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La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 6: El Castillo Oscuro
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
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Capítulo 6: El Castillo Oscuro

—Canta —Solicitó Korsten, su voz una sugerencia, su mirada una orden.

Ella no podía hablar, mucho menos cumplir su petición. Negó con la cabeza.

El semblante del Rey Oscuro cambió, la furia abriéndose paso mientras alzaba una mano y chasqueaba los dedos. Namirielle notó algo en sus pies y al mirar descubrió un sinfín de cucarachas, cientos, trepando por la falda de su vestido blanco.

La muchacha gritó de repulsión, tratando de quitárselas de encima, pero seguían trepando por su vestido llenándolo, alcanzando sus cabellos rizados. Y aparecían más, cubriéndola de cabeza a los pies. Cerró los ojos y dejó de gritar para que no se le metieran en la boca, intentando en vano despejarse la cara con las manos cubiertas de más cucarachas; notaba con asco y desesperación sus patas y antenas sobre la piel.

Pero de pronto dejó de sentirlas. Abrió los ojos, descubriendo que no había ninguna cucaracha en su cara o en su vestido, tampoco cerca, que nunca habían estado allí en realidad pues solo fue una ilusión. Miró a Korsten, que la observaba fríamente.

— ¿Cantarás ahora?

Se cubrió la boca con las manos, sollozando, lágrimas de terror emergiendo de sus ojos claros. Aún así negó con la cabeza de nuevo, retrocediendo buscando alejarse todo lo posible de él, dando media vuelta para echar a correr hacia una puerta que vio al fondo de la sala, bordeada por dos viejas estatuas de panteras.

Las estatuas cobraron vida de pronto, mirándola con dos pares de ojos en un verde refulgente y gruñendo por lo bajo. Namirielle se detuvo a pocos metros, con los ojos abiertos de par en par.

—Ellos también quieren que cantes—dijo el Rey Oscuro, sin moverse de donde estaba—. Complácenos.

La muchacha tragó saliva con aprensión. Sopesó sus posibilidades; estaba acorralada, sin saber qué hacer.

Pero vio un corredor, no el que la había llevado hasta allí sino otro mejor iluminado. No lo pensó un segundo más y se arrojó en esa dirección, corriendo con todas sus fuerzas, las cuales eran aumentadas por el miedo que sentía.

Korsten suspiró, clavando sus ojos dorados en los felinos de ébano.

—Cogedla —ordenó—. La quiero viva y entera.

Las dos panteras no tardaron en lanzarse en carrera tras la muchacha. El Rey Oscuro los siguió con lentitud, sin prisa.

Namirielle no sabía a dónde iba, cuando el corredor se bifurcaba en varias direcciones ella tomaba una al azar sin pensar, presa del pánico. Su camino fue cortado en varias ocasiones por puertas, pero afortunadamente todas estuvieron abiertas y pudo continuar.

En un momento dado, y tras mucho tiempo corriendo, necesitó detenerse un segundo, solo uno; notaba las piernas débiles a punto de flaquear por causa de la veloz y continuada carrera desesperada. Necesitaba un descanso y aquel parecía un rincón seguro para ello.

Se apoyó en la pared de piedra con la frente perlada de sudor frío, mirando a su alrededor temiendo que aquellas panteras aparecieran por un extremo del pasillo, o peor, que lo hiciera Korsten. Pero no vio nada, estaba sola. Suspiró, cerrando los ojos por un momento y regulando la respiración poco a poco.

—Vaya, vaya —le llegó una repulsiva voz. Miró a su alrededor, descubriendo unos ojillos amarillos en un punto oscuro del pasillo—. El amo ha traído una doncella.

—Sííí, una doncella —dijo otra voz igual de repulsiva—. Una doncella con una piel muy suave y tierna —Añadió, aterrador.

—Suave y tierna —Repitió un tercero en el mismo tono que el anterior.

Namirielle se quedó petrificada. De la oscuridad vio emerger tres pequeñas figuras: apenas medían poco más de un metro y tenían la piel grisácea y escamosa, con pequeñas pero afiladas garras y dientes que exhibían en una lasciva sonrisa.

