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La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 8: La Llamada
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
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Capítulo 8: La Llamada

El lugar al que fueron a continuación era una posada. Namirielle se quedó congelada en la entrada, golpeada por un rancio olor a cebada y licor que le picó en la nariz. No sabía mucho de posadas, era la primera vez que entraba en una, pero comprendió enseguida que ninguna doncella decente pisaría un lugar como aquel.

La posada era pequeña, con mesas grandes y cuadradas de madera ajada, la gran mayoría ocupadas por hombres de distintas edades vociferando y riendo estruendosamente entre ellos, dañando los tímpanos de la muchacha. Aquellos hombres rudos y corpulentos, de piel y ojos claros, empinaban el codo con una avidez increíble alejándose más y más de la sobriedad. Y eso en los que todavía no estaban completamente ebrios y a punto de desplomarse en el sitio.

Korsten le tocó ligeramente un hombro con el borde de su capa, recordándole que no podía quedarse en el umbral todo el día. Namirielle tragó saliva, obligándose a caminar mirando el suelo que pisaba y esperando pasar desapercibida.

El posadero contempló atentamente a los dos recién llegados, especialmente al hombre de negra vestimenta.

— ¿Qué quiere? —Preguntó en tono aburrido, un tanto hosco incluso.

Como respuesta, Korsten arrojó una pequeña bolsa de tela cobriza sobre la barra. El cordón que la mantenía cerrada se desató por lo que pareció casualidad, aunque Namirielle no lo tenía muy claro, y sobre la superficie resbalaron varias monedas de oro puro. Los ojos azules del posadero se abrieron mucho, aparentando el doble de su tamaño original.

— ¡Oh! Mis disculpas. No esperábamos un invitado tan distinguido en nuestra humilde posada —dijo de sopetón, desasiéndose en sonrisas y frotándose las manos avariciosamente—. ¿Qué se le ofrece, mi señor?

—Una habitación para esta noche, la mejor que tengas y lo más alejada del resto de huéspedes —ordenó más que pidió Korsten, a lo que el posadero se puso manos a la obra llamando a gritos a una joven camarera para que se encargase de ello—. Cenaremos ahora. Mi hija nunca ha probado el célebre marisco de Ainatesirte, pero estoy seguro de que le gustará —Namirielle se le quedó mirando, ¿Hija? Podría serlo, o una joven esposa, pero le resultaba raro pensar en ello—. Que se den prisa.

El frenético posadero movió una mesa, alejándola del resto especialmente para ellos, retirándose vociferando que trajeran comida. Namirielle tomó asiento en una silla, dejando el libro de nácar cubierto con una lona a su lado en la mesa.

— ¿Tu hija? —Murmuró en voz baja.

— ¿Prefieres esposa, tal vez? Una joven no debe viajar sola con un hombre que no sea su marido o un pariente —No estaba bien visto, y ella lo sabía.

—Creo que prefiero hija —Optó. Era mejor, desde luego.

Una camarera no mucho mayor que Namirielle se acercó a la mesa minutos después, con dos bandejas repletas de marisco que la muchacha no fue capaz de identificar, pues en el sur solo lo comían los nobles y ella aún era una principiante.

— ¿Necesitan algo más? —Preguntó la camarera. Sus ojos eran de un color verde bosque muy bonito, mirando a uno y a otro servicial.

El Rey Oscuro esbozó una leve sonrisa.

—Sí, tal vez…

Con un ademán le indicó que se acercase, y la camarera lo hizo inclinándose a su altura. Él le susurró algo al oído. Namirielle no podía escuchar ni una palabra pero veía la cara de la chica y como sus ojos verdes perdían la viveza anterior, volviéndose somnolientos y apagados.

—La has hechizado —Afirmó nada más la camarera se alejó sin una palabra.

La miró con interés, enarcando una ceja.

— ¿Estás segura? Para estar hechizada parece muy normal ¿No crees?

Namirielle siguió los movimientos de la chica, que atendía otra mesa ahora. No parecía estar bajo ningún encantamiento, desde luego.

—Le has hecho algo, estoy segura… —frunció el ceño, una idea empezando a formarse en su cabeza—. ¿Me has hechizado a mí también? —Eso explicaría muchas cosas, su buena disponibilidad para ayudarlo por ejemplo.

El Rey Oscuro se inclinó sobre la mesa, juntando las manos bajo su barbilla con un suspiro. La muchacha se fijó entonces en sus manos, advirtiendo un anillo de plata con una obsidiana engarzada, la única joya que portaba; era un anillo muy bonito, sencillo pero elegante, de aspecto antiguo.

