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La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca » Capítulo 10: La Isla De Jade
La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca (R13)
Por Adriana Vigo
Escrita el Jueves 12 de Marzo de 2020, 01:09
Actualizada el Martes 12 de Enero de 2021, 23:29
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Capítulo 10: La Isla De Jade

Namirielle observaba el apacible vaivén de las olas, su mente muy lejos de allí, en Norwen con sus amigos, cuando la potente y clara voz del vigía llenó toda la cubierta del barco:

— ¡Tierra a la vista!

La muchacha frunció el ceño, oteando el horizonte con una mano sobre los ojos para ver mejor pero sin hallar nada que no fuese agua por culpa de las nubes. Observó al vigía, un hombre joven de gran agilidad, descender de su puesto en lo alto del mástil principal y dirigirse a un par de compañeros cerca de los cuales se encontraba el Rey Oscuro.

Cuando terminaron de hablar y todo el barco se puso manos a la obra de golpe, atareados ahora, Namirielle se acercó a Korsten preguntándole al respecto.

—Todavía estamos lejos pero es la Isla de Jade, no hay duda —le explicó, y la muchacha notó claramente el silencioso anhelo en sus palabras: estaba ansioso por llegar—. Tenía previsto varios días más de trayecto, pero el viento a soplado a nuestro favor acortándonos notoriamente el viaje 

—le sonrió por un breve instante—. En pocas horas pisaremos tierra firme.

Las horas previas de la llegada a la Isla de Jade pasaron rápido. Namirielle no tenía un gran equipaje por recoger, solo el libro de nácar, así que enseguida estuvo lista en cubierta, esperando.
Con esfuerzo logró vislumbrar un pequeño punto en la distancia, que con el paso del tiempo se hizo más grande convirtiéndose en la esperada isla.

La muchacha contuvo el aliento cuando la vio de cerca, admirando la playa blanca como nieve y los frondosos árboles de un verde pálido como si fueran de jade. Si pensaba que el Gran Bosque fronterizo a Norwen en el cual se hubiese criado era hermoso, aquella isla resultaba indescriptible en belleza. Cualquier inquietud que albergase en los últimos días fue borrada al instante con tal visión: no veía el momento de enterrar los pies en aquella arena blanca.

Korsten se acercó a ella en ese momento. Se le veía animado, lo cual era lógico.

—El bote nos espera —Dijo.

La mención de los botes la sorprendió.

—Pero todavía falta, ¿El barco no va acercarse más a la isla?

—No es necesario.

— ¿Y cómo nos recogerán?

Él sonrió levemente.

—Cuantas preguntas —y aquello parecía divertirlo—. Tranquila, no has de preocuparte por eso, ya lo tengo pensado. Tú solo has de liberar mi alma, céntrate en eso —Le sugirió, conduciéndola por la cubierta.

Namirielle no se sintió muy segura al respecto, aunque no era la primera vez en todo el viaje. Le habría gustado saber exactamente en qué había pensado para volver, pero no preguntó más.
El bote se movió mucho cuando la ayudaron a subir a él pero nada comparado con el vaivén entre las olas, sujetando el libro de nácar fuertemente contra su pecho pues temía que cayera al agua y se perdiese sin remedio. Más de una vez se vio aferrada al brazo de Korsten, temerosa de que la barca volcase, pero esto solo aumentaba el mareo y las nauseas, soltándolo en el acto al ver que el bote seguía derecho y ganándose una mirada divertida de su acompañante.

—Para tener sangre raschida corriendo por tus venas, tienes bastante miedo a mojarte —Comentó el Rey Oscuro, sus ojos reluciendo con una chispa de humor.

La joven lo fulminó con la mirada pero no dijo nada; tenía que prestar atención a una nueva sacudida del bote.

Cuando por fin llegaron a tierra aceptó encantada la mano que Korsten le ofreció para salir de la barca de pesadilla. Namirielle miró a su alrededor, la blanca costa de ensueño que se extendía ante la muchacha y que parecía no tener fin.

—Cuanta belleza —Habló él, resumiendo los pensamientos de la joven en esas dos palabras.
Namirielle asintió ligeramente. Lo miró, y en los ojos dorados del Rey Oscuro pudo ver reflejado su propio deleite ante cuanto la rodeaba.

— ¿Existe de verdad un lugar así? ¿Puede ser real tanta belleza o es solo una ilusión?

—Es real, Namirielle, tanto como cualquiera de nosotros —afirmó, haciéndole un gesto para que lo siguiera por la blanca arena—. Ven, tenemos que caminar un buen trecho hasta llegar a nuestro destino.

Ella lo siguió distraída, mirando maravillada de un lado a otro. Respiró hondo: incluso el aire era diferente, más limpio.