Los duendecillos la miraban fijamente, avanzando en abanico hacia la joven que se separó de la pared y corrió en dirección contraria. La siguieron.

No había recorrido mucho cuando sintió un fuerte tirón en su vestido. Se giró, descubriendo que los duendecillos habían apresado sus faldas riendo macabros. Namirielle forcejeó pero ellos seguían tirando y al final la muchacha cayó al suelo. Los pateó tratando de quitárselos de encima pero ellos seguían tirando de su vestido, arrancando algunos trozos de tela, acercándose más a ella e impidiéndole que se levantara.

— ¡No! ¡Dejadme! —Gritó, desesperada.

Uno de ellos la cogió por el antebrazo derecho e hizo ademán de morderla, pero la joven luchó por soltarse y el duendecillo acabó por quedarse con parte de su manga blanca. Un segundo trepó por la falda, arañando su cintura con las afiladas garras rasgando tela y piel. Namirielle lo golpeó, pisoteando al tercero y logrando soltarse para a continuación ponerse en pié.

Pero enseguida volvió a ser apresada por los dos primeros, que tiraron por su vestido y cabellos, enviándola una vez más al suelo donde de nuevo luchó por liberarse con desesperación.

Gruñidos inundaron el corredor, los duendecillos volviéndose con las puntiagudas orejas bajas. Namirielle también se giró, arrastrándose lejos del trío y descubriendo las dos panteras de ébano avanzando con Korsten en medio.

— ¿Qué estáis haciendo? —Exigió saber el hechicero, el aire a su alrededor enturbiándose, incluso más amenazador e intimidante a pesar de que no había elevado su hipnótica voz.

Los duendecillos se postraron temblorosamente en el suelo ante él.

— ¡Amo, perdónanos! —Suplicaron al unísono.  

El Rey Oscuro los miraba con desprecio.

—Mis órdenes fueron muy claras, en ningún momento os di permiso para acercaros a ella. Ni siquiera dije que pudierais mirarla.

Uno de los duendecillos levantó la cabeza del suelo.

—Lo lamentamos, pero… —sus ojillos amarillos acabaron por desviarse hacia Namirielle, la joven observándolo todo de pié pegada a la pared a sus espaldas—. Es tan hermosa, y huele tan bien…

Tras estas palabras comenzó a convulsionarse entre gritos bajo la atónita mirada de Namirielle, quien abrió mucho los ojos preguntándose qué le estaría pasando a la desdichada criatura. Pero cuando acabó en un montón de cenizas a los pies de Korsten supo que él había sido el causante. Los dos duendecillos restantes permanecieron muy quietos, postrados en el suelo en completo silencio.

La joven contemplaba las cenizas sin realmente verlas, atemorizada pero también con una pizca de lástima por la criatura aun después de lo que había intentado hacerle junto con los demás.

Korsten la miró entonces, olvidando a los temblorosos duendecillos que quedaban. Se acercó a ella, quien se pegó más a la pared a sus espaldas con la mirada borrosa a causa de las lágrimas.

— ¿Qué te ocurre, pequeña? —Su sedosa voz incluso mostraba preocupación, tocándole el pelo con la yema de los dedos en un gesto casi tierno.

Ella le devolvió una mirada suplicante y asustada, encogiéndose bajo sus dedos trasmitiéndole una oscuridad tan turbia que no podía soportarlo.

—Por favor… por favor, quiero regresar. Deja que me vaya…

El Rey Oscuro le sonrió dulcemente, una sonrisa que no se reflejaba en sus ojos ocultando cosas para nada dulces. Namirielle se movió un poco a la derecha, pegada todo lo posible a la fría pared que tenía detrás, queriendo liberar su cabello de aquellos dedos que no dejaban de trasmitirle vibraciones tan negras que se le cerraba la garganta por la angustia. No estaba segura del todo pero intuía que Korsten sabía esto, y aún así continuaba recortando el espacio entre ambos, ahogándola más y más con su oscura aura.

