Historia al azar: Resumen de un año en Hogwarts
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La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 3: El Rapto
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
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Capítulo 3: El Rapto

Pasaron tres días desde que llegaron a Norwen. Namirielle y Jaridia se encontraban con Syrkail y Kailette en el mercado. Tenía un ambiente muy interesante, con sus puestitos de ropa y de un sinfín de objetos de diferentes tipos y utilidades. Tras un rato dando vueltas ya no sabían qué mirar, mucho menos dónde estaban, a causa de la gran cantidad de gente y tenderetes.

— ¡Dulces! —Exclamó Jaridia en un momento dado, abandonando a Namirielle en el acto.

Ella sonrió, pero no la siguió. Sus ojos toparon con una mujer rubia sentada ante un tronco de madera sobre el cual barajaba unas cartas. Se acercó, mirando con curiosidad los viejos naipes.

— ¿Quieres saber qué te depara el destino? —Ofreció la adivina, clavando en ella unos ojos grises como la luna. Por su aspecto era evidente su origen extranjero, norteña como la propia muchacha.

Asintió levemente. La mujer le indicó el viejo taburete ante ella y Namirielle tomó asiento.

La adivina barajó unas cuantas veces, sus ojos cerrados en señal de concentración. Finalmente dividió la baraja en dos montones.

— ¿Derecha o izquierda?

—Derecha.

Tomó el montón escogido y extendió tres cartas boca arriba.

—Mmm… veo un camino lleno de dificultades para ti, muchacha. La desgracia te acecha, algo oscuro va tras tus pasos… has de ser precavida y pensar con claridad qué camino escoges, no dejarte influenciar.

Namirielle tragó saliva. No sonaba muy alentador.

— ¿Solo eso? —Preguntó.

La mujer prosiguió.

—Conocerás el amor, un amor puro y verdadero en medio de una gran tragedia. Tendrás que tomar una decisión crucial y no podrás volver atrás.

— ¿Qué decisión? ¿Qué tengo que escoger?

—No lo pone en las cartas pero cuando llegue el momento lo sabrás, todo estará claro para ti —alzó sus ojos grises de las cartas y la miró—. Eso es todo.

Namirielle asintió. Se puso en pié y le dio una moneda antes de alejarse, buscando a los demás con la mirada. Vio a Jaridia en un punto no muy lejano y se acercó a ella.

—Que ricos los bollos de crema y chocolate, lástima que no vinieras —le dijo la muchacha norwentana con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Y tú qué estabas haciendo?

—Nada. ¿Dónde están Syrkail y Kailette?

—Pues no lo sé, pero Kailette estaba comprando hierbas hace un rato. Vamos a ver si sigue en el mismo sitio.

Más tarde regresaron todos juntos al Castillo del Lago. En su dormitorio, Namirielle le habló a Jaridia del famoso lago que daba nombre al ducado, del que se podía ver un pedazo a través de los balcones del lado este del castillo.

—Tenemos que ir —Declaró Namirielle, deseándolo con fervor.

Jaridia suspiró.

—Si te empeñas… aunque solo es un lago, no sé porque te entusiasma tanto.

—Es enorme, nunca he visto uno así y me encantaría, sabes que me gustan esas cosas —se pegó más a ella, suplicante—. Venga, Jaridia. Me hace mucha ilusión, desde que llegamos he querido ir pero ni Syrkail ni nadie me ha acompañado.

— ¿Y cómo vamos a ir, si no conocemos el camino?

—No es muy difícil, me lo explicó Grayan —respondió Namirielle, y Jaridia frunció el ceño—. ¿Qué?

— ¿Quién es Grayan?

—El hijo del Duque.

—Mmm…

Namirielle resopló.

— ¿A qué viene ese ''Mmm''? —Quiso saber, imaginando lo que estaba pensando su retorcida amiga.

—Cuanta confianza tienes con él ¿No? —Inquirió, con una sonrisilla.

