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La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 2: Norwen
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
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Capítulo 2: Norwen

A media tarde, Namirielle fue nuevamente convocada en la biblioteca por la Madre Blanca.

—Syrkail ha recibido una carta del Duque del Lago —le contó, dando vueltas alrededor de la mesa ante la cual se sentaba la muchacha—. Le ha pedido encarecidamente que parta a Norwen lo antes posible, para discutir sobre el libro y lo que está ocurriendo en el norte —hizo una pausa, como si le costara seguir hablando. Tras un largo suspiro prosiguió—. Es necesario que viajes a Norwen con él, Namirielle. El Duque también desea conocerte, y sin ti el libro resulta completamente inútil.

Aquello la cogió desprevenida. Viajar a Norwen. Muchas veces había soñado con el día en que saldría del templo por primera vez e iría al reino en cuya frontera vivía. Ahora que aquel sueño podía hacerse realidad, no daba crédito a que fuese posible.

— ¿A Norwen? Pero nunca he dejado el Templo Blanco…

Liudenna le dedicó una tierna sonrisa.

—Sé que te intimida la idea, pequeña, pero no te preocupes. No estarás sola, Syrkail y Kailette te ayudarán en lo que necesites. Puedes confiar en ellos, te doy mi palabra.

Pero la joven seguía bajo la impresión de todo aquello. Porque no era un viaje corriente, sino una misión para ella, la oportunidad de liberar las tierras del norte del caos allí establecido por los brujos negros. Y además tendría que entrevistarse con un Duque, cuya figura empezaba a intimidarla incluso más de lo que lo hacía el viaje en sí.

—¿… Puede venir también Jaridia? —pidió muy despacio, temiendo que le dijera que no, algo más que probable—. Ella es norwentana, estoy segura de que le haría mucha ilusión volver a ver su tierra natal…

—Y tú te sentirías menos sola —añadió la Madre Blanca, acertando—. Está bien, si ella quiere también podrá viajar con vosotros.

Namirielle sonrió, una sonrisa que se reflejaba claramente en sus ojos azules como el mar. De improvisto rodeó a Liudenna con sus brazos, quien correspondió al abrazo con cierta sorpresa.

—Gracias, Madre Blanca.

Seis días después llegó la fecha de partida. Namirielle hacía tiempo que tenía arreglado su macuto con lo que necesitaría en Norwen, por lo que solo tuvo que cogerlo y llevarlo consigo al establo del templo, dónde aguardaban los caballos de los elfos quienes ya se encontraban allí conversando amigablemente con la Madre Blanca.

—Jaridia vendrá enseguida —Informó Namirielle nada más le preguntaron por su amiga, quien aún se estaba asegurando de que no olvidaba nada importante.

Al cabo de un rato vieron a Jaridia correr hacia ellos, con su macuto colgando del hombro y la larga trenza negra, medio desecha ya, ondeando al viento.

— ¡Siento el retraso! —Se disculpó de inmediato, jadeando debido a la carrera emprendida hasta allí.

Namirielle le dedicó una elocuente mirada; si la joven de piel aceitunada había llegado tarde era por esperar hasta última hora para preparar su macuto, no como ella.

La Madre Blanca abrazó primero a Jaridia y luego a Namirielle, a quien se quedó mirando a los ojos durante un momento, con las manos aún en sus hombros; denotaba inquietud por la joven.

—Ten mucho cuidado, Namirielle —le dijo en voz baja—. No es una casualidad que el libro haya llegado a tus manos. Debes estar alerta —volvió a abrazarla, y al separarse la besó en la frente—. Que los Dioses te protejan, pequeña.

Ella asintió, inquieta con sus palabras, que no olvidaría en todo el viaje.

Poco después subieron a sus monturas y abandonaron el templo. Namirielle y Jaridia iban en el mismo caballo, una dócil yegua color canela del templo, con Syrkail al frente y Kailette detrás. Iban al paso, por lo que podían disfrutar del paisaje, algo que las dos no dejaban de hacer, sobre todo Namirielle.

— ¿Qué te dijo la Madre Blanca antes de irnos? —Le preguntó Jaridia, sentada detrás de ella.

Llevaban media mañana cabalgando, Namirielle absorta en sus pensamientos. Se giró un poco para mirar a su amiga.

—Nada, solo que tuviese cuidado… parecía preocupada —añadió volviéndose al frente, sujetando las bridas lo mejor que podía. De las dos era ella la única que tenía experiencia montando a caballo, pero solo lo había hecho en una ocasión, y a veces tenía problemas para dirigir a la yegua—. Tiene un mal presentimiento, por el libro.