— ¿Les tienes miedo? —hizo un gesto en dirección a los duendecillos, custodiados por las dos panteras de relucientes ojos verdes. La muchacha asintió muy despacio, temblorosa, su mirada desviándose constantemente de él a los dedos jugando con sus rizos—. No has de estar asustada, ellos no te harán daño —le aseguró, su voz una caricia tranquilizadora que la hizo relajar un poco su tensa postura, justo antes de añadir en el mismo tono que pretendía calmarla—. Aquí al único monstruo al que has de temer es a mí.

Gimió aterrada, alejándose pegada a la pared, queriendo escapar a toda costa. Korsten la cogió de un brazo, impidiéndoselo más por el fuerte mareo que la embargó entonces que por el agarre en sí.

—Pero —continuó él hablándole con aquella voz suave y pausada, baja y atrayente—, si haces todo lo que yo te diga, tampoco tendrás motivos para temerme —tomó sus hombros y ella esbozó una mueca de repulsión ante la oscuridad que sintió atravesando la tela de su vestido, calando en su piel y huesos—. Empieza por cantar para mí y tu estancia será más que placentera, niégate a obedecerme y sufrirás torturas que tu inocente imaginación sería incapaz de imaginar. Tú eliges.

Namirielle trataba de liberarse pero enseguida advirtió que si lo tocaba era peor, aquella sensación arremolinándose en su estomago crecía.

— ¡No voy a cantar, no haré nada en absoluto! ¡Puedes matarme si quieres! —Se negó furiosa y asustada por igual aunque la primera emoción se desvaneció al pronunciar aquellas palabras, suplida por más miedo y temor ante la reacción que podría tener el Rey Oscuro entonces. No quería morir, no estaba preparada.

Pero Korsten seguía contemplándola con la misma expresión, una mezcla entre diversión y retorcido interés, sus ojos reluciendo a la luz de las antorchas como oro líquido. Se inclinó sobre ella, inspirando contra su cabello haciendo que la muchacha se estremeciera de puro terror. Namirielle nunca había sentido tanto miedo, ni siquiera cuando la habían secuestrado.

—Mmm… esa no es una buena elección, no cuando podría mantenerte viva eternamente gracias a mi magia. Significaría una tortura muy larga, tanto que acabarías por suplicar que te matase de la forma más dolorosa posible con tal de ponerle fin —le advirtió, ronroneando—. ¿Seguro que no prefieres colaborar por tu propia voluntad?

Volvió a forcejear, abrumada con tanta oscuridad pegándose a su piel, notando como el aire a su alrededor se espesaba dificultándole la respiración. Él acabó por soltarla, su sugerente risa extendiéndose por el corredor, y Namirielle trastabilló para alejarse pasillo arriba lo más rápido que sus piernas le permitían.

—Puedes correr todo lo que quieras pero no esconderte de mí, no en mi propio castillo —le llegó la voz del Rey Oscuro, más distante con cada paso—. Estás muy lejos de tu gente, no saben dónde estás ni vendrán a buscarte. Hazte a la idea.

Pero ella se negaba a hacerlo, tenía que encontrar la forma de salir de allí tal y como entró.

El pasillo terminaba en escaleras descendentes. No quería bajar pero lo hizo, subiéndose el dobladillo del destrozado vestido para no tropezar, bajando los escalones de dos en dos. En ningún momento miró atrás pero en su corazón sabía que Korsten la estaba siguiendo de cerca, por eso tomó las escaleras que eran su única posibilidad pues no daría marcha atrás.

Abajo vio que estaba en un estrecho corredor, tan ancho como dos personas, en muy mal estado; la piedra estaba gastada y mohosa, repleta de telarañas antiguas en cada rincón, el suelo sucio y descuidado repleto de escombros que llevarían allí muchos años. Namirielle avanzó, asqueada con el entorno.

El corredor estaba cortado por una puerta de madera oscura carcomida por el tiempo pero sólida y resistente. Se dispuso a abrirla, pero al contrario que otras puertas con las que se había cruzado, esta estaba cerrada a cal y canto. No podía ser cierto.