Dejaron la costa atrás, introduciéndose en el frondoso bosque verde jade. Flores y pequeños animalillos que Namirielle nunca había visto le dieron la bienvenida a la isla. Todo era perfecto, un rincón de paz y quietud en medio del mar infinito.

—Estás cansada, no has dormido bien y hemos caminado mucho —observó Korsten en algún momento: la joven estaba tan entretenida con cuanto tenían ante sí que había perdido ya la noción del tiempo—. Quédate aquí y descansa, yo exploraré los alrededores.

Le hizo caso, tomando asiento entre las titánicas raíces de un viejo y gran roble. Cierto era que estaba cansada, aunque la emoción por lo novedoso la hacía olvidarlo.

Dejó el libro de nácar a un lado y se acurrucó contra una de las gruesas raíces mientras veía a Korsten marchar, con su larga capa negra ondeando tras él. Cerró los ojos, acomodándose. Le dolían los huesos y sentía las piernas pesadas, era bien cierto que necesitaba un descanso aunque no fue consciente de ello hasta ahora. Inspiró hondo, disfrutando del fragante aroma de las flores cercanas. 

A sus oídos llegaba el sonido musical de agua cayendo, probablemente encontraría una cascada cerca si buscaba. Lo investigaría más tarde, ahora seguiría el consejo del Rey Oscuro y descansaría un poco, hasta que volviera de su expedición y tuvieran que ponerse en marcha de nuevo.




Gracias a la magia de Syrkail y Liudenna en conjunto, lograron poner el viento a su favor aunque este seguía empeñado en luchar contra ellos. Según el elfo, la magia de Korsten tenía la culpa de aquella oposición por parte del etéreo elemento.

Pero aunque ahora su barco avanzaba más rápido, Grayan seguía intranquilo: el Rey Oscuro les llevaba muchos días de ventaja y desembarcaría antes que ellos, difícilmente lograrían alcanzarlo antes de que ocurriera una desgracia. Su temor por Namirielle no decrecía.

—Ella está bien —habló Liudenna a sus espaldas, su cabello blanco ondeando al viento al igual que la larga y sencilla túnica del mismo color—. El mar está en calma, puedo sentir que ha pasado por aquí. Las olas susurran cosas buenas sobre ella.

No lo dudó, al fin y al cabo la Madre Blanca también poseía sangre raschida aunque más indirectamente que Namirielle, quien casi era una de ellas.

—Pero estamos tardando mucho. El viento sigue luchando contra nosotros, avanzaríamos más si no fuera por este problema —Se atormentaba el norwentano.

—El Rey Oscuro es astuto, sabíamos que no nos lo pondría fácil. Para él es muy importante llegar a la isla antes que nosotros —sonrió dulcemente al joven—. Pero no estéis angustiado por Namirielle. Korsten puede ser capaz de muchas atrocidades, pero no haría daño a una raschida.

Él no podía estar seguro, no hasta que la viera con sus propios ojos. Era capaz de evocar en su mente el rostro de la muchacha, con tanta claridad como si la tuviera delante en ese preciso instante. La quería, lo intuyó desde que la vio recién llegada a Norwen durante aquel aburrido baile; más aún cuando se había atrevido, para gran vergüenza suya, a besarla. Pero no fue consciente de cuán grande era su amor por ella hasta que se la habían arrebatado otra vez.

—Le prometí a Namirielle que estaría segura en el Castillo del Lago, que nada malo le ocurriría si se quedaba —confesó en voz baja, mirándose las manos—. Le he fallado otra vez, ¿Y a quién voy a engañar? No confío en la magia, no sé nada de hechizos, ¿Cómo pude hacerle esa promesa? Me dejé llevar por el orgullo y la ignorancia, y ahora ella lo está pagando inmerecidamente —miró a Liudenna, quien a su vez lo observaba con atención—. Pero cuando la encuentre será diferente, esta vez sí que no tendrá nada que temer —afirmó, muy serio—. Partiremos lejos de Norwen, al extremo este si es necesario. Korsten no volverá a saber dónde está.

La Madre Blanca suspiró, enternecida por las buenas intenciones de aquel joven para con Namirielle pero sabedora de lo inútil de tanto esfuerzo por su parte.

—La amáis de verdad.

Grayan se quedó muy rígido de pronto, tenso. Debía recordar que Liudenna había criado a Namirielle como si fuera su hija.

—B-b-bueno…

Ella sonrió abiertamente, al ver su vergüenza y nerviosismo.

—No os preocupes, Grayan del Lago. Tenéis mi bendición.