—Cállate, Jaridia. Estás muy mal de la cabeza.

—Uh, te has picado.

Cogió un cepillo del tocador y se lo arrojó, bromeando.

—Venga, deja de decir tonterías. Tenemos que ir al Lago ya, o se nos echará el ocaso encima.

—Está bien, si no dejas de insistir… —Suspiró la más morena, recogiendo el cepillo del suelo y dejándolo en su sitio.

Se prepararon, Namirielle cogiendo el libro de nácar antes de salir de la alcoba. Abandonaron el castillo, dando con los jardines donde hicieron una pequeña pausa para contemplar las bellas flores amarillas y rosadas, las mismas que adornaba la alcoba de Namirielle, y finalmente traspasaron las murallas y salieron al exterior.

El trayecto ligeramente ascendente fue un juego para ellas, como los que hicieran a diario en el Templo Blanco. Jaridia perseguía a Namirielle, ambas riendo como niñas, y viceversa. Se lo estaban pasando en grande, contemplando un paisaje que nada tenía que ver con el que estaban acostumbradas desde pequeñas.

Jaridia soñaba con poder quedarse a vivir en Norwen, y Namirielle… bueno, también le gustaría, pero al contrario que su amiga ella sí que era consciente de que no podía. Al menos no de momento, tarde o temprano regresarían al templo.

De pronto Namirielle se quedó quieta y Jaridia pudo cazarla, cogiéndola por detrás con tanto impulso que las dos acabaron en el suelo.

— ¡Te pillé!

—Espera, Jaridia —Pidió Namirielle, muy atenta en algo.

La norwentana se apartó, mirándola fijamente.

— ¿Qué ocurre?

—Agua… está cerca.

Se puso en pié y cerró los ojos, centrándose en su oído. No la escuchaba pero sabía que no estaba lejos, lo presentía. Echó andar en una dirección concreta guiada por su intuición, con Jaridia detrás, internándose en la alta maleza. Apartó las largas hojas verdes que tenía ante sí, abriéndose paso hasta que dio con un claro, en el cual se encontraba la orilla de lo que sin lugar a dudas era el lago que buscaban.

Namirielle avanzó rápidamente, con una gran sonrisa por haberlo encontrado, y se arrodilló cerca del agua. Tocó con los dedos la superficie de cristal, que con el roce tembló ligeramente produciéndose ondulaciones.

—Eres increíble ¡Lo encontraste! —Exclamó Jaridia, uniéndose a ella.

Sonrió más, sus ojos azules fijos en el agua. Vio algunos peces nadando tranquilamente cerca de la superficie. Cómo le habría gustado a Namirielle darse un baño, pero al tocar el agua se dio cuenta de que estaba fría, por lo que ya no la tentaba tanto la idea.

Vio que Jaridia se sentaba en la hierba, y tras quitarse los zapatos y subirse un poco el vestido gris perla, introdujo los pies en el agua; primero los dedos, luego a la altura del tobillo, hasta que el agua le llegaba a mitad de la pantorrilla.

—Esto es el paraíso —dijo—. Todavía tengo los pies destrozados de bailar la otra noche.

Namirielle se echó a reír, recordando. Al final acabó por imitarla y, tras descalzarse también, metió los pies en el agua. Apretó los dientes un momento, ante el frío, pero enseguida se acostumbró y entonces pudo relajarse. Qué bien se estaba así, qué paz y quietud a su alrededor. El silencio reinaba en el lugar, únicamente roto por el sonido del agua y el cantar de los pájaros.

Sacó el libro de la bolsa de lona donde lo había llevado consigo, y guiada por el murmullo relajante del lago tarareó una melodía sin palabras para sí misma, mientras pasabas las bellas páginas de nácar.

Pero los pájaros callaron y el ambiente cambió de repente. El lugar fue cubierto por una niebla oscura, de la cual unos hombres encapuchados y de negras vestimentas emergieron, rodeándolas. Jaridia gritó y ambas sacaron los pies del agua y se pusieron en pié de golpe, asustadas, Namirielle escondiendo el libro en la bolsa por instinto.