Jaridia asintió para sí, apoyando la cabeza en su hombro con un suspiro. Días antes le había contado la historia del libro, también de su origen raschida, y aunque Namirielle había temido su reacción lo cierto fue que su amiga lo había asumido más rápido que ella, que aún no lo había hecho.

—A mí tampoco me parece una casualidad —estuvo de acuerdo la joven norwentana—. Estas cosas nunca lo son.

Ante ellos vieron un río. Syrkail detuvo a su montura, y los demás lo imitaron.

—La corriente no es muy fuerte, pero es mejor que intentemos bordearlo —Dijo.

Volvieron a ponerse en marcha. Jaridia encontraba muy agradable el sonido del agua, sumamente relajante.

—Creo que me voy a dormir —Dijo con un bostezo, apoyándose en la espalda de su amiga.

Namirielle le dio un codazo.

—Duerme todo lo que quieras, pero yo no soy un colchón —Repuso con una pequeña sonrisa.

Jaridia empezó a hacerle cosquillas y ella se retorció en la silla, riendo y acabando por soltar las riendas.

— ¡Eh! ¡Estate quieta! —le decía Namirielle, sin poder librarse porque compartían montura—. ¡Para!

Pero seguía haciéndole cosquillas, también riendo. La yegua empezó a encabritarse entonces, y por poco no caen ambas al suelo. Jaridia se detuvo entonces, y Namirielle se apresuró a tomar las riendas de nuevo.

Kailette hizo avanzar a su caballo, quedando a la altura de ambas jóvenes.

— ¿Qué estáis haciendo? —quiso saber, regañándolas por su comportamiento—. Apenas podéis llevar a vuestra yegua, ¿Y os ponéis a jugar?

—Lo siento —Musitó Jaridia, culpable.

La elfa las miraba aún desaprobadoramente, pero suspiró y dejó que la adelantaran. Namirielle le dio otro codazo a su amiga.

— ¿Ves lo que has conseguido? Parecemos dos niñas irresponsables.

El resto de la mañana transcurrió tranquilamente. El sol estaba bastante alto cuando decidieron hacer una pequeña pausa para comer. Las dos se alegraron mucho de poder desmontar y estirar las piernas, porque empezaban a cansarse de estar tanto tiempo a caballo.

Se sentaron sobre la hierba, junto a la orilla del río con su comida que consistía en pan tierno, manzanas, pepinillos y tiras de carne fría que la Madre Blanca había preparado especialmente para los cuatro viajeros.

Namirielle mordisqueaba distraídamente una manzana, a la vez que leía el libro de nácar abierto sobre la hierba de par en par, y Jaridia aprovechaba que su amiga estaba entretenida para robarle algunos pepinillos.

— ¿De verdad entiendes lo que pone? —Inquirió mirando los hermosos símbolos escritos, tan extraños para ella. 

Namirielle asintió, alzando la cabeza para mirar a su amiga.

—A mí también me resulta raro, pero… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas para explicar lo que sentía cada vez que leía el libro, cuando lo cogía entre sus manos—. Es como si siempre hubiese conocido esos símbolos y leerlos fuera lo más natural que existe en esta tierra. Me siento cómoda, segura. Y es tan hermoso… —Añadió, levantando el libro y dejándolo sobre sus rodillas.

—Desde luego —la secundó Jaridia, sin dejar de mirar las blancas y nacaradas páginas—. Nunca había visto un libro tan bonito.

Namirielle la miró entonces, sus ojos claros reluciendo como zafiros por el entusiasmo.

— ¿Quieres que te enseñe una cosa?

Ella como respuesta asintió, animándola. Namirielle retrocedió varias páginas, buscando algo. Cuando lo encontró alzó el libro entre sus manos y entonó una melodía con aquella dulce voz suya que encandilaba a todo el Templo Blanco; su canción hablaba de la naturaleza y de cómo florecía la vida en la tierra. Era hermosa, sobre todo si era ella quien la cantaba.

De improvisto y mientras Namirielle continuaba el cántico, Jaridia se percató de que en la hierba, frente a ellas, brotaba una rama de la cual salió un capullo que acabó floreciendo, convirtiéndose en una preciosa rosa blanca.

Namirielle sonrió al ver la flor y miró a su amiga, quien no daba crédito a lo que acaba de suceder.

—Pero… ¿Cómo lo has hecho? ¿Es magia?

—No estoy muy segura, Jaridia, pero no es magia. Al menos no el tipo de magia que hacen los hechiceros. Me han explicado que es porque soy medio raschida, y por lo tanto y gracias al libro poseo algunos de sus dones —esbozó una pequeña y tímida sonrisa—. Creo que voy a necesitar un poco más de tiempo para entenderlo.

