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Miss Hunter (Mi Jefe 2) » Capítulo 17: A Casa
Miss Hunter (Mi Jefe 2) (R15)
Por Sam Dewdney
Escrita el Sábado 25 de Enero de 2020, 22:47
Actualizada el Viernes 31 de Julio de 2020, 22:46
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Capítulo 17: A Casa


 

El dinero, así como los lujos que me habían rodeado desde que había aceptado ser la socia gerente de Masen & Co. siempre me habían incomodado. Desde entonces, no había habido una sola ocasión en la que no me hubiese encogido, o sentido perturbada a la hora de utilizar la fortuna que me había sido legada, o los autos, o el avión, así como cualquier otro de sus bienes. Mudarme a su casa había sido una penitencia. Mi salida usual era justificar con excusas cualquiera de los gastos, sin importar lo excesivos que fueran, como bien lo había hecho cuando había adquirido todos los implementos para el viaje, o las acciones en el Yatch Club, pero sin importar cuánto me mintiera a mí misma, la sensación en mi estómago de estar haciendo algo malo no desaparecía. Nada que hiciera o me dijera a mí misma podía convencerme de que esto realmente me pertenecía, de que no era una vividora aprovechándose del patrimonio de alguien más. Veo que el dinero y la fama te sientan. Un par de años como asistente y de la nada tienes tu propia firma, ¿quién lo habría imaginado? Las palabras de James me habían atormentado y enfurecido porque habían dado en el blanco. Yo había estado disfrutando de los frutos del trabajo de alguien más, sin habérmelo ganado, como una oportunista, y eso era lo que muchos pensaban de mí.

 

El dinero, ser multimillonaria de la noche a la mañana, la ropa y las ostentaciones de su vida siempre habían sido un desequilibrio en nuestra relación y lidiar con lo ofuscada que eso me hacía sentir había sido una gran parte de la misma, ya que mi dificultad para actuar recíprocamente era evidente, como cuando me había comprado un armario de ropa entero escogido por Alice, o un Mercedes blindado destinado exclusivamente para mi protección. Pero en este caso en específico, ahora que lo había traído de vuelta, no me enfrentaba al mismo problema.

 

Sin pestañear, y con un par de llamadas, tuve el Gulfstream listo para llevarnos de vuelta a Nueva York, y saldadas las cuentas del hospital, del Four Seasons y de las acomodaciones de sus padres en Boca. También hice traer ropa nueva desde el Neiman Marcus más cercano para Edward, pues aunque a él no le importara mucho en este momento, no iba a permitir que saliera vestido con algo menos que Armani, así fuese un atuendo casual. Me hice la de la vista gorda ante el hecho de que debí comprarle una talla más pequeña de ropa y que inclusive se le veía holgada. Lo que Edward necesitara, lo tendría, no escatimaría en gastos al respecto, lo cual le recordé a Joseph, quien me sonrió como si no le sorprendiera en nada lo decidida que estaba frente a todo el asunto.

 

Una flota de camionetas Mercedes con vidrios oscuros nos recogió a la salida del hospital, en medio de los flashes de cámaras fotográficas, de las preguntas de los reporteros y caos generalizado. Carlisle sonrió todo el camino, relajado y bien parecido, empujando la silla de ruedas, mientras que Edward se mantuvo impasible y con la mirada vacía, sin siquiera darse por aludido ante la lluvia de preguntas a su alrededor. El apoyo de Joseph y su equipo fue indispensable, lo cual me llenó de satisfacción.

Todo el personal del Gulfstream estaba más que feliz de recibir de vuelta a Edward, de hacerlo sentir bienvenido, de asegurarse de que estuviese cómodo y de que nada pudiese disgustarle. Era algo que teníamos en común, ya que mi mirada y mi atención todo el tiempo estaba en él, buscando así fuera la más mínima señal de que aprobaba o desaprobaba algo, pero siempre él mantenía su expresión en blanco, asintiendo a modo de saludo, negando ante las cosas que no necesitaba y finalmente ante extrema necesidad, utilizando monosílabos para responder a preguntas más complejas.

