llegasen a puerto.

Aunque los pocos supervivientes tenían mucho trabajo entre manos, no pudieron evitar mirarla cuando caminaba entre ellos, venerándola prácticamente con los ojos. Aquello incomodaba a la muchacha.

— ¿Puedo ayudarla?

Se volvió, descubriendo al mismo hombre pelirrojo que le había negado la entrada al barco la primera vez. Sus ojos claros la habían mirado con desaprobación entonces; ahora la idolatraban.

—Solo quería saber cómo iba todo.

—Mejor que hace unas horas… La oí cantar —murmuró, bajando la voz hasta resultar casi inaudible, de modo que ella tuvo que acercarse más para oírlo—. Era muy difícil a causa de las olas y la lluvia, pero pude escucharla —alzó una mano y le acarició una mejilla. Namirielle frunció el ceño—. Sois tan joven, tan llena de vida… —suspiró—. Por favor, no sigáis adelante con este viaje. Volved atrás.

—Pero ya estamos muy lejos, no podemos volver.

La tomó del brazo con fuerza. Sus ojos estaban vidriosos por la emoción contenida.

—Una palabra vuestra, mi señora, y haré dar media vuelta al barco. Una palabra vuestra, y me arrojaré a las profundidades del titán oceánico. Lo que vos digáis, pero os lo imploro; no vayáis a esa isla.

Namirielle comenzaba a alarmarse. Aquel hombre le hablaba con tal apremio, su necesidad de que no siguiera adelante abrumadora para los sentidos de la muchacha pues en verdad era importante para él. El gran cefalópodo tampoco quiso que fuera.

—No entiendo, ¿Por qué no quiere nadie que vaya a esa isla? Tengo que ir, lo prometí.

—Debéis romper esa promesa. La Isla de Jade, es… es…

Se interrumpió en medio de tartamudeos cuando avistó a Korsten acercándose. En ese momento soltó a Namirielle, alejándose con una breve inclinación de cabeza. 

—Pareces cansada —comentó el Rey Oscuro, sus ojos dorados siguiendo los pasos del marinero pelirrojo hasta perderlo en la multitud. La miró con una sonrisa—. ¿Me concedes la gracia de tu compañía y comemos algo?

Ella asintió, aún inquieta.

Cerca del timón alguien había colocado una pequeña mesa cuadrada con dos taburetes redondos, donde tomaron asiento. Namirielle contempló sorprendida el asado de venado dispuesto en el centro, preguntándose de dónde lo habrían sacado pues buena parte de la despensa se había perdido en el ataque del pulpo gigante.

— ¿Otro de tus trucos? —Aventuró la joven, sirviéndose.

—Tal vez.

La carne ricamente sazonada no podía estar más tierna y sabrosa, con pequeñas patatas guisadas y champiñones dorados. Namirielle disfrutó enormemente con la comida, pocas veces tan deliciosa.

Pero la habría saboreado más de no ser por el hilo de sus pensamientos, todos alrededor de la misteriosa isla a la que se dirigían. No dejaba de mirar a Korsten, preguntándose qué sabía él sobre esa isla que no le hubiera contado.

—Te veo incómoda, aunque eso no es nuevo, ¿Hay algo que quieras preguntarme, quizás? —Inquirió él, sorprendentemente acertando.

La muchacha asintió con la cabeza.

—Estaba pensando en la Isla de Jade… ¿Qué tiene de especial?

—Mi alma está allí.

—Además de tu alma. ¿Qué más hay? ¿Quién vive allí?

—Nadie, está desierta. Pero hubo un día en que se decía las raschidas vivían en ella.

Aquello despertó su curiosidad. Quería preguntarle al respecto, pero estaba segura de que ese no era el motivo por el que la habían advertido.

—Pero ahora no hay raschidas ¿Verdad? —él negó—. ¿No hay nada más? ¿Solo es una isla abandonada? —ahora asintió—. ¿Y entonces por qué la querías antes de acabar encerrado en el sello?

—Por las raschidas que la habitaban entonces. Ahora solo quiero lo que ellas encerraron allí; la isla me es indiferente, carece de su antiguo encanto, tus congéneres se lo llevaron consigo cuando la abandonaron.

Namirielle se rascó el cuello, pensativa. Nada, la misteriosa Isla de Jade no tenía nada, hablar con el Rey Oscuro solo había conseguido confundirla más.

