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La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 5: La Voz
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
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Capítulo 5: La Voz

Durante los días siguientes Namirielle no dejó de tener el mismo sueño. Abría los ojos y se encontraba en un bosque verde jade rodeada de foresta, caminando por entre los árboles hasta que avistaba por encima de sus copas la parte superior de una torre de piedra gris. Sentía una extraña atracción por aquel lugar pero desconocía la razón, ni siquiera sabía si existía o era producto de su mente. Y si era real, ¿Por qué aparecía en sus sueños? ¿Cuál era la causa? Aquella torre no le gustaba, era como si su intuición le dijera que no debía acercarse pero nunca llegaba a hacerlo lo suficiente para verla mejor, despertaba antes.

Quería hablar de ello con Syrkail, el elfo siempre tenía respuestas para sus preguntas, y en caso contrario lograba dar con las palabras que ella necesitaba oír para calmarse.

Precisamente esa tarde se encaminaba al pequeño laboratorio que Syrkail había instalado en una de las estancias de sus aposentos. A la muchacha le gustaba estar allí, observar lo que hacía con las hierbas y semillas, y a él le agradaba su entusiasmo ante aquello y le enseñaba.

Tras tocar dos veces en la puerta, el elfo abrió, pudiendo ella entrar dentro. Un suave y delicioso aroma a esencia de flores y hierbas la recibió.

—Acércate —le indicó Syrkail, a quien vio ante su mesa de trabajo. La joven no tardó en hacerlo, contemplándolo todo con atención—. ¿Sabes qué es esto? —Preguntó, tendiéndole un frasco de madera lleno.

Namirielle inspiró el aroma que brotaba del interior, enseguida resultándole familiar.

— ¿Azafrán?

—Muy bien —la felicitó, sonriéndole afectuosamente—. Es para un tónico que el Duque me ha pedido —le contó, mientras la muchacha tomaba asiento en una silla libre que siempre ocupaba en sus visitas—. No tienes buena cara —Comentó.

Ella suspiró, recordando la razón principal por la que estaba allí.

—No puedo dormir bien por las noches, tengo pesadillas, y… —su voz se extinguió poco a poco, alicaída—. No puedo dejar de pensar en lo que ocurrió en ese lugar, en Korsten y su promesa de venir a buscarme. Se me hiela la sangre solo con imaginarlo —Le confesó.

Syrkail la miró un momento, apenado por todo lo ocurrido a la joven, pero no dijo nada y siguió trabajando con sus hierbas.

—Si no fuera por tu magia, seguro que ya me habría pasado algo malo —prosiguió ella—. No me importa sufrir las pesadillas si al menos estoy a salvo de él, pero… —juntó las manos, rozando inconscientemente con un dedo la extraña marca en el dorso de la diestra—. Estoy asustada, Syrkail. No tengo forma de hacerle frente ni devolverlo al sello, ¿Qué podría querer de mí? No lo entiendo.

El elfo dejó lo que estaba haciendo.

—Hay algo que deberías saber de Korsten, algo que quizás te proporcione algunas respuestas —dijo, y ella lo miró expectante—. Antaño fue un hombre corriente, un príncipe que había nacido con un prodigioso don para la magia. Pero ciertos acontecimientos lo convirtieron en quien es ahora, ¿Quieres que te cuente la historia?

Namirielle asintió silenciosamente, interesada.

—Hace mucho tiempo, en las tierras del norte, existió un importante reino llamado Karlensse —comenzó Syrkail—. Korsten era el hijo menor de su rey. Cuando este murió, hizo que asesinaran a todos sus hermanos asegurándose el trono para sí. 

La muchacha esbozó una mueca de horror.

— ¿Cómo es posible? A sus propios hermanos, su familia…

—Y fue solo el comienzo. Envió a su ejército a incontables guerras, tomando toda tierra que pisaba. Solo buscaba enriquecerse, ampliar su reino hasta los confines del mundo —le sonrió—. Pero también era un gran amante de la música. Construyó muchos templos que rendían culto a las raschidas, como aquel al que los brujos os llevaron a ti y a Jaridia para que lo liberases. Korsten pensaba que si las adoraba algún día se presentarían en su castillo y cantarían para él… pero aunque quizás sus intenciones no fuesen del todo malvadas en esto, sí lo eran sus acciones. Era cruel e implacable con todo aquel que tuvo la desgracia de tratar con él, derramó mucha sangre en guerras sinsentido porque disfrutaba con ello. Gracias a la magia negra obtuvo vida eterna; una proeza que nadie sabe cómo logró, tras lo cual empezó a ser conocido como el Rey Oscuro pues nadie podía igualarle, siendo considerado el hechicero más poderoso que jamás ha pisado la tierra. Pero cuando empleó algún tipo de maleficio para hacer invencible a su ejército, viendo que su magia era imparable, las raschidas intervinieron; lo encerraron en el sello que tú rompiste.