Forcejeó con la puerta, desesperada sacudiéndola con todas sus fuerzas, pero no cedió en lo más mínimo. Miró atrás, descubriendo la sombra de un hombre en las escaleras; Korsten ya estaba allí, y ella no tenía donde esconderse. Estaba acorralada.

—Por favor, ábrete… —Rogó, rezando internamente a los Dioses.

La amenazadora figura del Rey Oscuro surgió por las escaleras, avanzando con paso lento como en un paseo, flanqueado por las dos panteras por cuyos colmillos goteaba sangre fresca ahora. Probablemente perteneciente a los duendecillos.

— ¿No preferirías gastar tus energías en una sala de música? —sugirió él, claramente disfrutando con su desesperación—. El castillo es grande, puedo crear una a tu gusto si lo deseas, con todos los instrumentos que puedas imaginar —Le propuso, su voz de nuevo causando aquel efecto hipnótico y tentador en la joven.

Sacudió bruscamente la cabeza, algo en su interior rechazando por completo cantar para él aunque no comprendía la razón. Golpeaba una y otra vez aquella puerta como jamás había golpeado algo en su corta vida, lágrimas de ansiedad y rabia recorriendo sus mejillas. No vio el gesto que Korsten hizo con una mano, la puerta abriéndose entonces. Ella la traspasó para a continuación apresurarse en cerrarla, aquel su fútil intento por evitar que la siguiera.

Nada más bloqueó el cerrojo, se volvió descubriendo una extraña criatura humanoide de piel grisácea con un tercer y cuarto brazo emergiendo de sus costados, tres dedos acabados en afiladas garras, un único ojo y dientes afilados y babeantes. Namirielle gritó por la impresión, la criatura arrojándose en su dirección y empujándola a un lado con violencia, aullando como una bestia descontrolada. La muchacha cayó y se golpeó en la cabeza con una piedra del suelo, quedándose allí aturdida y con la visión borrosa.

La criatura seguía aullando, frenética. Un fuerte ruido inundó la sala y Namirielle vio que la puerta por donde había entrado saltaba de su lugar, entrando Korsten tranquilamente con las panteras que se arrojaron sobre la criatura tumbándola e impidiendo que se moviera. El Rey Oscuro  contemplaba impertérrito a la bestia, y cuando levantó una mano la criatura empezó a retorcerse sobre sí misma aullando aún más a causa del dolor que le causaba su magia.

La joven se llevó una mano a la cabeza, ahí donde se había golpeado dolorosamente, y al retirarla descubrió sangre. El impacto había sido fuerte, más de lo que pensó.

—B-basta —pidió, compadeciéndose de la desdichada criatura deforme—. Está sufriendo, tu magia le hace daño.

Korsten la miró entonces, pero no bajó su mano y la bestia continuó retorciéndose de agonía.

— ¿Serás obediente si dejo que viva? —Demandó a cambio, sin inmutarse ante el dolor de aquel ser, observando a la muchacha pacientemente.

Guardó silencio, tensa; no iba a ceder y él lo leyó en sus ojos. Cerró la mano en un puño y la criatura estalló en un millón de cenizas con un último lamento. Namirielle jadeó, horroriza ante tanta falta de misericordia.

Cuando el Rey Oscuro se aproximó a ella, la muchacha se arrastró lejos apoyándose en la pared para poder ponerse en pié. Se mareó, cayendo sobre sus rodillas y golpeándoselas contra la dura piedra.

— ¡Eres un monstruo! —le gritó en un gimoteo—. Sé lo que hiciste con tu reino, cómo aterrorizaste a todos con guerras y más guerras ¡Ojalá pudiera devolverte al sello!

Él se agachó a su lado, retirándole unos mechones de pelo de la cara y descubriendo la pequeña herida sangrante que se había hecho en la sien. La joven se apartó abruptamente, repelida con la oscura aura envolviéndolo.

