Historia al azar: Fue una Navidad
Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú




 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 11: Ritual
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
[ Más información ]

Capítulo 11: Ritual

A la mañana siguiente se despertó renuentemente. Había vuelto a soñar con aquella melodía que frecuentase sus sueños tan a menudo en el Templo Blanco, y deseaba seguir durmiendo pues había descansado como nunca en todo el viaje; sentía toda su energía renovada, con un humor excelente, lo cual se reflejaba claramente en sus ojos azules.

Desayunó lo que Korsten invocó para ella y se pusieron en marcha temprano. El bosque seguía siendo hermoso, pero lo acontecido anoche borraba todo su encanto para Namirielle; ahora solo quería dejarlo cuanto antes, por lo que agradeció que el Rey Oscuro se hubiera dado prisa en reanudar la marcha.

Se detuvieron un momento junto a un río, parada que la joven aprovechó para refrescarse pues el aire estaba tan caliente que quemaba.

Con el sol sobre sus cabezas, los árboles comenzaron a retirarse. Pronto estarían fuera del bosque.

En el horizonte Namirielle divisó la esbelta figura de lo que parecía una torre. Solo cuando avanzaron más pudo verla con nitidez, lo cual la hizo detenerse abruptamente, congelada en el sitio. Era la misma torre que viera repetidas veces en sus sueños, antes de emprender el viaje.

—Esa torre…

—Es ahí a donde vamos —la miró atentamente con sus ojos de oro líquido—. ¿Ocurre algo?

—Yo ya la conozco, no sé cómo es posible pero la he visto en sueños —sacudió la cabeza para sí. Tenía que ser un error pero era la misma, no estaba equivocada. Se estremeció—. Tengo un mal presentimiento.

Él sonrió ampliamente, extendiendo las manos hacia la muchacha invitándola a seguir caminando.

—Has soñado con la torre porque yo lo he querido así —sonrió más al ver cómo ella fruncía el ceño a causa de la incomprensión—. ¿Recuerdas lo que te dije sobre nuestro vínculo? Los sueños son una de las formas que tengo de acceder a tu mente. Solo te mostré una imagen de la torre, lo cual no fue difícil.

— ¿Por qué lo hiciste? —Preguntó un poco ofendida. Su mente era suya, nadie tenía porqué entrar y salir de ella sin al menos pedir permiso primero.

—Para que estuvieras preparada.

Le faltó muy poco para preguntar por qué debía estar preparada, pero se lo ahorró. No valía la pena insistir si de entrada no le daba una respuesta clara, lo había comprobado muchas veces durante el viaje.

Siguieron caminando. Un poco más adelante un ciervo pasó ante ellos a gran velocidad, lo cual hizo a Namirielle dar un respingo. Recordaba a la bestia que según Korsten se trataba de un ciervo.

—No es el mismo —Denotó el Rey Oscuro, adivinando sus pensamientos.

Ella ya había retrocedido hasta un árbol, tras el cual estaba medio oculta mirando con recelo por donde el ciervo se había marchado.

— ¿Cómo estás tan seguro?

—Tenía una marca en la frente, el ciervo que acabamos de ver no —se acercó a su posición, tocándole ligeramente un hombro en gesto tranquilizador—. Ven, dulce lirio, ningún ciervo va a atacarte en pleno día —Le aseguró, no sin cierto humor en su bella voz.

Por lo que la joven sabía tampoco debería atacarla ninguno al caer la noche, los ciervos eran cazados y no al revés, pero le hizo caso y regresó con él al camino.

El sol se había movido bastante desde la última vez que lo había contemplado, cuando empezaron a descender por una pequeña colina que según Korsten los dejaría junto a la torre que ya era enorme desde donde estaban. Namirielle comenzó el descenso con una dificultad que fue creciendo cada vez más; su vestido no era muy adecuado para una excursión así, se enganchaba con facilidad en las piedras y arbustos. Suerte que su pie estaba completamente curado, de lo contrario no habría podido ni empezar.

— ¡Ah!