Añadió un líquido rojizo al mortero y de este emergió una bruma azulada por un instante. Namirielle se quedó contemplando el humo, distraída.

—Qué horror… y yo lo he traído de vuelta —Musitó con un estremecimiento.

—Desconocías las intenciones de los brujos, no puedes culparte —la consoló, tranquilizador—. Ahora lo que me preocupa es que su interés por las raschidas siga vigente. En estos días no ha ocurrido nada, pero…

—Tal vez ya se haya olvidado de mí —sugirió, deseándolo así. Ahora que Syrkail le había contado aquella historia, la posibilidad de volver a ver al Rey Oscuro le resultaba aún más aterradora—. Solo soy medio raschida —Añadió, esperanzada.

—La sangre raschida es fuerte en ti. Recuerda cómo reaccionó el libro contra las criaturas que el brujo creó. Yo no podía destruirlas con mi magia, no con el poder de Korsten reforzándolas, pero tú lo lograste sin ni siquiera pretenderlo. Eres mucho más raschida de lo que crees, y eso te hace muy valiosa.

—Y peligrosa para quienes me rodean —Añadió tristemente, recordando cómo acabó Jaridia.  

Él la miró con lástima. Con el paso de los días la joven se había ido recuperando de la fuerte experiencia, pero seguía con aquella melancolía ante la falta de su amiga y eso era algo que solo el tiempo curaría. Aunque tal vez pudiera ayudarla.

—Tengo una idea —ella lo miró interrogante—. Me faltan algunos ingredientes para el tónico, ¿Quieres acompañarme al mercado?

Asintió inmediatamente, ansiosa por abandonar el castillo aunque solo fuera un rato. No había salido en todo aquel tiempo por miedo a que Korsten apareciese entonces, necesitaba evadirse un poco de sus inquietudes.

El mercado estaba tan lleno como la primera vez que lo visitase e incluso más, Namirielle mirando a todos lados con una pequeña sonrisa dibujada en los labios. Se sentía libre, sin aquella garra oprimiendo su corazón.

Había traído a Oro consigo. El gato también lo observaba todo con atención desde los brazos de la muchacha, muy tranquilo. Le rascó la cabecita, cariñosa.

Avistó el puesto de la adivina norteña, la misma que le había leído la fortuna en las cartas. Se separó de Syrkail, que conversaba con un mercader de especias sobre una hierba, encaminándose en aquella dirección.

—Has vuelto —Comentó la mujer, alzando sus ojos grises de la baraja de cartas.

—He estado pensando en lo que me dijiste la otra vez —la adivina le indicó el taburete y ella se sentó dejando a Oro a su lado en el suelo—. Me hablaste de oscuridad y tragedia, de una decisión. Ahora he pasado por la tragedia y conozco la oscuridad, pero necesito saber si esa decisión tiene algo que ver al respecto. Es muy importante que lo sepa.

La adivina la miraba fijamente, sus ojos grises desviándose hacia el gato tumbado a los pies de Namirielle.

—Algunos dicen que los gatos negros son un mal augurio —comentó de improvisto—. Dame la mano izquierda —Le indicó.

Namirielle así lo hizo, extendiéndola hacia arriba. La adivina se centró en las líneas de la palma, mientras la muchacha las estudiaba con igual atención tratando de ver lo que ella pero sin éxito.

— ¿Qué ves? —Preguntó con curiosidad, intrigada.

Le soltó la mano, respirando hondo.

—Agua —Namirielle frunció el ceño, un tanto desconcertada con la corta respuesta—. El agua es la única capaz de responder a todas tus inquietudes. Tienes una conexión muy fuerte con este elemento, más incluso que con la tierra ¿Sabes por qué? —ella no respondió, no se atrevía a hacerlo—. No importa —Añadió al advertir la tensión en su silencio.

Tomando el viejo mazo de cartas entre sus manos, la adivina barajó durante largos segundos antes de colocar varias bocarriba sobre el tronco que usaba por mesa. Separó dos de ellas, prosiguiendo su lectura:

—Esta eres tú; la Princesa de la Primavera —indicó la carta a la derecha, en su faz una doncella cubierta de flores junto a un lago—. Y este es el Príncipe del Otoño —tocó la segunda mostrando un elegante caballero en un bosque de hojas ambarinas—. Representa a un hombre muy importante en tu vida, de gran sabiduría y conocimiento. Quizás ya le conoces, o quizás no. Él será tu alma gemela, el gran amor de tu vida —señaló otra carta que había destapado antes—. Pero la Luna se interpondrá entre vosotros —nombró la carta con una luna llena en un cielo negro sin estrellas—. Refleja la oscuridad que te rodea, a ambos. Lo lamento, pero no estaréis juntos mucho tiempo: la oscuridad no lo permitirá.