—No sabes nada de mí, Namirielle. De saber algo, entenderías que lo mejor que puedes hacer para evitarte sufrimientos mayores es complacerme, en lugar de intentar revelarte inútilmente.

No dijo nada. Su visión era cada vez más borrosa y el cansancio mayor, sabía que se estaba desmayando, que era a causa del golpe y que solo el miedo la mantenía aún despierta. Pero no quería perder el conocimiento, temía qué pasaría después.

Korsten la observaba tranquilamente, esperando hasta que los ojos de la joven se cerraron y su cuerpo se derrumbó. La cogió antes de que tocara el polvoriento suelo.

—Una lástima —murmuró para sí, pensativo, aunque no parecía lamentarlo demasiado—. Tendré que probar otra cosa…

 

 

 

 

Grayan acababa de regresar al Castillo del Lago. Estaba preocupado, había buscado a Namirielle por la Plaza Oval y sus alrededores pero ni rastro de la muchacha.

Empujó una puerta y entró en el salón favorito de su padre, donde sabía que lo encontraría. Y en efecto estaba allí, en compañía de los elfos Syrkail y Kailette.

—Buenas noches, Grayan —lo saludó el Duque con una sonrisa, ajeno a su alteración—. Ven, siéntate y cuéntanos qué tal las fiestas de primavera en la Plaza Oval.

— ¿Alguien ha visto a Namirielle? —Preguntó ignorando las palabras de su padre, algo bastante insólito.

La elfa pelirroja frunció el ceño.

— ¿Namirielle? No la he visto en toda la noche. Tal vez haya ido a la plaza, pero lo dudo…

—Si fue, estuve enseñándosela —respondió muy escueto—. Me separé de ella un momento para solucionar un problema con la guardia, y cuando volví ya no estaba.

—Y supongo que la buscasteis bien —comentó Syrkail, que ante las palabras del joven noble empezó a concentrarse en su magia, rastreando el castillo—. No está aquí —Confirmó al cabo de unos segundos.

—Entonces es que no ha vuelto —Murmuró el Duque entrelazando las manos, incómodo. Lo preocupaba el significado de aquello, y no era al único.

Un silencio pesado se apoderó de los presentes, roto al cabo de largos segundos por Grayan.

—Como le ponga una mano encima, juro que se lo haré pagar… —Siseó.

—Grayan —trató de calmarlo su padre, colocando una mano en su hombro—. Todavía es pronto para saberlo con certeza. Puede que dejase la plaza por su propio pie, debido a alguna razón sin importancia.

—Le ha pasado algo, estoy seguro… no se habría ido así, sin tan siquiera despedirse.

—No parece propio de ella, en efecto —coincidió Syrkail con el joven norwentano—. Pero no adelantemos acontecimientos todavía. Lo mejor es que nos aseguremos primero.

El Duque asintió.

—Enviaré una guardia a registrar los alrededores de la plaza.

—Ya lo hice yo con mis hombres, padre, y no la encontramos. Por eso regresé.

Volvió a asentir.

—Entonces buscaremos más lejos, debajo de las piedras si es necesario. Una muchacha no se desvanece en el aire así como así.

—Preferiría no replicar a eso —habló el elfo con lentitud, poco cómodo con la cuestión—. Pero conozco unas cuantas formas de hacer que una muchacha se desvanezca en el aire, y el Rey Oscuro probablemente algunas más. Si él tiene algo que ver con esto, lo más seguro es que en efecto Namirielle se haya evaporado en mitad de la nada, acabando en algún lugar fuera de nuestro alcance.

— ¿Y cómo podemos saberlo con certeza? —Preguntó Grayan, temblando internamente ante aquella posibilidad.

—Llevadme al último sitio donde la visteis en la Plaza Oval —pidió—. Si ella os estaba esperando y algún tipo de magia la obligó a marcharse, lo percibiré y podré obtener un rastro a partir del cual empezar a buscarla.

 

 

 

 

Abrió los ojos lentamente pero se incorporó de golpe al recordar, mirando nerviosa a su alrededor. Estaba en su cuarto, de vuelta al Castillo del Lago.

