Historia al azar: ¿ Y si fuese Neville?
Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú




 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 4: Libre
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
[ Más información ]

Capítulo 4: Libre

Namirielle gritó, sus ojos azules agrandados y llenos de lágrimas. Se debatió entre los brazos de su captor, que esta vez la soltó permitiéndole ir junto a su amiga cuya sangre manaba abundante de la herida del pecho, manchando su vestido color perla y el altar de piedra.

—J-Jaridia —tartamudeó, temblando como una hoja—. P-por favor, Jaridia, n-no te…

Se le quebró la voz al ver la expresión ausente de su amiga. Su piel lucía más opaca y pálida que nunca, su tacto empezando a enfriarse… y sus ojos oscuros miraban a Namirielle sin ver, carentes de vida. Se abrazó a su cuerpo inerte, llorando sin parar.

Pero en ese momento algo atrajo su atención, algo que la hizo estremecerse de puro terror. Despacio alzó la cabeza y pudo ver que ante el altar empezaban a acumularse sombras, formando una extraña y tenebrosa niebla espesa. Las sombras se disiparon segundos después, permitiendo ver al hombre que había aparecido de la nada.

Era alto y delgado, de elegante porte. El cabello liso y negro como el ala de un cuervo caía hasta su cuadrada mandíbula, enmarcando un rostro de facciones regias y agraciadas, donde destacaban unos ojos de insólito color dorado que contemplaban con indiferencia cuanto lo rodeaban, su postura reflejando altivez. Las ropas que vestía eran sencillas pero dignas de un gran noble, incluso de un príncipe; la holgada camisa blanca del mejor lino bajo un gabán de seda negra con botones de oro, sus pantalones oscuros dentro de unas magníficas botas de la mejor calidad.

Namirielle lo observó por un momento, tan desconcertada como fascinada, pero el misterioso hombre clavó sus ojos de oro en la muchacha y de inmediato ella desvió la mirada, evitando el contacto visual con un estremecimiento.

Aquellos ojos dorados… cuanta oscuridad veía en ellos, insondable y abrumadora como nada que la joven haya conocido. No podía soportarlo, el breve instante en que sus miradas se encontraron le había producido arcadas. Abrazó fuertemente el cuerpo de Jaridia, enterrando el rostro en su hombro, queriendo desaparecer.

Sus captores, en cambio, miraban al misterioso desconocido con gran respeto y admiración. Todos se arrodillaron salvo un hombre joven y la dama, quienes se acercaron haciendo una reverencia.

— ¡Rey Korsten, amo y señor de estas tierras, hechicero de inigualable poder! —exclamó el joven, atrayendo la atención del hombre en cuestión—. Te hemos liberado para que nos ofrezcas…

Antes de que pudiera terminar, Korsten alzó una mano en su dirección; el joven se puso a gritar mientras se aferraba el pecho con dedos temblorosos, solo unos segundos antes de quedar reducido a cenizas.

La dama miró a su izquierda, allí donde hacía un instante estuviera su compañero y que ahora apenas se erguía un montón de polvo gris. Con gran inquietud miró al hechicero, y temerosa dio media vuelta echando a correr en dirección a la entrada del templo: solo había recorridos un par de metros cuando acabó reducida a cenizas también.

Se desató el pánico. Todos empezaron a correr en dirección a la salida, tratando de escapar, pero el poder de aquel llamado Korsten los destruía antes de que lo lograsen. Solo un hombre se mantuvo intacto, en el mismo sitio aún arrodillado, con la cabeza baja; el anciano. Tampoco Namirielle se movió, estaba congelada por el miedo, sus brazos agarrotados alrededor del cuerpo de Jaridia mientras sollozaba incontrolablemente sin levantar la cabeza del hombro de su amiga muerta. Quería que aquello terminase ya.

Korsten se acercó al altar, sus ojos en las dos figuras femeninas en el suelo, una muerta y otra viva. Se agachó frente a Namirielle quedando a su misma altura, aunque la muchacha no se percató de ello pues tenía la cara cubierta por sus propios cabellos mientras continuaba aferrándose a su inerte amiga.