— ¿Por qué de pronto te interesa tanto la isla? —Preguntó él entonces, en apariencia más concentrado en contemplar el espeso vino tinto de su vaso de madera que en la conversación.

La joven suspiró.

—Al parecer nadie quiere que vaya.

—Yo sí quiero.

—Eres el único. Los demás me piden que no vaya, prácticamente lo suplican y no lo entiendo ¿Tan peligrosa es? Por un momento pensé que estaría poblada por monstruos malignos —Comentó.

Rió ante su ocurrencia, algo poco habitual en él, una risa baja tan sugerente como su voz. Namirielle quedó maravillada ante aquel sonido, la espontaneidad expresada.

—Hace más de doscientos años que no la visito, quien sabe lo que habrá allí. Pero puedes estar tranquila; yo velaré por ti, lo prometí y estoy cumpliéndolo, ¿No crees?

Ella asintió. Sus ojos se desviaron a una pequeña caja de madera abierta junto a las patas de la mesa. Vio dentro lo que parecía un tablero de juego.

— ¿Qué es eso? —Preguntó.

Korsten levantó la caja, mostrándosela.

—Ajedrez ¿Lo conoces?

—He visto al Duque del Lago jugar varias veces. Parece interesante. ¿Tú sabes jugar?

Volvió a reír. Namirielle se percató de que le gustaba su risa, era agradable y auténtica.

—Cualquier estratega que se precie debe ser diestro en el ajedrez, y más un rey. ¿Quieres que te lo demuestre? —Propuso.

Asintió, animada.

—De acuerdo, pero has de saber que nunca he jugado. No podré hacer mucho, por lo que me ganarás enseguida.

—No te preocupes, te enseñaré. Es más fácil de lo que parece.

Ella no podía estar tan segura, no después de haber visto a Grayan jugar contra su padre. Cada pieza tenía una forma diferente de moverse, lo que parecía problemáticamente complejo pues además de idear un plan había que recordar cómo se movía cada una.

Tras una larga lección sobre cada pieza, le tocó a Namirielle empezar la partida: ella jugaba con blancas, Korsten quería darle ventaja, aunque la joven dudaba mucho que consiguiese algo más que hacer el ridículo en su primera partida.

Aunque esperaba perder en un minuto, la partida se alargó más de lo que hubiera imaginado. Sus peones caían como moscas, ya había perdido los alfiles y un caballo, y la única razón por la que conservaba el resto era que Korsten la advertía de cada movimiento suicida que iba a cometer, que eran dos de cada tres. Logró salir airosa de tres jaques, pero ni un solo acercamiento al rey contrario, perfectamente resguardado tras una muralla de piezas negras que no sabía cómo traspasar. Las blancas menguaban gradualmente, mientras las negras avanzaban con lentitud pero constantes. Empezaba a comprender por qué el ajedrez era considerado un juego de hombres: era igual que liderar un ejército, algo con lo que una joven doncella como Namirielle no estaba nada familiarizada. 

Suspiró al ver que la partida aún continuaba solo porque el Rey Oscuro así lo quería, pues ella oponía la misma inútil resistencia que un pez en una red. Tomó el caballo que le quedaba, haciéndolo avanzar.

—Ahí no —Advirtió Korsten.

La muchacha detuvo el movimiento en el aire, dirigiendo la pieza blanca en otra dirección posible.

—Peor —Le indicó él esta vez.

Miró detenidamente el tablero, repasando los posibles movimientos del caballo, y se decantó por dejarlo en el mismo lugar. Korsten negó con la cabeza para sí.

—Permíteme…

Alargó una mano y tomó la suya que aún sujetaba el caballo. Namirielle dio un respingo y soltó la pieza en el acto, derribando otras que rodaron sobre el tablero. Él las colocó en su sitio nuevamente.

—Que torpe soy… —Murmuró la joven tímidamente, frotando con los dedos el lugar donde la había tocado: le hormigueaba.

—La culpa es mía —repuso el Rey Oscuro sin darle mayor importancia, y movió el caballo blanco por ella—. Aquí mejor.

Namirielle contempló el tablero con atención. Necesitó un momento para darse cuenta de lo que aquel movimiento significaba.