Jaridia le devolvió la sonrisa. Sus ojos negros no se alejaban de la rosa blanca, aún asombrada. Era prodigioso lo que su amiga acababa de hacer.

Retomaron su viaje a caballo poco después, nada más terminaron de almorzar todos. Namirielle cada vez se sentía más a gusto montando, incluso Kailette lo comentó en varias ocasiones. Mejor, porque no llegarían a Norwen hasta el ocaso.

Al final lograron rodear el gran río, internándose en el bosque que bordeaba el reino.

—Qué bonito… —Comentó Namirielle, mirándolo todo alrededor con sus ojos azules muy abiertos.

Syrkail, que en todo momento encabezaba al grupo, se volvió para mirarlas a ella y a Jaridia con una sonrisa.

—Todavía no has visto nada.

Y tenía razón. Cuanto más se adentraban en el espeso bosque mayor era el asombro y deleite de la muchacha, que nunca había estado tan lejos del templo, en un bosque tan rico en especies de flores y plantas como aquel. 

Mientras cabalgaban, y al ver el interés de la joven, Syrkail comenzó a explicarle qué eran cada tipo de planta, flor y árbol, sorprendiéndola porque supiese tanto.

—Los elfos conocemos cada planta y sus propiedades —le explicó él—. Solo las raschidas nos superan en este terreno.

— ¿Tú has visto alguna vez a una raschida? —Se interesó Namirielle, intrigada.

Negó con un suave gesto de cabeza.

—Muy pocos tienen ese privilegio. Tu alma ha de ser absolutamente pura para llamar la atención de tan sublimes ninfas.

Ella asintió, pensativa. Ojalá recordase mejor a su padre; debió poseer un alma extraordinaria si su madre se había enamorado de él. 

El bosque se abrió. Lo que vieron ante ellos los horrorizó, especialmente a Namirielle y a los dos elfos: árboles cortados y quemados de manera extraña.

—Han usado magia —Comentó Syrkail, examinando la chamuscada corteza de uno de ellos.

—Qué vergüenza que ni en pleno bosque se abstengan de estas atrocidades —Murmuró Kailette para sí, sacudiendo la cabeza con disgusto.

—Los humanos no tienen el mismo respeto por la naturaleza que nosotros —dijo Syrkail—. Para ellos esto solo es madera —abarcó el frondoso bosque con un ademán—. No ven la belleza de la Madre Naturaleza.

—Bueno, en el fondo es madera con hojas… —repuso Jaridia en voz baja, ganándose un codazo en las costillas por parte de su amiga—. ¡Oye, eso duele! —Se quejó.

—No la escuches, Syrkail —se disculpó Namirielle, suspirando—. Jaridia habla más que piensa. Si se fijará un poquito más en lo que la rodea… —Añadió, una indirecta para su amiga.

Syrkail rió suavemente ante todo aquello.

—Es humana, tiene una forma distinta de ver las cosas.

Iba a decir algo, pero entonces se dio cuenta del significado de sus palabras y aquello la incomodó, por el tema que traían y que aún no asimilaba del todo.

—Yo soy humana también… —Musitó, desviando la mirada hacia sus manos.

Syrkail redujo el paso de su caballo, quedando a la altura de las dos muchachas. Colocó una mano sobre uno de los hombros de Namirielle, atrayendo su atención.

—Lo eres, pero también una ninfa del agua y la música. Puedo sentirlo, de la misma manera en que tú lo haces conmigo y con todos los que te rodean. Tu naturaleza es bella, tanto como tu alma. No la rechaces.

No respondió, no sabía muy bien qué decir. Syrkail le sonrió dulcemente y se adelantó, volviendo a encabezar la marcha.

Los árboles se abrieron hacia una gran muralla cuando el cielo se teñía de tonos naranjas y rojo oscuro; por fin se encontraban a las puertas de Norwen.

Un soldado desde la torre del vigía los vio, y tras unas cuantas palabras con Syrkail las puertas se abrieron y pudieron entrar en el reino.

Recorrían una transcurrida avenida, probablemente una de las más importantes, Namirielle observándolo todo con mucha atención aunque no tanta como Jaridia; la norwentana no paraba de girar su cabeza de un lado a otro, queriendo memorizar todo cuando tenían ante sí. El reino no parecía rico en exceso, pero apenas vieron vagabundos y sus gentes vestían pulcramente aunque con sencillez. Las casas estaban construidas en filas, de piedra gris con tejados rojizos o azoteas dónde al caer la noche, les contaron más tarde, las familias se reunían para comer y beber mientras los niños jugaban.

—Mi hogar… —Musitaba Jaridia una y otra vez, sus ojos negros muy abiertos bebiendo de cada imagen y escena que se abría ante ella.