 

No tardé mucho en descubrir que las habilidades que había adquirido cuando era su asistente me eran útiles ahora para leer en su semblante, en sus movimientos, en el brillo de sus ojos, lo que él quería, o no quería o incluso necesitaba y se negaba a expresar. Su dieta era especial ahora ya que su estómago no soportaba mucha comida, las terapias iban a ser duras para recuperar el movimiento de su pierna y que nuevamente ganara masa muscular, su camino a la recuperación, a ser físicamente saludable nuevamente iba a ser un proceso, pero luego de vencer a la muerte, no me quedaba duda de que él estaba a la altura.

 

Fue empleando mi sexto sentido de asistente personal que noté que le había disgustado el haberlo enviado en una de las camionetas junto con sus padres y Joseph, mientras yo era transportada en otra por Carter y Ryan. El mismo sentido me informó que en el vuelo de regreso a casa, él esperaba que la silla de cuero junto a la suya fuera ocupada por mí. Tomé la decisión correcta al sentarme junto a él, su mano tentativamente se acercó a la mía y sus dedos rozaron los míos durante el despegue.

 

Fue un vuelo silencioso y sin turbulencia. Edward se dedicó a observar por la ventana mientras surcábamos los cielos, su mirada perdida, sus largos dedos a poca distancia de los míos, tocándome fortuitamente, como si buscaran probar cada tanto que aún me encontrara allí. Mientras él observaba el paisaje, su padre leía y su madre dibujaba, yo me dediqué a observar su mano. Sus nudillos aún estaban heridos, cicatrices que estaban sanando y pequeños cortes aquí y allá denotaban que había pasado trabajos. No eran las manos de un abogado que jamás había tenido que hacer trabajo manual en toda su vida, no dudaba que al recorrer con mis dedos los suyos, con cuidado, descubriría que ahora eran callosos. Llevaba puesto un reloj Omega cuyo cristal estaba fisurado pero que aún marcaba la hora. El brillo y lujo de su diseño lucía apagado con esa imperfección, de inmediato me pregunté cómo se había roto y por qué no me había dado cuenta antes.


_Es como yo. _Su voz hizo que levantara la mirada, sintiéndome como una niña a la que habían descubierto en una travesura. Sus ojos verdes me observaban, demasiado grandes y cristalinos para su rostro. Pasó un dedo por la fisura del cristal del reloj al cual miraba con algo de melancolía.
_No entiendo _ Reconocí, con la esperanza de que él dijera algo más.
_Está roto, tal vez no tenga arreglo, pero aún funciona. _ Sus ojos volvieron a los míos. _Como yo. _ Mi corazón tembló al escuchar su explicación, no solo porque había dejado los monosílabos por ese instante sino por el significado de sus palabras. Tuve que luchar para deshacer el nudo en mi garganta y mi mano instintivamente tomó la suya, con cuidado, porque temía herirlo.
_No es así. _Le contraríe, casi a la defensiva. Al apretar su mano, mis dedos rozaron una herida especialmente sensible en su palma y observé como su boca se apretaba en un rictus de dolor. _Lo siento. ¿Qué te pasó aquí? _  Edward negó con la cabeza, sus labios apretados.
_No quiero hablar de eso. _
_Está bien. _Acepté de inmediato ante tal desliz. Le eché una mirada a sus padres, pero ambos continuaban entretenidos en sus pasatiempos, o al menos eran buenos fingiendo que lo estaban. _¿De qué quieres hablar? _ Intenté, con el fin de romper su silencio. Como si supiese lo que tramaba, las comisuras de los labios de Edward se alzaron en un intento de sonrisa, igual que cuando le había dicho en el hospital que no iba a ir a ninguna parte, que no iba a dejarlo.
_Sabes navegar. _
_Tomé clases en el Yatch Club. _
_Eres socia. _No sabía si era una afirmación o una pregunta.
_Tu padre me presentó y la junta de socios me aceptó. _ Lo mantuve simple, tranquilo, no había porqué decirle que eso había sido una terapia, y un plan, y una locura, no cuando todo eso le había salvado la vida.