Aquellas palabras lo relajaron un poco, sobre todo al recordar lo que tenía pensado decirle a Namirielle cuando estuviera con ella de nuevo y volviesen a Norwen. Era importante para el joven norwentano tener la aprobación de la Madre Blanca primero.





Una mariposa amarilla se posó en una de sus mejillas y Namirielle entreabrió los ojos azules como el mar, despertando. Esbozó una somnolienta sonrisa.

—Hola, amiguita —Saludó a la pequeña mariposa, que no se movió ni un ápice de su mejilla aún cuando la muchacha la acarició delicadamente con la yema de los dedos.

Se subió a su mano, haciéndole cosquillas, y emprendió el vuelo girando alrededor de una radiante Namirielle hasta perderse entre las ramas del árbol más cercano.

Abrazó el libro de nácar y se quedó un rato más allí, de buen humor. Finalmente se puso en pié y buscó a su alrededor; seguía sola, Korsten no había regresado aún.

No sabía si debería quedarse donde estaba o buscarlo ella misma, pero acabó optando por la segunda opción porque así podía seguir explorando el hermoso paisaje verde jade.

Las frondosas copas de los árboles sobre su cabeza le impedían ver el cielo, pero por la luz que se colaba entre las hojas dedujo que sería bien entrada la tarde; no debía faltar mucho para que anocheciera. 

A sus oídos llegó más fuerte el sonido de agua cayendo que anteriormente escuchara. Gracias a su don para encontrar agua, aún hallándose en un lugar tan extraño y desconocido para ella, no tardó más que un par de minutos en dar con la cascada. 

Era pequeña y redondeada, con el fondo poco profundo y sembrado de grandes rocas oscuras, algunas de las cuales sobresalían por la líquida superficie. La joven se arrodilló ante la orilla, dejando el libro a su lado sobre la hierba e introduciendo las manos en el agua fría, bebiendo y mojándose la cara y el cuello para refrescarse. Hacía bastante calor.

Alzó la cabeza al escuchar un ruido en la maleza. Cuando miró se sorprendió al avistar una gacela junto a los árboles, masticando hierba y contemplándola fijamente con sus ojillos negros todo pupila. 

Namirielle sonrió un poco, permaneciendo muy quieta para que no se asustara. La gacela avanzó con paso seguro y confiado directamente hacia ella, junto a quien se detuvo e inclinó la cabeza frotando su morro contra el hombro de la joven que no daba crédito a la confianza exhibida por el animal. Acarició el suave pelaje color arena casi con miedo por si salía corriendo en el acto; no se movió ni un ápice.

Pero el hechizo se evaporó de pronto, cuando el crujir de una rama alertó a la gacela. Levantó la cabeza en alarma, y tras una última y penetrante mirada a los ojos oscuros de Namirielle, corrió rauda en dirección a los árboles.

La muchacha suspiró, bajando la cabeza apenada. Volvió a levantarla cuando el sonido de unos pasos llamó su atención. Vio a Korsten junto a un árbol, su negra vestimenta fundiéndose con la creciente penumbra.

—Te estaba buscando.

No era el único. Namirielle recuperó el libro de nácar y se acercó a él, siguiéndolo cuando dio media vuelta hacia la espesura.

— ¿Dónde está tu alma? Aún no me has explicado lo que tengo que hacer —Observó ella, caminando pegada a su espalda para no perderlo en la oscuridad creciendo con cada paso foresta adentro.

Korsten se detuvo abruptamente, y a la joven poco le faltó para tropezar con él.
—Este es un buen lugar para un campamento —Declaró el Rey Oscuro sin responder a su pregunta.

Solo cuando se movió a un lado para dejarla pasar pudo ver el pequeño claro, rodeado por sendos abedules.

— ¿Vamos a acampar aquí? —Esperaba que no lo dijese en serio.

—Llegaremos a nuestro destino mañana a mediodía —Namirielle abrió la boca para replicar pero él siguió hablando—. La isla es más grande de lo que parece desde el barco. Ya casi es noche cerrada y los arboles son muy frondosos, no es recomendable caminar entre ellos en completa oscuridad. Podríamos perdernos.

Cuanto más contemplaba el lugar mayor era el desasosiego de Namirielle. Nunca había dormido al aire libre, a la intemperie —sin contar cuando fue secuestrada por los brujos que liberaron a Korsten— y por mucho que intentara simpatizar con su compañero de viaje, y aún con la amabilidad y caballerosidad de este, la idea de pasar la noche allí sola con él resultaba bastante inquietante para la joven. 

Pero no expresó su nerviosismo y obedientemente tomó asiento en la hierba, siempre abrazando el libro de nácar en busca de consuelo, mientras Korsten reunía ramas caídas para encender una fogata.