Pero en cuanto la joven notó unos dedos en su pelo, dejó de sollozar de inmediato en respuesta. Últimamente solo sentía miedo, pero lo que percibió ahora hacía que toda aquella pesadilla fuese el mejor sueño en comparación; oscuridad absoluta, podía sentirla calando en sus huesos a través del leve toque de aquellos dedos. Era tal su terror que había dejado inmediatamente de sollozar, quedándose muy quieta y silenciosa, su corazón clamando porque se alejase de ella. Un momento después Namirielle alzó la cabeza despacio y lo miró.

— ¿Me has liberado tú? —preguntó él y la muchacha se vio contemplando sus labios mientras hablaba, hipnotizada con la voz que brotaba de ellos—. ¿Rompiste el sello?

Ella tardó en asimilar la pregunta, temiendo entonces qué responderle dado lo que había hecho con aquellos hombres.

—Y-yo… —articuló con esfuerzo, farfullando sin cesar. ¿Cómo era posible sentir tanto miedo?—. Sí —Confesó. Nunca supo mentir, era demasiado inocente para ello.

Korsten sonrió un poco, la primera vez que lo hacía. Pero no era una sonrisa bondadosa, tampoco reflejaba amabilidad o agradecimiento alguno por haberlo liberado; había algo oscuro e inquietante en la manera en que sus labios se curvaron para esbozarla, cruel y despiadado. Afortunadamente se puso en pié entonces y pasó de largo, bajando las escaleras del altar hasta detenerse junto al inmóvil anciano.

—No has intentado huir, tampoco has hecho nada por salvar tu vida —observó fríamente—. ¿Por qué?

—He venido para serviros, mi señor —aseguró solemnemente, alzando un poco la cabeza pero sin mirarlo a los ojos—. Acataré vuestras órdenes sin una palabra, haré todo cuanto deseéis que haga. Incluido morir, si es lo que queréis.

Korsten lo miró un momento, aparentemente pensativo.

—Mmm… tú eres el único de ellos que tenía verdadero poder. Tal vez me seas útil en un futuro.

En ese momento las puertas se abrieron de par en par, una pequeña comitiva de soldados inundando la estancia. Namirielle reconoció el escudo del ducado del Lago, pero sintió aún más alivio cuando divisó entre la multitud de guerreros a Syrkail, el más llamativo por su estatura y túnica azul celeste, con Kailette a su lado, y a Grayan liderando al grupo.

Korsten esbozó una sutil media sonrisa cuando los vio entrar.

—Parece que resultarás útil mucho antes de lo que tenía previsto —inquirió con cierto sarcasmo, mirando por encima del hombro al anciano brujo—. Deshazte de ellos —Ordenó. 

Inmediatamente se puso en pié, alzando las manos y murmurando algo entre dientes. Una luz de color gris oscuro brotó de sus dedos en dirección a los soldados, chocando contra el suelo del cual empezaron a emerger criaturas grises con forma anfibia, ojos negros y destartalada armadura. Las criaturas alzaron sus viejas espadas y atacaron con fiereza, los soldados obligados a retroceder ante la violencia de sus maniobras ofensivas.

Syrkail observó a las criaturas con curiosidad, reconociendo el poder que los había invocado. Miró al brujo negro.

—Tu magia es hábil, pero no lo suficiente.

Alzó una mano, salmodiando un hechizo. Entre los soldados y los anfibios aparecieron unos seres hechos de luz, con armaduras doradas y espadas plateadas, quienes atacaron a los anfibios superándoles en fuerza y habilidad.

—Oh, un archimago —advirtió Korsten, con vago interés—. ¿Crees que posees el poder necesario? No tengo intención de regresar al sello.

Mientras hablaba, un aura oscura empezó a rodearlo a él y a las criaturas anfibias del anciano, que empezaron a crecer doblando el tamaño de los seres de luz, sus armaduras cubiertas por un escudo mágico y sus espadas irradiando oscuridad. La lucha empezó a favorecerlos, haciendo retroceder tanto a los soldados del Duque como a las criaturas invocadas por Syrkail, quien tuvo que reforzarlas con más magia aunque no sirvió de mucho; pronto fueron derrotadas, dispersándose en polvo de luz, pues el poder que había insuflado Korsten a los anfibios era muy superior. Y el elfo lo sabía, también Namirielle.