Edward se recostó contra su silla, sin soltar mi mano, cerrando sus ojos como si deseara descansar. Respetando sus deseos, y con el fin de darle algo de privacidad, alejé mi mirada de su rostro y la dirigí al otro lado de la cabina. Me distraje pensando en nuestra llegada a Nueva York, en lo que haría el día siguiente cuando tuviese que regresar a la oficina, en Marco Volturi y en la reunión que teníamos pendiente. No noté sus ojos clavados en mi rostro, no hasta mucho después cuando la primer oficial se acercó para ofrecernos algo de beber.

_¿Sucede algo? _Inquirí, preocupada. Él negó con la cabeza.
_Solo quiero mirarte. _Respondió pausadamente, lo cual me hizo fruncir el ceño.
_Está bien. _ La primer oficial trajo nuestras bebidas.

 

Durante el resto del vuelo, sucumbí ante el cansancio de noches de sueño sin descanso real, arrullada por el suave ronroneo del avión, acunada en las cómodas poltronas de cuero suave y señorial. Al despertar, por un momento me sentí confundida, sin entender por qué me encontraba en el Gulfstream, a dónde iba y con quien. Sus ojos verdes continuaban clavados en mí, así que cuando desperté, rápidamente me encontré contemplándolos y un torrente de imágenes acudió a mi memoria, casi sin mi permiso. La última vez que habíamos estado juntos en este avión había sido cuando regresábamos de su casa en Aspen, cuando había sabido de la existencia de Isabella Swan, cuando ella había regresado a su vida. ¿Cómo había podido olvidarlo? Pero ahora lo recordaba, y era imposible pensar en otra cosa.


_Estamos por aterrizar, Miss Hunter. ¿Una toalla caliente?_Ofreció la primer oficial con una sonrisa profesional en el rostro, interrumpiendo el amargo flashback de Isabella Swan en su cama, en esa noche fatídica que había acudido a mi memoria.

_Gracias, Oficial Leigh. _ Murmuré, conteniendo un bostezo y finalmente liberando mi mano de la suya con la excusa de recibir la toalla de manos.   
_Un placer. _ Se retiró, para regresar unos segundos después. _Lamento la interrupción, Miss Hunter, Joseph la necesita un momento. _ Me puse de pie de inmediato y la seguí a la parte trasera del avión, sentándome en la silla frente a Joseph, quien lucía como si quisiese disculparse por la interrupción, es decir, por hacer su trabajo. Le sonreí, sin mencionarle por supuesto que su llamada había llegado en un buen momento. La distracción perfecta.  

 

Rápidamente explicó que en tierra nos esperaban el Mercedes y el Lincoln, que se habían tomado estrictas medidas para evitar que la prensa estuviese cerca de nuestro hangar privado, y finalmente para confirmar nuestro destino. Mi idea inicial era ir directo al Upper East Side, pero Carlisle y Esme tenían otros planes, así que en contra de mi opinión, la cual mantenía discretamente oculta, iríamos directo a su mansión a las afueras de la ciudad.

 

Me quedé en la silla frente a Joseph lo que quedaba del vuelo, mirando por la ventana de manera ausente. Si Joseph notó lo extraño de mi comportamiento, lo ocultó muy bien en su usual semblante respetuoso. El aterrizaje estuvo perfecto, pero nuestro descenso del avión no tanto ya que Edward insistió en bajar las escaleras utilizando sus muletas, solo permitiendo la ayuda de su padre para tal menester.

 

Carlisle estaba en total desacuerdo, sin embargo no tuvo más opción que ceder luego de que Edward inadmitiera cualquier tipo de discusión al respecto. No necesité mi entrenamiento como su asistente, ya que la furia era evidente en su rostro y toda su postura.
_Tiene que ser una broma. _Masculló él por lo bajo mientras le dirigía una mirada asesina a la silla de ruedas que la Oficial Leigh, ya en tierra y luego del gran esfuerzo del descenso, muy solícitamente estaba empujando en nuestra dirección y que fue rechazada rotundamente, como si se tratara de una ofensa.
_Gracias, será para otro momento. Carter, ponla en el baúl por favor. _Indiqué, con un asentimiento y de inmediato Carter recibió la silla de ruedas y se dirigió a cumplir mis órdenes.