En lugar de completar el largo y tedioso procedimiento de hacer fuego, el Rey Oscuro chasqueó los dedos y al momento unas grandes y ambarinas llamas lamían la leña recolectada, iluminando un poco más el oscuro claro y calentando la piel de Namirielle. La muchacha extendió los brazos hacia la fogata, sintiendo el seco y agradable calor en las palmas de sus manos.

Alzó la vista, mirando a Korsten sentado al otro lado de la fogata observándola. La joven bajó la vista de nuevo hacia sus manos, acariciando la nacarada superficie del libro en gesto nervioso.

— ¿Me vas a contar qué tengo que hacer mañana? —Le preguntó ella, no por vez primera, rompiendo el silencio.

—No hay prisas. Es preferible que descanses esta noche, mañana lo necesitarás.

—Al menos dime si es muy difícil —Insistió con suavidad.

El Rey Oscuro tardó un poco en responder.

—Realmente no tienes que hacer mucho. Pero tal vez acabes un poco cansada.

Aquello la hizo mirarlo de nuevo.

— ¿Acaso he de emprender una carrera de obstáculos? —Trató de hacer una broma. Estaba nerviosa, una creciente tensión en la boca del estómago se hacía más y más fuerte a cada segundo y desconocía el motivo.

Una de las comisuras de sus labios tiró hacia arriba en un amago de sonrisa.

—No, pero acabarás igualmente cansada.

Namirielle echó un vistazo a su alrededor. La noche los había alcanzado, era incapaz de ver más allá de los haces de luz proyectados por las llamas, todo estaba en sombras. Era un panorama inquietante, totalmente opuesto a cuando la luz solar lo había iluminado todo resaltando los pálidos tonos de verde que daban nombre a la isla.

—Supongo que tendrás hambre —señaló Korsten al cabo de un rato—. ¿Qué te gustaría cenar?
Las probabilidades de conseguir comida allí eran escasas sin luna que iluminase los alrededores para poder cazar, y así lo expresó la muchacha, lo cual pareció hacerle gracia.

—Soy un poderoso hechicero, no necesito mancharme las manos ni moverme de aquí para conseguir cualquier cosa que desee —Repuso con orgullo.

—Pero, sin embargo, mañana habrá que seguir caminando para que recuperes tu alma —Observó ella.

Cualquier atisbo de diversión desapareció por completo de su mirada de oro, que relucía en la oscuridad peligrosamente. Namirielle se encogió ligeramente, lamentando lo dicho, consciente de que si lo enfurecía nada ni nadie la ayudaría allí. De nuevo se preguntó por qué había venido. 

Pero antes de que su aprensión la dominara y echara a correr lo más lejos posible, el Rey Oscuro sonrió, lo cual la desconcertó. Hizo ondear una mano y ante ella apareció un asado de cordero con setas cosidas.

Se tomó su tiempo en comer, masticando la deliciosa carne con lentitud. No tenía mucho apetito, seguía tensa. Con regularidad dirigía fugaces miradas a Korsten, quien en ningún momento se movió de su lugar, y para gran incomodidad suya él siempre le devolvía la mirada. No hablaron, lo que probablemente habría mejorado las cosas para la joven. 

Después de comer se tumbó de costado empleando el libro de nácar como almohada, contemplando las llamas que se reflejaban nítidamente en sus ojos como espejos; supo al momento que no dormiría, estaba demasiado nerviosa, rígida como si sus huesos se hubieran transformado en madera. 

Intentó pensar en algo agradable y para facilitar esa labor cerró los ojos, pero era incapaz de mantenerlos así más de unos pocos segundos. Dio varias vueltas buscando una postura más cómoda, pero no era ese el problema. Al final se incorporó sobre un codo, su mirada en el Rey Oscuro de nuevo, quien permanecía sentado apoyando la espalda contra un árbol con los ojos cerrados.

— ¿Estás durmiendo? —Preguntó la joven en voz baja. Recordaba que, en sus palabras, él nunca dormía. 

Abrió los ojos de inmediato, clavándolos nuevamente en Namirielle.

—No, solo pensaba —respondió—. ¿No puedes dormir? —ella asintió—. ¿Quieres que te cuente una historia? Tal vez te ayude —Propuso.

Le había contado varias historias durante el viaje, y aunque ninguna tenía un final feliz la idea resultaba más que maravillosa. Volvió a tumbarse, esperando a que comenzase, cerrando los ojos nada más la cálida voz de barítono fluyó en el aire hasta sus oídos: 

—En una isla lejana vivía una bella doncella, famosa en todo el pueblo por su habilidad como hilandera. Una noche de tormenta llegó a puerto un barco; sus velas estaban destrozadas y la hilandera acudió de inmediato para repararlas. Fue entonces cuando conoció al capitán del barco.