La muchacha observaba el combate sin pestañear. El anciano no era rival para Syrkail, pero Korsten… el oscuro poder que irradiaba era muy superior al del archimago elfo, jamás podría vencerle. Y ella lo había liberado, era su culpa al igual que la muerte de Jaridia, no sabiendo qué hacer para remediarlo.

Desvió la mirada por un momento, sus ojos topando con el libro de nácar abandonado a unos cuantos metros de su posición. Tal vez dentro encontrase algo que pudiera ayudar.

Aún estando demasiado abrumada con el poder de Korsten llenando el lugar, se obligó a ser fuerte y se puso en pié, apresurándose en dirección al libro. Pero antes de poder alcanzarlo alguien la sujetó de un brazo, reteniéndola: el anciano.

—No vas a ir a ninguna parte, niña —Sentenció.

Namirielle forcejeó con él.

—Suéltame…

Una flecha silbó cerca, atravesando el hombro izquierdo del anciano. Namirielle se alejó de él a trompicones, alcanzando el libro y recogiéndolo de las deterioradas baldosas de piedra.

Una de las criaturas anfibias reparó entonces en la muchacha de cabello castaño claro y comenzó a acercarse a ella, olvidando su tarea por un momento. Namirielle aferró el libro contra su pecho, retrocediendo hasta que su espalda dio con el muro de piedra.

El anfibio hizo un ruido con la garganta, una especie de risa, antes de abalanzarse sobre ella. La joven cerró los ojos, abrazando el libro y esperando su muerte con resignación; al menos volvería a ver a Jaridia, le pediría perdón por no haberla protegido.

Pero el guerrero anfibio no llegó a tocarla. De pronto una fuerte luz proveniente del libro lo rodeó, abrasándolo y quemando toda la oscuridad que había en él, deshaciéndolo pues no estaba hecho de nada más. La luz no se extinguió entonces, sino que creció y avanzó rodeando al grupo de criaturas restantes con el mismo resultado final.

Namirielle abrió los ojos a tiempo de ver la bella y cálida luz blanca limpiando el templo de aquellos seres antes de desvanecerse, el libro en sus manos también reluciendo con la misma luz. Sonrió, aliviada.

Todos miraban sorprendidos a la joven que portaba el libro, Korsten el primero; sus ojos dorados agrandados, la boca entreabierta.

—Ese libro… —logró articular en un susurro, emocionado. Cerró los ojos un momento, respirando hondo antes de volver a mirarla—. No está nada mal para una niña tan asustada y frágil, tan insignificante. Aunque ya veo que no, no hay ninguna insignificancia en ti —pasó junto al brujo, que casi había terminado de tratar su herida de flecha, acercándose más a la muchacha. Ella se encogió un poco, intimidada con su abrumadora presencia, además del oscuro poder que seguía percibiendo a su alrededor y que le provocaba nauseas—. Eres una raschida, pero también humana… la hija de una raschida, entonces —Concretó, acertando plenamente.

Por supuesto no obtuvo respuesta, pero él tampoco la esperaba y siguió recortando distancias hasta quedar frente a frente con Namirielle. Grayan se alarmó al verlo tan cerca de la joven.

— ¡Namirielle! —la llamó, inmediatamente avanzando hacia donde estaba, varios soldados siguiéndolo.

Ella lo oyó, asustada al ver que se acercaba con los demás, temiendo qué les haría Korsten. Aún tenía muy presente en su mente la imagen de los brujos convertidos en cenizas.

— ¡No os acerquéis! —Les advirtió, moviéndose alzando la mano derecha hacia ellos en ademán de detenerlos.

Por un segundo había olvidado que Korsten estaba a su lado. Apenas dio dos pasos cuando él la sujetó por la mano extendida, reteniéndola, y Namirielle gritó al notar que le quemaba la piel pero tal sensación duró solo unos segundos. Alzó la mirada encontrando sus ojos dorados, y aunque quería liberarse de su agarre no se movió; el miedo se lo impedía.

—Dejaré que te marches ahora —le dijo él, aún sujetando su mano, mirándola fijamente—. Pero te encontraré, nada podrás hacer para evitarlo —Aseguró.

Tras estas palabras, besó el dorso de su mano y se desvaneció entre sombras negras.