 

Ignoré la mirada de reproche que Edward me dedicó a pesar de que podía sentirla clavada en mi rostro. Me dirigí a Carlisle de inmediato.
_Joseph los llevará en el Mercedes, yo los seguiré de cerca con Carter y Ryan. No debería haber problemas. _ Carlisle me sonrió, la expresión de disgusto desapareciendo de su rostro de inmediato, como si le divirtiera verme dirigiendo esto, lo que me recordó que sin importar lo que hiciera, ante sus ojos siempre sería una niña.
_Estoy seguro que así será. Gracias, Cammie. _Asentí y me dirigí de inmediato al auto, donde Ryan se apresuró a abrirme la puerta. Desde el asiento trasero, observé a Edward permitiendo, a regañadientes, que su padre le ayudara a acomodarse dentro del Mercedes.

 

Carlisle había estado en lo correcto al insistir que en su mansión la prensa sería menos propensa a interrumpirnos. No era solo su distancia prudencial de la ciudad, sino también los altos setos que bordeaban la propiedad y el portón de acero de la entrada. No se qué había esperado encontrar en la enorme casa de arquitectura clásica y belleza atemporal que era el hogar de los padres de Edward, pero lo último que se me había ocurrido era un comité de bienvenida.

 

Decir que fue algo abrumador sería ponerlo en palabras menores, y aunque solo se trataba de su familia, el amor y preocupación que desbordaban, así como la felicidad de verlo con vida me hacía sentir que en lugar de haber llegado a una pequeña y privada reunión, estuviésemos en una conmemoración. Había decoraciones, globos, comida y bebidas, y por un momento pensé que habíamos llegado a tiempo para la celebración del cumpleaños de alguien. Luego vi el enorme letrero que en letras doradas expresaba lo que todos ellos sentían: BIENVENIDO A CASA.

 

Mientras su familia lo rodeaba, entre lágrimas y sonrisas, voces quebradas y tanto cariño que podría iluminar hasta el más oscuro recinto, Rosalie fue directo hacia mí y me abrazó, como si yo también acabara de regresar después de semanas en una isla desierta. Gracias a su abrazo pude ocultar mis ojos enrojecidos por las lágrimas que estaba conteniendo y luego sonreir como si nada estuviese pasando.


_Te bronceaste. _Observó Rose, escanéandome con sus ojos azules. _Te sienta bien el sol pero necesitas un corte de cabello. Ugh. No te quedan nada bien las puntas abiertas. _Reí de inmediato.
_Yo también te extrañé. _
_Por favor no vuelvas a hacerme esto, Hunter. No te estoy pidiendo que me lleves contigo en estas escapadas exóticas pero… _ Agitó su cabello dorado y quise volver a abrazarla, de veras la había extrañado.
_No te preocupes, Rose. No mas escapadas exóticas. _ Y cedí ante la tentación, abrazando de nuevo a mi mejor amiga.

 

Si los colores y el mundo en general me había parecido más brillante en mi habitación del Four Seasons de Boca, no se comparaba con el brillo y esplendor que en ese momento todo mi entorno tenía. No era que las pertenencias de los Cullen, o mi alrededor hubiesen cambiado, éramos nosotros quienes lo habíamos hecho. El mundo no había cambiado, pero nuestro mundo sí. Mientras su familia lo rodeaba como si él fuese el sol y ellos los demás planetas de este privilegiado sistema solar, y mientras todos hablaban sin parar, interrumpiéndose entre ellos, haciendo preguntas, intentando que se sintiera cómodo, y en general enfocando toda su atención en él, de nuevo la sensación de estar interrumpiendo una escena que en realidad no me correspondía, regresó con fuerza arrolladora.