Se miró el vestido, viendo los destrozos en él como prueba de que había sido real y no una pesadilla, llevándose una mano a la frente; le dolía un poco.

Dejó la cama despacio, acercándose al tocador. Tenía una cara horrible con oscuras ojeras rodeando sus ojos azules, y al echarse el pelo hacia atrás descubrió la sien derecha lisa, ninguna marca de una herida que ella recordaba haberse hecho en aquel lugar de pesadilla, al golpearse contra algo. Le extrañó, recordaba bien cuando al tocársela había visto sangre manchando sus dedos, pero la piel estaba inmaculada ((¿Me habrá curado él?)). Se preguntó, aquella la única explicación posible.

Salió de la habitación, internándose en los pasillos buscando alguna cara conocida. Sus pasos la llevaron hasta unas enormes puertas de doble hoja pintadas de verde y gris, uno de los salones del Castillo del Lago. Empujó las puertas, entrando y descubriendo que no estaba vacío: vio a Kailette de pié junto al fuego y al Duque del Lago sentado en un acolchada silla grisáceo. Ambos se volvieron hacia el umbral entonces, con expresión de asombro al verla.

— ¡Namirielle! —Exclamó la elfa pelirroja, apresurándose en recortar la distancia y abrazándola.

Con aquel abrazo la muchacha estalló en sollozos incontrolables, asustando a su amiga.

— ¿Estás bien? —Preguntó separándose de ella y advirtiendo los destrozos en su vestido blanco. Abrió mucho sus ojos verdes, sorprendida—. ¿Qué te ha pasado?

Ella comenzó a hablar sin parar ni dejar de tartamudear, sus palabras carentes de sentido pues estaba totalmente conmocionada.

—H-h-horrible… esa p-pobre criatura s-s-sufría, pero él… aquellos seres q-querían c-comerme… y l-los b-bichos trepando… la v-voz…

Kailette volvió a abrazarla, acariciándole la espalda e intentando calmarla un poco porque estaba completamente histérica; no se había enterado de nada de lo que dijo, pero de igual modo no le gustaba.

—No te preocupes, ya pasó, ya pasó… —Le decía con ternura, sin dejar de abrazarla.

El Duque observaba de pié junto a su sillón, en segundo plano, angustiado al ver el mal estado de la muchacha. Nunca la había visto así, ni siquiera cuando la habían rescatado de las garras de los brujos que quisieron liberar a Korsten.

— ¿D-dónde está Syrkail? —Preguntó Namirielle entonces, buscándolo por la sala con la mirada.

—No está en el castillo —respondió el noble—. Fue con mi hijo a buscarte en la Plaza Oval. Te hemos estado buscando durante toda la noche, pero ni rastro de ti, ¿Cómo has regresado? —Hizo aquella pregunta pues no deseaba perturbarla con la otra cuestión que tenía en mente, y era dónde había estado todo ese tiempo.

Ella tardó bastante en responder, intentando poner orden a sus caóticos recuerdos.

—No sé cómo volví, me desmallé y de pronto estaba en mi cuarto, aquí en el Castillo del Lago… no sé cuánto tiempo ha pasado, ni dónde estuve salvo que se trataba de un castillo, uno muy viejo e inquietantemente oscuro.

—Está a punto de amanecer —Resolvió Kailette una de sus dudas.

La miró, sus ojos azules muy abiertos a causa de la impresión, ¿De verdad había estado fuera una noche entera? A ella le parecía muy confuso todo, como si llevase tan solo minutos lejos de allí. O días, no lo tenía muy claro.

La elfa le acarició el pelo.

—Ven conmigo, tienes que cambiarte de ropa —le sugirió—. También te vendría bien un baño ¿Tienes hambre? —ella negó. Su estómago estaba completamente cerrado—. Bueno, de todas formas pediré que te suban el desayuno después —miró al Duque del Lago—. Si nos disculpáis…

Él hizo un elocuente ademán de asentimiento, indicando que podían irse. Las dos salieron fuera, de regreso a los aposentos de Namirielle.