Namirielle gimoteó, asustada ante la posibilidad de volver a verlo. Las piernas le fallaron, y habría caído si alguien no la hubiera sujetado antes; al mirar descubrió que fue Grayan, quien se había acercado sin que la joven fuera consciente de ello.

—Tranquila, todo está bien, no pasará nada —Procuró calmarla.

Namirielle se rompió a llorar. Él se quedó un momento mirándola, apenado al ver su gran sufrimiento y temiendo lo mal que lo habría pasado la muchacha. Finalmente la abrazó, sin saber qué otra cosa hacer.

Syrkail se unió a ellos entonces. Colocó una mano sobre la cabeza de Namirielle, quien lo miró entonces.

— ¡Syrkail! —exclamó el nombre, tirando de la manga de su túnica azul celeste—. Y-yo… no pude p-proteger a Jaridia, y… y… e-ese hombre…

El archimago elfo le acarició la frente.

—Duerme —Le dijo con dulzura.

—P-pero...

No terminó de hablar, inmediatamente sus ojos del color del mar se cerraron, rindiéndose al sueño inducido por el elfo.

 

 

 

 

Se despertó agitada, sin saber bien dónde estaba. Al cabo de unos segundos reconoció su habitación en el castillo del Duque.

Respiró hondo, tratando de olvidar la horrible y extraña pesadilla que había tenido. Se incorporó hasta sentarse, momento en el cual se percató de que no estaba sola; Kailette se encontraba en la habitación, sentada en una silla de cedro ante la cama de Namirielle.

— ¿Cómo te encuentras? —Le preguntó la elfa pelirroja.

Ella parpadeó un par de veces, despejándose. Juntó las manos, y entonces se dio cuenta de algo nuevo, bajando la mirada y advirtiendo la extraña quemadura que tenía en el dorso de la mano derecha, entre los nudillos del dedo índice y pulgar. Era circular, dos medias lunas entrelazadas formando un ocho en horizontal aunque sin terminar de unirse en el centro. Todo lo que por un instante había creído un sueño regresó de golpe a su cabeza, al recordar el momento en que Korsten le hizo aquella marca al tocarla.

—No fue un sueño —musitó. Kailette negó levemente, mirándola compasiva. Namirielle se cubrió la cabeza con los brazos—. Jaridia ha muerto por mi culpa… y ese hombre está libre —miró a la elfa, sus ojos azules agrandados por el miedo al recordar a Korsten—. Dijo que me encontraría, Kailette. Vendrá a matarme…

La voz se le quebró. La elfa pelirroja se acercó y la rodeó con sus largos y delgados brazos.

—No temas, no podrá acercarse a ti —le prometió—. Syrkail se asegurará de ello. Es muy poderoso, su magia te protegerá.

—Él también es poderoso —Mucho más, lo había sentido en el templo abandonado.

—La oscuridad nunca vencerá a la luz. No debes tener miedo —se separó de ella, con los dedos secando las lagrimas que recorrían las mejillas de la joven, sonriéndole animadamente—. Venga, seguro que tienes hambre ¿Quieres que bajemos a comer algo? Te vendrá bien caminar un poco, también.

Namirielle asintió ligeramente. Estaba hambrienta, y a la elfa no le faltaba razón.

En cuanto la muchacha estuvo lista salieron de la alcoba, encaminándose al comedor. Allí una amable criada les sirvió fruta, carne, pan y un montón de comida que Namirielle no pudo ni probar. Tenía un nudo en el estómago que el hambre no lograba desatar, por lo que apenas probó bocado.

Mientras comían, Kailette estuvo contándole cosas sobre Norwen y el Reino de los Elfos, historias que habrían fascinado a la joven si no estuviera tan desanimada.

Ya habían terminado cuando las puertas del comedor se abrieron, entrando el Duque del Lago acompañado de Syrkail.

— ¿Cómo te encuentras, muchacha? —Preguntó gentilmente el Duque, mirándola con preocupación y lástima.

Namirielle tardó unos segundos en darse cuenta de lo que le había dicho: contemplaba un plato de sopa sin pestañear, ausente.

—Estoy bien, señor —respondió con una vocecilla apenas audible—. Solo un poco triste por la muerte de mi amiga.