Namirielle se volvió ligeramente, sonriéndole.

—Es precioso —Le aseguró, aunque como apenas tenía recuerdos de su infancia más prematura fuera del templo, tampoco conocía gran cosa.

La morena le devolvió la sonrisa.

Dejaron la avenida atrás y poco a poco fueron saliendo de las pavimentadas calles principales, adentrándose en hierba: un valle, y Namirielle pudo ver desde la gran distancia las torres de un castillo de piedra, su destino final.

Era prácticamente de noche cuando alcanzaron las murallas del castillo. Syrkail tiró de la campana junto a los imponentes portones, y un soldado respondió.

—Soy Syrkail Sulentarië, del Reino de los Elfos. El Duque del Lago me espera.

El soldado se retiró, y tras unos minutos finalmente les abrieron, pudiendo entrar en el castillo.

—Es enorme… —Comentó Jaridia, impresionada. Su amiga asentía en respuesta.

—En realidad no —habló Kailette, adelantándose hasta cabalgar al lado de la montura compartida por ambas muchachas—. El castillo real es diez veces más grande, a su lado este es muy pequeño —y añadió—. Pero para mi gusto es más hermoso, por su fuerte vinculación con la naturaleza que lo rodea. No es necesario tener un gran castillo o un poderoso ejército.

Dejaron los caballos en los establos, al cuidado de un mozo de cuadra, y fueron escoltados hasta el interior por el mismo soldado que les abriera la puerta. Namirielle no estaba muy segura, pero al ver a diversos hombres y mujeres vestidos como criados llevando comida de aquí para allá, y escuchar la música y algunas risas lejanas, supuso que se estaba preparando algún tipo de evento en el Castillo del Lago.

Al final acabaron ante una puerta de madera de roble sin adornos. Syrkail se volvió hacia Namirielle.

—Tú ven conmigo —miró a Kailette y Jaridia—. Vosotras esperad aquí.

—Pero yo tamb… —Empezó a protestar la muchacha norwentana pero se vio interrumpida por un pellizco de Namirielle en el brazo, quien asintió y se dispuso a entrar con el elfo.

Una vez dentro vio que se trataba de una sala pequeña, un despacho. Altas estanterías recubrían las paredes de piedra, con una multitud de libros de todos los tamaños y grosores. Al fondo vieron un escritorio junto al único ventanal, ante el cual se encontraba de espaldas a ellos un hombre de cabello negro encanecido y elegante vestimenta.

El hombre se volvió. En torno a los cuarenta y cinco años, de estatura media, piel aceitunada y ojos oscuros como todos los norwentanos, sus ropas de seda azul estaban ricamente bordadas con hilo de plata. Tendió una mano a Syrkail, que se la estrechó cordialmente mientras inclinaba la cabeza en saludo.

—Me alegra que hayáis podido venir esta noche —dijo el elegante hombre moreno, dirigiéndose amigablemente al elfo—. Espero que el viaje no haya sido un problema para ti, viejo amigo.

—Por supuesto que no, mi señor. He viajado en peores circunstancias —alzó una mano, colocándola sobre el hombro de Namirielle—. Esta es Namirielle, la muchacha de la que os hablé en mi carta —la miró a ella—. Te presento al Duque del Lago; su familia siempre ha rendido culto a las raschidas y la música.

La joven tragó saliva, sin saber bien cómo actuar. Nunca había estado ante un noble.

—Un honor, señor… —Acabó por decir, con una tímida reverencia.

El Duque le sonrió abiertamente, negando con la cabeza.

—No, no, el honor es mío. Jamás hubiera imaginado que algún día conocería a la hija de una raschida —le confesó, mirándola con curiosidad, cosa que la incomodaba: Namirielle no estaba acostumbrada a ser el centro de atención de tanta gente importante. Tampoco es que hubiese tratado con mucha gente, especialmente hombres; solo los viajeros ocasionales que, en su camino a Norwen, se detenían en el Templo Blanco—. Esta noche se celebra un baile especial en el castillo —anunció—. Sería un placer contar con todos vosotros, si no estáis demasiado cansados. Ya hablaremos más tarde de malas noticias —Añadió, intercambiando una mirada con Syrkail.

—Sois muy amable —agradeció el elfo, asintiendo—. Por supuesto que aceptamos vuestra invitación

No tardaron en salir, momento en que Namirielle suspiró con alivio. Fuera, Jaridia y Kailette esperaban; la segunda apoyada en la pared mientras revisaba una flecha de su carcaj, la primera cruzada de brazos.

— ¿Qué ha pasado? —Interrogó Jaridia tomando sus manos ansiosamente, intrigada.