La elfa se ofreció a ayudarla a desvestirse y cepillarle el cabello, cosa que agradeció pues no quería estar sola.

A través de las cortinas medio echadas vieron como el sol salía, alumbrándolo todo con su cálida luz. Namirielle las apartó, dejando que los rayos de sol entrasen a raudales; después de tanta fría oscuridad necesitaba luz y calor.

Tocaron en la puerta. Ella se sobresaltó, girando en redondo hacia la dirección del ruido, reacción que preocupó a Kailette. Cuando la elfa abrió descubrieron que solo era la cocinera, quien había subido personalmente para traerle el desayuno a la muchacha, Namirielle aliviada al reconocerla.

—No era necesario que te molestases, Ulge —Le dijo a la criada, sonriéndole un poco. Durante su corta estancia en el castillo había entablado buena relación con la mujer de cabellos canosos y piel aceitunada, con todos los criados que servían al Duque.

La mujer depositó la bandeja que portaba sobre el tocador, con cuidado de no derramar el zumo que llevaba encima.

—No me importa hacerlo —frunció el ceño al ver su rostro demacrado y más pálido de lo normal—. Bébete el zumo rápido —le indicó, tomando el vaso de la bandeja y acercándoselo—. Te vendrán bien sus nutrientes.

Namirielle asintió, bebiéndoselo obediente, sabedora de que no se iría hasta que lo hiciera. Luego sonrió.

—Gracias.

La mujer asintió y la dejó con Kailette, quien había encontrado el libro de nácar en el baúl anteriormente mientras le buscaba otra ropa que ponerse. La elfa pelirroja ojeaba las bellas páginas deleitándose con su acabado e intentando comprender algún símbolo, sin éxito pues no corría sangre raschida por sus venas.

—Es increíble que un objeto tan hermoso y etéreo sea a la vez tangible y sólido —Comentó.

La muchacha se acercó a ella, echando un vistazo a las páginas por encima de su hombro.

—Yo también lo pienso. Es demasiado perfecto.

—Igual que tu voz —añadió, mirándola fijamente con sus intensos ojos verde oliva—. Pero lo etéreo de esta es del todo cierto. Dicen lo mismo de las raschidas, de su pureza y belleza.

Ella desvió la mirada al suelo, tímida. No dijo nada.

—Sé que Syrkail se enfadará conmigo si te digo esto sin hablarlo con él, pero… Namirielle, ¿Eres consciente del poder de este libro? ¿Has pensado alguna vez en emplearlo de forma ofensiva?

La miró con el ceño fruncido ante lo que le estaba sugiriendo.

—Sé que el poder en su interior es muy grande. El más puro que he percibido nunca. ¿Pero cómo podría usarlo yo en contra de alguien?

—Eres la única que puede, Namirielle —afirmó—. Eres joven y todavía no entiendes la grandeza de las raschidas, pero puedes aprender. Eres mucho más poderosa de lo que crees, tanto que nada será capaz de hacerte daño una vez comprendas hasta dónde puedes llegar con este libro. Ni siquiera el Rey Oscuro podría, es más: desea tu miedo, lo busca porque tiene más motivos para temerte que tú a él.

Namirielle sacudió la cabeza, no dando crédito. Ella no podía enfrentarse a Korsten, eso era impensable y absurdo.

—No, Kailette. No tengo magia, ningún tipo de poder…

—Pero el libro sí —puso una mano sobre su hombro, llena de convicción, queriendo trasmitírsela a la muchacha—. Todo es posible para ti con el libro, con su poder a tu disposición. No te separes de él nunca y estarás a salvo.

Miró el libro, sus nacaradas páginas blancas con trazados en plata. Sí, la haría estar a salvo, eso lo creía.

Kailette le tendió el libro y ella lo cogió, apretándolo contra su pecho. Enseguida notó el familiar cosquilleo proveniente de sus tapas de nácar, su poder como una esencia blanca e inmaculada que irradiaba conectando con algo que estaba dentro de ella. Se sintió en paz.



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