 

No me malinterpreten, entendía perfectamente e inclusive agradecía que ninguno de ellos hubiese reparado en mí más de un par de segundos. Alice me había abrazado como si de una boa constrictor se tratara, Emmett me había dado una palmada en la espalda, casi sacándome un pulmón en el proceso, Jasper apenas me había dedicado un saludo, asintiendo con la cabeza en mi dirección,  como dándole la bienvenida a un rival a quien debía respetar, lo que me decía que aún no perdonaba lo que le había hecho a su familia pero todo eso estaba bien para mí. No quería otra escena como la de sus padres clamando que era una salvavidas, lo último con lo que quería lidiar eran sus agradecimientos, o miradas de admiración, ser invisible me sentaba de maravilla en ese momento.

 

En pocas palabras, el problema no eran ellos, ni su reacción, ni la manera apenas natural en la que se estaban comportando al recibir a su ser amado, traído de vuelta de la muerte como si de un milagro se tratara, el problema era yo. La intrusa era yo. Como bien me lo había recordado mi cerebro, luego de estos días en que había estado demasiada ocupada en otras cosas, Edward y yo no éramos nada, y yo, en condiciones normales, no debería estar aquí.
_¿Cammie? _Miré a Rose, quien fruncía el ceño mientras observaba con cuidado la expresión en mi semblante, analizándome. Tendría que vigilar mejor mi cara de póker, esto de tener las emociones pintadas en el rostro no me favorecía para nada.
_Necesito un trago. _ Le dije, finalmente despegando mi mirada de los presentes, quienes estaban ayudando a Edward a tomar asiento en uno de los enormes sofás de la sala, y cuya atención, por primera vez, no estaba en mí sino en las cinco personas que lo rodeaban.
_Hay mimosas y vino blanco. _
_Estaba pensando en algo más fuerte. _

 

Me recosté sobre mis antebrazos en la encimera de granito de la isla de la cocina mientras Rose se ocupaba de mi solicitud. Sin saber cómo ni de donde había sacado los ingredientes, pronto deslizó un Martini frente a mí con la proeficiencia de un bartender experimentado. Ante la mirada atónita de Rosalie, me comí la aceituna de primeras y luego de un trago el resto del coctel, deslizando la copa de vuelta en su dirección.

_Vaya, Cam, ¿debería llevarte a una reunión de AA después de esto?_
_No me sermonees, llevo dos semanas total y completamente sobria. Me merezco un descanso. _ Me excusé, ignorando el ardor que la ginebra produjo en mi garganta. Rose preparó otro coctel, poniéndolo frente a mí, sin otro comentario.

 

Ambas escuchamos el pop que solo podía producirse con la apertura de una botella de champaña, seguida de risas y expresiones de festejo. Imaginé la escena que se desarrollaba en la otra habitación. Rosalie me miró con enormes ojos azules.

_Deberías estar allí, Emmett debe estar extrañándote, después de todo, tu cuñado está de vuelta._ Apunté, señalando con mi copa la puerta que conducía a la sala de los Cullen. Aunque me esforcé para que mi voz sonara neutral, hasta yo misma detecté el tono amargo en mis palabras.
_Voy a estar a su lado por el resto de nuestras vidas, podrá sobrevivir unos minutos sin mi. _ Me dejó saber Rose, sirviéndose en una copa el resto de la preparación del Martini.
_Además, tú también deberías estar allí, tu… _

 

Cuando estaba a punto de interrumpirla para enumerarle las razones por las cuales se equivocaba, mi teléfono móvil comenzó a sonar y le sonreí con petulancia, era día laboral y podía enunciarle mi razón favorita.


_No, yo no. Tengo una firma de la cual hacerme cargo. _ Con el Martini en una mano y el celular en la otra, y mientras Esme entraba a la cocina con dos copas de champaña, me giré para mirar hacia el enorme patio y escapar por la puerta corrediza.