Con un grito, pisó una piedra suelta y cayó hacia delante rodando colina abajo. Pero de pronto algo la sujetó frenando su mareante avance, y al mirar se dio cuenta de que eran raíces, las cuales se enredaban a sus brazos y cintura de forma antinatural. Se desintegraron en humo verde, liberándola, Korsten acercándose y tendiendo una mano a la joven. Ella la aceptó, soportando el vuelco que dio su estómago ante la oscuridad que percibió a través del contacto físico, poniéndose en pié con una pequeña sonrisa.

—Gracias.

Él solo inclinó la cabeza caballerosamente en respuesta, soltando su mano de inmediato para que su aura no afectara demasiado a la muchacha.

Llegaron abajo sin más incidentes. Pero de repente Namirielle comenzó a sentirse enferma; allí la tierra estaba yerma, sin una brizna de hierba, los árboles desnudos y escuálidos. Resultaba tenebroso a la vista, pero había algo más en el aire y que solo gracias a su instinto raschida podía percibir.

—Hay algo mal, no deberíamos estar aquí.

—Todo va bien —Procuró calmarla Korsten.

Pero sus palabras no surtían ningún efecto, no en aquel entorno turbio.

—Este lugar está agonizando, se ahoga en la oscuridad —dio un paso atrás—. No puedo seguir. Por favor, demos media vuelta…

Él la miró intensamente, sus ojos dorados reluciendo de dolor, un dolor que atravesó a Namirielle como un puñal.

—Pero yo también me estoy ahogando, necesito recuperar mi vida tal cual era antes. ¿No prometiste liberarme, Namirielle? ¿Vas a echarte atrás precisamente ahora? Queda tan poco ya…

La indecisión la llenó. No podía hacerle eso, tampoco quería, pero no se veía capaz de dar un paso más en aquel lugar ponzoñoso.

— ¿No hay otra manera? —preguntó muy despacio, el Rey Oscuro negando con la cabeza. Ella respiró hondo—. Está bien —Logró articular, no sin esfuerzo. No podía romper su promesa.

Cada paso que dieron desde entonces fue una agonía para la muchacha. Se sentía mareada y ligeramente aturdida, como si estuviera enferma y subiéndole la fiebre; leves escalofríos la recorrían de cabeza a los pies, cada vez más frecuentes, tenía las manos heladas y el vello de todo el cuerpo de punta. Pero siguió caminando, tratando de ignorarlo y luchar contra aquellas sensaciones que la mataban por dentro. Le recordaba a cuando tocaba a Korsten, pero mucho peor porque nunca se acababa.

La joven estaba tan pálida como la nieve cuando llegaron a la entrada de la torre, apretando el libro contra su estómago mientras respiraba entrecortadamente.

Dentro estaba muy oscuro, solo se veía lo que permitía la luz solar que se colaba por la puerta. El Rey Oscuro se acercó a una pared, de la cual colgaban varias antorchas antiguas cubiertas por telas de araña; la vieja yesca de una de ellas prendió por sí sola nada más la sacó del soporte, aportando mayor iluminación y algo de calor al frío interior. Namirielle se apresuró en acercarse él, buscando la calidez del fuego.

— ¿Qué hacemos aquí? —Preguntó, mirándolo alicaída a causa del malestar.

—Estamos cerca, es en lo más alto —movió la antorcha y al fondo avistaron unos viejos escalones que conducían hacia arriba—. Ven, ya falta muy poco.

El ascenso era lento a causa de Namirielle, que no podía subir los peldaños con mucha rapidez. Las escaleras eran un túnel de piedra negra que serpenteaba hacia arriba, solo iluminado por la antorcha que portaba Korsten. Él tomó su mano libre para guiarla, y aunque empeoraba su estado la joven lo prefirió; le aportaba estabilidad, porque sentía que se derrumbaría en cualquier momento si no la sujetaban.

Llegaron arriba en lo que a Namirielle le pareció una eternidad. Era tal su malestar que incluso respirar resultaba una ardua tarea.

Dio un par de pasos tambaleantes, mirando a su alrededor con los ojos entornados. Se encontraban en una sala redonda completamente vacía, solo contaba con dos grandes ventanales por los cuales entraba la luz del día, haciendo innecesaria la antorcha que Korsten hizo desaparecer en el acto.