Aquí Namirielle se incorporó, más animada ante lo que suponía vendría después.

— ¿Se enamoraron? —Conjeturó, interrumpiéndolo.

—Amor, siempre amor. Está sobrevalorado —suspiró él—. Sí, se enamoraron. Pero el capitán tenía que continuar su viaje y le hizo un obsequio para que lo recordara hasta que volviese. La hilandera esperó durante semanas, muchas semanas tejiendo en el muelle. Pero él no volvía; tal vez la hubiera olvidado, pensó, quizás debió darle algo suyo también.

— ¿Y qué pasó? No creo que se olvidara de ella.

— ¿Por qué no? La vida en el mar es dura, sin tiempo para pensar en tonterías.

Namirielle ladeó la cabeza, frunciendo el ceño.

—El amor no es ninguna tontería —Declaró muy seria.

— ¿Debatimos sobre fantasías románticas o quieres seguir escuchando la historia? —ella guardó silencio, esperando a que continuara—. Una mañana avistó el barco de su amado. Buscó entre los marineros, pero no lo encontró. Preguntó por él y le dijeron que había perecido en una cruenta lucha contra el monstruo de las profundidades.

La muchacha jadeó, apenada por el proseguir de la historia. Pero no dijo nada y Korsten siguió narrando:

—La hilandera, con el corazón destrozado ante la funesta noticia, se entregó al mar dejándose llevar por las olas. Una raschida la visitó, ofreciéndole la oportunidad de retornar en el tiempo y advertir a su amor de lo que ocurriría si volvía al mar. Pero el capitán eligió levar anclas igualmente, pues su amor por la hilandera no era mayor que su dedicación al mar —concluyó—. Es una vieja leyenda del oeste.

—Es muy triste —aunque rara era la historia que no lo fuese viniendo de él—. ¿No te sabes otra con un final mejor?

El Rey Oscuro lo pensó.

—Acabo de acordarme de una —dijo poco después, atrayendo su interés—. Una raschida se enamora de un pescador, a quien muestra la belleza de su voz. El mar se cela tanto, que unas titánicas olas barren todo el pueblo del pescador, ahogándolo a él y a todos sus residentes. Se cuenta que la raschida aún visita el puerto por las noches.

—También es triste —repuso Namirielle, sentándose y cruzando los brazos con un mohín—. Es incluso peor que la anterior.

—El amor es una maldición —Declaró.  

La muchacha suspiró. Ya sabía lo que opinaba Korsten sobre el amor, prefirió no insistir.
Un crujido cercano la sobresaltó. Escudriñó la maleza, inquieta.

— ¿Qué ha sido eso? —Murmuró.

—No lo sé —y al ver su ansiedad, añadió poniéndose en pié—. Echaré un vistazo.

Ella asintió, viendo cómo se internaba entre los árboles en dirección al ruido. Volvió a tumbarse, abrazando intranquila el libro de nácar. Por un momento pensó que la ausencia del Rey Oscuro favorecería su calma interior, pero no, esta seguía pendiendo de un hilo.

Más crujidos se abrieron paso en la noche, cerca. Namirielle cerró los ojos violentamente, colocando un brazo sobre su cabeza ((Solo es algún animalillo nocturno, deja de preocuparte e intenta dormir)). Se instó mentalmente, respirando hondo varias veces.

Pero los ruidos no cesaron y los minutos pasaban. Su miedo aumentaba y Korsten no regresaba. Se sentó, acercándose más al fuego, extendiendo las manos hacia las llamas y frotándolas entre sí, sus claros ojos azules estudiando las sombras más allá del fulgor de las llamas. 

Un gruñido bajo la hizo volverse de golpe, atenta. No vio nada pero se puso de pié, alisando su falda con nerviosismo. No quería estar allí, ansiaba escapar de aquella isla que nada más caer la noche se había tornado pesadilla. 

El aire se espesaba, le costaba respirar mientras miraba en derredor con la sensación de estar siendo acechada. El problema era que no existía amenaza aparente, solo lo que su corazón le dictaba.

Llegaron más gruñidos de entre la maleza, cada vez más cerca, alertándola, y unos ojillos relucieron en la oscuridad. Namirielle no aguantó ni un segundo más; salió corriendo fuera del claro en dirección contraria a los malévolos ojos que la estudiaban. No tardó en escuchar pasos acelerados tras ella. Lo que fuera estuviese acechándola había dejado su escondite y la perseguía abiertamente ahora.