— ¿Por qué? —Quería saber Namirielle, en su mente tratando de descifrar aquel galimatías y quién podría ser el Príncipe del Otoño. Lo único que tenía claro era la identidad de la Luna.

La adivina se encogió de hombros.

—En el agua tal vez halles tu respuesta —fue lo que le dijo, nada aclarador para la joven—. Pero con el tiempo serás feliz. Tomarás tu decisión y volverá el equilibrio.

—Todavía no me has dicho si esa decisión que he de tomar está relacionada con la oscuridad —Recordó, confusa.

Le sonrió dulcemente.

—Cuando formulé la pregunta a las cartas, esto fue lo que me respondieron. Tal vez el amor juega un mayor papel en tu futuro que la oscuridad o esa decisión, incluso. O quizás debas averiguarlo por ti misma; las cartas no siempre nos revelan el futuro abiertamente, me temo.

Aquello no la ayudaba mucho, pero asintió entendiéndolo. Tras pagarle con una moneda se puso en pié, pensativa caminando entre los demás transeúntes.

Pasaba ante un puesto de flores, cuando el hombre de baja estatura y constitución huesuda que lo regentaba la detuvo.

—Mi señora —se dirigió a Namirielle, quien lo miró interrogante—. Estas flores son para vos, de parte de un caballero —Le reveló, tomando un pequeño ramo de su mesa y tendiéndoselo.

Ella lo cogió, bastante sorprendida.

—Gracias… ¿Qué caballero? —Preguntó intrigada.

—No dijo su nombre pero parecía muy elegante, con una larga capa negra con capucha. Debe ser un noble —Aventuró.

— ¿Un noble joven? —Por un momento vislumbró en su mente el rostro de Grayan, aunque dudaba mucho que se encontrara en el mercado aquella tarde.

El hombre negó.

—A mitad de la treintena diría, aunque no estoy seguro. Su mirada tenía algo extraño… no sé, tal vez por el raro color de ojos, el mismo de la moneda con la que me pagó —comentó, enseñándole una valiosa moneda de oro—. Le dije que por esto podía llevarse todas las flores, pero él solo quería esas para vos —y al ver cómo la muchacha había palidecido por completo, frunció el ceño preocupado—. ¿Os encontráis bien?

Namirielle no fue capaz de responder, no podía articular palabra en ese momento debido a la idea que empezaba a apoderarse de su cabeza. Bajó la mirada hacia las flores que el hombre le había entregado: rosas de un rosa melocotón y celosías, acompañadas por escabiosas, jazmín y helechos. Todo el mundo rendía culto a las flores y sus significados, era una vía muy común de comunicación, sobre todo entre enamorados. Las rosas color melocotón expresan deseo y pasión, el jazmín era sensualidad, mientras los helechos indicaban fascinación. La celosía significaba dolor. Y la escabiosa, perversidad.

Alzó la vista del ramillete, mirando intranquila a su alrededor. Casi pega un salto cuando lejos, en mitad de la apabullante multitud, avistó a un hombre vestido de oscuro que encajaba con la descripción del florista. Los ojos de ambos se cruzaron en la distancia, él sonriendo mientras le dedicaba una pequeña inclinación de cabeza como saludo. La joven, que lo habría reconocido en cualquier parte, solo acertó en salir corriendo en dirección opuesta, soltando las flores y dejando atrás al sorprendido vendedor.

No cesaba de chocar con los demás transeúntes, era incapaz de pensar en algo más que correr y alejarse de aquel hombre que atormentaba su existencia, asustada como un cervatillo a punto de ser cazado.

Una de las muchas personas con las que topó la frenó, y solo entonces advirtió que aquella persona era Syrkail. El elfo la miraba preocupado, además de alarmado por la atemorizada expresión que vio en el rostro de la muchacha.

— ¿Qué ocurre, Namirielle?

Respiró hondo, aliviada por haber dado con él. En sus ojos podía leerse claramente lo asustada que estaba.

—Lo he visto —gimió—. Korsten está aquí —abarcó nerviosamente con los brazos el mercado, mirando en todas direcciones—. Y yo que pensé que no volvería a verlo, que con el paso de los días por fin podría respirar tranquila…

El archimago la sujetó por los hombros, tratando de que se calmara.

— ¿Dónde lo viste?

—N-no lo sé —su mente estaba tan revolucionada que ya ni recordaba por dónde había venido—. Me regaló flores —recordó, y lo miró a los ojos—. ¿Eso es bueno o malo?