En la pared opuesta Namirielle vio un extraño dibujo en tinta dorada a medio borrar, y hubiera preguntado qué era pero apenas se mantenía en pié. El Rey Oscuro la tomó por un brazo, guiándola al centro de la estancia; ella se dejó llevar como una niña, completamente débil.

—Quédate justo aquí. Vamos a empezar ahora mismo —Le reveló él.

Con el esfuerzo que le suponía moverse, fue un alivio para la muchacha no tener que hacerlo más.

Observó a Korsten examinar el dibujo de la pared con los dedos. El Rey Oscuro cogió algo del interior de su gabán negro, un saquito de piel, y al abrirlo metió la mano dentro y sacó un puñado de polvo rojizo que Namirielle no supo identificar. Se acercó a ella y dibujó un círculo a su alrededor con aquel polvo, trazando algunos símbolos cerca de los bordes exteriores.

— ¿Qué es eso? —Preguntó la joven con voz apagada.

—Para el ritual. Absorbe y dirige la magia —Le explicó, más concentrado en la tarea.

Ella asintió a duras penas. Cuando acabó con el círculo, Korsten espolvoreó el resto por el dibujo de la pared; las motas rojizas brillaron en el aire, reluciendo como llamas que prendieron solo en la tinta dorada de la pared, fundiéndose con esta.

Se reunió con Namirielle dentro del círculo, tomándola del brazo.

—Relájate, respira hondo —le indicó, su cadente voz tan sugerente que nadie podría resistirse a hacer cuanto dijera—. Quiero que cantes conmigo.

Aquello la cogió por sorpresa. En ningún momento le había dicho nada de cantar, y aunque la magia de las raschidas se basaba esencialmente en la música había esperado otra cosa. No quería cantar, sentía un profundo rechazo a hacerlo en su presencia que aún seguía sin comprender.

—No puedo hacerlo…

—Solo son unas pocas cadencias sin palabras, así se activará la magia del círculo; no tienes que hacer nada más. Después te llevaré a casa y podrás descansar.

Dudaba, y la enfermedad embargándola cada vez más no la dejaba pensar con claridad. Sacudió la cabeza para sí, negándose aunque quería ayudarlo. Dio un paso en dirección al exterior del círculo, pero el Rey Oscuro seguía sujetándola y ella no se movió.

—Por favor, Namirielle, te lo ruego; canta y líbrame de todos mis pesares —su suplica solo incrementó el dolor de la joven, si cabía tal posibilidad—. Has venido hasta aquí, esto es todo cuanto has de hacer, no pido más. Ten piedad de mí.

Una lágrima se deslizó por una mejilla de Namirielle, a causa de las emociones que él le trasmitía. Y la muchacha quería ayudarlo de verdad, porque en el fondo también sentía aprecio por él; había visto que su corazón albergaba un atisbo de bondad muy diferente de la crueldad de la que tanto había oído hablar.

—... De acuerdo.

Korsten presionó afectuosamente su brazo. La tristeza que le trasmitía desapareció entonces, lo que mejoró el estado de la joven.

—Yo comenzaré, y cuando te lo indique harás tu réplica de la melodía.

Ella asintió en silencio, preparándose.

Cuando el Rey Oscuro entonó la primera nota, el suelo se encendió en rojo fuego con un fulgor que cegó a Namirielle por un breve instante. Él empezó el enigmático y cautivador cántico sin palabras, las brillantes motas de rubí moviéndose para cambiar el dibujo de la pared una y otra vez.

Cuando señaló que era su turno y la muchacha emitió la primera nota, esta se movió en el aire con una claridad etérea que pareció romper algo en aquel lugar. Namirielle notó un tirón interno, como si le extrajeran las entrañas, y jadeó confusa, no pudiendo seguir mientras soltaba el libro que cayó al suelo.

— ¿Qué…? —Comenzó, interrumpiéndose pues aquel tirón persistía llevándose algo de ella, la joven sintiéndose como si estuviera cerca de desmayarse.

Namirielle no lo sabía, pero su cuerpo relucía con el mismo brillo rojizo que el círculo sobre el cual ella y Korsten se encontraban. Cada vez se sentía más débil, cansada y a punto de caer en un sueño profundo aún siendo mediodía y haber dormido bien, lo cual su aletargada mente no comprendía.