La joven apartaba las ramas que se cruzaban en su camino, huyendo en ninguna dirección concreta. Se detuvo abruptamente, ocultándose tras el tronco grueso de un árbol y escudriñando por una esquina, descubriendo a cierta distancia una figura encorvada con cuernos y grandes garras. Contuvo un jadeo de asombro, cubriéndose la boca con la mano; nunca había visto una criatura así. Parecía peligroso, desde luego era tres veces su talla; le sacaba un par de cabezas aún encorvado, y con aquellas garras la haría pedazos como si fuese de mantequilla.

Pero no podía dejarse amedrentar. La criatura olisqueaba el aire, era probable que la encontrase por su olor; el tiempo del que disponía era tan mínimo como sus posibilidades ((¿Y Korsten?)). Él no sabía nada, podía ser sorprendido en medio de la oscuridad. Tenía que encontrarlo.

Se tocó la marca grabada en el dorso de su mano derecha, similar a una cicatriz de peculiar forma. Si estaba unida mágicamente al Rey Oscuro y él podía descubrir su paradero mediante aquel vínculo, esperó poder hacer ella lo mismo. ((¿Dónde estás? —pensó con fuerza, su mente concentrada en la tarea—. Necesito encontrarte)). Pero fue inútil, ni cerrando los ojos veía una luz en su mente, imagen del camino a seguir o algo parecido. Era frustrante.

Una gran garra apareció desde el otro lado del tronco, arañándolo pocos centímetros por encima de su cabeza y dejando profundos surcos en la madera. Namirielle chilló sonoramente, agachándose y abandonando su escondite rápida como una flecha.  

En algún momento de la carrera su pie izquierdo se enredó con alguna raíz, frenándola y cayendo al suelo. No queriendo ver lo que se avecinaba y peleándose con la falda de su vestido blanco y las ramas que la rodeaban, se incorporó nuevamente apoyándose en un árbol pero el pié no la sostuvo: se lo había torcido.

—No… —Gimió haciendo grandes esfuerzos por dar un paso, pero el dolor era tan grande que se le saltaban las lágrimas, además de serle imposible correr así.

Algo la golpeó poderosamente por la espalda, derribándola, y supo que era la bestia que ya la había alcanzado. Se cubrió la cabeza con un brazo y forcejeó cuanto podía, pataleando a su vez con el pie bueno y gritando. Escuchó un quejido y supo que le había hecho daño, lo cual la animó a seguir debatiéndose, con la esperanza de que su resistencia lo hiciera dejarla. 

La bestia gruñó guturalmente y una garra arañó a Namirielle en un hombro, rasgando tela y piel aunque ella apenas lo sintió; seguía luchando por salvar la vida, mientras su mente trataba de alcanzar el vínculo con Korsten en vano. 

De pronto aquel ser fue golpeado por una fuerza invisible, alejándolo de ella, siendo impulsado contra un árbol para gran desconcierto de la muchacha. Pero cuando vio entre los árboles la figura del Rey Oscuro, supo que había sido cosa suya.

Se incorporó como pudo, con una mano sobre su agitado corazón, jadeando asustada. Avanzó cojeando hacia Korsten, apoyándose en él y enterrando el rostro en su hombro.

—Gracias —Musitó a punto de romper a llorar. Seguía viva y entera de milagro.

Contempló a Namirielle detenidamente, una mezcla de sorpresa y curiosidad en sus ojos dorados. ¿Alguna vez le habían dado las gracias por algo? Lo dudaba mucho. Tras varios segundos y con lentitud, levantó un brazo y le rodeó los hombros con mucho cuidado, casi como si la muchacha estuviese hecha de cristal y temiera poder romperla si la tocaba.

—Tranquila, todo está bien ahora —La consoló con un ligero nudo en la garganta.

La bestia no se movía del sitio, no le era posible. Gruñía por lo bajo, observando a Korsten en silencio: él le devolvió una mirada impasible, la criatura encogiéndose sobre sí misma con miedo en respuesta.

—Vete —Ordenó el Rey Oscuro, haciendo un gesto para liberarla de su encantamiento. Y aunque Namirielle no esperaba que lo hiciese, la bestia dio media vuelta y huyó hacia los árboles sin más. 

La joven alzó la cabeza para mirar a Korsten y él le sonrió ligeramente, acariciando su cabello castaño claro con suavidad.

—No volverá, me teme demasiado para hacerlo —Namirielle no lo ponía en duda—. Volvamos al campamento.

Asintió, apoyándose en él para poder moverse mejor, dejando que la condujera por el bosque hasta regresar al claro. 

El fuego había decrecido, apenas unas cuantas llamas tenues que teñían la nacarada cubierta del libro de las raschidas, abandonado sobre la hierba, con un tono rojizo. Namirielle lo recogió y se sentó muy cerca de la fogata, buscando calor; no pudo evitar que le temblasen las manos cuando las extendió hacia las llamas.

