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Victoria's Secret » Capítulo 6
Victoria's Secret (R13)
Por LoreenBlack
Escrita el Viernes 7 de Febrero de 2020, 08:51
Actualizada el Domingo 5 de Abril de 2020, 17:47
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Capítulo 6

No sabía realmente a qué sabía aquel pudín. No era uno de sus platos preferidos, pero si quería sobrevivir en aquel lugar y no morir de hambre, tenía que continuar pinchando el tenedor en el plato. A su alrededor, todos comían tranquilamente mientras conversaban los unos con los otros; a su lado, Phoebe no dejaba de discutir con Oliver acerca de una de sus tonterías; enfrente de ella, Percy hablaba con un Gryffindor de catorce años acerca de unas nuevas noticias del Ministerio de Magia.

Victoria llevaba más de dos semanas intentando evitar las conversaciones multitudinarias y se limitaba a hablar con sus amigos más cercanos. Estaba asustada, en cierta medida, y pensativa acerca de lo que pasó hacía un mes aproximadamente con Megan Rosier. Y es que conocía a la perfección que el hechizo lanzado por la Slytherin era nada más ni nada menos que para herirla, cortarle la piel y hacerla sangrar, pero ¿por qué lo había hecho?

No volvió a tener encontronazos con ninguno de esos Slytherin, lo prefería así. Levi Lestrange se había mantenido más alejado que de costumbre y Megan ni tan si quiera la miraba. Era todo demasiado extraño y no llegaba a comprenderlo.

A la mañana siguiente, todo dio un vuelco cuando se levantó respirando entrecortadamente. Había soñado con su padre, con aquella sonrisa malévola que miles de periódicos habían publicado en el 1981, cuando ella a penas tenía cinco años. Aquella imagen la perseguía desde que tenía uso de razón, le disgustaba ser hija de aquel hombre. Pero en sus sueños también apareció su tío Regulus. De él sí tenía recuerdos, recuerdos entrañables de un tío joven y una sobrina divertida. A pesar de tener cuatro años cuando él murió, Victoria recordaba cada abrazo, cada sonrisa, cada regalo de Navidad. Él fue lo más cercano a un padre, puesto que su abuelo paterno, Orion Black, falleció un año después de su nacimiento.

      ¿Estás bien?— dijo Phoebe medio dormida—. Estás un poco… sudada, creo.

      He tenido una pesadilla. Con mi padre— dijo sentándose sobre la cama—. No es demasiado agradable, ya sabes.

      Supongo que no es muy…agradable— Phoebe imitó a su amiga—. Por cierto, nunca me has dicho cómo se llama tu madre— al pronunciar aquello, Victoria automáticamente cerró los ojos, intentando buscar en lo más profundo de su alma un recuerdo que le uniera a su madre, para tratar de explicárselo a Phoebe.

      Se llamaba Mary. Es lo único que sé…— aquellas palabras denotaron con tristeza en el corazón de Phoebe—. Mi abuela dijo que murió pocos días después de mi nacimiento. No tengo… ningún recuerdo.

Victoria se levantó de la cama y se dispuso a vestirse para asistir a las primeras clases. Phoebe, desde la cama, observó como su amiga, un tanto triste, se deslizaba por los dormitorios para abandonarlos. Todavía quedaba una hora para que empezara la primera clase, pero prefirió arreglarse para buscar a su amiga por el gran castillo de Hogwarts.

Le encantaba aquel aroma fresco de pino a esas horas de la mañana. El sol no estaba fuera del todo, todavía, pero aquel color grisáceo inundaba todo su corazón. A escondidas, él era otra persona. Le gustaba dibujar una mueca en su rostro. Le encantaba ver a las aves volar por el cielo encapotado. Pero, sabía que en el fondo de su ser, la oscuridad tenía un lugar privilegiado, de hecho, esa oscuridad también le fascinaba y dejaba que cada día más ocupara los rincones de su alma.