—Jaque…—alzó la vista hacia él, sin creérselo y con una risueña sonrisa iluminando su rostro—. ¡He hecho jaque! Aunque en realidad te lo has hecho a ti mismo —Añadió, pues era evidente que difícilmente hubiera dado con aquel movimiento sola.

Korsten sonrió ligeramente ante su entusiasmo. Movió al rey tras un peón, salvándolo, y Namirielle pudo comerse otro con el caballo lo cual la animó más.

—Lo siento, pero te has quedado sin caballos —dijo él, moviendo un alfil y arrebatándole a la muchacha su preciada pieza—. Deberías hacer algo con tu reina, la tienes muy descuidada.

Ella trató de entender a qué se refería con exactitud, estudiando la posición de la reina blanca. Cierto era que, con tan pocas piezas, tanto la reina como el rey estaban muy expuestos. Miró a Korsten, interrogante. Él suspiró.

—Ponla aquí —Resolvió, haciendo la jugada por ella una vez más.

Tras analizar la nueva situación del tablero se percató de que, si movía la torre que le quedaba, en un par de movimientos podría hacer jaque de nuevo. Sonrió para sí, esperando ansiosa su siguiente turno.

Pero el ajedrez no era tan simple. Dos turnos después el Rey Oscuro movió un alfil y se cruzó de brazos, triunfante.

—Jaque mate.

Abrió mucho los ojos, ¿Cómo? Si no lo había visto venir, de hecho se sentía bastante relajada en los últimos turnos, cuando se había pasado gran parte de la partida acosada por cada una de las piezas negras.

—Pero antes me dijiste que moviera la reina. Se supone que tenía alguna oportunidad.

—La reina podía salvarse de ser eliminada en ese turno, pero el jaque mate era inminente.

— ¿Y para qué salvarla, si igualmente pierdo la partida? 

—Es lo único que podías hacer. Ibas a perder igualmente, era imposible que lo evitaras. Y la reina es una pieza importante, está bien que aún la conserves.

Precisamente por ser importante era un milagro que a aquellas alturas de la partida aún estuviera en juego; Korsten le había advertido de que corría peligro incluso más veces que con el rey blanco. 

—Creo que no estoy hecha para este juego —fue su conclusión, suspirando—. Es muy difícil, no sé cómo puedes recordar los movimientos de cada pieza sin confundirte y además idear un plan.

—Práctica. El ajedrez es estrategia militar puramente, igual que conducir un ejército como ya habrás deducido por ti misma. Y he estado en muchas guerras, lo cual me da cierta ventaja.

—Pues te habrás aburrido mucho dirigiendo mi ejército y el tuyo a la vez, para acabar derrotándome igualmente —Bromeó ella.

—Oh, no. Ha sido divertido, mucho más que jugar con supuestos expertos del ajedrez en mis tiempos de reinado.

— ¿Jugabas muchas veces? 

—Depende —se inclinó ligeramente sobre el tablero, acercándose más a ella y bajando la voz—. La mayoría de mis adversarios no salían muy bien parados de las partidas.

Tragó saliva. Aunque sabía que era mejor no hacerlo, preguntó:

— ¿Qué les pasaba?

—No solo perdían la partida, también otras cosas. Muchas veces incluso la vida.

Horrible, pero ella había preguntado primero.

—Entonces, ¿Se supone que voy a morir? —Trató de hacer una broma.

El Rey Oscuro se echó a reír con suavidad. Hizo ondear una mano y el tablero de ajedrez se desvaneció.

—Tu muerte sería una gran pérdida para este mundo. Pero hay cosas peores que la muerte —añadió, enigmático. Esta vez Namirielle sí que no preguntó—. En una guerra es el rey perdedor quien muere, pero son los habitantes de su reino quienes se llevan la peor parte precisamente por permanecer con vida.

La muchacha asintió. Tenía la fortuna de no haber nacido en tiempos de guerra, pero sabía muy bien que era tal y como él decía. La guerra solo traía dolor y muerte.





Aún después de varios días Grayan seguía sorprendiéndose por el frío que podía llegar a sentir tan al norte de su tierra natal. Miraba a las gentes de aquella pequeña aldea, que antaño fuese parte del gran imperio de Karlensse, las múltiples capas de pieles que vestían; él llevaba el doble y aún así se moría de frío.