Uno de los encapuchados se acercó a ella, quien retrocedió, capturando su brazo y obligándola a soltar la bolsa que acabó en su poder mientras Namirielle forcejeaba tratando de liberarse; pero no era lo suficiente fuerte. El hombre le tendió la bolsa de lona a otro, que sacó el libro y lo abrió revisando las páginas con interés.

—El libro de las raschidas… —Murmuró, y por su voz ella supo que se trataba de un hombre anciano.

—Llevad a la otra también —habló otro, una mujer—. Seguro que será útil si no colabora.

Entre dos sujetaron a Jaridia, que no dejaba de removerse y gritar.

— ¡Basta! ¡Dejadnos en paz!

— ¡Qué se calle! —Exclamó otro encapuchado.

Namirielle, muda por el miedo, vio por encima del hombro de su captor que un encapuchado, el mismo que tenía el libro, alzaba una mano en dirección a su amiga. Enseguida percibió el poder mágico que empezaba arremolinarse alrededor del hombre, y gritó temerosa.

— ¡No! ¡Por favor, no…!

No pudo seguir, su captor le tapó la boca y la nariz con un pañuelo que desprendía una extraña fragancia, un aroma que enturbiaba sus sentidos. Comenzó a perder fuerzas en las extremidades, los párpados a pesarle demasiado para mantenerlos abiertos, su mente embotada. No tardó en rendirse a la inconsciencia.

Cuando Namirielle despertó más tarde, lo primero que notó fue que se estaba moviendo; no ella, sino el suelo. Miró a su alrededor, descubriendo que estaba sobre una carreta.

Abrió más los ojos al recordar lo que había pasado e intentó moverse, pero enseguida descubrió que tenía las manos atadas, al igual que los tobillos. Forcejeó cuanto pudo pero las ataduras eran sólidas y fue en vano.

Con mucho esfuerzo logró incorporarse hasta estar sentada. Vio frente a ella a Jaridia, que compartía su misma suerte. Se fijó por primera vez en donde estaban; la carreta que las llevaba avanzaba por un frondoso bosque, moviéndose mucho a causa del irregular terreno. Rodeando la carreta iban los hombres encapuchados, a caballo. Namirielle los observó con miedo, como pudo arrastrándose hasta donde se encontraba su amiga y apoyando la espalda contra la pared de la carreta.

— ¿Qué ha pasado? —Le preguntó, susurrando.

Jaridia se lo contó en el mismo tono de voz, intentando siempre que no se le quebrara al hablar debido a la angustia que sentía. Ella también había estado inconsciente un rato, lo primero que recordaba era cuando las subieron a la carreta, ya lejos de las tierras del Duque del Lago, y el silencioso trayecto sobre esta.

Namirielle miró el cielo, que mostraba tonos de rojo oscuro con púrpura, luciendo ya algunas estrellas. Sus ojos azules se desviaron hacia la foresta que los rodeaba.

—Pronto habrá que acampar… —Murmuró para sí, preocupada.

No se equivocó, poco tiempo después el grupo se detuvo. Tres encapuchados se retiraron con órdenes de recoger leña y cazar, los demás preparando un improvisado campamento mientras los esperaban. Namirielle y Jaridia permanecieron en una esquina de la carreta, muy quietas y procurando que se olvidaran de ellas. Estaban asustadas, nunca habían sentido tanto miedo.

Uno de los encapuchados se acercó a ellas, y al bajar su capucha descubrieron que se trataba de una mujer de mediana edad. Namirielle la reconoció; era una de las damas que la habían elogiado por su voz en el baile del Duque del Lago.

La mujer les tendió una manta, cubriéndolas con ella para protegerlas del frío.

—Está refrescando, así estaréis mejor —Dijo con voz pausada y serena.