El Rey Oscuro seguía cantando, y su voz era todo lo que sus sentidos captaban ya. La muchacha no sentía las piernas, su peso era inexistente y ya no se sostenía por sí misma, era él quien la mantenía en pié ahora.

El dibujo de la pared pareció rasgarse en dos mitades, de las cuales surgió una niebla gris que envolvió toda la sala. Namirielle cerró los ojos, apoyándose en Korsten sin más fuerzas para mantenerse despierta. Él la sujetaba sin percatarse de que había perdido el conocimiento, sus ojos dorados fijos en el dividido dibujo.

—Sí… sí, mostraos, os estoy esperando —dejó a la muchacha en el suelo, saliendo del círculo y trazando un patrón en el aire con los dedos. La niebla se volvió rojiza, reluciendo por un breve segundo. Korsten se echó a reír, alzando los brazos—. ¡Sí! ¡Venid con vuestro rey!

La niebla empezó a solidificarse, tomando forma de hombres muy altos y corpulentos ataviados con negras armaduras de cabeza a los pies, llenando la estancia. Eran unas dos docenas, pero no los únicos; al asomarse por los ventanales Korsten vio los alrededores de la torre teñidos de negro por las armaduras de aquellos hombres. Sonrió victorioso, volviendo al centro de la sala.

De las escaleras por las cuales habían llegado hasta allí, subiendo con prisas aparecieron Syrkail y Grayan acompañados por la guardia del Duque del Lago. Korsten sonrió más ante la inesperada irrupción.

—Llegáis tarde, mi ejército ya es libre de nuevo. Todo gracias a ella.

Los ojos negros de Grayan se clavaron en la blanca figura tirada en el suelo, quedándose sin aliento. Se apresuró en acercarse a ella, temiéndose lo peor y furioso, pero lo detuvieron antes de dar dos pasos.

—Tranquilizaos —le instó Syrkail con cautela, aunque su mirada también estaba puesta en la inmóvil Namirielle. Se obligó a alzar la vista hacia Korsten—. ¿Qué le has hecho?

—Nada que ella no accediera a hacer voluntariamente —fue su respuesta, mirándolos por turnos con la cabeza alta en un gesto arrogante —. ¿Qué vais a hacer ahora? ¿Os enfrentaréis a mí? No podéis vencerme y mi ejército os rodea por todas partes.

Cierto era, ellos se lo habían encontrado al entrar en la torre. Grayan apretó los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos, mirando a Namirielle impotente. Veía su cuerpo reluciendo con la misma luz que trasmitía el círculo en el que estaba tendida; no sabía mucho de magia, pero tuvo la impresión de que aquel círculo estaba absorbiendo algo de la muchacha.

Liudenna se abrió paso entre dos guardias del Duque, colocándose al lado de Syrkail: estaba pálida y encogida sobre sí misma a causa del malestar que el lugar le producía, dada su herencia raschida. Cuando vio a Namirielle hizo ademán de acercarse a ella, pero el Rey Oscuro alzó una mano.

—No des un paso más, sacerdotisa —La advirtió.

La Madre Blanca no se movió, su semblante sereno a pesar de la creciente preocupación que sentía por la inconsciente muchacha. Miró a Korsten.

—El portal sigue abierto y tu ejército ya ha sido liberado —observó ella—. Tienes que cerrarlo de inmediato.

Enarcó una ceja. Nadie le decía lo que tenía que hacer.

— ¿Y por qué razón haría yo algo así? —Preguntó con sarcasmo.

Syrkail y Grayan miraron a Liudenna con curiosidad. El joven noble iba a preguntarle qué pretendía, pero ella indicó con un gesto que la dejara continuar y no interfiriera, ninguno de ellos. Volvió sus ojos verdes hacia el Rey Oscuro.

—Porque la estás matando —Declaró.

Vio el desconcierto que sus palabras suscitaron en él, pero apenas fue un fugaz instante. Sonrió, ladeando la cabeza.

— ¿Qué te hace pensar eso? —Sonaba tranquilo.