—No puedo hechizarte, Namirielle. Lo intenté en mi castillo pero al parecer mi magia no funciona contigo —no estaba muy convencida, y por lo que él propuso a continuación, debía reflejarse claramente en sus ojos aquella duda—. ¿Hacemos una prueba?

No respondió en un principio. Sus conocimientos de magia eran escasos, estaba segura de que podría fingir que no funcionaba y ella se lo creería.

—Puedes engañarme. Tal vez ya lo hayas hecho y yo no me dé cuenta hasta que sea demasiado tarde.

—Puedo engañar a tus ojos mediante la ilusión, pero no a tu corazón. Lo sabes.

Namirielle ya no estaba segura de nada.

Aunque Korsten había insistido en que se quedara un rato con él bebiendo vino y hablando sobre encantamientos, tema que había ocupado la noche entera, la joven prefirió retirarse a su habitación después de cenar.

— ¿Tú dónde dormirás? —Preguntó antes de irse, un poco nerviosa recordando que solo había alquilado una habitación.

El Rey Oscuro esbozó una ligera sonrisa ante aquella cuestión.

—No es algo por lo que debas preocuparte —Fue su respuesta.

No pudo evitar sentirse intrigada, y un poco desconcertada, pero no dijo nada y subió al nivel superior en compañía de la camarera de ojos verdes, camino a su habitación; tenía el mismo tamaño que la que había poseído en el templo desde niña, compartida con Jaridia, incluso la distribución era muy similar.

Cerró los ojos. Por un momento imaginó que estaba de vuelta al Templo Blanco, con su amiga y las otras chicas. Casi podía oler el perfume a lavanda de la ropa limpia, escuchar los pájaros cantar en la ventana dispuesta entre las dos camas…. pero cuando volvió a mirar la ilusión se disipó. Aquellos días quedaron atrás y nunca más volverían, murieron con su querida Jaridia.

Con un nudo en la garganta atizó el fuego que alguien había encendido para ella, esperando que este eliminase su repentino desasosiego.

Se acostó rápido, abrazada al bello libro de las raschidas, pero no podía dormirse; no dejaba de dar vueltas bajo las mantas, inquieta. No era Jaridia y la culpa por su muerte lo que le impedía conciliar el sueño, sino las dudas e inquietudes con respecto a lo que estaba haciendo. Una vez más se preguntó porqué no era más fuerte de corazón. Si las cosas no le afectaran tanto podría ser más objetiva, y eso era lo que necesitaba hacer con Korsten; pensar y evaluar, llegar a la verdad.

Dio una nueva vuelta en el lecho y a punto estuvo de caer al suelo por la brusquedad con que se movió. Debía admitir que tenía curiosidad. Era curiosa por naturaleza y ni el miedo lo aplacaba. Pero aparte de lo mucho que la intrigaba el Rey Oscuro, era necesario saber algunas cosas, empezando por el resto del viaje ante ellos y continuando con qué tenía pensado hacer cuando rompieran la maldición y recuperase su alma.

Los párpados le pesaban, entrando en el ansiado sueño cuando algo la hizo abrirlos de nuevo. Adormilada se incorporó hasta sentarse, sus ojos claros en la ventana colocada a su derecha.

Salió de la cama y se aproximó, mirando a través del cristal, y la abrió siendo recibida por la brisa que olía a mar. Desde allí podía verlo, una masa de agua negra como la tinta. Fue golpeada de nuevo por emociones que no podía describir, confundiéndola. Anhelaba el mar, casi podía sentir sus dedos siendo bañados por el agua cuando extendió la mano. Escuchaba las olas golpeando, una constante llamada que no podía eludir.

Con un largo suspiro, cerró las ventanas y regresó a la cama.

 

 

 

 

Oía el mar llamándola, no podía dejar de avanzar hacia él, sentía que si no lo hacía nunca más volvería a estar completa de nuevo.

Como en una nube se movió por los pasillos superiores de la posada, esquivando la taberna y saliendo por la puerta trasera, una puerta cuya existencia desconocía pero que misteriosamente había hallado. Salió fuera y una gélida corriente de aire acarició su cuerpo, apenas envuelto en un fino vestido blanco que no la abrigaba. Tampoco tenía frío, aunque en ese momento poco se hubiera percatado de ello; el mar era su única prioridad.

Flotaba más que caminaba por las calles plateadas de Ainatesirte, tan ligera como solo podías sentirte durante los sueños. Y como siempre ocurría en éstos, encontró el camino sin tan siquiera conocerlo con la confianza de quien hubiese vivido allí toda su vida.