— ¿Qué era esa criatura? —Preguntó al cabo de un rato.

Korsten se deshizo de su capa negra, envolviendo a la temblorosa muchacha con ella.

—Un ciervo —Fue su respuesta.

Lo miró incrédula.

—No era un ciervo, he visto muchos y no tienen garras ni caminan así. Tampoco cazan, comen hierba.

—Este es especial.

Esperó a que se explicase, pero no lo hizo. El Rey Oscuro tomó asiento a su lado, ondeando una mano hacia el fuego; las llamas se alzaron el doble de su tamaño original. Namirielle las observó con curiosidad, olvidando a la bestia por un momento.

—Enséñame el tobillo —Indicó él entonces.

Aunque un poco reacia, así lo hizo, permitiéndole revisarlo; se veía un poco hinchado y apenas acababa de torcérselo. Namirielle esperaba no tener ninguna fractura.

—No está roto —la informó Korsten, lo cual alivió mucho a la joven—. Pero aunque lo estuviera puedo curarlo.

Ella vio como sus manos relucían misteriosamente, y ahí donde tocó su tobillo sintió un cosquilleo singular y extraño que le recorrió todo el cuerpo, curando la lesión. Momentos después elevó una mano, sus dedos acariciando los arañazos en el hombro de Namirielle con mucha delicadeza, sanándolos también. 

Le recordó a cuando la Madre Blanca la curaba de alguna herida siendo niña, pero no era exactamente igual; esta vez la oscuridad acompañaba a la sanación mágica, lo cual no sentaba bien a la muchacha.

— ¿Te duele? —Preguntó el Rey Oscuro a los pocos segundos, sin dejar aún su tobillo cuyo aspecto era mucho mejor ahora.

—No.

—Tienes mala cara.

Dadas las nauseas que empezaban a acumularse en su estómago, no le extrañaba. Trató de sonreír.

—Estoy bien. Gracias otra vez. Sin ti, ese ciervo… o lo que sea… me habría convertido en su cena.

La soltó entonces, lo cual fue un alivio para el desdichado estómago de Namirielle.

—Te prometí que no sufrirías ningún daño si venías conmigo —Le recordó.

—Cierto, pero en el fondo nunca pensé que cumplirías tu palabra —reveló, y así era. Aunque no fue verdaderamente consciente de ello hasta ahora, o no hubiera accedido a emprender tal viaje—. Todo lo que sé sobre ti es que eres peligroso, que he de estar loca para venir hasta aquí. Pero ahora veo que no eres tan malo como pensaba —le sonrió, animada—. He hecho bien en venir —Afirmó, arrebujándose más en la capa oscura para protegerse del frío nocturno. 

La luz del fuego se refleja en los ojos de Korsten de forma que resultaría inquietante de no ser por la expresión de su rostro; estaba muy pálido, como si hubiese visto un fantasma, lo cual se destacaba más a causa de la poca iluminación y su cabello negro como el ala de un cuervo.

—No, no deberías haber venido —Murmuró, más para sí mismo que para Namirielle a su lado.

Ella ladeó la cabeza.

— ¿Por qué no?

Las llamas ondearon en el aire sinuosamente, cambiando a un singular tono verdoso, lo cual hizo a Namirielle olvidarse de esperar una respuesta que nunca llegó. 

—Vaya… —Musitó impresionada.

—Tócalas, no te quemarán.

— ¿De verdad? —Alzó una mano, titubeante. En la proximidad seguían estando calientes.

El Rey Oscuro se le adelantó, atravesando con sus dedos el fuego verde demostrándole que no quemaba, lo cual la animó a imitarlo.

—Hace cosquillas —Dijo entre risas.  

Él sonrió a medias. Movió una mano y las llamas comenzaron a tomar formas diferentes; pequeñas aves que batían sus alas, caballos en miniatura que galopaban en el aire con largas crines ondeantes. Iban cambiando simultáneamente, deleitando a la muchacha. La magia podía ser muy hermosa, incluso la suya, y así se lo dijo ella.

—Mi magia se basa en la oscuridad —Replicó Korsten.

— ¿Cómo te iniciaste en las artes oscuras?

Suspiró, volviendo la vista a las verdes llamas que regresaron a su estado natural.

—Es una larga historia y mañana has de estar descansada. 

—De acuerdo, pero tienes que contármelo alguna vez —Insistió.

—Si mañana sigues interesada, prometo hacerlo. Aunque imagino que cuanto querrás para entonces será volver a Norwen —Comentó, un aire sarcástico en su bella voz.

A su mente volvieron los rostros de las personas que quería. 