—Mírala —Fue lo único que dijo ella.

Lo hizo, advirtiendo que Namirielle estaba más pálida que la cera de una vela. Desapasionadamente, total indiferencia en su rostro, Korsten se agachó junto a ella y la recogió de las frías baldosas. La respiración de la muchacha era apenas perceptible y al tocarle una mejilla se percató de que estaba fría, demasiado.

—El portal que has abierto para traer a tu ejército de vuelta absorbe su energía vital —continuó Liudenna, sus ojos verdes estudiando al Rey Oscuro con gran inquietud—. Si no lo cierras ahora, Namirielle morirá. Y no quieres eso, ¿Verdad?

No respondió, escrutaba el rostro de la joven tan plácidamente dormida en apariencia, su expresión indescifrable para la Madre Blanca. Él conocía bien el ritual, sabía que agotaría las energías de Namirielle y por esa razón quiso que descansara lo mejor posible la noche anterior. Pero no había previsto que sucedería tan rápido aquel deterioro. Posó la palma de una mano sobre la frente de la muchacha.

—Respira —Namirielle inhaló hondo aún con los ojos cerrados, la mano de él reluciendo ligeramente—. Despierta.

Abrió los ojos de golpe, confusa mirándolo con las pupilas dilatadas de modo que casi era engullidas por el océano azul que las bordeaba. Para ella solo se había dormido fugazmente, como si hubieran transcurrido apenas segundos.

— ¿Qué ha pasado? —Preguntó con un hilo de voz; tenía la garganta seca.

El Rey Oscuro esbozó una sutil sonrisa.

—Tus amigos te lo contarán —le retiró un rizo castaño de la frente y se puso en pié—. Tal vez sí que te lleve a conocer Karlensse algún día, ya veremos… —Añadió con aire meditativo.

Namirielle miró a su alrededor, alegrándose mucho cuando vio a Grayan y Syrkail al otro lado de la sala pero extrañada cuando descubrió a los hombres de negra armadura.

— ¿Quiénes son estos…? —no encontraba calificativo: sus auras eran tan negras como las armaduras en las cuales estaban embutidos de cabeza a los pies, no pudiendo ver sus caras a causa de los yelmos pero sí dos ojos rojos y brillantes a través de una rendija en el acero. Se estremeció—. ¿Son soldados?

—Eso también te lo explicará tus amigos.

Dio un paso atrás y una bruma oscura lo rodeó a él y a los soldados, desapareciendo de la torre.

En ese momento todos corrieron hacia Namirielle, sentada en el suelo de piedra sin comprender nada. Liudenna la rodeó con los brazos, estrechándola contra su pecho con lágrimas en los ojos.

—Oh, mi pequeña...

Namirielle la abrazó también, sonriendo ampliamente al verla.

— ¡Madre Blanca! —se separó de ella, mirándola a los ojos—. ¿Qué haces aquí? Pero si estabas en el templo…

—Partí cuando recibí carta de Syrkail informándome de lo ocurrido con el Rey Oscuro —le acarició el pelo ondulado, las mejillas y los brazos asegurándose de que seguía intacta—. ¿Estás bien, cariño?

Grayan se agachó a la derecha de la joven, tomándole una mano y atrayendo su atención. Namirielle le sonrió afectuosamente, cubriendo la mano de él con la suya libre.

—Estoy bien —aseguró, mirando a uno y a otro—. Pero hay algo que no entiendo, ¿Por qué se ha ido Korsten? ¿Y su alma? ¿Funcionó el ritual?

—Funcionó, Namirielle —habló Syrkail, detrás de Liudenna—. No sé qué te habrá contado al respecto, pero fuera lo que fuere es mentira.

— ¿Mentira? No lo creo —negó con la cabeza en redondo—. Estaba muy afectado, necesitaba mi ayuda.

Syrkail se agachó ante ella. La miraba con ternura y compasión.

—Dulce niña…

—Era cierto —insistió firme, mirándolos a todos por turnos y viendo aquella lástima reflejada en cada par de ojos—. Noto cuando me mienten, puedo percibir lo que los demás sienten. Había dolor en su interior, h-había…

Se interrumpió tartamudeando. No entendía nada, y quería saber quiénes eran aquellos hombres de armadura tan horribles que Korsten se había llevado consigo.