Pronto se encontró ante la oscura masa liquida, en casa. Una playa de arena color ocre se extendía ante Namirielle, y con cada paso que dio sus pies se enterraron más y más en ella. Le gustó aquella sensación, la hizo sentir aún más ligera, como una nube de espuma blanca flotando en el agua.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca las olas lamieron sus pies, enfriándolos aún más aunque ella no lo notaba. De nuevo aquel sentimiento estrangulador embargó su cuerpo, oprimiéndole el corazón como una garra de acero. Las lágrimas rodaron por sus pálidas mejillas, la sensación de pérdida, añoranza, deseo de algo que no tendría jamás.

((Estoy tan sola... no me queda nada, solo el mar, su abrazo acuoso y la suavidad de las olas…))

Con cada paso se iba hundiendo más en el agua, que subía hasta sus caderas. Estar allí la consolaba, inundándola de la paz que tanto necesitaba. No quería volver a tierra nunca.

Entonces escuchó una voz en su cabeza:

Tienes que volver.

Negó, más lágrimas emergiendo de sus ojos. La tierra solo le había proporcionado dolor y una falsa seguridad que a sus diecisiete años le había sido arrebatada sin previo aviso. En el mar estaría a salvo, aquel era su verdadero hogar.

El mar no es tu hogar, aún estás anclada a la tierra. Vuelve con los que te aman.

¿Amor? ¿Dónde? Namirielle no estaba de acuerdo con la voz, solo decía lo que ella anhelaba oír, pero ahora era consciente de la realidad más que nunca y no sucumbiría.

Namirielle, despierta.

 

 

 

 

Abrió los ojos de golpe. Lo primero que sintió fue frío, estaba empapada. Y tenía compañía.

Miró a su alrededor, a la noche. Ya no estaba en su habitación, ni siquiera en la posada. Ante ella se abría el mar, reluciente como un espejo de obsidiana. El agua le llegaba hasta la cintura, y debió estar sumergida en algún momento porque tenía el pelo y la cara mojados también.

Giró el cuello, descubriendo a Korsten quien la había estado sujetando en todo momento para impedir su avance.

—Por fin despiertas —Dijo él.

Parpadeó confundida ¿Cómo había llegado hasta allí?

— ¿Qué ha pasado? —Musitó apenas audible. Los párpados le pesaban, negándose a seguir levantados por más tiempo.

Le acarició una fría mejilla.

—Cierra los ojos.

No hizo falta que se lo repitiera.

Cuando los volvió a abrir se encontraba en la cama otra vez. Solo las ropas empapadas indicaban que no había sido un sueño.

Pero a pesar de estar mojada se sintió cálida, el ambiente lo estaba, además de la gruesa tela negra que la envolvía como una manta. Al incorporarse la tocó con los dedos, reconociéndola: era la capa de Korsten.

Él estaba allí también, su figura recortada contra el resplandor de las llamas de la chimenea. Sus ojos dorados la observaban de aquella forma que la hacía querer coger algo y cubrirse de cabeza a los pies, temerosa de que si la miraba un segundo más le robaría el alma y toda su esencia vital.

— ¿Tienes frío?

La muchacha negó con la cabeza, aún confundida.

— ¿Qué ha pasado? Estaba aquí y de pronto vi el mar ante mí… y luego otra vez aquí…

—Fuiste al encuentro del mar mientras dormías. Tú no te distes cuenta de que no era un sueño, tu mente dormía mientras tu cuerpo se movía.

Aquello fue casi una conmoción para ella, muy sorprendida.

— ¿Por qué?

El Rey Oscuro ladeó la cabeza, dando algunos pasos para acercarse.

—Eres una raschida —fue su explicación, muy poco clara para la joven—. ¿Qué fue lo que notaste? ¿Era un sueño corriente o sentiste algo más?

Tardó un poco en responder, lo que le llevó poner en orden sus difusos recuerdos del ''sueño''.

—No sé… me llamaba —lo miró, preocupada—. ¿Si vuelvo a dormirme pasará de nuevo?

—Depende de lo que tú quieras.

—Yo no quiero ir al mar —Dejó claro.

— ¿Estás segura? —se acercó un paso más—. Me costó bastante detenerte, no querías escuchar ninguna de mis palabras. Tu única motivación en la vida era ser una con el mar, ¿De verdad no lo deseas ahora? ¿No echas de menos mecerte en sus aguas de nuevo? ¿No estarías más segura allí?