Aquella mañana había sido citado. Tenía lo que quería. Ahora, tan solo tenía que llevar a cabo del plan sin que personas estúpidas se entrometieran. Megan Rosier, a pesar de ser de los sagrados veintiocho, no era realmente una persona respetada ni inteligente. El apellido no lo es todo, pensaba él, pero en este mundo de caos, es una cuestión importante.

Se detuvo a mirar como las primeras gotas de lluvia empezaban a caer. Sacó la mano entre aquel marco de piedra y sintió el frío en su palma. La quitó repentinamente al escuchar a alguien caminar por el pasillo. Le extrañó, pues, solo algunos profesores madrugaban tanto. Cuál fue su sorpresa al verla caminar, extrañamente triste, entre los oscuros pasillos del colegio.

Se escondió. No deseaba ser visto por nadie. No hasta el momento. Quedarse detrás de un pilar fue perfecto para no ser descubierto. Vio como ella se sentaba en uno de esos arcos de piedra y observaba, al igual que él, el cielo gris. Pero ella, a diferencia de él, inició un llanto silencioso del que solo él podía percatarse. Sintió ganas de sentarse junto a ella y preguntarle qué le pasaba. Pero como él bien sabía, eso no podía ocurrir. Jamás.

      Victoria— se escuchó una voz un poco más grave, aunque amable, que se acercaba rápidamente por los pasillos—. ¿Eres tú?

Al escucharle, Levi decidió desaparecer de una vez por todas de allí. No le beneficiaba en absoluto que un Perfecto de Gryffindor le encontrara a esas horas por allí, aunque ya estuviese amaneciendo. Prefirió irse. Sin que nadie supiera que él había estado allí.

      ¿Qué te pasa?— un joven de ojos azules y alegres se sentó al lado de la Black para observar cómo las lágrimas recorrían su rostro—. ¿Qué haces aquí? Todavía no es hora para…

      Lo sé. Lo siento. Siento ponerte en un compromiso— dijo sin más Victoria—. Necesitaba estar sola, pensar.

      Y llorar. De hecho, sigues haciéndolo. ¿Qué te pasa?— quiso saber Bill Weasley.

      Simplemente son recuerdos que no existen y que jamás existirán. Nada más— dijo tajante Victoria mientras se secaba las lágrimas, pues no quería que Bill la viera así; su relación de confianza era todavía escasa, por lo que prefería mantenerse al margen, al menos hasta ahora.

      Tú misma puedes ser creadora de recuerdos que valga la pena conservar. Tienes ese poder, no hace falta basarse en los recuerdos de los que no has formado parte para crearlos. ¿Echas de menos a alguien?— dijo Bill.

      ¿Echar de menos? Bueno… Supongo que a mi abuela. Es la única persona que he querido de verdad. Bueno, y a mis tíos. Supongo que esa es toda la familia que tengo y a la que se supone que debo echar de menos, ¿verdad?— Bill sonrió, no sabía que Victoria tenía aquella capacidad reflexiva.

      Ven. Demos un paseo— el pelirrojo le tendió la mano y ambos caminaron un largo rato por los pasillos.

El silencio era el protagonista de aquel paseo, sin embargo, Bill quería saber más.

      Tu abuela era Walburga Black, ¿verdad?— Victoria asintió con la cabeza—. Mi abuela paterna también era de tu familia. Cedrella Black— Victoria, automáticamente, recordó aquel rostro quemado en el mural del árbol genealógico de su familia.

      Fue repudiada por mi familia por casarse con…

      Dílo. Un traidor de la sangre— finalizó Bill—. No es algo de lo que me avergüence.

      No deberías… en verdad…— era de las primeras veces que Victoria trataba ese tema con alguien que no era sangre-pura o considerado como tal—. Creo que tu abuela hizo bien en elegir a la persona con la que quería pasar del resto de su vida. No debería ser una cuestión de sangre, sino… de amor— Bill sonrió.