No respondió, no sabía qué decirle. La rodeó protectoramente con un brazo.

—Volvamos al castillo. No podrá seguirte hasta allí —Afirmó, seguro y sumamente tranquilizador.

La joven asintió un poco, queriendo regresar. En ese momento se acordó de Oro, a quien había olvidado por completo.

—Oh, pobre Oro, debe de estar perdido —Murmuró.

—Lo tienes justo detrás —La informó Syrkail con una suave sonrisa.

Ella se giró, descubriendo al gato negro pegado a sus talones, tan inseparable como siempre. Lo cogió en brazos, estrechándolo contra sí en busca de consuelo mientras dejaba que el elfo la guiara por el mercado y salían de este al cabo de unos minutos.

Solo cuando estuvo tras las murallas del Castillo del Lago sintió relativa calma. Caminaba por un corredor, guiada en todo momento por Syrkail que le rodeaba los hombros protectoramente con un brazo. A su izquierda el pasillo se abrió, mostrando un gran salón donde el Duque y su hijo hablaban con tres guardias sobre algo que Namirielle desconocía.

El Duque, al avistarlos, los saludó con un gesto de cabeza.

—Ya habéis vuelto, ¿Qué tal en el mercado? —Preguntó, al parecer sin notar nada anormal en el ambiente.

Syrkail le estaba respondiendo en el mismo tono afable de costumbre, cuando Grayan se acercó con el semblante muy serio al mirar a Namirielle.

— ¿Te encuentras bien? Estás temblando —Comentó el hijo del Duque.

La muchacha ni se había dado cuenta de ello, tal era su estado de ansiedad desde que dejasen el mercado. Syrkail le rodeó los hombros con más fuerza.

—Está bien, no os inquietéis —respondió el elfo, al ver que la joven no articulaba palabra—. Tuvimos un pequeño susto —miró al Duque un instante, quien le devolvió serio la mirada—. La acompañaré a su cuarto y bajaré de nuevo para hablarlo con más calma.

Y con estas palabras siguieron su camino por el corredor. Namirielle giró la cabeza hacia atrás, advirtiendo que Grayan no la perdía de vista obviamente preocupado. Ella le sonrió un poco, buscando disminuir aquella preocupación.

Syrkail la dejó tranquila en su habitación. La muchacha se sentó en una esquina de su cama, dejando a Oro en el suelo.

Se tapó la cara con las manos, angustiada dando rienda suelta al llanto. Tenía miedo, más del que creía posible sentir. El volver a ver al Rey Oscuro fue como si algo frío y ponzoñoso se posase en sus entrañas. No quería repetir aquella experiencia, resultaba desesperante y aterrador, haciendo que se sintiera muy vulnerable.

Secó las lágrimas que perlaban sus pálidas mejillas, advirtiendo el vestido blanco doblado sobre el tocador. Aquella tarde se celebraba el equinoccio de primavera en la Plaza Oval de Norwen, uno de los puntos más importantes y frecuentados del reino, especialmente en esas fechas. Le habían conseguido aquel precioso vestido para que lo usase en el esperado evento, pero ahora no sabía si acudir o no, tampoco tenía ganas de nada ((Pero Grayan estará allí, esperando verte)). Le recordó una vocecilla en su cabeza. Y, tan rodeada de gente como estaría, Korsten no podía acercarse a ella fácilmente, mucho menos hacerle daño. Estaría a salvo y se distraería un poco. Lo necesitaba.

Asintió para sí misma, renovada por dentro. Con una nueva energía interior se puso en pié, aproximándose al tocador y recogiendo el vestido doblado de su superficie.

 

 

 

 

El Duque había reunido a varios de sus hombres de mayor confianza para que también escuchasen lo ocurrido en el mercado de boca de Syrkail. El elfo parecía tranquilo y sereno, pero la fina arruga en su ceño fruncido indicaba que no era así del todo; le preocupaba Namirielle, y no era al único.

—Ya está libre, ella lo liberó ¿No podía agradecérselo dejándola en paz? —Decía Grayan, muy molesto.

El Duque observó a su hijo durante unos segundos, sorprendido por cómo le había enfurecido el relato del elfo. Se podía ver claramente lo mucho que apreciaba a la muchacha y lo entendía, él mismo empezaba a quererla como a una hija.

—Cuando el imperio de Karlensse aún existía bajo su gobierno mostró un gran interés por la música —mencionó Syrkail—. Adoraba a las raschidas como las hermosas ninfas que son, y me atrevería a decir que todavía lo hace. De lo contrario no le enviaría algo tan delicado como unas flores.