—La culpa es mía —dijo Syrkail, apesadumbrado, atrayendo la atención de la joven—. Los brujos que os secuestraron a Jaridia y a ti son los mismos que asolan las tierras del norte —ella, aunque debía estarlo, no se sorprendió; de algún modo lo había intuido—. El Duque del Lago y yo temíamos que, al cantar en el baile, ellos supieran de ti e intentasen algo… no fuimos lo suficiente cuidadosos, y por ello una chica inocente murió. Lo siento mucho, Namirielle, no sabes cuánto lamento todo esto.

Ella podía ver en sus ojos claros la pena y sinceridad de sus palabras. Se puso en pié, acercándose y cogiéndole una mano con intención de consolarlo a pesar de sí misma.

—Me salvaste, gracias a ti pude volver.

—No, tú nos salvaste a todos. Fue la magia del libro la que deshizo las criaturas reforzadas por el poder de Korsten, yo no podía hacerlo —apretó su mano con más fuerza—. Ahora has despertado su interés e intentará dar contigo, pero no te preocupes. No actuará de día, demasiado visible: colocaré unas salvaguardas en tu habitación, eso impedirá que su magia negra penetre en ella, será totalmente infranqueable salvo para ti. Podrás dormir tranquila esta noche —Le prometió.

Namirielle creía en él, era imposible no hacerlo, pero todavía sentía el miedo calando en sus huesos. Podía ver claramente las cenizas de los brujos muertos en su mente, oír sus gritos, el rostro sin vida de Jaridia… y lo que era peor, la esencia de Korsten, negra y ponzoñosa, casi podía sentirla allí mismo. Nunca había visto a nadie como él, no quería volver a verlo, solo deseaba que no se acercase a ella y la dejara tranquila. Ya era libre, y Namirielle no tenía intención alguna de hacer nada en contra, ¿Qué iba a importarle una simple y aterrorizada muchacha? Tal vez solo quería asustarla para asegurarse de que no intentaba sellarlo otra vez… sí, tenía que ser eso, se dijo esperanzada. Necesitaba creer en ello o perdería la cordura.

A la tarde, y por insistencia de Kailette, salió a los jardines a tomar el suave y cálido aire de Norwen. Aunque se había mostrado reacia, lo cierto fue que el contacto con la naturaleza le sentó muy bien. Por largos momentos pudo olvidarse de todo, incluida la falta de su gran amiga Jaridia.

Sobre sus faldas rosadas amontonaba un buen número de claveles blancos que tenía intención de colocar en su alcoba. Su aroma era tan delicioso, quería dormir y despertarse con esa fragancia.

Se giró cuando escuchó unas botas pisando la hierba tras ella, descubriendo a Grayan. El hijo del Duque se había mostrado muy amable y atento durante todo el día, siempre pendiente de la muchacha. Lo vio agacharse a su lado, tomando un clavel blanco y jugando con él distraídamente.

— ¿Cómo te encuentras? —Le preguntó. Namirielle no supo cómo ni cuándo, pero aunque él era el futuro Duque del Lago y ella una humilde plebeya siempre la había tratado con mucha cercanía, protocolo a un lado, y ahora más que nunca.

—Mejor, estar aquí fuera me anima mucho —sus ojos vagaron por el hermoso y variado jardín—. Apenas quedan cinco días para la primavera. A Jaridia le habría gustado celebrar aquí el equinoccio… mi cumpleaños —Añadió, melancólica.

Grayan la miraba apenado por la tristeza en sus ojos. A él le parecía muy injusto que alguien como Namirielle, tan dulce y bondadosa, hubiese tenido que sufrir tanto y en apenas un solo día. No lo merecía, iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para evitarle el más mínimo sufrimiento venidero.

—No lo sabía ¿Cuántos cumples?

—Diecisiete —Y Jaridia los cumplía en verano… pero eso ya no iba a ocurrir.

—La primavera es todo un acontecimiento para los norwentanos —le contó, tratando de distraerla un poco. Ella seguía mirando al horizonte—. Se bendice la cosecha y celebramos el baile de primavera.

— ¿Un baile? —Preguntó, despertando su interés.