Ella jadeó nerviosa, de un tirón echando hacia atrás unos mechones de cabello mojado que le caían en la cara.

—No lo sé… —Y era verdad. Ya no sabía ni lo que quería, estaba hecha un lío.

Su mirada de oro pareció suavizarse un poco ante la fragilidad que la muchacha irradiaba.

—Ahora que eres consciente del influjo que el mar tiene sobre ti, dudo mucho que te arrastre otra vez hacia sus aguas —la tranquilizó—. Puedes dormir sin temor.

Namirielle no estaba segura de que alguna vez pudiera. Solo pensar que mientras dormía podía hacer tal cosa, entrar en el agua y perderse en medio de las olas… no quería pensar en ello, o entonces sí que no dormiría jamás.

— ¿Cómo me encontraste? —Preguntó ahora, curiosa con aquel hecho.

Él alzó la mano derecha, mostrándole una marca entre los dedos índice y pulgar idéntica a la que la muchacha tenía también.

—Me permite encontrarte donde sea que estés, te liga a mí —explicó—. Puedo acceder a tu mente en ciertas circunstancias, incluso podría obligarte a hacer algo en contra de tu voluntad —ella tragó saliva, apretando incómoda la mano con la marca contra su estómago—. Pero no está completo —añadió, señalando la parte en la que el símbolo no estaba unido del todo—. La marca en sí solo me permite conocer tu paradero, para enlazarte a mí plenamente haría falta algo más pero puedes estar tranquila pues esa no es mi intención. Y, de todas formas, no está en mi poder completar el vínculo.

Aquello último la dejó más tranquila. No quería ser una marioneta en sus manos, eso era incluso más aterrador que la posibilidad de perderse en el mar.

— ¿Y qué falta para completarlo? —Quiso saber, aunque en el fondo suponía que no le gustaría la respuesta.

El Rey Oscuro sonrió ligeramente.

—Un ritual —Fue lo único que dijo, enigmático.

Esperó a que se explicase, pero el silencio que prosiguió a sus palabras indicaba que no lo haría. Probablemente era mejor no saber más, así que ella tampoco insistió.

Silencio sepulcral, Namirielle no se atrevía a mover un músculo. Korsten seguía observándola, casi parecía que esperaba algo pero ella desconocía el qué; incapaz de soportarlo más, la joven desvió la mirada por el resto de la habitación y se envolvió mejor en la oscura capa. No lo vio sonreír ante aquella reacción suya.

— ¿Por qué estás aquí? —Acabó preguntando ella, alisando un borde de la negra tela.

—Estaba preocupado.

—Lo dudo mucho.

—Prometí que no te pasaría nada. Y, obviamente, si te sumerges en el mar no podrás ayudarme —Añadió.

Alzó la cabeza hacia él. De modo que era eso, asegurarse de que no volvería al agua para poder continuar con el viaje.

— ¿A dónde irás cuando recuperes tu alma?

Pareció sorprendido por el nuevo rumbo de la conversación. No dio respuesta enseguida, atizó el fuego tomándose su tiempo en ello. Sus ojos parecían cobrar vida en la escasa luminosidad como si estuviesen hechos de oro líquido, y de pronto a Namirielle le resultaron familiares ¿Dónde había visto unos ojos así?

—No estoy seguro. Imagino que buscaré algún lugar en el norte, construiré una cabaña y viviré de lo que cace como acostumbraban los antiguos karlenssianos, tal vez incluso llegue a casarme y tenga hijos. Pero primero tienes que ayudarme —sonrió, apartándose de la chimenea—. ¿Y tú? Aún eres una niña pero seguro que ya tienes algo en mente ¿Volverás al templo en el que te criaste? —ella ni se preguntó cómo sabía de la existencia del Templo Blanco, de algún modo no la sorprendía que estuviese al tanto—. ¿O albergas la imposible fantasía de casarte con el hijo del Duque del Lago?

Frunció el ceño. No lo veía tan imposible como afirmaba.

—Mi amor por Grayan y el suyo por mi son tan veraces como el aire que respiramos —Replicó, cruzándose de brazos ligeramente molesta con la mención.

—No dudo que tu inocente corazón crea amarlo, pero el amor no existe. Solo es una ilusión ideada por poetas y músicos para los plebeyos; un cuento mágico, un soneto de fantasía. No existe, no es real. Y el futuro Duque del Lago no puede desposar a una plebeya.

Cada palabra la golpeó dolorosamente, cuan puñaladas atravesando su pecho.