—Acabo de conocer al Duque del Lago —le explicó—. Hay un baile en el castillo esta noche, al que estamos invitadas —Añadió, sabedora de que eso le gustaría a su amiga.

No se equivocó, Jaridia se emocionó inmediatamente con la idea, pero encontraba un inconveniente:

— ¡No tenemos nada elegante que ponernos! —Exclamó, como si fuera el fin del mundo.

Le dio una suave palmadita consoladora en la mano.

—Tranquila, seguro que hay una solución.

—No, no la hay —gimió, apenada—. Tengo el pelo enredado, y ningún vestido lo suficiente bueno para un duque… esto es un desastre.

Namirielle rodeó con un brazo a su amiga, infundiéndole ánimos.

Se encaminaban hacia las habitaciones que el Duque había dispuesto para ellos; pero como esperaban a tres personas, no a cuatro, Jaridia no tenía habitación. Algo que por supuesto no tardaría en arreglarse, aunque daba igual pues lo más probable era que ambas acabasen durmiendo en la misma habitación, como siempre habían hecho.

Las dos muchachas contuvieron el aliento cuando entraron en los aposentos de Namirielle. Aquella habitación era el doble de grande que el cuarto que compartían en el templo, y muchísimo más lujosa. La cama era gigantesca, con un encantador dosel blanco que Jaridia no podía dejar de tocar y un baúl de madera clara a los pies, las paredes pintadas de un suave tono salmón, un tocador de madera clara con espejo en forma oval listo para usarse junto una cómoda a juego.

—Es… me encanta —Murmuró Namirielle, acercándose a una mesita, sobre la que se erguía un jarrón de porcelana con rosas rosadas y amarillas—. Es como en un cuento de princesas, ¿Verdad?

Jaridia, sentada sobre la cama y meciéndose hacia delante y atrás, asintió.

— ¡Me muero por ver la mía! —Dijo, imaginando una igual a esa.

— ¿No vas a quedarte conmigo? —Inquirió, fingiendo una mueca triste.

—Bueno…

—Eres una interesada, Jaridia.

Bufó.

— ¡Jo, y tú también si fueras yo! Este lugar es increíble, pero pronto tendremos que volver al templo —suspiró, reacia a la idea—. Ojalá pudiéramos quedarnos.

Namirielle asintió. Cogió una rosa del jarrón y se sentó ante el tocador, pensativa.

—Tal vez nos quedemos más tiempo del que pensamos.

Una criada acudió un rato después, acompañada de dos vestidos preciosos.

—De parte del Duque del Lago —Dijo.

Namirielle los contempló con ojos muy abiertos, maravillada. Eran espléndidos, más propios de dos damas que para ellas. El suyo era rosado con algunas rosas cosidas sobre el suave tejido, mangas largas abullonadas y amplia falda. El de Jaridia tenía mangas anchas y sueltas, en color marfil lo cual resaltaba su piel morena, y perlas cosidas al corpiño blanco. Miró a su amiga, que acariciaba las perlas de su corpiño incapaz de dejar de hacerlo.

—Jaridia, póntelo ya o en el baile creerán que somos tontas —Le dijo, aunque aquellas palabras también eran para sí misma, que no podía dejar de admirar su propio vestido.

Se ayudaron mutuamente con los cordones a la espalda y los brazos, muy difíciles de atar, y se peinaron. Namirielle le recogió el pelo negro a Jaridia, dejando algunos mechones lisos enmarcando su rostro redondeado, y luego se dispuso a cepillar su cabello rizado sin saber bien qué hacer con él.

—Mira —Le indicó Jaridia.

Dejó el cepillo de plata sobre la superficie del tocador, haciendo lo que le decía; Jaridia alzaba una rosa rosada frente a ella, que al parecer había arrancado del vestido de su amiga mientras esta no miraba.

— ¡Jaridia! —La reprendió.

—Es perfecta para tu cabello —dijo, tomando algunos mechones color miel de Namirielle y sujetándolos con horquillas hacia atrás, asegurando allí el capullo de la rosa—. Así estás preciosa. Seguro que triunfas —Añadió, bromeando.

Namirielle esbozó una leve mueca, pero no dijo nada. Le gustaba su idea, la rosa le daba un toque especial a juego con el vestido.

Unos golpecitos en la puerta atrajeron su atención. Tras dar permiso, se abrió y Kailette entró en la alcoba ataviada con un sencillo vestido verde agua que resaltaba poderosamente su cabello rojo, que no llevaba ningún adorno salvo unas pocas flores silvestres de color blanco.

—Estáis preciosas las dos —dijo, brindándoles una sonrisa—. Syrkail me ha pedido que viniera a buscaros. Ya casi han llegado todos los invitados.