— ¿Qué queréis de nosotras? —preguntó una aterrada Jaridia—. No hemos hecho nada, no tenemos nada… —La voz se le quebró, incapaz de seguir hablando.

Namirielle miró apenada a su amiga, lo mal que lo estaba pasando; Jaridia, quien siempre rebosaba una energía y viveza sin igual, ahora parecía una flor marchita y cenicienta.

La dama miraba a la muchacha de tez morena casi con misericordia.

—No te preocupes —le dijo—. Tu sufrimiento no durará mucho tiempo.

Y con esto se puso en pié, reuniéndose con los demás encapuchados.

Pasó bastante tiempo hasta que los hombres que faltaban regresaron con leña, un par de liebres y palomas que habían cazado. Las presas se asaron junto a un chispeante fuego y todos comieron menos Namirielle y Jaridia, quienes no tenían apetito alguno.

Cuando todos dormían ya, sin nadie que hiciese guardia para gran sorpresa de las dos jóvenes, Namirielle decidió contarle a su amiga el plan de escape que había ideado mientras sus captores cenaban:

—Llevo todo el rato intentando desatarme, pero no puedo. Si consiguiese arrastrarme fuera de la carreta y coger ese cuchillo que han dejado tirado… —le señaló con las manos atadas un cuchillo, el mismo que los hombres habían usado para preparar su cena, que descansaba sobre la hierba muy cerca de uno de ellos, a unos cuantos metros de distancia—. Podría liberarnos y entonces escaparíamos de aquí.

—Pero es muy arriesgado, Namirielle. ¿Y si se despiertan?

—Si tengo cuidado no lo harán. Tú déjamelo a mí.

Empezó a arrastrarse hasta el borde de la carreta y consiguió escurrirse fuera, cayendo sobre la hierba que crujió levemente bajo su peso. Se quedó muy quieta, atenta; solo escuchó algunos ronquidos, el ulular de un búho y el sonido de las hojas de los árboles mecidas por el viento. Nadie se había despertado.

Con cuidado de que la hierba no crujiera demasiado, Namirielle se arrastró hasta su objetivo muy lentamente, tanto que necesitó de mucho tiempo para superar la corta distancia. Ya estaba muy cerca, un poco más y podría rozar el cuchillo con los dedos.

Estiró los brazos pero se detuvo de golpe cuando el hombre más cercano se movió quedando de cara a la muchacha, que lo miró aterrada. Pero afortunadamente seguía durmiendo, aunque no quiso arriesgarse y permaneció un rato muy quieta.

Al ver que no pasaba nada volvió a su tarea, logrando finalmente tocar el cuchillo. Se arrastró un poco más hacia delante hasta conseguir asirlo en la mano y no tardó en retroceder con su recompensa firmemente sujeta, disponiéndose a cortar las ataduras de sus tobillos.

En un principio pensó que sería más fácil, pero necesitó tiempo y mucha paciencia para que la cuerda cediera y sus pies quedasen libres. Con cuidado se puso en pié y lentamente deshizo el camino, volviendo a la carreta.

—Dame las manos —le pidió a Jaridia, quien la miraba emocionada por su logro.

Comenzó a cortar las cuerdas que ataban las manos de su amiga, continuando con las de sus tobillos, y cuando acabó le pasó el cuchillo para que ella hiciera lo mismo con sus manos aún atadas.

—Ya está —Le susurró Jaridia, nada más terminó.

Silenciosamente bajaron de la carreta y con cuidado se movieron pasando junto a los dormidos caballos.

Namirielle se volvió hacia su amiga cuando escuchó que esta pisaba una raíz sonoramente. En ese momento los caballos, despertados por el ruido, se alteraron y empezaron a relinchar. Las dos vieron como algunos de sus captores se levantaban al escuchar a los equinos; Namirielle no se lo pensó y tiró de la manga de Jaridia, instándola a correr bosque adentro.

Ya no servía de nada ser sigilosas, debían encontrar algún escondite y eso en plena noche iba a ser muy difícil.