Se encontraba ante el viejo castillo de piedra negra que los lugareños declaraban maldito, morada del último rey de Karlensse que gobernó con mano de hierro por medio continente, más conocido en las crónicas históricas como el Rey Oscuro. Solo pensar en lo que podría estar sufriendo Namirielle… prefería dejar la mente en blanco y centrarse en su búsqueda.

Syrkail suponía que Korsten se la habría vuelto a llevar a su castillo, por lo que todos habían partido hacia allí al día siguiente de la desaparición de la muchacha.

—No está en el castillo —Habló el elfo, tras rodear la siniestra construcción con el joven noble y sus soldados de confianza. No podían entrar, magia negra muy poderosa resguardaba el lugar.

— ¿Y Korsten?—Preguntó él, empezando a desesperarse. Si la muchacha no estaba allí, ¿Dónde, pues? 

—Por supuesto ha estado aquí, pero no recientemente —Respondió una voz femenina llegada de los árboles tras ellos.

Grayan se volvió, avistando a la mujer de mediana edad, ropas y cabellos blancos como la nieve que los rodeaba: Liudenna, más conocida como la Madre Blanca, la mujer que había criado a Namirielle en su templo a las fueras de Norwen.

—Entonces, ¿Dónde están? Dijisteis que Korsten no se movería del castillo, es todo cuanto le queda. Y ahora resulta que ninguno de los dos está aquí —empezó a impacientarse, mirando a uno y a otro buscando respuestas—. Namirielle lleva muchos días desaparecida, puede estar muerta…

—No está muerta —repuso Liudenna, no queriendo ni considerar aquella posibilidad—. No creo que Korsten tenga intención de hacerle daño, quiere algo de ella, y… —se interrumpió con los ojos verdes brillantes, las pupilas apenas un puntito negro a causa de lo que empezaba a abrirse paso por su cabeza—. Oh.

Grayan miró a Syrkail, quien había palidecido de súbito, ensimismado en sus pensamientos. La Madre Blanca alzó la vista hacia el elfo.

— ¿Estás pensando lo mismo que yo?

—Isla de Jade —Murmuró él, devolviéndole la mirada.

—Namirielle no lo hará —Aseguró Liudenna, frotándose el cuello con inquietud.

—Eso dependerá de lo que le haya contado Korsten.

Grayan esperaba, pero al parecer la pareja de hechiceros lo había olvidado en su conversación, de la cual no entendía nada.

— ¿De qué habláis? ¿Qué es esa ''Isla de Jade''?

—Os lo explicaré por el camino —dijo Syrkail—. Tenemos que viajar rumbo al oeste de inmediato. Korsten nunca ha tenido intención de traerla aquí, hemos estado equivocados desde el principio y ahora el tiempo apremia.   





Por la noche tuvo sueños poco agradables sobre Jaridia. Uno de ellos transcurría en la posada de Ainatesirte donde se había hospedado; vio a su amiga sentada al lado de Korsten, en el sitio donde ella lo hiciera, el mismo puñal con el que los brujos le habían quitado la vida clavado en su pecho, el vestido color perla manchado de sangre. Pero lo peor de todo fue la mirada de reproche que le dedicaba, la acusación en sus ojos negros. Y sus palabras:

—Me has defraudado. Yo confiaba en ti, Namirielle, confiaba en que mi muerte no sería en vano. Te consideraba mi hermana —Le había dicho, cada palabra más dolorosa que la anterior.

Namirielle había tratado de acercarse a ella y explicarse, pero entonces su amiga se evaporaba en el aire y ella despertó.

Cuando volvió a dormirse y sueños similares la azotaron, decidió que no volvería a acostarse esa noche, no hasta acabar aún más cansada de lo que ya estaba por no haber dormido bien la noche anterior.

Dejó el pequeño camarote y subió a cubierta. Al aire libre el frío era inmenso en comparación con la cálida estrechez de su camarote, y se arrebujó más en la manta que traía sobre los hombros. Caminó por la despejada cubierta con lentitud, apoyándose en la borda y mirando el cielo sin nubes, la luna llena reflejándose en el mar donde un pequeño grupo de delfines nadaba muy cerca del barco. Sonrió al ver a los animales, un poco más animada ahora.

—No suelen ser muy activos por la noche.

Ante el sonido de su voz se volvió, descubriendo a Korsten cerca. No lo había oído, y lo más sorprendente, tampoco percibió la oscuridad de su aura enturbiando el ambiente con su presencia.