Ambas jóvenes dieron un rápido repaso a sus vestidos y peinados, asegurándose de que todo estaba bien, y salieron fuera en compañía de la elfa pelirroja.

Tras recorrer un par de pasillos y bajar escaleras, empezaron a encontrarse con gente. Debían de ser todos nobles, porque sus vestimentas eran las mejores que Namirielle y Jaridia habían visto nunca.

Siguieron caminando hasta alcanzar la entrada de un gran salón cuyas puertas de doble hoja, ricamente labradas con motivos de la naturaleza, estaban abiertas por completo. Namirielle suspiró al ver la gran cantidad de gente que la estancia albergaba, mucha más de lo que parecía desde el exterior. Al fondo, sobre una tarima, vieron un pequeño escenario en el cual un grupo de músicos tocaba una melodía que ella conocía.

Kailette, a su lado, no tardó en perderse entre la multitud dejándolas solas, a lo que Jaridia resopló.

—Cuanta prisa —dijo, siguiendo los movimientos de la elfa entre el gentío gracias a su encendida cabellera fácilmente reconocible. Se aferró al brazo de Namirielle, sonriendo con entusiasmo—. ¿Crees que algún apuesto y gallardo noble nos invitará a bailar?

—No creo, nadie nos conoce. 

—Precisamente; somos dos hermosas doncellas envueltas en un halo de misterio. Todos los caballeros de la sala se enamorarán de nosotras —Auguró, soñadora.

Namirielle esbozó una pequeña sonrisa, mirando a su fantasiosa amiga.

—Jaridia, aquí hay muchas damas de alta alcurnia bellamente ataviadas ¿Por qué iba alguien a fijarse en nosotras? —Fue más realista.

—Porque tú eres del norte y triunfarás con tus ojos azules y esa maravillosa piel de porcelana que tienes. Y si cantas, puede que hasta atraigas la atención de un rey —añadió con un gritito de emoción, pegándose más a Namirielle—. Así podrás buscarme un buen marido. Otro rey, a ser posible.

Suspiró, sacudiendo la cabeza ante la desbordante imaginación de su amiga.

—Primero un noble, ahora un rey… nadie tan importante va a pedirme matrimonio, a ninguna de las dos. No te emociones tanto.

Y le dio un pellizco en el brazo, lo cual hizo a Jaridia soltar un quejido.

—Aguafiestas —Masculló con un mohín. Había roto su ensoñación.

Namirielle se echó a reír.

Vieron a Syrkail acompañado por el Duque del Lago, a su lado un joven al que no conocían pero que se parecía bastante al noble, en ese momento uniéndose a ellos Kailette. Las dos muchachas se acercaron con lentitud, esperando no interrumpir.

Syrkail fue el primero en percatarse de la presencia de ambas.

—Lucís como dos flores en primavera —Dijo en alabanza, y Namirielle por poco no se sonroja.

—Totalmente de acuerdo —secundó el Duque con un asentimiento—. Espero que los vestidos os hayan gustado —Añadió, mirando fijamente a Namirielle.

Pero fue Jaridia la que contestó, con gran entusiasmo al respecto. Namirielle tuvo que darle un disimulado codazo para que se callara, no fuese a meter la pata como era su costumbre.

El Duque rió alegremente al escuchar las palabras de la muchacha norwentana. Se hizo a un lado, colocando una mano sobre el hombro del joven que se encontraba junto a él.

—Os presento a Grayan, mi hijo.

El gallardo noble de menor edad, Grayan, dio un paso adelante e hizo una breve reverencia a las dos muchachas.

—Bienvenidas al Castillo del Lago —dijo, mirando primero a Jaridia y luego a Namirielle, a quien se dirigió después con cierta timidez—. He oído que… bueno, mi padre me ha dicho que eres hija de una raschida —ella asintió con lentitud—. Yo… no tienes que verte obligada, por supuesto, pero… ¿Podrías cantar para nosotros?

—Grayan —lo reprendió el Duque, mirando a Syrkail y después a Namirielle—. Disculpad a mi hijo, a veces es un poco impulsivo...

—Lo haré —contestó ella, sorprendiendo a Jaridia que la miró con la boca abierta; era tan inusual que quisiera cantar en público, la norwentana no se lo creía—. Cantaré, si así lo deseáis… -Añadió más tímidamente.

Vio que los elfos la miraban también sorprendidos.

— ¿Estás segura? —Le preguntó Syrkail, con la actitud sosegada de costumbre.

—No tienes que hacerlo si no quieres—Agregó Kailette.

Namirielle asintió, un tanto cohibida pero segura.