No dejaban de tropezar con sus faldas, siempre cogidas de la mano y ayudándose mutuamente a seguir cuando alguna rama se enganchaba en sus ropas o cabello. Escuchaban los pasos acelerados de sus captores tras ellas, sus voces en la oscuridad. Corrieron más deprisa, con mayor desesperación.

De pronto el pie de Jaridia se metió en un agujero y cayó al suelo. Namirielle se apresuró en ayudarla a levantarse pero la joven de tez bronceada se había torcido el tobillo.

— ¡Vete! —Le pidió Jaridia con lágrimas surcando sus mejillas rellenas.

—Eso nunca —afirmó ella, tirando de su amiga que cojeaba—. Venga, tiene que haber algún sitio donde podamos escondernos…

Ya no avanzaban igual, iban a encontrarlas y ambas temían qué pasaría entonces. Ya no volverían a tener una oportunidad como aquella, puede que incluso las matasen en el acto.

Vieron por el rabillo del ojo un haz de luz, proveniente de la antorcha que uno de sus captores llevaba consigo. Se acercaron a un grupo de arbustos rodeados de maleza alta y rezaron porque pasase de largo.

Pero a la antorcha que veían a lo lejos se le sumaron otras cuatro. Con tanta luz era más que probable que las vieran si se acercaban lo suficiente, y Jaridia no podía correr… Namirielle temía más por la vida de su amiga que por la suya propia, tenía que hacer algo.

—Intentaré atraerlos hacia mí, así se alejarán de ti y estarás a salvo.

—Pero, Namirielle, si te encuentran…

—No lo harán, buscaré un lugar donde ocultarme y volveré por ti más tarde —se incorporó, cubriendo a su amiga con hojas e instándole a que se agachase más—. Tú no te muevas de aquí hasta que regrese, ¿De acuerdo? —Jaridia asintió, temblorosa—. Volveré —le garantizó, con un nudo en la garganta. Ella también estaba asustada, no había dejado de estarlo desde que fuesen secuestradas en el Lago—. Ya verás como todo sale bien.

Se obligó a marcharse de allí. Una vez estuvo lo suficientemente lejos empezó a dejar un rastro visible apropósito, esperando atraer a sus perseguidores, a la vez que buscaba un lugar en el que esconderse ella hasta que todo pasase y pudiera reunirse con Jaridia y escapar.

Los raptores no tardaron en encontrar las huellas y ramas rotas, junto con un trozo del vestido blanco de Namirielle. Siguieron ese rastro, tal y como ella quería que hicieran, alejándose de la ubicación de la otra muchacha.

Namirielle tenía que estar ya bastante lejos del campamento, en medio de un vasto bosque que sin duda debía ser el Gran Bosque que rodeaba el reino de Norwen. Divisó un viejo árbol cuyo tronco estaba hueco por dentro, y lo rodeó descubriendo una abertura por la cual podía introducirse con facilidad.

Cogió ramas viejas y hojas del suelo, y tras meterse en el interior del tronco taponó la apertura lo mejor que pudo. Era un buen sitio donde esconderse, solo lamentaba que Jaridia no estuviese con ella. Aunque los hombres la habían seguido, alejándose de su amiga, esta no estaba segura todavía y menos con el tobillo maltrecho. Namirielle solo estaría tranquila cuando sus secuestradores se cansasen y decidieran volver al campamento, un trayecto en el que esperaba no topasen con Jaridia. Eso también la preocupaba.

Un grito atrajo toda su atención, helándole la sangre; pertenecía a Jaridia.

— ¡Muéstrate! —clamó una voz masculina en medio de la noche, uno de los captores—. De lo contrario tu amiga morirá, ¡Sal ahora y no os pasará nada!

Dos lágrimas recorrieron las pálidas mejillas de Namirielle. Todos sus esfuerzos por proteger a su amiga habían resultado en vano.