      Tú debes ser sangre-pura, ¿verdad? De lo contrario, supongo que también te habrían repudiado.

      Sí… Ambos. Mi padre y mi madre eran sangre-pura. Y de grandes familias con renombre y poder— sin saber por qué, sonrió; era la primera vez que al hablar de aquellas dos personas, sonreía—. Bueno, ya saber que mi padre fue…

      Sirius Black. Lo sé. Pero eso no implica que tenga algo que ver contigo, por lo que no me supone ningún problema. Así que tranquila— la amabilidad que salía de aquella sonrisa era demasiado surreal.

Caminaron durante un par de minutos más, esta vez, hablando de temas relacionados con la magia y no tanto con la pureza de la magia. Bill le contó sus planes de futuro y ella simplemente se limitó a escuchar, pues le quedaban más de seis años por delante en los que podría decidir qué hacer. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, Victoria se sintió feliz de hablar con alguien de aquellas cosas. Bill le transmitía felicidad, alegría, compasión, empatía y un largo etcétera de características fundamentales en la vida de una persona.

      Creo que tus amigos ya vienen por allí— dijo Bill—. Ha sido un placer hablar contigo, Victoria.

Visualizó en su mirada la despedida y no le gustó mucho. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía entendida y, atendida por alguien a la vez. Su vida no había sido muy estática, pues fue de aquí hacia allá hasta encontrarse en el lugar que se convertiría en su hogar: Hogwarts. Pero Bill era otra historia, aquel chico parecía tener una calidez sobrehumana. Era atento, amable, pero para su desgracia, mayor. Demasiado mayor para una niña de once años con la vida por descubrir. Además, Victoria tampoco creía que Bill Weasley fuese a fijarse en una niña pequeña.

O eso creía.

      Vic— dijo cariñosamente Phoebe mientras se adelantaba a sus dos amigos—. Te he estado buscando por todo el castillo. ¿Dónde has estado? ¡Me tenías preocupada!

      He estado pensando.

      Es por lo de tu madre, ¿verdad?— Victoria entornó los ojos—. No intentaba hacerte sentir mal. Simplemente quería… saber más de ti. Eres mi mejor amiga y ni si quiera sabía que tu madre había muerto…

Phoebe tenía razón. Estaba en lo cierto. Victoria no se había molestado en contarle nada sobre su madre porque ella misma creía que aquello no era de gran importancia. Su madre jamás formó parte de su vida y tampoco la influenció para nada, por lo que era insignificantemente una persona desconocida para ella.

      Lo siento, de verdad— dijo a regañadientes la Black—. Sé que muchas veces os cuesta entenderme, pero no es porque no quiera contaros nada. Es porque creo que no es importante para nuestra relación. De veras.

      Venga. El Profesor Flitwick nos estará esperando en clase.

 

Aquella clase era una de sus favoritas. Dos tribunas, enfrentadas, con varias filas en las que los alumnos y alumnas se sentaban. En el centro de ellas y al fondo, un atril permitía a aquel docente enseñar todo lo esencial de los Encantamientos.

Todo el mundo ya se había posicionado en sus puestos, el profesor levantó la varita y unos cincuenta cuencos de agua aparecieron delante de cada uno de los alumnos. Todos, incluida Victoria Black.

      ¿Sabéis que el Profesor Flitwick tiene ascendencia de duendes? ¡Alguien de su familia fue un duende! ¿No es flipante?— dijo Gary, un Hufflepuff que se sentó al lado de Victoria—¿Tienes algún ser mágico en tu familia?— le preguntó.

      Mmmm, desconozco esa posibilidad. Pero, creo que no. Desde luego, no— dijo la Black autoconvencida.