—Lo haré encantada —Declaró.

Vio que Grayan sonreía ampliamente, mostrando unos dientes muy blancos en contraste con su piel aceitunada. En un gesto espontáneo tomó la mano derecha de Namirielle, con brío instándola a que lo acompañase al escenario.

Los músicos dejaron de tocar en cuanto el hijo del Duque se acercó con la muchacha; algunos la miraron con desdén, otros con sorpresa y curiosidad, pero ninguno dijo nada. Solo esperaban.

Namirielle se quedó muy quieta en mitad del escenario, mirando a la multitud, que al parar la música dejaron de bailar y las conversaciones se apagaron por completo. Podía sentirse el silencio, y ella estaba rígida como tallada en piedra. 

—T-tocad —Pidió a los músicos en un entrecortado hilo de voz, quienes al no saber muy bien qué canción empezaron con algunos acordes sencillos de violín y laúd.

Namirielle alzó la vista hacia el techo, dónde alguien había pintado un ilustre bosque otoñal con un lago y pájaros sobre las ramas doradas, un paisaje realmente bonito que la relajó un poco. Desde niña había sentido gran fascinación por el otoño, hallando un indescriptible deleite en la belleza del bosque ambarino y dorado durante aquellos meses previos al frío invierno; para ella no podía existir paisaje más hermoso.

Cerró los ojos un segundo, impregnándose del susurro de los violines, y tras abrirlos nuevamente comenzó a cantar.

 

 

 

 

Un bosque dorado, los pájaros cantando. Música para mis sentidos.

Un cielo azul, claro y limpio. Y un lago de cristal. Sus peces nadando, entre lirios de agua del color del sol. Todo es oro y zafiro, respiremos en paz.

Pero una mota de nieve se desliza entre brisas. Cae del cielo sobre un lecho de oro. Y no viene sola.

 

 

 

 

Los demás instrumentos fueron agregándose a la melodía progresivamente, siguiendo su canción. Todo el mundo observaba en silencio a Namirielle, anonadados. Nunca habían escuchado una voz tan sublime, tan pura y hermosa, como en aquella muchacha desconocida. Syrkail mantenía los ojos cerrados, queriendo escuchar mejor cada nota. Kailette no podía moverse debido a la impresión, con la boca abierta ante lo que oía, que no podía comparar a ninguna otra voz, ni siquiera entre los elfos cuya música se decía era casi tan exquisita como en las raschidas. Grayan, junto a su padre, la miraba mudo del asombro, sus ojos oscuros relucientes.

Pero Namirielle apenas fue consciente de las reacciones en las personas allí presentes. Ella en ese momento estaba concentrada en la música, era la música. Cerró los ojos, abandonándose a esta.

 

 

 

 

Un bosque dorado con pinceladas de fuego. El horizonte arde, los árboles brillan con fulgor. Todo es oro y fuego.

Los pájaros recogen las hojas caídas, tejiendo una red de bronce bajo mis pies. Construyen sus nidos sobre el lago y sus lirios. Todo es oro y fuego.

Pero una mota de nieve se desliza entre brisas. Cae del cielo sobre un lecho de oro. Y no viene sola.

El invierno se cierne alrededor. Pronto los árboles blancos serán, níveos y durmientes esperarán.

Una mota de plata danzó entre brisas, cubriendo las hojas con su manto impoluto. Los árboles serán blancos y yermos, esperando la canción de primavera para renacer.

 

 

 

 

Cuando los músicos dejaron de tocar, abrió los ojos de nuevo. El salón rompió en aplausos y vítores. Ellos no eran los únicos, los músicos se habían acercado a la muchacha aplaudiendo también, mirándola con respeto mientras la felicitaban por su actuación.

Namirielle sonrió y se apresuró en bajar del escenario, regresando junto a Jaridia y los demás. Su amiga la abrazó efusivamente.

— ¡Lo has hecho de maravilla! ¡Te has lucido! —Le decía una y otra vez, y ella vio que tenía lágrimas de emoción en los ojos.

—Gracias.

Cuando se separó de Jaridia fue consciente de cómo la miraban Syrkail y Kailette, además de Grayan y el Duque.

—He escuchado muchas maravillas a lo largo de cuatrocientos años, pero jamás una voz tan cristalina y perfecta como la tuya —Alabó el elfo.

—Nunca antes había ocurrido algo así en Norwen, estoy seguro —comentó el Duque, sacudiendo la cabeza para sí cómo queriendo despertar de un sueño—. Ahora solo puedo desear que disfrutes de la velada aunque sea la mitad de lo que nosotros con tu voz.

—Sois muy amable, mi señor —Le agradeció Namirielle, inclinándose cortésmente.