— ¡No lo hagas…! —Le llegó la voz angustiada de Jaridia antes de que alguien le impidiera seguir hablando.

—Si en cinco segundos no sales —escuchó entonces una voz femenina, la dama norwentana sin duda—, la mataremos y seguiremos buscándote. El bosque no te protegerá siempre, muchacha.

Namirielle se asomó un poco al exterior. Le parecía ver el leve resplandor de unas antorchas, pero todavía se encontraban lejos, igual que las voces.

La dama empezó la cuenta atrás:

—Cinco… cuatro… tres… —Namirielle se mordió el labio inferior, frustrada y sin saber si obedecer o no. No podía dejar que matasen a Jaridia, jamás lo haría—. Dos… uno…

—Aquí —Habló alto y claro la joven, saliendo de su escondite y mostrándose.

Las antorchas se acercaron, y enseguida estuvieron allí los captores. Dos de ellos sujetaban férreamente a Jaridia, quien la miró con tristeza; Namirielle pudo leer en sus ojos que habría preferido que huyera antes que entregarse por ella.

Regresaron al campamento en silencio. Esta vez las ataron a la carreta, con las muñecas a la espalda y sin posibilidad alguna de moverse. Un hombre estuvo perpetuamente con un ojo puesto en ellas, vigilante como un halcón mientras sus compañeros dormían.

Aquella noche apenas pudieron pegar ojo. Nada más salir el sol, el grupo se puso en marcha de nuevo, solo parando a mitad del día para tomar un rápido y escueto almuerzo. Ni Namirielle ni Jaridia probaron bocado nuevamente, su desasosiego les impedía ingerir alimento alguno.

El cielo tomaba un suave tono naranja cuando empezaron a advertir un cambio en el paisaje, que hasta ahora solo consistía en árboles altos y frondosa vegetación; los árboles fueron desapareciendo gradualmente, dando una menor sensación de opresión, la hierba crecía más baja. Estaban saliendo del bosque… pero había algo en el ambiente que no le gustaba a Namirielle, haciéndola preferir el frondoso bosque de antes, lo que fuese con tal de que la carreta no siguiera avanzando en esa dirección.

Lentamente los árboles se abrieron, mostrando algo que dejó a las dos jóvenes sorprendidas: una edificación antigua, de lo que parecía un templo o santuario dedicado a algún dios, supusieron ellas. Era pequeño, de piedra gris oscura recubierta ligeramente por plantas trepadoras y moho. Aunque algo les decía que era muy viejo, no se conservaba en mal estado.

Vieron cómo el humor de los hombres aumentaba con la visión del templo antiguo; aquel debía ser su destino final.

No se equivocaron. Los raptores colocaron la carreta junto a las escaleras ascendentes que llevaban al misterioso templo, y tras liberarlas de sus ataduras las bajaron, sujetándolas con tanta fuerza que les hicieron daño. Las obligaron a subir cada peldaño, a lo que Namirielle se opuso inútilmente. No quería entrar, algo en su interior le decía que no lo hiciera, pero las fuertes manos que la sujetaban eran superiores a ella.

Llegaron arriba. Los dos hombres que las mantenían presas se quedaron quietos en la entrada. La dama y el anciano del grupo, quienes parecían ser los líderes junto con otro hombre más joven, abrieron los grandes portones de piedra. Todos entraron, Namirielle y Jaridia en medio de la comitiva.

El interior mostraba un aspecto mucho más deteriorado de lo que se imaginaba desde fuera. Todo era piedra. Al fondo, subiendo cuatro peldaños semiderruidos, vieron lo que parecía ser un altar.

Los candelabros colgados de las paredes estaban oxidados, llenos de telarañas al igual que el suelo y el techo. No había decoración alguna, tampoco una estatua o algún tótem que representase a la deidad que allí se adorase. A Namirielle le pareció extraño.