— ¿No puedes dormir? —Preguntó él.

Asintió, pero no le habló de sus sueños sobre Jaridia. Al fin y al cabo, si su amiga murió fue indirectamente por su causa.

En silencio, solo roto por el vaivén de las olas y el susurro del viento, observaban el mar y la luna. O al menos Namirielle, porque Korsten la estaba mirando a ella; la joven podía notar sus ojos clavándosele en la nuca, lo cual no resultaba agradable. Estaba cansada de que todos la contemplase como si fuera una joya, cuando solo era una muchacha normal y corriente. Con sangre raschida, sí, pero una simple doncella  como otras tantas que no recibían tales atenciones por parte de todo el mundo.

Al final giró la cabeza y lo miró: efectivamente, la estaba observando.

— ¿Por qué no cesas de mirarme?

—Me gusta hacerlo. No hay muchas como tú.

—Hay muchas raschidas —Replicó, impacientándose.

Los labios del Rey Oscuro se curvaron ligeramente, esbozando un amago de sonrisa.

—No hablaba de raschidas —la joven volvió la vista al frente, inquieta—. ¿Y tú, Namirielle? ¿Qué hay en el mar, que no te cansas de contemplarlo? ¿Acaso buscas un tesoro escondido? ¿Una revelación de ti misma, tal vez?

No respondió. El mar era hermoso e increíble para ella, que nunca lo vio hasta muy recientemente. Quería grabarlo en su memoria para nunca olvidarlo, y a la vez la atraía con aquella fuerza invisible que no conocía pero le era familiar. 

Se sentía confusa por todas aquellas sensaciones y su entorno solo lo empeoraba, Korsten el primero: aún no había logrado superar las primeras capas de su corazón, no sabía nada de él, pero el instinto de la muchacha lo repelía sin motivo por muy agradable que fuera con ella.

— ¿Cuándo llegaremos a la Isla de Jade? —Preguntó entonces.

—Pronto.

— ¿Y eso cuántos días son? —Volvió a intentarlo, al ver que su respuesta era tan escasamente clara como de costumbre.

—Pocos, muy pocos. ¿Deseosa de pisar tierra firme?

Una parte de Namirielle asentía, la otra negaba enérgicamente. Era duro sentirse dual, se percató. La hacía no saber qué quería y eso no era bueno.

—Tengo curiosidad por verla, ¿Es bonita?

—Su belleza es incomparable con ninguna otra tierra. Por eso las raschidas la eligieron como morada; una isla hermosa para unas hermosas ninfas.

—Entonces creo que me gustará conocerla —se animó, contemplando soñadora las olas. Los delfines ya se habían marchado y quizás fuera mejor que ella los imitase—. Debería intentar dormir un poco. A lo mejor sueño con la isla.

—Sería un buen sueño —Comentó él.

— ¿Tú tampoco puedes dormir? —Inquirió, internamente preguntándose si era ese el motivo por el que estaba también allí.

El Rey Oscuro deslizó una mano por la baranda de madera, en gesto distraído.

— ¿Para qué dormir? Se pierde mucho tiempo. Además, la gente siempre duerme de noche, ¿Eres consciente de las maravillas que guarda? Es el momento del día en que fluye la verdadera magia, la inspiración para los mejores sonetos y poemas. 

Su respuesta la confundió un poco. Lo miró dubitativa.

— ¿Acaso no duermes nunca?

—Ningún hombre es más vulnerable que cuando duerme. No, Namirielle, no frecuento el reino de los sueños. Despierto aprovecho para hacer cosas que de otro modo no me sería posible.

—Pero todo el mundo tiene que dormir… Ah, magia —adivinó sin necesidad de que se lo explicase—. Creo que abusas de ella.

Enarcó una ceja en su dirección.

— ¿Eso crees, niña cándida? La magia está en el aire para quien pueda cogerla.

—Pero hay un equilibrio que no debe romperse.

—Equilibrio —repitió él, paladeando la palabra—. Los hombres carecen de equilibrio. Campan a sus anchas por la tierra, cambiándola y levantando reinos para luego destruirlos. Eso es el equilibrio: crear, cambiar y destruir, ¿Te parece bueno? No lo es, carece de bondad. El equilibrio es cruel e indiferente, se rompe a sí mismo sin necesidad de ser tocado.