—Habría que ver qué tipo de flores —gruñó Grayan—. Pues si tanto venera a las raschidas, de nuevo me pregunto por qué no la deja tranquila.

—No es tan simple —repuso el archimago elfo—. Korsten desprecia a las personas, asesinaba sin motivo en las muchas guerras que él mismo inventó. No creo que las raschidas sean una excepción, solo quería que cantasen en su castillo, y si lo hubiera podido conseguir mediante una guerra por todo el continente o el más vil de los conjuros no hubiese dudado en hacerlo. Si de verdad las venerara aceptaría que quizás no es digno de tal privilegio.

—Es un monstruo —corroboró el Duque, que había leído recientemente los textos que existían sobre aquel al que llamaban el Rey Oscuro—. Tenemos que hacer algo para que la historia no se vuelva a repetir, devolverlo al sello.

Syrkail suspiró. Había meditado sobre aquello durante días pero no le gustaba la solución que veía, la única que tenían.

—Solo puede hacerlo Namirielle, o tal vez otra raschida. Pero no vamos a encontrar más, ya es un milagro de los Dioses que exista una descendiente tan próxima. Las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos, las raschidas apenas frecuentan a los mortales.

—No podemos meter en esto a Namirielle —declaró rotundamente Grayan, mirando al elfo con sus penetrantes ojos negros—. Ella debe quedar al margen.

—Yo también lo querría así, pero no veo más soluciones. No es una hechicera, no posee una fuente de magia propia como Korsten o yo mismo, pero el poder que puede ostentar gracias al libro... —Reflexionaba, rememorando lo ocurrido en el templo abandonado.

—No podemos meterla en esto —Repitió el joven norwentano, muy serio.

—Grayan, Syrkail entiende mejor de este tema que cualquiera de nosotros —intervino el Duque—. Ha vivido durante mucho tiempo, debemos escuchar sus sabias palabras —su hijo no replicó, aunque no parecía muy conforme—. De momento procuraremos que la muchacha no se vea involucrada en lo que estamos haciendo, pero si las cosas se complican, y probablemente así sea, tendremos que recurrir a ella para encerrar a ese monstruo de una vez por todas.

 

 

 

 

El cielo se teñía de color fuego. Las calles de Norwen bullían de actividad y gente incluso antes de llegar a la Plaza Oval, donde Namirielle encontró un sinfín de mesas cubiertas de comida y bebida laboriosamente preparadas. Los juglares narraban misteriosas leyendas sobre una isla mágica en las tierras del norte, malabaristas dejaban con la boca abierta a su público, los niños correteaban unos detrás de otros con deliciosos pedazos de tarta en sus manitas. Todo era alegría y festividad por doquier.

A la joven pronto se le dibujó una gran sonrisa al ver todo aquello, olvidando lo demás. Empezaba a notar cómo la positividad del ambiente calaba hondo en sus huesos.

Avanzó entre las mesas esquivando a un pequeño grupo de niños que jugaban a pillar, y cogió un mantecado con forma rectangular de una bandeja pequeña y repleta de más dulces. Le dio un mordisco y miró a su alrededor, buscando a alguien conocido. Se sentía bien, cómoda y animada.

Avistó a Grayan a un par de mesas de distancia, rodeado por un pequeño grupo de gente con caras vestimentas. Se quedó allí muy quieta, esperando a que terminase con ellos pues no quería interrumpir. Él al verla pareció sorprendido, y casi inmediatamente se separó de los demás para acercarse a la joven.

— ¿Qué haces aquí? Pensé que no vendrías, no después de…—no continuó, no quería recordarle lo ocurrido aquella tarde en el mercado—. Me alegra ver que me he equivocado —Añadió, sus dientes destellando blancos en contraste con su piel morena.

Ella le devolvió la sonrisa.

—Tenía que venir, no podía perderme esta maravilla —miró a su alrededor, encantada con lo que veía—. Y la gente está tan contenta y alegre, es imposible resistirse —cerró los ojos un momento, inspirando—. Y al aroma tampoco.

Grayan asintió.

—Norwen está orgullosa de sus fiestas de primavera, son famosas en todo el sur. Ah, antes de que se me olvide —de un bolsillo sacó una cajita verde que le entregó—. Feliz cumpleaños.

Sonrió ampliamente, encantada, no esperándose aquella sorpresa. La abrió, descubriendo un colgante de plata en forma de rosa.

—Oh, no puedo aceptarlo…

—Claro que puedes, ¡Es tu cumpleaños! —tomó la fina cadena, ella apartándose el cabello a un lado para que pudiera abrochársela, el colgante pendiendo de su cuello de cisne—. Estás preciosa.

—Gracias.