Con ayuda de Grayan y Liudenna se puso en pié de nuevo, apoyándose en el primero y dejándose guiar escaleras abajo, rodeados por los guardias del Duque.

Cuando estuvieron fuera de la torre advirtieron que los alrededores estaban libres de soldados; el Rey Oscuro se los había llevado a todos.

Syrkail los transportó con su magia a la blanca playa donde un gran barco permanecía anclado. Namirielle reconoció la playa como la misma en la cual ella y Korsten habían desembarcado con el bote.

Cuando subieron a bordo Syrkail le indicó a Grayan que condujera a la joven a un camarote para que descansase. Namirielle no quería dormir, pero cierto era que estaba cansada debido a la gran cantidad de energía arrebatada.

—Fuera hay un guardia para cualquier cosa que necesites —le dijo Grayan.

Ella asintió ausente, mirando al suelo. Se había mantenido muy callada en todo momento, viendo sus pies moverse como si aquel fuera un hecho fascinante.

—Yo… —comenzó el joven noble, dudando incómodo—. Luego vendré a verte.

Volvió a asentir. Él, tras un par de segundos titubeando, salió fuera y la dejó tranquila para que descansara.

Namirielle tomó asiento en el camastro, que se hundió ligeramente bajo su peso, dejando el libro de nácar en una esquina alejada. Despacio se tumbó de lado sobre el colchón, colocando una mano bajo la mejilla.

En un arrebato agarró la almohada violentamente y la tiró al suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos y estallando en sollozos.

 

 

 

 

Korsten se materializó de nuevo en el interior de su castillo, de regreso a las tierras antes conocidas como Karlensse. Miró a su alrededor, comprobando que todo seguía tal y como lo había dejado cuando se fue.

—Solrac —Llamó en voz baja, una nota inquietante tiñendo aquel único nombre.

Un hombre anciano vestido con una túnica negra se materializó en el lugar, de inmediato postrándose en el suelo ante su señor. Se trataba del mismo anciano brujo que había liderado al grupo que secuestró a Namirielle y a Jaridia, el mismo que había apuñalado a la muchacha norwentana sin piedad alguna.

— ¿Me llamasteis…?

No pudo agregar más, de pronto la garganta se le había cerrado y se llevó las manos al cuello intentando desesperadamente respirar. Korsten se acercó tranquilamente a él, mirándolo con una frialdad que daba pavor.

—Tú lo sabías —el anciano le devolvió una mirada de confusión—. Sí, lo sabías, brujo —cerró los dedos de una mano y la presión en la garganta de Solrac aumentó—. Me dijiste que no le pasaría nada irremediable. Explica, pues, por qué casi muere.

Con un gesto, el brujo pudo por fin respirar. Jadeó echado sobre el suelo, su cuerpo sacudiéndose mientras boqueaba llenando sus pulmones de aire nuevamente.

—Pero si moría todo saldría bien… —aquella no era la explicación que Korsten esperaba, y como castigo un fuerte ardor llenó su cabeza. Se llevó las manos a las sienes, desgarrado de dolor—. Os dije la verdad, ¡Lo juro! —el fuego en su interior cesó—. Ella solo es medio raschida, tal vez eso la hace más débil, ¡Pero yo no podía saberlo!

Lo fulminó con la mirada, una mirada que bien podría matar solo con el miedo que inspiraba. Solrac cerró los ojos manteniendo la cabeza gacha, sumiso. Él había hecho todo lo posible por liberarlo del sello, secuestró a Namirielle para lograr tal propósito y ahora le servía fielmente. Esperaba ser recompensado en un futuro cercano.

—Mi señor… —titubeó, temiendo su reacción pues con el Rey Oscuro nunca se sabía; generalmente sus reacciones eran muy peligrosas para los que se hallaban cerca de él—. ¿La muchacha ha… muerto? —Formuló, con toda la delicadeza posible pues no quería sufrir su ira de nuevo.

Korsten negó con la cabeza.