—Las raschidas son equilibrio, ¿Quieres decir que son malvadas?

—Vosotras, bellas ninfas, estáis fuera de los conceptos ''bien'' y ''mal''.

— ¿Y en qué concepto te encuentras tú?

Silencio, durante largos minutos solo se escuchó el murmullo del viento y las olas. Namirielle supuso que no volvería a hablar, y era una pena porque le gustaba el sonido de su voz, aunque la mayoría de lo que decía resultaba confuso para ella. Y la realidad era que no quería volver a su camarote.

La joven daba media vuelta, alejándose de la borda dispuesta a regresar abajo, cuando Korsten volvió a hablar:

—La luna —dijo, a lo que ella se volvió para mirarle—. Se considera que el sol es luz y la luna oscuridad, pero esta última posee su propio resplandor. Es la luz de la noche, donde todos miran cuando el sol no está. Porque aunque el sol ciega su brillo, ocultándola durante el día, la luna sigue siendo la luna: nada puede negar su encanto, todos van a ella. Muchos músicos han compuesto baladas para aclamar su belleza y misticismo, no sin motivo.

— ¿Te consideras la luna? —Preguntó, intrigada.

—No, solo pensaba en voz alta. Pero me gustaría coger la luna y bajarla aquí para verla de cerca —hizo ademán de alcanzarla, pero obviamente estaba demasiado lejos. Dejó caer el brazo con un suspiro—. Olvida lo que he dicho, solo es una fantasía.

—Es interesante —repuso, colocándose a su lado. No pudo evitar recordar la carta de la Luna que la adivina le había mostrado, representando la oscuridad en su vida y a Korsten—. ¿Crees que la luna es buena o mala?

—Cambia, tiene dos caras. Tal vez sea ambas cosas, o puede que ninguna.

—No te entiendo —declaró Namirielle con un suspiro de frustración, aferrando más fuerte la manta sobre sus hombros—. Con cada palabra me dejas más confundida. Es como si para ti nada tuviera respuesta.

—Así es la música también. Etérea e intangible, pocos la comprenden.

—No es lo mismo: tú eres real, puedo tocarte —Replicó la joven.

—Pero no lo harás. Y la música es invisible e intocable por mucho que desees lo contrario ¿Relación? No tocarás a ninguno de los dos.

—Entonces, ¿Te ves reflejado en la música? —Preguntó esta vez.

El Rey Oscuro se encogió de hombros.

—Forma parte de mí.

—También de mí, ¿Nos hace eso afines?

La miró largamente. Namirielle no podía saber en qué estaría pensando, de hecho dudaba que alguien pudiera ver algo más allá de aquella impenetrable mirada de oro líquido.

—Hace frío, deberías volver a tu camarote —Le sugirió él, volviendo la vista al horizonte.

No eran las palabras que esperaba pero asintió, caminando hacia la trampilla que conducía a las entrañas del barco. 

El corredor interior estaba en penumbra, Namirielle avanzaba despacio con una mano ante sí para guiarse.

Algo en la oscuridad tiró de ella, haciéndola perder la manta que cubría sus hombros. La muchacha gritó, pero una mano le tapó la boca ahogando cualquier sonido.

—Shh, tranquila…

Cuando la escasa penumbra le permitió ver el rostro de su asaltante, reconoció las facciones del marinero pelirrojo cuyo nombre desconocía.

— ¿Q-qué quiere? —Preguntó en un susurro entrecortado contra la palma de su mano, que le cubría media cara.

—Tenéis que abandonar el barco —apremió con voz rota, lo cual la preocupó. Parecía desesperado—. Venid conmigo, mi señora, os llevaré de vuelta a Ainatesirte… los botes no fueron dañados, podemos disponer de ellos inmediatamente.

Sin esperar respuesta de Namirielle, tiró de ella en dirección contraria. Camino a cubierta y los botes, supuso la joven.

—No puedo irme, y menos así… —Replicó, forcejeando ligeramente para que la dejase.

Pero no la soltó, sus dedos apretaban el delgado antebrazo de la muchacha como una garra de acero.