—Así es. Todos los chicos van y escogen pareja entre las doncellas presentes. Quizás te gustaría venir conmigo —le propuso, con lentitud—. Es muy divertido, seguro que te gustará —Añadió.

Ella lo miró entonces. Por primera vez en todo el día, sonrió. Cuanta alegría le trasmitió a Grayan aquella dulce sonrisa.

—Me encantaría ir —Declaró entonces la muchacha.

Él le devolvió la sonrisa, más contento con la respuesta. Miró el clavel que aún conservaba, y tras partir el tallo, lo colocó en el cabello rizado de la joven. Ella sonrió más con aquel gesto.

—Así está mejor, especialmente si sonríes de esa manera.

Namirielle ladeó la cabeza, ruborizada. En ese momento sus ojos captaron algo negro junto al muro y recogió las flores de su falda, poniéndose en pie.

—Un gato —Reconoció con facilidad la estilizada silueta.

Grayan siguió su mirada, descubriendo al felino. Al ver el interés de la muchacha, ambos se acercaron lentamente esperando no ahuyentarlo.

—Qué pena que no tengamos a mano algo para darle de comer —Comentó el hijo del Duque.

Namirielle se agachó llamando al gato, que al oírla giró la cabeza para mirarla. Tras unos segundos, vieron que el minino recortaba distancias. La muchacha alargó una mano hacia él despacio para no asustarlo, y le acarició la cabeza.

—Hola, precioso —Le habló con dulzura.

Era un gato muy bonito, completamente negro. El minino ronroneó en respuesta, moviendo la cola ligeramente de un lado a otro.

—Parece que le gustas —Comentó Grayan, a la vez que alargaba una mano para acariciarlo también.

Pero el gato movió velozmente una zarpa, arañando la mano del joven noble.

—Oh… —musitó Namirielle, alargando una mano para coger la de Grayan y descubriendo tres líneas rojizas en su piel morena—. ¿Te duele?

—No es nada, tranquila… —le quitó importancia, aunque le gustó que la muchacha se preocupase por él—. Parece que yo no le caigo tan bien —Añadió, riendo.

Namirielle miró al gato negro, que ahora se restregaba contra sus piernas tan contento. Aunque había sido malo, no pudo evitar sonreír mientras volvía a agacharse y le cogía en brazos.

—Eso no se hace —lo reprendió. El gato la contemplaba ladeando la cabeza inocentemente, cosa que la hizo ampliar su sonrisa. Volvió a dejarlo en el suelo y miró a Grayan—. Vamos a curarte eso, no vaya a infectarse.

Ambos se encaminaron al interior del castillo. Namirielle se dio cuenta de que el gato los seguía.

—Tú no puedes venir —le habló como si pudiera entenderla, pero el felino la seguía igualmente moviendo la cola y maullando con suavidad.

—Puedes traerlo —le dijo el noble—. Seguro que te hace compañía, y a las criadas les encantará… siempre que no las arañe, claro.

Ella lo miró, sus ojos claros muy grandes y relucientes.

— ¿De verdad puedo llevarlo? —él asintió—. ¡Muchas gracias!

Se agachó alargando los brazos hacia el gato, que se acomodó fácilmente entre ellos apoyando la cabeza en su hombro derecho.

—Tendré que ponerte un nombre —le dijo, mirándolo con una gran sonrisa. Jamás había tenido una mascota, solo los animales con los que jugase de niña por los alrededores del Templo Blanco, y le hacía ilusión. El gato alzó su negra cabecita, clavando en ella unos profundos e hipnóticos ojos dorados—. A ver…ya está, ¿Qué te parece Oro? —el gato maulló una vez en respuesta—. ¿Te gusta? Pues decidido, desde ahora serás Oro.

Después de tratar los pequeños arañazos de Grayan con una cataplasma de hierbas que la Madre Blanca le había enseñado tiempo atrás, Namirielle pasó buena parte de la tarde jugando con Oro por los pasillos. El gato negro era muy juguetón, no paraba de correr detrás de la muchacha quien reía. Se estaba divirtiendo mucho, el minino había borrado toda su tristeza de golpe.

Así, corriendo en compañía del gato, la encontró Syrkail al atardecer.