Grayan, que la miraba con gran devoción, incapaz de dejar de hacerlo, parpadeó varias veces y se acercó más a ella, alargando una mano.

— ¿Me concederías un baile? —Preguntó, sus ojos grandes y expresivos.

Namirielle dudó pero Jaridia la empujó sutilmente hacia delante, por lo que acabó aceptando y se encaminó con él hacia la pista dónde la gente volvía a bailar. Todos los miraron, especialmente a ella, pero afortunadamente no fue por demasiado tiempo o no lo habría soportado.

Syrkail observaba con curiosidad a los dos jóvenes mientras bailaban, sus labios curvándose en una sonrisa que se reflejaba en sus ojos claros. El Duque, a su lado, lo miró serio de repente.

—Si es verdad lo que decías en la carta, esa niña está en peligro. Mañana medio Norwen sabrá de ella, y entonces será cuestión de tiempo que intenten…

—Paciencia, mi señor —le encomendó el elfo—. El castillo es seguro, no le ocurrirá nada aquí. Y si lo pensáis, esto también puede resultar beneficioso. Ellos podrían volverse descuidados, quedar al descubierto, y entonces será solo cuestión de tiempo que todo acabe.

El noble asintió, confiando plenamente en el criterio de Syrkail.

Era tarde cuando Namirielle y Jaridia se retiraron a la alcoba de la primera, muy cansadas de tanto bailar.

—Tengo los pies muertos —Se quejaba la norwentana repetidamente, arrojándose sobre la mullida cama y tirando los zapatos a un lado.

No era la única. Namirielle se sentó a su lado, quitándose los zapatos y masajeando los doloridos pies un rato; qué ganas tenía de meterlos en agua.

Con lentitud a causa del cansancio, cambiaron los elegantes vestidos por sus cómodos y familiares camisones blancos. No tardaron en meterse en la cama, dónde había espacio de sobra para los dos.

—Que sueñes con música —Le deseó Jaridia, bostezando.

—Con lo agotada que estoy, dudo que sueñe.

Como ya suponían no tardaron mucho en quedarse profundamente dormidas en aquella cama tan cómoda y calentita. Los sueños, aunque ellas no lo imaginaban, sí que las visitaron aquella noche.

 

 

 

 

En mitad del bosque seis oscuras figuras encapuchadas esperaban, sus alientos formando motas de vapor en el aire. El clima era fresco y húmedo allí, más aún en noche cerrada.

Dos caballos emergieron por el horizonte. Los seis encapuchados se alarmaron, pero al reconocer a sus jinetes volvieron a calmarse.

—Llegáis tarde —Habló uno de ellos, por su voz un hombre de edad avanzada.

—No podíamos abandonar la fiesta tan pronto —Habló uno de los jinetes, una mujer de aproximadamente cuarenta años con regio porte sobre su caballo de ébano—. Tenemos noticias: el archimago elfo contra quien luchasteis hace semanas no solo ha sobrevivido, sino que ha traído a una raschida con él.

Exclamaciones de incredulidad en el grupo, seguido de murmullos.

—¿Una raschida? Eso no es posible —Habló otro, retirándose la capucha y mostrando el rostro de un hombre joven, de negro cabello largo y rizado.

—Es la verdad —replicó el segundo jinete, un hombre de mediana edad con algunas canas en su pelo oscuro—. Yo mismo la oí cantar. No puede ser una auténtica raschida, pero sí una descendiente.

—Y el libro estará con ella… —Habló de nuevo el anciano encapuchado, con aire reflexivo.

La mujer sonrió maliciosamente.

—Por eso el elfo la ha traído. Ella puede leer el libro de las raschidas, estoy segura.

— ¿Pero podrá realizar el ritual? —Cuestionó el hombre joven, dubitativo.

La mujer no respondió en un principio, pensativa.

—La vi, la escuché cantar; tiene que ser capaz de romper el sello. Y entonces él volverá a ser libre y nos recompensará —alzó la cabeza, sus ojos azul cobalto pasando de capucha en capucha—. ¿Y bien? ¿Queréis intentarlo o seguimos esperando?

Una nueva sesión de murmullos. Uno de ellos se quitó la capucha: el hombre anciano, de cabello gris blanquecino hasta los hombros. Sus ojos oscuros y redondos miraron a la mujer con atención.

—Tenemos que prepararnos. El elfo no la dejará desprotegida, hemos de organizar una estrategia primero. Tendremos que ser muy discretos.

Todos estuvieron de acuerdo con él. Tras un rato de discusiones sobre cómo deberían proceder a continuación, el grupo se dispersó en medio de la noche como si jamás hubieran estado allí.



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