—La llevaré de vuelta a Ainatesirte —siguió diciendo con aire risueño. Namirielle empezó a creer que había perdido la razón—. La bestia de las profundidades tenía razón, este barco debe que hundirse, ¡Pero estaréis a salvo, muy lejos! Yo os llevaré a tierra, dónde todos puedan escucharos cantar… No, mejor que nadie os oiga, sois demasiado hermosa… La Muerte no os encontrará, no se lo permitiré —la miró, sus ojos azul cielo brillantes por lo que sin duda era locura—. ¡Oh, bella doncella, moriré por vos si es necesario para que seáis libre de nuevo!

Trató más insistentemente en que la soltara, pero era en vano. Aquel hombre de mar estaba curtido por cargar con innumerables pesos, una chica delgada de constitución huesuda y más bien delicada carecía de la mitad de su fuerza. 

— ¡Soltadme! —Logró gritar.

El marinero la estampó contra una pared en cuanto emitió sonido alguno, tapándole la boca de nuevo pero con más fuerza.

—Callad —la instó, siseando—. La Muerte tiene muchos oídos, no puede saberlo.

Ella en aquel momento quería ser oída, así vendría alguien para hacer entrar en razón a ese hombre y ayudarla.

— ¿Ocurre algo?

Namirielle nunca se había alegrado tanto de oír la voz del Rey Oscuro. El marinero se tensó notablemente, girándose con lentitud, muy rígido. Al moverse, la muchacha pudo ver a Korsten por encima del hombro de su captor.

—Déjala marchar —Ordenó, su voz ondeando en los oídos tanto de Namirielle como del marinero.

La soltó de inmediato, pudiendo así la joven alejarse y recoger la manta que había perdido en su lucha, arropándose con ella y corriendo en dirección a su camarote sin mirar atrás. 

Cuando encontró la puerta, entró agitada y la atrancó con el pesado baúl vacío. Aquella noche tampoco dormiría tranquila, pero al menos así tendría algo más de seguridad.

A la mañana siguiente estaba tan pálida y ojerosa que parecía a punto de desmallarse; y no debía faltarle mucho, porque estaba agotada como nunca en sus diecisiete años de vida. Apenas había comido, y porque Korsten había insistido en ello, pues si de la muchacha dependiera no habría salido del camarote en ningún momento ni para beber un vaso de agua. Ya no se sentía cómoda entre los marineros, mucho menos si volvía a ver al barbudo pelirrojo.

—Tranquila, no volverás a verlo —Le había garantizado el Rey Oscuro a mediodía.





Entraron en la única posada con la que contaba el pueblo costero de Ainatesirte. Syrkail estaba convencido de que Korsten había tomado ruta por mar desde allí, aunque Liudenna se mostraba insegura al respecto:

—De toda la costa oeste, Ainatesirte es el único puerto desde donde aún zarpan barcos que pasan cerca de la isla —decía—. Demasiado evidente.

—Y precisamente por ello Korsten pensará que es absurdo buscarlo aquí —Dijo Syrkail.

—O creer que pensaremos eso y vendremos. Te recuerdo que es un hombre muy inteligente —Repuso la Madre Blanca. 

Para Grayan cualquiera de las dos opciones era igual de probable, por lo que no se centraba tanto en cuál sería la correcta; le dejaba esa tarea a los dos hechiceros, quienes no dejaron de darle vueltas al asunto hasta que entraron en la posada.

El joven noble se sintió asqueado y sucio con tan solo poner un pie dentro. Aquel lugar apestaba a cerveza y sudor, era justo el último sitio donde una muchacha como Namirielle debería estar. Por un momento deseó que el elfo estuviera equivocado y no hubiesen pasado por allí, aunque eso significara volver a empezar de cero.

—Disculpe —se dirigió Syrkail al posadero, un hombre bajo y rechoncho que le dirigió una mirada aburrida—. Tal vez hayáis visto a un hombre acompañado por…

—No damos información de los huéspedes —Lo cortó, sin tan siquiera dejarlo terminar.

Grayan, imaginando la naturaleza de aquel individuo, puso unas cuantas monedas sobre la barra y lo miró quedamente.

—Tal vez podría hacer una excepción con nosotros —Sugirió.

El posadero no tardó en apoderarse de las monedas, un destello avaro en sus ojos claros. Los miró ahora con avispado interés.

—Oh, claro, claro… Preguntad cuanto gustéis, caballeros —Dijo, meloso.