Un hombre vestido de vivos colores se acercó a ellos acompañado de un sencillo laúd, su sombrero con campanillas totalmente torcido.

— ¡Buena noche! —saludó con gran ánimo mirando primero a Grayan, luego a Namirielle de quien no despegó la mirada—. Una belleza como la vuestra merece la más sublime de las canciones —dijo haciendo sonreír tímidamente a la muchacha y tocando un par de acordes.

Los dos escucharon con atención las suaves notas del laúd. Aunque no lo parecía, aquel hombre era un músico brillante. Su improvisada canción iba subiendo en dificultad, volviéndose cada vez más hermosa al oído. Namirielle no dejaba de observar sus largos dedos recorriendo las cuerdas, impresionada. Acabó por unirse a él, prestando su voz a la dulce canción con una melodía sin palabras, simplemente dejándose llevar por los acordes, subiendo y bajando a su vez. Tanto Grayan como el músico la contemplaban anonadados con la perfección de su voz, preguntándose cómo podía emitir sonidos tan hermosos y complejos con aquella naturalidad innata, como si tan solo respirase.

Cuando la canción terminó, el músico tomó caballerosamente su mano y le besó el dorso.

—Llevo tocando este viejo laúd desde que tengo memoria, y jamás en todo este tiempo he tenido el honor de hacerlo junto a una voz tan hermosa como la vuestra, mi señora —Confesó solemnemente.

Ella le sonrió un poco, cohibida como siempre que causaba aquel tipo de reacciones al cantar. Más gente se había unido a ellos, observando con gran interés y deleite el dueto, especialmente a la joven cantante. Le gustaba ver la felicidad en los ojos de aquellas personas pero la incomodaba ser el centro de atención.

Grayan fue a entregar al músico una moneda de su bolsa, pero el hombre negó.

—El mayor pago es haberla escuchado a ella —Dijo.

Después de aquello, Grayan la había guiado por la gigantesca plaza de puesto en puesto, de atracción en atracción. Namirielle probó suerte en un juego de azar que consistía en hacer girar un pequeño molinillo y sacar la bola azul. Tenía dos intentos; el primero falló, pero en el último y para sorpresa de los presentes que observaban el juego, la bola que obtuvo fue la ansiada azul. La muchacha sonrió, incrédula con su buena suerte, ganando un brazalete de hojalata que lució en su muñeca con orgullo.

Siguieron paseando, charlando tranquilamente de diversos temas relacionados con Norwen pues Namirielle no dejaba de hacer preguntas sobre el reino. Haberse criado en un templo la hacía interesarse por el mundo exterior, y Grayan disfrutaba claramente respondiendo a sus preguntas.

—Nunca hubiese imaginado que Norwen pudiera ser tan grande. Y toda esta gente… nunca había visto tanta —se echó a reír. Su risa era clara y cristalina, música para Grayan—. Debe parecerte ridículo.

—En absoluto, es lógico que te sorprenda tanto. ¿Cómo es vivir en un templo? Yo no podría imaginármelo.

Ella rememoró los pasillos que recorría cada día; la blanca piedra con la que estaba construido, sus amigas, los jardines silvestres y el pozo.

—Es tranquilo —empezó a relatar—. Me levantaba temprano para coger agua del pozo y ayudar en las cocinas. A mediodía iba con la Madre Blanca al bosque a por hierbas, o me enviaba sola. Tenemos una biblioteca, mucho más pequeña que la del Castillo del Lago pero con libros tan maravillosos como puedas imaginar: adoraba leer fuera, Jaridia tratando de quitarme el libro para jugar… —un nudo en la garganta le impidió seguir. Tragó saliva, intentado deshacerlo—. Siempre juntas, como unidas por un hilo invisible… La añoro tanto —lo miró—. Nunca supe qué era estar sola hasta ahora que ella no está.

El norwentano rodeó sus hombros con un brazo y le acarició una mejilla, secando las lágrimas que empezaban a dejar surcos en ellas.

—No estás sola —declaró con fervor—. Me tienes a mí, a todos. El Castillo del Lago es tu casa ahora.

Namirielle negó, triste.

—No, Grayan. Yo pronto tendré que irme, y entonces…

—No tienes que irte a ninguna parte si no quieres, puedes quedarte todo el tiempo que desees.

—Pero podría poneros en peligro —Jaridia había muerto por su culpa, podía volver a ocurrir.

—Contamos con una gran defensa, nadie penetrará el castillo con facilidad. Ni siquiera él —al ver que permanecía con la cabeza gacha mirando al suelo, tomó su barbilla y la instó a mirarlo. Sus ojos azules como el mar, aquellos que cautivaban tanto al joven noble, estaban húmedos y tristes. Como le dolía verla así—. No dejaré que nada te ocurra, Namirielle. Haría cualquier cosa con tal de verte a salvo y feliz, lo que sea.