La dama pidió a uno de los hombres que le entregase una bolsa, de la cual sacó el libro de nácar. Namirielle abrió mucho los ojos al ver el libro, del cual no había sabido nada hasta ahora, y la mujer se acercó a ella mirándola fijamente con sus ojos azul cobalto.

—Todo esto tiene una razón —le explicó—. Necesitamos que hagas un pequeño conjuro, por llamarlo de algún modo. Solo una raschida puede hacerlo, de lo contrario ya nos habríamos ocupado nosotros —tendió el libro a la joven, y su captor aflojó el agarre para que Namirielle pudiera cogerlo, cosa que ella no dudó en hacer—. Hazlo y podrás volver a casa sana y salva.

— ¿Y Jaridia?

La dama intercambió una mirada con el anciano.

—Las dos estaréis a salvo —Aseguró este último con lentitud.

Namirielle miró a su alrededor, dubitativa ¿Qué era eso que percibía desde cada rincón de aquel lugar? Era abrumador y sofocante, sentía un nudo en el estómago muy desagradable. No estaba segura de qué era, pero algo sí tenía claro: fuese lo que fuera ese ''conjuro'', ella no sentía deseos de realizarlo, algo en su interior se revelaba.

—No estoy segura de poder… —Insinuó muy bajito, con miedo.

El anciano se acercó a la muchacha, tomando el libro de sus manos y buscando algo en su interior. Finalmente se lo devolvió abierto en una página que Namirielle recordaba muy bien: era aquel ritual que le había mostrado a Syrkail en el Templo Blanco, el mismo que le había helado la sangre. Ahora entendía mejor por qué: quizás una parte de ella había intuido que todo aquello pasaría.

—Esto es lo que tienes que hacer —dijo el anciano brujo, mirándola fijamente con oscuros ojos de halcón—. Solo léelo y canta, el libro hará el resto.

Eso ya lo sabía, pero su instinto la instaba a negarse.

—No puedo —musitó, tensa e inquieta—. Por favor, dejadnos ir…

El hombre que sujetaba a Jaridia tiró de esta violentamente, arrastrándola hasta el altar. Namirielle gritó, debatiéndose con su captor para poder acudir en ayuda de su amiga, pero no logró nada más que hacerse daño.

— ¡Hazlo ya, niña! —le ordenó el anciano, perdiendo la paciencia—. Canta y libéralo, o ella pagará las consecuencias de tu negativa —Añadió sombríamente.

Namirielle vio cómo a su amiga le ponían un cuchillo a la altura del corazón. Jaridia la miraba, sus ojos negros llenos de lágrimas, y ella cerró los suyos no queriendo verla así.

—Está bien —gimoteó, aterrada—. Haré lo que queráis, pero por favor no le hagáis daño…

El anciano hizo una seña al hombre que sujetaba a Namirielle, y este condujo a la muchacha junto al altar. Ella miró a su amiga un momento, tratando de infundirle un poco de calor con su mirada, y luego se centró en el libro leyendo los versos para sí. Volvió a mirar a Jaridia, justo antes de cerrar los ojos y empezar a entonar una melodía sin palabras.

Sintió lo mismo que cada vez que cantaba, también la magia del libro recorriéndola por dentro, pero en esta ocasión la sensación fue mucho más intensa y poderosa; abrió los ojos y vio el libro relucir con una suave luz blanca y nacarada en sus manos. Una vez más repasó brevemente el texto y lo reprodujo con su bella voz, salmodiando el antiguo y poderoso cántico. Lo repitió tres veces, tal y como indicaba el libro.

De pronto sintió cómo las fuerzas la abandonaban y le fallaron las piernas, pero su captor la sujetaba y no cayó al suelo.

Terminó, y sus ojos castaños enfocaron a Jaridia aún apoyada en el altar en contra de su voluntad. Vio como el anciano se acercaba a su amiga y le decía algo al hombre que la retenía, probablemente que la soltase.

Pero el hombre solo le entregó la daga al más mayor, que a continuación hundió su hoja en el pecho de Jaridia hasta la empuñadura.



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