—Es más poderosa de lo que creía, ni siquiera necesitó más de una nota para realizar el ritual aunque esto casi la mata. Pero sigue viva, y esa es la única razón por la que voy a permitirte vivir —declaró, a lo cual Solrac asintió haciendo una reverencia—. Mi ejército está aquí —Añadió de improvisto.

Los ojos oscuros del anciano chispearon ante la mención. Así que aquella chiquilla ingenua había caído en la trampa hasta el fondo, se dijo internamente complacido por ello.

— ¿Qué haréis ahora, mi señor?

No respondió, el silencio se prolongó largamente en la sala mientras Korsten contemplaba la llama de una antorcha con gesto pensativo. Solrac por supuesto no repitió la pregunta, esperaría lo que fuese necesario sin moverse del sitio.

—Nada. De momento no haré nada —Dijo al fin, abstraído en sus cavilaciones.

No era la respuesta que esperaba.

 

 

 

 

Namirielle pasó los días siguientes en cubierta más que en ningún otro sitio. Mantenía la vista en el mar para evadirse, olvidando el paso del tiempo y todas sus angustias, lo cual la ayudaba a sentirse un poco mejor después de lo que había hecho.

Liudenna y Syrkail le contaron la verdadera motivación de Korsten por la Isla de Jade, muy diferente de la historia que este le había contado a ella: quería liberar a su ejército, uno bastante peculiar además.

Doscientos años atrás había librado un sinfín de guerras sin perder una sola batalla. A medida que el Rey Oscuro fue ganando poder y conocimiento en las artes oscuras, orgulloso de sus tropas pero necesitando más, acabó por lanzar un poderoso maleficio que los convirtió en monstruos sanguinarios carentes de corazón, feroces bestias rabiosas e inmisericordes en el campo de batalla. Las raschidas habían hecho mucho bien al desterrarlos de aquel mundo, pero ahora que Namirielle los había traído de vuelta la amenaza era inconmensurable.

—Necia de mí —se dijo, golpeándose la frente con los dedos—. Tenía que haber muerto, me lo merezco por crédula y estúpida.

Aquella era la otra cuestión que ocupaba su mente, ¿Por qué no estaba muerta? Igual que había liberado al ejército de Korsten, tenía poder para volver a desterrarlo. O eso le habían dicho: ella no se veía capaz ni de una cosa ni de otra, y allí estaba.

Sintió una mano en su hombro y se giró. Grayan le sonrió tiernamente.

—No bajaste a desayunar y justo ahora acabamos de almorzar. Deberías comer algo.

—No tengo hambre.

—Namirielle, si no te alimentas bien vas a enfermar.

Ella lo miró fijamente. Sabía que se preocupaba porque le importaba su bienestar.

—Ni siquiera debería seguir viva —Espetó con un poco más de amargura de la que hubiese querido.

Su rostro se ensombreció, apenado. Namirielle le cogió una mano tratando de arreglarlo. Últimamente su humor no era el mejor, y los demás acababan pagándolo cuando no tenían la culpa. No, el verdadero culpable estaba demasiado lejos e inalcanzable.

—Lo siento, Grayan, no quería decir eso —forzó una sonrisa—. Bajaré a comer luego, lo prometo.

—Tienes que comer ya. Te estás descuidando sin motivo.

— ¿Te parece poco lo que he hecho?

No dijo nada. Namirielle sabía que él no entendía por qué había decidido desaparecer de Norwen así, sin previo aviso y en compañía de nada menos que el Rey Oscuro. Nadie lo comprendía.

—Buscaremos una solución, no te atormentes —Procuró animarla.

Sonrió, conmovida.

—No es tan fácil.

—Me da igual. Tampoco era fácil encontrarte, de tantos obstáculos que el Rey Oscuro colocó en nuestro camino, y lo conseguimos. Con empeño se puede conseguir cualquier cosa —afirmó muy seguro, tomando los hombros de la muchacha con fervor al hablar—. Todo se acabará pronto, confía en mí. Sé que te he fallado —iba a interrumpirlo, decirle que no era así, pero no la dejó—. Sí, Namirielle, te he fallado repetidas veces y no me lo perdono. Si hubiera hecho las cosas bien, Korsten no habría vuelto a dar contigo y no estaríamos aquí lamentándonos.