—El amor existe, está en todas partes unido a la vida —Afirmó la muchacha, muy segura.

—Eres demasiado joven para saberlo con tanta certeza.

— ¿Y quién eres tú para hablar de amor? —exigió una cada vez más ofendida Namirielle—. ¿Acaso has amado alguna vez? Quizás piensas que no existe porque tú no eres capaz de sentir una emoción semejante. Sabes incluso menos que yo sobre amor, porque solo conoces el odio y la oscuridad.

Korsten se llevó una mano al pecho.

—Oh, eso duele —ironizó teatralmente—. Mis disculpas, no pretendía ofenderte —ella no dijo nada, pero las aceptaba—. Tu amado puede haber demostrado unas atenciones propias de lo que se denomina amor. Ese gesto de colocar flores en tu cabello, lo mucho que se desvive porque seas feliz aceptando a un gato que lo agredió solo porque te hacía ilusión —enumeró para gran sorpresa de la joven—. Sí, muy conmovedor… lástima que aunque lo intente no os permitan casaros. Ningún rey lo consentiría.

Abrió la boca, incrédula porque supiera aquellas cosas.

— ¿Me has estado espiando? ¿Cómo…? —calló. Los ojos del Rey Oscuro chispeaban, deleitándose con la confusión de la muchacha. Namirielle supo en ese instante dónde había visto aquellos ojos—. Oro. Eras tú desde el principio.

Él sonrió ante su repentina comprensión.

—Pensé que no lo adivinarías nunca. Pero me sorprende aún más que el Archimago del Reino de los Elfos no tomara más precauciones. Aunque claro, ¿Quién sospecharía de un inocente gato encariñado con una joven tan adorable? Incluso el mayor de los depredadores del bosque te seguiría como un dócil cordero.

Empezaba a enfadarse, ofendida e irritada lo cual no era habitual en la muchacha. Ella había compartido buena parte de su tiempo con aquel gato negro, lo había alimentado, dado cobijo en su habitación, incluso le dejaba dormir en su cama. Había estado completamente a merced de su enemigo, ciega y vulnerable, mientras él observaba todo con aquellos inquietantes ojos dorados, cómo entrar y salir, midiendo las defensas mágicas de Syrkail. La magia del elfo nunca fue necesaria, con o sin ella Korsten hubiera hecho lo que quisiera.

—Vete —Pidió, arropándose más con la capa.

El Rey Oscuro se agachó para quedar a su altura, apartando algunos mechones mojados que se pegaban a su cuello y goteaban sobre la oscura capa seca. La joven se estremeció involuntariamente cuando sus dedos le rozaron la nuca.

—Que descanses, Namirielle —Susurró cadenciosamente.

La muchacha se encogió contra el cabezal de madera de la cama, hundiéndose en la tela negra, ansiando alejarse. Con una apenas perceptible sonrisa Korsten se retiró, dejando la alcoba y cerrando la puerta tras de sí sin hacer ruido.

Por la mañana la despertaron unos tenues rayos de sol que se colaban por la ventana. Namirielle se removió en el lecho, deseando quedarse en la cama un poco más. Tenía el cuerpo hecho polvo, como tras una jornada intensiva de recolección en el bosque o cargando docenas de cubos colmados de agua del pozo al Templo Blanco.

Pero se obligó a moverse, tomando asiento en el lecho y envolviéndose hasta la cabeza con la capa, congelada hasta las entrañas. No estaba acostumbrada a tan gélido clima. Con esfuerzo salió de la cama, descubriendo junto a la chimenea una palangana de agua y otra hirviendo en el fuego. Necesitaba un baño, eliminar la sal marina de su piel y cabellos.

Cuando estuvo limpia de nuevo y vestida con el mismo fino vestido blanco con el que había llegado, a falta de una muda limpia, se percató de las flores en su cama: hermosas centaureas, cuyo significado era amistad sincera. Al parecer Korsten se estaba disculpando, y con un detalle que agradeció mucho, tomando las flores y aspirando su perfume con una ligera sonrisa.

Abajo la taberna estaba vacía, supuso que porque aún era temprano para sus clientes habituales. Saludó a la chica de los ojos verdes y al posadero, y tomó un consistente caldo de pescado, leche fresca y una rebanada de pan con queso como desayuno.

Aunque aquellas eran cosas que ya había comido en numerosas ocasiones, tenían un sabor ligeramente distinto y muy sabroso ahora. Paladeó la leche de cabra y el fuerte queso curado como si jamás hubiera probado nada parecido, disfrutando mucho ese desayuno.