El posadero apenas sí recordó al hombre con la descripción de Korsten, pero pudo aportar muchos datos sobre Namirielle. Al parecer la muchacha había dormido en la habitación más grande de la posada, y lamentó mucho que se fuera tan rápido pues, en sus palabras, era encantadora. Grayan sonrió un poco, melancólico. Ojalá el hombre recordase algo más útil para poder encontrarla, tan solo pudo decirles que habían pasado allí una noche y poco más. 

Una joven de expresivos ojos verdes se acercó a ellos lentamente.

—Me pareció oír que buscáis a alguien. Yo soy la encargada de atender a los huéspedes, tal vez pueda ayudar —Se ofreció muy amable y dispuesta, todo lo contrario que el posadero.

Syrkail sonrió ampliamente.

—Pues podrías ayudarnos mucho, sí. Estamos buscando a una chica. Se llama Namirielle, de diecisiete años. Tiene tu misma talla, su cabello castaño claro y rizado… la acompaña un hombre de unos treinta y cinco años, alto y con el pelo oscuro. Tal vez los hayas visto.

La chica guardó silencio, mirándolo sin ninguna expresión clara en el rostro.

—No hemos tenido ningún visitante así —respondió a los pocos segundos—. Lo recordaría.

—Pero el posadero dijo… —Empezó Grayan.

—Mi padre tiene muy mala memoria —lo interrumpió ella—. Os habría dicho cualquier cosa a cambio de unas monedas. No han pasado por aquí —Afirmó rotunda.

El hijo del Duque del Lago suspiró, con los hombros hundidos ante aquella noticia. Ahora no tenían ninguna pista.

Dieron media vuelta, sin nada más que hacer allí dentro. La chica de los ojos verdes, nada más Syrkail le dio la espalda, se abalanzó sobre él soltando la bandeja y empuñando un cuchillo de cortar patatas. El elfo apenas fue capaz de reaccionar ante aquel imprevisto, la hoja del cuchillo alcanzándolo en un costado.

Grayan y Liudenna actuaron entonces. El joven sujetó a la chica, de pronto histérica y gritando, mientras la Madre Blanca se acercaba a Syrkail cuya túnica azul empezaba a mancharse de sangre.

—Solo es superficial, pero necesitaré algunas hierbas de tu hatillo —Dijo el elfo, a lo que ella asintió más tranquila ante sus palabras.

Grayan hacía grandes esfuerzos para que la chica no se soltara y lo atacase con el cuchillo a él también. Parecía que había perdido el juicio de pronto.

—Mírale los ojos, Syrkail —Indicó Liudenna.

El elfo lo hizo: estaban vidriosos, opacos.

—Está hechizada, no es consciente de lo que ha hecho —con una mano en la herida abierta, muy cercana de la que había recibido un mes atrás en su viaje al Templo Blanco, se acercó a ella. Pasó la mano libre ante los ojos de la muchacha, que los cerró ahora dormida—. Se pondrá bien, solo necesita reposo.

—Tú también —Le dijo Liudenna, mirándolo preocupada.

—Cuando encontremos a Namirielle —Respondió él.

Grayan, tras muchas explicaciones al angustiado posadero ante lo ocurrido con su hija, dejó a la muchacha a buen recaudo. Nuevamente se preguntó cómo estaría Namirielle en ese momento y si seguiría viva. Le habían explicado que Korsten no la mataría aún porque le era más valiosa viva, pero él no estaba nada tranquilo, ni aunque el propio Rey Oscuro se lo confirmara mil veces en persona.

Salió fuera, donde los demás esperaban. Vio a Syrkail sentado en un banco, donde Liudenna se ocupaba de sus nuevas heridas y cambiaba los vendajes de las viejas.

—Lo ocurrido a esa chica confirma nuestras sospechas de que han estado aquí —dijo Grayan—. Vamos por buen camino.

—Así es —secundó el elfo—. Ahora solo falta rezar porque Korsten no nos haya preparado más sorpresas.

—Lamentablemente —añadió la Madre Blanca, concentrada en su tarea de sanación— la historia escrita nos dice que no es un hombre fácil de predecir, mucho menos que se conforme con una única baza —levantó los ojos verdes de su trabajo, mirando a uno y a otro—. Ahora más que nunca tenemos que estar preparados para cualquier cosa y no bajar la guardia. Encontraremos a Namirielle.




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