 

Extendí la conversación lo máximo posible mientras lidiaba con los distintos asuntos y confirmaba que al día siguiente estaría en la oficina. Procedí entonces a llamar a Jessica para revisar mi agenda del resto de la semana, mis ojos en la casa del árbol y en este patio trasero lleno de recuerdos compartidos. Al menos ya no me dolían como antes, al menos ya no me sentía culpable, ni había una herencia inmerecida sobre mis hombros, suspiré mientras le confirmaba a Jessica que sí, que aun quería una reunión con Marco Volturi para el viernes siguiente o cuando el abogado tuviese disponibilidad. Terminé mi bebida en el momento en que finalizaba la llamada y suspiraba.

 

_Cammie._ Me giré para encontrar a Carlisle, quien tenía las manos en los bolsillos y al parecer había esperado tranquilamente que terminara mi conversación. _La cena está lista, hija. _ Hija. Sin dejarme responder, me abrazó por los hombros y me condujo de vuelta a la casa.

_Esme me envió aquí a reprenderte por estar trabajando durante una celebración. _Comentó, mientras caminábamos. _No es tan tolerante con nosotros los trabajólicos. _

_Diré que fuiste muy estricto conmigo. _ Me guiñó un ojo con clara complicidad.
_Y yo que aprendiste la lección. _ Abrió la puerta y como el caballero inglés que era, me dejó entrar primero.

 

Ya todos se encontraban sentados a la mesa, copas de vino frente a ellos y un banquete con los favoritos de Edward: costillas de cerdo asadas, maíz dulce con mantequilla chorreante, ensalada waldorf, muelas de cangrejo…ninguno de los platos combinaba, tampoco eran comidas extravagantes ni preparaciones de restaurante, sino el tipo de comida que tal vez su madre les habría preparado, con la que había crecido y que por eso era su favorita. Era evidente que sus hermanos se habían esforzado por traer sus preferidos aunque Edward no pudiera comer todo esto al mismo tiempo. No me cabía duda que seguramente en la cocina encontraría un pastel Red Velvet o un pie de pecanas esperando a la hora del postre.
_¿Blanco o tinto? _Inquirió Carlisle mientras sostenía la silla para que me sentara.
_Blanco, por favor. _Dije, sentándome en mi silla designada, junto a su hijo menor cuya expresión al mirarme seguía siendo cautelosa.

 

El clima en esta mesa nunca había sido el mismo sin él, y aunque en este momento él no había enunciado ni una sola palabra, y solo hubiese sonreído a medias, el estado anímico de la mesa estaba por los cielos. Alice lucía como si fuese a explotar de felicidad, lo cual no me parecía tan descabellado, más bien me extrañaba que su abrumadora personalidad no estuviese causando más estragos.

 

Se abstuvieron de hacer preguntas sobre mi viaje, sobre el viaje de Edward, sobre los meses que él pasó desaparecido, sobre el hecho de que ahora era la mitad de su talla y su piel aún mostraba las cicatrices de una tragedia. Tal vez Carlisle les había advertido acerca de la reticencia de Edward frente al tema, o probablemente era evidente. Ya fuera una cosa o la otra, la familia Cullen estaba completamente dedicada a hacer de cuenta que la vida y el mundo entero había estado en pausa hasta que él había regresado.

 

Edward comió un poco de todo, pero sospecho que solo lo hizo para hacer feliz a su familia. Su apetito durante los días en el hospital había sido bastante precario, su estómago no estaba listo para tanta comida. Carlisle solo le permitió una copa de champaña, así que durante el resto de la cena el se limitó a tomar pequeños sorbos de su vaso de agua.


Los temas de conversación no se desviaron de los deportes, el clima, algo de política, el nuevo proyecto de investigación médica del hospital de Carlisle, e inclusive, los alegres comentarios de Alice sobre las posibilidades de abrir una sucursal de su línea de ropa en Los Hamptons, momento en el cual la familia se centró en debatir los pros y los contras de la propuesta mientras Esme traía el postre, que en efecto, era un enorme pastel de red velvet.