—Pero la culpa es mía, no tuya. Yo elegí acompañarle —Repuso ella.

—Jugó contigo, te manipuló, no puedes culparte —le acarició una mejilla—. No sabes cómo me sentí cuando te vi en el suelo, tirada como una muñeca de trapo… me temí lo peor.

Lo abrazó y Grayan le devolvió el abrazo con fuerza, no queriendo separarse de la muchacha nunca por si volvía a perderla. Ella apoyó su mejilla contra la del joven norwentano.

—Nada nos volverá a separar.

Sus palabras denotaron una seguridad que no sentía. Una sombra crecía en su corazón, llenándola de incertidumbre. Algo le decía que lo peor aún estaba por llegar.

— ¿Me quieres, Namirielle?

La cogió por sorpresa aquella pregunta.

—Claro que sí —se echó hacia atrás para poder mirarlo—. ¿Y tú a mí?

Grayan sonrió dulcemente, deleitándose con la visión de los relucientes ojos azules de la muchacha; era como contemplar el mar que en ese momento los rodeaba por todas partes.

—Moriría por ti —le tomó una mano, la misma en la que aún llevaba el anillo de Korsten. Frunció el ceño al verlo—. ¿Qué es esto?

Namirielle retiró la mano con rapidez, intranquila.

—Nada, olvídalo…

Él no estaba tan seguro, pero lo dejó estar al ver la creciente incomodidad de la joven. Se hizo con su otra mano, que no llevaba ningún anillo sospechoso, presionándola contra sus labios para besarla.

—Hay algo que me gustaría pedirte pero no sé si atreverme, al menos no hasta que volvamos a Norwen.

—Como quieras… —Dijo ella, aunque la curiosidad se hizo dueña de su corazón.

Grayan oteó el horizonte. El atardecer hacía del cielo una gran bola de fuego con distintos matices de oro y ámbar. Era hermoso.

—Este es un buen lugar —declaró, mirando a la muchacha—. Namirielle, tú sabes que para mí eres muy importante, la persona más importante de todas. Me habría gustado disponer de tiempo y tranquilidad para cortejarte como mereces, pero las circunstancias no lo han permitido —respiró hondo, armándose de valor para seguir. Ella lo miraba expectante, sus ojos claros muy abiertos—. Sé que nunca en todo el mundo encontraré a nadie como tú. Quiero que seas tú quien dé a luz a mis hijos, quien envejezca a mi lado.

—Grayan… —Jadeó, abrumada con el rumbo que sus palabras prometían.

Él dio un paso atrás, hincando una rodilla en el suelo sin soltar la mano de la joven.

—Namirielle, ¿Quieres casarte conmigo?

Se llevó la mano libre al pecho, con la boca abierta por la sorpresa.

—P-pero, Grayan —tartamudeó—. Tú un día serás el Duque del Lago y yo solo soy una plebeya…—Recordaba las palabras de Korsten al respecto, y aunque entonces las desdeñó debía admitir que había verdad en ellas; ningún duque se casaba con alguien carente de sangre noble, no estaba bien visto, era impensable.

—Sé mi esposa —insistió el norwentano, mirándola con todo el amor del mundo en sus ojos negros—. No me importa nada, puedo renunciar a las tierras de mi padre y al título si es necesario. Nada me haría más feliz, solo te quiero a ti. Di que sí, seré un buen marido, tu felicidad será siempre lo primero para mí y nunca te faltará de nada. Di que sí.

Namirielle estaba demasiado sorprendida para responder. Parecía un sueño, era demasiado maravilloso e irreal para ser cierto. Como no podía articular palabra solo asintió, una, dos veces. Grayan se puso en pié de un salto, rodeándola con sus brazos y alzándola del suelo. Ella rió.

— ¡Tu risa es música para mis oídos! —Exclamó el hijo del Duque del Lago, devolviéndola al suelo de nuevo.

Se miraron a los ojos, luego fundiéndose en un largo beso. Ahora estaban prometidos.



« Capítulo 10: La Isla De Jade Comenta este capítulo | Ir arriba


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino

contacto@potterfics.com

Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.