Le sonrió y aquella sonrisa se reflejaba en sus ojos, menos tristes ahora. Ninguno de los dos era consciente de lo cerca que estaban el uno del otro. Grayan mantenía aún un brazo alrededor de los hombros de ella, y la mano sobre su barbilla se había trasladado a los rizos color caramelo de la muchacha. Se miraron fijamente a los ojos.

—Mi señor.

Algo pareció romperse en ese momento. Grayan se volvió, de inmediato separándose de ella para mirar al soldado con el escudo de la Casa del Lago en el pecho.

— ¿Ocurre algo? —Preguntó con voz ronca. Tenía la garganta seca de pronto.

—Lamento molestaros, pero hay algo de lo que uno de mis hombres debería hablar con vos —hizo una pausa, inquieto—. Es importante.

Grayan asintió, aliviando la tensión del soldado.

—Enseguida voy —miró a Namirielle—. No tardaré —Le prometió, sonriendo fugazmente.

Ella asintió.

—Te espero aquí.

Observó como los dos se alejaban hasta que los perdió entre la multitud.

La joven suspiró, mirando a su alrededor, las mesas vaciándose poco a poco para volver a llenarse de comida enseguida, la música y las risas de la gente por doquier. Caminó en medio de todo aquello, distanciándose un poco y tomando asiento en un taburete de madera con respaldo, donde decidió esperar a Grayan mientras se distraía con la festividad del ambiente.

No llevaba mucho tiempo allí sola cuando a su oído llegó un sonido que atrajo su íntegra atención, dejando todo lo demás en un segundo plano: era una voz, la voz de un hombre que cantaba. No supo cómo la distinguió entre las demás voces de la plaza, pero lo hizo. Estaba lejos, no la oía bien desde donde estaba. Quería escucharla mejor.

Dejó la silla atenta en no perderla entre el barullo, moviéndose con pasos torpes, insegura sobre qué dirección tomar. Miraba en todas direcciones, a todos los cantantes, pero no lo veía. Se concentró en su oído, guiándose por este entre la gente y dejando la multitud atrás.

No fue consciente al principio de que estaba fuera de la Plaza Oval, en una de sus calles rodeada de casas grises de dos plantas. Siguió avanzando, percatándose de que en aquella dirección la voz sonaba más clara y cercana.

Dejó la calle atrás, internándose en otra más y torciendo a la derecha. No sabía dónde se encontraba en aquel momento, tan enfrascada como estaba en su oído había acabado por no ver por dónde iba, perdiéndose en un reino que apenas conocía. Se detuvo entonces, cerrando los ojos siempre tratando de localizar la voz: todavía estaba lejos.

Reanudó la marcha, cambiando las calles de piedra gris por hierba verde y árboles; supuso que había alcanzado una de las lindes del bosque. Dudó si seguir adelante o no, pues la voz parecía llegar de entre los árboles que parecían más espesos y tupidos entre sí por la noche, pero aquella voz era tan atrayente… necesitaba saber quién era, no podía volver al Castillo del Lago sin descubrirlo primero.

Miró atrás un segundo pero continuó avanzando, internándose entre los árboles. La sorprendió lo mucho que estos le dificultaban el paso, tan juntos entre sí, tapándolo todo de forma que solo veía las hojas ante ella.

Pero pronto los árboles dejaron de nublarle la visión y se abrieron, descubriendo algo que la desconcertó un poco; ante la muchacha se erguía un viejo castillo sin amurallar, tan alto que parecía a punto de atravesar las nubes.

Dio un titubeante paso hacia delante. No conocía la existencia de ese castillo, pero había muchas cosas que no sabía de Norwen. La voz, notó en ese momento, quedó en silencio; Namirielle supo en el acto que provenía del castillo.

Aunque lo más lógico era dar media vuelta y regresar como fuese a la plaza, ella ni se lo planteó en su mente. Avanzó en dirección al castillo, cuya entrada podía ver claramente a pocos metros de distancia.

No vio nada llamativo a su alrededor, solo hierba sin flores ni apenas árboles. Tampoco se fijó demasiado. Siguiendo recto se encontraban las grandes y antiguas puertas del castillo, las cuales se abrieron sin oponer resistencia.