 

Para el momento en el que nos retiramos nuevamente a la sala de estar, Edward se encontraba bostezando.

_Bueno, familia, creo que ya es hora de dar por terminada esta velada. _Dijo Carlisle, después de echarle una rápida mirada a su hijo. Edward suspiró junto a mí y no pude evitar pensar que debía ser de alivio. Hoy tenía que haber sido extenuante para él.
_Pero Carlisle, apenas estamos… _
_Alice, ya es bastante tarde, Cammie y yo debemos ir a trabajar mañana temprano y Edward necesita descansar. _ Me pareció una buena estrategia mencionar nuestra agenda laboral como excusa para desviar la atención del estado de Edward. Carlisle era muy bueno en lo que hacía. Alice me miró suplicante pero yo solo encogí los hombros, no había forma de contradecir a Carlisle en esto.
_Esta bien. _Alice lucía decepcionada, su ánimo algo apagado. Me puse de pie, al igual que lo hicieron Emmett y Rosalie, la señal de despedida de Carlisle era clara.
_Cariño, he preparado el cuarto de huéspedes aquí en el primer piso para que estés más cómodo. La cama es mucho más grande que la de tu habitación._ El comentario de Esme dirigido a Edward no me tomó por sorpresa ya que en privado Carlisle me había comentado esto, y era apenas lógico que sus padres quisieran y esperaran que se quedara con ellos durante su recuperación…y yo pensaba lo mismo. Carlisle estaría pendiente de él, Esme lo mimaría y atendería todo el día…No era ninguna sorpresa, excepto, al parecer, para Edward, quien me miró de inmediato con confusión.


_¿No podemos a ir a casa? _ A casa. Mi cerebro analizó su pregunta por medio segundo antes de caer en cuenta que se refería a ambos, juntos, y a la residencia donde yo llevaba viviendo durante meses. La townhouse en el Upper East Side que en realidad nunca había considerado como mía. Carlisle me miró, con algo de incertidumbre como si no supiera qué decir en ese instante, mientras la familia guardaba un silencio incómodo.
_Claro que podemos ir. _ Me encontré respondiendo automáticamente, atrapada en sus enormes ojos verdes contrariados. _Si eso es lo que quieres, iremos a casa. _ Su expresión enseguida se tranquilizó, toda alarma se había esfumado.
_Cammie, yo se que lo haces con la mejor intención …_ Inició su padre, preocupado, luego de compartir una mirada con Esme.
_No hay problema, Carlisle, en serio. _ Mi mente intentó enumerar las indicaciones y contraindicaciones de la lista dada por la Doctora Wallace, pero solo logré sonrojarme al recordar el episodio en el que había sido denominada como su esposa.
_Edward, cariño, tu casa tiene escaleras, creo que estarías mucho más cómodo aquí, con nosotros. _ Esme sugirió, sentándose a su lado y tomando una de sus manos entre las suyas. Los ojos de Edward se dirigieron a los míos, suplicantes, y me sentí como la villana de la historia, quien le impide a su protagonista obtener lo que desea.
_Joseph y Carter pueden ayudarnos la primera noche con ese tema. Mañana en la mañana la oficina en el primer piso puede ser adecuada perfectamente como habitación principal. _Porque Edward quería ir a casa y yo no iba ser quien se lo iba a negar.

 

De improviso, y como si desearan ocultar el momento embarazoso que atravesábamos, Emmett y Jasper empezaron a conversar sobre la nueva temporada de Juego de Tronos, y Rose y Alice les siguieron el juego de inmediato, aún cuando sabía que Alice apenas toleraba la serie.

 

Carlisle me hizo una seña con la cabeza y de inmediato lo seguí a la cocina.