Había terminado cuando el Rey Oscuro entró en la posada.

—Espero que hayas pasado una buena noche. Partimos ahora mismo —Informó.

Ella había albergado la posibilidad de quedarse un par de días más, por lo que aquello la entristeció. Le habría gustado conocer un poco más el pueblo costero.

—De acuerdo… ¿Hacia dónde?

—Al oeste. Por mar —añadió, a lo que la muchacha palideció—. Vamos a una isla, tenemos que proseguir en barco. Ya está preparado, solo faltamos nosotros y en menos de una hora zarpará.

— ¿Tan rápido? No sé… —también había estado buscando la oportunidad de enviar un mensaje a Norwen para que no se preocupasen por ella. Ahora no sería posible—. ¿No te preocupa que salte por la borda mientras surcamos el mar?

— ¿Quieres hacerlo? —repuso él, a lo que Namirielle negó con la cabeza. Claro que no quería; por mucho que la atrajese, por muy raschida que fuera, su lugar estaba en tierra firme—. Entonces no hay nada por lo que preocuparse. Ve arriba y recoge tus cosas —le indicó—. Te esperaré fuera.

Korsten caminaba hacia la puerta, a medio camino cuando la joven le dijo tras unos breves instantes de titubeo:

—Me han gustado las flores -Y un tímido entusiasmo era perceptible en su dulce y adorable timbre de voz.

Al oírla el Rey Oscuro se detuvo en seco, pero no se dio la vuelta para mirarla.

—Me alegro -Contestó escuetamente al cabo de un par de segundos.

Y con estas palabras salió fuera. Namirielle le hizo caso y volvió arriba para tomar el libro de nácar y la capa negra, que se echó por encima para no acabar congelada, abandonando la posada. Tanto el propietario como la joven camarera se quedaron mirando a dónde la muchacha había estado por última vez antes de desaparecer por la puerta. Esperaban volver a verla algún día.

Hizo bien en ponerse la capa, porque fuera hacía aún más frío, si es que eso era posible. Miró al Rey Oscuro, tratando de advertir algún síntoma de que lo padeciera también, pero no encontró ninguno. Él levantó la capucha sobre la cabeza de Namirielle, resguardándola mejor del cruel frío. Otro gesto de amabilidad que la muchacha tomó muy en cuenta, agradecida.

Caminaron por calles similares todas entre sí, alcanzando el muelle que ella ya conocía bien. Por un momento se quedó muy tensa, deteniendo el paso con inquietud, pero Korsten la tomó por un brazo haciéndola avanzar de nuevo. La oscuridad que se filtraba por la gruesa y cálida tela de la capa fue suficiente para hacerla olvidar todo, salvo las náuseas que la embargaron. Aunque ligeras y soportables, sintió lástima por la repulsión que le inspiraba. Porque él la estaba tratando bien y era amable, pero no servía de nada. Solo cambiaría con la restauración de su alma, eliminando aquella ponzoñosa oscuridad de su ser.

Korsten intercambió unas breves palabras con un joven marinero de largo cabello dorado como el trigo y este los condujo a bordo de un gigantesco navío, el más grande del muelle que consistía básicamente en sencillas embarcaciones pesqueras. Namirielle no pudo menos que maravillarse ante la ferocidad que el barco inspiraba, grande y orgulloso, capaz de navegar entre bravas mareas y horribles tempestades. Estaría segura abordo.

La muchacha, por supuesto, jamás había estado en un barco y a punto estuvo de resbalar cuando subió, sorprendida por el ligero balanceo. Pero se recuperó rápido, pudiendo seguir a Korsten y al joven guía sin problemas recorriendo la gigantesca cubierta oeste hacia la norte.

Otro marinero de edad media y rojiza barba se acercó a ellos, mirando a Namirielle desaprobadoramente.

— ¿Qué hace ella aquí? —demandó el pelirrojo, dirigiéndose al joven marinero que les estaba mostrando el barco—. No están permitidas las mujeres abordo.

— ¿Seguro, buen hombre? —inquirió Korsten quedamente, y Namirielle tuvo la impresión de que todo a su alrededor guardaba silencio para escuchar mejor su voz—. Podríamos llegar a un acuerdo… o tal vez no sea necesario.

Los dos marineros le miraban con los ojos agrandados y vidriosos. Namirielle podía notar la magia en el ambiente, la sentía como una caricia erizando su piel.

—Los estás hechizando —susurró—. Déjalos.

Él la miró con una ceja enarcada.