—Veo que has hecho un nuevo amigo —comentó el elfo con una agradable sonrisa, inclinándose para ver mejor al gato que permanecía pegado a las faldas de Namirielle tratando de que ella lo cogiera en brazos—. Parece que no quiere separarse de ti —Añadió, riendo ligeramente al ver con qué insistencia intentaba llamar la atención de la joven.

Namirielle sonrió, agachándose y recogiendo al persistente felino.

—Se llama Oro —lo presentó, estrechándolo cariñosamente contra su pecho—. Grayan y yo lo encontramos en los jardines del castillo y desde entonces no ha dejado de seguirme —le rascó la cabecita negra y él movió una pata, juguetón—. Pero a Grayan lo arañó —Añadió, no sin cierta diversión al recordarlo. Había sido un poco cómico.

Syrkail miró pensativo al gato negro. Alargó una mano muy despacio, con intención de acariciarlo, pero Namirielle lo atrajo más cerca.

—Es un poco agresivo con lo demás, no quiero que te arañe —Le dijo preocupada. Ya lo había visto con el pelaje engrifado y sacando las uñas con las criadas que se había topado mientras jugaban, prefería evitar más heridos.

—Soy un elfo, los animales son mis amigos —repuso, aunque bajó la mano—. También tienen cierta predilección por las raschidas, seguramente ese es el motivo por el que se siente tan atraído por ti.

—Tal vez. Siempre he tenido buena mano con los animales, todos me querían cerca.

Suspiró, aún sin asumir del todo su naturaleza raschida. Ella se veía demasiado corriente como para estar emparentada con una de aquellas ninfas del agua y la música. Eran tan hermosas y sabias, sus voces de una perfección cristalina; no podía ser una de ellas.

Se encaminó con Syrkail al comedor, donde en breve se cenaría. Por supuesto Oro estuvo presente durante toda la noche, mendigándole algún trozo de comida al principio, para luego tumbarse a sus pies absolutamente inmóvil.

— ¿De dónde has sacado ese gato? —Le preguntó Kailette a la muchacha, curiosa.

—Lo encontramos en los jardines, esta tarde—respondió Grayan, y añadió alzando la mano vendada—. Tiene muy malas pulgas, pero le ha cogido cariño a Namirielle.

La joven sonrió un poco, tímida.

—Oh, está bien… —Murmuró la elfa, bebiendo de su copa.

—Lo importante es que estés contenta —Añadió el Duque, mirándola con dulzura paternal.

Namirielle asintió. Tomó un trozo de carne de su plato y se lo dio a Oro que lo devoró con avidez, relamiéndose los bigotes y mirando a la muchacha con aquellos ojos relucientes como oro líquido. Casi parecía la mirada inteligente de un ser humano.

En cuanto terminaron en el comedor, Namirielle decidió retirarse a dormir. Tanto Syrkail como el Duque la acompañaron hasta la puerta de su habitación.

—Antes de entrar colocaré las salvaguardas —dijo el archimago elfo—. Así Korsten no podrá llegar a ti desde el exterior.

La joven asintió. Él cerró los ojos y levantó los brazos, salmodiando para sí las palabras de un hechizo; Namirielle sintió fluir el poder del elfo, rodeando la habitación y resguardándola. Cuando terminó todos pudieron ver la puerta brillar por un instante con una luz blanquecina, para después volver a la normalidad.

—Una vez estés dentro solo tú podrás entrar y salir hasta que deshaga el hechizo —informó Syrkail, abriendo sus ojos azules de nuevo—. He empleado una gran cantidad de magia para asegurarme de que Korsten no pueda pasar, por eso es tan restrictivo.

— ¿Y Oro? —Le preguntó, bajando la mirada hasta el gato negro entre sus brazos.

Lo pensó un momento.

—Si entras con él las salvaguardas le permitirán el paso también. Puedes llevarlo.

Asintió, contenta con ello. Abrazó más fuerte al gato negro, entrando en la habitación; nada más traspasar el umbral un ligero resplandor como el anterior rodeó la entrada, extinguiéndose a los pocos segundos.

Syrkail alzó una mano, rozando superficialmente el escudo invisible.

—Todo está bien —afirmó satisfecho. Sonrió a Namirielle—. Buenas noches.