_Cammie, Edward va a necesitar alguien 24/7 y atención médica constante. _ Explicó con calma, como si fuese a mí a quien debiese convencer y no a su hijo, como si yo estuviera a cargo. Edward era un adulto, ninguna de estas decisiones debía ser tomada por nosotros y mucho menos por mi. Era la persona menos adecuada para decidir que debía o no hacer Edward Cullen.
_Ms. Cope estará disponible todo el tiempo, en especial mientras yo no esté, y estamos a quince minutos en coche del hospital en caso que algo suceda. Estamos a una llamada de distancia. Lo que he dicho es en serio, la oficina del primer piso es amplia y se puede adecuar perfectamente como una habitación._Miré hacia la sala en donde Esme le estaba hablando y él negaba con la cabeza. _Es su casa, no voy a ser yo quien le diga que no puede ir a su casa. _ Carlisle suspiró.
_Esto no solo se trata de él, Cammie. _Eso me hizo mirarlo de inmediato. _Ser el cuidador no es fácil, no va a ser sencillo. No es una carga que tú tengas que soportar. _ Me estaba ofreciendo una salida, él sabía que esto no era normal para mí, que yo no esperaba esto...tal vez incluso sabía que no me había imaginado nada de esto cuando había decidido embarcarme en su búsqueda. Ser su heredera había sido una cosa, pero ahora que él estaba vivo, inevitablemente había dejado de serlo. ¿Quién era yo ahora? ¿Su asistente? ¿Su exnovia?  
_Si él quiere ir a casa, le daremos lo que desea. _Insistí, intentando acallar la vocecilla en mi cabeza.
_Tienes que prometerme que en cuanto sientas que necesitas ayuda nos vas a llamar de inmediato. _ Ordenó, aún inquieto. _Sin dudarlo ni un instante. _
_Por supuesto, además, podrán verlo todos los días si así lo quieren, Carlisle. Es tu hijo y solo quiere volver a la normalidad, lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que así sea. _ Y entonces Carlisle me abrazó y no pude hacer más que abrazarlo de vuelta.

 

Al regresar, Emmett y Rosalie se estaban despidiendo de todos y Carlisle se dispuso a acompañarlos a la puerta mientras les explicaba en voz baja algo de lo conversado.  
_Cariño, Edward insiste… _ Explicó Esme, a quien de alguna forma Edward parecía haber apaciguado. Me pregunté qué le habría dicho, en especial ahora que él hablaba tan poco y expresaba mucho menos.
_Podrás ir a visitarlo todos los días, Esme, sabes que eres bienvenida. _Aseguré. Jasper me miró con algo de incertidumbre desde su lugar. _Todos lo son, ¿verdad? _Esto último lo dirigí a Edward, quien asintió solemnemente.
_Creo que es una buena idea. _Comentó Carlisle, al regresar.
_¿En serio? _ Jasper dejó escapar, incrédulo.

_ Podemos probar por unos días para ver como resulta. _Explicó en su voz más convincente. _Tu sabes que tienes las puertas abiertas y todo nuestro apoyo aquí si lo deseas, hijo. _Agregó, enfocándose en Edward, quien asintió a modo de respuesta.
_¿Es en serio? _Repitió Jasper, haciendo que todos lo miraran.
_Jazzy… _Alice intentó.
_Gracias, papá. _ Edward alcanzó por si solo las muletas y se puso de pie, intentando que sus movimientos lucieran fluidos, ignorando completamente a su hermano y haciendo su mejor esfuerzo para simular que todo estaba bien. _Estaremos más cómodos en Manhattan. _ Carlisle accedió, muy a su pesar.

 

La despedida fue tensa. A pesar de su reclamo, Jasper abrazó a Edward con fuerza y le susurró algo en el oído.
_Si le sucede algo será tu culpa. _Dijo luego en mi dirección, en voz baja, mientras Edward estaba ocupado despidiéndose de sus padres y de Alice. Debí quedarme callada, ignorar su comentario, pero su ira injustificada era imposible de ignorar.
_Lo tengo claro. Todo lo que ha pasado desde que lo rescaté es mi culpa. _ Fue como si le hubiese dado una bofetada. Jasper me observó atónito mientras me dirigía junto a Edward hacia el Mercedes. Sabía que el asunto no terminaría allí y que había ganado el primer round, el problema era a qué precio.



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