Entró. Dentro todo estaba oscuro pero un pequeño ventanuco a poca distancia aportaba algo de luz, descubriendo que se hallaba en un corredor de piedra. Avanzó despacio porque temía tropezar en la penumbra, sintiendo curiosidad por aquel sitio. Notaba algo en el ambiente, algo extraño que no lograba discernir, pero no le prestó mucha atención porque de inmediato la voz regresó, más fuerte, casi parecía estar allí junto a ella. La joven cerró los ojos y respiró hondo, una ligera sonrisa dibujándose en sus labios. Era una voz de barítono, baja y aterciopelada; más que oírla, Namirielle la sentía como una caricia para sus sentidos, invitándola a seguir avanzando. Ahora que estaba tan cerca podía entender la letra de su canción:

 

 

Lirio de agua, tan bello, tan frágil. Ven y canta conmigo, ven y quédate aquí.

La luz es fría y yerma, las sombras te cuidan y abrazan velando tus sueños, siempre presente. No temas, flor de nácar, la oscuridad te canta en la noche, te tienta a cantar.

 

 

Nunca había escuchado una voz como aquella, la oía en todas partes, tan cerca como si estuviese cantando a su lado. Pero seguía sola.

El corredor se abrió, entrando en una gran sala en penumbra repleta de un sinfín de instrumentos de todas las clases y tamaños. La voz se atenuó, ahora un susurro que le erizaba la piel: cantaba sobre instrumentos de viento y cuerda. Namirielle avanzó en dirección al más cercano, un violín, y lo tocó ligeramente con la yema de los dedos; este comenzó a levitar, el arco acariciando las cuerdas por sí solo tocando al compás de la voz que subió una octava:

 

 

Un violín, un laúd, una flauta tocando en la noche. Ven y canta conmigo, ven y quédate aquí.

Hermosa es la música, te atrapa en su red, suave y etérea como un rayo de luna. La música es magia, te hechiza, te tienta a cantar.

 

 

Se movió entre los instrumentos buscando al dueño de la voz, pero estaba claro que continuaba sola. Los instrumentos junto a los cuales pasaba comenzaron a elevarse en el aire, tocando con vida propia. Flautas, laúdes, liras, más violines… eran docenas de instrumentos, tocando como una gran orquesta en perfecta armonía.

Namirielle sonrió, encantada con aquel lugar de fantasía. La voz casi parecía formar parte de ella, calando en sus huesos. Suspiró, cerrando los ojos y dejándose embargar por su canción:

 

 

Un paraíso de música, un océano de melodías soñando contigo. Tocan para ti, viven por ti. Escucha y canta para ellos. La música es magia, te abraza, te tienta. Ven y canta conmigo, ven y quédate aquí.

 

 

Abrió la boca dispuesta a emitir una nota y unirse a la voz que le cantaba, pero ningún sonido salió de su garganta. Se había quedado muy quieta, abriendo los ojos y frunciendo el ceño, ¿Dónde estaba en ese momento? No recordaba muy bien como había llegado, solo estar en la Plaza Oval y de pronto marcharse  tras escuchar una voz cantando, hasta llegar a aquel castillo desconocido.

La voz seguía cantando, más baja y oscura.

 

 

Un violín, un laúd, una flauta tocando en la noche. Ven y canta conmigo, ven y quédate aquí.

 

 

Ella sacudió la cabeza, confusa y desconcertada. Quería cantar pero algo en su interior se lo impedía. La voz bajó otra octava, aún más sugerente, cadenciosa y susurrante:

 

 

Un paraíso de música, un océano de melodías soñando contigo. Ven y canta conmigo, ven y quédate aquí.

Ven y canta conmigo, escucha y canta conmigo.

 

 

—No… —Articuló, negándose. Empezaba a sentir el aire a su alrededor asfixiante. Algo estaba cambiando, algo siempre fue distinto.

La voz, acariciante como una pluma rozando su piel, quedó en abrupto silencio.

Una brisa repentina apagó la llama de la gran mayoría de antorchas encendidas, los instrumentos comenzando a caer con estridencia ante la atónita mirada de Namirielle, algunos astillándose con la fuerte caída. En ese momento se dio cuenta de que estaban muy viejos, carcomidos por el tiempo, toda la sala tenía un aspecto de abandonado descuido que no poseía un instante atrás; era como si el silencio de la voz hubiera propiciado tal deterioro.

Su instinto la hizo volverse. Vio entre las sombras una figura que avanzaba hacia ella, mostrándose a la luz mortecina de las antorchas que no se habían apagado. Namirielle contuvo el aliento al reconocer a Korsten, sus ojos dorados reluciendo siniestramente en la ligera iluminación.

— ¿Hay algo en mi música que te disguste? —Preguntó con aquella voz baja y acariciante con la que acababa de oírlo cantar, en la cual se percibía cierto peligro, todo en él lo inspiraba.

La joven no fue capaz de articular palabra, tampoco podía moverse. Estaba congelada por la sorpresa y el miedo; si era una pesadilla quería despertar ya.

Pero no era ninguna pesadilla.



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