—Tienes que viajar.

—Cojamos otro barco.

—Otro barco no nos llevará a la isla.

— ¿Por qué no?

No respondió. Algo en el aire cambió y los dos hombres pestañearon como despejándose de un sueño: el hechizo tejido se había deshecho.

—Por favor, necesitamos viajar —les habló Namirielle esperando convencerlos sin tener que recurrir a la magia, como tan rápidamente había hecho el Rey Oscuro—. Es muy importante que crucemos el mar cuanto antes.

—No está permitido llevar mujeres, jovencita. Lo siento, tendrán que buscar otro navío.

—Pero…

—Vamos a la Isla de Jade —intervino Korsten, y los dos hombres parecieron inquietarse al mencionar la isla—. La conocéis bien, dado que disponéis del único barco capaz de llegar a ella.

—Nunca desembarcamos en la isla —habló el marinero joven, intranquilo—. Es… nadie puede ir.

—Iréis —Afirmó el Rey Oscuro.

Otra vez aquel cosquilleo, el aire cambiando al ser tocado por la magia.

—Korsten… —Comenzó ella, inquieta.

—Tú —indicó al marinero pelirrojo—. Acompaña a mi hija a su camarote. Ahora.

El hombre asintió distraídamente, embaucado por el encantamiento oculto en la bella voz de Korsten. Namirielle, descontenta, no tuvo otra que seguirlo cuando echó andar, rodeando la cubierta y descendiendo por una trampilla hacia las entrañas del barco, rumbo a su camarote.

El marinero pelirrojo abrió una de las muchas puertas, haciéndole un gesto para que entrase. La estancia era pequeña y de techo bajo, consistía solo en un pequeño camastro con un camisón blanco tendido para ella, una mesa grande redonda y dos sillas además de un baúl viejo. De pronto se sintió aislada allí abajo, y el hecho de estar tan lejos de su hogar no hacía más que acrecentar aquella sensación.

Dejó resbalar la capa de sus hombros al suelo, tomando asiento sobre el colchón que crujió sonoramente bajo su peso. Abrazó el libro de nácar, lo único que le era familiar y acogedor allí, dejando pasar el tiempo hasta que se percató de que el barco comenzaba a moverse.

En el camarote el tiempo pasaba de forma extraña. Sin ventanas, mecida por las corrientes que conducían la nave, Namirielle tenía la impresión de llevar allí días pero cuando más tarde subió a la cubierta principal advirtió que aún había luz en el horizonte.

Pasó las horas observando el ir y venir de los hombres haciendo esto o aquello, trabajando en equipo por y para el barco. Era interesante, divertido incluso. Y nadie se fijaba en ella, todos demasiado atareados con sus deberes como para hacerlo.

— ¿Perdida, mi señora?

Se volvió, descubriendo al joven marinero que los había guiado por el barco en un principio. Le sonrió un poco, tímida.

—Solo miraba. Nunca hubiera imaginado que el funcionamiento de un barco requiriera de tanta sincronización entre tripulantes. Es…

— ¿Aburrido? —Terminó por ella.

Negó.

—Interesante. Y sorprendente que algo tan grande pueda flotar así, sin hundirse —Añadió.

Él se echó a reír.

—La gente siempre dice eso, es lo primero que les llama la atención —la miró, sus ojos claros brillantes por el entusiasmo—. ¿Le gustaría ver algo interesante de verdad? Pero debe quedar entre nosotros. El capitán podría enfadarse.

Namirielle asintió. El joven marinero indicó que lo siguiera, cruzando la cubierta y sorteando obstáculos y hombres, que más de una vez estuvieron a punto de derribar a la muchacha en un descuido. Finalmente alcanzaron lo que parecía el puesto de mando. Él se acercó a la rueda de madera que consistía el timón, en ese momento sin nadie a cargo.

—Imagino que nunca ha visto uno.

La joven negó, contemplándolo con aquella curiosidad tan suya.

— ¿Cómo funciona?

—Verá, no es tan difícil…

—Namirielle.

Aquella voz tuvo el mismo efecto sobre ella que un cubo de agua helada en pleno invierno. Se volvió, tensa. Allí estaba Korsten, quién sonrió fugazmente a la muchacha.

—Namirielle… —la manera con que pronunció su nombre, arrastrando las sílabas como si las estuviera paladeando, le produjo un escalofrío involuntario. Los ojos dorados del Rey Oscuro fueron más allá de ella, al marinero rubio—. Veo que has conseguido un guía —comentó, pasando por su lado hacia el timón. Puso una mano sobre uno de los asideros de la gran rueda de madera—. ¿Has manejado alguna vez un barco? Oh, qué pregunta, es obvio que no…Ven, te enseñaré cómo se hace.