—Buenas noches —Correspondió con una pequeña inclinación de cabeza, cerrando la puerta.

Encaró la habitación, tan grande y bonita. Ahora le parecía demasiado espaciosa, se sentía un poco sola sin Jaridia.

—Bueno, te tengo a ti —recordó, acariciando el lomo de Oro que ronroneó en respuesta. Lo dejó en el suelo—. Tengo que prepararte un sitio para que puedas dormir.

Cogió un cojín de su cama y lo puso en el suelo. Oro la observaba atentamente, sentado junto a una de las patas de la cama.

— ¿Te gusta, bonito? Parece cómodo —le hablaba en todo momento, como si la entendiera. El gato se acercó a ella, moviendo la cola ligeramente y restregándose contra su brazo—. Venga, túmbate —le instó, colocándolo sobre el cojín.

Se puso en pié y tomó asiento ante el tocador, cepillándose el pelo antes de acostarse. A través del espejo podía ver a Oro, siempre con un ojo puesto en ella.

Una vez estuvo lista se metió en la cama. También le pareció enorme, al no encontrarse Jaridia con ella. Se habían criado juntas, como hermanas, no podía evitar recordarla en situaciones tan simples y cotidianas. La echaría de menos durante mucho tiempo.

Se incorporó un poco al notar algo subirse a la cama. Cuando miró se dio cuenta de que era Oro.

— ¿Quieres dormir conmigo? Oh, qué lindo…

Volvió a acostarse. El gato se movió hasta la almohada, donde se tumbó pegado a Namirielle, con los ojos dorados fijos en el rostro de la muchacha. Ella le sonrió ampliamente, antes de cerrar los suyos dispuesta a entregarse al sueño.

 

 

 

 

Abrió los ojos. Estaba en un bosque dorado y ámbar, caminando tranquilamente mientras oía el sonido de una flauta, dejándose llevar por tan exquisita melodía y tratando de localizar su fuente.

Iba descalza pero no sentía frío, ni siquiera a través de su fino camisón blanco. El bosque otoñal se abrió y ante sí descubrió una cueva, de la cual sin duda provenía la música. Sin pensarlo en ningún momento, se adentró en ella.

Al entrar el sonido se intensificó, envolviéndola suavemente como una manta. Namirielle suspiró disfrutando de la sensación, ignorando la creciente oscuridad que la rodeaba impidiéndole ver el camino. Cerró los ojos para guiarse mejor por su oído.

Su aliento formaba volutas de vapor en el aire, el frío allí era considerable pero Namirielle seguía sin sentirlo; solo podía escuchar la melodía, que se tornaba más irresistible con cada nota. Estaba cerca, muy cerca.

La flauta dejó de sonar lentamente, sus últimas notas acariciándola.

—Ahora vendrás conmigo —Susurró una voz masculina, baja y cadenciosa, en su oído.

Al reconocerla abrió los ojos y giró la cabeza bruscamente, descubriendo a Korsten detrás de ella con una flauta en su mano izquierda...

 

 

 

 

Despertó de golpe, agitada y empapada en sudor frío. Lo primero que vio fueron unos ojos dorados, lo cual la hizo gritar con fuerza, sobresaltando al dueño de aquella mirada.

—Oro… —Musitó, reconociendo al gato negro.

Respiró hondo, tratando de serenarse. Había sido tan real, por un momento creyó que en verdad Korsten estaba allí, que la había encontrado y nunca más regresaría a casa.

Se tumbó nuevamente, hecha un ovillo, tapándose la cara con las sábanas y llorando. Solo era un sueño, él no podía hacerle daño en un sueño, y las salvaguardas de Syrkail eran infranqueables… ¿Entonces por qué estaba tan asustada? ¿A qué venía ese miedo irracional? Korsten no estaba allí, no podía llegar a ella. Debía calmarse y dormir, dejar de angustiarse innecesariamente.

Pero no podía dormirse, ni siquiera la compañía de Oro lograba relajarla. Solo con las primeras luces del alba el cansancio se apoderó finalmente de Namirielle, durmiendo sin sueños ni pesadillas al fin.



« Capítulo 3: El Rapto Comenta este capítulo | Ir arriba Capítulo 5: La Voz »


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino

contacto@potterfics.com

Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.