      ¡Alumnos y alumnas! Hoy vamos a poneros a prueba. Estos cuencos llenos de agua serán el objeto perfecto para demostrar si realmente estáis hechos para los encantamientos, jiji— reía el profesor inocentemente—. No es necesario utilizar ninguna palabra ni ningún movimiento de varita para lograr lo que os voy a proponer. Simplemente, tenéis que hacer que el agua del interior del cuenco salga, se eleve y se mantenga en el aire durante unos segundos.

      Pero, ¿cómo?— preguntó Percy en voz alta.

      Todo está en la cabeza, chico— dijo el profesor indicándose a si mismo la sien—. Tenéis que pensar que todos los elementos son mágicos. No hace falta ninguna palabra para conseguirlo. Simplemente tenéis que concentraros. Hablarle al agua. Pedirle que lo haga… ¡Venga! ¡Adelante! ¡Esto va a ser emocionante!

Durante casi la primera hora, todos los allí presentes intentaron incontables veces lograr lo que el profesor había propuesto. Descabelladas palabras salían de cada uno de los alumnos, pero ninguno conseguía lo imposible.

      Esto no funciona… ¡no funciona!— gritaba Oliver mientras se desesperaba—. ¿Qué clase de broma es esta?

      Cállate ya. ¡Me desconcentras!— le gritó ahora Phoebe.

Al cabo de veinte minutos, muchos de los presentes desistieron. Flitwick volvió a subir al atril para visualizar un panorama más general de lo que sucedía. Ni los Slytherin, ni los Gryffindor, ni los Hufflepuff, ni los Ravenclaw iban a lograr nada similar. Ya que era totalmente imposible.

      ¡Basta! ¡Ha finalizado el tiempo de prueba! Alumnos y alumnas, ¡no se puede manipular a un elemento! ¡No se le puede ordenar nada, absolutamente nada! Esa es la primera regla que debéis aprender. Tan solo con algunos hechizos se consigue usar los elementos naturales, ¡pero nadie puede ordenarles nada!— gritó Flitwick desde su puesto.

      Profesor— levantó la mano Gary—. Creo que… Victoria… sí puede hacerlo— todas las miradas se dirigieron a la grada de la derecha, especialmente aquella fría y verde mirada de Levi Lestrange.

Allí, Victoria Violette Black acababa de levantar el agua con tan solo la mirada y la mantenía en suspense. El Profesor Flitwick corrió inmediatamente hacia allí, con los nervios a flor de piel. Al verle, Victoria sintió cierto miedo, pero a la vez orgullo, ya que el profesor la observaba con tal admiración que era casi imposible concentrarse. De repente, el agua cayó y se derramó de nuevo en el cuenco.

      No puede ser— dijo el profesor—. ¿Qué ha hecho, Señorita Black?

      Lo que ha ordenado usted, profesor. Hablarle al… ¿agua? Supongo— Flitwick sacudió la cabeza para volver en si.

      La clase ha terminado, chicos y chicas. Mañana os enseñaré cómo hacer levitar una pluma. Señorita Black, me gustaría que me diese unos segundos, si me permite.

Todos abandonaron la clase, excepto Victoria, que se quedó allí sentada enfrente del profesor, quien todavía tenía una mirada un tanto insólita. La de ojos azules no sabía qué decir ni qué hacer, aunque sabía al cien por cien que lo que ella misma había hecho era casi imposible.

      No entiendo cómo ha podido usted hacer eso, Señorita Black. Ni el mismísimo Merlín.

      Hace tiempo leí en un libro que lo que… acabo de hacer es… imposible— confesó Victoria—. Como usted bien ha dicho, nadie puede ordenarle nada a la naturaleza…

      Nadie. Sí. Absolutamente nadie. Pero…— se quedó quieto, giró la cabeza y volvió a mirar de arriba abajo a Victoria—. No… No puede ser.

      ¿Qué… sucede?— preguntó asustada.

      Ven conmigo. Dumbledore sabrá de qué va todo esto. 



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