Tras un momento de titubeo caminó hacia él, que le indicó dónde tenía que poner las manos. Namirielle se sintió un poco desconcertada cuando se apoderó del timón, incrédula con que aquello fuera responsable de la dirección del poderoso navío junto con las velas blancas que ondeaban al viento.

—Hazlo así… —le indicaba Korsten, sus manos a escasos centímetros de las suyas guiándola, por un momento observando al ya olvidado marinero quien le devolvió la mirada inquieto. Los ojos dorados relucieron lúgubres—. Lo haces muy bien, Namirielle… muy bien.

El marinero retrocedió, por un momento asustado ante lo que vio en aquellos ojos de oro líquido.

—La Muerte… —Murmuró entre dientes, mientras se alejaba de allí con prisas.

Los días siguientes no fueron muy distintos. Namirielle pasaba la tarde en cubierta, sentada en algún rincón observando a los marineros en sus quehaceres diarios, o mirando el mar que los rodeaba y la cada vez más lejana costa de Ainatesirte hasta que dejó de verla.

La mayor parte del tiempo estaba sola, no veía a Korsten muy a menudo. Y el marinero tan simpático del primer día no había vuelto a dirigirle la palabra, lo cual no sabía cómo tomarse, ¿Le habría ofendido sin darse cuenta?

A la quinta noche, tras una sencilla cena a base de pescado fresco, estaba un poco somnolienta a causa del fuerte vino norteño y decidió acostarse temprano. Regresó a su camarote y se tumbó en la cama bajo gruesas mantas de piel, con el libro de nácar debajo de su almohada como habituaba. Podía escuchar las risas estruendosas de los marineros desde allí, pero se cubrió la cabeza con una manta y cerró los ojos, ignorándolas.

No supo cuanto tiempo estuvo dormida, serían unas pocas horas, pero de pronto una fuerte sacudida la hizo saltar prácticamente de la cama. Se incorporó de golpe con sus ojos azules muy abiertos y el pelo revuelto, despierta del todo.

Otra sacudida más fuerte la envió hacia adelante, tirándola de la cama para gran estupor suyo. Se golpeó duramente en una pierna, y con una mueca de dolor se puso en pié asiéndose al borde de la cama con la mano libre en la zona dolorida. El barco volvió a revolverse y poco le faltó a la joven para regresar al suelo, pero logró sujetarse a tiempo.

No comprendía por qué de pronto se movía tanto. Durante aquellos días el mar había permanecido en calma, y los marineros pronosticaban que seguiría así mucho tiempo, ¿Qué estaba pasando?

La única forma de averiguarlo era salir fuera y preguntar. Con cuidado de no caerse debido al violento zarandeo, se puso una manta por encima y salió del camarote recorriendo un estrecho pasillo y subiendo por una trampilla hacia el exterior.

Al asomarse fuera fue recibida por la lluvia. Quedó atónita con el panorama con el que se encontró; olas titánicas azotaban los flancos del barco, lamiendo la cubierta y bañando a sus tripulantes. Las nubes cubrían el cielo y la luna llena, pero no llovía como ella había pensado en un principio: el agua que la estaba mojando era salada.

Precavida para no acabar resbalando y golpeándose contra algo, fue caminando por la cubierta siempre agarrada a algo. Los marineros no se percataron de su presencia, todos corrían frenéticos de un lado a otro, desesperados por mantener el barco firme contra el oleaje.

Un poderoso crujido se produjo, ensordeciendo a Namirielle por breves segundos. Aquello la alarmó, y más cuando se preguntó dónde había sido y cuál era la razón, porque las olas suponía que no.

— ¡Rápido! ¡Poneos a salvo de sus barridos, salvaguardad los botes! ¡No lo dejéis acercarse a los botes! —Gritaba alguien en medio del caos.

Tales palabras dieron que pensar a la muchacha. ¿Acaso estaban siendo atacados? ¿Por quién?

Su respuesta llegó poco después. Otro crujido y el sonido de madera astillada perforó sus oídos. Algo alargado como una serpiente y gigantesco emergió del agua hacia el cielo, seguido de varios más: tentáculos.

—Imposible… —Musitó, aterrada.

No estaban siendo atacados por alguien, sino por algo. Y estaba dispuesto a hundir el barco entre sus poderosos tentáculos.



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