—Hay algo que desearía hacer antes de regresar —dijo, y el Rey Oscuro la miró expectante. Namirielle le devolvió la mirada con timidez, insegura—. Me dijiste que cuando recuperes tu alma volverás a Karlensse, o a lo que ahora es Karlensse... si no es mucho pedir, me gustaría ir contigo.

Abrió mucho sus ojos dorados, sorprendido con la petición.

—No creo que sea buena idea. No te gustaría.

—Siento curiosidad.

—La curiosidad puede ser peligrosa.

—Si no quieres que te acompañe, dilo, no pasa nada —Repuso Namirielle, cruzándose de brazos y volviendo la vista al frente.

Korsten observó como su rostro reflejaba cierta decepción. Aquella muchacha resultaba de lo más interesante para él, no dejaba de sorprenderlo lo mucho que sus ojos azules expresaban sin articular palabra alguna, sus gestos y la facilidad con la que se perdía en su propia mente. Y la pureza de su corazón, eso era lo más fascinante de todo.

—Quiero darte algo —ella lo miró de nuevo; seguía desilusionada—. Un pequeño obsequio por haber venido hasta aquí.

Mientras hablaba deslizó de su dedo anular un anillo, la única joya que llevaba. Lo extendió hacia el fuego para que la joven lo viera mejor; era un anillo de plata con una obsidiana engarzada en el centro.

—Este anillo lleva en mi familia desde tiempos inmemorables, pasando de generación en generación. Es la más importante de las joyas de la corona, el símbolo que me señala como rey de Karlensse.

Namirielle estudió el anillo, el cual ya había observado durante el viaje con curiosidad. Era sencillo para pertenecer a la realeza de un reino tan grandioso en los tiempos de Korsten, pero no carecía de belleza; la piedra era perfecta, rodeada por unos grabados muy bonitos.

—No puedo aceptarlo —Rehusó, abrumada.

—Insisto.

— ¿Es mágico? 

Aquello pareció divertirle.

—Dulce lirio, los anillos no tienen magia, son objetos inanimados.

—Pero se pueden hechizar. ¿Lo has hecho?

—No, es un anillo normal y corriente —alargó la otra mano en su dirección—. ¿Me concedes la mano? —Pidió esbozando una media sonrisa.

La muchacha rió ante el doble sentido de sus palabras.

—Bueno, supongo que sí.

Extendió la suya, pudiendo Korsten tomarla y deslizar el anillo en su dedo anular. La sortija de plata se encogió misteriosamente, sin duda mediante la magia del Rey Oscuro, adaptándose a su talla sin problemas.

—Perfecto —observó él, aún sosteniendo su pequeña mano de largos y finos dedos—. Definitivamente te queda mucho mejor a ti que a mí. 

Namirielle volvió a reír.

—Me preocupa perderlo, es demasiado valioso.

—No lo harás, confío en que lo cuidarás bien —besó el dorso de su mano y la soltó—. Ahora duerme tranquila.

Hizo ademán de ponerse en pié, pero la joven lo tomó del brazo, reteniéndolo consigo.

— ¿A dónde vas? —Preguntó alarmada.

—Puesto que nunca duermo, vigilaré los alrededores por si nuestro amigo ciervo aparece.

Se mordió el labio inferior, inquieta. No quería quedarse sola.

—No te vayas, me da miedo —él iba asegurarle que no había nada por lo que tuviera que preocuparse, pero Namirielle se le adelantó—. Por favor, quédate. Al menos así sabré que cuando me duerma tú estarás aquí y esa criatura no se acercará.

Parecía reacio pero tras sus súplicas acabó por ceder, permaneciendo junto a ella. La muchacha se arrebujó más en la capa, aún con frío, y Korsten le frotó los hombros para que entrase en calor. A través de la gruesa tela Namirielle apenas sentía la oscuridad que manaba de su interior, aunque esta continuaba ahí; no le importó, al menos su presencia la hacía sentir segura. 

Pero seguía nerviosa, sus ojos azules oteando las sombras con regularidad. Solo cuando comenzó a escuchar la voz de él junto a su oído, apenas un susurro bajo siguiendo una sencilla melodía de cuna, los hombros tensos de la muchacha se relajaron, cerrando los ojos y apoyando la cabeza en el hombro izquierdo del Rey Oscuro quien la acunó ligeramente hasta que acabó dormida.

—Mucho mejor —murmuró él, contemplando su rostro dormido; así parecía mucho más joven, apenas una niña—. Mañana todo habrá terminado, falta muy poco.

Sonrió para sí mismo, cerrando los ojos por un momento. Sí, todo estaba saliendo bien. Y ya nada podría estropearlo.



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